Capítulo 9
Aníbal y M.A llegaron a Nghῖa Nhơn bien entrada la tarde. No vieron ninguna actividad militar sospechosa en ese pueblo más grande, y eso inquietó a Aníbal, que no podía decidir si esa era una buena señal o una mala, porque todas las vibraciones del jazz que había tenido a lo largo del día eran de las chungas, de las preocupantes.
Encontraron una estación de servicio, el lugar perfecto para robar un vehículo con el depósito de combustible lleno, y mientras esperaban a que apareciese uno apropiado para ellos, Aníbal se hizo con un mapa de carreteras de la zona en la tienda de la gasolinera.
No venían muchos clientes, y tuvieron que esperar casi media hora para que un hombre en una destartalada furgoneta blanca pidiese que le llenaran el depósito. Cuando se metió en la tienda después de repostar, dejando las llaves en el contacto, a Aníbal y M.A sólo les llevo unos segundos el arrancar la furgoneta y largarse con ella, de vuelta en la carretera de tierra, hacia la casa de Quang.
—Ha sido bastante fácil —dijo M.A, sonriendo tras el volante.
—Sí. Pero esta área es como una ratonera —dijo Aníbal mientras estudiaba el mapa—. Sólo hay una salida: ir hacia el sur durante muchas millas para enlazar con la carretera principal de la costa, que nos llevará eventualmente hacia el norte, a través de Da Nang y Hue. Pero lo que queremos hacer es ir hacia el norte lo más rápidamente posible. A no ser que volvamos otra vez a Nghῖa Nhơn usando esta misma carretera de tierra, pero no creo que eso sea una buena idea.
—Lo que tú digas, Aníbal. Eres el hombre del plan, y del mapa.
—Bueno, por lo menos ahora tenemos un mapa, y una furgoneta. Pasito a pasito, ¿eh? —dijo Aníbal, plegando el mapa.
AAA
Tia lo estaba pasando mal, cojeando de vuelta al pueblo lo más rápidamente que podía, tratando de llegar allí antes de que Aníbal y M.A llegaran con el coche.
Cuando al final llegó al pueblo por la tarde, casi al anochecer, quería ver qué tal estaba Quang, pero no podía arriesgarse a que le capturasen otra vez. Los soldados habían movido y ocultado todos los vehículos fuera de la vista, pero ella pudo verlos al llegar al pueblo desde el sur, aunque sería demasiado tarde para Aníbal y M.A si se adentraban tanto en el pueblo, viniendo desde el norte, porque para cuando se diesen cuenta, ya estarían atrapados.
Eludiendo a los soldados, siguió desplazándose a través de la jungla, paralela a la carretera, durante otra milla más para esperar allí la llegada de los americanos. Afortunadamente, no había mucho tráfico en esa carretera, así que cuando vio una furgoneta blanca acercándose, sabía que tenían que ser ellos.
AAA
—Mira, es Tia —dijo Aníbal cuando la vio salir a la carretera desde la jungla.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Algo va mal.
M.A detuvo la furgoneta y Aníbal se bajó rápidamente. Tia parecía exhausta, jadeando sin aliento, y le ayudó a permanecer erguida, sujetándole de los brazos.
—Tia, ¿qué ha pasado? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Problemas con los soldados?
Tia asintió con la cabeza, todavía intentando recuperar el aliento.
—Tienen a tus amigos. Están vigilando la casa para capturaros también a vosotros.
Aníbal cerró los ojos un momento, maldiciendo para sí mismo. Sabía que algo así había pasado. Lo había sentido durante todo el día, el jazz del malo, esa agobiante sensación que le decía que todo se iría a la mierda en cualquier momento.
—¿Estás herida?
—Me he torcido un tobillo, pero pude escapar. A mí no me tocaron, pero vapulearon a tus amigos y se los llevaron. No sé a dónde. También le pegaron una paliza a Quang. Quería ver qué tal estaba, pero los soldados están al acecho, esperando.
—¿Cuántos son?
—No lo sé. Sobre una docena, o así. Espero que menos. Vi a dos al lado de la carretera, escondidos, montando guardia.
—Y sólo tenemos una pistola y un cuchillo… Tendremos que pescarlos uno a uno, M.A. ¿A qué distancia estamos del pueblo?
—Menos de una milla desde aquí.
—Vale. Vamos, M.A, deja la furgoneta aquí. Iremos andando.
