Hooola mis chicas!

Espero que hayáis pasado una buena semana; aquí estoy de nuevo, para dejaros otro capi... tenemos a un Edward no tan convencido con todas esas ideologías... veremos a ver qué ocurre en ese despacho.

Con vuestro permiso, quiero dedicar este capi a dos personitas muy especiales para mi: Valita... dentro de poco es tu cumple, así que aquí tienes un humilde regalo ;) … Noe, cuídate esa salud cielo, que menudo invierno llevamos ¬¬ …

Sin más, aquí lo tenéis; nos leemos abajo.


Capítulo 8: Tu dolor es mi dolor

Aunque el cuerpo del teniente Masen siguiera sumido en una alarmante parálisis, su mente trabajaba con una velocidad frenética; preguntas que necesitaban ser respondidas, de manera urgente, se agolpaban las unas con las otras en su mente; y sólo había una persona que podía responder a todas ellas... la joven que seguía agazapada en el suelo, temblando de pánico y esperando su castigo.

Un cúmulo se sentimientos se agolparon en su interior, pero entre toda esa rabia, frustración, desesperación... sobresalía el horror y sobre todo, un amargo sentimiento de culpabilidad. No sabía si de manera directa o indirecta, pero se sentía responsable... el dolor y el miedo de la joven eran los suyos propios. Si justo antes de partir, la imagen de Bella y su cara golpeada le había causado una honda impresión, ahora no podía soportar la escena que presenciaban sus ojos.

-Bella... ¿qué te han hecho?- susurró, con el dolor patente en su voz; respirando de manera profunda, se acercó a ella con cautela. Se agachó a su altura, y cuándo levantó la mano, vacilante, para tocar uno de sus brazos, escuchó la voz de Bella.

-Por fav... favor; yo lo arregl... arreglaré- murmuraba, con la voz ahogada por las lágrimas y el miedo.

-Bella, tranquila- intentó calmarla; pero no obtuvo respuesta alguna de sus labios, más que esas palabras que repetía de manera automática, a modo de lastimosa plegaria. Con todo el cuidado que pudo, tomó la mano dañada, apartándola con cuidado de su cabeza. A pesar del los meses, todavía se quedaba embelesado con la suavidad y tersura de su nívea piel; después de examinarla con cuidado, ya que el cuerpo de Bella seguía temblando, comprobó que, efectivamente, tenía un pequeño trozo de cristal clavado en la palma de su mano izquierda -Bella- la volvió a llamar -tienes clavado un trozo de cristal; debo sacarlo, y curarte la herida-.

Dejó un momento a la joven, todavía encogida en el suelo, para buscar todo lo que necesitaba en su cuatro de baño; esperaba tener al menos un poco de algodón y unas pinzas, aparte de un antiséptico; no quería tener que ir a la enfermería y levantar sospechas. Por suerte, dio con unas gasas y desinfectante, de modo que se lo llevó a su dormitorio, dejándolo en una de las mesillas; el cuarto de baño era demasiado pequeño, apenas cabía una persona.

Regresó al salón; el cuerpo de Bella había dejado de temblar, pero sus sollozos todavía eran audibles. Sin decir una sola palabra, se acercó a ella con cautela, y fácilmente la alzó en sus brazos... ¿dios, cuantos kilos había perdido?... era increíble lo liviana que era.

El corazón de la joven se paró en ese instante... ¿qué estaba haciendo Edward?, ¿acaso se la quería llevar de allí?... ¿le haría daño, cómo había ocurrido con sus compañeras?; no entendía nada, ni siquiera le miró y sus manos permanecían en su regazo; la palma izquierda empezaba a molestarle de verdad. Sintió un ligero calor en su pecho, dada la cercanía del joven; si hubieran sido otros tiempos habría pasado sus manos por su cuello, y hundido la cara en el hueco de éste. Todavía confusa por lo que estaba sucediendo, no se dio cuenta de que habían entrado en lo que parecía ser un dormitorio. Abrió los ojos, debido al miedo, y por primera vez los ojos de ambos conectaron; pero el joven teniente Masen la tranquilizó al ver su mirada asustada y llena de interrogantes.

-Tranquila- le decía mientras la posaba en la cama con mucho cuidado -tranquila Bella; sólo quiero curarte la herida- la mirada de ésta cambió del miedo a la confusión; quiso decir algo, pero parecía que su garganta se había quedado seca. Cuando Edward se sentó a su lado, no hizo amago de tenderle su mano herida, por lo que él mismo la tomó con todo el cuidado que pudo, pero suspiró frustrado al ver que Bella la apartaba con un gesto brusco.

