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Happy


De pie, sentado, caminando de un lado a otro; así es como Natsu se había pasado los últimos treinta minutos encerrado en alguna habitación de la capilla. Su mejor amigo y compañero de aventuras: Happy, solamente lo observaba mientras comía un fresco aperitivo. Ver a Natsu tan nervioso era muy gracioso. Prácticamente tendría que cambiar sus pantalones o un gran accidente ocurriría, y no había tiempo para ningún inconveniente.

Continuaba caminando de un lado a otro, mirando al suelo con la mano en la barbilla. Miles de pensamientos pasaban por su cabeza, uno por uno, como si su propia mente tratara de torturarlo. ¿Y si olvidaba sus votos? ¿Y si se desmayaba? Oh, él realmente estaba a punto de caer al suelo. Su pulso era incontrolable y le faltaba cada vez más el aire.

Estaba a punto de morir.

Era el mejor día de su vida y estaba a punto de morir de una taquicardia a causa de los nervios.

Necesitaba agua o un barril de cerveza que le había obsequiado Cana como un regalo adelantado. Estaba solo y odiaba estar solo. Tal vez solo necesitaba salir a tomar un poco de aire para tranquilizarse, o ir en busca de Lucy. Ella siempre lograba mantenerlo tranquilo, necesitaba verla, pero si se acercaba al menos treinta metros, las chicas se lo comerían vivo antes de que pudiera verla.

Increíble. Era el día de su boda y no podía ni siquiera ver a su prometida. ¿Quién diablos estableció esa regla? Nadie podía prohibirle absolutamente nada. Saldría de esa habitación e iría a ver su futura esposa...

''Futura esposa''

Tragó saliva y asimiló sus propias palabras. Tomaría el lugar al lado de Lucy, nada cambiaría entre ambos, solamente el hecho de que ella le pertenecería para toda la vida, tendrían hijos, envejecerían juntos y debía amarla y cuidarla hasta dar el último aliento. Pasos pequeños lo llevaron hasta donde se encontraba. Sin embargo, el paso más grande, lo daría al salir por esa puerta.

Según todos los hombres en el gremio, el paso más difícil era proponerle matrimonio a una mujer. Él lo había hecho, entonces, ¿A que le temía?

— Faltan cinco minutos, Natsu. Es hora — dijo Gray, quien entraba en la habitación.

Natsu sintió que le temblaban las piernas y buscó apoyo en una de las sillas, realmente estaba a punto de desmayarse.

— Quiero vomitar.

Gray suspiró y lo tomó por los hombros para encararlo.

— Entiendo que estés nervioso, es el día de tu boda — comentó — pero imagina lo maravilloso que será cuando veas a Lucy después de veinticuatro horas, caminando hacia ti en vestida de blanco y más hermosa que nunca.

— ¿La has visto? — preguntó sorprendido y un poco molesto.

— Si, y definitivamente vas a morir cuando la veas — dijo en tono burlón —. Tengo una lacrima lista para captar tu reacción.

— Eso no me hace sentir mejor — se tocó de nuevo el estomago.

Gray lo ignoró y golpeó sus hombros.

— Estas perfectamente bien. Te casas hoy, cabeza de flama, pensé que no pasaría nunca, ¡Y con Lucy! Quien lo diría — sonrió y su expresión a los pocos segundos —. No te atrevas a mirar hacia la ventana. No puedes huir.

— Yo necesito aire...

— Happy — el mago de hielo lo llamó —, es tu mejor amigo, dile algo.

El exceed dejó su pez sobre la mesa y voló hacia su compañero.

— Natsu, si huyes, Lucy se sentirá triste y prometiste no hacerla llorar más. Además, si te casas, podrás hacer cosas pervertidas con ella.

Paso un minuto completo hasta que Natsu se prendiera en llamas y cayera sobre la silla, casi teniendo un derrame nasal. No reaccionó a ninguna palabra.

— Genial, Happy, rompiste a Natsu. ¿Ahora que le diremos a Lucy?

— Solo hay que llamar a los chicos y que llevar a Natsu hasta el altar. Seguro que todo estará bien.

Eso esperaban todos. Era un día importante, no solo para ellos dos, sino para todos en el gremio y quienes los conocían. La capilla estaba llena de magos de diferentes gremios. Estaban retrasados varios minutos, así que Gray, Gajeel, Laxus y Elfman se encargaron de llevarlo hasta su lugar, mientras ellos se colocaban a su lado como sus padrinos de honor junto a los demás.

Todas las miradas se posaron expectantes sobre Natsu, obviamente no ayudando nada en su nerviosismo, que ya había vuelto. ¿Dejaría de sentirse así?
Las manos le sudaban y no podía mirar nada más que sus zapatos sobre el suelo. Estaba vestido de un traje en un color gris, muy elegante. Honestamente, odiaba ese tipo de vestimenta, pero era algo que debía hacer por Lucy.

Vio llegar al sacerdote y toda su mente explotó.

Este era el momento. Sus miedos afloraron como espinas, envenenando e hiriendo los buenos pensamientos. ¿Y si nada salía bien? ¿Y si no podría protegerla? ¿Y si no podía hacerla feliz? No podría entregarla a otro hombre y tampoco podía dejarla ir. No obstante, en ese mismo instante, sentía que no la merecía, que era lo peor de este mundo.
La música comenzó a sonar y todos se pusieron de pie. Los miedos que golpeaban su interior se apagaron poco a poco al escuchar la voz que le ordenaba girar su cabeza, que no había nada de qué preocuparse. Siguió sus instintos. Aceptó la orden.

Y entonces la vio.

Tan radiante como el sol y tan pura como el cielo, vestida de blanco y con una sonrisa tímida en sus labios rosas, era la mujer más hermosa que vio jamás. Estaba preciosa, majestuosa, perfecta. Los latidos de su corazón nunca fueron tan rápidos y fuertes. Cada momento valía la pena. No cambiaría absolutamente nada de lo sucedido si todo terminaba de esta manera: Lucy vestida de novia caminando hacía él.

La alegría que sentía no podía ser expresada en palabras. La manera en que él veía a Lucy no podría ser descrita nunca.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Que hizo bien para merecerla?

Gray y Happy tenían razón. Esto valía más que todo lo que tenía. Lo recordaría para toda la vida.

Le sonrió a Lucy y ella le sonrió a él, tomó su mano y entrelazaron sus dedos para iniciar con la ceremonia. A decir verdad, apenas escuchó lo que el sacerdote tenía para decir. Admiró la belleza de Lucy en todo momento, no pudo quitarle el ojo de encima.

Ambos dijeron sus votos, colocaron los anillos, escucharon algunas bromas de los invitados y todo termino en un si por parte de ambos. Un sí para toda la eternidad.

Ahí, frente a Lucy, se dio cuenta de que no había nada que temer, nunca hubo alguna razón. En sus ojos cafés, podía ver todo un universo. Ella era más de lo que imaginó.
Colocó una mano en su espalda y tiró de ella para reclamar sus labios dulces.

Un sonido de aplausos y gritos eufóricos resonó en toda la capilla, pero, en aquel momento tan especial, solo existieron ellos dos.

Si, él la haría muy feliz y esa era una promesa.


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