Hola hermosas.

Antes que nada una muy grande ¿Qué digo grande? Una enorme disculpa por haberme tardado tanto pero tuve varios contratiempos.

Bueno se que ya es un poco tarde para esto pero de todas maneras les quiero decir que espero que este año sea de muchas bendiciones para ustedes, que sea mucho mejor que el año pasado y que puedan logras sus propósitos y todas sus metas. Las quiero y agradezco enormemente que me dediquen un poco de su tiempo para leer lo que escribo… Ahora sí, que disfruten el capitulo.


Capítulo betado por: Ariana Mendoza.


9.- El pasado nunca se va.

—¡Vamos, Bella! Necesito que hagas lo que te digo.

—No estoy cómoda haciéndolo de esta forma. ¿No podríamos intentar con otra?

—Esta posición es muy buena… incluso te temblarán las piernas cuando terminemos.

—¿Es en serio?

—Claro. Ahora, arrodíllate y recarga tus codos en el piso ¡Anda, será divertido! Lo disfrutarás después. Sube un poco tu trasero y separa más las piernas.

—¿Así?

—Perfecto… ¿Lista?

—Sí.

—Bien. Uno… dos… tres —comenzó a contar Alice, y yo comencé a llevar mis piernas estiradas hacia arriba.

—Esto es una puta mierda, Alice. ¿Por qué hacemos ejercicios ahorita? —le dijo Rose de mal humor.

—Porque cuando tengas un culo respingón y perfecto, me lo agradecerás —Alice le respondió.

—¡Mi culo está perfecto! —contestó la rubia.

—¡Pero podría estar mejor! —le gritó Alice, enfrentándola.

Yo seguía sudada y haciendo mis levantamientos.

—¡Ya quisieras tener un culo como el mío! —Rose gritó de vuelta, mientras la señalaba con su dedo acusador.

—¡Mi culo es mejor que el tuyo!

—¡¿Podrían dejar de hablar de culos?! —grité—. Ya están grandecitas y podrían mejorar su manera de hablar y ser menos groseras. Alice, ¿cuántos levantamientos van? ―pregunté conteniendo el aliento. Estaba claro que no era una buena atleta, y mis músculos me lo hacían notar.

—Umm… ¡No lo sé! Perdí la cuenta —me contestó, mientras miraba furibunda a Rose.

Grité exasperada, y me tiré en el suelo de mi sala.

—¡Váyanse muy lejos las dos! Mis piernas me tiemblan y ni siquiera contaron cuántas hice… Olvídense de que vuelva a hacer ejercicios con ustedes —les decía entre mis respiraciones irregulares.

Era una basura como deportista, lo mío era la Medicina, y ahí claramente tendría que quedarme.

—Te lo dije, son unos ejercicios muy buenos —me dijo Alice orgullosa, y yo me estiré más en el cómodo suelo de madera.

Era domingo en la tarde, Alice se había quedado a dormir y aún seguía con nosotras. Habíamos comido, visto películas, y yo estaba huyendo de la futura conversación con mi madre; así que Alice comentó que el ejercicio te relajaba y te ayudaba a despejar tu mente.

Primero habíamos pensado en el yoga, pero lo sentimos aburrido, y navegando en la red vimos Ejercicios para un trasero perfecto, y Alice no pudo resistirse. Y he aquí las consecuencias.

—Como sea, Bella ya ha hecho mucho ejercicio por un tiempo. —Rose se sentó en el sofá y subió los pies—. Yo digo que no seas cobarde y la llames.

Ella miraba distraídamente sus uñas, claramente me quería hacer enojar. Alice se sentó a un lado de mí y me tendió convenientemente el despreciado aparato negro.

—Yo digo que no seas entrometida y dejes de molestarme ―le contesté de vuelta a la rubia, y rechacé el teléfono que Alice me daba.

—En algún momento tendrás que hacerlo, ¿por qué no ahora? —Rose arqueó su ceja hacia mí y me miró con superioridad—. ¿Quieres demostrarle que eres madura? Llámala e infórmale solamente… no le pidas su opinión.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Alice, dale el teléfono.

Alice me acercó de nuevo el teléfono; lo miré por unos segundos y me paré, dando un pequeño respingo.

Esto estaba mal; estaba jodida. Tenía nervios de escuchar lo que mi madre pudiera decir… Había estado evitando a Edward todo el día, y no podía seguir posponiendo ni una cosa ni otra. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo, solo que… no ahora.

—Más tarde —fue lo que dije, y me dirigí por un vaso de agua a la cocina.

Después de tomar agua y quedarme más tiempo del necesario en la cocina, decidí salir y sentarme en el sillón en silencio. Rose optó por ignorarme, y a Alice no le quedó de otra que seguir su ejemplo. Pasaron unos cuantos minutos y Alice optó por irse corriendo y alejarse de mi humor de mierda, que comenzaba a contagiar a Rosalie.

