¡Hola a todos! Hoy les traigo el último capítulo de este fic. Muchas gracias por acompañarme a lo largo de estas semanas.


IX

Continuar con su vida tal y como había sido antes de su ausencia era algo que Francis no podía hacer tan fácilmente. Los primeros días los vivió de manera casi automática. Se presentó a trabajar, escribió las respectivas disculpas por su ausencia de aquel día en el que no acudió a sus citas, terminó de redactar informes y dejó agendadas otras citas y reuniones que tendrían lugar algunas semanas después. Ya no se sentía exhausto de la misma manera como lo había estado antes de su viaje, pero lo que sentía en ese momento era quizá peor. Era como si le hubieran quitado algo importante, como si su cuerpo se hubiera quedado vacío de pronto.

Y nadie podía culparlo. Esos cuatro meses habían sido como un sueño y ahora que estaba de regreso, era su vida la que se sentía como una pesadilla. Y sí, seguramente estaba exagerando y todo lo pensaba en hipérboles, pero no podía evitar sentirse como lo hacía. La realidad era amarga, y quizá lo peor de todo era que no podía escapar de ella; ya lo había hecho una vez, en búsqueda de tranquilidad, y ahora se encontraba en una situación mucho peor. Sabía que se estaba comportando como el adolescente que sufre por la ruptura con su primer amor. Sabía que había mil cosas de las cuales preocuparse, cosas que el resto del mundo consideraba más importantes que sus sentimientos. Lo sabía y lo entendía de una manera racional.

Pero nadie ha dicho que las cosas del amor se entiendan con la razón.

Francis suspiró y cubrió su rostro con ambas manos, apoyando los codos en el escritorio. Debía dejar de comportarse de aquella manera. Era patético sentirse mal por no tener la vida que desearía tener en ese momento; además, debía concentrarse en seguir con sus actividades. En ese mundo no era sólo Francis Bonnefoy, era Francia, era una nación, y miles de personas dependían de él así como él dependía de ellas. En aquel momento no era lo que quería escuchar, ni siquiera en sus pensamientos, pero las cosas eran así y no podía hacer nada para cambiarlas.

Se irguió en el asiento y tomó el iPad para revisar los últimos correos electrónicos recibidos. Todas eran cuestiones oficiales que sólo requerirían una firma o dos, y afortunadamente no tenía ninguna cita importante fuera de su tierra. Si no se sentía con ánimos de ir a la oficina, mucho menos se sentía con ganas de ir más allá de sus fronteras.

Un llamado a su puerta lo trajo de regreso a la realidad. Francis se irguió en el asiento.

—Adelante —dijo con voz clara.

Monique abrió la puerta con cuidado y entró en el despacho, cerrando detrás de sí. Sus pasos resonaron en el silencio que había dentro. La chica le entregó unos sobres y Francia los tomó, dejándolos sobre la mesa sin prestarles demasiada atención.

—Gracias, cherie —respondió y le guiñó un ojo. Monique no se inmutó, acostumbrada a su actitud.

—¿Desea que le traiga algo de comer? —preguntó ella.

Francis movió la cabeza negativamente.

—No, gracias. No tengo hambre.

—Sólo tomó un café en la mañana y ya son casi las seis de la tarde —agregó ella con el ceño fruncido.

Francis sonrió conmovido por la preocupación de la chica y tomó su mano, sujetándola con delicadeza entre las suyas antes de darle un beso. Monique esbozó una pequeña sonrisa.

—No moriré por no comer un día —le dijo él con voz suave. Sintió que ella se tensaba y volvió a besar su mano.

—Aun así —insistió la chica—, necesita comer.

Francia asintió.

—Comeré en casa. —Monique comenzó a replicar—. Por hoy puedes irte. Y no te preocupes por este viejo, te prometo que comeré algo.

La asistente no lucía convencida; no obstante, movió su cabeza afirmativamente y tras despedirse de Francis, salió de la oficina. Cuando volvió a quedarse solo, Francia se recargó en el respaldo del sofá. No se sentía con ánimos para comer. Estaba cansado porque en los pasados días no había dormido adecuadamente, y aunque le había dicho a Monique que no moriría de inanición, y mucho menos de cansancio, sabía que sólo se hacía más daño al no prestar atención a las necesidades de su cuerpo.

Se enderezó en el asiento. Comería algo en casa y después tomaría un baño de burbujas, porque hacía mucho tiempo que no tomaba uno y porque necesitaba relajarse con urgencia.

Iba a ponerse de pie cuando su teléfono emitió el conocido pitido que indicaba un nuevo correo electrónico. Lo tomó y entró a la aplicación del e-mail. El destinatario era Alemania, que como siempre le escribía con muchísima formalidad. Sin mucho interés, comenzó a leer el contenido del mensaje. Se quedó en blanco sin terminar de leer. Su presencia era necesaria en una reunión que se llevaría a cabo en un par de días en casa de Alemania; era importante que se presentara a la hora estipulada en el e-mail (9:30 a. m.) y que llevara los documentos sobre… algo. Francia no prestó mucha atención (ya lo haría después). Su mirada se quedó estática ahí en donde estaba la lista de asistentes. Entre ellos, estaba Inglaterra.

Tardó unos segundos en reaccionar y cuando lo hizo, se apresuró a responder a Alemania confirmando su presencia. Después de eso se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón. ¿Cómo se suponía que dejaría de pensar en esa vida que añoraba si aún debía ver a Inglaterra? ¿Cómo olvidaría que en algún otro mundo se habían entregado mutuamente y habían sido felices? Trabajo era trabajo, y él era lo suficientemente maduro para poder separar los asuntos personales de los oficiales, pero eso nos significaba que fuera a ser sencillo encontrarse con él una vez más.

Masajeó sus sienes con las yemas de los dedos y al cabo de unos minutos, se puso de pie y salió de la oficina.


