Quedaba el asunto de Cranston, Rhode Island, una ciudad situada ligeramente más al sur de Boston de lo que Ipswich se encuentra hacia el norte de esta última capital. Después del fracaso de la presentación de Elizabeth a sus potenciales padres políticos ("Supongo que ahora debo llamarles padres impolíticos", sugirió Lizzy) esperaba con la mayor aprensión mi encuentro con su padre. Ahí me tocaría enfrentarme con el famoso síndrome del amor desbordante, complicado por el hecho de que Lizzy era hija única, y por el de no tener madre, lo cual había creado unos lazos excepcionalmente íntimos entre ella y su padre. Chocaría con todas esas fuerzas emocionales que los libros de psicología describen.
Aparte el hecho de que yo estaba sin blanca.
Quiero decir que basta imaginar a un cualquiera, que se presenta ante míster Bennet, maestro pastelero de la ciudad, a sueldo, y le dice: "Me gustaría casarme con Elizabeth, su única hija." ¿Qué sería lo primero que le preguntaría el viejo? No pondría en duda el amor del muchacho puesto que conocer a Lizzy es amar a Lizzy; esta es una verdad universal. No, míster Bennet le diría algo así como: "Joven, ¿cómo piensas mantenerla?"
Imaginemos ahora la reacción del bueno de míster Bennet si el muchacho le comunicara que, por lo menos durante los tres primero años, el caso sería el inverso, es decir, que su hija tendría que mantener a su yerno. ¿No es lo más probable que el bueno de míster Bennet le señalara la puerta y hasta que, si tal joven no tuviera mi corpulencia, lo echara a patadas de su casa?
Pueden ustedes apostar a que así ocurriría.
Acaso estas reflexiones bastan para explicar por qué, aquella tarde de un domingo de mayo, yo obedecía rigurosamente todas las señales de limitación de velocidad mientras corríamos por la carretera 95 en dirección al sur. Lizzy que había acabado por encontrarle gusto a mi manera de conducir, se quejó, en un momento determinado, de que corríamos a sesenta y cinco por una zona donde se podía llegar a los setenta y cinco. Le dije que el motor del coche necesitaba un repaso, pero desde luego, no se lo tragó.

-Vuelve a decírmelo, Liz.

La paciencia no era una de las virtudes de Lizzy, y lógicamente, la muchacha se negaba a robustecer mi confianza repitiéndome por enésima vez las respuestas a casi todas las estúpidas preguntas que le había formulado.

-Una sola vez y basta Lizzy, por favor.

-Lo llamé por teléfono. Se lo conté. Dijo que O.K.

-Pero, ¿qué significa O.K.?

-No irás a sugerir que la Escuela de Derecho de Harvard ha admitido a un hombre incapaz de definir "O.K."

-No es un término legal, Lizzy.

Me acarició el brazo. Gracias a Dios, esto me resultó perfectamente inteligible. Pero aun así, necesitaba algunas aclaraciones, quería saber lo que me esperaba.

-"O.K." pudo significar también: "Lo soportaré."

Lizzy halló en su corazón la caridad suficiente para repetirme por enésima vez los detalles de su conversación con su padre. Este se había alegrado. De veras. Desde el día en que había enviado a su hija a Radcliffe, jamás había contado con que la muchacha volviese algún día a Cranston para casarse con el vecino de al lado (que por cierto se le había declarado antes de que se marchara). Míster Bennet, al principio, se mostraba reacio a creer que el nombre del pretendiente de Lizzy, fuese realmente Fitzwilliam Darcy IV, y había precavido a su hija en contra del peligro de violar el undécimo mandamiento.

-¿Cuál es? –pregunté a Lizzy.

-No tomarás el pelo a tu padre –dijo.

-Vaya.

-Y eso fue todo, William. De verdad.

-¿Sabe que soy pobre?

-Sí.

-¿Y no le importa?

-Por lo menos así, tú y él tenéis algo en común.

-Pero sin duda preferiría que yo tuviera un calcetín relleno de pavos, ¿no?

-¿Y tú no?

Guardé silencio durante todo el resto del viaje.
Lizzy vivía en una calle llamada Hamilton Avenue, una larga hilera de casas de madera, con montones de chiquillos en la parte de delante y unos pocos arbolillos macilentos. Mientras conducía por esa calle, buscando aparcamiento, me sentía como en otro país. Para empezar, por la cantidad de personas que había en la calle. Además de la chiquillería que andaba jugando u chillando, había familias enteras sentadas en sus porches, sin nada mejor que hacer aquella tarde dominguera, por lo visto, que contemplar cómo aparcaba mi "MG".
Lizzy fue la primera en saltar del coche. En Cranston gastaba unos reflejos increíbles, como un pequeño saltamontes lleno de agilidad. Cuando los mirones de los porches descubrieron quién era mi pasajera casi saludaron a coro. ¡Nada menos que la gran Bennet! Al oír la bienvenida que le tributaban casi me daba vergüenza apearme.

