La primavera llegó de un día a otro, como si el invierno, al igual que un invitado no bienvenido, de repente hubiera decidido ponerse el abrigo y desaparecer sin decir adiós. Todo se volvió más verde, un sol acuoso bañó las calles y el aire se perfumó de súbito. En el aire flotaba un rastro floral ya cogedor y las canciones de los pájaros marcaban el compás del día.

No percibí nada de ello. Había pasado la noche anterior en la casa de Finn. Era la primera vez que lo veía tras casi una semana, debido a su programa de entrenamiento intensivo, pero, después de tirarse cuarenta minutos en la bañera con medio paquete de sales de baño, Finn se mostró tan exhausto que a duras penas habló conmigo. Comencé a acariciarle la espalda, en una insólita tentativa de seducirle, y Finn murmuró que estaba demasiado cansado y movió la mano como si me espantase. Yo me quedé despierta y contemplé el techo, frustrada, durante cuatro horas.

El trabajo de Finn, toda su vida social, se centraba ahora en el control de la comida: la domesticaba, la reducía, la perfeccionaba. ¿Y si, en comparación con esos traseros prietos de deportista, el mío no estaba a la altura? ¿Y si mis curvas, que siempre me habían parecido placenteramente voluptuosas, ahora eran demasiado fláccidas para su ojo crítico?

Estas eran las ideas que revoloteaban por mi cabeza cuando la señora Woods vino y nos ordenó a Lexa y a mí salir fuera.

—He pedido que vengan a hacer la limpieza especial de primavera, así que he pensado que tal vez podríais disfrutar del buen tiempo mientras ellos están aquí ocupados.

Lexa me miró a los ojos y alzó levemente las cejas.

—No es que tengamos mucha opción, ¿verdad, madre?

—Creo que sería bueno que te diera un poco de aire fresco —dijo—. La rampa está colocada. Tal vez, Clarke, deberías llevar un poco de té al salir.

No era una sugerencia disparatada. El jardín estaba precioso. Con la leve subida de las temperaturas, de repente todo parecía haber decidido ser un poco más verde. Los narcisos surgieron de la nada, con bulbos amarillentos que anunciaban las flores venideras. De las ramas marrones surgieron brotes, las plantas perpetuas se abrieron paso en el suelo oscuro y embarrado. Abrí las puertas y salimos fuera. Lexa mantuvo la silla dentro de la senda de piedras. Señaló un banco de hierro forjado con un cojín, y me senté ahí un rato, mientras dirigíamos nuestras caras ladeadas hacia la débil luz del sol y escuchábamos a los gorriones que se peleaban entre los setos.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué quieres decir?

—Estás muy callada.

—Dijiste que querías que hablara menos.

—No tanto. Me estás asustando.

—Estoy bien —dije. Y añadí—: Problemas con el novio, por si quieres saberlo.

—Ah —dijo—. El Hombre Maratón.

Abrí los ojos, solo un poco, para ver si se estaba burlando de mí.

—¿Qué pasa? —dijo—. Vamos, cuéntaselo a la tia Lexa.

—No.

—Mi madre va a tener a los de la limpieza corriendo como locos por lo menos otra hora. De algo tendrás que hablar.

Me erguí y me di la vuelta para mirarla. Esa silla, la que usaba en casa, tenía un botón que elevaba el asiento, lo que le permitía situarse a la altura de su interlocutor. No lo usaba a menudo, pues con frecuencia la mareaba, pero lo accionó. De hecho, tuve que alzar la vista para mirarla.

Me eché el abrigo por los hombros y entrecerré los ojos.

—Vale, venga, ¿qué quieres saber?

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —dijo Lexa.

—Algo más de seis años.

Ella pareció sorprendida.

—Eso es mucho tiempo.

—Sí —dije—. Bueno.

