©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama


CAPÍTULO 8

Eren

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El teléfono vuelve a sonar.

Joder, no necesito que llamen. El reloj ya me dice la hora que es. Pero no es culpa mía –ni del Call of Duty– que llegue tarde, sino del caos que reina en mi armario. Quiero ponerme unas botas negras estilo militar que me regalaron el año pasado y no logro dar con ellas. Llevo un buen rato buscando entre montañas de ropa.

—¡Mamá! —Estoy muy alterado y, por las constantes llamadas y notificaciones de What'sApp, mis amigos también—. ¡MAMÁ!

—¡Eren, no grites! —responde desde otro lugar de la casa.

—¡VEN! —Ignoro lo que ha dicho y sigo revolviendo entre las cosas dispersas por la habitación, donde parece que ha pasado un tornado.

Al poco tiempo de llamarla, aparece en la puerta. Sus ojos castaños me observan caminar de un lado a otro, cada vez más estresado. Los pitidos de mi móvil no ayudan.

—¿Se puede saber qué haces?

—Estoy buscando las botas negras.

—¿Qué botas? —Me mira extrañada.

Agh, ¡las que me regalasteis el año pasado en Navidad!

—Pero si no te las has puesto nunca. ¿Para qué las quieres? —dice tras caer en la cuenta de lo que hablo.

—Voy a una manifestación en el centro y me las quiero poner. ¡Joder, y ya llego quince minutos tarde a la estación!

—¡¿Qué has dicho?! —Genial, una bronca de mamá—. ¡Tú no irás a ningún sitio, ¿me oyes?!

—¡No puedes decirme lo que tengo que hacer!

Esta discusión no lleva a ninguna parte. ¡A la mierda las botas! Me calzo las converse negras que suelo llevar siempre haciendo oídos sordos a lo que dice.

—Volveré a la hora de cenar —digo antes de salir del cuarto a toda prisa.

Mi madre es insoportable cuando se pone en plan protectora y no es la primera vez que tenemos una charla así. Siempre es lo mismo. Gritamos, nos ponemos nerviosos; dice que es por mi bien, pero desconoce la necesidad que yo veo de acudir a este tipo de cosas. Vemos el mundo con distintos ojos, eso está claro. Por eso hace tiempo que dejé de pedir permiso para hacer lo que creo correcto.

Las manecillas del reloj marcan los segundos que pierdo esperando a que el semáforo se ponga en verde. El semáforo más largo de mi vida. Solo debo cruzar esta carretera y estaré en la estación, donde Mikasa, Bertholdt y Annie me esperan.

—Media hora, Eren. Media hora —Bertholdt se cruza de brazos. Es la persona más paciente que conozco, pero supongo que es normal enfadarse por mi tardanza.

Hay algo mucho peor. La fría mirada de Annie clavada en mi nuca es suficiente para helarme la sangre en las venas. Su silencio es espeluznante.

—¿Y Reiner? —pregunto haciéndome el despistado. Berth resopla.

—Ha dicho que pasa.

—¿Cómo que pasa? Contaba con él —Saber que Reiner ha decido no venir me decepciona.

—Déjale, ya sabes cómo es. Además, nosotros contábamos contigo y mira la hora —Señala su muñeca, a su reloj.

Estoy a punto de disculparme cuando una mano se posa en mi hombro. Un escalofrío recorre mi columna vertebral, pensando que es Annie. Pero, gracias al cielo, solo es Mikasa.

—El tren —dice en un hilo de voz.

Dirigimos la vista al andén para ver que, efectivamente, el tres está por detenerse. Corremos hacia allí tanto como nuestras piernas nos lo permiten. Ya llegamos bastante tarde y no sería bueno perderlo. Nada bueno para mí.

Una vez dentro, nos acomodamos en los asientos libres del vagón. Bertholdt se sienta a mi lado y las chicas enfrente.

—Pensé que vendría alguien más —comenta de forma casual.

—Eso creía —Respiro hondo para recuperar el aliento por la carrera, mientras hago memoria de esta mañana—. Marco me dijo que está trabajando en un bar. Quiere ganar algo de dinero para sus gastos. Y creo que el cara de caballo le pidió ayuda con los exámenes a Armin.

La risa contenida de Berth me interrumpe.

