Hola, disculpen por la demora pero he estado súper ocupada. Espero que les guste y por cierto muchas gracias por los reviews.
CAPITULO NUEVE
Una vez más, Gaara desvió su atención de las palabras del campesino.
Respecto a Ino, él no tenía más control de sus pensamientos y emociones.
Los acontecimientos de la víspera, los momentos alegres pasados con Yuki, la noche, la irrupción de la pasión en su cuarto, lo habían dejado más confundido todavía. Sacudió la cabeza. Sólo la interrupción de Choi le había impedido poseerla.
La atracción creciente por su mujer y las ganas de reconocer su bondad, su honestidad y el altruismo le daban una pequeña esperanza. Pero, al mismo tiempo, se sentía atemorizado. Si se atreviese a amar Ino, estaría dando un paso sin retorno.
Aunque luchase por mantener su libertad, se preguntaba si no estaría equivocado. No podría llegaría a ser feliz en caso que no rechazase a esposa?
No estaba listo para confiar en una mujer. No podía vivir con el temor de que ella lo dominase.
Volvió en sí al percibir que no oía más a su arrendatario. Por Dios, ese era el momento de ocuparse de los problemas de su pueblo y él se mantenía ajeno y distraído.
— Entonces, mi Lord, tengo permiso para llevar mis carneros a pastar con los dos otros?
Gaara sabía que si no era un punto sin importancia para un hombre. Aún en las clases más bajas, existía una cierta jerarquía. Las familias más importantes escogían los mejores pastos para sus rebaños.
— Puedes. Pero, antes, voy a hablar con Marshal y ver si él no tiene una objeción justificable.
El hombre sonrió, satisfecho, y se inclinó.
— Muchas gracias, mi Lord.
Gaara miró al administrador, un hombre de cuarenta años. Este informó en tono respetuoso:
— Por hoy es todo, Lord Sabaku No.
Gaara suspiró aliviado. Desgraciadamente, no había prestado la atención debida a las cuestiones presentadas. Sin duda, los arrendatarios volverían con ellas en otra ocasión.
La cocina estaba caliente e Ino, al mirar a su alrededor, se pasó la mano por la frente.
Varias criadas se ocupaban de diversas tareas. La chimenea producía un gran calor, pero el horno de piedra tenía de permanecer bien caliente. Una gran olla de sopa hervía, colgado en de una cadena sobre las llamas. Aunque hubiese mucha gente atareada allí, reinaba un cierto orden en las actividades.
Ino estaba en la cocina hacia más de una hora. Le habían pedido medir y mezclar las especies para las tortas. El olor a canela, clavo y jengibre la envolvía. Desde chica, ella adoraba ayudar en la confección de dulces.
Con un gesto infantil, ella pasó el dedo índice por la mezcla y se lo chupó. Eva, la cocinera, se rió y apuntó al dedo.
— Lady Ino, tenga cuidado de probar tanto o va a terminar tan gorda como yo — aconsejó ella riendo.
— No hay peligro. Soy delgada desde pequeña.
Otra criada agregó:
— No oí queja alguna de su marido. Además, Choi nos contó una historia muy interesante hoy a la mañana.
Ino ruborizó. Obviamente, el escudero no había guardado el secreto de la escena presenciada en la víspera. Los habitantes del castillo sabían de la tensión existente entre ella y su marido y, para ellos, la historia de Choi era señal de que la relación de la pareja mejoraba.
Ella deseaba que no comentasen el hecho tan abiertamente, pero sabía que no lo hacían por malos. Tampoco ignoraba que no la tratarían con tal familiaridad en el salón. Pero, allí, era el dominio de Eva.
Sólo una de las criadas, Hyla, mantenía una expresión sombría. Sentada en un rincón, pelaba peras y apenas disimulaba su resentimiento.
Si la verdad no fuese tan dolorosa, Ino se reiría. Hyla no precisaba temer que Gaara la tuviese rechazado por amor a su esposa.
Al sentir a alguien rozarle la falda, bajó su mirada y vio a Yuki.
— Buenos días, mi querida — saludó sonriendo.
— No quieres ir a jugar conmigo, Ino?
— Ahora no puedo, Yuki. Tal vez mas tarde — respondió con firmeza, pues aunque ya quisiese mucho a la criatura, no podía hacer siempre su voluntad.
La niña puso una carita triste, mas no insistió.
En ese momento, hubo un silencio repentino en la cocina e Ino levantó la mirada.
En la puerta, estaba Gaara, más atractivo que nunca con el sol golpeándole en los cabellos y los hombros. Como si no tuviese certeza de ser bienvenido, él entró, medio vacilante.