El reloj marcó las 11:48 a.m. Alemania se puso de pie para exponer su punto de vista respecto a al tema a tratar en la reunión y alrededor de la mesa de juntas, más de uno ocultó un bostezo cubriéndose la boca con una mano o inclinando ligeramente el rostro. Hacía rato que Italia roncaba junto a Romano, quien parecía estar haciendo un esfuerzo monumental por no imitar a su hermano; Estados Unidos jugaba algún videojuego por debajo de la mesa, Portugal y España compartían notas sin que "nadie" se diera cuenta, Rusia sonreía aparentemente atento, e incluso Japón, tan serio y formal todo el tiempo, garabateaba algo en sus papeles.

Francis ocultó su bostezo fingiendo que se rascaba la nariz y por un momento, al girar la cabeza a su izquierda, vio a Inglaterra, que se encontraba sentado caso al otro lado de la habitación, junto a Austria. Se le veía atento, pero por alguna razón, Francia supo que tenía la mente en otro lado. Quizá era porque su mirada no estaba posada en el orador del momento (aún Alemania), o porque sus cejas estaban juntas, no en un gesto de concentración por lo que escuchaba, sino por algún pensamiento que rondaba en su mente. Francis bajó su mirada a la mesa, leyendo con desgano y por tercera ocasión, el primer párrafo de lo que Alemania les entregara a todos apenas al entrar por la puerta.

Era extraño no sentarse junto a Inglaterra en aquella reunión, porque de alguna manera siempre terminaban uno junto al otro. No obstante, aquella ocasión se sentía aliviado por no estar a su lado. Aún recordaba el escalofrío que sintió cuando la puerta del salón de juntas se abrió y por ella entró Inglaterra, diez minutos antes de que comenzara la junta. No lo había visto desde aquella ocasión en su casa, cuando tomó el libro de Arthur y se lo llevó, así que sintió que su respiración se cortaba de pronto al verlo tomar asiento. Había cancelado dos citas que tenían para hablar de algo y el mismo Inglaterra no había insistido en que tenían que verse, como lo hacía cuando había algo que aclarar.

Francia tragó en seco, recordando a Arthur otra vez. Apretó los puños con fuerza por debajo de la mesa, pensando en que no importaba lo mucho que se parecieran, Inglaterra no era el Arthur con el que iba al teatro y que tenía una librería en una pequeña ciudad de Francia. Era doloroso ver su rostro y saber que no se trataba del hombre del cual se había enamorado.

Intentó retomar el hilo de lo dicho por Ludwig, pero sólo escuchó algo sobre la economía y sobre crisis, y decidió no prestar atención. Miró a su izquierda una vez más y se percató de que Inglaterra había cambiado su posición y que ahora mordía las uñas de su mano derecha. Arthur levantó la vista y Francis miró a otro lado antes de que Inglaterra se percatara de que le había estado observando. Echó un vistazo por el rabillo del ojo para saber si el otro también miraba en su dirección. Inglaterra había tomado su bolígrafo y escribía rápidamente en las hojas de papel que le habían entregado a él también al inicio de la reunión.

Un carraspeo los hizo saltar en sus asientos.

—Propongo un receso de veinte minutos —dijo Alemania con voz cansada, seguramente harto de ser ignorado pero resignado como quien sabe que no importa cuánto insista o grite, no logrará captar la atención.

Se escuchó cómo se arrastraban las sillas y poco a poco todos comenzaron a salir de la sala. Francia alcanzó a ver que Alemania se acercaba a Italia y lo despertaba sacudiéndolo por los hombros con tanta delicadeza como era capaz. En el vestíbulo, la mesa de bocadillos fue atacada rápidamente. Francis se sirvió una taza de café que había en uno de los cuatro contenedores y se alejó de la multitud. Buscó a España con la mirada, pero decidió que era mejor no molestarlo cuando lo vio charlando con Romano. Miró a su alrededor y caminó hasta una de las ventanas, asomándose por ella. Afuera el sol brillaba, invitando a todos a estar en cualquier lugar menos ahí.

—Dan ganas de estar allá afuera, ¿verdad?

Francia miró por encima de su hombro y asintió al comentario hecho por Austria.

—No sé si Alemania está siendo particularmente aburrido el día de hoy —comentó Francis—, o si es sólo un sentimiento de apatía generalizado.

—Creo que es lo segundo.

Francis asintió distraídamente mientras Austria hablaba de algo relacionado con la reunión. En las últimas dos semanas había tenido problemas para dormir como era debido y su mente estaba en otro lugar en ese momento; además, pasar más de dos horas sentado en aquella sala de juntas le había dejado adormecido.

Aunque intentó no hacerlo, al final terminó observando con discreción a Inglaterra. Vestía un traje marrón y una camisa azul, con una corbata de un tono apenas más claro que el del traje; se le notaba un poco pálido. En ese momento charlaba en voz baja con Japón, a quien le sonreía cortésmente. Francis se quedó un buen rato mirándole sonreír de aquella manera y pensó que su rostro lucía mucho mejor cuando las sonrisas eran abiertas y cuando estaban acompañadas por aquel brillo especial en su mirada. Japón dijo algo que le hizo fruncir el ceño antes de negar con la cabeza, ahora sonriendo de lado. Kiku parecía apenado por algo y Arthur puso una mano en su hombro, moviendo la cabeza de un lado al otro con más énfasis, quizá queriendo convencer a Japón de que su comentario no era tonto o grosero o que no estaba fuera de lugar.

Cuando Inglaterra volteó hacia donde él estaba y sus miradas se encontraron por primera vez aquel día, Francia se apresuró a darle la espalda y regresó su atención a Austria, oyendo a medias lo que tenía que decir. Se limitó a responder con monosílabos y a asentir cuando Austria asentía o pedía una confirmación.

