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Un buen día

Kate había olvidado esa sensación, la de encontrarse segura y cómoda en un ambiente familiar. No se había sentido así en años.

Ajeno a lo que ella sentía, Rick reía sentado a su derecha. De hecho, la mesa entera reía por una anécdota de Emery y Kate no pudo evitar sonreír. El niño de tres años rebotaba feliz sobre su silla alta, moviendo la corona de cartulina que su padre le había hecho.

Kate miró a la veintena de Rogers que comían alrededor de la mesa. Los padres, tíos y primos de Rick eran buena gente y la habían hecho sentir como en casa desde el primer momento, haciéndola recordar cuando ella tenía algo así. Cuando sus padres aún vivían.

Pero a pesar de la nostalgia, la compañía era demasiado buena como para entristecerse. Sobretodo por los cinco niños de Rick que, sin duda, le robaron el corazón.

Alexis, la mayor, tenía seis años y era muy inteligente y educada para su edad. Tenía el pelo pelirrojo, largo y liso, un pelo que Kate quiso peinar desde que lo vio. Mathew tenía cinco años. Él era un granuja que no paraba quieto. Con el pelo rojizo como su hermana, pero rizado, tenía tantas pecas como ella y alguna que otra cicatriz, seguramente, de caerse. Tenía pinta de ser un niño intranquilo, de esos que trepan por los armarios si te descuidas.

Luego estaban los más pequeños. Con sus tres años recién cumplidos Emery tenía el pelo castaño y rizado hacia todos los lados. Era un niño muy cariñoso y tímido. Le gustaba dar abrazos a su padre, muchos, de hecho era como ver un pequeño oso adorable. Lisa y Max, por contra, llevaban el pelo rubio. Eran mellizos y apenas tenían un año de edad, pero no quitaban ojo a nada. Kate nunca se había relacionado con niños tan pequeños, más bien no sabía cómo cuidar a niños menores de dos años, pero con ellos tenía una necesidad imperiosa de querer aprender, de abrazarlos. Aunque no lo intentó.

Cada niño era distinto, pero con algo en común con su padre: Compartían los mismos ojos azules y... Algo más. Algo que no podía explicar, que no era palpable. Más bien era como una sensación cálida en el pecho al estar cerca de ellos, algo que hacía que, junto con la simpatía de los demás Rogers, Kate se sintiera cómoda.

Como en casa.

― ¿Estás bien? ―la pregunta de Rick fue un susurro―. Si no te gusta lo que mi madre ha cocinado...

―Oh, sí, sí. Me gusta ―aseguró Kate en un tono más alto que él, pero lo suficiente bajo para no cortar la conversación general de la mesa―. Es solo que... Pensaba.

Rick cogió la jarra de agua y puso un poco en el vaso de Kate. Ella sonrió ante el gesto. Él siempre estaba atento, siempre se las apañaba para sacarse de la manga esos pequeños gestos que la hacían sonreír.

― ¿Quieres hablar de ello? ―siseó Rick.

Esa era otra cosa que le gustaba de él, Rick nunca la forzaba, le daba su tiempo. Como si entendiera lo importante que era para ella mantener ciertas cosas para si misma. Pero, por contra de lo que solía hacer, Kate necesitaba contar lo que le pasaba.

―Hace mucho tiempo que no como así ―dijo y Rick inclinó la cabeza sin entender. Kate sonrió ante ese mismo gesto que había visto ya en Emery y continuó―: Esto ―señaló a lado y lado de la mesa―, lo perdí hace mucho. Llevo años sola. Supongo que ya me resigné a la soledad, a comer sola, cenar sola, celebrar las grandes fiestas sola, a no poder estar rodeada de tanta gente y sentirme cómoda.

En un movimiento que ella no esperó, Rick alcanzó su mano por encima de la mesa para acariciarla con ternura.

No dijo nada más, no hizo falta. Él la miró con los ojos azules subidos de intensidad y ella sonrió. Podía leer en ellos algo así como que él no iba a dejarla sola, y eso le bastó.

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― ¡Hora del pastel de cumpleaños! ―dijo Rick levantándose de la mesa.

― ¿Pastel? ―chilló Emery con los ojos muy abiertos.

Los padres de Rick miraron a su hijo.

―Richard, pensé que no teníamos dinero para comprar un pastel ―susurró Martha para que solo su hijo lo escuchara, pero Kate pudo oír cada palabra y la preocupación que emanaban estas.

―No he comprado ―Rick se puso detrás de Kate, puso sus manos sobre los hombros de ella y dijo―: Kate y yo hicimos el pastel.