Ino interrumpió su tarea. Los comentarios hechos hacia poco la dejaban contrariada. Eso sin hablar de la escena de la noche anterior. Hallaba difícil continuar intentando establecer buenas relaciones con su marido. La cocinera corrió al lado de Gaara y se inclinó.
— En qué puedo servirlo, mi Lord?
— Quiero que des provisiones para que tres hombres se alimenten durante dos días.
Ino halló extraño el pedido. Por qué Gaara había venido hacerlo en vez de mandar al administrador?
Mientras él hablaba, miraba a su alrededor. Al mirarla, desvió pronto la mirada. Un segundo después, se aproximó. En tono afable, la saludó:
— Buenos días, lady Ino.
— Buenos días, mi marido — respondió ella al mismo tiempo en que agregaba nuez moscada en una olla.
— No necesitas hacer este trabajo. Eva tiene auxiliares suficientes.
Como si estuviese siendo criticada, ella se puso tensa y levantó a cabeza.
— Ya lo sé, pero lo hago porque me gusta.
— Entiendo. Estoy seguro de que tu ayuda aquí es muy apreciada.
Ino se relajó. Por alguna razón, Gaara estaba más avergonzado que ella y se esforzaba por ser cordial. Sería esa su modo de disculparse por la actitud de la víspera? Sonriendo, lo miró.
Inesperadamente, Gaara extendió la mano y pasó el dedo debajo de su boca. El contacto le provocó un escalofrío.
— Tenías canela en el mentón — dijo él al llevarse el dedo a la boca.
Una sensación extraña inundó el cuerpo de Ino.
De repente, el sonido de una tapa, seguido por un llanto convulsivo, invadió la cocina. Ino miró en dirección al barullo y vio a Yuki con la cara roja delante de una Hyla furiosa. Le Llevó un instante darse cuenta de lo que había pasado.
— Eso te enseñará a no tomar nada sin pedir primero — la retó la criada.
Ino fue invadida por rabia, pero, antes de que pudiera actuar, Gaara ya agarraba a la muchacha por el brazo y la sacaba al patio. Ella y las otras criadas se aproximaron.
Mientras Hyla gritaba e intentaba ponerse de pie, él apuntó su dedo y con una voz furiosa, ordenó:
— Vete de Suna y nunca te atrevas a volver!
Una exclamación ahogada subió en el aire. Una mujer, sola en el mundo y sin protección, no sobreviviría.
— No, mi Lord! Mándeme a azotar, pero no me expulse de aquí — suplicó Hyla.
Gaara miró a las personas a su alrededor y dio una segunda orden:
— Nadie deberá dar abrigo o ayudar a esta joven. Ella se atrevió a golpear a mi hija. Quien la ayude, recibirá el mismo castigo. Yuki es mi hija y tiene mi protección. Jamás se olviden de eso.
El volvió a la cocina y tomó a la criatura en sus brazos, llevándola al salón. Esperaba que todos se diesen cuenta cuanto quería a la niña.
Como las otras, Ino estaba atónita.
Todavía lamentándose, Hyla preguntó:
— Por el amor de Dios, nadie me va a ayudar?
No queriendo desafiar la ira de su Lord, las criadas desviaron la mirada y volvieron a la cocina.
Aunque no simpatizase con la muchacha, Ino envolvió tarta, panes y un queso en un pedazo de tela. Se los Entregó a Hyla mientras decía:
— Lleva esto y no intentes volver. El Lord de Sabaku No hizo bien en expulsarte de aquí. Pídele perdón a a Dios por descargar tus frustraciones en una criatura indefensa.
Sin agradecer, Hyla tomó el alimento y se fue.
Ino la apartó de su mente. No necesitaba preocuparse por ella. Era como un gato, siempre caía de pie. Pero que fuese a caer lejos de allí.
Pensó en Gaara. Las personas habían visto cuanto quería a Yuki. Finalmente, él mostraba su costado afectivo.
Se acordó de que su marido había entrado en la cocina como si la estuviese buscando. Sintió una leve esperanza. Gaara comenzaba a aceptarla? Aunque fuese alentador, no era sólo eso lo que ella ansiaba.
Intentó no pensar en la atracción física, pero, sin querer, se acordó de él pasando el dedo en su mentón y llevándolo a su boca. Suspiró y apretó las manos en la cintura.
No ganaba nada con recordar esa tontería. Precisaba centralizar su pensamiento en asuntos menos inflamables. No debía esperar nada más allá de la amistad de su marido, de otro modo, se expondría a decepciones y amarguras. La noche anterior era una prueba de eso.
