Recuerdos de un Corazón Asustado
Estaba preparándoles un té, dándoles tiempo para calmarse y ver que, estar allí, era lo mejor que podrían hacer. Al menos aquella noche, ¿qué más les daba? Era un lugar apacible y acogedor, la gente de la calle nunca molestaba y menos de noche. Fleet Street se había convertido en una de esas calles solitarias que nadie frecuenta por miedo, y ahora que ella había vuelto para iluminar su vida, estaba dispuesto a tranquilizar a los demás transeúntes. Desde el momento en el cual regresó, que supo que estaba viva, que siempre lo estuvo, Sweeney Todd había tomado la decisión de arreglar la barbería, sólo por ella. Quería darle una buena impresión, demostrar que no era un inútil. Ahora las tiendas estaban limpias y los letreros estaban en su sitio, con todas sus letras. Ya no podría decir que era un perdido en el camino del Señor, porque no era así. Y realmente tenía miedo de serlo.
Podía comprender que ella ya no le quisiera, incluso él tenía muchísimas dudas respecto a los sentimientos que envolvían aquella dolorosa situación, aquella relación extinta. Pero fuera como fuere, estaba seguro de que la preciosa Marion era hija suya y no iba a dejar que nada la pasase, por muy loca que estuviera su madre.
Les dejó el té sobre la mesita de la habitación, pero ella le miró como si fuera... cualquier cosa, un asesino, tal vez, ¡o un secuestrador! Le hizo gracia, porque en realidad era todo eso que a ella se le estaba pasando por la cabeza.
— No quiero haceros daño —sonrió, y ella asintió suavemente—. Es cierto —volvió a asentir, pero no tocó el té—. Créame —se sentó frente a ella, y la Sra. Lovett dio un respingo y sujetó a su hija con más fuerza—. Mire, puede irse cuando quiera, no voy a retenerlas, pero al menos pase la noche aquí, no le hará mal. Mañana puede irse si lo desea —yo no lo deseo, pero lo respetaré aunque me cueste.
— Supongo que tiene razón —contestó quedamente, todavía con la mirada baja.
— ¿Entonces por qué tiene cara de pánico cada vez que estoy delante? —sonrió juguetón.
— ¡Yo no tengo...! ¿Cara de pánico? ¿Yo? ¡Oh! ¡Oh! —exclamó ofendida—. ¡Y-Yo no tengo cara de pánico! ¿Qué sabrá usted de mis caras de pánico? ¡Yo no...!
— Shhh —se puso un dedo en la boca, sabiendo que no podría ponerlo en el de ella—. Lo sé perfectamente.
— No, usted no... —los sonidos de silencio que emitía aquél hombre la relajaban sobremanera, le estaba costando no darse por vencida.
— La conozco de hace mucho tiempo, querida.
— Sabe que no creo...
— ¿Quiere que se lo demuestre? —alzó las cejas—. Quiere que... ¿traiga los recuerdos? No es difícil, podemos hacerlo, y no será nada comprometido. Es más, podría ser en público, aunque es tan tarde que dudo que eso sea posible, y usted quiere irse mañana, ¿cierto? —ella asintió, y le dolió pero lo ocultó—. Anthony puede cuidar de la cría mientras estamos fuera.
Su primera reacción cuando se acercó fue alejarse, pero le dejó quitarle a la niña de los brazos y colocarla en la pequeña cama que había, curiosamente, preparada para ella. Después, como llevada por misteriosas razones desconocidas, se dejó coger la mano y ser llevada a la calle.
Cogidos de las manos, ¡qué osadía! Y se sentía tan bien, como si fuera lo más normal del mundo. Disfrutó en silencio del contacto con él, con el... ¿Sr. Todd? Pero jamás dejaría que lo supiera.
Él pasó un brazo por sus hombros, protectoramente, mientras la tapaba con su chaqueta, protegiéndola del frío nocturno. Con gestos como aquellos, ¿cómo iba a quererle mal? Parecía un buen tipo, de todos modos. Raro, sí, con unas greñas que mal peinadas daban miedo, pero... parecía un tío legal, así que se dejó llevar por las laberínticas calles londinenses bajo aquél calentito abrazo de oso.
Poco a poco fueron llegando a las afueras. No iban corriendo, así que seguramente el viajecito les tomaría toda la noche, pero realmente no creían que les importara demasiado.
— Conozco este camino... —susurró a medida que tomaban una de las carreteras.
— Sí, ¿verdad? —susurró en su oído debido a lo cerca que estaban, la estremeció. En verdad parecían una parejita.
— E-Estaba mojado... cuando vine... —empezó a recordar en voz alta, porque sino todo le parecería inverosímil—. Llovía.