Vale, Kate se sintió observada y adorada a partes iguales. En un segundo las miradas de todos recayeron sobre ella. Los hijos de Rick la miraron con sus bocas abiertas en una gran "o". Era curioso, Matthew y Emery la miraban como si fuera un súper héroe en persona. Alexis lo hacía como si ella fuera una princesa de un cuento de hadas y Max y Lisa aplaudían sentados en sus sillas de bebés.

Pero las miradas que más la desconcertaban eran las de los padres y tíos de Rick. La miraban como si la adoraran.

―No fue nada... ―Kate intentó quitar importancia al asunto.

―Oh, sí que lo fue. Kate me riñó mucho por no haberla avisado antes de que era tu cumpleaños, Emery.

― ¡Por que no tenía tanto tiempo para hacerle un regalo! ―se quejó ella.

―Prometo no volver a hacerlo ―repitió Rick con un eje de diversión al verla hinchar las mejillas como una niña pequeña.

―Claro que no volverás a hacerlo ―Kate se dirigió a los niños―. ¿Cuándo son vuestros cumpleaños?

Rick gimió.

― ¿No te fías de mí? ―él se colocó una mano en el pecho, pero tenía una sonrisa juguetona de esas que Kate no había visto mucho, pero que le encantaban.

―No.

―Mujer desconfiada.

―Hombre que se va por las ramas.

―Touché.

En ese punto Martha reía de buena gana junto con los demás Rogers. Los niños sonreían con la boca abierta.

―Entonces, ¿tenemos o no tenemos pastel? ―preguntó Alexander frotándose la barriga.

―Bueno, Kate y yo fuimos a comprar los ingredientes e hicimos la tarta juntos ―Rick sonrió de lado a lado―. Te va a encantar Emery.

El niño votó en su asiento con chillidos que sus hermanos pequeños compartieron. Mathew y Alexis simplemente mantuvieron una sonrisa ilusionada.

― ¿La hicisteis juntos? ―Martha pestañeó―. ¿En serio?

―Sé que no tengo mucha mano con la repostería ―dijo Rick volviendo a poner las manos en los hombros de Kate―. Kate fue la que consiguió la receta y puso el arte. Yo solo ayudé.

Kate sintió que sus mejillas se sonrojaban ante las palabras de él. Ella no era de las que aguantaban alabanzas, y menos delante de tanta gente. Normalmente solía huir o esconderse. Pero cuando levantó la cabeza y vio los ojos de Rick mirándola con ese brillo especial y esa sonrisa suave, Kate se contuvo en la silla y asintió. No era tan malo aguantar un poco si él estaba tan contento.

―Seguro que fuiste de mucha ayuda ―ironizó Tom, el tío de Rick.

― ¡Quiero pastel! ―chilló Emery con los brazos elevados.

Rick no se hizo esperar más, y levantando a Kate de la mano, la guió hasta la cocina.

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Kate no podía dejar de reír. Habían estado tan ocupados con la receta y la decoración de la tarta, que ninguno de los dos reparó en comprar las velas. Así que cuando Rick sugirió hacerlas con mantequilla, ambos pensaron que era una buena idea; hasta que la vela empezó a arder y Rick tuvo que poner el trozo de mantequilla ardiendo en el fregadero con el grifo abierto.

―Deja de reír, esto es serio ―ordenó Rick pero, irónicamente, él era el que reía más fuerte―. No hay ni una sola vela, mi niño no va a tener velas en su pastel ―abrió la ventana debido al humo blanco que desprendía la vela ya mojada―. Maldita mantequilla asesina.

Kate se llevó una mano al vientre debido a la risa.

―Te dije que era más fácil pedir unas velas prestadas a los vecinos ―dijo sentándose en una de las sillas de la cocina, porque la risa era tan fuerte que apenas se mantenía en pié. Rick movió sus manos como si fuera un abanico para que el humo se disipara más rápido, pero eso solo consiguió que ella se llevara una mano a la cara para intentar dejar de reír.

―De acuerdo, quizás tú idea era más factible ―reconoció él―. Pero yo no soy bueno relacionándome con los vecinos, bueno, no soy bueno relacionándome con nadie.

Y ahí estaba la falta de autoestima de él. ¿Dónde había quedado el niño orgulloso de maquillarla como un profesional? Quería ver más ese lado infantil de Rick que el apesadumbrado que solía tener. Kate paró de reír sin dejar su sonrisa, pero suavizándola por lo que él había dicho. Rick era una gran persona, pero hasta que se diera cuenta ella tendría que recordarlo de vez en cuando.

