N/A: Esta es una adaptacion, los personajes y sus descripciones pertenecen a Santa Stephenie Meyer y la historia a Carole Mortimer
Gracias por los reviews y agregar la historia como alerta.
Un saludo muy grande a Klaudia T que hoy esta de cumple !
5k-high Club
—¡Eres una novia deslumbrante, Bella! —Alice sonrió emocionada mientras le daba los últimos retoques al velo antes de retroceder para admirar el aspecto de su hermana.
Ésta sólo podía contemplar embotada su reflejo, enfundado en un hermoso vestido de novia de satén blanco y un precioso velo de encaje, en el espejo de cuerpo entero en la puerta del armario del dormitorio que había sido suyo de niña.
¿Quién habría podido imaginar que apenas cinco semanas después de aceptar la proposición de matrimonio de Edward, se estaría preparando para ir a la iglesia con su padre a fin de convertirse en la esposa de Edward?
La esposa de Edward Cullen.
¡Dios mío!
—¿Es que tienes alguna duda acerca de casarte con un hombre tan magnífico como Edward, Bella? —bromeó Alice ante su evidente nerviosismo.
—No, no puedo, ¿verdad? convino con forzada ligereza. —¿Quieres ir a decirle a papá que ya estoy lista para marchamos? —pidió, esperando que su hermana saliera de la habitación para volver a mirarse en el espejo.
¿Qué sentido tenía arrepentirse de casarse con Edward cuando éste ya había reclamado legalmente a Nessy como hija suya? Vanessa Swan en ese momento era Vanessa Cullen.
Como ella misma no tardaría en convertirse en Isabella Cullen.
Incluso ese nombre le sonaba extraño, ajeno. Lo cual describía bien cómo se había sentido ella misma durante las últimas cinco semanas.
La mujer reflejada en el espejo desde luego se parecía a ella, pero no sentía ningún júbilo ante la idea de convertirse en la esposa de Edward.
Hacía cinco semanas que habían compartido la noticia de su compromiso con sus entusiasmadas familias. Luego Nessy y ella se habían quedado en San Francisco dos días más para darle a Edward tiempo de arreglar las cosas antes de volar a Inglaterra con ellos.
Desde entonces, él se había quedado en la casa de Surrey donde Bella lo vio por primera vez, pero iba todos los días a su casa con el fin de pasar tiempo con Nessy.
Cuando se hallaban en presencia de alguna de las dos familias, daban la impresión tal como habían acordado, de sentirse muy felices juntos.
Algo complicado por parte de Bella, ya que cuanto más tiempo permanecía con él, se volvía más consciente ante de su presencia física. Y pensar que había dicho que sólo sería un matrimonio nominal...
Atribulada pensó que era el día de su boda y que no podía sentirse más desdichada.
—¿Adónde vamos?
—A nuestra luna de miel, por supuesto —contestó él con satisfacción mientras conducía el deportivo negro hasta la pista privada donde el Jet de los Cullen los esperaba después de que los invitados les ofrecieran una cálida despedida
—¿Que luna de miel? —giró en el asiento para mirarlo ceñuda: aún llevaba el vestido de novia y el velo. —¡En ningún momento en las últimas cinco semanas hablamos sobre irnos de luna de miel!
—No lo hablamos porque de haberlo hecho sabía que esta sería tu reacción —le confesó impertérrito.
La frustró su despotismo.
—Se suponía que iba a ser una sorpresa—gruñó él.
—Desde luego lo ha sido.
—Es la sorpresa de Nessy, Bella —explicó Edward.
—¿De Vanessa? —lo miró fijamente
El asintió
—Nuestra hija me confesó hace varias semanas que las personas recién casadas se van de luna de miel después de la boda.
Se le encendieron las mejillas.
—Deberías haberle explicado.
—¿Que es exactamente lo que debería haberle explicado Isabella? —cortó con aspereza. —¿Que aunque sus padres ahora están casados no están enamorados? ¿Que su madre no tiene ningún deseo de pasar tiempo a solas con su padre?
