Equilibrio
por Karoru Metallium
Disclaimer: Yu-Gi-Oh pertenece a Kazuki Takahashi y Konami, sólo lo uso para divertirme y sin fines de lucro. Las situaciones presentadas en este fic que no pertenezcan a los ya mencionados, son propiedad intelectual de "Karoru Metallium". Si no respetas eso, serás pateado.
Capítulo IX
Noli me tangere
Seto Kaiba detestaba tener que acudir a los demás. Necesitar de los demás, de cualquier persona, era algo que le resultaba prácticamente intolerable las pocas veces que había ocurrido; verse obligado a pedir ayuda era mucho peor. Pero en este caso en particular no le quedaba otro remedio, dado su desconocimiento de la situación y el hecho de que las cosas parecían tornarse más peligrosas para su persona con cada momento que pasaba.
Por ello, después de sostener una breve conversación telefónica con Ishizu, hizo llamar a su chofer y se dirigió sin más dilación a las afueras de Domino, a la casa antigua en la que vivían la egipcia y los suyos. El guardia en la verja les echó un breve vistazo antes de dejarlos pasar.
Para el momento en el que fue introducido por un guardia ensabanado -todos los guardias dentro de la casa vestían túnicas blancas- a la amplia sala en la cual se encontraba Ishizu, resplandeciente en una suntuosa túnica púrpura y oro y sentada en un gran sillón, Kaiba estaba ya bastante inquieto e irritado. De pie al lado de la egipcia se encontraba Shadi, como siempre vestido de blanco de pies a cabeza y con el rostro inexpresivo.
La presencia del joven moreno hizo fruncir el ceño a Kaiba; no lo había visto desde que le había echado al faraón en los brazos para que lo llevara a casa de Yugi.
- Buenas tardes, Kaiba - dijo la mujer con su voz ronca y sedosa - ¿A qué se debe tanta prisa por hablar conmigo?
- ¿Cuántas veces ha reencarnado Seth? - preguntó a bocajarro, directo al punto, sin molestarse en contestar saludos. Vio cómo los ojos de Ishizu se abrían como platos; era evidente que no esperaba esa pregunta.
- ¿Qué viste? ¿Has recordado algo?
- Yo pregunté primero, Ishizu - fue la seca respuesta del joven.
- Sólo una vez antes de ésta - contestó Shadi por ella, pausadamente.
- Vaya, es un alivio saber que no hay más reencarnaciones por las cuales deba preocuparme - soltó Kaiba con sarcasmo, dirigiéndose a la mujer - ¿Qué ocurrió en mi reencarnación anterior? ¿Quién era yo?
Ishizu casi sonrió ante el inconsciente uso del "mi" por parte del joven empresario, implicando que se reconocía como Seth; pero su rostro permaneció serio.
- No lo sé, Kaiba. El collar, después de haber perdido sus poderes para mostrarme el futuro, sólo me muestra recuerdos de lo que he visto; y yo no reencarné al mismo tiempo que tú - dijo, sorprendiéndolo.
- Pero el faraón sí. ¿Cómo es posible que haya encarnado si su alma estaba, según ustedes mismos lo han dicho, prisionera en el rompecabezas del Milenio?
- No sabemos el porqué - repuso Shadi, interviniendo de nuevo -, sólo sabemos que ambos reencarnaron casi al mismo tiempo en Inglaterra, en el siglo XV.
- Entonces tú sí estabas allí - la mirada intensa de Kaiba se clavó en el joven moreno, casi con rencor.
- Sí. Yo era un Beaufort, primo de Henry Tudor, la encarnación de entonces del espíritu del faraón.
- ¿Henry Tudor? ¿Henry VII? - la mente de Kaiba examinaba sus conocimientos de historia, y cuando Shadi asintió, su boca se torció en un gesto de amargura - Reencarnó en un gran rey... hasta en eso tuvo suerte. ¿Y quién era yo?
- Mis recuerdos no están completos, Kaiba. Sólo recuerdo que te conocí en Francia, cuando estaba en el exilio con el faraón, en ese entonces Conde de Richmond. Te llamaban el caballero negro, y sé que eras yorkista - su mirada pareció perderse en el recuerdo por un momento, y luego volvió a centrarse en el joven con intensidad -. Te vi varias veces, sin embargo, cuando te reunías con nosotros en Bretaña; nunca supe cómo ni porqué Henry y tú se conocían, ni la razón por la cual podías circular con tanta libertad por Francia cuando estábamos en guerra y el ducado de Bretaña protegía a Henry.
- ¿El caballero negro? - pensativo, movió la cabeza en un gesto negativo; no reconocía ese título - Mi nombre, ¿lo sabes?
- No sé si ése era tu nombre verdadero, ni siquiera si tenías un apellido. Pero Henry te llamaba Christian...
El nombre reverberó en la cabeza de Kaiba con violencia. Ése había sido su nombre en la otra vida, ésa en la que había tenido una muerte brutal. Estaba seguro de ello.
- ¿Recuerdas algo más? - preguntó, por puro formulismo.
- No. Sólo recuerdo que después de que Henry se convirtió en rey, no volví a verte.
