Hola a todos, bienvenidos.

Los personajes no me pertenecen, le pertenecen a Stephanie Meyer. La historia es mía.

A Batichica: Gracias por apoyarme, amiga.

A Thor y a Gatubela: Gracias por hacerme reír.

En este capítulo Bella se pondrá algo rejega...

Disfrútenlo.

(Importante leer la nota del final)


Capítulo 8: El vampiro fetiche y su chica fetiche.

Música:

[EDM] - [Chillout] Varien - L'esprit Noir (The Spirit of Darkness)

Su primera noche juntos —o al menos la primera en la que Bella sabía que Edward estaba allí— fue un poco incómoda. No porque no tuvieran de qué hablar, sino porque ninguno de los dos podía dejar las manos quietas, lo que los excitaba y dejaba frustrados de no poder hacer lo que querían.

Bueno, sí podían, pero Charlie estaba a 4 metros de distancia, podía escucharlos. Además, Bella era virgen y —según Edward— ella se merecía algo mejor.

Te deseo, Edward.

Yo también te deseo, bonita, pero no quiero que esto sea así.

A mí no me importa cómo sea.

A mí sí.

Pensarán que Isabella es una arrastrada y que sólo quiere sexo. Pero lo deseaba de verdad, tanto que dolía. Y el hecho de que Edward se pasara la noche besándola, mordisqueándole el cuello y tocando sus senos, no ayudaba mucho a controlarse.

—Si quieres seguir siendo virgen hoy, Isabella, te recomiendo dejes las manos quietas —susurró Edward.

Bella estaba sentada a horcadas de él, lo tocaba con su mano por encima del pantalón, lo que lo hacía gruñir y apretarle el culo. Ella —sólo con blusa y bragas puestas— soltaba pequeñas risillas traviesas.

—Ahí está el detalle, Cullen —le besó la mandíbula—, no quiero seguir virgen hoy —le guiñó un ojo, mientras intentaba de desabrochar los jeans de él.

Cuando estuvo a punto de hacerlo, Edward los hizo cambiar de posición, quedando sobre ella. La tomó fuerte por las muñecas y la aprisionó con sus piernas.

—Quieta —ordenó con voz ronca.

—No puedes hablarme de esa manera y esperar que me quede quieta —reprochó, mientras restregaba sus caderas contra las de él.

—Tal vez no —una lamida sobre sus labios—, pero puedo obligarte.

Eso estaría bien.

— ¿Oh, sí? No me digas. ¿Y cómo lo harás?

—Pues... —le sonrió perversamente— Podría atarte, como en tu sueño —le susurró al oído—, o como lo tengo planeado...

El sólo hecho de imaginarlo, la hizo mojarse.

¡Dios! ¿Qué hice bien?

Edward tomó una de las almohadas y le quitó la funda, en seguida —con la funda—, amarró a Isabella por las muñecas. Ésta se retorció y trató de soltarse.

Como es obvio: falló.

—Edward —se quejó e hizo un puchero.

—Nada de "Edward", Isabella —reprendió—. Te lo ganaste.

—Pero —luchó contra el amarre—, necesito tocarte —él cubrió su boca con la palma de su mano.

—Shh... —la silenció y se acercó a su oreja— Recuerda, nena, que por eso estás así... —la tomó por la mandíbula y expuso su cuello— Por no obedecerme —le dio lametones—. Si no puedes más, si crees que es suficiente, sólo di "basta" y pararé, ¿de acuerdo? —el tono de su voz inspiraba confianza. Dentro de Isabella surgió algo parecido a la ternura.

—Sí... —asintió mientras lo decía— ¿Vas a someterme? —su voz apenas se escuchó como un jadeo. Él negó.

—No, bonita... —soltó una ligera risa misteriosa— Voy a castigarte.

¡Santos azotes, Batman!

— ¿Azotes, Amo? —se mordió el labio después de que dijo eso.

Él gruñó ante la mención, llevó la mano hacia el cabello de Isabella y tiró levemente de él.

—No, nena, eso será después.

La besó con ardor y brusquedad, ella respondió el beso como pudo; le faltaba el aire y sentía que en cualquier momento explotaría.