— Llovía —confirmó él—. Y lloverá —añadió cuando empezaron a caer pequeñas gotitas del cielo—. Continua.
— Recuerdo que corrí, por aquí —se desvió a un camino entre los árboles.
— ¿Quieres que vayamos?
— ¿Podemos?
— Conmigo lo puede todo, pequeña —tomó su mano y empezó a guiarla entre la espesura.
— ¿Cómo sabe a dónde vamos?
—T e seguí —confesó—. Fui muy rudo contigo —el respeto característico de él quedó a un lado para dar paso a la sinceridad—. Te busqué y vi que habías marcado este lugar. Cuando llegué... te vi ahí —habían llegado a las lindes entre el bosque y el pequeño puente de piedra, ofreciéndoles el preciso punto de vista de aquella fatídica noche.
Avanzó unos pasos, mirándolo todo, pero no era nuevo. Lo recordaba. Recordaba el barro en sus zapatos y el río embravecido, justo como ahora. Al acercarse al muro que la separaba de la caída, miró al Sr. Todd a los ojos.
— Eras tú... —susurró atónita—. E-Eres el... ¡eres el hombre de los ojos negros! —pegó un respingo cuando se acercó—. ¿¡Para qué me has traído! ¿¡Quieres acabar con lo que no pudiste hace años!
— ¿Qué? ¡No!
— ¡Tú me empujaste!
— No, no. Tú te resbalaste, yo quería ayudarte.
— Eso no es cierto, eso no es...
— Shhh, shhh... calma... —cogió su mano y la atrajo, de nuevo—. No enloquezcas, ¡no tiene sentido! Podría haberte matado antes, ven, ven...
Estaba llorando, tan destrozada... su corazón ardía de impotencia. Sentía tener que recordarle todas esas cosas, pero eran parte de su vida, de sus experiencias, no podían negarlas y hacer que no habían existido, porque existieron. Trató de calmarla, hacerle entender que estaba bien, que aquellos tiempos malos ya habían pasado y que no volverían.
Torpemente iniciaron un baile allí, él le estaba tarareando al oído una melodía conocida, pero no sabía de dónde. Poco a poco empezaron a dar vueltas, agridulces, que también traían recuerdos.
— La recuerdo porque la bailamos en el mercado —sonrió Todd, sujetándola firmemente—. Justo así, aunque con más gente. Recuerdo que yo estaba lleno de pánico porque no me gustaba el contacto humano, pero tú estabas empeñada en que socializase un poco más —empezó a reírse.
— Sí, es cierto —rió ella también, y luego paró en seco—. ¿De dónde vino eso?
— De tu boca, de tus recuerdos. No te cierres ahora.
— Lo sé, lo sé... es sólo... no me esperaba... vaya... me cuesta admitirlo pero... tenías... ¿razón? —un beso en la mejilla en vez de una reprimenda, era tan diferente de...
— Volvamos a casa, ya has tenido suficiente por hoy...
Pero no se movieron ni una sóla pulgada. Es más, ella impidió que se moviera. Estaba sujeta a sus brazos, a sus fuertes y varoniles brazos, y se sentía tan, pero tan segura en ellos... La lluvia les calaba hasta los huesos y aun así no quería moverse, no quería.
Fue poniéndose de puntillas con tanta lentitud que no se dieron cuenta de que se movía, y aún así él la sujetó, inseguro, pero ella lo estaba más. Realmente no habían pensado, ninguno de los dos, acerca de cómo se sentían.
Uno había presupuesto que la amaba, pero realmente estaba acostumbrado a verla sólo como una amiga, y cuando la había perdido pues... tal vez exageró. Y estaba seguro de que ella le había odiado, ¡y todavía le odiaba!
Pero cuando se besaron, simplemente se sintió bien y no pensó más.
Juliet se apartó y le miró asustada, ¿Qué haces?
¿Qué haces? ¿Qué haces? ¿Qué más da? ¿Realmente importa? ¡Si ya se han vuelto adictos!
Alguien pasó y tosió, y les llamó maleducados y salvajes.
Tuvieron que apartarse.
— Llueve mucho... ¿volvemos?
— Será lo mejor.
En el camino ni se tocaron ni hablaron.
Cuando llegaron la puerta de la ahora renovada barbería estaba entre abierta, la luz del sol se colaba por ella que daba gusto, si no fuera por que era tan preocupante.
Corrieron a ver qué pasaba, pero ninguno se imaginaba lo que había pasado realmente.
Haría cosa de unas horas habían irrumpido en la barbería, disparado a Anthony y se habían llevado a Marion.