Me incliné y le coloqué bien la manta. El sol era engañoso: prometía más de lo que en realidad ofrecía. Pensé en Finn, que se había levantado a las seis y media de la mañana para ir a su carrera matinal. Tal vez yo debería empezar a correr, de modo que pudiéramos ser una de esas parejas enfundadas en licra. Tal vez debería comprarme ropa interior de volantes y buscar consejos eróticos en Internet.

Sabía que no haría ni una cosa ni la otra.

—¿A qué se dedica?

—Es entrenador personal.

—Por eso corre.

—Por eso corre.

—¿Cómo es? En tres palabras, si te sientes incómoda hablando de eso.

Pensé en la pregunta.

—Optimista. Leal. Obsesionado con la proporción de grasa corporal.

—Eso son nueve palabras.

—Las otras seis son gratis. Bueno, entonces, ¿cómo era ella?

—¿Quién?

—Costia. —La miré como antes me había mirado ella a mí, a los ojos.

Lexa respiró hondo y miró arriba, a un plátano enorme. El pelo le caía por encima de los ojos y tuve que contener las ganas de apartarlo a un lado.

—Precisa. Inteligente. Muy necesitada de atención. Sorprendentemente insegura.

—¿Cómo es posible que sea insegura? —Las palabras salieron de mi boca antes de que me diera cuenta.

Lexa casi se mostró divertida.

—Te sorprendería —dijo—. Las mujeres como Costia invierten tanto en su apariencia que acaban pensando que no tienen más que eso. En realidad, no soy justa. Se le dan bien ciertas cosas. Los objetos: la ropa, la decoración. Es capaz de embellecer las cosas.

Contuve las ganas de decirle que cualquier persona sería capaz de eso si tuviera una cartera tan repleta como la de ella.

—Movía unas pocas cosas en una habitación, y le daba un aspecto completamente diferente. Nunca comprendí cómo lo hacía. —Señaló con un movimiento de cabeza hacia la casa—. Ella se encargó de hacer el pabellón, cuando me mudé.

Me descubrí a mí misma repasando ese salón decorado a la perfección.

Comprendí que mi admiración de repente se había vuelto un poco más enrevesada que antes.

—¿Cuánto tiempo estuviste con ella?

—Ocho, nueve meses.

—No es mucho.

—Es mucho para mí.

—¿Cómo se conocieron?

—En una cena. Una cena horrible. ¿Y tú?

—En la peluquería. Yo era la peluquera. Finn era el cliente.

—Ja. Eso sí que es hacer una permanente.

Debí de quedarme perpleja, pues Lexa negó con la cabeza y añadió en voz baja:

—Da igual.

Dentro, oímos el zumbido monótono de la aspiradora. Había cuatro mujeres de la limpieza, las cuatro con batas idénticas. Me preguntaba qué harían en ese pequeño anexo durante dos horas.

—¿La echas de menos?

Las oí hablando entre ellas. Alguien había abierto una ventana y de vez en cuando nos llegaban sus estallidos de risa.

Lexa parecía observar algo diferente en la lejanía.

—Antes, sí. —Se volvió hacia mí, hablando en un tono inexpresivo—. Pero he estado pensando en ello, y he llegado a la conclusión de que ella y Bellamy hacen buena pareja, igual de interesados por el dinero y la opinion de las personas.

Asentí.

—Van a tener una boda ridícula, uno o dos pequeños diablos, como tú los llamas, van a comprar una casa de campo y él se va a tirar a su secretaria antes de que pasen cinco años —dije.

—Es probable que tengas razón.-

Empezó a entusiasmarme el tema.

—Y ella va a estar un poco enfadada con él todo el tiempo, en realidad sin saber por qué, y se quejará de él en unas fiestas espantosas para bochorno de sus amigos, y él no va a querer dejarla porque le asusta la pensión que tendría que pagarle.

Lexa se volvió para mirarme.

