Apenas se despertó, bajó en calcetas y pijama hacia el salón principal en donde se supone que harían la recepción de regalos esa mañana de diciembre, oficialmente navidad. Pensando que iba adelantada debido a la hora, se llevó una gran sorpresa al ver a más de la mitad de la Orden en pie, todos esperando por los regalos de ese año. Marlene se sentó al lado de Gideon a esperar y bebió un poco de té junto a él, charlando sobre las ridículas calcetas que ambos habían escogido ponerse esa mañana.

Cuando llegó a la Orden, Lily le comentó ciertas tradiciones que tenían y ella no esperó que fueran así de cálidas y divertidas. Se encontraba tan acostumbrada a las navidades con su familia que llegó a pensar por un momento que sería devastador el pasar esas fiestas sin ellos. La verdad era que la había pasado bien por la noche, la cena había sido una maravilla en términos culinarios, le encantaba que todos colaboraran para que las cosas funcionaran y, para finalizar, aquella mañana era como una gran pijamada con amigos que jamás tuvo y recién estaba encontrando.

Extrañó a sus padres y su corazón permaneció con ellos, pero se sentía bien entre ese grupo de personas, y se los agradecería toda su vida.

En quince minutos todos terminaron de reunirse en el salón. Algunos con cara de adormilados, otros con cara de dolor y resaca como James, quien según su pelirroja esposa se había emborrachado hasta ponerse uno de los baldes de Hagrid en la cabeza y bailar como ruso sobre la mesa del comedor. Sirius, por otro lado, se encontraba ausente otra vez y todos, nuevamente, pasaban por alto su ausencia.

El anfitrión de la mañana sería Remus, quien entregaba los regalos por los nombres que venían en las tarjetitas de cada paquete.

En total, Marlene recibió un sweater amarillo mostaza de lana de parte de los Prewett, quienes le juraron que era tejido a mano por su abuela; una caja de chocolates de parte de Remus, una boina roja de parte de Alice, galletitas horneadas hechas por los Potter —por Lily, mejor dicho, pero era de parte de Lily y James—; un set de plumas nuevas y tinta de parte de Hagrid y una pequeña cajita que casi se pierde debajo de un gran paquete que resultó ser un gran juego de calderos y artículos para la cocina de la nueva casa de James y Lily.

La morena abrió todos los regalos frente a los demás exceptuando el último. La pequeña cajita fue abierta cuando todo acabó y la mayoría de los que permanecieron en el salón se encontraban demasiados ocupados con sus propios regalos. Fue así como se encontró con un anillo de oro blanco con una pequeña piedra negra en el centro, una que no supo identificar pero por la calidad del metal del anillo podía notar que tenía mucho valor y no era una simple lata comprada en las baratijas del mercado.

Intrigada por la pieza, la examinó durante un buen rato hasta que sintió un alboroto que desvió su atención de ella hacia lo que estaba sucediendo.

— ¡Te perdiste la cara de James al recibir calderos en vez de una nueva escoba! —Remus decía enérgicamente mientras le palmeaba el hombro a Sirius, quien se encontraba apoyado en el umbral de la puerta con las manos en los bolsillos de sus jeans, observando todo con interés.

— Pues la puedo ver. Aún sigue indignado, Lunático —el ojigris sonrió de medio lado, posando la mirada en su amigo por unos pocos segundos—. Lo que yo me pregunto es ¿Dónde están mis veinte regalos, eh?

— Tienes siete regalos, Black, ¿Muy pocos para tu ego? —Lily se burló.

— James controla a tu esposa o lo hago yo —la apuntó Sirius y luego se sumergieron en una pelea. Marlene los observó con una sonrisa queda. El morocho lo había logrado, había resuelto todo en una noche y volvió a ser el mismo de siempre en menos de doce horas. Cómo lo envidiaba algunas veces. Suspiró y volvió su mirada al anillo dentro de la pequeña cajita negra. Antes de ponérselo, lo sacó de ella y hurgó bajo la pequeña almohadilla que contenía el anillo en su lugar allí dentro, encontrando un pergamino pequeño: Era una nota.

La abrió con impaciencia y se encontró con una letra pequeña pero entendible que llenaba la hoja por completo, y decía:

¡Felicidades! Has sido la ganadora de una joya vinculada a la familia Black.