Se separó de ella, dejándola con ganas de más. Tocó sus senos por encima de la blusa.

—De verdad creo que quieres matarme —musitó el vampiro, pues Isabella no llevaba sujetador.

—Eso podría decirlo yo —señaló ella, tratando de recuperar su respiración.

Edward enroscó sus dedos índices en los tirantes de la pequeña blusa de Isabella, tiró un poco de ellos y se desprendieron como si nada más fueran dos enclenques hilos. Después, con un movimiento elegante pero feroz, desgarró el trozo de tela que cubría las dos bellezas de Isabella. Ésta jadeó y su piel se puso de gallina con el frío hálito que Edward sopló sobre sus pechos.

Liberó su mandíbula y acercó su rostro a los pezones de Isabella, saboreó lo que venía.

Años, décadas, imaginando el sabor de su amada, y de repente estaba allí; expuesta y dispuesta, a nada más que dos centímetros de él.

Dio la primera lamida sobre el pezón izquierdo y gimió, Isabella se estremeció.

Otra lamida y otro gemido.

—Dios... —jadeó.

Chupaba sus pezones y alternaba con los masajes de su mano a sus senos.

Hubo un momento en el que Isabella soltó un gemido bastante audible —provocado por una mordida a su pezón.

—Oh, Isabella —chasqueó la lengua—, no quiero ser duro contigo, aún no —le dijo en un secreteo—, pero me estás provocando demasiado... —llevó su mano al capullo húmedo de ella— No quiero ni un ruido de tu deliciosa boca, ¿entendido? —ella asintió.

Toqueteó juguetonamente sobre la entrepierna de Bella, deleitándose con la humedad y el calor que emanaba de allí.

— ¿Recuerdas, Isabella, que me contaste tu sueño? —ella asintió— Pues, hay algo sobre eso, que yo no te conté —los ojos de ella se abrieron de par en par.

—Ya me dijiste que estuviste aquí —murmuró, con voz apenas audible.

—Ya lo sé, pero hay algo que no dije —tomó un extremo de las pequeñas bragas azules y tiró de éste. Se rompió al instante y la chica sintió un espasmo de placer. —Esa noche —tomó el otro extremo—, observé cómo te retorcías de placer y no pude evitar acercarme más —haló de nuevo y destrozó la pequeña prenda. —Así que lo hice, y te toqué... —terminó de quitarle la estorbosa prenda y tanteó por encima de su depilado sexo. Isabella apretó el amarré de sus muñecas. —Justo aquí —habló con voz ronca y sensual.

Tocó su clítoris y —además de estremecerse notablemente— un improperio de parte de Isabella fue dicho como gemido. Edward jaló de su melena de nuevo y observó con insana fascinación el potente pulso en la yugular de Isabella.

Se le hizo agua la boca.

—Un sonido más, nena, y me veré obligado a amordazarte.

¡Dios! Qué cínico era.

Lo que acababa de decir era una mentira y una crueldad total.

Pero claro que quería ser duro con ella, quería castigarla por haberle hecho esperar tanto, y no, no se vería "obligado" a amordazarla. Si lo hacía, era porque quería.

Vampiro cínico y seductor...

— ¿Quieres saber qué más te hice? —se sentía un abusivo, un pervertido, y le fascinaba. Ella asintió. —Eres sucia, bonita —la besó—, me encanta eso... —la rozó por última vez y bajó hasta su monte de Venus. —Ese día, estuve observándote desde que llegaste de aquel spa. Sabía que estabas depilada y, juro por los dioses que traté de detenerme. Traté, preciosa, y no lo logré. Y es que tú estabas justo aquí, casi desnuda... Tan expuesta e indefensa, y yo tan ansioso y excitado... Me coloqué por la oscuridad, como el vampiro que soy, hasta donde estoy ahora, y, además de tocarte, te probé, nena. Esto —señaló su sexo tierno y virgen— lo saboreé, y aún tengo el aceite de tu coño en mi paladar.

Oh... Joder... Este hombre es... es... ¡No es un hombre!