Bella hizo una mueca para sus adentros. Cuando lo ponía de esa manera...
Habían pasado las últimas semanas, por separado y juntos, convenciendo a Nessy de que iban a ser felices como una familia de verdad. Habían tenido éxito en lo referente a la pequeña razón por la que este había decidido que el que sus padres se fueran de luna de miel era lo que hacían las «familias de verdad»
—No tengo más ropa conmigo...
—Alice fue lo bastante amable como para prepararte una maleta —explicó él. Está en el coche con la mía. Nessy también arregló las cosas para quedarse con tus padres durante la semana que estemos fuera añadió. —Mi padre se quedará en Inglaterra y los visitará a menudo.
—Desde luego has estado ocupado, ¿verdad? —suspiró, se quitó el velo con cuidado y lo metió en la parte de atrás del coche. —Así está mejor.
Había sido el día más difícil de su vida. Empezando con la conversación que su padre había insistido en mantener con ella a primera hora de la mañana... Al bajar a las seis y media, lo había encontrado en la cocina tomando un café. Mantuvo una conversación ligera mientras ella se preparaba otro café. Pero en cuanto se sentó a la mesa con él, todo cambió.
Con gentileza había expuesto la preocupación que sentían su madre y él acerca de la precipitación de la boda con Edward. ¿Hacía lo correcto y estaba segura de que era lo que realmente quería? No había duda sobre lo que sentía Nessy, pero, ¿iba a ser feliz ella?
Mentirle a su padre había sido probablemente lo más duro que había hecho jamás.
Incluso al recordarlo sentía que se le humedecían los ojos.
—Y bien, ¿adónde has decidido que vamos a ir de luna de miel? preguntó para distraerse.
Edward apretó los labios al oír el tono de fatiga de Bella, que no hizo esfuerzo alguno en ocultar que ese día había sido una prueba dura que había tenido que pasar.
Le había parecido asombrosamente hermosa al avanzar por el pasillo hacía él una visión en satén blanco y encaje.
Pero ella había evitado mirarlo. La voz le había temblado por la incertidumbre al pronunciar los votos al igual que la mano al permitir que él le introdujera la alianza en el dedo. Cuando la besó para sellar dichos votos su boca había permanecido rígida e indiferente aunque había realizado el esfuerzo de sonreírle a los invitados mientras avanzaban por el pasillo ya como marido y mujer.
—Vamos a ir a tu isla en el Caribe—le informó él.
—¿No quieres decir tu isla en el Caribe? —corrigió Bella
—No, hablo de la tuya —corroboró Edward. -Es mi regalo de boda —no había querido decírselo de esa manera había pretendido que fuera una sorpresa en cuanto llegaran allí. Y lo habría hecho de no sentirse tan frustrado con el comportamiento tan distante de ella.
Bella se quedó aturdida e incrédula ¿ Edward le daba una isla entera en el Caribe como regalo de boda?
El sonrió con ironía al captar su expresión.
—No te preocupes Isabella. No es más que una isla pequeña.
—¿Incluso una isla pequeña no es exagerado cuando yo sólo te compré unos gemelos? —preguntó ceñuda.
Y lo había hecho en el último momento porque Alice, su dama de honor le dijo que debía hacerlo hasta entonces no se le había pasado por la cabeza regalarle algo por la boda. ¿Que podía darle a un hombre que lo tenía todo?
Aunque en la iglesia había notado que había lucido los gemelos de diamantes y ónice en los puños de su impecable camisa.
—Me has dado mucho más que eso, Isabella —le aseguró con voz ronca.
Lo miró con suspicacia, pero su expresión no le reveló nada.
—No sé a qué te refieres —murmuró con incertidumbre.
—Hablo de Vanessa, Isabella. Me has dado una hija —explicó.
