IX. Ira

Lancé el bastón por mi despacho destrozando cuanto se interpuso en su camino. Me vi reflejado en el cristal: mi rostro estaba completamente enrojecido y las venas del cuello se me hinchaban cada vez más y más. La furia que había dentro de mí, me gritaba que rompiera cosas, que destrozara, que gritara y así lo hice, la mitad de las cosas que había en mi escritorio encontraron un lugar más seguro en el suelo. Habíamos discutido, como pocas veces lo hacíamos.

Tragué con extrema rapidez un par de vicodinas que atravesaron mi garganta, más hábiles que de costumbre, y para calmarme cogí mi guitarra, la acaricié y me la colgué del cuello después de prepararme un whisky doble. El amplificador conseguía que mis acordes superaran los decibelios permitidos, pero no importaba. Conscientemente desafine la guitarra para que los sonidos fueran todavía más estridentes y simularan sus gritos. Nos insultamos y espetamos cosas, pero esta vez ella caló más hondo que yo, y consiguió enfurecerme de verdad, despertó a la bestia, y deje escapar cosas que sabía la habían herido profundamente. Y en estos momentos, no estaba seguro si estaba cabreado conmigo o con ella. Siempre nos pasaba lo mismo, cuando empezamos a discutir todo desaparece y la ira de nuestros cuerpos se apodera de nuestras lenguas afiladas que hieren conscientemente, y lo peor, es que saben el punto justo donde nos harán sangrar.

No lo podía creer, ella había tenido la desfachatez de venir hasta allí, espantar a Sarah y abofetearme. Todavía notaba el impacto de sus dedos sobre mi mejilla, la sangre palpitaba con fuerza en esa parte de mi rostro. En el momento que fui consciente del golpe, muy despacio abrí los ojos y de repente me levanté del banco

-¡Pero qué coño estás haciendo! – estiré de su brazo más fuerte de lo que debía.

-¡Qué coño hacías tú con… esa!- se zafó de mi mano que la agarraba con fuerza.

-¡Lo mismo que tú con él! De hecho bastante menos, porque yo no me retozaba con ella encima del césped.

- ¡Como si yo quisiera estar con él! ¿Tú te has visto como la miras?, se te cae la baba, y te brillan los ojos, ¡que te conozco Greg!

-Pero tú… Primero, si no quieres retozar con él no lo hagas, y segundo, que yo sepa no tengo que darte ningún tipo de explicación, fuiste tú la que decidió que esto fuese así. – grité demasiado, porque los ojos de ella se nublaron.

Estiré de ella y la aparte del gentío. La llevé detrás de una caseta que había. Me sentía incapaz de canalizar todo esa rabia que había generado o hacerla desaparecer, no tenía suficiente con aguantarle a él sobre ella besándola y tocándola una y otra vez en mi mente, como para que encima ella venga se enfurezca, me grité y me eche cosas en cara. Esto no podía continuar así, estaba jugando conmigo y lo peor era que yo lo sabía y no hacía nada por cambiarlo, de hecho lo estaba permitiendo. Y de pronto otra vez la veía besándole a él, necesitaba golpear algo. No podía soportarlo, la miraba pero ya no deseaba cuidarla sólo que se apartara de mi vista y me dejará golpear al aire, o ir en busca de él y destrozarle con mis propias manos. La sangre se espesaba en mis venas, y golpeaba cada vez más fuerte en mis sienes, hasta que golpeé con el puño cerrado y descargando toda mi ira en la pared que ella estaba apoyada. Al día siguiente obtuve un considerable hematoma.

-¿Qué coño estás haciendo conmigo? –le grité rojo de ira, haciendo que ella retrocediera con temor. ¿Te divierte jugar conmigo? Me haces caer en algo que nunca había caído, me obligas a aceptar tus condiciones y ahora me abofeteas. ¿Pero qué quieres de mí Lisa?

Ella temblaba bajo mis brazos recostada en la pared y con las lágrimas surcando su rostro. No me miraba, no hablaba, tan sólo se secó las lágrimas y dejó de sollozar. Yo la observaba fijamente tratando de saber qué pasaba por su mente, pero estaba totalmente cerrada a mí y ya no sabía que hacer. Me giré, respiré hondo, pasé las manos por mi pelo muy despacio, echando la cabeza hacia atrás y sentí como ella me abrazaba por la espalda. Pasó sus pequeñas manos por mi pecho, y tiró de mí para girarme hacia ella y alcanzar su altura. Su rostro se mostraba de nuevo sereno, aunque no sonrió, se acercó despacio hasta mi boca. Yo la deseaba, claro que la deseaba, pero no podía, a pesar de que sus labios llamaran a gritos a los míos. Me aparté, y el beso quedó perdido en mi mejilla.

-No lo entiendo. Si no le quieres, si no quieres estar con él, si me prefieres a mí. Explícame por qué no le has dejado. – dije apartándola de mí rabioso.

Para colmo ella continuaba con la cabeza gacha. ¡Y tendría el morro de hacerme sentir mal a mí! No respondía, tal vez no tenía repuesta. Puede que sólo estuviese jugando conmigo, no obstante nunca podría aceptar eso. Respiré hondo durante unos segundos, el silencio me ayudaba a pensar. Medité tanto como pude en ese breve espacio de tiempo.

-No puedo continuar así. O te quedas con él, o conmigo. – dije más serio de lo nunca hubiera esperado de mí mismo.

La postura de ella no se inmuto, continuaba en silencio y callada. Lo cual me enfurecía más. Que me dijera que le prefería, que me odiaba, que no quería volverme a ver, pero que no se quedase callada, suplicaba una y otra vez a un Dios inexistente.

-Di algo, ¡Joder!- grité.

-¿Qué esperas que te diga? ¿Que no le quiero? ¡¿Que no te quiero a ti?!- empezó a elevar el tono de voz.- Pues claro que le quiero, pero a su lado no siento ni la mitad de lo que tú me haces sentir. A pesar de que como persona puede darte mil patadas, porque eres un estúpido, engreído y sabelotodo, que piensa que no hay nadie mejor que él en el mundo y que todo debe girar a su alrededor. Pero a pesar de todo eso, te quiero como nunca he querido a nadie, ¡gilipollas!- dijo de carrerilla y sin a penas respirar entre palabras.

Cuando me quise dar cuenta estábamos contra la pared. La besaba como nunca antes lo había hecho. Me perdía la necesidad por su boca, quería que fuera sólo mía, borrar toda huella extraña de su cuerpo, acariciarla adueñándome de toda su piel, para que si alguien que no fuera yo la tocara se diese cuenta que era mía. Ella me correspondía en el nivel de pasión, presionando la parte baja de mi espalda entre sus piernas, mordiéndome con una ferocidad propia de animales, y dejando escapar sonidos para que sólo yo escuchase. No llegamos más allá por el lugar y el momento, pero nos amamos, como hasta entonces nunca lo habíamos hecho. De manera irracional, como tan sólo la ira te sabe hace actuar.