Besuqueo su cuello y de nuevo su pulso llamó su atención...

La ponzoña en su boca.

Sus colmillos se asomaron.

Sólo una pequeña mordida y sería suya para siempre.

Pero no. Se abstuvo y se retiró de allí. Bajó a sus senos e hizo lo mismo que en su cuello. Lamió los pezones lento, saboreando. Isabella volteó a verlo y se dio cuenta de los grandes colmillos. Gimió y sintió una contracción dentro suyo.

¡Santo Dios!

— ¿Qué pasa, nena?

—Tus... tus colmillos —le susurró embobada. Él sonrió ampliamente y se relamió los labios.

— ¿Te gustan? —dijo con aires de arrogancia.

— ¡Me fascinan! —Edward rió, su garganta quemaba.

Él fetiche y su chica fetiche... ¡Qué se le iba a hacer!

—Bésame... —le suplicó— Bésame, bésame…

—Con gusto...

Un beso sensual, erótico e impúdico fue depositado en su boca con ferocidad. Edward mordió el labio inferior de Isabella y ésta comenzó a jadear de placer cuando sintió sus colmillos allí. Su sexo ardía, sentía que el orgasmo estaba cerca.

Un beso y ya estás a punto, Isabella.

Él bajó su mano lentamente hasta su sexo y acarició su clítoris, sintió a Isabella tensarse debajo de él. Introdujo un dedo y sintió sus paredes contraerse. Bombeó un poco y cuando ella estaba a punto de llegar, dejó de tocarla y besarla.

— ¡Edward! —gruñó furiosa. Él rió.

—Este es tu castigo, bonita, ¿ya lo habías olvidado?

—Pero... pero...

— ¡Calla! —le ordenó bajo, pero autoritario— Si no quieres que tu castigo sea más largo, haz lo que te digo —ella no contestó—. ¿Entendido?

—Sí —eso pareció un respiro o un gemido de desesperación.

— ¿"Sí" qué, Isabella? —un azote en su sexo y mordió su labio dolorosamente.

—Sí, señor...

Entonces se levantó de la cama, tomó la silla mecedora de la esquina y la puso frente a la cama. Se sentó y lo único que hizo fue mirar a Isabella.

—Abre las piernas... —le dijo con voz oscura— Déjame verte —ella se ruborizó, pero obedeció.

Alucinó con la sensación de que pronto estaría —por fin— dentro de Isabella.

Creyó que él haría algo, pero no. Sólo la observó —más bien su centro. En su rostro había una expresión como la que pone un niño al tener un delicioso dulce frente suyo; pero Edward se sentía como un perro siguiendo autos, ahora que había alcanzado uno, no sabía qué hacer con él.

Y se quedó allí sentado, sin hacer nada más que mirarla.

Pasaron unos cuantos minutos e Isabella —con su sexo lubricado, ardiendo e hinchado— ya había perdido la paciencia.

—Tu coño es perfecto... —le susurró él.

—Edward... —ella le dirigió una mirada de suplica— Acércate, por favor —le dijo con un hilo de voz. Él lo hizo.

Se colocó entre sus piernas y acarició su cara con adoración.

— ¿Qué es lo que quieres, preciosa? —le dijo mientras rozaba sus labios.

—Tócame, te lo ruego —le lloriqueó.

—¿Dónde? —su propósito era torturarla.

—Donde quieras...

Entonces llevó su mano a la entrepierna de Bella, y con sus dedos fríos y húmedos acarició su clítoris. Primero lento y luego rápido, lento, lento, rápido... Introdujo sus dedos índice y medio y cuando sintió que Isabella contraía sus paredes, dejó de tocarla de nuevo.

— ¡Edward! —un gruñido de rabia y frustración salió demasiado audible.

Lo suficiente como para despertar a Charlie...

Edward captó un sonido de una puerta abriéndose, era Charles. Decidió seguir acariciando a Isabella, pero antes advirtió:

—Tu padre viene hacia acá, nena, habla con naturalidad —ella puso los ojos como platos.

—Pero...

—Guarda silencio, si pregunta por qué estás haciendo ruido, dile que estabas soñando —no le pareció una buena idea, pero aceptó.

