Cara a cara en la biblioteca, a penas ni se miraban. El rasgueo de la pluma de él, (tacha, suelta la pluma, suspira, moja la pluma, tacha), acompañaba al volar acelerado de las hojas de los libros de Hermione comprobando aquí y allá diferentes datos.

Frases entrecortadas formaban una conversación sin sentido alguno.

-Un insulto a mi asignatura...-

-Pero ¿no decía en el tomo 16...?-

-...párrafo entero destrozado...-

-Exacto.-

-Y se contradice...-

-Entonces...-

-Suspenso.-

Las horas pasaban tranquilamente mientras el sol iba bajando en el cielo y estudiantes y profesores entraban y salían de la estancia a un ritmo mucho más acelerado que el de ellos. De vez en cuando ella se levantaba y soltaba algún libro para traer otros. De vez en cuando Snape se levantaba y se daba un paseo hasta que recuperaba la paciencia para seguir corrigiendo. Cada uno a lo suyo pero juntos al fin y al cabo.

-Creo que yo he tenido suficiente por hoy.- dijo ella en voz alta. Severus la miró desde detrás de una montaña de pergaminos de tercero.

-Pués mira, no debería, pero también voy a tomarme el resto de la tarde libre.- Contestó soltando la pluma y echándose ligeramente hacia atrás en la silla. Ella le sonrió.

Salieron caminando juntos de la biblioteca. Él no pareció acordarse de que siempre iban separados por el pasillo, y Hermione no tuvo ganas de recordárselo. Así que, juntos, soltaron sus cosas, juntos, fueron hasta el gran comedor, y juntos, una vez más, se sentaron en la mesa de Gryffindor.

La mirada atónita de todo el gran comedor los estuvo taladrando hasta que Dumbedore, ni corto ni perezoso, se levantó de su lugar habitual en el centro de la mesa principal y se fué a sentar en la de Ravenclaw al lado de Luna Lovegood.

Siguiendo su ejemplo, con una sonrisa de oreja a oreja, el pequeño profesor Flitwick se sentó junto a él diciendo que siempre había considerado una tontería que los profesores se sentaran tan separados de sus alumnos.

Poco a poco, cómo si fuera un insulto no imitar al director, todos los profesores se fueron repartiendo por las mesas de las casas. Trelawney se sentó al lado de Harry y Ron mientras éste último mataba a Hermione con la mirada. McGonagall, siguiendo a Snape, fue a sentarse en la mesa de Slytherin; Y la profesora Sprout, con cara de decisión, la siguió, ganándose una sonrisa recta por parte de Minerva.

Con los de Hufflepuff llegaron a sentarse un sonriente Hagrid y una desenvuelta profesora Hooch.

En una esquina de la mesa roja y dorada, profesor y alumna, antes de empezar a entablar conversación con una facilidad que hubiera sorprendido a cualquiera que hubiera prestado atención, miraron sorprendidos a su alrededor: Todo Hogwarts cenando de una forma totalmente insólita, y, por esa misma razón, bastante divertida, que, sin embargo, no volvió a repetirse.

(...)

-Un color.- preguntó él después de unos segundos pensando.

-El negro.- dijo rápidamente Hermione.

-Sí, muy original...- ironizó el profesor.

-¿Y yo, qué color soy?.- preguntó ella sin hacerle caso.

-El blanco.-

-El blanco...-repitió ella.

-¿Qué ocurre?- dijo Snape sin mostrar mucho interés.

-Nada, sólo me parece curioso.- contestó ella pensativa. -Nunca me había visto de color blanco... Un árbol.- preguntó ella esta vez.

Estaban sentados en la hierba. En el lado de allá del lago ya se había derretido la nieve y, por suerte, la gente seguía sin pasear por allí. Habían empezado casi de broma a jugar igual que lo hacían Hermione de pequeña y su madre.

-Un abedul.-

-mmh...-

-¿Y yo?-

-Un álamo.- Hermione tardó un rato en decidirlo. Él se quedó pensativo.

Dos o tres flores empezaban a crecer sueltas entre el cesped, y los insectos que no se habían visto en todo el invierno empezaban a revolotear de una a otra. Severus tenía la espalda apoyada en un tronco nudoso y oscuro, y a la sombra de las ramas del mismo, Hermione estaba tumbada boca arriba.

-Una palabra.- dijo él sonriendo con los ojos cerrados.

-Fascinante.- respondió ella ruborizándose. Él abrió los ojos sorprendido.

-¿En serio?- las palabras se le escaparon de la boca con un inesperado aire de inseguridad.

Hermione asintió y Severus miró al suelo meditando para sí.