—Me hace gracia que sigas llamándole por ese apodo infantil —responde ante mi mirada de reproche por reírse—. Hace años que dejamos de hacerlo.

—Es un estúpido. Aún no me creo que Armin haya preferido estudiar con él.

—No sé qué te quema más —comenta rascándose la barbilla—, que nadie más haya venido o que Armin ayude a Jean a estudiar.

—Ambas me molestan.

Y es cierto. Armin sabe de sobra que me cuesta estudiar. Su ayuda hubiera sido fantástica desde el comienzo de los parciales y, sin embargo, en ningún momento me preguntó si la necesitaba.

En fin, tampoco merece la pena comerme el coco pensando en eso. Apoyo la frente en el cristal de la ventanilla y me pierdo en el paisaje. Árboles y campo surcado de autopistas, edificios, algunos muy viejos. Edificios más modernos me indican que nos acercamos al centro.

Aunque tiene los cascos puestos, puedo escuchar la música que está escuchando el chico de al lado. Mierda, ahora tendré el ritmo de Good feeling todo el día en la cabeza. La tarareo cuando bajamos del tren, cuando salimos de la estación. Ni siquiera los coros de la muchedumbre hacia la que nos dirigimos pueden despegarme de ella.

Esto es muy gratificante. La calle por la que avanza la manifestación está plagada de gente. Puedo ver a personas que jamás había visto en mi vida. Jóvenes de todas las edades –la mayoría universitarios–, algunos profesores, mayores, padres con sus hijos. Miles de desconocidos unidos por una misma causa.

Mis ojos se detienen en un anciano con una larga barba blanca. Lleva un cartel de su tamaño con un mensaje escrito. "La educación la hacen los maestros, no los gobiernos que encubren el lucro". Sus palabras me hacen reflexionar.

A pesar de lo que mi madre piensa, no me gusta meterme en líos. Por eso, cuando la manifestación termina su recorrido, mis amigos y yo decidimos volver a casa. La mayoría de los universitarios se queda frente al Ministerio de Educación, gritando hasta que la seguridad decida sacar sus porras.

Estoy contento conmigo mismo después de esta experiencia. Algunos creerán que no hemos conseguido nada, pero al menos hemos hecho más de lo que hubiéramos logrado quedándonos en casa.

Ya en nuestra ciudad, nos despedimos de Bertholdt y Annie. El aire huele a humedad y finas gotas caen de las hojas de los árboles. Me divierto saltando los charcos mientras Mikasa los rodea sin perder el paso.

—Ha sido una suerte librarnos de la lluvia —comento para romper el silencio.

—Sí —Asiente, dándome la razón—, pero puede empezar a llover en cualquier momento.

—No lo creo.

—Mira —Señala hacia el cielo. Sigo su dedo con la mirada y compruebo que es cierto. Está cubierto de nubes negras que no dejan ver la Luna—. ¿Tienes paraguas?

—No. Salí corriendo de casa y ni se me ocurrió coger uno.

—Entonces te acompaño a casa. Podemos compartir el mío si llueve.

—¡Ni hablar! Me niego a que una chica regrese sola a casa de noche, a esta hora, por las calles desiertas sin nadie que pueda ayudarla.

—Pero…

—¿Estás loca, Mikasa?

Está loca. Me cuesta un horror convencerla de que no necesito paraguas. Solo cierra la boca cuando insisto en acompañarla yo a ella.

Llegamos, pero se queda quieta en la entrada, mirando la verja, pensativa. Paralizada.

—¿No piensas entrar?

Mi pregunta parece devolverla al mundo real.

—Sí… antes quería... agradecerte.

Con un movimiento ágil, se gira y me da un corto beso en la mejilla. Antes de que pueda decir algo, ya ha atravesado el pequeño jardín y la veo abrir la puerta de su casa, con la mitad del rostro oculto bajo su bufanda roja.

Esa bufanda, un regalo que le di cuando teníamos tres años. Nos habíamos conocido ese año y fue raro para mí, un niño, darle un regalo a una niña. Después de eso nos fuimos haciendo más amigos cada día, compartiendo preescolar, colegio, compañeros de clase, y ahora instituto. Ver que todavía la conserva me hace muy feliz.

La quiero mucho. Tanto como se quiere a una hermana.