Era chocante descubrir que conocía muchos de los gestos de Inglaterra, aunque era aún más chocante saber que no todos ellos los conocía por los cuatro meses que pasó en el otro mundo, sino por los siglos de convivencia a veces forzada con Inglaterra. Sabía que tenía una sonrisa bien ensayada para apariciones públicas y que la verdadera forma de conocer su estado de ánimo era por su manera de fruncir el ceño o desviar la mirada. Sabía que cuando su rostro se tornaba serio y apretaba ligeramente los labios era porque estaba callando algo, por cortesía o porque consideraba que no era propio de un caballero responder a gritos. Y cuando su expresión era relajada en los momentos de tensión, era porque pronto desataría una tormenta.

Austria se excusó y lo dejó sólo una vez más, quizá porque se percató de la falta de atención por parte de Francia. Éste volvió a dirigir la mirada al exterior, viendo autos y personas pasar a lo lejos desde aquel tercer piso.

Sin dejar de mirar hacia afuera, llevó la taza a sus labios, deteniéndose al descubrir que en algún momento había bebido todo su contenido. Dio media vuelta y caminó hasta donde se encontraba el café para servirle otra taza. Estaba en eso cuando alguien se acercó también. Sin levantar el rostro, cuidando que la taza no se llenara de más, Francis vio que la persona a su lado se servía de otro contenedor. El líquido que salió de él era mucho más claro que el café y casi de inmediato el aroma del té llegó a la nariz de Francia. Alemania siempre era considerado en esa clase de situaciones, y además de café, siempre ofrecía al menos dos variedades distintas de té (porque siempre asistía más de un adicto al té).

Francis pensó en que era muy temprano para tomar té (y ese pensamiento lo remitió a otro momento en otro universo, con otra persona; tuvo que cerrar los ojos y respirar profundamente). Estuvo a punto de hacer un comentario al respecto, buscado aligerar un poco la tensión que sentía, cuando la voz de Estados Unidos le hizo dar un respingo.

—Aún no es la hora del té.

—Para mí cualquier momento es la hora del té.

Francis levantó la cabeza bruscamente al escuchar aquella voz. ¿De verdad estaba tan distraído que no había notado que la persona a su lado era Inglaterra? (¿Pero quién más sino él tomaría té? Japón y China estaban al otro lado de la habitación).

—Tú y tu necesidad casi patológica de beber té todo el tiempo. —Y Estados Unidos soltó una risotada.

Francia sintió la mirada de Estados Unidos sobre él, quizá esperando que hiciera algún comentario, pero antes de que éste pudiera decir algo para introducirlo en la conversación, Francis tomó su taza de café y se alejó de ellos, completamente indiferente. Alfred no dijo nada y pronto se alejó con Arthur. Inglaterra entornó la mirada después de que Estados Unidos hiciera algún comentario y la risa de este último se escuchó por encima de las conversaciones que se desarrollaban alrededor; todos estaban tan acostumbrados a escuchar las carcajadas de Estados Unidos, que nadie les prestó verdadera atención.

Cuando terminaron los veinte minutos de receso y Alemania indicó que debían regresar a la sala de juntas, Francia fue el último en entrar.

Horas después, cuando la junta terminó por fin, se puso de pie a toda prisa y fue de los primeros en salir. Para nadie fue sorpresa: todos tenían sus agendas llenas y la mayoría había estado esperando el final de la junta para salir disparado a su siguiente cita (o simplemente para huir lo antes posible de semejante aburrimiento). Antes de abandonar el salón volteó el rostro y vio a Inglaterra enfrascado en una conversación con Portugal. En ningún momento volteó a verle y aunque Francia no quiso admitirlo, sintió un pinchazo de decepción.


—Te ves como la mierda.

Francia no levantó el rostro ni miró a Prusia antes de responder. Se envolvió más en sus cobijas, dándole la espalda al albino.

—Me siento como la mierda.

Prusia soltó una risotada y se dejó caer a su lado en la cama, rebotando en ella para disgusto de Francia, quien en ese momento no quería tener nada que ver con nada ni nadie más allá de su cama, sus almohadas y sus cobijas. Ya había avisado que no se presentaría a trabajar por unos días y suponía que su aspecto había sido razón suficiente para que su jefe decidiera aceptar aquello. Se había visto al espejo en un par de ocasiones, y ni en sus peores días después de una juerga se había visto así. Al ver su reflejo casi había recordado los momentos en los que el cansancio físico y emocional casi terminaron con él en más de una guerra.

Y era tonto. Comparar su sufrimiento actual con lo ocurrido en cualquiera de los enfrentamientos bélicos que había vivido. Era tonto porque lo único que tenía ahora era un corazón roto y era hasta irrespetuoso comparar lo que sentía a lo sentido cuando miles de vidas se perdieron. Era tonto y exagerado, pero no podía evitar hacer la comparación.

—¿Qué pasó? —preguntó Prusia después de un rato de silencio. Francis dio un respingo; se había olvidado de la presencia de su amigo.

—No quiero hablar de eso —respondió hundiéndose otra vez en la cama.

—Supuse que dirías algo así —agregó el albino—. Pero si por algo se me conoce en el mundo es por mi habilidad para ser demasiado insistente. Ya sabes, todo lo que ha pasado y sigo en este mundo —y rió animadamente.

Francis miró a su amigo. A veces no entendía cómo es que después de haber desaparecido como una nación, era capaz de reír y bromear de aquella manera. Gilbert era un ser presente, un verdadero misterio incluso entre los que eran como ellos. No se sabía de otro caso similar. Francia sonrió un poco y tuvo que admitir que si había alguien en el mundo que entendiera de situaciones terribles, era él. Pero de todas maneras, no podía decirle lo que ocurría. No podía confesar que por un hechizo de Inglaterra había ido a parar a un mundo en el que él era humano, y que en ese mundo se había enamorado de otro Arthur Kirkland.

Incluso si pudiera hablar de ello, Gilbert no le creería.

—No me he sentido bien últimamente —dijo. Eso era verdad. Prusia lo miró de reojo.

—¿En qué sentido? No estás resfriado.

—No.

—No es resaca —agregó. No era una pregunta.