Lo miró. Parecía tan tenso como ella se sentía, con arrugas en los ojos y la expresión sombría en la boca; su piel estaba algo pálida bajo el tono naturalmente cetrino.
Qué distinto habría podido ser todo si cinco años antes Edward no hubiera estado enamorado de otra mujer. Qué diferente habría podido ser ese día si se hubieran casado porque estaban enamorados.
Pero eran dos extraños que se habían casado para proteger y mantener la felicidad de su hija.
Tragó saliva.
—Si no te importa, creo que me gustaría estar aquí sentada y en silencio un rato —cerró los ojos.
A Edward le importaba. Si Bella creía que las últimas cinco semanas habían sido menos estresantes para él, se equivocaba. Tal como habían pactado, estando con gente ella había logrado mantener un aire de felicidad serena, pero en cuanto se quedaban solos, todo había sido distinto.
Había mostrado una absoluta falta de interés siempre que había tratado de hablar con ella de los planes de la boda. Se había mostrado poco comunicativa los tres domingos por la mañana que habían asistido juntos a la iglesia con el fin de oír la lectura de sus amonestaciones.
Y lo peor de todo cuando se quedaban solos había evitado hasta tocarlo.
Si Bella deseaba castigarlo por obligarla a casarse entonces no habría podido encontrar mejor manera de hacerlo que con ese silencio gélido y la evidente aversión que mostraba al más leve contacto.
El Jet de los Cullen era lo máximo en lujo. Sólo tenía seis asientos extremadamente confortables en la cabina principal amplia y alfombrada con un bar en el extremo donde se hallaba la cabina del piloto y una puerta que daba a un compartimento privado en el otro extremo.
Edward le había dado instrucciones al capitán de despegar en cuanto ellos y el equipaje estuvieran a bordo. Un auxiliar de vuelo había depositado dos copas altas de champán delante de ellos, para luego servir el líquido burbujeante y dejar la botella en una cubitera con hielo junto a Edward antes de desaparecer en la cocina que había detrás del bar y cerrar la puerta con discreción a su espalda.
Bella se había impuesto no mirar la copa ya que le recordaba con demasiada intensidad aquella noche pasada con Edward cinco años atrás ¡Lo último que necesitaba rememorar en ese momento!
—Tu padre y tú desde luego sabéis viajar con estilo—comentó con ligereza.
El asintió.
—Como haréis Nessy y tú ahora que sois Cullen.
El recordatorio del cambio experimentado le atenazó las entrañas.
Isabella Cullen. Esposa de Edward.
—Sin duda Nessy se quedará impresionada —repuso.
—¿Pero tú no?
Se sentía más nerviosa que impresionada. Nerviosa por estar realmente a solas con Edward por primera vez en cinco años aterrada por pasar una semana con él en una isla del Caribe.
Movió la cabeza.
—No soy una niña de cuatro años, Edward.
—No, no lo eres.
Tuvo que girar la cabeza para quebrar el contacto con esa mirada tan intensa antes de poder ponerse de pie con brusquedad.
—Creo... Creo que me gustaría ir a la otra sala para quitarme el vestido de novia.
—Una idea excelente Isabella —murmuró él.
Frunció el ceño al ver que también se ponía lentamente de pie; su estatura y la anchura de sus hombros dominaron en el acto la cabina.
—Creo que soy bastante capaz de cambiarme sola, manifestó con voz aguda.
Edward inclinó la cabeza con gesto burlón.
—Pensé que podrías necesitar algo de ayuda con la cremallera de la espalda.
Bella se dio cuenta de que no andaba descaminado. Alice la había ayudado a vestirse, pero en momento no se sentía cómoda con la idea de que Edward la ayudara a desvestirse...
¿Cómoda? La idea de que él la tocara era suficiente para terminar de destrozarle los nervios!
Se dijo que nunca más iba a ponerse ese vestido.
Entonces, ¿que problema había si le arrancaba las mangas?