De improviso, una oscura figura moviéndose atrae mi atención. Se oculta bajo un coche y me agacho para ver qué es. Creo que se trata de un gato. Y tan rápido como se ha escondido, el muy desgraciado corre bajo el siguiente coche.

Debería haber recordado el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, y no olvidar que la curiosidad puede ser muy peligrosa. Al igual que Alicia, ese fue mi error. Estaba tan entretenido persiguiendo al gato que no me percaté de lo demás que había a mi alrededor.

Agachado, corro hacia un coche azul marino metalizado. Creo que el gato se ha metido ahí debajo. Entonces, sin previo aviso, una de las puertas se abre frente a mi cara de susto.

Me pongo de pie de inmediato.

Un hombre joven de pelo corto y castaño claro, me observa con ojos avellana y una ceja arqueada. Va vestido completamente de negro, con una pesada gabardina y unos guantes que me hacen sospechar de él. Seguro que es un ladrón o algo mucho peor, como un psicópata.

—Tranquilo, chaval —dice con tono amistoso.

Le ignoro. Busco una ruta de escape, pero la puerta del copiloto es abierta y otro hombre sale del coche. Su aspecto es más siniestro. Me sorprende el aura oscura que le rodea a pesar de lo pequeño que es. Debo superarle por diez centímetros al menos.

Su mirada sombría me taladra mientras ambos caminan hacia mí. Cada paso que dan es uno mío hacia atrás.

—Tranquilo —repite el otro. Mete la mano bajo el cuello de su gabardina y saca algo brillante enganchado a una cadena—. ¿Ves? Somos policías de incógnito.

—Quédate quieto —La voz del más bajo es autoritaria. Algo en ella me estremece— y danos tu documento de identificación.

Estoy confuso. ¿Se supone que debo creerles? Por su aspecto nadie diría que son policías. Más bien parecen ladrones, metidos en un coche de noche y asaltando chicos como yo. Intento pensar rápido, tomar una decisión, pero las ideas se amontonan en mi cabeza y no sé qué hacer.

—Antes quiero saber vuestro número de placa —Es lo primero que se me ocurre decir para darme algo más de tiempo.

Lo he visto en la televisión. Un policía debe facilitar su número de placa siempre que el ciudadano lo solicite. No pienso darles mi DNI sin antes asegurarme de que son policías, porque mostrarme la placa no sirve de nada cuando nunca he visto una en mi vida.

Ellos intercambiando miradas confusas. Les explico mis razones, lo que parece extrañarles más.

—¿Has consumido drogas o bebidas alcohólicas? —pregunta el primero. Respondo, pero el más bajo empieza a cansarse.

—Identifícate y deja de tocarme las pelotas.

Después de un buen rato de tensión palpable en el ambiente, les doy mi DNI, todavía dudoso. Hablan por radio con quien parece ser alguien de la comisaría. Pero sigo sin fiarme de ellos. Sin entender nada.

Durante esos minutos, intento fijarme en todos los detalles de cada uno, solo por si son ladrones y tengo que hacer alguna descripción de ellos a la policía de verdad. Por ejemplo, el segundo hombre tiene la piel pálida y el cabello negro, rapado en la nuca y con largos mechones sobre la frente. Sus párpados apenas dejan ver el color de sus ojos.

De repente me mira, para luego ordenar:

—Danos tu teléfono y tu cartera.

¿Acaso se cree que nací ayer? Este tío se está riendo de mí.

No les doy tiempo a decir más. Estoy seguro de que son ladrones, y el pensamiento fugaz de que pertenezcan a un grupo organizado me asalta la mente. Mi dirección está apuntada en mi DNI. Quizá se la estaban dando a alguien y mi casa está siendo rodeada en este instante.

Mi padre cubre el turno nocturno en el hospital esta noche.

Mi madre está sola.

Y por primera vez en años me arrepiento de no hacerla caso. Me arrepiento de haberla ignorado, de enfadarme cuando quiere protegerme de este tipo de cosas.

Echo a correr sin pensármelo dos veces. Un eco detrás de mí me avisa de que estoy siendo perseguido por uno de los dos hombres. No sé cuál de ellos, pero da igual. Correr es lo único en que pienso, y llegar a casa es mi objetivo.

Sin embargo, un brazo rodea mi cuello. Para mi sorpresa, el hombre de pelo negro corre más rápido que yo a pesar de la diferencia de altura. Desesperado por huir, doy golpes al aire con la esperanza de que al menos reciba uno de ellos.