—¿Sabes cuál es tu problema? —Rose se paró delante de mí una vez nos hubimos quedado solas—. Tu problema aquí es que eres un poco rencorosa y demasiado orgullosa como para hablar siquiera con tu madre.

No le contesté, y ella terminó sentándose a mi lado.

—No sé exactamente qué decirle —le confesé.

—Solo dile cómo está la situación y que eres feliz; ella se alegrará —prometió.

Mi madre no era mala persona ni mucho menos, sabía que se alegraría; pero no me sentía muy cómoda hablando con ella acerca de mi vida amorosa.

—Está bien —acepté, y Rose me dedicó una sonrisa.

Me paré, arrastrando mi cansado trasero por el ejercicio y me dirigí a tomar el teléfono, cuando escuché el timbre sonar y a Rose decir que ella atendería. Tomé el teléfono con pereza, y antes de que marcara el número una mano tomó mi muñeca con fuerza.

—¿Quién crees que estaba en la puerta esperando a que tomáramos el té en su casa? —me preguntó Rosalie con voz contenida.

—¿El té? No sé… ¿Quién? —pregunté de regreso, confundida.

—¡La señora Thompson! Dice que tú ya habías acordado ir a visitarla… Exactamente, ¿cuándo ocurrió eso?

Rose parecía estar a punto de golpearme, pero yo no recordaba haber hablado con la señora Thompson de una visita. Ni siquiera la había visto últimamente…

Uno de estos días tienes que venir de visita, linda; también podría venir Rose.

Claro.

Será fabuloso, solo tengo que instalar bien a Cariñosa en su nueva casita que le he comprado y después te vendré a avisar qué día puedo recibirlas.

Está bien, señora Thompson…

¡Demonios!

Eso había sido hace mucho; todavía ni siquiera tenía mi primera cita con Edward. ¿Tanto tardó en instalar a su tonta gata?

—¿Ya recordaste?

Rose me miraba feo, y yo solo pude asentir.

—En mi defensa, he de decir que fue hace mucho tiempo atrás; ya ni siquiera me acuerdo bien de esa conversación. Tienes que creerme, nunca pensé que en verdad nos invitara a su casa a tomar el té con ella.

Casi le imploraba para que no me golpeara, ya que sabía que estaba cansada y con ganas de dormir, además de que me veía como si estuviera a punto de hacerlo; pero ella solo comenzó a reír.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí, la señora Thompson me dijo que ya tenía algo de tiempo que te hizo la invitación, pero que espera que podamos ir. Nos está esperando en su casa —me informó mientras calmaba su risa—. Parecía que te ibas a orinar en cualquier momento.

—¡Púdrete, Rose! Pensé que estabas enojada, y parecía que querías golpearme —le dije mientras me la sacudía de encima.

—¡Vamos! Jamás te golpearía, a menos que estuviéramos peleando… Ademas, si hubiera sido así, tú también me has golpeado antes —me acusó.

—Solo olvídalo, ya te he perdonado —le dije, restándole importancia, a lo que ella alzó una ceja en mi dirección—. ¿Iremos?

—Claro que sí, ya le he dicho que iríamos.

Estaba a punto de poner mi cara de cachorrito; pues estaba cansada y quería dormir, y sabía que ella también, no ir a tomar el té. Pero antes de que abriera mi boca, la rubia ya estaba negando con su cabeza.

―Iremos, Bella. Es una pobre abuelita que pasa la mayoría del tiempo sola, y creo que no le vendría mal nuestra compañía por un tiempo.

Lo pensé durante un segundo y Rose tenía razón. Me hacía sentir mal que la señora Thompson pasara demasiado tiempo sola, y además era de mala educación denegar su invitación así.

—Eso lo dices ahora —le dije suspirando, y salí arrastrando mis pies con Rosalie detrás de mí.

Me volví a estremecer por tercera vez en mi lugar desde que llegué a esta casa. La gata no dejaba de restregarse en mis piernas desnudas cada vez que pasaba. ¡Bendita la hora en que se me ocurrió ponerme un short!

No me gustaban los gatos, los detestaba y, al parecer, a Cariñosa le había caído muy bien, pues no dejaba de pasearse por mis piernas y ronronear. A Rose y a la señora Thompson parecía hacerles gracia el asunto, pero era claro que a mí no. Y para variar, ¡en verdad estábamos tomando té! ¡Yo no tomo té! Bueno… té helado en ocasiones, pero esto no cuenta, ¡esto era té, del caliente!