AAA
Cuando Aníbal se acercó furtivamente por detrás a uno de los soldados que vigilaban la carretera no pudo evitar pensar en las películas de Rambo otra vez, donde el héroe se carga a un montón de soldados uno a uno, tras acecharles escondido en las sombras, bajo el agua, en la vegetación, bajo una pared de barro… Todo este fiasco se estaba pareciendo más y más a una mala película de la serie-B, y sólo podía mantener la esperanza de que al final lograrían salir de esta, contra todo pronóstico, como uno de esos héroes de Hollywood.
Saltaron sobre los soldados al mismo tiempo. M.A no tuvo problema en romperle el cuello a su objetivo rápida y silenciosamente, cabreado como estaba porque se habían llevado a sus amigos, pero Aníbal forcejeó con el suyo un poco, sin lograrlo. Al final, le tapó la boca y le rodeó el cuello con el brazo, mientras el soldado de revolvía para escapar de la presa que le apretaba la garganta, hasta que dejó de respirar. Aníbal no quería matar a los soldados, pero no veía otro modo de reducirles rápida y eficientemente, antes de que alertasen a los demás. De todas formas, eran el enemigo, y había matado a cientos de ellos durante la guerra, así que era un poco tarde para tener remordimientos de conciencia por matarlos ahora, cuando esos soldados no dudarían en matarle a él si tuviesen la oportunidad.
Después de coger sus armas, buscaron a los demás mientras se escondían entre las sombras, ya que estaba anocheciendo y ya estaba bastante oscuro. De una manera similar, neutralizaron en silencio a otros cuatro soldados que estaban vigilando la casa, y a otro más que estaba de guardia con los vehículos. Así acabaron coleccionando unas cuantas pistolas y rifles, un par de ametralladoras ligeras y una más pesada que estaba montada en el soporte anclado a uno de los vehículos, y también un montón de munición.
—Por lo menos ahora tenemos unos cuantos juguetes —dijo M.A, tomando una de las ametralladoras, acariciando su superficie suave y amorosamente, como si fuese un objeto precioso.
—Vamos a entrar a la casa —dijo Aníbal.
Portando el arma, M.A abrió la puerta de bambú de una patada y entró en la choza, seguido de Tia.
—¡Quietos! ¡No os mováis! —gritó Tia en vietnamita.
Había tres soldados en la habitación principal. Se quedaron quietos, sin tratar de usar sus armas, pero cuando otro soldado vino disparando desde la otra habitación, Aníbal le pegó un tiro con su rifle de asalto en la espalda, tras entrar a la casa por la puerta de atrás. Entonces se acercó a los soldados, que estaban quietos con las manos en alto, y uno a uno les dejó inconscientes tras golpearles la cabeza con la culata del rifle.
Tia se arrodilló al lado de Quang, que todavía estaba tirado cerca de la puerta, semiinconsciente.
—Ayúdame, por favor —dijo, llamando a Aníbal.
Aníbal le ayudó a llevar a Quang al camastro que Fénix había ocupado. Entonces fue a la otra habitación a inspeccionar la bodega. Sabía que ya no estaban allí, pero aun así quería comprobarlo por sí mismo, porque hasta que no lo viese con sus propios ojos no podía aceptar el hecho de que los soldados se habían llevado a Murdock y Fénix de verdad. Mientras estaba ocupado neutralizando a los soldados, no se había permitido pensar en profundidad acerca de las implicaciones, no del todo, pero cuando vio la bodega vacía, se le vino el mundo encima, y perdió la cabeza.
—¡Maldita sea! ¡No deberíamos haberles dejado aquí solos, heridos y sin medios para defenderse! ¡Sabía que algo así iba a pasar! —gritó Aníbal, volviéndose loco, paseándose por la choza como un tigre encerrado en una jaula—. ¡No debería habérmela jugado así! ¡Ya les fallé una vez, y nunca me lo perdoné, nunca! ¡Y ahora otra vez! ¡Joder!
M.A sabía lo preocupado y lo culpable que el coronel se había sentido hace unos años, cuando estuvieron en Vietnam en la guerra, durante esos larguísimos diez días antes de que pudiesen rescatar a Murdock y Fénix del campo de prisioneros. La pareja se había quedado aislada del grupo durante una emboscada y desparecieron, tragados por la jungla sin dejar rastro. Primero tuvieron que localizarlos, porque para cuando encontraron el pequeño campamento-base del Viet Cong, ya los habían trasladado a otro campo de prisioneros más grande y más alejado, fortificado, y entonces, no pudieron ir allí hasta que toda la logística de la operación de rescate estuviese montada y el Coronel Morrison les diese luz verde para proceder. Ese retraso hizo que Aníbal se subiese por las paredes con la impotencia que sentía, y para cuando lograron rescatarles, el mal estado en el que se encontraban, sobre todo Fénix, no ayudó a apaciguar su conciencia y su irracional sentimiento de culpa.