-¡Hola, Lizzy! –oí que le gritaba una lozana matrona con el mayor entusiasmo.

-¡Hola, mistress Capodilupo! –oí que vociferaba Lizzy, en respuesta.

Me apeé del coche. Sentía todas las miradas fijas en mí.

-Oye, ¿quién es ese muchacho? –gritó mistress Capodilupo.

La gente del barrio no se andaba con tapujos, estaba claro.

-¡No es nadie! –respondió Lizzy, a todo volumen.

La respuesta me devolvió milagrosamente el aplomo.

-Es posible –chilló mistress Capodilupo dirigiéndose a mí-. Pero la chica que va con él sí es alguien, desde luego.

-Bien lo sabe él –contestó Lizzy.

Luego se volvió para atender a los vecinos de la otra acera.

-Bien lo sabe él –dijo Lizzy a un nuevo grupo de admiradores suyos.

Me tomó de la mano (yo me sentía como un forastero en el paraíso) y me invitó a subir la escalera del número 189 bis de la Hamilton Avenue.

Fue un momento embarazoso.
Yo me quedé allí plantado mientras Lizzy decía:

-Te presento a mi padre.

Ben, un tipo clásico de Rhode Island, bastote él (vamos a echarle metro setenta y cinco y unos 75 kilos), de poco menos de cincuenta años, me tendió la mano.
Nos las estrechamos; y apretó con fuerza, el tipo.

-¿Cómo está usted, míster Bennet?

-Ben –me corrigió en el acto-. Dime Ben.

-Ben, míster Bennet –dije, sin dejar de sacudir su mano.

Fue otro momento difícil. Porque entonces, en cuanto me soltó la mano, míster Bennet se volvió hacia su hija, y lanzó ese grito increíble:

-¡Elizabeth!

Durante una décima de segundo, nada ocurrió. Inmediatamente después abrazados. Fuertemente. Muy fuerte. Y columpiándose hacia delante y hacia atrás. Todo lo que míster Bennet era capaz de ofrecer a guisa de ulterior comentario era la repetición (ahora en voz muy baja) del nombre de su hija: "Elizabeth". Y todo lo que su hija, con todas sus matrículas de honor conquistadas en Radcliffe, era capaz de expresar a guisa de respuesta era eso: "Ben".
Desde luego, estaba claro que yo era allá tercero en discordia.

Aquella tarde, un detalle de mi esmerada educación resultó para mí una ayuda preciosa. Siempre me habían enseñado que no se debe hablar con la boca llena. Siendo así que Ben y su hija no cesaron de conspirar para llenarme ese orificio, no tuve la menor ocasión de hablar. Calculo que batí una marca en el deporte de tragar pasteles, tras de lo cual pronuncié una conferencia bastante larga acerca de cuáles me habían gustado más (comí no menos de dos de cada clase, para no ofenderles) con gran deleite por parte de los dos Bennet.

-Es completamente O.K. –dijo Ben a su hija.

¿Qué quería decir aquello?
No, no necesitaba que nadie me definiera el significado de la expresión "O.K."; simplemente, hubiese querido saber cuál de mis pocas circunspectas acciones me habían merecido tan preciado epíteto.
¿Acaso había acertado en la elección de mis pasteles predilectos? ¿Daba la mano con la fuerza suficiente? ¿O qué otra cosa podía ser?

-Ya te dije yo que era O.K., Ben –dijo la hija de míster Bennet.

-Bueno, O.K. –dijo su padre-. Pero me faltaba verlo por mí mismo. Y ahora ya lo he visto. Oye, William. Se dirigía a mí, esta vez.

-Diga, míster Bennet.

-Ben.

-Oh, sí, Ben, míster Bennet.

-Eres O.K.

-Gracias, míster Bennet. Es usted muy amable. Se lo agradezco de verdad. Y ya sabe usted lo que siento por su hija. Y por usted, míster Bennet.

-William –me interrumpió Lizzy-, a ver si dejas de barbotar como un condenado preppie de mierda y…

-Elizabeth –la interrumpió míster Bennet-. ¿No puedes mostrarte menos grosera? ¡Ese pájaro es nuestro invitado!