—Cambia tu cara de una vez, te quejas por todo —Rose me susurró rápidamente cuando la señora Thompson fue por unos álbumes a su habitación—. Es una pobre y dulce abuelita, ¡recuérdalo! O juro que ahora sí te golpeare si la haces sentir mal —me amenazó.

Sabía que Rosalie tenía razón; me quejaba de todo. Era una maldita desconsiderada. La señora Thompson siempre había sido amable y buena, algo curiosa,por así decirlo, pero buena persona al fin y al cabo. Así que me acomodé en mi asiento, le di un valiente trago a mi té, y sutilmente empujé a Cariñosa lejos de mis piernas.

—Estos son uno de mis mayores tesoros —nos dijo, mientras se sentaba en el gran sofá con los álbumes en sus manos—. Cuando pasan los años puedes olvidarte de muchas cosas, pierdes muchas cosas; pero siempre tendrás algo para recordar y siempre habrá pequeños detalles que te llenen de recuerdos y melancolía… Detalles como las fotos. Acérquense —nos pidió, palmeando los asientos vacíos a su lado—. Esta soy yo cuando era joven como ustedes —nos dijo, una vez que estuvimos sentadas a su lado y abrió el primer álbum, mostrando la fotografía de una hermosa chica con cabello esponjado y gran peinado, sentada, y sonriendo alegremente a la cámara.

Siguió pasando las páginas mientras nos explicaba con calma de qué iba cada fotografía, cómo, cuándo y con quién estaba.

Llegamos a una fotografía donde se mostraba a dos jóvenes sonriendo a la cámara; estaban abrazados. Ella lo abrazaba por la cintura y él tenía sus brazos cálidamente en los hombros de ella. No necesitabas ser muy observador para ver que eran más que solo amigos; la imagen irradiaba amor y ternura, incluso ahora, tantos años después de que fue tomada.

—Mi Harry…—dijo, y su voz se quebró. Ella rápidamente se aclaró la garganta, y sonriendo negó—. Incluso después de los años que han pasado, aún no me acostumbro a su ausencia.

—Es hermosa —le dije, y era cierto; la fotografía era hermosa.

—Lo es —concordó conmigo, me sonrió con calidez y pasó página—. Nos conocimos en la universidad, en una fiesta de un amigo que teníamos en común. Él estudiaba Arquitectura y yo Periodismo, cuando lo vi pasé de él… ni siquiera le dediqué dos segundos; pero él fue hasta donde estaba yo y comenzó a conversar conmigo. Al principio solo contestaba por educación, pero él en verdad era divertido y demasiado lindo como para que lo siguiera ignorando.

»Conversamos el resto de la fiesta y lo dejé de ver por un par de semanas; después apareció a la salida de clases con una orquídea y me pidió salir con él. Y yo, secretamente encantada acepté. Me llevó a un parque y nos sentamos toda la tarde a charlar y comer helado; me señalaba los diferentes edificios y me decía lo que le gustaba y lo que no, lo que él cambiaria. Yo le hablaba también de mis sueños y de las enormes ganas que tenía de ser, en algún momento, editora en jefe.

»Al finalizar nuestra cita le pregunté por qué me había regalado una orquídea y no una rosa, y él simplemente contestó que las rosas eran demasiado comunes, simples y ordinarias, y que yo no era nada de eso; así que no merecía ese tipo de flor. Cuando llegué a mi habitación y me recosté en mi cama, fue cuando me di cuenta que ya lo quería

Suspiró y cambió por otro de los álbumes.

Y la primera página nos dio la bienvenida con una fotografía grande donde se mostraba a dos chicos enamorados abrazados, la misma postura y los mismos rostros que la fotografía anterior, solo que aquí ella usaba un gran vestido blanco con detalles de encaje y perlas, y él un esmoquin negro, impecable.

Era una foto de su boda.

Volteé a ver a Rosalie y ella también hizo lo mismo.

—Sí, nos casamos muy pronto —nos comenzó a explicar, mientras sonreía y tocaba la fotografía con añoranza—. Exactamente cuatro meses después de habernos conocido. Me había enamorado perdidamente de él; y cuando llegó un día con un ramo enorme de girasoles y se arrodilló delante de mí y me pidió ser su esposa, yo simplemente dije que sí. Era una tonta enamorada e idiota chiquilla. Cuando él lo propuso, salté a sus brazos encantada. Nuestras familias no estuvieron muy de acuerdo, pero no nos importó; nos casamos y nos mudamos juntos, comenzamos a trabajar y seguimos estudiando.

Pasó la página y había más fotografías de ellos. Desde unas espontáneas de él mientras estaba haciendo unos planos, hasta una de ellos dos acostados en el piso haciendo muecas a la cámara.