-Bella... confía en mi, por favor- le rogó -sólo quiero curarte la herida, y hablar contigo- pero la joven no entendía qué quería Edward de ella; era judía, y un parásito, según palabras de los oficiales del campo. Pero por otro lado se debatía, ya que si no le contestaba, estaba segura de que se ganaría otro castigo.

Desesperado por su silencio, se levantó de manera brusca, para dar pasos frenéticos por toda la estancia, revolviéndose el pelo y en ocasiones, pellizcándose el puente de la nariz. Lo sabía; sabía que no debía haberse marchado... ¿cuánto habría sufrido, qué daño podrían haberla hecho el grupo de degenerados que encabezaba el sargento Emmet McArthy, para que ni siquiera se atreviera a pronunciar palabra alguna?.

-Bella- la llamó de nuevo, dándose la vuelta; la menos ahora, los ojos de la joven le miraban directamente -sólo quiero curarte la herida- repitió por enésima vez -no te voy a hacer daño, te lo prometo- pero ésta simplemente permanecía en silencio, mirándole con los ojos llenos de interrogantes y sentimientos... estaba tan delgada... quizá después de curarle podría darle algo de comer.

Con paso cauto y cuidadoso se sentó en la cama, al lado de ella. Mirándola directamente a los ojos, tomó su mano herida; Bella al principio se tensó, pero al ver que no ponía resistencia, una pequeña sonrisa, que hizo que el corazón de la muchacha se encogiera, apareció en los labios de Edward. Bella le dejó hacer, impresionada por los delicados cuidados que le profesaba el teniente Masen. En verdad la mano le dolía mucho, y al mínimo movimiento que hacía, el cristal se le clavaba; contuvo un quejido al sentir que Edward agarraba el pedazo de cristal y lo extraía, con delicadeza.

-Ya está- le dijo éste, con una pequeña sonrisa y mostrándole la esquirla -ahora deja que te la limpie- un imperceptible movimiento de la cabeza de Bella le dio el visto bueno para que continuara -no es muy grande, pero te ha hecho un buen corte- siguió relatándole éste.

Isabella miraba cómo el joven limpiaba la herida con sumo cuidado; sus dedos la acariciaban a la vez que presionaban con gentileza la gasa empapada en desinfectante. Pero aunque se dejaba hacer, lo único que quería era salir de allí en cuanto fuera posible; sabía que Edward no le haría daño físicamente, y aunque estaba acostumbradas a los gritos y a las reprimendas, no quería escucharlas de la boca de Edward.

Dios mío... pensaba que se había ido, no le había visto en varios meses; mientras que el joven estaba entretenido con su herida, le estudió con disimulo; aquellas facciones que bien podría haber sido esculpidas por el mejor de los artistas se veían preocupadas y agotadas. Tenía ojeras debajo de sus hermosos color verde, señal de que apenas dormía por las noches... incluso le vio un poco más delgado que de costumbre.

Maldijo para sus adentros... ¿qué le importaba a ella si estaba o no más delgado y demacrado?; seguro que el se alimentaba mucho mejor que ella... pero algo en su interior se preguntaba si él estaba bien, y no podía evitarlo.

-Ésto ya está- anunció Edward, después de haber envuelto cuidadosamente el corte con otra gasa. Ella simplemente afirmó con la cabeza, e hizo amago de levantarse, necesitaba salir de allí cuanto antes; pero el joven fue mucho más rápido, rodeando con delicadeza su muñeca e impidiendo que avanzara un paso más.

-Bella, por favor- le suplicó; ella cerro los ojos, incapaz de retener las lágrimas. El tono suave y afectuoso que salía de la boca de Edward era cómo una flecha envenenada, directa a su corazón -sólo quiero hablar contigo, hacerte algunas preguntas-.

-¿Para qué?- musitó ella, todavía de espaldas a él, y sintiendo un delicioso calor envolver su muñeca, esa que él seguía sujetando.

-Dios mío... ¿qué te han hecho?- siseó, rabioso y triste a la vez -yo jamás te haría daño, Bella- la joven permanecía callada, sin poder pensar con coherencia; daño se habían echo ambos, aquella tarde en esa pequeña población polaca. No lo culpaba, ya que ella también lo quería y deseaba... pero no podía dejar que esos recuerdos, para ella felices, se interpusieran a la razón. Él era un soldado de las SS, era un nazi... y ella estaba condenada. Deshaciendo el nudo que se había instalado en su garganta, consiguió sacar fuerzas para hablar.