—Estoy segura de que me las podre arreglar gracias —repuso con voz distante mientras se daba la vuelta
—Yo también necesito cambiarme —insistió Edward al llegar a la puerta del compartimento posterior antes que ella y abrírsela.
Bella lo miró insegura, sabiendo por el desafío que irradiaban sus ojos que él esperaba continuar discutiendo con ella. Experimentó el deseo perverso de no brindarle esa satisfacción.
—Bien —aceptó con ligereza y pasó ante él para entrar en la cabina contigua.
Y se detuvo en seco al encontrarse no en otra sala como había supuesto, sino en una habitación cuyo centro estaba dominado por una cama enorme.
Los ojos de Edward brillaron divertidos al ver la expresión aturdida de Bella al ver la lujosa habitación, los vestidores, la alfombra mullida y las sábanas de seda de color dorado que cubrían la cama, con varios cojines de similar tapizado sobre las almohadas mullidas.
Por desgracia no permaneció aturdida mucho tiempo antes de girar y mirarlo con expresión acusadora.
—¡Espero que no albergues ninguna idea acerca de añadir mi nombre a la lista de mujeres que has seducido aquí! —espetó.
El humor de Edward se evaporó al oír el insulto deliberado.
—Tienes la lengua de una víbora.
Bella enarcó las cejas, divertida.
—Es un poco tarde para arrepentirse, ¿no crees Edward? Espero que no hayas olvidado que nos hemos casado hoy.
—Oh, lo recuerdo, Isabella —remarcó —¡Quizá es hora de que yo te lo recuerde! —cerró la puerta con suavidad.
Ella dio un paso atrás al saber cuál era su intención.
—Hablaba en serio, Edward... ¡no pienso convertirme en otra muesca en el poste de tu cama!
Él avanzó un paso con la mandíbula apretada.
—¡Yo también hablé en serio hace cinco semanas acerca del derecho que tenías de cambiar de parecer en que nuestro matrimonio fuera sólo nominal!
La alarma hizo que Bella abriera mucho los ojos.
—¡Aquí no!
—Donde quieras y cuando quieras —prometió.
Se alejó de él.
—Te he dicho que no me convertiré en otra mues...
—Si vuelves a mirar la cama, Isabella, verás que no tiene ningún poste —expuso con peligrosa suavidad. —Y nos encontramos a unos cinco mil metros de altura.
—A tu club de los cinco mil metros, entonces—persistió, plantándole cara con valentía y afanándose en ocultar el nerviosismo que sentía.
Algo que no escapó a la mirada penetrante de Edward.
Avanzó otro paso y se detuvo a unos centímetros de Bella, de esos labios trémulos.
Unos labios carnosos levemente entreabiertos, que representaban una tentación, como la punta de la lengua que Bella sacó para humedecérselos.
Una invitación que no tenía ninguna intención de declinar.
—Date la vuelta Isabella para que pueda bajarte la cremallera del vestido —sugirió con voz ronca.
Ella tragó saliva.
—Yo no. ... calló con un jadeo cuando Edward soslayó su protesta y se situó detrás de ella. Sintió el contacto de sus dedos mientras comenzaba a bajarle lentamente la cremallera.
Arqueó la espalda involuntariamente al sentir un estremecimiento por todo su cuerpo a medida que la cremallera bajaba por su espalda y contuvo el aliento cuando le separó el vestido de satén y le acarició el hombro desnudo con los labios.
Al instante sintió un deseo ardiente por todo el cuerpo cuando la lengua húmeda sobre su piel encendida no dejó de lamerla y probarla.
A pesar de lo mucho que lo negaba y se oponía, sabía que deseaba a Edward. Apasionadamente.
Llevaba cinco semanas luchando contra ese deseo y esa necesidad temerosa incluso de tocarlo por si perdía el control. Con el resultado de que cada minuto pasado con él había sido una tortura.
¡Y la fachada gélida que proyectaba para defenderse de esa pasión se había derretido con la fuerza de una avalancha en el momento en que su boca le había tocado la piel desnuda!