La página siguiente era parecida a la anterior, y así hasta que se detuvo de nuevo en otra donde él la estaba cargando en su espalda y ambos sonreían, pero lo interesante era que, atrás de ellos, había una pequeña casa.

—Nos graduamos y seguimos trabajando; nos la vimos duras. Seguíamos rentando y había días en que ni siquiera nuestros sueldos juntos alcanzaban para mucho, pero luego llegaron las bendiciones. A él lo llamaron para que comenzara a trabajar en una empresa y a mí me aceptaron en uno de los periódicos locales.

»A él le iba bien, ya que era muy talentoso y uno de sus profesores lo había recomendado, pero mi situación era harina de otro costal. Empecé desde abajo; solo llevando el café, pasando dictados… sentía que me estancaba. Pero tenía que ser paciente por mí y por él.

»Después de un año y medio por fin pudimos comprar esa casa. Los primeros meses dormíamos en el piso en una colchoneta, rodeados de las paredes desnudas, pero ¿saben qué? Fui inmensamente feliz.

La señora Thompson pasó a la siguiente página, y juro que casi me pongo a llorar; su historia era sencillamente hermosa. En el centro de la hoja se podía observar a ellos dos; él la abrazaba por detrás y ella sonreía con sus brazos en su vientre.

—Poco tiempo después llegó Emily; nuestra primera hija. Nos volvimos locos de felicidad y de preocupación, porque no lo habíamos planeado y eso significaba que no teníamos la casa lista para recibir a un bebé.

»Harry consiguió otro trabajo, y juntos comenzamos a comprar las cosas para esperar la llegada de nuestra primera hija; y que, curiosamente, pensamos sería un niño… Eso habían dicho los doctores, y terminaron equivocándose —lo dijo burlona, mientras nos veía y nosotras solo nos reímos.

Sí, a veces nos equivocamos.

—Compramos ropitas azules, mantas azules, juguetes, biberones y baratijas azules. La habitación parecía una mancha de ese color.

La siguiente foto era de ella con su vientre más abultado; había muchas de ella embarazada, y otras más de él junto a ella. Hasta que llegó a una de ella en la camilla de un hospital.

—Las peores y mejores horas de mi vida, nadie me había dicho con sinceridad lo doloroso que es traer un niño al mundo.

Nos guiñó un ojo. Luego nos siguió mostrando más fotos de ella, ya con su bebé; y luego de ellos tres.

—Cuando vimos que el bebé era niña, lo único que hicimos fue reírnos y mi pobre hija usó todo azul por un tiempo. Claro que después le compramos cosas rosas y amarillas, pero curiosamente ahora su color favorito es ese: el azul. Dos años después de Emily llego Harry Jr. a nuestras vidas. Para esto, yo dejé el trabajo y mi Harry ya estaba mejor instalado en el suyo.

»Estábamos bien y nos sentíamos listos para agrandar la familia. Y exactamente tres años después tuvimos gemelos; Sam y Nick, y con ellos decidimos que ya éramos suficientes.

Nos dijo, mientras cerraba el último álbum y se acomodaba mejor en su sofá. Yo seguí su ejemplo rápidamente, pues estaba absorta en su historia.

―Me dediqué al hogar, y algunos meses después vendimos esa casa y nos mudamos a una más grande. Los niños comenzaron a ir a la escuela, a Harry le iba bien en su trabajo y yo seguía igual. Pasamos por algunos momentos difíciles con Harry; nuestro matrimonio tuvo una mala racha, y yo me di cuenta que nunca podría cumplir mi sueño de ser editora en jefe. Nos aguantamos mucho e hicimos que nuestra relación siguiera como el día en que nos casamos… aunque ahora sé que lo amo más que ese día.

»Los niños crecieron, Harry y yo envejecimos; y parece ser que solo parpadeé, porque los años volaron. Ahora sé que mis sueños dejaron de tener importancia y pasaron a un plano mucho menos importante el día que descubrí que estábamos esperando a Emily.

»Harry murió hace ya diez años, y aún sigo esperando que regrese de trabajar y me diga lo hermosa que luzco para él este día; que me sorprenda con todo tipo de flores, menos rosas. Aún sigo siendo esa tonta enamorada, solo que ya no soy una chiquilla.

Terminó, y silenciosamente se limpió las lágrimas que habían caído por sus mejillas; y yo, sin ser consciente del todo, la imité.

—¡Pero miren nada más!, ya las he hecho llorar. Tranquilas, queridas, es solo una tonta historia —nos dijo y me abrazó, y yo devolví su abrazo con ganas—. Ya, preciosa, yo tuve mi historia feliz; la sigo teniendo —me dijo, y me soltó para abrazar a Rosalie, que estaba llorando a moco tendido.

—Es una muy hermosa historia, señora Thompson —le dije, mientras apretaba su mano.