-Sól... sólo quiero terminar mi trab... trabajo- dijo, en apenas un susurro audible -por favor; si no termino de limpiar la supervis...-.

-Ella no te va a hacer nada- le aseguró Edward, cortando su frase -habla conmigo, por favor- pero la joven meneó la cabeza, negando tal posibilidad.

Con un gruñido de desacuerdo, Edward la soltó y la dejó ir. Había constatado que estaba demasiado asustada, y no le extrañaba en absoluto. Si quería que ella volviera a confiar en él, debía darle tiempo. Oyó los pequeños y menudos pasos de Bella, y un crujido de cristales, así que dedujo que estaba limpiando el despacho.

Tenía que conseguir que Bella hablase de nuevo con él, que volviera a confiar; decidió no agobiarla y dejarle un poco de espacio, no sin antes, sacar del segundo cajón de su cómoda la caja que contenía las deliciosas galletas caseras de Dora, dejándola abierta encima de la cómoda. Si se las ofrecía de propia voz no se las aceptaría, y estaba tan delgada y tan pálida... la próxima vez se aseguraría de tener algún tipo de infusión, ya que se acordaba de que a ella no le gustaba el café; no quería ni imaginar cuando había sido la última vez que su estómago había ingerido algo caliente.

Escuchó ruidos, y cómo Bella abría la puerta del aseo, para limpiarlo. Salió con paso presuroso hacia el edificio principal, pensando ya en la próxima vez que la vería, y cómo afrontaría el que ella se volviera a negar a hablar con él.

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Para suerte de la joven Isabella, descubrió que Edward la había dejado sola. Al salir del aseo, se encontró la pequeña casa vacía y sumida en un tranquilo silencio. Sin querer pensar en todo lo que había sucedido hace un rato, terminó su trabajo de manera automática, poniendo especial cuidado en dejar la fotografía de los padres de Edward encima de su mesa de trabajo; maldijo para sus adentros, su torpeza le pasaba demasiada factura. Pensó en dejarle una nota de disculpa, pero al momento desechó la idea; si lo hacía, Edward pensaría que bastante tiempo había tenido sino para hablar, por lo menos pedirle perdón; al fin y al cabo, era una foto de sus padres, y seguro que era muy especial para él.

Por suerte, ya sólo le quedaba revisar que todo quedara en orden en el dormitorio, la última estancia que había limpiado. Con un pequeño suspiro, posó su mirada en la caja de galletas, que previamente había cerrado. Eran las galletas de vainilla de Dora, las reconocería entre miles, le encantaban, y parecía que Edward se acordaba. No recordaba haberlas visto antes, cuando le limpió la herida.

Se mordió el labio, su estómago rugía, pidiendo algo sólido que llevarse a la boca... pero ni loca tocaría esas galletas. Quién sabe las consecuencias que eso tendría para ella. Así que una vez volvió al salón tomó el cubo, la escoba y los trapos, para ir a dejarlo al pequeño almacén, justo detrás de las cocinas.

-3658- la llamaron, cuando iba de camino hacía allí; se giró, para encontrarse a la sargento Hale, recta cómo un palo y mirándola con gesto grave, tal y cómo era habitual en ella -hasta nueva orden, permanecerás en el equipo de limpieza, a las órdenes de la supervisora Günther -Bella frunció su frente -es una orden; por el momento no volverás a confección- le aclaró ésta, al ver su mueca de extrañeza.

-Sí, señora- acató la joven; no quería ganarse un castigo o sumar otro golpe más a su cuerpo... pero eso significaba que tenía todas las papeletas para volver a la casa de Edward, cosa que no quería.

La sargento Hale se alejó sin decir una palabra más, por lo que Bella se dirigió hacia las cocinas; durante el corto trayecto, su cerebro trabaja sin parar, en un intento de procesar todo lo que había sucedido esa tarde. La actitud de Edward la había descolocado; en verdad podía leer la preocupación por ella en sus ojos... había repetido hasta la saciedad que quería hablar con ella... ¿pero que podía saber ella que le pudiera interesar al teniente Masen?. Por un segundo se acordó de Kate, su prima Alice... Joanna... pero no lo había hecho, no la había forzado a nada; y la dulzura con la que la había tratado, pronunciando su nombre en vez de ese número de serie que la habían asignado, no había hecho otra cosa que descolocarla todavía más.