—No.

—¿Es algo más?

Francis gruñó, fastidiado. ¡Claro que era algo más! Gilbert dejó que pasara un rato en silencio y en su rostro apareció una sonrisa lobuna. Se acercó un poco más a su amigo y murmuró:

—¿No estarás desapareciendo?

Francia puso los ojos en blanco.

—No sé, tal vez eso podrías decírmelo tú —espetó Francis y Prusia rió con más fuerza. Después de un rato, Francis también sonrió.

Hubo un momento de silencio. Gilbert le dio un empujón a Francis para que le hiciera más espacio en la cama y éste así lo hizo, fingiendo que le molestaba y gruñendo algo ininteligible. Una vez que los dos estuvieron acomodados uno junto al otro, Prusia sobre las cobijas y Francia todavía cubriéndose con ellas hasta los hombros, Francis suspiró.

—Conocí a alguien —dijo al fin.

—¿Oh?

—Y me enamoré —agregó. La habitación se quedó en silencio.

—¿De un humano? —preguntó Prusia en voz baja y Francis asintió. Podía sentir la penetrante mirada de su amigo fija en él y adivinaba su ceño ligeramente fruncido. Gilbert chasqueó la lengua—. Tú no aprendes, ¿verdad?

Francia esbozó una sonrisa melancólica. No, él no aprendía jamás. Quizá esa era su maldición: enamorarse (pero enamorarse en serio) de la persona equivocada.

—Así que por eso estás como estás —agregó Prusia. Francis asintió, pues aquello no era mentira.

Ambos se quedaron en silencio por un rato. Francia mantuvo su mirada fija en la pared del frente y Prusia… Prusia tenía los ojos cerrados y daba la impresión de que se había quedado dormido. Francia levantó la mirada después de unos minutos y descubrió que Prusia le miraba. Permanecieron así, mirándose fijamente, hasta que Prusia volvió a romper el silencio.

—Todo esto por un mal de amores.

Francis gruñó.

—Espero que se te pase pronto, porque tienes mucho trabajo que hacer. Puedo verlo con mi hermano y aunque él es un adicto al trabajo y siempre hace más de lo que debería, quiero pensar que tú también tienes mucho que hacer. Oh, las desventajas de tener trabajo fijo.

—Gilbert, mejor cállate.

—Nah, me gusta el sonido de mi voz.

Francia le dio una patada. Prusia soltó una maldición en alemán y se la regresó, aunque con menos fuerza. Volvieron a quedarse en silencio hasta que Prusia suspiró.

—Hay cosas peores, ¿sabes?

Francia rió amargamente.

—¿Como qué?

—No tener una razón para existir.

Francis no pudo responder. Cuando giró sobre sí mismo y levantó el rostro para ver a su amigo, lo vio perdido en sus propios pensamientos. La presencia de Prusia era tan constante aún que a veces se olvidaba que él realmente no tenía una razón para seguir existiendo; y si la tenía, después de tantos años aún no la encontraba. Sin embargo, ahí seguía. De pronto, Francis se sintió estúpido, tan estúpido que comenzó a reír de sí mismo. Gilbert le miró con sorpresa pero al cabo de unos segundos, él también se rió.

—Dios, qué idiota he sido —dijo Francis levantándose de la cama al fin, estirándose y gimiendo cuando sus vértebras crujieron.

—Definitivamente —coincidió Gilbert.

Francia miró a su amigo y le sonrió.

Aún sentía ese dolor profundo en el pecho y sabía que el recuerdo de lo vivido con Arthur en el otro mundo lo seguiría por siempre. Aquellos meses habían sido de los más felices en su vida y no iba a olvidarlos; sería imposible. Pero tenía más cosas de las cuales preocuparse. Su gente era lo más importante: su razón para existir. Prusia se acercó a él y le dio unas palmadas en la espalda, con más fuerza de la que Francia consideraba necesaria, pero no se quejó.

—¿Qué dices de ir a visitar a España?

Francis negó con la cabeza.

—Quizá en otra ocasión —respondió—. Tengo algunos pendientes y los conozco. Sé cómo terminaremos si es que nos vemos; necesito planearlo con tiempo porque desaparecer con ustedes significa perder al menos media semana. —Gilbert sonrió de oreja a oreja—. Pero pronto.

—Está bien.

Francia asintió y se puso de pie, estirándose cual largo era, sintiéndose no del todo bien, pero sí un poco más ligero que antes. Le sonrió a Gilbert cuando vio que éste le observaba.

—¿Qué dices? ¿Te preparo el almuerzo?

Prusia se levantó de un salto.

—Pensé que jamás lo preguntarías.


Según el calendario en su móvil, ya era un nuevo día, y eso significaba que finalmente se habían cumplido cuatro meses desde su regreso. Dejó el aparato sobre la mesa de noche y comenzó a quitarse la ropa, quedando sólo en ropa interior. El otoño estaba cerca y se sentía tan extraño volver a pasar por la transición de verano a otoño por segunda ocasión durante el mismo año. Caminó hasta el armario y tomó la parte baja de un pijama antes de dar media vuelta y regresar a la cama.

Se sentía mejor. Aún no era el mismo Francis de antes de su viaje y quizá jamás volvería a serlo, pero después de cuatro meses ya no sentía la necesidad de hundirse en su cama y dejar que la miseria lo consumiera. Dormía un poco mejor, no tanto como le habría gustado, pero era mejor que nada. Aún le pesaba la ausencia de Arthur en su vida, pero estaba aprendiendo a vivir con aquel sentimiento. En cuanto a Inglaterra, no se habían vuelto a ver y cualquier asunto oficial que debían tratar lo hacían por correo electrónico, así que no estaba seguro de cómo reaccionaría cuando llegar el momento de estar frente a frente. Su consuelo era que podía estar aún peor.