—Gracias, Bella. Ya verás que un día tú escribirás la tuya, y será incluso mejor… Ambas lo harán.

Ella devolvió mi apretón de mano, mientras que con la otra alisaba el cabello de Rose, que apenas se estaba recuperando.

—Gracias por compartirla con nosotras, señora Thompson ―dijo casi hipando la rubia.

—Sé que casi no las conozco, pero las quiero como si fueran mis nietas; gracias a ustedes por escucharla.

Y eso fue todo lo que bastó para que Rose volviera a las lágrimas y la señora Thompson la abrazara.

Era una hermosa historia, pero yo no era como Rose de sentimental y reaccionaba llorando a mares; yo era más bien fría y un poco seca, no llegaba a tanto. Cariñosa me distrajo, pues volvió a tallarse en mi pierna. Observé a la gata, y en un impulso poco usual, toqué suavemente su cabeza. Era una blandengue, pero la ocasión lo ameritaba; así que le dediqué unos cuantos mimos a Cariñosa, y después amablemente la aparté.

Estaba sentada en mi cama, con el cabello mojado por la ducha y mi pijama recién puesta, teléfono en mano, y lista para hablar con Renée. Estaba sola en el piso, ya que Rose decidió pasar la noche en casa de Emmett, así que decidí que ya era hora de afrontar las cosas y superarlas; del mismo modo como arrancas una bandita: certero y rápido. Marqué a su celular, pues a esta ahora ya estaría en Denver esperando a que amaneciera para la terminación de Jake.

—¿Bella? ¿Estás bien? —fue lo primero que dijo cuando respondió.

—Hola, mamá, sí lo estoy. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno… no esperaba tener noticias tuyas hasta el viernes ―dijo como si fuera obvio y guardó silencio.

Nos quedamos calladas, solo escuchando la respiración de la otra; era por esto que no quería hablar con ella. No porque temiera lo que opinara, o porque no le agradara la noticia, ni porque no quisiera hacer partícipe a mi madre. Sino, porque simplemente hablar con Renée se volvió incómodo desde que tenía dieciséis años.

—¿Segura que estás bien, Bella? —me preguntó de nuevo rompiendo el silencio.

No sabía cómo empezar una conversación con ella que me llevara al punto para decirle la noticia.

—Sí… ¿Qué tal tu vuelo?

—Se retrasó un poco, pero bien; gracias.

Y el silencio reinó de nuevo.

«Recuerda, Bella: ¡La bandita! ¡La bandita!», me grité internamente. Así que, como no había otro camino, decidí aplicar el plan que ya había trazado.

—Mamá… ¿Cómo has estado? —hice otra pregunta, solo que esta vez era planeada.

Mi madre era muy educada ante todo, y eso significaba que, a pesar de sospechar, me contestaría y al final haría la misma pregunta por educación.

—No sé qué pasa, Bella, pero digamos que seguiré el juego.

¡Rayos! Me conocía bien.

—Estoy muy bien, gracias. ¿Y tú?

—Genial, yo también estoy muy bien. De hecho, estoy mucho mejor de lo que esperé en tiempos pasados.

Y comencé con mi verborrea…

―¿Sabes? Las cosas por acá han cambiado un poco, ahora mismo Rose está en Ginecología viendo las grandes variedades de vaginas, y yo estoy en urgencias. He entrado más veces al quirófano y ya me han comenzado a dejar cerrar ¿Puedes creerlo? Esto es mejor de lo que me había imaginado, mamá… pero bueno, sigo con el informe. Alice, la amiga que conocimos aquí, nos invitó hace algunos meses a una fiesta en un bar y ¿qué crees? Rosalie se ha enamorado perdidamente de su hermano; la rubia ha caído muy bajo —le dije, y tomé un respiro mientras esperaba escuchar su voz y así asegurarme de que no me hubiera colgado.

—¿Es en serio? ¡Me da tanto gusto por Rose! ¿Cómo es el chico? ¿Es guapo? ¿Es bueno con Rose? ¿Ella es feliz? —dijo alegremente después del pequeño gritito de felicidad.

«Claro, olvida todo lo que te dije de mi trabajo y pregunta solo por Rose», pensé amargamente.

—Sí, él la trata muy bien. Es muy lindo con ella, y lo mejor es que está igual de perdidamente enamorado que ella.

—¡Oh, Bella! Esas son muy buenas noticias —me seguía diciendo alegre.

—Sí… ¿Lista para recibir más buenas noticias? —le pregunté un poco insegura, y no le di tiempo a que me contestara—. Yo… yo me he enamorado. Al igual que Rose, yo conocí a un chico en el bar, y tengo un par de meses de conocerlo y hemos decidió hacerlo oficial. ¡Ah! ¿No te he dicho la mejor parte? Es el otro hermano de Alice, se llama Edward.