No me estoy quieto hasta que su puño se estampa contra mi ojo derecho. Un golpe certero, lo justo para hacerme caer al suelo. Rendido.

El dolor llega una milésima de segundo después.

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El resto ocurrió a cámara rápida para mí. Igual que en las películas cuando saltan de un momento a otro.

Son recuerdos borrosos. La cabeza me daba vueltas y solo quería irme a casa. Acurrucarme entre las mantas de mi cama y dejar que ese día terminara.

Estaba sentado en un banco, en una sala de la comisaría, con la mirada clavada en el suelo. Alguien se sentó a mi lado, pero no me di cuenta hasta que habló.

—¿Eres el hijo de Grisha Jaeger?

Era el mismo que me dio el puñetazo. Tenía un botiquín de primeros auxilios en su regazo, dispuesto a curarme la herida que me había hecho.

—Sí —Apreté los dientes cuando me aplicó un poco de agua oxigenada—. ¿Conoce a mi padre?

—Puede decirse que sí. Es un buen médico.

—Levi —Apareció el otro hombre—, ¿qué haces?

—Farlan, pensé que eras más listo.

El otro pareció ignorar su comentario. Por su forma de encogerse de hombros, creo que estaba acostumbrado.

—Será mejor que te vayas a casa, Isabel debe estar esperándote.

¿Isabel? ¿Quién será esa? ¿Y por qué debería importarme?

Todas esas y más preguntas pasaron por mi mente mientras terminaba de curarme el ojo. A veces escocía, pero nada comparable al dolor que sentí con el golpe. Entonces mi fijé en sus ojos, cuyo color no había conseguido descifrar antes.

Y cuando lo hice, quedé atrapado en ellos. Unos ojos de un azul oscuro. Más oscuros que el cielo de esa noche de otoño, y más profundos que el fondo de un océano por explorar.

Jamás había visto unos ojos iguales.

—Ya está —dijo cuando acabó, cerrando el botiquín—. No te preocupes, hemos llamado a tu familia y ya están de camino. Espero no volver a tener noticias tuyas nunca más.

Sabía a lo que se refería. Que ojalá no tuviera que estar de nuevo en comisaría. Yo tampoco quería volver a verlo, aunque una parte de mí se empeñara en lo contrario.

Moría por descubrir los secretos que ocultaban las profundidades de su mirada.


N/A: Holaaaaa! Estoy ta-ta-tan emocionada que… que debería estar estudiando desde hace rato para un examen importante, pero, como veis, estoy escribiendo. ¡No podía dejaros sin capítulo después de una semana de espera.

Espero que hayáis disfrutado este especial. ¿Se quedó interesante? ¡No pasa nada! Recordad que esta historia tiene varias parejas secundarias, y cada una tendrá momentos especiales (no solo amo el Jearmin aunque le declare mi corazón ). Fue muy divertido escribir desde el punto de vista de Eren.

Muchas gracias a los que me dijeron que disfrutara el tiempo con mi novio. Debo decir que parte de este capítulo ha nacido gracias a él. La mitad del encuentro de Eren con los policías le ocurrió hace unos meses.

Como siempre, muchas gracias por el apoyo. Los lindos reviews, los favs y los follows que le dais. ¿Alguien se anima a dejarme un estúpido y sensual review aquí? :3

Soy horrible y no sé si podré actualizar la semana que viene a tiempo. Es Halloween, tengo un examen importante… el deber en la Uni me llama. Prefiero tener tiempo suficiente para escribir algo coherente a darme prisa por actualizar y que salga un churro, ¿no creéis? Espero que lo entendáis u.u

Eso sí, adelanto que el siguiente lo relata Jean y ya lo he empezado… Jean sigue comportándose como un poeta nwn

¡Y ya está! Hasta aquí este capítulo. ¡Nos vemos en el siguiente!

PD: He abierto una página de facebook. Es… algo raro. Principalmente dejaré los escritos que se me ocurren de repente, pedacitos de historias, y puede que algunos adelantos. Pero la cosa no termina ahí. Me gusta variar el contenido igual que en mi blog, compartir imágenes, opiniones, noticias, música, ¡de todo! Podéis encontrarme como Ainnita RandomWriter.