—Y van a acostarse una vez cada seis semanas y él adorará a los niños aunque no va a hacer una mierda para ayudar en su educación. Y ella llevará siempre el cabello impecable, pero se le va a poner la cara así — fruncí la boca— por no decir nunca lo que piensa, y se va a hacer adicta al pilates o tal vez se compre un perro o un caballo y se enamore del instructor de equitación. Y él se aficionará a correr al cumplir los cuarenta, y tal vez se compre una Harley-Davidson, que ella no dudará en despreciar, y todos los días irá al trabajo y mirará a los jóvenes del bufete y los oirá enlos bares hablando de a quién se ligaron el fin de semana o adónde fueron de parranda y va a sentir, y nunca va a saber por qué, que lo han embaucado.

Me giré.

Lexa me miraba fijamente.

—Lo siento —dije, al cabo de un momento—. De verdad, no sé de dónde salió todo eso.

—Empiezo a sentir un poquito de lástima por el Hombre Maratón.

—Oh, no es por él —dije—. Es por trabajar en una cafetería durante años. Lo ves y lo oyes todo. Los patrones en el comportamiento de la gente. Te sorprendería saber las cosas que pasan.

—¿Por eso no te has casado?

Parpadeé.

—Supongo.

No quise decirle que en realidad nunca me lo habían pedido.

Tal vez parezca que no hacíamos gran cosa. Pero, en realidad, cada día con Lexa era sutilmente diferente, según su estado de ánimo y, sobre todo, según la intensidad del dolor que le aquejaba.

Algunos días, al llegar por la mañana, notaba, gracias a la inclinación del mentón, que Lexa no deseaba hablar conmigo (ni con nadie), así que me afanaba en el pabellón, intentando anticiparme a sus necesidades, para no molestarle haciendo preguntas.

Existían todo tipo de causas para los dolores de Lexa. Padecía un dolor asociado a la pérdida de masa muscular: tenía mucha menos para sujetarlo, a pesar de toda la fisioterapia de Lincoln. Padecía dolor estomacal por los problemas digestivos, dolor de hombros, dolor por las infecciones de la vejiga (inevitables, al parecer, a pesar de los esfuerzos de todos). Tuvo una úlcera estomacal por tomar demasiados calmantes en los inicios de su recuperación, cuando los tragaba como si fueran caramelos.

De vez en cuando, le salían llagas por permanecer sentada en la misma postura demasiado tiempo. Un par de veces, Lexa tuvo que guardar cama solo para que se curasen, pero detestaba permanecer tumbada boca abajo.

También sufría dolores de cabeza: un efecto secundario, pensé, de tanta rabia y frustración acumuladas. Tenía muchísima energía mental y nada a que dedicarla. A algún lugar tenía que ir a parar.

Pero nada le resultaba más debilitante que una sensación ardiente en pies y manos: era incesante, palpitante, y le impedía concentrarse en nada. Yo le preparaba un tazón de agua fría y le remojaba las manos y los pies, o los envolvía en toallitas frías, con la esperanza de aminorar la molestia. Un músculo se le dilataba y contraía en la mandíbula y de vez en cuando Lexa desaparecía dentro de sí misma, como si solo fuera capaz de hacer frente a esa sensación cuando se ausentaba de su propio cuerpo.

Me había acostumbrado de una forma sorprendente a las exigencias corporales de la vida de Lexa. Qué injusto era que, a pesar de no poder usarlas ni sentirlas, las extremidades le causaran semejante malestar.

Aun así, Lexa no se quejaba. Por eso tardé semanas en percibir cuánto sufría. Ahora sabía descifrar esa mirada tensa, los silencios, la forma en que parecía esconderse dentro de su propia piel. Me preguntaba, sencillamente: «¿Me podrías traer agua fresca, Clarke?» o «Creo que no me vendrían mal unos calmantes». A veces el dolor era tan intenso que perdía el color y su semblante se volvía palidísimo. Esos eran los peores días.