«Madre deja de gritar de felicidad, me dejarás sorda», el sarcasmo se hacía presente en mis pensamientos, de nuevo.

El silencio duró unos cuantos segundos más, y comenzaron los titubeos de mi madre. Suspiré pesadamente y me dejé caer de espaldas en mi cama, y subí los pies a la pared de mi cabecero.

—¿No puedes estar feliz un poco, por mí? ¿Nada? No te pido que grites al igual que lo hiciste con la noticia de Rose, pero un poco de entusiasmo se agradece.

—No sé qué decirte, Bella. No sé si preocuparme o felicitarte… o simplemente callarme ―dijo quedamente.

Y sabía a lo que se refería; nunca me dejaría olvidar mis errores, ni siquiera porque era una adolescente idiota en ese entonces.

—No te pido que hagas nada que no te nazca.

Estaba a punto de deprimirme; mi voz sonaba seca pero no grosera… más bien, vacía.

—Te lo dije por dos motivos. Uno: porque vendrás de visita y tenías que estar al tanto de por qué un chico cobrizo estará conmigo o se paseará seguido por aquí… Y dos: porque muy en el fondo, a pesar de que no quería tener esta conversación, pensé que te alegrarías aunque fuera un poco, dejarías ir el pasado y compartirías con tu única hija.

—No es que no me alegre por ti, Bella, pero es que no sé si es bueno que lo haga.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué con Rose te alegraste y conmigo no?

—Porque Rosalie no sabe lo que quiere, o mejor dicho, porque Rose no tiene planeado en su cabeza lo que quiere; ella deja que las cosas fluyan y tú no. Tú eres obstinada con tus planes, los trazaste hace años y te aferras a ellos… No sé qué decirte. Tal vez ahorita piensas que eres feliz porque te ha llegado el amor, Bella, pero ¿serás feliz dentro de otro par de meses? ¿Serás feliz cuando veas que este chico interfiere en tus planes y en tu trabajo?, ¿o sabrás manejarlo?

Decir que sus palabras no me dolían, sería mentira. Aunque no veía el caso en que me las dijera, porque bien se podría haber ahorrado sus palabras y solo decirme que estaba feliz aunque fuera mentira. Eso habría sido mejor.

—No esperé todo esto cuando marqué, porque de ser así te habría mandado un texto —ahora mi voz sonaba dura.

—No, no esperaste que alguien te dijera en voz alta lo que tú has pensado ya. Te conozco, Isabella, y sé que antes de que siquiera consideraras a este chico, te pusiste mil y un escenarios de cómo fracasarías en tu carrera. Tu carrera, Bella; eso es lo que has tenido en tu mente toda tu vida, y ahora qué crees estar enamorada, ¿me vas a decir que simplemente la dejaste de lado?

—Puedo hacer que las dos cosas funcionen —le dije firmemente, y luego pensé en la señora Thompson; ella dejó su carrera por su familia… pero fue feliz.

—Sabes que tu carrera no permite ambas.

—¿Crees que todos los médicos son unos solterones amargados? —pregunté con sorna.

—No, no todos los médicos, pero sí los que son excelentes; y tú estás obsesionada con la perfección, Bella —me recordó.

No le contesté y guardé silencio; porque eso no era del todo cierto. Tenía claro que nunca sería perfecta, pero siempre he querido ser la mejor y, aunque me costara admitirlo, ella tenía razón. Los que han dejado su marca en la medicina dedicaron su vida a eso: la medicina. No a su familia.

«El vencedor está solo».

Esa frase caía como anillo al dedo, y aquí nada tenía que ver con Coelho.

—Sé que no es lo que esperabas escuchar, hija, y sé que de cierta forma volví a decepcionarte, pero debo ser sincera contigo y, ante todo, debes ser sincera contigo misma. Tengo que hacer que veas más allá y que te des cuenta de si las decisiones que tomes ahora te harán feliz en un futuro.

—Deberías apoyarme —rebatí débilmente.

—Y lo hago, Bella. El que no te diga ahora mismo que salto de felicidad porque mi nena tiene a alguien especial y ahora es feliz, no quiere decir que no te apoye.

—Yo lo hice —le recordé, y ella guardó silencio por un par de minutos.

—Tú tampoco lo dejes ir, corazón. Solo te digo que te tomes unos días, lo pienses y reflexiones. Si ves que esa relación no tiene futuro, la cortas de raíz y no sufras por voluntad propia. Llegará tu tiempo, Bella ―prometió.