Ahora, acordándose de la promesa que le había hecho a Fénix, y de lo asustado que su amigo parecía ante la posibilidad de volver a caer prisionero otra vez, a M.A se le cayó el alma a los pies. En vez de intentar calmar a Aníbal, se puso incluso más loco que él.
—¡Yo les he fallado, no tú! ¡Le prometí a Fénix que nunca volvería a un jodido campo de prisioneros de guerra! ¡Aaaaargh! —gritó, destrozando la mecedora de bambú al machacarla contra el suelo, perdiendo la cabeza completamente.
Presenciar semejante explosión de ira ayudó a Aníbal a desprenderse de su propia enajenación, y reaccionar.
—Cálmate, sargento. Romper cosas no va a ayudar, por mucho que yo también quiera romper algo.
—¡Fénix me pidió que le pegara un tiro antes de permitir que le volviesen a llevar a uno de esos campos de prisioneros! Y ahora ese hijo de puta se los ha llevado sin que yo pudiese hacer nada. ¡Y ya viste lo que le hizo al General Fulbright! ¡Le pegó una paliza, le quemó la cara con un cuchillo al rojo vivo, y luego lo mató!
Aníbal tragó saliva al recordar las heridas de Fénix cuando le rescataron. También necesitaba romper algo, lo que fuese, pero tener a un miembro del equipo sufriendo una reacción visceral, enloquecido y cegado por la rabia y la preocupación, era bastante. No necesitaban dos. Tenía que dejar sus sentimientos a un lado y usar la cabeza, porque tenía que elaborar un plan para encontrar a sus hombres, sacarles de allí, y salir de esa desgracia inmunda de país lo antes posible. Y de una pieza. No podía permitirse más cagadas.
AAA
Aníbal concentró toda su atención en ayudar a Tia con Quang mientras M.A ataba y amordazaba a los tres soldados inconscientes. El sanador estaba apenas con vida, insensible a los estímulos, e hipotérmico. Aníbal rebuscó entre los materiales médicos para ponerle una inyección de morfina, un antiinflamatorio y antibióticos. Le limpiaron las heridas y le aplicaron el mágico ungüento que él había usado en las costillas de Aníbal, y el coronel se puso también un poco otra vez, y también lo untó en el hinchado tobillo de Tia, vendándoselo luego.
—¿Cómo está? ¿Se va a poner bien? —preguntó M.A cuando acabó con los soldados.
—No sé qué más podemos hacer por él, mas que calentarle un poco. Si tuviésemos más suero intravenoso podría intentar ponerle un catéter, pero no queda ninguna bolsa.
Movieron el camastro cerca del fuego de la cocina, y usaron todas las mantas que pudieron encontrar para taparle.
—M.A, trae a uno de los soldados a la silla. Tenemos que averiguar a dónde se los han llevado.
De un modo parecido a como habían hecho con Murdock y Fénix, le tiraron un cubo de agua a ese hombre por encima de la cabeza para despertarle.
—¡Despierta, mamón! —gritó M.A, dándole una torta.
—Hola. ¿Hablas inglés? —dijo Aníbal cuando el soldado se despertó, forcejeando con las cuerdas que le ataban a la silla, detrás de su espalda. Como no contestó, Aníbal lo intentó de nuevo—. ¿Hablas inglés?
El soldado simplemente le dirigió una mirada de odio, pero no dijo nada, y mucho menos cuando M.A se soltó un guantazo en la cara, desde un lado, cortando su mejilla con uno de sus anillos.
—¡Contéstale, capullo!
—Tia, ¿puedes preguntarle tú amablemente, por favor? —dijo Aníbal.
Tia intentó hablar con él en vietnamita, pero el soldado replicó gritando, airado.
—¿Qué ha dicho?
—Básicamente, dice que no le va a decir una mierda a una puta mestiza americana traidora como yo.
Aníbal le hizo un gesto a M.A, que le soltó otro puñetazo, esta vez en el abdomen, haciéndole quejarse de dolor, doblado por la cintura.