Durante la cena (los pasteles resultaron ser un mero tentempié) Ben intentó sostener conmigo una conversación seria acerca de lo-que-ya-se-supone. Por alguna razón más o menos demencial, se le metió en la cabeza la idea de que estaba en su poder reconciliar a los Fitzwilliam III y IV.

-Deja que hable yo con él por teléfono, de padre a padre –insistía.

-Por favor, Ben, sería perder el tiempo.

-No puedo quedarme tan fresco y permitir que un padre reniegue de su hijo. Que no puedo, vamos.

-Desde luego, pero es que también yo le repudio a él, Ben.

-No quiero oírte decir tales cosas –dijo míster Bennet, enojándose sinceramente -. Hay que saber apreciar y respetar el amor de un padre. Es un bien harto raro.

-Especialmente en mi familia –dije.

Lizzy no cesaba de levantarse y volver a sentar, sirviéndonos la cena, de modo que se perdió la mayor parte de la conversación.

-Tú consigue que se ponga al teléfono –insistía Ben-, y de lo demás me encargo yo.

-No, Ben. Entre mi padre y yo se ha cortado el hilo para siempre.

-Tonterías, William; claudicará. Puedes créeme cuando te digo que claudicará. Cuando llegue el momento de ir a la iglesia…

En aquel preciso instante, Lizzy, que estaba distribuyendo los platos de postre, dirigió a su padre un monosílabo impresionante:

-Ben…

-Dime, Liz.

-Acerca de eso de la iglesia…

-¿Qué hay?

-Pues… que no, Ben, que no estamos de acuerdo.

-Vaya –dijo míster Bennet.

E inmediatamente después, saltando a una conclusión errónea, se volvió hacia mí, para excusarse.

-Bueno… yo… no quise referirme necesariamente a la Iglesia Católica. Quiero decir que… supongo que Lizzy te ha dicho que somos católicos. Pero yo me refería a tu iglesia, William. Dios bendecirá vuestra unión en cualquier templo, apuesto cualquier cosa.

Miré a Lizzy, la cual, evidentemente, había olvidado referirse a ese punto crucial en su conversación telefónica.

-William –se justificó Lizzy-, pensé que hubiese sido una canallada soltárselo todo, así de golpe.

-¿De qué se trata? –preguntó míster Bennet, con su afabilidad de siempre-. Disparad, chiquillos, disparad. Quiero que me soltéis todo lo que llevéis en la recamara.

¿Por qué sería que en aquel preciso instante mis ojos tropezaron con la imagen de porcelana de la Virgen que se hallaba en un estante del comedor de los Bennet?

-Se trata de eso, de la bendición de Dios, Ben –dijo Lizzy, sin atreverse a mirarle.

-Bien, Liz, ¿Qué hay? –preguntó Ben, temiendo lo peor.

-Pues… que no somos partidarios de ello, Ben –dijo Lizzy, lanzándome una mirada en petición de un apoyo moral que intente prestarle con los ojos.

-¿Partidarios de Dios? ¿De ningún Dios?

Lizzy asintió con la cabeza.

-¿Puedo explicarlo, Ben? –solicité.

-Eso espero.

-Ni ella ni yo tenemos fe, Ben. Y no queremos ser hipócritas.

Creo que lo aceptó por tratarse de mí. A Lizzy acaso le hubiese cruzado la cara. Pero ahora era él el tercero en discordia, el forastero. No osaba mirarnos, a ninguno de los dos.

-Estupendo –dijo, después de una larga pausa-. ¿Puedo esperar que me informéis acerca de quién va a realizar la ceremonia?

-Nosotros mismos –dije.

Míster Bennet miro a su hija en busca de la confirmación de mis palabras. Lizzy asintió con la cabeza. Mi declaración era correcta.
Después de una nueva pausa no menos prolongada, míster Bennet volvió a decir:

-Estupendo.

Inmediatamente después quiso que le explicara, puesto que pensaba estudiar Derecho, si esa clase de matrimonio sería… ¿cómo decirlo?... legal.
Lizzy le declaro que en la ceremonia que proyectábamos, el capellán unitario de la universidad presidia ("Ah, el capellán", murmuro Ben) mientras los novios se dirigían la palabra uno a otro.

-¿También la novia debe hablar? –pregunto míster Bennet, como si aquello, concretamente, fuese para él el golpe de gracia.

-Ben –dijo su hija-, ¿acaso puedes imaginarte una situación en la que yo permaneciera callada?

-No, chiquilla –contesto míster Bennet, elaborando una minúscula sonrisa-. Supongo que tendrás que decir lo tuyo, desde luego.

Camino de vuelta hacia Cambridge, por la carretera, le pregunte a Lizzy que tal le había parecido que había marchado el asunto.

-O.K. –dijo.