—Casi me acabas de decir que moriré sola, no con esas palabras, pero eso es lo que me diste a entender, ¿y luego me dices que llegará mi tiempo? Tengo veintitrés años, mamá, y creo que sé tomar mis decisiones muy bien.

Estaba a punto de gritar o llorar; no sabía qué saldría de mí primero.

―Sí, tienes mucha razón cuando dices que lo pensé muchas veces… demasiadas, mamá, y estoy firme con la decisión que tomé. Si sufro o las cosas no salen bien, estaré contenta por haber vivido una pequeña fracción de mi vida junto a él. Como vas a venir, te agradecería que trataras de ser amable con él y pretender que eres feliz por mí… ya sabes, para guardar las apariencias —terminé, con un hilo de voz, y me dieron ganas de golpearme por ser tan débil. No debería afectarme lo que ella dijera, ya no vivía bajo su techo; ahora era yo sola la que opinaba acerca de mi vida.

—Piénsalo, Bella. Nos vemos el viernes, hija; te quiero, y saluda a Rose de mi parte — dijo despidiéndose.

—Saluda a Jake y a Seth.

Y colgué sin más.

Solté el teléfono, me volteé, enterré la cara en mi almohada y empecé a dejar que las lágrimas resbalaran en silencio.

Nada había salido como yo había planeado en mi interior; esto apestaba. Mi madre no tenía por qué haber sido tan cruel, y si no se sentía feliz solo lo hubiera aceptado sin más. Yo la apoyé cuando Seth nació, a pesar de todo lo hice, y este era un buen momento para que me devolviera esa atención. También por una parte yo había tenido la culpa en insistir en que hablara; a la primera frase que ella dijo y me di cuenta que no era de alegría o felicidad, solo me hubiera mantenido callada y así ella no habría hablado tanto.

Sequé mis lágrimas vagamente, abracé mi almohada, y mi mente voló.

Mi madre tenía razón en algunas cosas ¡Sí que la tenía! Ahora que lo pensaba de nuevo, las dudas volvían a mí. Había decidido ser impulsiva, pero la verdad es que yo no sabía cómo serlo… ¿Qué seguía después? Disfrutaba de estos meses ―o a lo mucho un año y unos meses― que me quedaban de internado; pero ¿y luego? ¿Qué haría? … ¿Dónde quedaba mi idea original de irme a otra parte a realizar mi especialidad? ¿Dónde quedaba mi beca que me catapultaría a un buen hospital y me daría un nombre en la comunidad médica? No lo sabía; y solo ahora me había venido a dar cuenta que desde que decidí tontear con Edward, eso dejó de importar un poco… pero solo un poco, porque todavía estaba ahí.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido del timbre, pero lo dejé pasar y seguí acostada. No estaba de humor para hablar con alguien, y Rose tenía sus propias llaves… Además, no resistiría otra hermosa historia como la de la señora Thompson; ya me había dado mucho en qué pensar sin que ella se hubiera dado cuenta. Pero ese tonto timbre no dejaba de sonar, así que limpié mi cara con mis manos y me paré arrastrando los pies.

Esperaba que fuera algo muy importante o urgente, porque si era que a Rosalie se le habían olvidado sus llaves, ahora si la golpearía e iniciaría una pelea solo por el gusto de gritarle a alguien. Me paré delante de la puerta y miré por el picaporte, y toda la culpabilidad del mundo recayó sobre mí.

Solté otro suspiro en este día, y abrí la puerta.

—Hola, pensé que no abrirían ―me dijo Edward mientras me veía fijamente—. Estás asustada —lo dijo y no fue pregunta.

—No estoy asustada —dije simplemente.

—Lo estás dudando… ¿Qué pasó? ¿Por qué has llorado?

Avanzó un poco y puso su mano en mi mejilla, tiernamente.

Mis traicioneras lágrimas comenzaron a descender de nuevo, y sin darle tiempo a nada lo jalé para que pasara. Cerré la puerta y lo conduje a mi habitación.

—¿Y Rose? —preguntó mientras entrábamos a mi habitación y cerraba la puerta.

—Salió con Emmett —contesté y me subí a mi cama y me acosté; él estaba parado frente a mí y solo me veía.

—¿Puedo quedarme?

—Espero que lo hagas.

El sonrió un poco, se quitó a puntapiés sus zapatos y se deshizo de su playera; desabrochó suspantalones, pero no se los quitó y se tendió a mi lado. Me pasó un brazo por los hombros, pero pareció no gustarle la posición, pues me jaló hasta que quedé casi encima de él.

—Ahora sí… ¿Qué paso? —me volvió a preguntar, mientras me daba un beso en la cabeza.