Perteneció a uno de los desterrados de la familia, como yo, un tío al que, excepcionalmente, le tuve mucho cariño. Dudo que te hayas dado cuenta alguna vez en tu vida pero lo usé durante los siete años que estuve estudiando en Hogwarts. Por algún motivo me daba suerte.

Feliz navidad, cocinera.

Eres genial, McKinnon, creo que ya te lo dije una vez.

PD: El cabello corto es lo tuyo.

Sirius Orión Black

Subió la mirada desde su pergamino y encontró a Sirius aun peleando con Lily a los gritos, sacándole la lengua y haciéndole caretas mientras James se interponía entre ambos e intentaba calmar a la furia pelirroja que a punto de explotar gracias a su amigo. Sonrió con vaguedad y se probó el anillo en cada dedo de sus manos, intentando ver en cual le quedaba mejor hasta que se quedó en el dedo del medio de su mano derecha, era como si hubiera estado fabricado para calzar en ese lugar, no le apretaba, tampoco se le caía al mover las manos, estaba ahí y lucía llamativamente hermoso.

Nunca pudo entender cómo Black podía hacer tantas cosas a la vez sin siquiera inmutarse; Regalarle un anillo, escribir una nota, notificar su corte de cabello, recuperar su alma del infierno en la que se encontraba la noche anterior, etcétera, etcétera. Él también era genial, y deseó decírselo, pero prefirió dejarlo disfrutar de su interminable pelea con la esposa de su mejor amigo y de sus regalos de navidad. Ya habría tiempo, pensó, como también habría tiempo para contarle que Edgar la estuvo fastidiando la noche anterior con que ambos tenían algo.

Loco, muy loco.


El día festivo había coincidido con una misión que requería de varios aurores. Marlene observó como ellos se marchaban a trabajar incluso en navidad, luego de haber compartido con sus amigos un momento agradable, y le era escalofriante pensar que si algo salía mal podían no volver. Todos se ponían sus capas de viaje y se miraban con una expresión indescifrable, sabiendo perfectamente cada paso que debían dar al salir a la intemperie. A ella le gustaba observar eso, el cómo se preparaban para lo que tuviera el destino para ellos, fuera una misión fallida o completa, fuera volver a casa y seguir con la vida que llevan o morir en el campo sin siquiera poder ser rescatados por los que siguen en pie. Esa era otra de las cosas que le habían enseñado cuando era una recién llegada: cuando un miembro de la orden cae en plena misión, su cuerpo tiene que ser abandonado allí, pues recuperarlo sería una pérdida de tiempo que podría costar más vidas como esa.

La nieve seguía golpeando con violencia el techo del cuartel cuando más de la mitad de los miembros de la orden abandonaron el lugar. Dumbledore se quedó atrás, dándole órdenes a los que quedaban, despachando a los que no debían realizar nada esa tarde. Lily se quedó junto al profesor luego de despedirse de James, prefiriendo esperarlo en el cuartel que en su hogar, en el Valle Godric.

Sirius había pedido un reemplazo para él esa tarde y se había retirado silenciosamente a su habitación. Marlene había captado eso con una atención minuciosa, llegando a la conclusión de que el joven aún tenía ciertos problemas que resolver a solas antes de volver a ser el mismo.

— ¿Era una misión importante? —la morena le preguntó discretamente a Lily una vez que todo el ambiente se calmó y ambas se sentaron en el salón principal, frente a la chimenea, con dos tazones de chocolate caliente.

— Alta importancia —anunció Lily un poco más tensa de lo normal, era como si estuviera en modo auror y no en modo normal en esos momentos—. Pero las probabilidades están a nuestro favor. Lo que debes preguntar siempre es cuál es el peligro de cada misión, pues una misión puede ser importante pero no peligrosa, como esta.

— Ya entendí, pelirroja —su amiga rio y alzó las manos—. Si te tomas un chocolate conmigo, cero peligro; si te pones como perro enjaulado y con hambre, cien por ciento peligro…

— Me pregunto por qué Sirius se echó para atrás —murmuró la pelirroja de pronto, interrumpiendo a Marlene para, de paso, echarle una mirada bastante significativa, la cual borró la sonrisa en el rostro de la chica y la cambió por una mueca de confusión.

— ¿Y crees que yo sé o algo?

— Vamos —la presionó Lily—. No es novedad —añadió.