Pero había otros en que tolerábamos nuestra compañía bastante bien. Ya no se mostraba mortalmente ofendida cuando hablaba con ella, como en las primeras semanas. Hoy aparentaba ser un día sin dolores. Cuando la señora Woods salió a decirnos que las mujeres de la limpieza solo tardarían unos veinte minutos, preparé otra bebida para nosotras dos y dimos un lento paseo por el jardín. Lexa no se salía de la senda y yo observaba cómo mis zapatos de satén se iban oscureciendo sobre la hierba mojada.

—Interesante elección de calzado —dijo Lexa.

Eran verde esmeralda. Los había encontrado en una tienda de beneficencia. Finn se reía de mí diciendo que con ellos parecía la reina de los duendes del bosque.

—Sabes, no vistes como las personas de aquí. Siempre aguardo con curiosidad a ver con qué loca combinación vas a aparecer al día siguiente.

—Entonces, ¿cómo debería vestir alguien de por aquí?

Lexa giró un poco a la izquierda para evitar una pequeña rama en el camino.

—Lana. O, si eres como mi madre, algo comprado en Jaeger o Whistles. —Me miró—. ¿De dónde vienen esos gustos exóticos? ¿En qué otros lugares has vivido?

—En ninguno.

—¿Solo has vivido aquí? ¿Y dónde has trabajado?

—Solo aquí. —Me di la vuelta y lo miré, con los brazos cruzados sobre el pecho, a la defensiva—. ¿Y? ¿Qué tiene de raro?

—Es un pueblo pequeñísimo. Muy limitado. Y todo se centra en el castillo. —Hicimos una pausa en el camino y nos quedamos mirándolo: se alzaba en la distancia sobre una colina extraña, que se asemejaba a una cúpula, tan perfecto como si lo hubiera dibujado un niño—. Siempre pienso que este es el tipo de lugar al que la gente regresa. Cuando se ha cansado de todo lo demás. O cuando no tiene imaginación para ir a otro lugar.

—Gracias.

—No tiene nada de malo en sí mismo. Pero..., cielo santo. No es exactamente dinámico, ¿verdad? No está exactamente lleno de ideas o gente interesante u oportunidades. Por aquí se cree que es subversivo que la tienda para turistas comience a vender manteles con una vista diferente del ferrocarril en miniatura.

No pude contener la risa. La semana pasada había leído un artículo en el periódico local acerca de ese asunto.

—Tienes veintiséis años, Clarke. Deberías salir, conquistar el mundo, de meterte en líos en los bares, mostrar tu extraño vestuario a hombres de mala reputación...

—Aquí estoy contenta —dije.

—Bueno, pues no deberías estarlo.

—Te gusta decir a la gente lo que tiene que hacer, ¿verdad?

—Solo cuando sé que tengo razón —dijo—. ¿Te importa colocarme bien la bebida? No la alcanzo.

Giré la pajita de modo que fuera capaz de llegar a ella con facilidad y esperé mientras bebía. Tenía las puntas de las orejas rosadas a causa del frío. Lexa hizo una mueca.

—Cielos, para alguien que se ganaba la vida haciendo té, lo haces fatal.

—Lo que pasa es que estás acostumbrada al té lésbico —dije—. Todo ese té chino Lapsang souchong.

—¡Té lésbico! —Casi se ahogó—. Bueno, está más rico que este barniz para madera. ¡Dios! Una cucharilla no se hundiría ahí dentro.

—Vaya, ni el té hago bien. —Me senté en el banco, frente a ella—. Entonces, ¿cómo es que tú ofreces tu opinión acerca de todo lo que digo o hago, pero nadie más puede decir ni pío?

—Pues adelante, Clarke Griffin. Dime qué opinas tú.

—¿Sobre ti?

Lexa suspiró, teatral.

—¿Acaso tengo elección?

—Te vendría bien un corte de pelo. Así pareces una vagabunda.

—Ya hablas como mi madre.