—Hable con mi mamá; le dije sobre lo nuestro. Y antes que nada, sé que parezco una tonta adolescente, pero tenía que decirle… Va a venir junto con mi familia el viernes, ya te había dicho —él no dijo nada y solo esperó a que yo siguiera—. No se puso feliz ni gritó de alegría como yo en el fondo había esperado que lo hiciera, sino que se puso a darme una charla sobre las decisiones. Me dijo que pensara muy bien lo que había hecho y cómo podría afectar mi carrera. Básicamente me dijo que mi juicio ha sido afectado por el amor, y que yo era obstinada, y que si había sido una decisión impulsiva no sería feliz en un futuro —expliqué.

Decidí contarle lo más breve y no todo con lujo de detalles. Me sentí un poco más tranquila al sacarlo de mi pecho y contarlo a alguien.

—¿Y ahora quieres terminar? —me preguntó un poco serio, pero sin dejar de tocar mí cabello.

Lo pensé un poco antes de contestarle, y cuando estuve segura me volteé y lo miré.

—No. Una cosa es lo que dice y piensa mi madre, y otra es lo que quiero… y estoy segura de eso, Edward. Así que no, no quiero terminar —dije con decisión lo que en verdad sentía.

Mi madre me confundió con su discurso, pero yo nunca tomo una decisión al aire…

El me miró por un tiempo fijamente, y sin decir nada besó mis labios suavemente.

—Cuando abriste la puerta pensé que me dirías que querías terminar y que había sido un error… Pensé que por eso me evitabas.

—Tenía que hablar con Renée antes, y dejarle en claro algunas cosas y no quería ablandarme.

El asintió con la cabeza y me jaló de nuevo a su regazo, y volvió a besarme.

—Bella, sé que está lo de tu trabajo… las jornadas que vienen para ti, los nuevos retos y lo del fin del internado. Cuando te conocí, te conocí con sueños y tú me los dejaste en claro; te dije que iba a ser paciente. No sé lo que vaya a pasar al termino de tu internado. ¡No sé qué va a pasar siquiera mañana! Pero sé, y te lo aseguro, que lo que pase lo decidiremos juntos, ¿sí?

—Sí —le contesté segura y con nuevas lágrimas amenazando con desbordarse.

—Vamos a crecer juntos, Bella. Vamos a pasar por mucho y vamos a salir de todo. Tú te vas a convertir en una exitosa cirujana, y espero estar a tu lado para verlo; y yo seré un reconocido chef con su propio restaurant, y con un poco de esfuerzo y dedicación, seguiremos juntos todavía.

—¿Quieres seguir conmigo todo ese tiempo?

Él besó una lágrima que resbaló por mi mejilla.

—La pregunta aquí es: si quieres eso también, Bella… Y como dijo tu mamá, debes pensarlo y elegir lo que te haga feliz a largo plazo. Debes de elegir lo mejor para ti, y si no soy yo, entonces hay que decidirlo ahora.

«Si sufro o las cosas no salen bien, estaré contenta por haber vivido una pequeña fracción de mi vida junto a él», eso fue lo que le había dicho a mi madre, y eso había salido espontáneo, pero sincero.

Eso era lo que sentía.

Lo había pensado mucho antes de salir con Edward, y lo había pensado más una vez que comencé a hacerlo; y lo cierto era que no me había sentido tan bien en muchos años. Me sentía feliz y contenta. Lo quería… Y de nuevo la historia de Sara y Harry Thompson volvió a revivirse en mi mente.

Y estuve segura.

«El que no arriesga no gana», al menos eso decían; y yo estaba segura que quería arriesgarme.

Me acerqué y pasé mis brazos por su cuello, sonreí, y junté nuestros labios en un beso suave pero cargado de sentimientos por mi parte. Aún besándolo, me acomodé mejor y terminé a horcajadas sobre él. Me separé sonriendo un poco y lo miré pícaramente.

—Lo quiero también, Edward; cuando llegue el tiempo veremos cómo lo solucionaremos. Quiero que estés conmigo cuando me convierta en una excelente cirujana, y quiero estar contigo cuando seas ese chef reconocido y tengas tu restaurant de prestigio. Lo vamos a hacer, y si pasa algo en el camino, no me arrepentiré de nada… Y recuerda que te lo dice una mujer que no cambia nunca de opinión —terminé, sonriendo aún más. Él me devolvió la sonrisa con ganas, y pasó sus brazos por mi cintura y me abrazó.

—Yo hice que cambiaras de opinión ―me recordó y me besó.

—Sí… lo hiciste.


Espero que les haya gustado.

Gracias por leer y a las que me dejaron su lindo comentario en el capitulo pasado. También quiero agradecer a mi súper Beta Ariana, ella es la que hace posible que los capítulos estén presentables. Bueno chicas que estén bien y espero ansiosa por leer sus comentarios, cuídense y nos seguimos leyendo.