— ¿Qué no es novedad? —McKinnon entrecerró los ojos, sintiendo que todo eso carecía de sentido. Primero Edgar, lo que fue relativamente normal porque el hombre es crédulo y en la orden se encuentran rumores de todo tipo, otra cosa que ya había aprendido hace bastante tiempo, pero ¿Lily? Si le hubieran dicho que Lily se iba por la vida creyendo cosas sin verlas con sus propios ojos ella hubiera reído, pues eso no era propio de la pelirroja más astuta que había conocido.

Estaba pasmada.

— ¡Te dio ese anillo!

— ¿Có… Cómo sabes? —Marlene se puso a la defensiva y, aparte, sus mejillas se coloraron ligeramente y ella lo pudo sentir. Deseó con desesperación explicar que era inocente de todo lo que se le acusaba últimamente, pero sentía que si comenzaba lo único que lograría sería balbucear estupideces. En última instancia pensó en Sirius, él podría explicarlo todo y haría que todo estuviera bien otra vez, pero no estaba. Nunca estaba.

— Veo tus manos —Lily bajo su mirada hacia las manos de su amiga, puestas en su regazo involuntariamente—. Él lo usaba en el dedo anular de la izquierda, como un anillo de compromiso.

Marlene entornó los ojos, comenzando a enfadarse en cuanto escuchó la analogía. Cómo no, había olvidado que la ojiverde tenía una pequeña manía con las manos de las personas, le gustaba observarlas, decía que la anatomía de las manos era la más fascinante de todo el cuerpo humano porque era la que diferenciaba como raza a estos, demostrando que con los pulgares y la forma de cada dedo los hombres y mujeres pudieron perdurar y evolucionar a través del tiempo.

Si le preguntaran, Lily podría extenderse por horas hablando sobre ese tema y McKinnon lo supo desde que eran dos niñas y la joven no tenía respaldo científico para su fijación sino que era solo un gusto natural. Por lo que se maldecía en ese momento era el maldito momento en el que decidió poner sus manos sobre su regazo mientras estaba sentada, permitiéndole ver un primer plano del anillo reposando en su dedo medio. Era obvio que en algún momento u otro se fijaría en él, y se habría fijado con anterioridad en él cuando su dueño era otro, en Hogwarts.

— Él… —titubeó—. Él me lo debe… me lo debía, como un regalo de navidad ¿Sabes? —soltó finalmente.

— ¿Por qué debería "debértelo"? Es algo lejos muy personal, Lene.

— Yo lo ayude.

— ¿En qué?

La morena bajó la mirada y suspiró. No estaba segura de nada más que una cosa: podría morir con el secreto de Sirius, como sabía que James también lo haría, por lo que lo más probable era que Lily no tuviera idea del asunto y si la tenía era solo parcial. James era una persona tan leal que ni siquiera por la mujer de su vida traicionaría a su mejor amigo, a no ser que esta también hubiera jurado ser parte del secreto y no revelarlo nunca.

— Cosas —murmuró vagamente, intrigada por saber si Lily conocía la historia de Regulus y todo lo que sigue a ello.

Lily sonrió. Su propósito no era simplemente cotillear en asuntos que no le incumben como si fueran adolescentes encerrados en un castillo hablando de chicos, no, pero Marlene era su amiga, lo había sido en Hogwarts y lo había seguido siendo hasta cuando se vieron separadas por sus distintas profesiones. Marlene era casi parte de su familia por lo que el preocuparse por la relación que tuviera —o no— con Sirius le parecía prudente. Era como la vez en la que su madre le pidió que hablaran luego de haber conocido por primera vez a James y de forma accidental, fue una anécdota muy graciosa, pero el asunto era que se había preocupado por sus sentimientos y los de ese muchacho que la pretendía, por su bien.

Hacerla parte de un interrogatorio un poco tedioso hasta para ella por lo extenso que se había vuelto era solo parte de sus ganas de querer que la joven de ojos oscuros estuviera bien, que Sirius jamás se atreviera a dañarla, a hacerle algo que no quería que le sucediera otra vez porque sabía que Marlene había terminado muy dañada por cuestiones amorosas. Ella solo quería saber si la joven estaba bien con todo lo que sucedía.

— ¡No me mientas, Lene! No es malo que salgan —continuó, sin saber que McKinnon estaba malinterpretando toda su intención y se encontraba muy ofuscada en ese mismo instante—. Es decir, él no le ha dado un anillo como ese, que era suyo y lo usó desde que era un crío, a nadie.

