Estrella
28/12/2011
Volvieron a casa por la tarde, después de un muy largo viaje desde las montañas nevadas de Austria hasta la casa del propio austríaco en Viena.
Aquella misma noche, Gilbert arrastró a Roderich a la calle. Había quedado muy sorprendido por la actitud de su pareja en la posada, la sonrisa de sus labios mientras cantaba villancicos con sus ciudadanos y la alegría que pocas veces mostraba. Por eso mismo, quería ver otra vez su sonrisa y qué mejor lugar que un sitio completamente navideño como los mercadillos navideños que había por toda Austria en aquella época del año.
Concretamente, fueron al más tradicional mercadillo de todo el país, el que se hallaba frente el Ayuntamiento de Viena.
—Kesesesese, ¿este mercadillo no terminaba en Nochebuena? —se le ocurrió preguntar al albino pocos minutos después de empezar a caminar por las callejuelas que formaban las múltiples paradas que habían.
—Por la crisis decidieron alargarlo algunos días más. —respondió suspirando el austríaco. La crisis le afectaba a él también, pero por suerte era en menor medida que otros países europeos como España o Grecia.
El albino soltó un "Hum" en respuesta a lo que había dicho su pareja y posó su miraba en las paradas que habían a su alrededor. Ponche, castañas asadas, azúcar de todo tipo y toda clase de adornos navideños ocupaban cada uno de los puestecitos, entre muchos otros objetos y alimentos que hacían las delicias a la vista de quienes pesaban por su lado.
Era curioso como los dueños de esos puestos vestían generalmente las ropas típicas austríacas, quizás para realzar el valor tradicional que tenían los objetos que vendían. Había algún que otro tendedero que estaba vestido de Papá Noel, cosa que hizo que Gilbert, divertido, le tirara de la barba o le gritara algo sobre sus regalos de Navidad, recibiendo una –merecedora- reprimenda del aristócrata.
Al final, entre risas de uno y un supuesto enfado del otro, llegaron al corazón de ese mercadillo, el gran Árbol de Navidad que destacaba por encima de los pequeños puestecitos de madera.
Prusia quedó maravillado ante el abeto. Si el de Roderich ya era increíble, ese era magnífico. Los adornos y las luces lo recorrían por completo, así como algunas cintas doradas y plateadas. Y en lo más alto, pareciendo iluminar todo Viena, se encontraba una gran y brillante estrella de Navidad.
Era la estrella más hermosa que Gilbert hubiera visto nunca. Hecha de cristal, contenía en su interior una bombilla que iluminaba todo lo que había a su alrededor, haciendo que gracias al cristal algunos de los rayos que se proyectaran acabaran transformados en arco iris.
La quería, quería esa estrella para Roderich, una estrella digna para el señorito y que pudiera substituir la que él había roto días atrás y que aún estando intacta, decoraba el abeto de su casa con una enorme grieta que la recorría entera.
—¡Esa va a ser tu nueva estrella de Navidad! —señaló con el índice la estrella que se hallaba en lo alto del abeto y antes de que Roderich pudiera voltear la cara de la estrella a su rostro, Gilbert ya había saltado la valla de madera y empezaba a subirse por las ramas del abeto.
—¡Insensato! ¡Vas a hacerte daño! —gritó Roderich mirando como su pareja se alzaba cada vez más y más por el árbol. Su cara palidecía a medida que lo veía llegar a la cima, especialmente cuando por poco se caía por un mal agarre.
Lo vio llegar a lo más alto y tomar la estrella de cristal de la cima, para luego emprender con rapidez el viaje de descenso del árbol.
—Te dije que no hicieras eso. —murmuró malhumorado Austria, después de disculparse y de devolver la estrella a los agentes de seguridad que habían en el recinto, que habían capturado al prusiano en su poca exitosa huida con su trofeo en las manos- Y pensar que me estoy disculpando conmigo mismo… —empezó, mirando cómo se alejaban los policías austríacos—…y todo por TU culpa- se giró para echar una mirada furiosa a Gilbert, que no pareció afectarle con su tan usual aire jovial que llevaba siempre.
—No me mires así, señorito. Solo quería regalarte la estrella más hermosa de Austria. —dijo en su defensa, para sonreír después seductoramente y romper así prácticamente todas las defensas de Roderich. Aún así, el austríaco no se quiso mostrar demasiado derrotado.
—Si era eso lo que querías, con cualquier estrella que había por los puestos me servía. —habló con un ligero tono carmín en las mejillas. A veces su pareja tenía unos detalles la mar de raros, pero eran detalles al fin y al cabo y no se los iba a reprochar.
—¡Pero yo quería que tuvieras la más grande y hermosa estrella de todas!
Austria vio como el prusiano parecía quejarse por eso y algo más relajado tomó su mano con la suya, entrelazando sus dedos mientras le miraba con ternura.
—¿No eres tú siempre el que dice que todo lo que tocas es "awesome"? Entonces regálame la estrella más "awesome" que encuentres…en los puestecillos. —añadió rápidamente, borrándole de su mente la idea de volver a por la estrella que volvía a brillar con orgullo en su lugar correspondiente.
Gilbert rió por el añadido, al igual que Roderich, que no podía contener más la felicidad que sentía. Todos aquellos días a su lado estaban siendo únicos, Gilbert era más detallista que nunca y él…bueno, se lo recompensaba cada noche de esa manera que solo Gilbert y él conocían.
Tuvieron que recorrer el mercadillo unas tres veces antes de que Gilbert pusiera entre las manos de su pareja, con cuidado, lo que le había costado horas de elección.
—Ten, no es tan awesome como la otra, pero es lo suficientemente awesome para ti, para que puedas ponerla en casa. —explicó con una sonrisa en los labios lo que Roderich sabía que era una disculpa por haber estropeado su anterior estrella.
Aunque la que tenía en sus manos nada tenía que envidiar a la otra. De un precioso cristal algo opaco, esa estrella era realmente magnífica. Miró a Gilbert con una sonrisa llena de ternura, tanta que hizo a Gilbert sonrojarse por unos momentos.
—Vielen Dank, Obaka. —agradeció, inclinándose para besar sus labios con suavidad.
—Vielen Dank auch. —respondió, tomándole de los hombros para profundizar algo más el beso.
Y de esta sencilla manera, una vez más, se mostraron el uno al otro su amor. Ante el Árbol de Navidad, ante la estrella que en su cumbre parecía iluminar a los dos amantes.
Lo que no sabían ninguno de los dos, es que en el momento del beso fueron fotografiados, con el abeto iluminándolos al fondo. Pero no tardarían demasiado en descubrirlo, concretamente al día siguiente, cuando vieran dicha fotografía en la primera página del diario. Pero eso, es otra historia.
N/A: Hola! Aquí España de nuevo! Lamento el ligero retraso de este capítulo, pero espero que igualmente os guste! –les regala tomates - Me salió algo más corto que los otros, pero el PruAus no conoce de longitud…excepto por los cinco metros que dice tener Prusia, fuososososo~
Muchas gracias a todos por leer. Besos! 3