Francis estaba resignado a que aquella experiencia en un mundo donde había encontrado la felicidad junto a la persona menos esperada sólo había sido un episodio en su vida y no la historia completa. Estaba resignado a no tener el final de cuento de hadas porque, siendo sincero, ¿qué cosas en la vida tienen terminan de esa manera?

Se puso el pijama y abrió el cajón de su mesa de noche para sacar sus cigarrillos, sin encontrarlos. Chasqueó la lengua al pensar que tendría que esperar hasta el día siguiente para fumar un cigarrillo, porque no iba a salir de casa. Antes de cerrar el cajón se percató del libro que había guardado ahí. Dudó un momento antes de tomarlo. Cerró el cajón con cuidado y colocó el libro en su regazo, mirándolo con añoranza. Desde aquella ocasión en casa de Inglaterra no había vuelto a abrirlo. Ese libro le recordaba demasiado a Arthur, que sabía algunas partes de memoria. Acarició la portada y lo abrió en una página al azar.

Sus ojos pasearon por las letras y las páginas, buscando aquellas anotaciones en los márgenes, hechas por Arthur. Se preguntó cómo es que Inglaterra se hizo con aquel libro y si al sacarlo de su propio universo no había alterado algo, porque eso es lo que ocurría en las historias de ciencia ficción, ¿no? Si se trataba de viajes al pasado, no podías alterar nada porque el mínimo cambio podía ocasionar grandes problemas en el futuro. Así debía ocurrir con el cambio de dimensiones, no podía ser de otra manera.

Descubrió notas que no recordaba haber leído, aunque lo había hecho unas tres o cuatro veces en el tiempo que estuvo en el otro mundo. Reconoció la cita que hablaba sobre el tiempo y la respectiva nota. Soltó un sonoro suspiro y cerró el libro, pasando las páginas rápidamente. Algo en su primera página le llamó la atención. Se había visto como una mancha de tinta y parecía ser algo escrito, pero él no recordaba que el libro de Arthur tuviera algo escrito en su primera página. ¿Acaso Inglaterra había escrito en él? Buscó la página exacta en la que creyó ver algo y abrió el libro ahí.

Para Arthur.

Mi abuelo habría querido que tuvieras una copia, estoy seguro de ello.

Sinceramente, Merlin Holland.

Francis frunció el ceño. El nombre le sonaba de algún lugar, pero no estaba seguro de dónde lo había escuchado. Al cabo de un rato, lo recordó: Merlin Holland era el único nieto de Oscar Wilde. El hombre se dedicaba a estudiar la vida de su abuelo y editar su obra. Esa nota definitivamente no estaba en el libro de Arthur, y dudaba que él conociera a Holland o que estuviera relacionado con Oscar Wilde más allá de sus textos.

Cerró el libro y se quedó quieto un buen rato.

¿Qué había dicho Inglaterra en esa ocasión? Que el libro era suyo. La mirada de Francis se posó en el libro otra vez. ¿Y si era verdad? ¿Y si el libro realmente era de Inglaterra y no de Arthur? Pero si era así, ¿por qué tenían algunas cosas en común? Se puso de pie y caminó de un lado al otro por la habitación. Si no se trataba del mismo libro, ¿significaba eso que había una conexión entre Inglaterra y el otro Arthur?


Arthur se recargó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y miró a Francis fijamente. Ninguno de los dos dijo nada por un buen rato. Francia sentía la boca seca y aunque quiso hablar en más de una ocasión, al final optaba por mantener la boca cerrada y sólo mirar a Arthur. Tener la voluntad para verle de frente después de todo ese tiempo, no significaba que al estar ahí no sintiera una opresión en el pecho.

Era domingo, y la ropa de Inglaterra era casual, y le recordaba tanto al otro Arthur. Francia sabía que debería dejar de sentir algo por él, porque el hombre que le miraba con seriedad no era el mismo que le había invitado a tomar una taza de té la noche que se presentó de la nada a su hogar. No eran el mismo y una parte suya sentía deseos de ignorar ese detalle, dar un paso al frente, y besarlo como si fuera lo último que haría en la vida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Inglaterra.

El tono brusco que empleó sirvió para que Francia espabilara un poco.

—Necesito hablar contigo —respondió.

—Habla —espetó el otro. Francis frunció el ceño.

—Es algo que tomará tiempo, y preferiría no hablarlo en tu puerta.

Inglaterra lo miró de arriba abajo, seguramente pensando si debía dejarlo entrar o no. Su mirada se detuvo en la mano izquierda de Francia, en la que sostenía un libro y sus cejas se unieron en una sola. Al cabo de lo que se sintió como una hora, Arthur se hizo a un lado y sujetó la puerta para que Francis entrara en su casa. La tensión entre ambos era evidente. Arthur cerró la puerta con cuidado y guió el camino a la conocida sala. Con un movimiento de su mano, Inglaterra le indicó que tomara asiento y Francia así lo hizo.

—¿Y bien? —preguntó Arthur. Permanecía de pie, recargado en uno de los muebles, y había cruzado los brazos una vez más, casi como protegiéndose.

Francis abrió la boca para responder pero volvió a cerrarla de inmediato. No tenía muy claro qué era lo que iba a decir. Había partido muy temprano por la mañana para hacer esa visita y había pensado un poco en lo que diría, pero en ese momento era como si todo desapareciera de su mente. Frustrado, apretó los puños. Sintió el tacto del libro sobre su regazo y levantó la mirada para ver a Inglaterra.

—En el otro mundo compré este libro —explicó Francis sin separar la mirada del ejemplar de De profundis—. Arthur lo estaba leyendo el día que nos conocimos y después lo compré. Las anotaciones en los márgenes estaban hechas con su letra. Él memorizó algunos fragmentos, ¿sabes? Llegó a decírmelos en más de una ocasión.

—¿Por qué hablas de él como si fuera otra persona? —preguntó Inglaterra. Francia levantó la mirada.

—Porque él es otra persona —respondió.