— Pero es la verdad. Créeme, Lily —le suplicó la morocha.

— Sé que siempre dijimos que sería una infamia salir con Black, pero si eres así de especial para él me parece muy bien, a mí me importas tú ¿Vale? Por eso tanta pregunta —continuó la pelirroja, sin escuchar las protestas de su amiga, creyendo que era solo vergüenza.

— Lily no… para, ¡No! ¡No-es-así! —explotó Marlene, alzando la voz de una manera inesperada. De un salto se paró de su asiento y salió corriendo fuera del salón. No sabía por qué reaccionaba de ese modo pero cuando las lágrimas amenazaron con salir por sus ojos supo que algo estaba mal, y tenía que acabarlo.


Si en un comienzo era él quien aparecía en su habitación sin motivo, ahora era ella quien se colaba silenciosamente en la suya y se sentaba en un rincón con las piernas encogidas y la cabeza sobre ellas hasta que él llegara. Sirius había ido al pórtico del primer rellano a fumarse un cigarrillo y, de paso, respirar algo de aire puro luego de haber estado encerrado en su habitación por más tiempo de lo normal, hasta para él. Cuando regresó no tardó en percatarse de la presencia de la menuda joven en un rincón, encogida y quieta.

— ¿McKinnon?

— ¿Por qué me lo diste? —ella se estiró y se puso de pie. La mueca en su rostro, indescriptible para él en ese momento, demostraba que algo le turbaba y no la dejaba pensar o ser como ella era siempre cuando estaba a su alrededor. Algo le había sucedido, podía decir con solo mirarla.

— ¿Perdón? —respondió con suavidad.

— El anillo, Sirius, el anillo —le indicó ella, enfática e impaciente.

El aludido pestañeó, dubitativo, y luego suspiró, sin poder creer que por un motivo que aún desconocía ahora tendría que explicarle muchas cosas sobre ese regalo.

— Aunque no es de mi agrado hacer este tipo de declaraciones, y creo que solo Cornamenta y Lunático han tenido la suerte de oírlas —Marlene lo miraba con atención, pero Sirius no pudo evitar ver que más allá de sus ojos oscuros había tristeza, y eso lo inquietó, pero continuó sin inmutarse—. Me ayudaste, McKinnon, sin ti aún estaría intentando encontrarle sentido a… a lo que siento por mi hermano y todo lo que acabo de descubrir en este último tiempo.

La joven permaneció en silencio, pestañeando de vez en cuando y con mucha más frecuencia de la normal. Sirius sintió la necesidad de decir algo más. Tras un silencio, se replanteó las cosas y volvió a hablar, acercándose para no tener que elevar la voz, era como si fuera a compartir otro secreto con ella y sintiera que las paredes tenían oídos para escucharlos.

— Verás, conocí a mi tío Alphard a los diez años, él era distinto a toda la familia ¿Sabes? muchas veces me sacó de paseo cuando niño y habló conmigo sobre mis creencias, sobre… ser diferente. No eran paseos normales como creían mis padres, él me enseñó mucho en el tiempo que tuvimos para charlar a solas —la morocha supuso que el tío del que hablaba era quien le dio el anillo según la nota que había en la caja que había recibido, así que se mantuvo en un atento silencio, escuchando con interés lo que le contaba—. Si no lo hubiera tenido cuando me di cuenta de que no calzaba con los ideales de un Black, probablemente no hubiera estado tan seguros de llevarles la contra. No es que tuviera miedo, yo jamás les tuve miedo, ni siquiera cuando tenía cinco y me hechizaban por cualquier tontería, mi inseguridad era por… soledad. Necesitaba a alguien que me dijera "yo soy como tú" y sabía qué existía pero ¿Dónde? James apareció a los doce, Alphard a los diez. Estuve diez años preguntándome dónde estaban y por qué estaba tan jodidamente solo.