La noche del día siguiente, Gaara volvió exhausto al castillo. Había pasado el día cabalgando por sus tierras, pero, a pesar del esfuerzo, no había conseguido apartar a Ino de su pensamiento.
Sabía que su mujer le había dado alimentos a Hyla, a pesar de su prohibición. Y sería inútil censurarla. Sin embargo, eso mostraba como Ino era de temeraria. Se preguntaba si sería sensato confiar en ella.
Entre tanto, admiraba su bondad al ayudar a una muchacha a quien había tenido razón para despreciar. Se Daba cuenta que el castigo impuesto a Hyla había sido demasiado severo. Él había actuado instintivamente con la intención de defender a su hija.
Había sido precisa la venida de Ino y sus cuidados hacia Yuki para que él percibiera la importancia de involucrarse como padre en la crianza de su hija.
Ino.
Ella había cambiado tantas cosas en su vida en esas pocas semanas. Y hacía eso sin esfuerzo alguno. Sólo actuando con normalidad, ella lo llevaba a ver todo con mayor claridad.
Ahí estaba el problema de Gaara. Encaraba la vida con mas objetividad, o comenzaba enamorarse de una mujer linda y tramposa? Le Gustaría mucho confiar en ella, pero no se atrevía.
Su padre se habría sentido de la misma forma al principio de su relación con su madre? Habría quedado tan fascinado al punto de no ver cómo su esposa era realmente?
Suspirando, Gaara abrió la puerta del cuarto. Si al menos tuviese respuestas para sus preguntas... Si pudiese ver a Ino sin la belleza y la sensualidad tiñendo sus ideas... Imposible. Jamás se había sentido tan atraído por otra mujer. Imágenes de ella llenaban sus noches de pasión.
Gaara se paró en la entrada del cuarto. Con agua humeante e invitante, la tina estaba delante de la chimenea.
Se desvistió rápidamente y pronto se hallaba inmerso en el agua caliente que le relajaba los músculos tensos. En pocos instantes, ya sentía los párpados pesados. Los Cerró. Esa noche, no descendería al salón para cenar.
Estaba cansado de luchar contra sus sentimientos por Ino y ya ni estaba seguro de lo que hacía.
Gaara se despertó con un barullo en la puerta abriéndose. A juzgar por la temperatura templada del agua, se había dormido durante algún tiempo.
— Choi, terminaste de limpiar mi silla de montar? — preguntó, pensando que se trataba de su escudero.
— Soy yo — respondió la voz de Ino venida directamente detrás de él.
Asustado, se sentó, pero ella puso las manos en sus hombros.
— No te levantes, Gaara, y déjame cuidar de tu baño.
— No preciso ayuda — respondió él en tono seco.
Se sentía vulnerable con la presencia de Ino allí, en ese momento. Pero no la dejaría notarlo. Tenía que probar que era capaz de resistir la tentación presentada por su mujer. Eso era importante si quería vivir con ella en armonía relativa. Sería su propio amo.
Ino sonrió, hundió las manos en el agua y se puso a lavarle los hombros. Por Dios, cómo era Gaara de guapo!. La piel blanca brillaba a la luz da chimenea.
Desde el día en que había despedido a Hyla a, él parecía diferente. Cuando la miraba, no escondía su ansiedad. Había algo en él que iba más allá de su deseo físico. Había sido la percepción de esa carencia lo que había estimulado Ino a mandar a preparar ese baño para él. Creía muy importante dispensarle los cuidados habituales de una esposa.
Esforzándose para hablar con naturalidad, ella dijo: — Inclina la cabeza para adelante para yo pueda lavarte los cabellos.
Su marido obedeció y ella sintió su esperanza crecer. Tomando una jarra do piso, le mojó la cabeza y, después, la enjabonó. Se Maravilló con la sensación provocada por la cabellera suave. Ni aún en los momentos fugaces de pasión, ella lo había tocado tan íntimamente. Ese hombre viril era su marido. Por la ley de Dios, tenía a derecho a conocer todos los detalles de su cuerpo. Gaara, sin embargo, no quería una relación íntima con ella. Y si quisiese gozar de tranquilidad, ella tendría que respetar su voluntad. Debía contentarse con ese momento.
Entonces, él se recostó en la bañera, dando un permiso silencioso para que ella continuase. Ino se estremeció. El hecho de tener a Gaara desnudo y pasivo en sus manos era más embriagador que el vino. Deseaba sentir su pasión más que cualquier cosa en este mundo.