Arthur descruzó los brazos, que colgaron a ambos lados de su cuerpo, y se acercó a Francis. Con delicadeza, tomó el libro que aún se encontraba en el regazo del otro y comenzó a hojearlo. Bonnefoy no dijo nada, se limitó a observarlo, esperando a que Kirkland retomara la conversación.

—¿Lo amas? —quiso saber Arthur. Francis bajó la mirada, posándola en sus manos entrelazadas.

—Sí.

Hubo un largo silencio que ninguno de los dos se atrevió a romper por un rato. Arthur dejó el libro en la mesita que había junto al sofá en el que Francia tomó asiento, y suspiró.

—No somos tan diferentes como crees.

Francis levantó el rostro.

—¿Qué?

Arthur desvió la mirada y caminó hasta su librero, paseando los dedos por los lomos de los libros, como haciendo tiempo o evadiendo la pregunta. Francis se puso de pie también y lo siguió.

—¿Qué quieres decir con que no son tan diferentes? —preguntó. Arthur frunció el ceño pero casi de inmediato, suspiró una vez más.

—Ahora sabes que nuestro mundo no es el único que existe, sino que hay una serie de mundos paralelos.

—Sí.

—En ellos existimos todos, pero no somos entidades realmente distintas, sino que compartimos algunos rasgos —explicó Kirkland sin mirarle aún—. El físico, por ejemplo, y el tono de voz. Pero también compartimos algunas características menores, como el gusto por algún tipo de té o los pensamientos respecto a ciertas cuestiones. —Francis sintió que su cuerpo se tensaba—. Compartimos esas características porque somos la misma esencia.

—¿A qué te refieres?

Inglaterra gruñó y entornó la mirada.

—Lo que quiero decir es que somos la misma persona, ¿de acuerdo? No con los mismos recuerdos ni con las mismas experiencias, pero sí con la misma alma. Y hay cosas que el alma no cambia y no olvida, sin importar el mundo en el que esté ni el tiempo en el que ocurra todo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Francis.

Inglaterra levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Francis se estremeció. Había algo en su mirada, algo que era distinto a todo lo que Francia estaba acostumbrado cuando se trataba de Inglaterra. No había fastidio ni enfado, no había en ella ni siquiera un poco de ironía. Era una mirada clara, límpida; era casi como si a través del verde de sus ojos pudiera ver su alma. Era una mirada sincera y anhelante. Francis tragó en seco.

—Hay circunstancias que se repiten porque trascienden al tiempo y al espacio —dijo Arthur con voz grave.

Instintivamente, Francis dio un paso hacia atrás. Arthur se encogió de hombros.

—Estás en tu derecho de no creerme —dijo—. Yo sólo te digo las cosas como son.

—¿Por qué me enviaste a ese otro mundo? —preguntó Francis. Arthur parpadeó, perplejo por la pregunta.

—¿Por qué quieres saber?

—Porque quiero entender cómo es que llegué a esta situación. ¿Por qué preguntaste aquella ocasión cuál era mi deseo?

Arthur apoyó la espalda en el librero.

—Aquel día cuando tocaste a mi puerta —dijo— vi algo en tu mirada. Algo que ya había visto en otra ocasión.

—¿Cuándo?

—No cuándo —intervino Kirkland—, sino en quién.

Francis frunció el ceño.

—¿En quién? —preguntó. Inglaterra respiró profundamente.

—En mí.

—¿Qué…? —Francis tosió—. ¿Qué quieres decir?

Una sonrisa irónica apareció en el rostro de Inglaterra.

—Supongo que no tiene importancia si te hablo de ello —murmuró—. Hace algunos años me pregunté por qué había nacido como lo que soy y no como un humano común y corriente. Quise saber cómo sería mi vida si hubiera nacido humano y no nación, así que busqué en… —Hizo una pausa—. Realmente no importa cómo fue que encontré el conjuro que me permitiría viajar entre dimensiones y vivir, por un tiempo, una vida distinta. Después de preparar todo lo necesario y tomar precauciones para lo que ocurriera en mi ausencia (dejé dicho que haría un viaje personal y que sólo debían buscarme en caso de que hubiera una verdadera emergencia), me fui.

—¿Y qué pasó?

La expresión de Arthur se relajó.

—Llegué a un mundo en el que vivía en Surrey —relató, y su mirada se perdió en la distancia, recordando—. Era el segundo hijo de una familia de clase media. Vivíamos en una casa rodeada por campo, por estar a las afueras de la ciudad. El ático estaba lleno de libros viejos que habían pertenecido a…

—… tu abuelo —musitó Francis. Arthur lo miró como si recién recordara su presencia y asintió.

—Sí. Eran de mi abuelo. ¿Cómo lo sabes?

—Llegaste a la vida del Arthur que después iría a Francia.

Si aquello sorprendió a Inglaterra, no lo demostró. Simplemente asintió en silencio, sin dejar de mirar a Francis.

—No pensé que te encontrarías conmigo —añadió Inglaterra.

—Si hubieras sabido que eso ocurriría, ¿me habrías enviado?

—No.

—¿Por qué?

—Hay demasiada mierda entre nosotros, Francis.

Francia aguantó la respiración al escucharle decir su nombre humano. Nunca se llamaban por los nombres de pila, era como un acuerdo tácito llamarse por su nombre oficial o, en todo caso, usar el apellido. Era más impersonal.

—Yo. —Francis tragó en seco y palpó su bolsillo, buscando los cigarrillos. Recordó que ese día no los llevaba consigo. Hizo una pausa—. Creo que fue bueno que me enviaras.

—¿Aunque haya arruinado tu vida?

La tensión se volvió evidente. Al cabo de unos segundos, Francia suspiró.

—No la arruinaste —masculló—. Creo que exageré un poco esa ocasión. —Inglaterra bufó—. En mi defensa, diré que tenía razones suficientes. Me dejaste vivir una felicidad que hacía mucho tiempo no experimentaba, y me la quitaste cuando estaba más entregado a ella. ¿Por qué me dejaste más tiempo? —preguntó al fin. Kirkland no respondió—. ¿Arthur?

