Disclaimer: Todos los personajes y nombres le pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es historia es una adaptación la obra del mismo título de Cheryl St. Jhon. Yo solo me dedico a hacer la adaptación. Edward es solo mío :)

Capitulo 8:

Edward apareció media hora más tarde, recién afeitado y con pequeños cortes por toda la mandíbula. Ella lo había esperado con un cosquilleo en el estómago. ¿Cómo podría mirarlo a la cara sin morirse de vergüenza? ¿Cómo podría volver a mirarlo alguna vez y no imaginárselo como acababa de verlo?¿Cómo podría dejar de pensar en Edward sin nada encima salvo jabón de afeitar?

—¿Te has cortado? —fue lo primero que se le ocurrió decir.

—Me he afeitado con la mano izquierda. —Yo podría...

Bella fue a decir que podría haberlo ayudado, pero se dio cuenta de que era un disparate más en una situación bastante embarazosa de por sí.

—¿Qué te parece si comentamos lo sucedido y luego lo olvidamos para que no te ruborices cada vez que nos veamos y mires hacia otro lado?

Ella dejó la pluma en la escribanía de mármol, se puso una mano sobre otra y lo miró directamente a los ojos.

—¿Qué hay que comentar?

Una vez que le había prestado toda su atención, él apretó los labios y luego los arrugó con una expresión que hizo que ella sospechara que no sabía muy bien cómo abordar el asunto. Los cortes, cubiertos de alumbre, todavía le escocían, pero no eran nada comparados con el dolor que le palpitaba en el brazo y el hombro.

—¿Quieres que me disculpe? —preguntó ella.

—No —el desvió la mirada un instante, pero volvió a mirarla—. Soy yo quien lamenta haberte turbado.

—No fue culpa de nadie —le tranquilizó ella —. No he sufrido un sofoco, no voy a tener pesadillas y no voy a eludirte. No me pasa nada.

—¿De verdad? —De verdad.

—Perfecto —concluyó él asintiendo.

—Sin embargo, has hecho bien en practicar tus disculpas conmigo porque vas a tener que disculparte otra vez.

El captó la indirecta.

—¿También tengo que disculparme con Shelly?

—Estoy pensando en organizar una sociedad de mujeres —respondió ella—. De mujeres que han visto desnudo a Edward Cullen. Ya somos dos, pero si pregunto por ahí, estoy segura de que podría reclutar algunas más.

Él abrió sus ojos un instante y luego, se echó a reír.

—Es asombroso que una mujer respetable diga algo así —replicó él entre risas.

Ella no pudo evitar reírse también. Al fin y al cabo, su perplejidad ante su repentina aparición era graciosa.

—Bueno, te has reído. Estabas tomándotelo demasiado en serio. ¿Ya podemos ponernos con las nóminas?

Así de fácilmente, el suceso de esa mañana se convirtió en algo cómico para los dos.

Mientras trabajaban, él atendió a sus ideas y le pidió su opinión más de una vez. Le pareció imposible no comparar su respeto y condescendencia hacia sus ideas con la obstinación de su padre al creer que ella sólo podía seguir las directrices de otros.

Cuando pararon para comer, él la invitó a acompañarlo en el comedor. Ella le preguntó sobre un pedido en concreto que se entregó mal hacía unos días.

—Eso es trabajo y estamos comiendo —contestó él con una sonrisa algo tensa.

Ella supuso que el brazo le dolía.

Amun apareció en el comedor acompañado de Stephan Fisher. Amun los vio en la mesa y los señaló. Stephan fue hacia ellos.

Era un hombre muy grande y llevaba un traje negro, con camisa blanca, que debían haberle hecho a medida.

—Tienes visita —le avisó Bella.

Edward dejó el tenedor y levantó la mirada.

—Buenas tardes, señor Fisher.

Stephan llevaba el sombrero en una mano y un papel doblado en la otra.

Cullen...

—¿Me trae algo?

Él alargó la mano con el papel.

—Tengo un mensaje para la señorita Swan.

Bella se limpió la mano con la servilleta y tomó el papel.

—Esperaré su respuesta —añadió Fisher.

Bella lo observó y reconoció el papel y el sello que había usado siempre su padre.

Al verlo lo añoró, pero también sintió una punzada de miedo en el corazón. Aro se había adueñado de todo lo que alguna vez fue bueno en su vida y lo había transformado en algo rastrero.