No es como si tuviera otra opción...

Unos golpes en su puerta.

¡Mierda!

— ¿Bella, estás bien?

Ella se aclaró la garganta. —Sí —Edward bombeó dentro de ella fuerte y rápido, Isabella lo miró diciendo: ¿Qué haces? —, sólo estaba soñando.

¿Segura? —Isabella jadeó y mordió fuertemente su labio.

—Por supuesto... Buenas noches, papá.

¡Vete ya!

Está bien —no sonaba convencido—, buenas noches.

Edward escuchó los pasos alejarse y sonrió.

—Nada mal, bonita... Te ganaste un orgasmo.

¡Sí! ¡Gracias Thor!

Masajeó su clítoris con el pulgar mientras seguía moviendo los dedos en su interior. De nuevo su sexo se contraía, avisando el clímax y de nuevo, ¿qué creen? ¡Edward paró!

—Dijiste que me había ganado un orgasmo —le reprochó jadeante y con un puchero en su boquita.

—Nunca dije cuando lo tendrías —le guiñó un ojo.

Bajó hasta su sexo y —con sus colmillos aún asomándose— comenzó a dar lamidas a todo lo largo de su sexo, haciendo círculos en su clítoris e introduciendo su lengua de vez en cuando. Bella no podía hacer más que gemir lo más bajo que podía y tirar del amarre de sus muñecas.

Un segundo más y llegaría, tenía la leve esperanza de hacerlo cuando...

¡No! ¡No! ¡No!

Se detuvo de nuevo.

— ¡Basta! —su sexo dolía y estaba al borde de las lágrimas— ¡Edward! —gimoteó de desesperación— Si vas a parar, para de una vez —le dijo al borde de las lágrimas—. Si no, fóllame, hazme el amor, muérdeme, lo que quieras... pero, ¡por Dios!, déjame correrme... por favor —lloriqueó.

Edward rió y chasqueó la lengua de nuevo.

— ¿Qué dije sobre hacer mucho ruido, Isabella? —negó con la cabeza— Te lo advertí... Ahora —comenzó a desatar sus muñecas—. Quieta —ordenó y la desató—. No quiero que estés totalmente indefensa, no ahora, pero —tomó la blusa de Isabella— voy a amordazarte, ¿entendido? —ella sólo asintió.

No podía quejarse, sabía que haría tanto ruido como el desfile de San Patricio.

Se acercó a su boca y la besó de nuevo, jugueteó con su lengua y mordisqueó sus labios, luego se separó. —Cuando te corras, quiero que me veas a los ojos, no dejes de hacerlo —demandó, Bella asintió.

Con Isabella amordazada bajo su cuerpo, Edward llevó su mano —por milésima vez en la noche— al sexo hinchado y ardiente de Isabella. Introdujo un dedo, dos, bombeó lento, suave. Una mirada de piedad de Isabella y después los dobló hacia el frente, tocando su pared más sensible.

Todo dentro suyo se contrajo, sintió cada gota de sangre recorrerla entera y sentía que el corazón se le saldría del pecho. Su orgasmo llegó lento y potente, arrancándole gemidos y gritos que sonaban amortiguados por la mordaza. Sintió vértigo, arañar el cielo con las puntas de sus dedos y hundirse en el infierno.

Apenas pudo sostenerle la mirada a Edward, porque —además de que sus ojos carmesíes lanzaban miradas que la hacían estremecerse— el placer era demasiado. Tanto, que unas lágrimas salieron de sus ojos y rodaron por sus sienes, hasta la almohada.

En el rostro de Edward había una expresión de máximo goce y, dentro suyo, había un monstruo —el vampiro—, deleitándose con el orgasmo de Isabella, que apretaba sus dedos de forma deliciosa.

Se imaginó dentro de ella, arremetiendo dentro de ella, bebiendo de ella. Y a ella debajo de él, apisonándolo y gimiendo.

Se estremeció.

Isabella temblaba bajo su cuerpo, se sentía liviana y a la vez, pesada. Sentía sus párpados cerrarse, invitándola a un sueño profundo y relajante, pero se resistía. Edward desató el trozo de tela que cubría su boca y acarició su rostro delicado casi con veneración.