Fue el turno de Inglaterra para aguantar la respiración. Cerró los ojos, como si la simple idea de responder a esa pregunta le provocara malestar. Al abrir los ojos, miró a Francia con resignación.

—Porque quería seguir viendo esa felicidad en mi rostro.

Francia dio un paso al frente, acortando una vez más la distancia entre ambos, casi acorralando a Inglaterra contra el librero. Quedaron frente a frente, los dos en silencio. Francis levantó la mano derecha y la acercó al rostro de Arthur, deteniéndola a medio camino al percatarse de lo que hacía. Cambió el curso que llevaba y la colocó en el hombro de Inglaterra.

—Sabes que no te odio, ¿cierto?

Vio el movimiento de la nuez de Adán de Arthur cuando éste tragó en seco.

—Lo sé —murmuró al cabo de unos segundos. Tomó aire antes de agregar—: Yo tampoco te odio.

—Lo sé —dijo Francis y el inicio de una sonrisa apareció en su rostro. Arthur no frunció el ceño ni entornó la mirada y, si alguien se lo preguntaba, eso contaba como una victoria—. ¿Y qué fue lo que te hizo decidir que había llegado el momento de traerme de regreso?

—No podías quedarte allá más tiempo.

Francis levantó una ceja y le miró esperando a que ampliara más su explicación.

—Fue peligroso que te dejara allá más de tres meses. Lo viviste: empezaste a olvidar quién eras realmente.

—¿Cómo lo sabes?

Arthur hizo una pausa y Francis bajó la mano que hasta ese momento había permanecido en el hombro del otro; sin embargo, no se alejó de él.

—Fue evidente cuando comenzaste a hacer cosas que sólo habrías hecho si tuvieras la certeza de que te quedarías en ese mundo —explicó Kirkland—. Comenzó cuando te deshiciste del calendario y continuó cuando contrataste a alguien para que trabajara en el restaurante. Fue aún más evidente cuando la rela…

Inglaterra se sonrojó.

—¿Cuándo? —preguntó Bonnefoy con genuina curiosidad.

—No importa —dijo Arthur, aclarándose la garganta con un carraspeo. Francis frunció el ceño y estuvo a punto de reclamar, pero Arthur siguió hablando antes de darle oportunidad para interrumpir—. El asunto es que comenzaste a olvidar tu vida real. El otro Francis tampoco podía quedarse aquí por más tiempo, no habría sido sano para él, que sí envejece. Además, tu ausencia en este mundo habría sido perjudicial. Habría desaparecido Francia como país, porque no moriste, sólo desapareciste sin dejar rastro. El territorio se habría dividido entre tus vecinos más cercanos, creando nuevos límites geográficos, y eventualmente la identidad francesa habría desaparecido por completo.

Francia se estremeció sólo con pensarlo.

—¿Tú te habrías quedado con una parte? —preguntó en voz baja. Inglaterra movió la cabeza negativamente.

—No —dijo—. Sabía que al regresarte a tu propio mundo no habría necesidad de dividir absolutamente nada.

—¿Y si jamás hubiera regresado?

Arthur lo miró a los ojos.

—Aun así no lo habría hecho.

—¿Por qué?

—Habría sido demasiado.

Francis no insistió a pesar de que otras preguntas le llegaron a la mente. ¿Habría sido demasiado territorio? ¿Habría sido demasiado deber? ¿Habría sido demasiado saber que tenía una parte de Francia cuando éste, como individuo, ya no existía? Asintió una vez más, respetando el silencio, ahora nada incómodo, que se hizo en la habitación y sin dejar de mirar al otro a los ojos. Abrió la boca para decir algo más, pero la cerró antes de que la primera sílaba saliera de sus labios.

Francis volvió a alejarse de Arthur, dándole su espacio otra vez. Volteó hacia el sillón que había ocupado minutos antes y miró el libro que aún estaba sobre la mesita; se acercó para tomarlo y lo observó largamente. Aquel libro era algo que unía este mundo con el otro y era una prueba de que Arthur Kirkland era Arthur Kirland en cualquier lugar, sin importar si era sólo Arthur, un humano con una librería en una pequeña ciudad de Francia, o Inglaterra, con sus poderes extraños, sus amigos imaginarios y su adicción por el té y los clásicos del rock.

Quizá debía confiar en sus palabras cuando dijo que no eran del todo diferentes, en que hay cosas que el alma no cambia y no olvida. Quizá lo que vivió en esos cuatro meses y medio sólo fue una prueba de que existía una felicidad a la que también podía aspirar en su propia vida. Quizá, entre recuerdos del pasado, entre una existencia llena de rencores, aún podía surgir algo más y valía la pena intentarlo.

Una sonrisa apareció en su rostro.

Caminó hacia donde se encontraba Inglaterra y le entregó el libro. Inglaterra dudó un momento, pero después de tomarlo, con expresión serena, caminó hasta un punto en particular en el librero. Colocó el libro en un hueco que había entre una edición especial de El retrato de Dorian Gray y el primer tomo de Obras completas de Oscar Wilde.

Al girarse otra vez para encarar al otro hombre, preguntó:

—¿Quieres una taza de té? —Y caminó por la habitación para dirigirse a la cocina.

Por toda respuesta, Francia le siguió.


EPÍLOGO

EN OTRO LUGAR

Francis metió las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta mientras miraba a su alrededor. Ni ropa, ni flores, ni chocolates eran lo que buscaba aquella tarde. Siguió por el andador y justo al llegar a una esquina, recordó que había un lugar del cual había escuchado, pero que nunca había visitado. Dobló a su izquierda y siguió por la acera hasta llegar a la siguiente esquina, en donde halló una librería aislada del resto de los locales comerciales. Levantó una ceja cuando leyó el letrero que había sobre la puerta ("Camelot"), pero aun así cruzó la calle. En la ventana-aparador, Francis pudo ver varios libros viejos con títulos en inglés.

