CAPITULO 9
La solitaria rosa parecía brillar allí, sobre la tumba de Anthony. El sonido de la gaita a su lado parecía mitigar la sensación de pérdida. Candy había cortado la rosa con mucho cuidado. Su idea había sido hacer un ramo para alegrar la casa, pero aquella flor tan blanca y tan fragante le trajo recuerdos. De pronto sintió que aquella flor no sería feliz dentro de la casa, tenía todavía los pétalos brillantes de rocío, como si estuviera llorando por el recuerdo del chico que antes las cuidaba.
Así que Candy se acercó al cementerio a llevarle la rosa a Anthony, y allí se encontró con Archie, que la había visto en el portal de las rosas y había corrido a su encuentro. El tocó la gaita en un sentido homenaje a sus parientes muertos, Candy simplemente escuchó y cerró los ojos, alegrándose de no haber olvidado, de que su corazón todavía lamentara aquella pérdida, de que aún lo echaba de menos.
Se concentró en la música, dejando que la transportara a un tiempo donde eran tres los que tocaban juntos. Archie también lo recordaba y las notas de la gaita solitaria eran un triste lamento. El único superviviente de ese trío y estaba tan lejos de ella como lo había estado cuando eran tres.
Cuando terminó la tonada, se quedaron un rato en silencio, como si esperaran que el fantasma de Anthony acudiera a su lamada. Hemos convocado su espíritu pero él no viene, está demasiado lejos. Ahora es un ángel de ojos azules y alas blancas que flota en el viento y acaricia las rosas con su aliento.
Candy aceptó el brazo que le tendió Archie al salir del cementerio. Habían llegado andando y Candy se alegró de que Archie no hubiera traído el coche, prefería pasear, llevaba demasiado tiempo encerrada en la casa y el aire fresco le sentaba bien. Si cerraba los ojos podía pensar que era las dulces manos de Anthony apartándole el cabello del rostro.
-Me dijeron que habías vuelto a trabajar para los Legan, pero no creí que pudiera ser cierto –Archie rompió el silencio, había estado serio en todo momento, serio y triste, como su música.
-La niña me necesita, hubiera sido mezquino no ayudarla. Ella no tiene la culpa de nada. Además, Eliza está en Londres y siempre es ella la que me crea problemas.
-Espero que no tengas problemas con Neal.
-Apenas lo he visto, se fue a Chicago y no ha vuelto. Además, todo aquello ya pasó, ahora es adulto.
Archie no parecía muy convencido.
-De todas formas, si necesitas algo ven a Lakewood, puedes quedarte en casa todo el tiempo que quieras –toda la vida, pensaba Archie, pero eso no lo dijo.
La mansión de los Andrew se veía a lo lejos, ella había decidido no volver. Si Anthony hubiera seguido vivo todo habría sido distinto, reirían juntos en el jardín, quizás los niños que jugaran a su lado serían suyos. Era injusto pensar así, no había sido Anthony el que la había condenado a una vida estéril, sola, cuidando los hijos de los demás, viviendo en la casa de los demás, desarraigada, sin tener un hogar propio.
Lo he elegido yo. He aceptado que el Hogar de Pony es el único hogar que he tenido, que la familia no son los lazos de sangre sino de cariño. Ahora la mansión Andrew está muy vacía, sin Anthony, sin Stear, sin la Tía Elroy. Pero miro el portal de las rosas y veo que lo que ellos vivieron continúa allí. Y puedo pasear y adivinar la vida que habría tenido si Anthony no hubiera muerto, si no hubiera conocido a Terry, si Albert hubiera sido solamente mi amigo vagabundo, si la guerra no se hubiera llevado a Stear.
Archie estaba hablando, contándole pequeñas anécdotas, trivialiades, regañándola por llevar todavía su viejo sombrero de paja, tan poco elegante. Su voz se había hecho más grave con los años, quizás la de Anthony habría cambiado igual y habría dejado de ser tan dulce. Quizás el cariño que sentía por él se habría enfriado con el tiempo ¿Quién podía saberlo?
No quiero pensar en lo que podía haber salido mal. Ahora es un sueño y en los sueños todo es perfecto.
Llegaron al recodo del camino y Candy miró con nostalgia la mansión de los Andrew, radiante y luminosa, pero ella tenía que seguir el camino hacia la mansión Legan. La niña la esperaba allí y cuando llegara la primavera y el tiempo fuera más agradable, la llevaría al portal de las rosas y jugaría con ella.
Como si fuera mi hija.
Candy no pudo evitar acordarse del dolor de Tía Elroy tras la muerte de Anthony, que era tan grande que quiso borrar todo lo que le recordaba a él. Como si hubiera sido su propio hijo el que hubiera muerto.
Y era cierto. Anthony fue su hijo, el hijo que no tuvo nunca y no importaba que ella no fuera realmente su madre. Pero Anthony era un hijo sin padres, todo suyo. Yo tendré siempre la sombra de Neal detrás. Y si decidera volver a casarse… No debería cogerle cariño a esa niña, no es mi niña. También hay muchos niños en el Hogar de Pony que necesitan el cariño de una madre.
-¿No piensas casarte nunca, Candy? –le preguntó Archie de pronto, quizás le estaba preguntando si ya estaba casada con un fantasma.
-No lo sé, Archie. Sólo sé que no me casaré porque sea lo que debo hacer, ni por no estar sola.
Archie asintió con la cabeza.
-¿Y tú? –le preguntó Candy a su vez, con una sonrisa pícara-. ¿No te casarás nunca?
-Yo me siento más solo que tú. Pero eso no sería justo para ninguna chica ¿verdad?
-Si ella lo supiera ¿porqué no? Mientras no le mientas no habría problemas. ¿Has conocido a alguien?
Archie negó con la cabeza.
-No. Conocí a alguien, hace años, pero está fuera de mi alcance.
Candy no dijo nada, reacia a seguir con un tema que no sabía a dónde los llevaría. Archie insistió en acompañarla hasta la mansión Legan, pero el resto del camino lo hicieron en silencio. Candy pensaba que a cada uno lo acompañaban sus propios fantasmas y recordó los años que llevaba sin saber nada de Annie y deseando que Archie estuviera pensando en ella y no en otra persona. Archie, en cambio, no pensaba en Annie. Su fantasma era muy real y caminaba a su lado, tan cerca que podía tocarla, pero la barrera había estado siempre entre los dos y nunca había podido saltarla para llegar hasta ella. La imagen de Anthony lo había eclipsado primero, después la de Terry, incluso quizás la de Albert había emborronado su amistad. Y, sin embargo, él había sido el primero que la había conocido.
No camino junto a un fantasma. El fantasma soy yo. Archie miró a Candy y le pareció que una presencia dorada caminaba junto a ella, y por un momento le pareció distinguir incluso una risa, un olor. Desvió la mirada diciéndose que sólo era el aire al pasar entre las hojas de los árboles, el olor de las rosas, un reflejo del sol.