Claro que no podías verme, porque ya había muerto, pensó Kaiba amargamente. No iba a preguntarle nada más a Shadi, porque era evidente que recordaba pocos detalles de esa vida, y los que recordaba no lo incluían a él. Pero tenía pendiente otra pregunta, una para la que Shadi o Ishizu debían tener respuestas concretas.
- ¿Quién es Merit?
Ante esto, Ishizu se agitó en su asiento y su hermosa cara se frunció como si tratara de recordar; la reacción de Shadi, sin embargo, fue más interesante: el rostro usualmente inexpresivo mostró por primera vez toda la extensión de su sorpresa y agitación.
- Supongo que la has recordado - murmuró el joven moreno, tratando de recobrar la calma -. Era la más importante de las esposas del faraón porque era su hermana mayor, la única hija sobreviviente de la reina Mekhet, anterior a la reina Tiye, la madre de Atem - de pronto, volvió a fruncir el ceño - ¿Porqué has dicho "es" y no "era"?
- Porque está aquí - repuso Kaiba con fastidio, como si fuera obvio. Esta vez, un relámpago de alarma agitó el rostro antes imperturbable de Shadi.
- ¿Estás seguro de eso, Kaiba? ¿No fue un recuerdo?
- No soy idiota. Fue al final de un recuerdo, lo admito; pero esa mujer me amenazó en mi propio idioma, la escuché perfectamente y sé que era ella, Merit.
- ¿Qué te dijo?
- Que le había quitado lo que era suyo, pero que ahora me vencería en batalla. ¿Puedes explicarme qué diablos le hizo Seth a esa mujer?
- No sé... - se interrumpió, su expresión pensativa y sombría.
- Mira, Shadi o como te llames, ya estoy al cabo de la vergüenza y la humillación; nada va a ser peor que lo que viví en esas dos vidas. Esos recuerdos los vivo y los sufro desde ayer, y hoy fue peor que nunca; necesito saberlo todo para poder tomar medidas. Si no quieres meterte con el tema de que había algo entre el faraón y yo por evitar que te parta la cara, vale; pero no me ocultes lo que sabes - el tono de Kaiba era colérico y brutal, y al mismo tiempo frío. Sólo él era capaz de darle tal entonación a una frase y hacer que sonara a amenaza e insulto, aunque no fuera ninguna de esas cosas.
Los ojos de Shadi se agrandaron al nivel de los de Ishizu, que permanecía silenciosa; sin embargo, y a pesar de la sorpresa, contestó con la mesura que le era característica.
- Merit era una poderosa hechicera; estaba resentida porque no había sido capaz de darle un hijo al faraón para asegurar su posición como reina, y eso la privaba de tener mayor poder. Nadie en palacio la quería y la mayoría le temía, excepto el faraón y tú... y quizás Mahado. Ni Ishizu ni yo hemos percibido su presencia, y eso la hace aún más peligrosa.
- Yo sólo la recuerdo vagamente, pero sé que no era una buena persona - intervino Ishizu, que de pronto parecía algo asustada.
- Pero, ¿porqué dice que yo le quité lo que le pertenecía? ¡No le quité nada!
- Claro que sí. Le quitaste el poder, porque al morir el faraón y descubrirse quién eras, tu derecho como primo hermano era superior al de Merit como hermana, ya que ella era mujer y además no había tenido hijos del faraón que le dieran la opción de reclamar la regencia. Merit enloqueció e intentó matarte, así que tú la hiciste encerrar - el ceño fruncido de Shadi era preocupante.
- Por lo visto se lo merecía, la muy infeliz - le espetó Kaiba en tono venenoso -. Pero eso no importa; lo importante aquí es que necesito que me libren de ella y de esos malditos recuerdos. Hoy llegué a sentirme verdaderamente enfermo, y no puedo darme el lujo de andar perdiendo el sentido y convulsionando por ahí.
- ¿Estás bien? - preguntó Ishizu poniéndose de pie y acercándose a él con obvia alarma.
- Por ahora - respondió con sequedad -. Pero no sé hasta dónde puede llegar esto, ni lo que me ocurrirá la próxima vez. ¿No pueden ustedes hacer nada?
- Con respecto a Merit, nada, a menos que se manifieste ante nosotros y sepamos sus intenciones... pero si no hemos percibido su presencia siquiera, debe haber muy poco que podamos hacer - repuso Shadi con preocupación.
- En cuanto a los recuerdos... - Ishizu lo miró especulativamente - podrías permitir que Shadi intente extraerlos a la superficie con la llave del Milenio. Mientras menos recuerdos ocultos haya, es posible que sufras menos daño...
- ¿Es peligroso? - preguntó Kaiba, mirándolos con fijeza.
- No te mentiré... lo es, para los dos. Voy a entrar en tu mente; podría perderme y ser incapaz de volver, o podría causar un daño irreparable a tu memoria. Pero seré cuidadoso, lo prometo - los ojos del joven buscaron su aprobación -. Debes confiar en mí, Kaiba... creo que puedes. Nos llevábamos bastante bien cuando eras Seth; quizás no lo recuerdes, pero eso debe significar algo para ti.