—Bueno, es que tienes un aspecto horrible. Por lo menos, peinate! Mira deberiamos depilarte las cejas, anda! ¿Es que no te quieres ver linda?

Lexa me miró de soslayo.

—Ah, claro que te quieres ver linda, ¿verdad? Lo sabía. Vale: esta tarde te lo quito todo.

—Oh, no.

—Sí. Me has pedido mi opinión. Esta es mi respuesta. Tú no tienes que hacer nada.

—¿Y si digo que no?

—A lo mejor lo hago de todos modos. Si sigue creciendo, voy a tener que buscar gente pequeña en ellas. Y, de verdad, si se da el caso me veré obligada a demandarte por riesgo laboral.

Lexa sonrió entonces, como si le hubiera divertido. Tal vez parezca un poco triste, pero las sonrisas de Lexa eran tan escasas que provocar una me llenó de orgullo.

—Clarke —dijo—. Hazme un favor.

—¿Qué?

—Ráscame la oreja. Me está volviendo loca.

—Si lo hago, ¿me dejas cortarte el pelo? ¿Solo las puntas?

—No tientes la suerte.

—Calla. No me pongas nerviosa. No se me dan bien las tijeras.

Encontré las cuchillas y las tijeras en el armario del baño, bien al fondo, tras los paquetes de toallitas y algodón, señal de que nadie las había usado en mucho tiempo. La llevé al baño, llené el lavabo de agua templada, le pedí que inclinara el reposacabezas hacia atrás y le puse una toallita caliente sobre las cejas.

—¿Qué es esto? ¿Vas a abrir una peluquería? ¿Para qué es la toallita?

—No lo sé —confesé—. Es lo que hacen en las películas. Es como el agua caliente y las toallas cuando alguien está de parto.

Finalmente sus ojos se entrecerraron, divertidos. Deseé que siguieran así. Deseé que fuera feliz, que desapareciera de su rostro esa mirada angustiada y alerta. Parloteé. Conté chistes. Comencé a canturrear.

Hice de todo con tal de prolongar ese momento antes de que volviera el semblante lúgubre.

Me subí las mangas y comencé a enjabonarle parte de su frente.

—¿Es este el momento adecuado para decirte que hasta ahora solo he afeitado piernas?

Lexa cerró los ojos y reposó la cabeza. Comencé a pasar la cuchilla con cuidado. No se oía más que el agua cuando aclaraba la cuchilla. Trabajé en silencio, sin dejar de estudiar la cara de Lexa Woods y esas arrugas en las comisuras de la boca, prematuras y demasiado profundas para su edad. Le alisé el pelo a un lado de la cara y vi los rastros delatores de los puntos, que probablemente databan de su accidente. Vi las ojeras amoratadas, que revelaban noches y noches sin dormir, el surco entre las cejas, que indicaba el dolor sufrido en silencio. De la piel emanaba un calor dulce, el aroma muy característico de Lexa, discreto y caro.

De repente vi lo fácil que le habría resultado atraer a alguien como Costia.

Trabajé despacio, con cuidado, animada al verla en paz, aunque solo fuera un momento. Se me ocurrió que las únicas veces que alguien tocaba a Lexa era por motivos médicos o terapéuticos, así que dejé que mis dedos descansaran levemente en su piel, intentando que mis movimientos no se pareciesen en nada a la deshumanizadora eficiencia que caracterizaba a los de Lincoln y a los del médico.

Fue un momento de una extraña intimidad. Comprendí que había dado por supuesto que su silla de ruedas sería una barrera, que su discapacidad impediría toda sensualidad. Curiosamente, no fue así.

Era imposible estar tan cerca de alguien, sentir la piel tirante bajo los dedos, inspirar el mismo aire que espiraba, sin perder un poco el equilibrio. Para cuando llegué a la otra parte de sus cejas había comenzado a sentir algo perturbador, como si hubiera cruzado una frontera invisible.