Abrió la puerta. Una campanita tintineó y él cerró la puerta con cuidado. El aroma a libro viejo y un poco de polvo le hizo toser un par de veces, e inmediatamente supo que aquel era el lugar que había estado buscando. El aparador estaba vacío pero suponía que pronto aparecería alguien para atenderle. Mientras esperaba, paseó por los libros, sonriendo al ver títulos conocidos como Alicia en el País de las Maravillas, El Señor de los Anillos y las Crónicas de Narnia. Después de revisar detenidamente los títulos y ediciones (sorprendiéndose al encontrarlas todas muy bien cuidadas), tomó tres libros diferentes y regresó al mostrador.

Nadie había aparecido aún.

Al pasear la mirada por el mostrador, vio una vieja caja registradora y algunos separadores en un cesto que decía GRATIS con una bella caligrafía. Tomó uno sin dudar. Descubrió un libro junto a unos papeles y un bolígrafo. Curioso, tomó el ejemplar, leyendo el título. Era De profundis, de Oscar Wilde. Lo había leído de adolescente, después de visitar el cementerio del Père-Lachaise, en París, y descubrir la tumba llena de besos. Lo había leído en una edición que incluía otras cartas escritas durante su tiempo en prisión y también la Balada de la Cárcel de Reading. Las cartas eran de esos textos que le hacían preguntarse si realmente existía alguien capaz de amar de esa manera y sufrir de esa manera.

Viniendo desde la trastienda, apareció un joven. Un joven de su misma estatura, rubio, de ojos verdes y cejas pobladas. Francis lo miró en silencio y seguramente haciendo algún tipo de gesto, pues el joven levantó una de las cejas y lo miró de arriba abajo. Francis tardó unos segundos en reconocerlo, pero al hacerlo, sonrió.

—No sabía que esta era tu librería —dijo.

—¿Nos conocemos? —preguntó el otro con un poco de desconfianza.

—Podría decirse —respondió Francis—. Vas todos los sábados a mi restaurante y siempre pides creme brulée.

El otro joven le miró perplejo por un instante y poco a poco su expresión se relajó.

—Eres el amigo de Lucile —dijo. Francis asintió.

—Estoy aquí por ella, precisamente. — Colocó los tres libros en el mostrador—. Mañana es su cumpleaños —añadió.

El rubio tomó los libros y los examinó detenidamente.

—Un libro de versos, Harper Lee y Kazuo Ishiguro —murmuró sin apartar la mirada de los libros—. Sí, creo que son buenos libros para ella.

Francis le miró con diversión, apoyándose en el mostrador.

—No es como si hubiera preguntado, pero gracias.

El otro joven puso los ojos en blanco. Buscó detrás del mostrador y sacó una bolsa de papel, en la que metió los libros con cuidado. Antes de entregársela a Francis, salió de detrás del mostrador y caminó a uno de los libreros, pasando los dedos por los lomos de los libros hasta encontrar uno, que sacó de su lugar y metió en la bolsa. Francis le miró con curiosidad.

—De parte mía —explicó el rubio al regresar junto a él—. Es una edición de Otelo que estoy seguro aún no tiene. Me llegó desde Gran Bretaña hace un par de días. Esperaba que ella viniera por acá para entregárselo personalmente, pero puedes dárselo de mi parte, como regalo de cumpleaños.

Francis tomó la bolsa de papel y asintió. La dejó sobre el mostrador y se giró hacia el otro, sonriéndole.

—Por cierto —dijo irguiéndose, sin dejar de sonreír, coqueto—. No nos hemos presentado—agregó extendiendo su mano—. Me llamo Francis, mucho gusto.

Un par de ojos verdes le miraron con cautela pero al final, el otro le estrechó la mano.

—Arthur. El gusto es mío.

FIN


Señor Merlin Holland, disculpe por haber usado su nombre y el de su apreciable abuelo en esta historia.

Así es como llegamos al final. Antes de pasar a un mensajito final, quisiera hacer un paréntesis para comentar una situación:

Hace unas semanas, recibí un comentario de parte de una persona que se hizo llamar NewBritishEmpire. Algunas personas muy amablemente me avisaron que se trataba de un troll y que otras autoras de FrUK y algunas otras parejas de Hetalia habían recibido el mismo comentario. Al saber eso, decidí ignorar el mensaje y no mencionarlo porque, vamos, personas así no merecen ser tomadas en cuenta. No obstante, después me enteré gracias a alguien cercano a mí, que la o las personas detrás de ese mensaje son dos personas que se hacen llamar Agua y Aceite, que quizá reconozcan por algunos fics FrUK (y si me leen, por un fic que les escribí el año pasado). Sólo quiero hacer pública mi inconformidad con el mensaje que enviaron, con su negativa a ofrecer una disculpa a quienes lo recibimos y con la actitud que han adoptado a raíz de dicho review troll, victimizándose y desentendiéndose por completo de la situación. Entre si son peras o son manzanas, agradecería si en un futuro me dejaran fuera a mí y a mis historias de sus bromas.

Y ahora sí, regresando al punto que nos atañe: muchas, muchas gracias por leer el fic. A quienes lo leyeron desde el primer capítulo hasta este final, agradezco que me hayan acompañado durante estas semanas. A quienes lo leerán una vez lo vean en la lista de completos, ¡gracias también por tomarse el tiempo de leer esta historia! Ha sido toda una aventura, no sólo por ser mi primer fic largo de este fandom y pareja, sino por todo lo que ocurrió en el camino y que mi querida Luni conoce muy bien.

No sé si este es el final que esperaban y sé que quizá no es el final feliz que pensaron que tendría el fic, pero no podía darles otro final sin que la historia diera un giro que no me convencía del todo. Todos sabemos que, al final, estos dos se aman muy a su manera, y al menos para mí, eso es más que suficiente.

Gracias y nos leemos en el próximo fic (porque sí, quiero escribir más fics de ellos dos).