El Milenio de Plata

Escrito por: Tenou Haruka

Capítulo 8. Las princesas interiores llegan a la Luna

"How many special people change
how many lives are living strange
Where were you while we were getting high?"
-Oasis "Champagne Supernova"-

Habían pasado dos años con la rapidez o la lentitud que sólo el tiempo puede otorgar.
Setsuna ya tenía 10 años. La madurez de aquél que ha vivido más cosas de las que puede contar
comenzaba a aparecer en su mirada escarlata. Tenía un ataque letal, el "Dead Scream", totalmente bajo
control. La energía del fluir del tiempo y el espacio impulsaba sus músculos a correr y a saltar cuando
mantenía una lucha cuerpo a cuerpo. La lectura exhaustiva le había concedido una serenidad y un vocabulario
propios de un adulto experimentado y las prácticas de lucha una seguridad en sí misma inigualables. Era
como si una energía interior la impulsara a superarse cada día.
Hotaru acababa de cumplir los ocho y seguía conservando su carácter juguetón, aunque sufría
batallas internas que minaban su resistencia. Odiaba cada vez más a su padre porque le llegaban noticias de
que en Saturno había estallado una Guerra Civil. Tenía un ataque de mortíferos efectos: "Death Ribbon
Revolution". Un ataque de cintas negras que envolvían en un aterciopelado abrazo a la víctima, que moría
entre convulsiones y esputos sanguinolentos. Lady Venus solía apagar la máquina simuladora cuando Hotaru
lanzaba su ataque. Con contemplar aquellas horribles muertes una vez, ya tuvo suficiente.
Haruka aún no había cumplido los ocho pero era muy alta para su edad. Un día, al salir a jugar al
escondite al jardín se rompió el vestido con unos arbustos, así que decidió no volver a llevar nunca más
uno. Desde entonces iba con pantalones a todas partes, para desesperación de la Reina y de Lady Venus, que
la perseguían con hermosos vestidos de todos los colores imaginables. Haruka se subía a un árbol y se
negaba a bajar hasta que los vestidos desaparecían de su vista, o hasta que Michiru subía a hacerle
compañía al árbol y la convencía de que lo mejor era bajar. Comenzaba a dominar al viento, su elemento,
aunque aún tenía problemas para invocar el "World Shaking", su mejor ataque.
Michiru seguía siendo la misma niña encantadora de siempre. Se había ganado el afecto de todos en
Palacio y era el orgullo de las Inner Senshi pues parecía engullir todo el conocimiento que se le servía.
Su fuerza física, gracias a un entrenamiento exhaustivo con Haruka, había incrementado al mismo ritmo que
su velocidad, casi equiparable a la de la princesa de Urano. Por otro lado, ella era la única persona capaz
de aplacar las rabietas de Haruka y la única que consiguió que se pusiera un vestido el día en que cumplió
los siete años.
La amistad de Haruka y Michiru era una bendición para todos, después de las continuas peleas de sus
madres. A Haruka le encantaba mostrarle las diferentes especies de aves que anidaban en la Luna y Michiru
disfrutaba jugando al escondite con la rubia princesa de Urano. Solían pasar las tardes jugando y riendo. A
veces, Hotaru e incluso Setsuna, se unían a ellas.

"La escena se repite, Venus", susurró la Reina Serenity a su brazo derecho y líder de las Guerreros
mientras esperaba pacientemente, en el puerto espacial, a que llegara una nave.
"Ojalá las princesas de los planetas interiores sean como las de los planetas exteriores",
respondió Venus.
"¿No confías en tu hija, Venus?" sonó una suave voz detrás de la Guerrero del Amor.
"Pues no mucho, Urano, pero tampoco confiaba en la tuya cuando llegó aquí, siendo una marimacho
como era... eh, espera un momento. Ella SIGUE SIENDO una marimacho." se echó a reir por lo bajo.
"Si la tuya se parece algo a ti entonces se quedará embarazada antes de convertirse en Guerrero",
respondió Urano añadiendo veneno a la discusión.
"Basta, chicas" murmuró Serenity riendo por lo bajo. "Si pusiérais tanto empeño en luchar como en
discutir ya habríamos vencido para siempre al enemigo que nos acecha."
La nave que transportaba a las cuatro princesas de los planetas interiores llegó con retraso.
Minako y Makoto fueron las primeras en descender, hablando y riendo sin parar. Ami, con la mirada baja y
las mejillas ligeramente sonrojadas, fue la siguiente y Rei la última, mirando a su alrededor, asombrada
porque ni la tierra era roja ni el aire era tan denso como en su planeta.
"Bienvenidas", las saludó la Reina Serenity.