El joven de los ojos azules dudó. Le importaba un carajo Shadi y su pretendida amistad con Seth; había otras cosas que debía tomar en cuenta. Su deseo de saber luchaba a brazo partido con su natural desconfianza y, como siempre, con sus responsabilidades, entre las cuales se encontraba Mokuba. Sin embargo, después de lo ocurrido en el gimnasio esa mañana tenía la impresión de que, tarde o temprano, todo este asunto de la reencarnación acabaría por causarle un daño irreparable, quizás la muerte; era un presentimiento, y Seto Kaiba siempre había escuchado a sus instintos.
Qué más daba si Shadi usaba una llave o un sacacorchos, igual los recuerdos iban a doler.
- ¿Tú verás mis recuerdos?
- Sí.
- No me gusta.
- No puede ser de otra manera, Kaiba.
- Da igual. ¿Qué tengo que hacer? - por primera vez desde que entró a la habitación, vio a Shadi vacilar - ¿Qué sucede?
- Necesito la autorización del faraón para poder hacerlo.
- ¿Qué?
- Ishizu, ¿podrías hacer el favor de llamar a casa de Yugi?
- ¡No! - Kaiba saltó como un tigre, sus ojos centelleantes - ¡Me niego a que el faraón se entere de esto! ¡Querrá estar presente, y si él viene me negaré, te lo advierto!
- Pero... eres su sacerdote... eres Seth. Si hago esto sin su consentimiento y algo malo te sucede, su ira hacia mí no tendrá límites.
- Es verdad, Kaiba... - señaló Ishizu, pero el joven la ignoró olímpicamente.
- El único consentimiento que necesitas es el mío, y ya te lo he dado; yo me ocuparé de la "ira sin límites" del faraón - se burló Kaiba fríamente, tratando de controlar su estallido -. Y entiendan de una vez por todas que no soy Seth; admito que soy su reencarnación, pero estoy harto de que me digan que soy él, porque NO es así. Estoy seguro de que su tan celebrado Seth no vivió ni la mitad de las desgracias que yo he tenido que vivir, y que me han hecho muy, muy diferente... ¿queda claro?
- Perfectamente - dijo al fin el alto joven moreno, impresionado ante la súbita explosión de Kaiba.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Toma asiento, por favor - le indicó Ishizu, señalándole el sillón en el que había estado sentada; él, sin vacilar, lo hizo.
- Cierra los ojos y trata de relajarte - le indicó Shadi, su voz suave y sedante, sacando la llave del Milenio de sus amplios ropajes blancos. Aunque Kaiba no se sentía tranquilo en lo más mínimo, obedeció y trató de controlarse respirando profundamente; pero no pudo evitar saltar cuando sintió el toque suave de los dedos del joven en su sien.
Sus ojos azules se abrieron de par en par de nuevo, feroces, mostrando su tormento interno y haciendo que Shadi retrocediera un par de pasos. Seto Kaiba no manejaba bien el contacto físico, y procuraba evitarlo a menos que fuera absolutamente necesario. La única persona a la que tocaba voluntariamente -y que permitía que lo tocara- era su hermano menor, el único ser en el que confiaba; el resto del mundo estaba claramente excluido de ese principio. Había tolerado el contacto con las personas con las que había tenido sexo sólo porque se trataba de un experimento y él tenía el control en todo momento, tanto de las condiciones como de la situación.
Cualquier contacto no deseado ni esperado le recordaba a Gozaburo, quien sólo lo tocaba para imponerle terribles castigos con su instrumento favorito, el látigo. Con su torturador muerto, la respuesta de Seto Kaiba a cualquier intento de contacto se había convertido en la furia impredecible de un animal acorralado que se vuelve contra su atacante.
- No. Me. Toques - las palabras del joven, ricas como el caramelo, oscuras como el más pecaminoso de los chocolates y entibiadas por el ardor de la ira, hicieron estremecer a los jóvenes egipcios que lo observaban con los ojos muy abiertos. De pronto pareció darse cuenta de que muy probablemente su reacción había sido exagerada, y aspiró el aire con fuerza - ¿Es realmente necesario que me toques?
- ... no, no es necesario - repuso Shadi, aún muy sorprendido -. Lo hice porque el contacto ligero ayuda en la relajación; lo siento si...
- No tienes porqué disculparte - le interrumpió Kaiba con brusquedad -. No sabías que no tolero el contacto físico; ahora que lo sabes espero que lo evites - se forzó brutalmente a cerrar los ojos y a calmarse, lo cual le tomó al menos un par de minutos.
Escuchó de pronto, como de lejos, el susurro de la voz de Shadi; sintió el roce frío y metálico de la llave contra su frente. Fue consciente de que su cabeza se inclinaba hacia adelante y una sensación de mareo lo invadía, y luego no supo nada más.
Golpes violentos y secos, como si una mano gigante se estrellara contra un muro. Luego, un sonido como el una pared que se rompe y cae a pedazos, seguido por el silencio. Un espacio en blanco, vacío, frío.