—Esa no es manera de hablarle a una señorita —dijo Aníbal en un desastroso vietnamita—. ¿Estás seguro de que no hablas inglés?
El hombre le escupió en la cara. Aníbal mantuvo la calma, limpiándose la saliva despacio con el reverso de la mano, y se quedó mirando al soldado durante unos pocos segundos. Entonces, de repente sacó un cuchillo y se lo clavó al soldado en el muslo, rápida y profundamente, cogiendo a todos por sorpresa.
—¡No tengo tiempo para tonterías! ¡Vas a decirme lo que quiero saber, y me lo vas a decir ahora mismo! —le ladró mientras le retorcía el cuchillo viciosamente en la pierna.
—Aníbal… —empezó M.A, flipando con su actitud.
—Sargento, no me gusta torturar a la gente, pero Dios sabe lo que les estarán haciendo a Fénix y Murdock ahora mismo. Probablemente algo peor que esto, si les tratan igual que la última vez.
El soldado siguió gritando a pleno pulmón hasta que M.A le tapó la boca, sujetándole desde atrás.
—¿Dónde están mis hombres? ¿Dónde os los habéis llevado? —gritó Aníbal, todavía meneando el cuchillo dentro de la herida.
M.A le destapó la boca al soldado, pero como sólo seguía gritando, se la volvió a tapar. Aníbal recuperó el cuchillo, con la hoja llena de sangre, y entonces cogió su pistola con la mano izquierda, apuntando a la otra pierna, a la rodilla.
—¡Empieza a hablar o te vuelo la rótula en pedacitos!
—¡No, por favor, no! —gritó el soldado.
—¡Ya sabía yo que hablabas inglés, cacho mierda! ¿Dónde están?
—¡No lo sé!
—Ese coronel Shu se los llevó. ¿A dónde? —preguntó Aníbal otra vez, golpeando la cuchillada con su puño enguantado.
El soldado volvió a gritar y empezó a hablar en vietnamita, muy rápido, y Aníbal no entendía lo que estaba diciendo, más que los obvios insultos.
—¿Qué está diciendo?
—Nada de valor. Desvariando. Odiándote —dijo Tia.
Aníbal se levantó y disparó en la pierna de uno de los otros soldados todavía inconscientes.
—Dile que su rodilla será la siguiente, y luego sus pelotas.
El soldado lo entendió sin necesidad de traductor, y empezó a hablar en vietnamita otra vez, frenético.
—Dice que se los llevaron a la prisión cerca de Thôn Vân Tường —dijo Tia.
—¿Dónde está eso? —dijo Aníbal, desdoblando el mapa.
—Al sur de aquí, pero no lo encontrarás en ese mapa —dijo Quang.
—¡Quang! ¡Estás despierto! —dijo Tia, corriendo a su lado.
—Ayúdame, por favor.
Tia le ayudó a sentarse en el camastro, retirándole las mantas, y le ofreció un vaso de agua.
—¿Puedes decirme dónde está eso en el mapa? —dijo Aníbal, extendiéndolo en frente de él.
—Sí —dijo Quang, estudiando el mapa mientras bebía, luchando por mantener sus hinchados y amoratados ojos lo suficientemente abiertos para ver algo—. Más o menos por aquí —dijo, señalando a un área del mapa que estaba vacía.
—¿Ahí? ¡Eso está en mitad de ninguna parte!
—Sí.
—¿Y cómo lo sabes?
—Te lo diré más tarde. Primero, deja que prepare algo.
—¿Estás bien? —dijo Tia, ayudándole a levantarse.
—No, pero lo estaré. Siento mucho haber tenido que decirles dónde estaban tus hombres, pero habrían matado a Tia.
—No te preocupes por eso. Es culpa mía. No debería haberles dejado atrás.
—Tampoco es culpa tuya.
Quang se movía muy despacio, como un hombre viejo, ayudado por Tia. Cogió unas pocas hierbas y otros ingredientes de la extensa colección de botes que tenía almacenados, mezclándolos en una perola con agua, y trajo la mezcla para hervirla en el fuego.
—M.A, lleva a estos dos hombres a la bodega, pero primero quítales la ropa.
Mientras hacía eso, Aníbal se encaró con el otro soldado, y continuó haciéndole preguntas sobre la prisión: la distribución de los edificios, la cantidad de guardias, sus turnos y rutinas, y toda clase de información útil. Cuando hubo terminado con él, le sacudió un puñetazo en la cara, dejándole inconsciente, y lo arrastró hasta la otra habitación con los otros, también quitándole la ropa.