Rompió el lacre y abrió el mensaje.

Estaré a las siete en punto en el comedor para cenar contigo. Que Ben esté acostado. No voy a interferir en su horario.

Una rabia inmensa se adueñó de ella ante esa exigencia. Seguramente, la habría escrito cómodamente sentado en la butaca de su padre, con su pluma y como si fuera alguien importante. Un hombre de verdad tenía que ganarse el respeto y Aro sólo podía ganarse la aversión. Él, más que dirigirla, dominaba a la gente. Bella respiró hondo y el miedo aplacó su indignación.

Miró a Edward que, aunque parecía mostrar cierta curiosidad, miraba educadamente su plato. Stephan seguía esperando.

Aro sabía que no se negaría. Seguía dominándola aunque se hubiera ido de la casa. Ella no podía oponerse. El secreto que conocía podía destrozarle la vida, como un arma cargada. Se había convertido en un hombre influyente en el pueblo; era el hombre que manejaba los hilos y el dinero de Swan. Se regocijaba con el poder que eso le daba.

—Dígale que lo esperaré a las siete.

Stephan se dio la vuelta y se marchó.

Bella se guardó la nota en el bolsillo.

—Mi cuñado va a cenar conmigo.

—Seguramente eche de menos al niño.

Ella no dijo nada, pero se dio cuenta de que Edward casi no había tocado el pollo y los fideos que tenía en el plato. Bella le pasó el dorso de la mano por la mejilla. Edward la miró con sorpresa.

—Estás ardiendo. Deberías estar descansando.

—Estoy muy cansado, desde luego.

—¿Por qué no te tumbas después de comer? Eso sí, cierra la puerta con llave...

Él sonrió con desgana, bebió un poco de agua y echó una ojeada a las camareras y los clientes.

—Buena idea.

Bella terminó de comer y los dos salieron del comedor. Edward fue hacia las escaleras.

La reacción de ella a la nota, invitación o lo que fuera había sido inquietante. Su expresión cambió en cuanto vio a Fisher. Cada vez que observaba algo así, su curiosidad por ella era mayor. Al principio, Bella había sido cautelosa con él, pero le agradaba que ya pareciera cómoda. Incluso bromeaba y de vez en cuando le hacía frente. Le fastidiaba que hubiera cosas que no sabía de ella. No tenía derecho a indagar, pero sí podía observarla. Decidió fijarse bien en ella y en todas las actividades que le afectaban... pero por el momento tenía que descansar.

Bella le preguntó a Esme si esa noche Ben podría pasar una hora o así con sus hijos y ella estuvo encantada.

—¿Vives muy lejos del hotel? —preguntó Bella.

—Nuestra casa está detrás de la del médico y Maria —le explicó Esme—. Por el este da a la calle Birch, pero Daniel puede llevarlo.

—No, un paseo después de cenar me vendrá bien.

Bella le dio las gracias cuando estuvo segura de que tener a Ben en su casa no le sería una molestia.

Durante el resto de la tarde, cada vez que pensaba en Aro sentía náuseas. Se tranquilizó pensando que el comedor del hotel era un sitio público. A su cuñado le importaban las apariencias y aprovecharía esa ocasión para que parecieran dos personas que compartían el mismo dolor.

—Ni siquiera vale el plomo de la bala que le metería en la cabeza —se dijo en voz alta.

Sin embargo, se quedó atónita por la idea y por la virulencia de su aversión. Tenía que dominar sus sentimientos por el bien de Ben.

Seguía repitiéndose eso mismo unas horas más tarde, cuando se estaba cepillando el pelo y Ben hacía sus tareas. Él terminó una suma en la pizarra y se la enseñó.

—Eres un chico muy listo.

Bella se acercó a él, lo agarró de la barbilla y le pasó el pulgar por la mejilla llena de pecas.

—Mamá siempre me decía lo mismo —Ben dejó la pizarra y la tiza y se quedó mirando la mesa—. Echo de menos a mamá y echo de menos mi cuarto.

Bella se arrodilló a su lado para que la mirara. Apoyó las manos en sus rodillas y lo miró a los ojos azules y empañados de lágrimas.

—Ya lo sé, cariño. Yo también la echo de menos.

Una lágrima le rodó por la mejilla y le arrancó otro trozo de su maltrecho corazón.

—Tú no te pondrás enferma, ¿verdad, tía Bells?