Sin pensarlo, dejó de frotar y comenzó a lavarlo con la mano enjabonada. Gaara se inmovilizó, como si esperase algo deseado que no podía obtener. Con movimientos lentos y sensuales, Ino le recorrió los hombros y el pecho. Lo Oyó suspirar, pero no de satisfacción sino de desaliento.
Con el corazón acelerado y sin evaluar la sensatez de su actitud, ella lo besó a un lado del cuello. Invadida por una sensación deliciosa, cerró los ojos.
Gaara se estremeció y dejó escapar su nombre en un murmullo de desesperación:
— Ino.
— Gaara — susurró ella y lo besó nuevamente. Actuaba sin reflexionar y por impulso.
Al sentirle los labios otra vez en el cuello, él se dio cuenta que estaba perdido. Llevaba tanto tiempo reprimido, y el deseo lo dominó completamente. Giró para mirarla y, bien lentamente, se levantó, exponiendo su cuerpo desnudo y un miembro erecto que no dejaba lugar a dudas de lo que ansiaba.
Extasiada, Ino admiró su belleza viril. El pene erecto se erguía triunfante y demandante.
Con una voz ronca, marcada por la excitación, Gaara volvió a murmurar su nombre:
— Ino?
— Si — respondió ella al tomarle la mano.
El salió de la tina y, sin poder contenerse más, la tomó en sus brazos. Ese momento se había iniciado cuando la había visto por primera vez. Era tan inevitable y poderoso como las fases de la luna.
Impetuoso, la cargó hasta a cama, donde la acostó. Ansioso, intentó desvestirla y acabó rasgándole las ropas, que se amontonaron en el piso.
Quería sentirla desnuda debajo de él. Donde la tocaba, su piel parecía incendiarse.
Inclinó la cabeza y le besó los pechos. Ino fue dominada por una necesidad desesperante. A cada toque de él, su deseo crecía.
Incapaz de esperar ni un segundo más, Gaara la levantó un poco. Sabía que precisaba ser cuidadoso, pues era la primera vez para Ino. No quería dañarla. Controlándose, respiró profundamente varias veces. Intentaba pensar en otra cosa que no fuese el latido erótico de su sangre. El esfuerzo lo dejó con la frente mojada de sudor.
Ino gemía de pasión. Precisaba sentir a Gaara dentro de sí. Sabía que sólo la unión de los dos cuerpos la salvaría de esa agonía.
Con un gemido de desesperación, levantó las caderas y abrió sus piernas para recibirlo en su cuerpo. Hubo sólo un momento de dolor, tan distante como las estrellas. Pronto la excitación volvía a invadirla. Moviéndose y sintiendo la tensión crecer, se olvidó de todo hasta ser dominada por un placer indescriptible.
Al sentirla estremecerse, Gaara no resistió y, en un último impulso, se entregó a la satisfacción plena. Abrazada a él, Ino susurró, feliz:
— Ahora, eres mío.
Por un momento, Gaara permaneció inmóvil, apena oyéndolo a través de las convulsiones de placer que todavía lo dominaban. Pero, entonces, las palabras resonaron en su mente, apartando la nebulosa de la pasión.
Ahora, eres mío.
Se levantó y se arrodilló al lado de ella en la cama. Sin notar su amargura y confusión, la miró como si fuese una extraña. Sacudiendo la cabeza, gimió de frustración. Aún temiendo ser poseído y subyugado por ella, Gaara no podía controlar el deseo provocado por la visión de su cuerpo todavía marcado por la pasión.
En verdadera agonía, giró y se apartó.
— Gaara, qué pasa? — preguntó ella, alarmada, al sentarse.
En silencio, él se levantó y comenzó a buscar su ropa para vestirse.
— Gaara, respóndeme. Me debes eso al menos — insistió ella, desesperada.
— No te debo nada. Y no te engañes, esposa, yo no pertenezco a nadie excepto a mí mismo.
Acabando de vestirse, él dejó el cuarto.
Con los brazos alrededor de las piernas dobladas, Ino comenzó a llorar. Demasiado Rápidamente, ellos habían descendido del apogeo del placer a la profundidad de la aflicción. Desesperanzada, ella sollozaba y temblaba.
Qué había dicho? Nada más que una declaración de felicidad por ser, finalmente, poseída por él. Eso, sólo, había traído de vuelta el miedo de Gaara de ser controlado y manipulado por ella. Dios de los Cielos, cuál sería su destino?
Ella se había, finalmente, convertido en la mujer de Gaara, pero había sido rechazada al segundo siguiente. Mientras él se rehusase a perder el miedo a ser dominado por una mujer, nada cambiaría. Gaara necesitaba comprender que abrir su corazón al amor no significaba servidumbre.
