8: Eres sólo un humano, destinado a morir.
-Deja de mirarlo.
-No lo hago.
-Por supuesto que sí.
-Cállate Sherlock.
Habían hablado a base de susurros tan bajos que ningún humano podría escucharlos, aparentaban estar sentados en perfecto silencio, el movimiento de sus labios tan rápido que para observarlos tendrían que mirarlos sin parpadear. Viajaban de noche y de día, los últimos cinco días habían sido exhaustivos para los hombres, Lestrade había traído sólo a tres personas, dos para atender el carruaje y otra que lo ayudara con la seguridad.
Ahora estaban sentados en una taberna, porque estaban cansados y aunque trataran de negarlo, ellos necesitaban alimentarse. Los hombres se sentaban a su mesa pero no hablaban con ellos, lo hacían entre ellos y Lestrade era el único que les dirigía la palabra. Ellos no comían nada, se alimentarían en cuanto los hombres fueran a dormir porque de nuevo saldrían antes del amanecer.
Habían hecho un muy bien tiempo en esos cinco días que llevaban ya en territorio italiano, logrando llegar al final de su jornada, la siguiente parte del viaje la tendrían que hacer con mucho cuidado porque se acercaba la luna llena y tan sólo quedaban unas cuantas millas hasta llegar a Venecia.
-¿Le parece buen momento para hablar mi señor?
Lestrade se había acercado a ellos moviéndose en la banca sobre la que los cuatro hombres estaban sentados. Los otros tres se encogieron y se alejaron un poco más sin ser del todo evidentes.
-Por supuesto –respondió Mycroft. Sherlock sabía que estaba complacido por la manera en que el humano le hablaba, por lo mismo se había inclinado sobre la mesa, para estar más cerca. El humano le era agradable a su hermano, durante el viaje se habían acercado y sostenían sus manos al subir y bajar del carruaje más de lo que era necesario. Para Sherlock, Lestrade era un necio. Una cosa era servir a los vampiros, durante generaciones ciertas familias venían haciéndolo, obtenían muchos beneficios si eran leales, como por el ejemplo la seguridad de que nunca serían atacados por un vampiro.
Aunque había otras cosas, por ejemplo la solvencia económica que tuvo el viejo Lestrade de enviar a su hijo a estudiar a la Universidad, razón por la cual era ducho en varios idiomas. Tenía un título universitario tanto de la Universidad de Londres como de la de Paris y de la de Padua, por lo que el viaje le quedaba como anillo al dedo, recorriendo lugares para él conocidos.
Era capaz de recitar obras completas de los grandes clásicos, Mycroft cerraba los ojos y se pegaba a la ventaba del carruaje mientras Lestrade hablaba sin parar. Sherlock lo escuchó suspirar en varias ocasiones. Pero era una necedad, repetía él, no acabaría bien, estaba más que seguro. Los humanos son un suspiro, los humanos desaparecen sin dejar tras de sí más que su recuerdo, cuarenta o cincuenta años si es que no hay alguna enfermedad que se los lleve antes.
Igual que los lobos.
Sherlock cerró los ojos y fingió no percatarse que su hermano se había levantado para "hablar" con Lestrade, sin embargo, habían salido del local. Esperó pero la sed estaba siendo difícil de controlar, cazó solo esa noche, no era complicado, la sangre de un ladronzuelo lo llamó, ofreciéndole la redención de morir para alimentarlo.
Se quedó muy quieto sobre los torreones de la Universidad hasta que faltó una hora para el amanecer, regresó y los encontró listos para realizar la última parte del viaje. Sus pensamientos estaban con John, tenía que recuperarlo o de otra manera…
De otra manera la eternidad no era una opción.
Lestrade ayudó a su hermano a subir al carruaje, acarició su mano de manera obvia y ambos compartieron una sonrisa, cuando el humano volteó el rostro las marcas en su cuello fueron obvias. Sherlock sabía que una de las reglas era que no se alimentaban de los sirvientes humanos, ellos atienden otro tipo de necesidades pero jamás se vuelven la comida. Era básico.
Aquello no había sido para alimentarse y Sherlock lo sabía. Era un vínculo. Al final Lestrade se convertiría en el amante de Mycroft y el final sería amargo. ¿Qué haría su hermano? ¿Convertir a su humano? ¿Creerían que su lujuria por el mismo se convertiría en amor? ¿Y el amor lo uniría a un ser inmortal por el resto de sus vidas?
El humano estaba recitando de memoria algún texto griego y su hermano sonreía. Él, estaba perdido en la consideración que ahora también tenía sobre John. ¿Lo amaba? No lo había valorado de esa manera porque sabía que lo tenía a su lado, que el lobo jamás querría a nadie más que a él y nunca lo abandonaría. Al perderlo, las cosas no encajaron, sus días perdieron coherencia y la necesidad de volverlo a ver se convirtió en algo intolerable.
¿Qué pasaría después? No podía convertirlo, su vida se extendería más allá de la vida humana, al llegar a su plenitud alrededor de los cuarenta años la mantendría por dos o tres décadas, para después comenzar a envejecer normalmente y morir cerca de los ciento diez o ciento veinte años. Lo cual marcaría el final de ambos, porque, y era algo que no había pensado sino hasta los días en los que no tenía idea de qué había sido del lobo, sin John no había Sherlock.
Era simple, estaban unidos desde el día en que se conocieron, sólo así se podía explicar el vacío que había dejado su partida y que justo ahora, luchaba por llenar. Mycroft podría tener otras intenciones, podría querer formalizar la unión entre John y el tal Morstan, pero él planeaba algo muy diferente.
Lestrade comenzó a hablar de la región y de lo que les esperaba al llegar a Venecia. Sherlock pensaba en los años que pasó en la Toscana hasta que fue tomado como aprendiz por Stradivari. No añoraba nada de aquello, era la primera vez que pisaba Italia en mucho tiempo. Mycroft tenía recuerdos de una Italia más antigua, de Roma y de su Imperio, pero al ser completamente diferente a lo que ahora existía, no había sentido nunca la necesidad de rondar por el nuevo país ahora unificado.
Ellos eran ingleses, el pasado cuando estaban vivos, la verdad no era nada para ellos.
Les tomó dos días pero para el momento en que entraron en Venecia, el olor golpeó a Sherlock. No sería perceptible para nadie, tal vez sólo para los lobos, pero para él era excesivamente claro, lo recordaba, es más, jamás podría olvidarlo.
Olía a John pero mil veces más intenso. Olía a hogar, a familia y a amor.
Ese olor era suyo, le pertenecía y destrozaría a cualquiera que tratara de quitárselo.