Después era Seth, de nuevo. Caminaba por uno de los pasillos del palacio con sus pasos largos y confiados, llevado por una especie de euforia, aunque su apariencia externa estaba cuidadosamente controlada. Su cabeza iba descubierta y no llevaba sus ropajes sacerdotales, sino la sencilla túnica blanca que usaba en sus habitaciones; pero el cetro del Milenio permanecía en su lugar de costumbre, atado a su cintura. Al llegar frente a una puerta detrás de la cual se vislumbraba un jardín interno a través de las diáfanas cortinas, los guardias que la custodiaban apartaron sus lanzas para dejarle pasar.
Avanzó por el sendero de piedra, mirando distraídamente las enormes y exóticas plantas traídas de reinos lejanos y de las que Shimon Muran cuidaba con esmero, bañadas por la doble luz dorada del crepúsculo y de los hachones que ya habían sido encendidos en las columnas que rodeaban el jardín. La atmósfera de ensueño era acentuada por el sonido de una voz femenina suave y delicada, que entonaba un canto melancólico en una lengua que le era vagamente familiar.
En el centro del jardín estaba el faraón, sumergido hasta el pecho en el agua perfumada y llena de pétalos blancos de la pequeña piscina de roca. En el borde de la piscina, arrodillada a su lado en un cojín, estaba la cantante; su piel demasiado pálida y su pelo claro la delataban como extranjera, quizás era una concubina, a juzgar por las joyas que adornaban su cuello y brazos. Seth se detuvo unos momentos sin revelar su presencia, simplemente observando y escuchando.
- ¿Qué es lo que dice tu canto, Elen?
- Habla sobre mi tierra, Majestad. Sobre sus colinas, sus lagos y su cielo ... verde y azul, por todas partes.
- Ha de ser una tierra muy hermosa, con esos colores. Me gustaría visitarla - el tono del faraón era levemente soñador, y la mujer a su lado rió suavemente.
- No lo creo, Majestad. Es muy hermosa, es verdad; pero también muy fría. Después del calor de Egipto, quizás no podría soportarlo.
- Tú has soportado vivir aquí - le señaló el joven, agudamente.
- Egipto me ha recibido, su gente me ha cuidado y aceptado. Es más de lo que hubiera podido soñar, después de haber sido raptada y vendida como esclava - su voz vaciló, y sus bonitas facciones parecieron nublarse por la tristeza.
- No eres una esclava, Elen. Estás aquí porque es la única manera de protegerte de los peligros de la ciudad, al igual que las demás; sabes que puedes irte cuando lo desees, siempre y cuando estés segura de hacer lo correcto.
- La señora Merit dice que somos esclavas... que no somos nada, ni nadie...
- Aquí el único que decide eso soy yo - un leve atisbo de cólera asomó a la voz reposada del faraón.
- Ella nos dijo que es la reina, y que su palabra es tan ley como la suya, Majestad - reveló Elen, vacilante.
- No volverá a hablarles así. Ya me he encargado de ello - dijo fríamente el soberano. Al levantar la mirada, vio a su sacerdote de pie junto a las plantas -. Seth, ¿qué haces allí parado? ¿Espiando? - una chispa de malicia iluminó los ojos que al resplandor dorado de la tarde parecían muy oscuros.
- Vine porque me mandó llamar. No quería interrumpir - repuso el aludido con toda la intención de molestarle, modulando su voz firme hasta que tuvo el tono perfecto de servilismo y mansedumbre. Logró su propósito, porque el rey frunció el ceño.
- Ve a reunirte con las demás, Elen.
- Sí, Su Majestad - dijo la mujer, haciendo una profunda inclinación antes de ponerse de pie y tomar el sendero, sin atreverse siquiera a mirar a Seth.
- ¿Porqué te empeñas en hacerme enojar? - preguntó directamente el faraón una vez que estuvieron a solas, señalándole el lugar que la extranjera acababa de dejar vacante.
- ¿Será inadecuado si le pregunto exactamente lo mismo? - repuso el sacerdote con sarcasmo, incapaz de suprimir su natural arrogancia, pero sentándose obedientemente en el cojín.
- Más que inadecuado, es ofensivo que te dirijas así a tu faraón.
- Puede hacerme azotar, si quiere.
- Lo estoy pensando - una ligera sonrisa divertida se dibujó en los labios del soberano, haciendo que el corazón de Seth diera un vuelco en su pecho.
- ¿Para qué me mandó llamar? - preguntó, manteniendo la voz firme con un gran esfuerzo.
- ¿Necesito un motivo? Ah, sí. Quería hablar contigo - repuso el aludido, cerrando sin embargo los ojos y recostando su cabeza tricolor en una manta doblada en el borde de la piscina.
- Debería salir del agua, Majestad. Comienza a enfriarse - comentó Seth en tono neutro, dividido entre el deseo de besarlo y el de ponerlo sobre sus rodillas y darle una buena azotaina. Dios en la tierra o no, el joven era terriblemente irritante cuando le daba por ponerse caprichoso y petulante. No obstante, no sucumbió a ninguno de los dos deseos; se limitó a rozar el agua templada de la piscina con sus largos dedos para probar su punto.