—Descansa, Isabella —sus párpados estaban a punto de caer, pero ella se rehusó y los abrió.

—No, no —su voz apenas se escuchó—. Tú, tú necesitas... —Edward la calló con un beso.

—Ya haz hecho suficiente por hoy.

—Pero...

—Cállate y no seas terca. Necesitas dormir y lo harás, aunque no lo quieras —le dio un beso tierno en la frente, como despedida y dijo: —Tengo que irme.

—Quédate —le suplicó, casi dormida.

—Si lo hago, no voy a tener piedad de ti... —depositó un dulce beso en sus labios, al oído, le susurró: —Duerme, Isabella —y se marchó.

.

.

Huyó como animal herido a su refugio, al bosque.

Estaba horrorosamente excitado, y asustado... Lo segundo no le importó mucho en ese momento.

Unos segundos más dentro de ese pequeño cuarto y hubiera enterrado su miembro en Isabella hasta que perdieran la cordura.

Con el olor de Isabella en su organismo, liberó su erección punzante y se acarició frenéticamente. Casi inmediatamente, su clímax arrasó con él. Haciéndole soltar gemidos y gruñidos guturales con el nombre de aquella chica que yacía desmadejada en su cama.

Recargó su frente contra el tronco de un árbol y cerró los ojos fuertemente. Si hubiese sido un humano, caería noqueado ante la brutalidad del orgasmo.

Acomodó su ropa y se coló de nuevo por la ventana de Isabella. Se acercó a ésta, acarició su rostro con amor y a su oído susurró:

—Tienes mi oscuro corazón en tus manos, Isabella Swan.

Veló sus sueños durante toda la noche, y partió al amanecer.

.

.

.

A la mañana siguiente, Isabella despertó desnuda y sola en su cama, con un ligero y placentero dolor en su sexo, recuerdo de la noche anterior. Rememoró todo lo que hizo y dijo la noche anterior; tocar a Edward sin pudor ni temor de que su padre —a sólo unos escasos metros de distancia— los escuchara... Le hizo amarrarla, luego amordazarla...

¡Le dijo Amo! Se carcajeó.

Dios...

Le pidió...

¡Santos dioses!

Le pidió que la follara, que la mordiera... Se sonrojó terriblemente por eso. Esas palabras —que sólo había leído en sus libros oscuros y pensado que diría en sus más eróticas e irrealizables fantasías— se las dijo a él. ¡A Edward vampiro cínico y seductor Cullen!

Y...

¡Dios mío, no!

Le rogó que le hiciera el amor...

¡No! ¡No! Eso no puede ser... Yo... yo nunca, nunca lo haría.

¡Pero sí lo hizo!

Estaba perdida. No era que no creyera en el amor —sí creía—, pero eso no significaba que se dejaría llevar con el primero que se le pasara por enfrente, aunque ese "primero" fuera un vampiro hermoso y le dijera que la había esperado por décadas.

¡Dios!

Se llevó las manos a la cara y aventó las cobijas a un lado con las piernas. Se levantó de golpe y sintió un delicioso espasmo de placer en su vientre bajo. A pesar de lo que había dicho, no pudo evitar estremecerse y gemir al recordar el tacto de Edward sobre su piel.

Suspiró y pasó —o por lo menos trató— sus manos por su cabello. Éstas se quedaron atoradas a medio camino, su cabello era un desastre total. Parecía que un ave había hecho su nido ahí. Suspiró.

Está bien, Isabella, ordena tus ideas y apresúrate.

Primero; necesitaba una ducha, urgente. Debía pensar bien las cosas, para no actuar de forma estúpida.

Mientras se duchaba, pensó en lo que había hecho; primero, decirle a Edward que ya no quería ser virgen, y que quería que él se encargara de eso... Al menos no era una mentira. Logró hacerle amarrarla. Y, más tarde, que la amordazara. Eso sí fue a propósito... ¡Y luego rogarle que le hiciera el amor!