— Sirius, yo no…

— Tú no quieres nada de mí, ya me lo has dicho —la interrumpió. Marlene iba a decir que no merecía ni merecería ese anillo con esa historia, pero él no la dejó terminar—. Ma… McKinnon, me he topado con tanta gente que quiere algo de mí, que sea recíproco al menos con lo que sienten por mí, que sepa devolver todo lo que hacen de la misma forma, es como si fuera fácil pero no me es fácil. Ese anillo que ahora tienes en tu mano es el que me dio Alphard antes de entrar a Hogwarts, creo que estaba a punto de cumplir once y me había llegado la carta, ese día nadie más que él celebró conmigo por ello, y me aseguró que encontraría mi camino y a mis iguales en ese lugar. Lo mereces, McKinnon, hiciste mucho por mí aunque no sé si lo sepas y yo quise dártelo por ello. Tuve que contarte toda la historia tras él para que te dieras cuenta de que es casi lo mismo, claro.

Marlene tragó sonoramente y se acercó un poco más, tentándose a acariciar su cara. Nunca nadie le había dicho nada parecido, ni había intentado igualar de manera simbólica lo que ella hacía sin esperar nada de vuelta. Luego de eso recordó que estaba allí por los rumores, la contaminación exterior a eso que había en ese mismo instante, y retrocedió un paso, insegura.

— ¿Por qué intentas igualar lo que yo te doy, al darme esto, si yo no te pido que lo hagas? —preguntó en voz baja. Era la tercera vez que lo dejaba callado con una de sus preguntas llenas de trucos. Eso debía ser una maldición, esa mujer era una maldición, pensó Sirius, encolerizado.

— ¡Mierda, McKinnon! —exclamó de súbito, haciéndola saltar en su puesto—. ¿Qué es lo que pasa hoy contigo? Y ve al grano, por favor, estoy cansado, necesito estar solo —escupió, cambiando el semblante con una rapidez impresionante.

— Lily…

— ¿Lily qué? —continuó con el tono elevado. Marlene quiso echarse a llorar, se encontraba tan vulnerable que cualquier detalle la hería y asustaba, y en esos momento sintió que Sirius era un gigante a su lado mientras ella era solo una hormiga, se había encogido hasta el tamaño de una. Tragó sonoramente y decidió decir la verdad como saliera.

— Lily, Edgar y casi todos en el cuartel creen que algo pasa entre tú y yo, que tenemos "algo" y la verdad es que me incomoda que lo crean, porque… porque somos amigos y jamás les diría las cosas que me has contado porque… no te traicionaría ¿Verdad? y espero que tampoco tú a mí… no lo sé, quiero que se callen, que se callen y dejen de hablar de nosotros como… como… no lo sé, no lo sé… —confesó con rapidez, llevándose las manos a la cara para enterrarla entre ellas de la vergüenza, había tartamudeado, repetido palabras en vano, se había enredado como una pequeña niña dando su primer discurso frente a la clase. Era patético.

Sirius lo meditó mientras se paseó por la habitación, evitando mirarla. Había olvidado que eso podía verse así y más aún con el regalo que había escogido hacerle tan solo esa mañana. Tenía en cuenta que Dumbledore los tenía en la mira por aquella vez en la que se besaron en la cocina debido a un arrebato algo estúpido que no deseaba explicarse a sí mismo, sí, y no se lo plantearía a no ser que McKinnon lo hiciera, pero ese no era el asunto en ese momento, de hecho, estaba muy lejos de ser el asunto, porque la joven quería disipar cualquier margen de error en el criterio de todos al afirmar que ambos tenían algo, así que no podía distraerse más con esas situaciones confusas del pasado. Ese era el asunto.

De un momento a otro, como si una ampolleta imaginaria se encendiera en su cabeza, calculó la fecha y supo qué hacer.

— Déjamelo a mí —se giró hacia ella, caminó hasta donde se encontraba y la tomó de las mejillas para acercarse a besar su frente con cuidado pero rapidez. Cuando la soltó, ella lo miraba con desesperanza, como si no creyera en él—. Vamos, confía en mí —le pidió entre murmullos, y le dio un golpecito amistoso en el brazo.

Marlene se dio cuenta, al igual que él, que probablemente las cosas comenzarían a cambiar desde ese punto, desde cualquier cosa que tuviera planeada para que los demás dejaran de hablar de ellos, y que si esa misión surtía efecto, la cercanía entre ambos se rompería por obligación, así que guardó ese beso en la frente como un buen recuerdo entre ambos, y asintió, ofreciéndole una sonrisa rendida.

Esa misma tarde, cuando abandonó el cuarto de Sirius y llegó al suyo, aseguró la puerta con un hechizo y se lanzó a su cama a llorar. Al fin nadie podría presenciar lo que había estado queriendo hacer hace tanto.