- Me gusta estar en el agua hasta que se me arrugan los pies y las manos - el joven faraón abrió los ojos y, con un entusiasmo casi infantil, sacó una de sus manos del agua y la agitó frente a la cara de Seth -, y eso aún no sucede. La piel está casi lisa, ¿ves?
El sacerdote tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en esa mano y no en el resto del cuerpo sumergido, visible a través de los pétalos que flotaban en la superficie del agua, a pesar de que las sombras ya comenzaban a caer. Sin saber lo que hacía, una de sus manos hizo presa en el brazo que el faraón mantenía fuera del agua, inmovilizándolo, y lo miró fijamente.
Su figura menuda y la posición vulnerable en la que se encontraba no podían opacar el aire de majestad y de autoridad que lo envolvía como una capa invisible de inmenso poder. Sus ojos, de ese extraño color, siempre cambiantes y siempre bellos, hablaban de la inteligencia y la magia que poseía su dueño; sentirse arrastrado por su mirada era simplemente tan natural como respirar.
Aunque sentía una distancia fría y pequeña en su alma, como un pedazo de ella que no fuera suyo, su cuerpo y su mente estaban llenos de un deseo que quemaba, haciendo que no se limitara a permanecer allí, junto al rey. Su mano se movió del brazo del faraón a su mejilla morena y tibia, y un dedo trazó hacia abajo la delicada curva hasta la comisura de los labios... los ojos de color carmesí se ensancharon y luego se cerraron, al tiempo que el cuerpo esbelto se sacudía con un leve estremecimiento.
El deseo crecía dentro de Seth... quería devorar al joven, quería tomar esa boca en la suya, tocar esa carne suave, probar la dulzura de su piel. Y de pronto, no estaba sólo imaginando: su cuerpo se había inclinado por completo hacia delante, aplastando los labios del faraón con los suyos en un beso apasionado y caliente.
Kaiba sentía, como Seth, el terciopelo de aquella boca contra la suya, dulces chispas saltando del ligero roce de lengua contra lengua, manos atrevidas perdiéndose en su cabello... y aunque el beso era apasionado, no era suficiente; quería más, y más. Un gemido danzó en su boca cuando el faraón se movió, tirando de su túnica, atrayéndolo hacia sí hasta que Seth cayó de bruces en la pequeña piscina, empapándose hasta los huesos pero también sintiendo el calor del cuerpo desnudo del joven debajo del suyo, a través de su ropa mojada.
Dorados mechones mojados se fundían con su flequillo castaño y acariciaban sus mejillas al tiempo que el faraón deslizaba su lengua en la boca de Seth, recorriéndola; sus uñas cortas se enterraban en los hombros desnudos del sacerdote, provocando que más gemidos escaparan de su garganta. Ambos gemían en contrapunto, sin separar su bocas para respirar. Si tan sólo ese momento pudiera durar para siempre...
Observador al tiempo que participante, Kaiba se rebeló contra el brutal asalto de la marea de sentimientos y sensaciones que lo inundaba, recordando la presencia intrusa de Shadi en su mente; era un recuerdo demasiado íntimo, demasiado intenso para ser presenciado por ojos ajenos. Su voluntad, aunque nublada por las emociones de Seth, reaccionó con rapidez, bloqueando el recuerdo con todas sus fuerzas. El paisaje de su mente de nuevo se convirtió en un espacio blanco y vacío.
- No estoy aquí para espiarte, Kaiba. Soy un hombre honrado; lo que vea quedará entre tú y yo - la voz del joven creaba un eco en el vacío.
- Ya has visto demasiado, Shadi - repuso con sequedad.
- ¿No quieres liberar tu mente, al menos de los recuerdos más dolorosos?
- Eso deseo. Pero tú verás sólo lo que yo quiera que veas.
Otro escenario, esta vez uno que le era terriblemente familiar. Estaba vestido con sus galas sacerdotales, en la arena del templo... frente a él, a unos cuatro o cinco metros, estaba el faraón, más majestuoso que nunca en su corta túnica blanca y su capa púrpura, resplandeciente de joyas y ornamentos. Su bello rostro mostraba una mezcla casi insensata de ira y preocupación.
- ¡Seth, escúchame! - gritó - ¡Sé que puedes escucharme! Tienes que luchar contra la oscuridad, ¿comprendes? ¡Tienes que sacarla de tu mente!
- ¡Calla, imbécil! - su propia voz lo sobresaltó - Eres demasiado débil para ser un verdadero faraón, yo sí soy digno del poder que usurpas, ¡y lo obtendré! ¡Vamos, enfréntate a mí!
- ¡Seth! - la voz del faraón ahora era un bramido - ¡LUCHA!
Kaiba sintió náuseas; la presión era insoportable. Estaba en el cuerpo de Seth y al mismo tiempo era consciente de sí mismo, del espíritu disminuido y debilitado del propio Seth, y de otra presencia abrumadora, oscura, asfixiante y sin embargo familiar... la presencia que se encontraba dominando el cuerpo del joven sacerdote en ese momento. Todo esto, sumado a la presencia fantasmal de Shadi, era demasiado para que su mente pudiera asimilarlo.