Su miedo a perderla afianzó su decisión para que eso no pasara.

—No te preocupes por eso. No me pondré enferma y no te dejaré. Jamás.

Él se inclinó hacia delante y le rodeó el cuello con los brazos como había hecho tantas veces cuando era más pequeño, tirándole del pelo, pero a ella no le importó. No se tomaba su confianza a la ligera. Haría todo lo que pudiera para darle una vida confortable. Llamaron a la puerta. Bella lo besó en la mejilla y se levantó.

—Seguramente sea Daniel. Pórtate bien en casa de la señora Harper. Iré a buscarte más tarde.

—Sí, mamá.

Daniel y Ben se marcharon y ella terminó de arreglarse. Se puso el broche con el reloj y un cuello de encaje que había hecho Alice.

Se sentó en un rincón del comedor alejado de la cocina y de donde se sentaban los demás empleados. Desde allí podía ver el vestíbulo y vio a Amun que saludaba a unos huéspedes. Aro apareció a las siete y ella pudo ver cómo le daba el bombín a Amun, que lo guardó debajo del mostrador. Su cuñado la vio y fue hacia la mesa.

—Buenas noches, querida.

Su tono cortés se contradijo con la forma amenazante de mirarla de arriba abajo. Alineó los cubiertos a su gusto y se puso la servilleta en el regazo.

La reacción de ella a su saludo y a su mirada ofensiva no pudo oírse, pero se estremeció de los pies a la cabeza.

El agarró la carta y la leyó con detenimiento. El hotel compraba carne y verduras frescas y Rosalie hacía unos menús bien combinados. Las raciones eran abundantes y sabrosas. Bella se preguntó qué podría criticar.

—Cullen tendrá que poner una pistola en la cabeza de sus clientes para cobrar estos precios.

Bella miró hacia otro lado. Ella ya había visto los precios y sabía lo que iba a pedir. Vio que Edward entraba en el comedor con Silas Bowers, el director del periódico del Sil ver Bend, el Big Sky Sentinel. Se sentaron tres mesas a la derecha de la suya y los dos miraron a la vez.

Se intercambiaron unos saludos corteses y su cuñado incluso se levantó para estrechar la mano de Silas. Edward ofreció a Aro la mano derecha apoyada en el cabestrillo. Aro se la agitó con fuerza. Al verlo, Bella hizo una mueca de dolor, pero Edward mantuvo una sonrisa educada.

Aro no sería evidentemente grosero delante de Silas ni de cualquier otro testigo. Se cuidaba mucho de causar buena impresión. Volvió a sentarse y posó la mano sobre la de Bella con un gesto que quiso parecer tranquilizador, aunque ella sabía que era de dominación. Quiso apartarla bruscamente, pero hizo un esfuerzo por contenerse.

—Me fastidiaste mucho con lo del cuadro de Vernet, Bella. Fue una estupidez por tu parte.

—Era lo mínimo que podía hacer por Sue.

—Tenías que saber que pagarías por ello.

Nadine se acercó a la mesa.

—¿Qué tal están? ¿Qué desean?

—Muy bien, gracias —contestó Bella—. Yo tomaré trucha con arroz y té, por favor.

Aro pidió carne asada.

Nadine fue a tomar el pedido de otra mesa.

Ed Phillips, el banquero, y su mujer se sentaron a una mesa cerca de ellos. Aro lo saludó como si fuera un buen amigo y charlaron un momento antes de volver a dirigirse a Bella.

—Voy a recortar tu tregua en treinta días —le dijo él en voz baja.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella con precaución.

—He adelantado la fecha de nuestra boda. Tienes dos meses para prepararte. La anunciaremos a finales de junio y nos casaremos a finales de julio.

Ella, estupefacta, hizo todo lo posible por no levantar la voz.

—¡Eso es un escándalo! Mi hermana falleció hace unos días.

—Hace mucho más tiempo que no contaba. Pasó una eternidad en su lecho de muerte, hizo interminable ese tormento tan fastidioso, pero no tenía una existencia pública. La mayoría de la gente no la había visto desde hacía meses.

A Bella le hirvió la sangre de furia ante una insensibilidad tan inhumana. Quiso golpearlo con algo muy grande y pesado.

—Si hubiera algo de justicia en este mundo, tendría que caerte un rayo en este instante.

—Como sabes bien, el fuego es muy tentador —Aro sonrió—. Me cuesta contener las manos cuando hablas de esa manera.