Pero tuvo que detener su mente de las cavilaciones, ya que la supervisora la esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y mirándola enfadada.

-¿Por qué has tardado tanto, 3658?- la interrogó.

-Lo siento- se disculpó la joven -dejando los utensilios de limpieza apoyados contra la pared -la casa que me mandó limpiar no estaba vacía, y he tenido que esperar a que el oficial que la habita se marchara- la misma supervisora Günther les había recalcado que si había alguien en las casas, debían esperar a que saliera quién quiera que estuviese.

-Está bien- relajó su gesto la mujer -ves a la cocina y lava la pila de platos; con eso es suficiente por hoy- le ordenó.

-Sí, señora- se dirigió allí con paso rápido; de nuevo su estómago clamó al entrar en la cocina, dónde olía a sopa de verduras y algo que a ella le parecía algún tipo de carne. La boca se le hacía agua, y miraba con hambre las ollas que se alineaban en los fogones.

-Bella- Kate llamó su atención. Estaba al borde del fregadero, justo con lo mismo que le habían mandado a ella; se puso a su lado, tomando uno de los platos sucios de la torre -¿cómo te ha ido?-.

-Bien- se encogió de hombros, pero los ojos de su amiga se toparon con el improvisado vendaje de su mano.

-¿Qué te ha pasado?- le reclamó ésta, alarmada por la herida.

-Me he cortado- le explicó, de manera escueta -mientras limpiaba, me he cortado con un trozo de cristal- sintió que Kate respiraba aliviada; de seguro se esperaba que la hubieran castigado -era la casa de Edward- le explicó, bajando la voz; la joven abrió los ojos, debido a la sorpresa.

-Pero... ¿no se supone que se había ido de aquí?- preguntó, con la confusión escrita en su cara -hacía meses que no le veíamos, incluso Alice mencionó algo de un viaje... - recordó la conversación que la morena había escuchado en la sala de los telares.

-Pues se ve que ha regresado- respondió Bella, con seriedad en su rostro, pero con una opresión rara en su pecho. Kate la miró con pena.

-¿Estás bien?- le preguntó con cariño; sus amigas la conocían demasiado, y sabía que para ellas, su fachada fuerte e indiferente sólo era eso, una fachada... los verdaderos sentimientos tardaban mucho en desvanecerse, y era una realidad que la propia Bella podía constatar.

-Sí- exclamó, dándole una sonrisa tranquilizadora.

Siguieron sumidas en su tarea, hablando en voz baja. Era irónico, los platos debían lavarse con agua caliente; en cambio ellas soportaban el agua gélida de las fuentes que tenían designadas para poder lavarse. Cuando ya la pila de platos iba bajando de manera considerable, un carraspeo interrumpió la labor de ambas jóvenes. Los ojos de Bella se abrieron, presos del terror, al ver al sargento McArthy parado a su espalda... pero no tenía miedo por ella, ya que a la que miraba de manera lasciva era a Kate.

-3660, sígueme- le ordenó, antes de caminar hacia la puerta. Bella vio cómo los ojos de su amiga se llenaban de lagrimas, pero sin decir una sola palabra, se secó las manos con un paño, para después apretar el nudo del pañuelo y encaminarse ella también hacia la puerta.

-Kate...- la llamó desesperada, en voz baja -por favor... no vayas-.

-Bella... déjalo- le suplicó su amiga -si no me niego, no me pega y no...- se paró, en un intento por calmarse -no digas nada, por favor- le pidió.

-Kate, no...-la intentó detener Bella, pero Emmet McArthy se acercó a su posición, mirándola iracundo.

-¿Tienes algún problema, 3658?- la increpó, a la vez que tomaba a Kate por el antebrazo, sujetándola -¿o acaso deseas unirte a la fiesta?- le ofreció, con una sonrisa cruel; Kate a su lado, mantenía la vista fija en el suelo -así me gusta, 3658- la felicitó el sargento, burlándose de ella al ver que Bella también había bajado la cabeza -si vuelves a decirle algo a tu amiguita judía que contradiga mis órdenes, ella lo pagará caro- la amenazó, haciendo que la joven castaña se estremeciera y diera un par de pasos hacia atrás -¿queda claro?-.

-Sí- murmuró con un sollozo bajo; todavía tenía moratones en sus pechos, cruel recuerdo de aquella fatídica noche.

-Eso está mejor- replicó satisfecho Emmet -vamos, pequeña zorra- tiró del brazo de Kate para que andara.