No lo escuches, Seth. El poder es tuyo, es nuestro, tienes derecho a él. Gobernarás Egipto, tendrás lo que siempre has deseado. ¡Mátalo! ¡Hazlo ya!
¡No quiero oírte! ¡No te escucharé! ¡No puedo matarlo, no puedo! Atem... no puedo... es más fuerte que yo... tienes que matarme, tienes que hacerlo antes de que te haga daño...
- ¡Kaiba, bloquea ese recuerdo! ¡Bloquéalo AHORA!
¡Eso es, maldito Seth! Pídele que te mate, ya que tanto lo quieres y no puedes acabar con él... eres aún más débil que él, no mereces vivir. ¡Haz que te mate y quítate de mi camino! ¡El poder es MÍO!
Shadi abrió los ojos, alarmado y estremecido. Frente a él, Seto Kaiba se agitaba en el sillón; tenía los ojos cerrados y no emitía sonido alguno, pero su rostro estaba contorsionado y una espuma blanquecina brotaba de las comisuras de su boca.
- ¿Qué le sucede? ¡Shadi! ¿Porqué tú despertaste del trance y él no? ¡Dime qué le pasa! - exigió Ishizu asustada, aferrándose al brazo del joven moreno.
- Ha... ha sido demasiado. Me expulsó de su mente, mi presencia le estaba haciendo daño, y no era la única... no sé cómo lo hizo, se supone que no tiene la capacidad de resistirse al poder de la llave - aún tembloroso, se acercó a Kaiba y lo tomó por los hombros, sacudiéndolo con fuerza; quizás el contacto físico que tanto detestaba sería suficiente para despertarlo -. ¡Kaiba! ¿Me oyes? ¡Tienes que volver! ¡No los escuches!
Por toda respuesta, el cuerpo del joven dejó de agitarse y quedó inmóvil, casi inerte.
- Oh, Ra... - Ishizu, al borde de la histeria, le tomó el pulso - está muy débil.
- Kaiba, escúchame - suplicó Shadi. Si algo le pasaba a Kaiba por culpa suya, y por culpa de la propia terquedad del joven empresario, no se lo perdonaría jamás.
Y el faraón tampoco lo perdonaría.
Yami, entretanto, había pasado un día singular. En la mañana se había dedicado a leer alguno de los libros de Yugi, algo que hacía con frecuencia y que le había ayudado a dominar la lectura y escritura del idioma, además de familiarizarse con los extraños usos modernos; pero en la tarde, Mai Valentine se había presentado sorpresivamente en la casa, insistiendo en llevarlo de compras.
La rubia había decidido ser el hada madrina del recién renacido en cuanto a moda se refería, y a pesar de las muchas protestas de Yami, siguió insistiendo sin darse por vencida. El faraón se había negado en redondo no sólo a que la mujer lo sacara de la seguridad de la casa, sino a que pagara por algo suyo. Tuvo que llegar Yugi de la universidad a interrumpir la discusión; pero una vez estuvo al tanto de la situación, trató de convencerlo de aceptar. Mai tenía dinero y buen gusto, le aseguró; y podría pagarle después, una vez que estuviera debidamente identificado y establecido y hubiera decidido qué hacer.
Lo que no comentó fue el largo -probablemente muy largo- período de tiempo que le tomaría a Yami alcanzar esa posición; algo de lo que el propio faraón estaba muy consciente.
- ¿Porqué quieres hacer esto, Mai? - preguntó por fin, algo irritado.
- Porque será muy divertido y gratificante vestir a alguien tan atractivo como tú - repuso la rubia guiñándole un ojo y lanzándole un beso volado que lo hizo enrojecer -. Como vestir a una muñeca, pero mejor...
- ¿Insinúas que me parezco a... una muñeca? - la indignación se hizo patente en la voz del faraón.
- ¡Cielos, claro que no! - Mai rió con ganas - Venga, te prometo que te gustará ir de compras; además, te invito a un helado cuando terminemos, ¿te parece?
La condenada mujer ya había tomado nota de uno de sus puntos débiles...
Seducido por la promesa de helado, un reticente Yami acabó siendo arrastrado por Mai y Yugi a un centro comercial, en el que se sintió como un trozo de carne por primera vez en su vida. Mujeres y hombres le dirigían miradas que al ex faraón se le antojaban altamente ofensivas, y el dependiente que les atendió en la lujosa boutique para caballeros a la que entraron casi se lo comía con los ojos. Los pantalones de cuero que llevaba puestos, que pertenecían a Yugi y que por lo tanto le quedaban muy apretados, sobre todo en la parte trasera, parecían tener gran parte de culpa por la desagradable situación. Y ni hablar de la camiseta sin mangas.
Estaba tan alterado que en un par de ocasiones estuvo a punto de ejecutar el Mind Crush en alguno de los mirones, en parte para comprobar si aún conservaba todos sus poderes, y en parte porque tanta mirada lo ponía de los nervios.