Echó el cuello para atrás y apoyó la cabeza sobre el hombro de Edward mientras el introducía las manos en el vestido y las subía para coronarle los pechos; con las suyas propias encima se las apretó más anhelando esas caricias.
Gritó cuando el deseo se liberó de entre sus muslos en el momento en que los dedos pulgares de Edward jugaron con sus pezones, el cuerpo tensó por la expectación, incapaz de respirar mientras aguardaba la segunda caricia; casi sollozó cuando los labios de él se movieron sobre su garganta y tomaron esas cumbres inflamadas entre los dedos y las apretaron de forma rítmica.
—¿ Edward? —gimió al tiempo que movía el trasero contra la dureza de su erección. —¡ Edward, por favor...!
—Aún no, Bella —negó él con voz ronca aunque su propio cuerpo palpitaba con la misma necesidad de liberación.
Les esperaban horas y horas de vuelo para llegar a la isla, y antes de que eso sucediera, tenía la intención de descubrir y satisfacer todas las fantasías de Bella, tal como esperaba que ella satisficiera las suyas.
¡Quitarle el vestido nupcial de satén sólo era la primera de las fantasías que lo había mantenido despierto noche tras noche durante las últimas cinco semanas!
Se lo deslizó lentamente por los hombros y los brazos antes de desnudarla hasta la cintura y luego dejar que cayera y se desplegara sobre el suelo alrededor de sus pies.
Bella tenía los ojos cerrados y Edward observó lo hermosa que estaba sólo con unas braguitas blancas de encaje y medias del mismo color.
Mostraba los labios levemente entreabiertos y húmedos cuando la rodeó con los brazos y volvió a coronarle los pechos antes de acariciarle con los dedos pulgares los pezones de un intenso color rosado.
—¡Sí! —exclamó ella. —Oh, Dios, sí, Edward...
La pegó contra él. Le recorrió libre y eróticamente la garganta con los labios y terminó mordisqueándole el lóbulo de una oreja mientras una mano seguía jugando con un pezón perfecto y la otra bajaba.
La piel de Bella era como terciopelo bajo sus dedos abiertos sobre la cintura y la cadera.
Sin dejar de mordisquearle la oreja bajó la vista hasta donde los dedos buscaban debajo de la seda de las braguitas los rizos oscuros que percibía con claridad a través de la tela tenue, le separaban esos rizos y buscaban el capullo sensible que anidaba allí. Al encontrarlo comenzó a acariciarlo.
Estaba ardiente y mojada los pliegues delicados inflamados por la necesidad una necesidad que Edward pretendía aumentar hasta que Bella gritara y le suplicara que le proporcionara el orgasmo que su cuerpo anhelaba.
Al sentir el roce de esos dedos ella gimió y separó las piernas para permitirle un mayor acceso, una invitación que él aceptó al introducir un dedo largo dentro de Bella seguido de otro mientras con el pulgar continuaba acariciando el clítoris y con la otra mano le masajeaba el pecho al mismo y devastador ritmo.
Una y otra vez
Con las caricias más intensas, profundas y rápidas.
El calor se elevó de forma insoportable a medida que Bella movía las caderas al encuentro de las embestidas del dedo de Edward dentro de ella.
—¡Por favor no pares! jadeó sin aliento. —¡Por favor, no pares!
—¡Déjate llevar, Bella! —musitó sobre su garganta. —¡Entrégate cara!
—Sí... aceptó entrecortadamente ¡Oh, sí! ¡Oh, Dios sí...! —se retorció contra la mano de Edward a medida que su orgasmo se descontrolaba y la recorría una oleada tras otras de un placer demoledor.
Él la mantuvo cautiva mientras continuaba dándole placer con los dedos y Bella experimentaba un orgasmo tras otro, con el cuerpo una masa trémula bajo el más ligero contacto de Edward.
—¡Basta! —sollozó al final al derrumbarse exangüe en sus brazos.