Tal vez Lexa fue capaz de descifrar los sutiles cambios en la presión de mis movimientos; tal vez se había vuelto más sensible a los estados de ánimo de las personas que tenía cerca. En cualquier caso, abrió los ojos y vi que miraban fijamente los míos.

Hubo una breve pausa, tras la cual dijo, sin cambiar de expresión:

—Por favor, no me digas que me has afeitado las cejas completas.

—Solo una —contesté. Aclaré la hoja de la cuchilla, con la esperanza de que el rubor de mis mejillas ya no se notara cuando me diese la vuelta—. Bueno —dije al fin—. ¿Vale así? Lincoln va a venir pronto, ¿no?

—¿Y mi cabello? —preguntó.

—¿De verdad quieres que te lo corte?

—Ya que estamos.

—Creí que no confiabas en mí.

Se encogió de hombros, o eso me pareció. Fue un movimiento sutilísimo. Me emocione.

—Si así dejas de quejarte durante un par de semanas, creo que es un riesgo razonable.

—Oh, Dios mío, tu madre va a estar encantada —dije, limpiando el último resto de desastre.

—Sí, bueno, no permitamos que eso nos desanime

Le corté el pelo en el salón. Encendí el fuego, pusimos una película (un thriller estadounidense) y le pasé una toalla por encima de los hombros. Le advertí que llevaba mucho sin practicar, pero añadí que no era posible empeorar su peinado.

—Gracias por el cumplido —dijo.

Me puse manos a la obra: su cabello se deslizó entre mis dedos mientras intentaba recordar las pocas cosas que había aprendido. Lexa, atenta a las imágenes, parecía relajada y casi contenta. De vez en cuando hacía algún comentario sobre la película (en qué otras obras salía el actor principal, dónde la había visto por primera vez) y yo respondía con algún sonido que denotaba un vago interés (como hago con Thomas cuando me pide jugar con sus juguetes), si bien tenía puesta toda mi atención en no trasquilarla.

Por fin, terminé con la peor parte y me situé frente a ella para ver qué aspecto tenía.

—¿Y bien? —Lexa paró el vídeo.

Me enderecé.

—No sé si me gusta verte tanto la cara. Es un poco desconcertante.

—Hace más frío —observó Lexa, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, como si comprobara la sensación.

—Un momento —dije—. Voy a buscar dos espejos. Así podrás verte bien. Pero no te muevas. Aún me queda un poco por arreglar. Tal vez tenga que cortar una oreja.

Estaba en el dormitorio, hurgando en los cajones en busca de un espejo de mano, cuando oí la puerta. Dos pares de pies apresurados y la voz de la señora Woods, tensa, que se alzó.

—Ontari, por favor, no.

La puerta del salón se abrió con brusquedad. Cogí el espejo y salí corriendo. No tenía intención de que me volviera a encontrar lejos de Lexa.

La señora Woods se encontraba ante el umbral del salón, tapándose la boca con ambas manos, testigo, al parecer, de una confrontación inevitable.

—¡Eres la mujer más egoísta que he conocido! —gritó la joven—. No puedo creerlo, Lexa. Eras egoísta antes y ahora eres aún peor.

—Ontari. —La mirada de la señora Woods se clavó en mí cuando me acerqué—. Por favor, ya basta.

Entré en el salón detrás de ella. Lexa, con la toalla alrededor de los hombros y los mechones de cabello castaño caídos entre las ruedas de la silla, hacía frente a una mujer joven. Tenía una larga melena oscura, recogida en la nuca de manera descuidada. Estaba bronceada y vestía unos vaqueros y unas botas de ante de aspecto envejecido y carísimo. Como los de Costia, sus rasgos eran bellos y equilibrados, los dientes tenían la asombrosa blancura de un anuncio televisivo. Los vi porque mostraba una cara descompuesta por la rabia y no dejaba de bufar a Lexa.

—No puedo creerlo. No puedo creerme que se te ocurra semejante idea. ¿Qué te...?