―La tuya era más divertida, pero creo que ahora necesitamos pedir la vela a algún vecino ―Kate se levantó, tocó el hombro de Rick y le sonrió. Eso bastó para que él la mirara con esos ojos intensos y brillantes que tanto le gustaban.

―Vale ―susurró él, pero antes de que ella diera un paso, la voz del tío de Rick se escuchó desde fuera de la cocina.

― ¡Se me olvidó deciros que las velas están en el mueble del comedor!

Rick bufó y Kate soltó otra carcajada.

―Podía haber dicho eso antes ―gimió él caminando hacia el comedor para coger las dichosas velas.

Cuando él volvió a la cocina, Kate ya tenía el pastel preparado en una bandeja que habían comprado especialmente para la ocasión. La tarta era una obra maestra ―o así lo había llamado Rick― estaba hecha de fondant, tenía forma de tren y colores coloridos.

Rick colocó las velas y abrazó a Kate lateralmente. Ella parpadeó mirándolo, volvió su atención a la tarta y sonrió. Ese era el tipo de gestos que hacía el Rick seguro de si mismo, un gesto imprevisto que no la incomodó, todo lo contrario, la comodidad que sintió fue tan grande que suspiró colocando la cabeza en el hombro de él.

―Es perfecta ―él se refirió a la tarta.

―Es un milagro que no la quemaras con tu vela de mantequilla.

― ¡Oye!

Ella le sacó la lengua y se apartó de ese abrazo tan cómodo. Debían coger la tarta y llevarla hacia el comedor para que el cumpleañero la viera.

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Eran las nueve de la noche cuando Kate salió de la casa con las mejillas rojas, una sonrisa de lado a lado en la cara y una carpeta apretada al pecho. Rick la acompañó hasta el Crow Victoria con las manos en los bolsillos de su pantalón. Hacía frío y sus respiraciones se volvían vaho al salir de sus bocas, pero eso a ella le dio igual. Llevaba años sin pasarlo tan bien.

Tras comer el pastel toda la familia se juntó en el sofá para ver una película que eligió Emery. Rick y ella tuvieron que sentarse en el suelo por falta de espacio, pero le dio igual. Resultó más divertido pues los niños se acomodaron en ella y Rick, mientras cantaban las canciones de la película. Kate rió a carcajada limpia cuando Rick, que se sabía cada canción, empezó a cantar con ellos simulando ser una princesa.

Luego Rick y ella jugaron durante horas con los niños. Emery se abrazó por primera vez a ella mientras jugaban a esconderse, luego apenas la soltaba. El niño tenía una extraña fijación con eso de abrazar, pero a Kate le encantaba sentirse rodeada por los bracillos de aquel niño que no dejaba de dar las gracias por su tren de pastel.

― ¿Te gustan los dibujos que te han hecho los niños?

Kate paró su caminata ante la voz de Rick, se tocó un mechón con la punta de los dedos y apretó la carpeta aún más contra su pecho.

―Son perfectos ―contestó con sinceridad.

En un momento de la fiesta los niños empezaron a dibujar para ella, o como ellos habían dicho, para la "súper Kate". Entre todos elaboraron más de quince dibujos que Rick colocó en esa carpeta que ahora llevaba ella.

―Me alegro ―la voz de él era suave pero intensa, tanto como el brillo de sus ojos azules―. Ha sido un buen día, no sé cómo agrade…

―Como completes la frase te arresto ―amenazó con los ojos achicados hacia él, bajando la mano que jugueteaba con su pelo para abrazar la carpeta―. Lo hago porque quiero, no necesito agradecimientos diarios.

Por un momento esperó a que él agachara la cabeza o se disculpara, pero en vez de eso se acercó y la besó en la mejilla. Lo hizo con tanta suavidad, tomándose su tiempo, que cuando se separó Kate inspiró una gran bocanada de aire.

―Te ves preciosa con el pelo suelto ―susurró acariciando las puntas de sus bucles con la mano derecha. Luego, tan repentinamente como se acercó, se alejó―. ¿Nos vemos la semana que vine?

― ¿Nos vemos la semana que viene? ―repitió ella con el corazón en los oídos―. Quiero decir, sí, claro, por supuesto ―asintió repetidas veces con las mejillas ardiendo―. Nos vemos la semana que viene.

Eso si conseguía conducir sin chocarse contra nada. Maldita sea, un beso en la mejilla y ya le costaba respirar. Ya no sabía si le beneficiaba que Rick fuera más seguro de si mismo.