—¿Para qué quieres su ropa? —preguntó M.A.
—No lo sé todavía. Pero sus uniformes pueden sernos útiles. Mejor estar preparados.
—¡Yo no quepo en ningún uniforme minúsculo de estos!
—No, no esperaba que lo hicieras. Además, no tengo una tonelada de maquillaje a mano para hacerte pasar por vietnamita —le dijo Aníbal, riéndose.
—Eso no tiene gracia.
—El humor depende del cristal con que se mire, M.A.
—¡Eso es la belleza, y tú estás majara!
—Probablemente —dijo, descargando el primer cuerpo dentro de la bodega— pero no tengo un certificado que lo asegure, como Murdock.
—¿Qué vamos a hacer con los muertos? —dijo M.A tras encerrar a los tres soldados inconscientes en la bodega.
—Nada. No van a perseguirnos ni van a decir a nadie a dónde nos hemos ido, como estos tres podrían hacer. Y no te preocupes por ellos; alguien les encontrará mañana cuando griten como locos al despertarse.
Cuando volvieron a la habitación principal, Quang estaba sentado en el camastro otra vez, bebiéndose la infusión, y estaba ofreciéndole un poco a Tia.
—¿Cómo llevas las costillas?
—Mejor, gracias. Ese ungüento tuyo es una pasada. Tendrías que venderlo —dijo Aníbal.
—Toma un poco de esto tú también. Como vosotros los americanos decís: no es bueno, es lo siguiente. Eso sí, sabe a rayos.
—Vale, tomaré un poco, gracias.
Quang le pasó el cuenco, y Aníbal debió de él, aunque sabía asqueroso.
—Hum. ¡Delicioso!
Quang hizo un amago de reírse, y luego pidió el mapa.
—Estaba recogiendo hierbas por esta zona hace siete años —dijo, señalando un punto en el mapa—. Me encontré un hombre aquí, muy malherido, con un disparo en la espalda. Me dijo que era un soldado americano, prisionero desde 1971.
—¿Qué? ¿Y le viste en 1979? ¡Venga ya! —dijo M.A.
—Sí.
—¿Estás diciendo que todavía hay soldados prisioneros en Vietnam desde la guerra, de verdad? —dijo Aníbal.
—No sé si todavía quedará alguno. Pero dijo que había diez en esa prisión en 1979. Unos cuantos trataron de escapar, y al menos cuatro habían muerto ese día. Ese hombre también se murió de sus heridas dos días después de que le encontré. No pude salvarle. Su nombre era Arthur Everson.
—¿Se lo contaste a alguien? —dijo Aníbal.
—¿A quién se lo iba a contar? Esos hombres no existen, son como fantasmas. Nadie quiere admitir su existencia.
—Ni aquí, ni en los Estados Unidos… Mierda —dijo Aníbal—. ¿Recogiste sus chapas de identificación?
—No. No tenía chapas, ni uniforme. Llevaba harapos. Le enterré, y eso fue todo.
Quang se tumbó en el camastro otra vez, llevándose una mano a los hinchados ojos amoratados.
` —Lo siento. Ese cabrón me pateó la cabeza muchas veces. Estoy muy mareado.
—Descansa, no te preocupes. Creo que es una especie de milagro que estés ya levantado después del palizón que te dio. Descansa, y mientras tanto pensaré en qué vamos a hacer.
—Llevadme con vosotros, por favor. Estoy muerto si me quedo aquí. Y alguien de este pueblo me ha vendido. No merecen que les ayude nunca más.
—Sí, por supuesto, no te vamos a dejar atrás. Tia y tú deberíais venir a los Estados Unidos con nosotros, de la forma que sea que lleguemos hasta allí.
—Gracias.
—M.A, ¿puedes traer la furgoneta aquí? Voy a echarle un vistazo a los otros vehículos. Nos llevaremos uno de estos también.
—¿Ah, sí?
—Sí. Venga, date prisa.
—¿Tienes un plan, entonces?
—Más o menos.
—Por favor, no empieces con el jazz, Aníbal.
—Eso es inevitable, sargento.
—No, hombre, no… Mierda, ¡el jazz no! —dijo M.A, tomando uno de los rifles al salir de la casa, sacudiendo la cabeza.
AAAAA