—Por favor, Ontari. —La voz de la señora Woods se alzó, cortante —. No es el momento.

Lexa, impasible, tenía la mirada clavada en un lugar invisible frente a ella.

—Hum... ¿Lexa? ¿Necesitas ayuda? —pregunté en voz baja.

—Y tú ¿quién eres? —dijo la joven, que se dio la vuelta. Fue entonces cuando vi que tenía los ojos cubiertos de lágrimas.

—Ontari —dijo Lexa—, te presento a Clarke Griffin, mi cuidadora y peluquera de asombrosa creatividad. Clarke, te presento a mi hermana, Ontari. Al parecer, ha volado ni más ni menos que desde Australia para echarme la bronca.

—No seas simplista —dijo Ontari—. Mamá me lo ha contado. Me lo ha contado todo.

Nadie se movió.

—¿Me voy un momento? —pregunté.

—Eso sería una buena idea. —Los nudillos de la señora Woods estaban blancos en el brazo del sofá.

Salí de la sala.

—De hecho, Clarke, tal vez sea un buen momento para que vayas a comer.

Iba a ser uno de esos días de buscar cobijo en una marquesina de autobús. Cogí los sándwiches de la cocina, me puse el abrigo y salí por la puerta de atrás.

Al marcharme, oí cómo la voz de Ontari se alzaba dentro de la casa.

—¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza, Lexa, que, por increíble que te parezca, esto no te incumbe solo a ti?

Cuando volví, exactamente media hora más tarde, la casa estaba en silencio. Lincoln lavaba una taza en el fregadero de la cocina. Se dio la vuelta al verme.

—¿Qué tal estás?

—¿Se ha ido?

—¿Quién?

—La hermana.

Lincoln miró detrás de sí.

—Ah. ¿Era la hermana? Sí, se ha ido. Salió derrapando con el coche cuando yo llegué. ¿Una trifulca familiar?

—No lo sé —dije—. Estaba cortándole el pelo a Lexa y apareció esta mujer y comenzó a gritarle. Supuse que era otra novia.

Lincoln se encogió de hombros.

Comprendí que no le interesarían las nimiedades de la vida privada de Lexa, incluso si las supiera.

—Está un poco callada. Buen trabajo con el cabello, por cierto. Qué bien que la hayas sacado de detrás de esa mata de pelos.

Volví al salón. Lexa estaba sentada frente a la televisión, que aún seguía pausada en la misma imagen que cuando me fui.

—¿Quieres que lo ponga de nuevo? —pregunté.

Durante un minuto, no dio muestras de haberme oído. Tenía la cabeza hundida entre los hombros y la expresión tranquila de antes había quedado oculta tras un velo. Lexa se había encerrado dentro de sí misma una vez más, en un lugar al que yo no podía llegar.

Parpadeó, como si acabara de notar mi presencia.

—Vale —dijo.

Llevaba la cesta de la colada por el pasillo cuando las oí. La puerta del pabellón estaba entreabierta y las voces de la señora Woods y su hija llegaban por el pasillo, débiles, a ráfagas. La hermana de Lexa sollozaba en silencio y la furia había abandonado su voz. Hablaba casi como una niñapequeña.

—Tiene que haber algo que puedan hacer. Algún avance médico. ¿No la podrías llevar a Estados Unidos? Ahí siempre hay mejoras.

—Tu padre sigue con mucha atención todos los avances. Pero no, cariño, no hay nada... concreto.

—Está... tan diferente. Parece decidida a no ver las cosas buenas.

—Ha sido así desde el comienzo, Ontari. Es solo que tú no pasaste tiempo con ella, salvo cuando viniste de visita a casa. Por aquel entonces, creo que todavía se mostraba... resuelta. Por aquel entonces, estaba segura de que algo iba a cambiar.

Me sentí un poco incómoda al escuchar una conversación tan íntima.