Bella por fin pudo soltar sus lágrimas; había sido un día realmente extraño y agotador. No dejó de pensar en Kate en todo el rato que ella estuvo con el sargento, ni en la extraña y desconcertante actitud del que fuera su más preciado amor. Cuando la jornada laboral tocó a su fin, se reunió con el resto de las chicas, para la hora de la cena; ninguna preguntó por Kate, todas sabían lo que había en ese sitio y se imaginaban perfectamente dónde se encontraba.

Sara, Victoria y Alice enseguida sucumbieron al cansancio, cayendo profundamente dormidas en cuanto sus cabezas tocaron las improvisadas almohadas, hechas con algunos relates sobrantes, que se habían llevado con disimulo de la sala de costura, y rellenas de paja... pero Bella no pegó ojo; allí habían perdido completamente la noción del tiempo; bien podía ser las diez de la noche o las dos de la mañana.

Pero respiró aliviada en cuanto vio a Kate entrar con sigilo en el barracón; seguramente estaría hambrienta, y ahora se lamentaba por no haber cogido una de esas deliciosas galletas que había visto en el dormitorio de Edward, al menos su amiga tendría algo para llevarse a la boca. Con cuidado de no despertar a Lisell, que dormía debajo de ellas, Kate trepó hacia su litera, tardando sólo unos segundos en quitarse el pañuelo de la cabeza y los zuecos, para guardarlos en su improvisado armario. En completo silencio se tumbó al lado de Bella, de espaldas a ella.

-¿Estás bien?- susurró hacia su amiga. No obtuvo contestación alguna, así que lo intentó de nuevo -dime que no te ha hecho daño- le suplicó, insistiendo de nuevo.

-No me ha pegado- le contestó simplemente su amiga, pero su voz carente de emociones reflejaba otro tipo de dolor, que no era otro que el de una chica vejada y humillada hasta la saciedad.

Sin hacerle una sola pregunta más, y aún estando Kate de espaldas a ella, la abrazó por la cintura, empezando a recitar los primeros versos del "Keirat Shema", oración que fue seguida por Kate en voz baja.

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Una semana había pasado desde ese día, y para disgusto del joven teniente Masen, no había vuelto a cruzarse con Bella. Ya había sugerido, de manera casual e inocente, que reorganizaran los grupos, de forma que Bella pasara al servicio de limpieza... pero lo que no podía hacer era levantar sospechas; si le pedía a la supervisora Günther que ella limpiara su casa de manera exclusiva, terminaría dudando de él.

Así que no le quedó otro remedio que esperar, a ver si tenía suerte y la oronda supervisora la mandaba a limpiar su casa; por un segundo, pensó en hacer cómo hicieron Emmet y el resto de sus oficiales, y reclamarla con la excusa de otro tipo de servicio; por supuesto que no iba a hacerle nada, pero no se le ocurría otra excusa para poder pillarla a solas, ya que en Ravensbrück había demasiados pares de ojos acechando por todos los lados.

Se dio cuenta ese mismo día, al regresar a la casa, que la foto de sus padres estaba cuidadosamente extendida en su escritorio, y la caja de galletas cerrada pero intacta... ésto último le causó una profunda desazón. Apenas comían, y por más que había escrito a Berlín, pidiendo que enviaran más comida, alegando que era para los oficiales, lo denegaban una y otra vez. Tendría que tomar cartas en el asunto... ¿pero cómo sobornar a los oficiales cocineros, para que al menos las jóvenes recibieran un plato caliente?; se sentía atado de pies y manos, y debía encontrar una solución pronto.

Frustrado consigo mismo, ya que la espera dentro de aquellas cuatro paredes se le hacía tediosa e insostenible, decidió salir a pasear, en un intento por verla, aunque fuese de lejos. Pero el destinose alió a su favor, ya que nada más girarse su cuerpo chocó contra el de Bella, que cargada con el cubo y la escoba, había resbalado. Y de no ser porque Edward, en un rápido reflejo, agarró con cuidado la cintura de la joven, habría caído hacia delante, cubo con agua y escoba incluidos.

Ambos se quedaron sorprendidos, mirándose el uno a otro a los ojos; ella con sorpresa e incertidumbre... él con alegría por ver que, de manera relativa, estaba bien... y con la esperanza de poder hablar con ella, por fin.


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Nicole... gracias por tus palabras, consejos, aclaraciones... no sabes lo que significa para mi que leas la historia.

Un besazo enorme, y nos vemos la próxima semana ;)