-¿Y mi palabra?- preguntó ella seria. Él sonrió.

-Amanecer.-

(...)

La luz sobrenatural de la luna llena bañaba los jardines de Hogwarts. Un rayo de luna se coló por la estrecha ventana iluminando el rostro del profesor.

Hermione lo miraba mientras apartaba un mechón de pelo negro de su frente, él dormía. Luego se inclinó para besarlo, apenas un roze para no despertarlo. Un escalofrío la recorrió de abajo a arriba.

Volvió a observar su pálida piel con el tinte plateado de esa luz misteriosa, y sus ojos cambiaron, cambiaron tratando de entender a ese hombre. Tratando de entender que estaría sintiendo él. Porque sabía que se iba acercando poco a poco, pero aún tenía la impresión de que no podía ni imaginar la profundidad de esa mente.

Y hasta que Snape no se dejara conocer, hasta que no recuperara la confianza en sí mismo y estuviera orgulloso de dejarla mirar dentro de él, hasta entonces los pasos que iba dando eran apenas paseos por la entrada a su verdadero mundo.

Sus ojos se perdieron en la oscuridad que los rodeaba, y pronto se acostumbraron a ésta y las siluetas borrosas de los muebles del dormitorio empezaron a ser visibles.

Todavía tardó varios minutos en quedarse dormida sobre su pecho.

(...)

Iban rodeando el campo de quiddich vacío, estaban discutiendo sobre si los libros de Gilderoy Lockhart eran buenos o no, independientemente de que él resultara ser un farsante, cuando de pronto una gota de lluvia cayó en la frente de Hermione. En cuanto subió la cabeza para mirar al cielo, empezó a llover con una fuerza increible para haber pasado sólo unos segundos. Si no se resguardaban rápido, en poco tiempo estarían empapados. Severus la cogió de la mano, ella se ruborizó, pero él no la dejó reaccionar.

-¡Por aquí!- le dijo mientras tiraba de ella guiándola por el margen de la carretera de los carruajes. Sólo cuando estuvieron muy cerca de ella, Hermione se dio cuenta de que había una pequeña cabaña al lado del camino. Entraron. Dentro hacía frío, pero el profesor apuntó rápidamente a la chimenea con la varita y un fuego agradable se encendió de inmediato.

-¿Y esta cabaña?-

-La usa Hagrid el primer día de colegio. Aquí repara las barcas para cruzar el lago con los de primero.- Se miraron. Las túnicas estaban mojadas, el pelo también, y estaban tiritando. Siendo quienes eran, nadie hubiera imaginado que no hicieran un sencillo encantamiento para secar la ropa. Pero por un instante, no parecieron acordarse de que existían los hechizos, ni las varitas, ni la pulmonía.

Nada importaba en ese momento. Sus repiraciones se aceleraban, el pecho de Hermione subía y bajaba sin parar, y antes de que a ninguno de los dos se le ocurriera decir nada, se estaban besando con un ansia que no tenían ni idea de donde había salido.

Fuera había estallado una tormenta. Ahora sí, aunque sin parar de besarse, Hermione levantó la varita para hacer que la cabaña aguantara el fuerte viento y que el aire helado no entrara. Snape hizo aparecer un colchón y unas mantas, y los dos se derrumbaron en él para seguir ese impulso de vida que los había poseído en un momento.

Allí, en un segundo, con las túnicas medio puestas medio quitadas, el pelo húmedo y las manos frías contra la piel caliente; allí con el agua golpeando el techo de madera, y la luz de los rayos iluminando a latigazos sus cuerpos mezclados; Se dejaron ser, se dejaron hacer, se dejaron sentir, y se dejó decir.

-Creo que te amo...- y no fué un grito, fué un susurro. La cogió de los brazos para que dejara de moverse, la miró a los ojos con una intensidad que podía agarrarse y se lo dijo. Ella lo miró con los ojos abiertos y brillantes, los labios enrojecidos de tanto besar y el pelo adorablemente alborotado.

-Y yo...- susurró sin mover casi los labios. -Y yo.- repitió sonriendo y mirándolo asombrada con las lágrimas amenazando con caer. Siguieron mirándose con la misma expresión, quietos unos segundos infinitos, hasta que bruscamente Snape la giró para colocarse sobre ella.

La noche siguió en un silencio casi reverencial, pero se dijeron más en silencio que hablando. Las emociones salían en forma de caricias, las contradicciones en arrebatos, los sentimientos en besos, los miedos en lágrimas, y la intensidad en temblores, espasmos, gemidos, suspiros.

-¡Hermione!- ahora sí fue un grito.

-Severus...- lo acarició el sollozo de ella.