En su defensa, estaba desesperada por un orgasmo. ¡Cualquiera diría eso en su situación!

Comenzó a enjabonarse y pasó la mano por sexo, dolía y escocía un poco, pero era soportable. Miró su seno derecho y notó que tenía unos hematomas con forma de media luna en su pezón.

¿En qué momento fue eso?

Terminó de asearse y salió de la ducha. Se arregló, desayunó un poco y partió hacia el Instituto. En el camino se preparó mentalmente para hablar con Edward, expresarle lo que sentía y estar preparada para perderlo. Él le había dicho que la había esperado durante años, sí, pero eso no aseguraba que no la dejara nunca.

Cuando había estado en su departamento, él le contó que los de su especie se distraían muy fácil. Así que en cualquier momento, podría dejarla.

Tal vez era una tonta, tal vez era dramática e incrédula, y cualquiera diría: "Simplemente acéptalo y vete con él". De verdad quería hacerlo, pero no era fácil. No podía dejar todo y ya, así como tampoco podía decir que no estaba asustada.

No estaba a su alcance comprender que Edward vampiro de ensueños Cullen le dijera eso, que había ido por ella. Y es que, ¡por Dios!, no era fea. No tenía problemas de autoestima, era bonita, lo sabía. Pero había mejores, eso también lo sabía...

Sí, sus ojos eran de simple color marrón, al igual que su cabello y su piel era pálida e imposible de broncear. Pero era bonita...

Aún así, no podía creerlo.

¿Por qué, pudiendo tener a una chica con grandes senos y con cara de portada de revista Dior, Cullen la escogió a ella?

No sabía el por qué, pero bueno, a fin de cuentas era ella.

No Brenda, con su cuerpo voluptuoso, no a Cherie, la típica rubia hermosa de Estados Unidos. No.

Sonrió y se dio un golpe mental.

¿Deja de darle vueltas y disfruta mientras dure!

Eso haría, disfrutaría, y si Edward la dejaba... Bueno, ya vería cómo librarse.

Pero —siempre hay un pero—, necesitaba que fueran un poco más despacio... Y también que la conquistara.


Probablemente, querrán matarme o torturarme, y tienen todo el derecho. Sé que no es necesario hacerlo, pero daré una explicación sobre por qué no había actualizado.

He estado ocupada con exámenes, entrega de trabajos, en fin, la escuela. Mi prima se casó hace una semana y estuve fuera unos días. Hay algunos asuntillos con "mon " que me tienen muy pensativa, y no me dejan en paz (sólo mis compañeras entenderán esto, pero bueno). Y también he estado teniendo algunas "discusiones" con alguien cercano a mí. Lo que, sinceramente, me pone de mal humor.

Debido a lo anterior, he tomado una decisión. Los capítulos los reduciré, para así actualizar más seguido. Algunas veces tardaré un poco en actualizar, no dejaré la historia —eso sería algo cruel—, pero deben ser pacientes.

Además, un aviso: ELIMINARÉ LA HISTORIA Y LA VOLVERÉ A SUBIR CON EL MISMO NOMBRE, PERO CON UNAS CUANTAS MODIFICACIONES. Esto es porque lo que tenía planeado hacer al principio, lo he modificado y si escribo lo que ahora pienso, la historia no será coherente.

LES AVISARÉ CON ANTICIPACIÓN ANTES DE HACER ESTO, así que estén tranquilas.

Espero me comprendan.

Mil gracias a todas, a las que marcaron/siguen esta historia y a mí, como favoritas, a las que dejan reviews, a las lectoras fantasmas. Gracias.

Marta Salazar, Esmeralda C, Pao stewart, eddieIlove, zujeyane, ALEXANDRACAST, Giorka Ramirez Montoya, Anne McQ Sheperd Pattz, Kela o Cathe Viquez, danny, Black Angel Lilith, AlitaC, Esmeraldy, Elaine Haruno de Uchiha, Dark Glimmer, Anastacia trinidad crawford, Moonlullaby97, crizthal, Monse, Andrea 14 de Cullen, miriancullen32, beakis.

Nos leemos pronto.

Mordidas...

Ninfaffadd.