Definitivamente fue el par de horas más incómodo que el faraón había vivido en esta vida o en cualquier otra: Yugi estaba positivamente del lado de Mai, y ambos lo hicieron probarse una prenda tras otra hasta que le dolieron los brazos; cuando eso sucedió se sentó en el piso alfombrado afuera del vestidor y se negó a levantarse. Ni siquiera reaccionó cuando su hikari le señaló que se estaba comportando como un niño a punto de hacer un berrinche, y finalmente la pareja se dio por vencida.
Por suerte Mai sí tenía buen gusto, y Yami vio con alivio cómo reducía al mínimo el número de prendas de cuero tachonadas de metal, camisetas sin mangas, cadenas y toda la parafernalia que constituía la vestimenta usual de Yugi... y que a él, francamente, lo hacía sentir muy incómodo. La ropa escogida era cómoda, de buena calidad y le quedaba muy bien, por lo que salió de la tienda luciendo un par de jeans negros, unas botas del mismo color y una camisa de un tejido blanco muy suave; camisa a la que Mai había desabotonado hasta dejar al descubierto la mitad de su pecho moreno, sobre el que brillaba el rompecabezas del Milenio.
Yami sonrió satisfecho al mirarse en el escaparate de cristal de una de las tiendas. No se veía nada mal para tener tres mil años, ni siquiera según los cánones de esta época.
Cargados de bolsas se dirigieron hacia el gran atrio en el que se concentraban los restaurantes de comida rápida, y pronto los tres estuvieron degustando sus respectivos helados. Mientras Yugi y Mai charlaban, el faraón disfrutaba de su helado mirando a la multitud distraídamente; le fascinaba el constante movimiento de la gente de esta época, que siempre parecía estar apurada por llegar a algún lado, como acosada por el tiempo.
En ninguna otra persona era esto tan evidente como en Kaiba, acosado no sólo por el tiempo, sino también por sus demonios internos; siempre pareciendo frío y calmado aunque sus ojos delataran la violenta tormenta desatada en su interior, tormenta que estallaba a veces en una muestra de su temperamento explosivo. Igual a Seth en su arrogancia, en su fiera lealtad, en su mente calculadora y lógica; diferente en el fuego rabioso y salvaje que lo animaba y que provenía de su vida infeliz, agitada y desgraciada, diferente en esa fortaleza que también era su debilidad.
El faraón había amado a su sacerdote, pero, ¿amaba Yami a Seto Kaiba? No eran las mismas personas ahora. Del mismo modo que Kaiba difería de Seth en muchas cosas, Yami difería del faraón que había sido; tres mil años de conciencia, soledad y aprendizaje lo separaban de esa persona, de ese semidiós acostumbrado a ser adorado y respetado. No sabía hasta qué punto sus sentimientos hacia su único rival reflejaban lo que había sentido por Seth, pero de algo estaba seguro: su atracción hacia Seto Kaiba, antes y después de saber que se trataba de la reencarnación de su antiguo sacerdote, era lo más intenso que había experimentado jamás.
Una poderosa sensación de vértigo lo estremeció de pronto, y la cucharita que sostenía entre sus dedos cayó en la mesa sin que se diera cuenta de ello. Trató de enfocar la mirada, y entre la gente que subía por las escaleras mecánicas, a poca distancia de la mesa que ocupaban, distinguió una figura femenina vestida con una capa y un velo de color azul; al alcanzar la cima de las escaleras, la mujer se volvió a mirarlo.
Era morena, bonita, tenía enormes ojos verdes... y se estaba riendo a mandíbula batiente, una risa maligna acentuada por el resplandor cruel de sus ojos. Desapareció en un parpadeo, pero el daño ya estaba hecho.
En ese momento Yami supo sin duda alguna que debía encontrar a Kaiba, que debía estar con él ahora, ya. Algo estaba pasándole, podía sentirlo en su mente, y en el frío que de pronto recorría su cuerpo.
- ¿... Yugi? ¿Aibou? - su voz salió casi en un suspiro y Yugi, que conversaba con Mai, se volvió a mirarlo con alarma.
- ¿Qué sucede, Yami? ¡Estás muy pálido!
- Kaiba... debo encontrar a Kaiba, ahora.
- ¿Cómo...? - se detuvo al ver que Yami tenía los ojos enormes y fijos - ¿Quieres que vayamos a la sede de Kaiba Corp?
- No... él no está allí. Fuera de la ciudad - indicó, casi sin aliento -, Ishizu.
- ¿La casa de Ishizu? - cuando el faraón asintió, Yugi se volvió de nuevo hacia Mai - ¿Puedes llevarnos, Mai?
- Claro, será un placer - repuso Mai, poniéndose de pie y tomando su bolso de encima de la mesa sin hacer preguntas, a pesar de que la curiosidad se la estaba comiendo viva.
Mientras se deslizaban en silencio y a toda velocidad en el flamante deportivo rojo de la Valentine, Yami, sacudido por la rabia y la angustia, trataba de concentrarse buscando una conexión con la mente de Kaiba.
Ahora sabía quién les perseguía y el conocimiento, en lugar de aliviarle, lo llenaba de agitación.