Pero la extrañeza de las palabras me incitó a acercarme. Me descubrí caminando a hurtadillas hacia la puerta, sin hacer ruido alguno.

—Mira, papá y yo no te dijimos nada. No queríamos que te afectara. Pero Lexa intentó... —La señora Woods forcejeó para encontrar palabras —. Lexa intentó... Intentó matarse.

—¿Qué?

—Papá lo encontró. Fue en diciembre. Fue..., fue espantoso.

Si bien esto solo confirmaba mis sospechas, me quedé de piedra. Oí un llanto apagado, unos susurros consoladores. Hubo otro largo silencio. Y entonces Ontari, con la voz cargada de pena, habló de nuevo.

—¿Esa chica...?

—Sí. Clarke está para que no vuelva a ocurrir.

Me quedé helada. Al otro lado del pasillo, desde el baño, oí a Lincoln y a Lexa, que hablaban en murmullos, ajenos a la conversación que tenía lugar a tan solo unos pasos de ellos. Di un paso hacia la puerta. Supongo que lo había sabido desde el momento mismo en que vi esas cicatrices en las muñecas. Lo explicaba todo, al fin y al cabo: la ansiedad de la señora Woods cuando dejaba a Lexa sola demasiado tiempo, la antipatía de Lexa al conocerme, todos esos momentos larguísimos en que yo sentía que no estaba haciendo nada útil. No era más que una niñera. Yo no lo sabía, pero Lexa sí, y por eso me odiaba.

Llevé la mano al picaporte, preparada para cerrar la puerta con delicadeza. Me pregunté si Lincoln lo sabía. Me pregunté si Lexa era más feliz ahora. Comprendí que sentía un alivio, tan leve como egoísta, al descubrir que Lexa no tenía objeciones contra mí, sino contra el hecho de que hubieran contratado a alguien para observarla. Esos pensamientos me asaltaban con tal fuerza que casi me perdí la siguiente parte de la conversación.

—No puedes dejar que lo haga, mamá. Tienes que impedírselo.

—No está en nuestras manos, cariño.

—Pero sí. Lo está si te pide que intervengas —protestó Ontari.

El picaporte se quedó inmóvil en mi mano.

—No puedo creer que estés de acuerdo con esto. ¿Y tu religión? ¿Y todo lo que has hecho? ¿Qué sentido tiene que la salvaras la última vez, maldita sea?

La voz de la señora Woods habló con una calma deliberada.

—Eso no es justo.

—Pero has dicho que la llevarías. ¿Qué...?

—¿Es que crees que, si me niego, no se lo pediría a otra persona?

—Pero ¿Dignitas? Está mal. Sé que es duro para ella, pero esto los va a destrozar a ti y a papá. Lo sé. ¡Piensa en cómo te sentirías! ¡Piensa en el qué dirán! ¡Tu trabajo! ¡Su reputación! Seguro que ella lo sabe. Qué egoísta es al pedirlo. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo puede hacer algo así? ¿Cómo puedes tú hacer algo así? —Comenzó a sollozar de nuevo.

—Ontar...

—No me mires así. A mí me importa Lexa, mamá. Claro que sí. Es mi hermana y lo quiero. Pero esto es insoportable. No puedo ni pensar en ello. Ella hace mal en pedirlo y tú haces mal en considerarlo. Y no es solo su vida lo que va a destrozar si continúas con esto.

Di un paso hacia atrás. Mi sangre latía con tal fuerza contra las sienes que casi no oí la respuesta de la señora Woods.

—Seis meses, Ontari. Me prometió concederme seis meses. No quiero que vuelvas a hablar de esto, y menos aún con otras personas. Y tenemos... —Respiró hondo—. Tenemos que rezar mucho para que, en estos seis meses, ocurra algo que la haga cambiar de idea.

Muchas gracias por todos sus comentarios, los aprecio demasiado.

Sigan comentando y prometo actualizar seguido.

BESOS.

LOGAN.