N.A. (Favor leer): En primer lugar, en el juego de PS2 Duelists of the Roses, se enfrentan dos supuestas encarnaciones de Yami y Kaiba en el marco histórico de la Guerra de las Rosas (1455-1487). El juego no es exactamente canon, y esa gente tampoco sigue la historia; simplemente la usan como excusa para el enfrentamiento en duelo de monstruos de los lancastrianos (Yami-Henry Tudor, rosa roja) y los yorkistas (Seto-Christian Rosenkreuz, rosa blanca). Pero como ése es uno de mis períodos favoritos de la historia de Gran Bretaña, he decidido que voy a utilizar la idea y desarrollarla; por lo que tenemos a Henry VII como personaje histórico, padre del monstruo genial que fue Henry VIII y abuelo de la famosa reina virgen, Elizabeth I... respecto a Christian -es extraño que los creadores del juego escogieran ese nombre; aparece en ciertos libros ocultistas a principios del siglo XVII y pertenece a un sabio que supuestamente vivió de 1378 a 1484 (nunca se ha probado su existencia histórica), y que fue el fundador legendario de los rosacruces, relacionado de algún modo con las leyendas del judío errante, de Saint Germain y de Cagliostro. Personalmente estoy de acuerdo con la idea de la mayoría de los eruditos, de que C.R. no es una persona sino una alegoría, un símbolo. Gomen, soy aficionada al tema xD-, me he fajado a hacerle una genealogía yorkista, pero eso lo veremos después.
El título del cap es "No me toques" en latín xD. Ah, y si quieren ver un dibujo chorra que hice de Merit para darse una idea de cómo es, pueden pasar por mi galería en deviantart, el link está en mi perfil...
He decidido contestar a la rev de Xin Tamao aquí mismo, por si acaso hay más gente con el mismo problema. El centro de este fic es SxY; si a alguien le aburrió Dorado y Cálido, como dices tú que sucedió porque era un exclusivo SxJ y a pesar de que era un PWP con mucho lemon, nunca me lo dijo a lo largo de 11 caps y 177 revs. Este fic es menos popular porque tiene argumento, es serio y más adulto, aún no tiene lemon y tiende al angst, y porque el rango de lectores en este server aprecia más el SxJ y los fics tipo colegio, con múltiples parejitas, celitos, sexo gratuito, cuernos y demás clichés regados por aquí y allá. Mi fic El Ganador era así, con ciertas variaciones que le salvaron de caer en lo vulgar; y aunque me gustó escribirlo en su momento, procuro no repetir tema ni esquema,cada uno de mis fics es distinto (la secuela del Ganador, aún no publicada, no se le parece casi en nada), así que no voy a hacer de Equilibrio otro Ganador. Yo no escribo para obtener revs sino para mi satisfacción personal e incidentalmente la de aquellas personas que comparten mis gustos y a las que les agrada mi estilo; las revs las deja la gente que quiere, y el número no es indicativo de la calidad del fic. He visto fics que en mi humilde opinión -y en la de personas que saben de eso porque son profesionales del área- no sirven, y sin embargo tienen chorrocientas revs; he visto otros que son excelentes y tienen muy pocas. Mis revs las atesoro, porque generalmente valen la pena; y si bien tomo muy en cuenta la opinión de mis lectores y la aprovecho al máximo, cuando trazo un camino no me desvío. Espero que esto aclare tus ideas y las de otros que puedan pensar lo mismo ;-)
Gracias a mis reviewers: María (brutica y media, mija xDD. Y es que los dos están demasiado buenos), Anny Pervert Snape(me alegra que no te preocupe el largo, porque esto pica y se extiende. Ah, y toma tu cubito de sabor xDD ), Luna Lovegood du Black (sí, eso ocurrió en el manga y el anime. Todo se irá aclarando poco a poco, en este cap ya ves de qué va esa otra vida), Randa (bueno, eso de 'copias exactas' es relativo. El faraón se parece a Yugi, pero en realidad es más alto y difieren tanto en facciones como en colorido; para Yugi, ver a Yami no es como mirarse en un espejo), Ushina Yuuha (será divertido odiarla, ¿eh? xDD) Guerrera Lunar & Rex (siempre me hacen reír con sus diálogos en las revs xDD. Ya ven que Merit es chica, y no es buena gente... y veo que han agarrado la costumbre, como yo, de jurar por Ra xDD), Escila (pues fíjate que te has adelantado en algo, pronto verás en qué. A Merit la inventé yo, no forma parte del canon), Águila Fanel (no creo que Merit quiera al faraón... su agenda tiene que ver con algo más grande), Kendra Duvoa (ay hija, envidiosos nunca faltan...), Black Kymera (ya hablamos por msn al respecto xD, este fic estaba destinado al angst desde el principio y es distinto del resto de mis fics; lo más importante es mantenerlos en carácter aún dentro del drama), Xin Tamao (leer arriba xD), Hisaki Raiden (Gracias! Me alegra que señales la seriedad del fic, ésa es mi intención. Y es cierto que no pienso transformar esto en una feria gay xDD).