Bella sintió que iba a desmayarse. Con discreción, mojó la esquina de la servilleta en la copa de agua fría y se la pasó por las sienes y la base del cuello. Todavía podía llevar a cabo su plan. Le quedarían seis salarios por cobrar para poder apañárselas antes de que tuviera que salir corriendo. Seis semanas para lidiar con ese hombre y fingir que estaba cediendo a su chantaje. Podía hacerlo.

—Te preocupa lo que piensa la gente —dijo ella—, pero pensará que traicionas a Alice si anuncias que vas a casarte conmigo tan pronto.

—Bobadas. Entenderán que un hombre necesita una esposa y respetarán que me preocupe tanto por mi familia como para mantenerla unida.

Las imágenes que se le pasaron por la cabeza hicieron que quisiera salir corriendo y gritando. Sin embargo, no podía hacerlo. Tenía que ocuparse de Ben. Miró furtivamente a Edward y comprobó que él también estaba mirándolos. Ella consiguió esbozar una sonrisa muy leve.

Aro se dio cuenta y volvió a agarrarla de la mano.

—Lo lamentarás muchísimo si me enojas. Además, tu moral laxa no es atractiva. Mantente alejada de ese hombre. No le gustarías si supiera todo lo que yo sé. Tienes suerte de que yo te quiera. Pero es verdad que mis anhelos son algo menos... convencionales.

Nadine les llevó sus platos y Bella retiró la mano y se la limpió con la servilleta; le habría gustado tener agua y jabón.

La trucha estaba deliciosa, pero tenía el estómago tan revuelto que casi no la probó. Aro, en cambio, comió con ganas. Cuando terminó, se pasó la servilleta por el bigotito y se bebió el café.

Cuando Nadine volvió, Aro le dio instrucciones para que pasara la factura a Swan.

—Y añade las cenas de los Phillips. Vuestras cenas corren de mi cuenta —le dijo a Ed.

La pareja se lo agradeció con una sonrisa. Naturalmente, fue una forma de darle coba al banquero. Bella se enfureció porque utilizara el dinero de Swan a su antojo. Aro tenía que mantener a ese hombre de su lado para el futuro.

—Una buena inversión —le dijo a Bella.

Ella miró a otro lado. Era una inversión de mal gusto. Una inversión que nunca habría hecho su padre.

—¿No va a comer más? —le preguntó Nadine.

—Está deliciosa, pero no tengo hambre —contestó Bella.

—Mi querida cuñada está pasándolo mal —intervino Aro—. El sufrimiento debilita mucho, ya sabes... Me apena ver a Bella en este estado. Por eso quiero acompañarla siempre que puedo.

Nadine asintió con la cabeza y retiró los platos.

—¿Ya podemos irnos? —le preguntó Aro mientras se levantaba.

—Creo que voy a quedarme a tomar otra taza de té —contestó ella lo suficientemente alto para que la pareja de la mesa de al lado la oyera —. El té me reconforta.

Aunque la miró con ojos asesinos, inclinó la cabeza educadamente.

—Muy bien, querida. Que pases una buena noche y mándame buscar si necesitas cualquier cosa.

Volvió a hablar un rato con Ed y se marchó.

Nadine le había llevado una tetera de porcelana. Ella se sirvió una taza de té y se echó un azucarillo. Cuando estuvo segura de que Aro estaba bastante lejos, se levantó para marcharse.

Edward y Silas habían terminado de cenar y charlaban animadamente en el vestíbulo.

Bella fue a su despacho, abrió la puerta con su llave y tomó el chal que había dejado en el respaldo de la silla.

Edward vio a Bella que se dirigía hacia la puerta. Su actitud rígida durante la cena lo había dejado perplejo. Algunas de las miradas que había dirigido a Aro habían sido muy elocuentes.

—¿Vas a salir? —le preguntó.

Silas había salido un momento antes.

—Voy a recoger a Ben a casa de Esme —contestó ella.

—Espérame. Tengo que pasar a ver al médico y está de camino.

Edward se inclinó detrás del mostrador para tomar su sombrero y se lo puso.

La brisa fresca de la noche le pareció muy agradable a Edward, pero Bella se puso el chal por encima de la cabeza. Se había fijado en que ella cambiaba completamente cuando Aro Volturi estaba cerca. Parecía... molesta cuando lo miraba o hablaba con él. Incluso enfurecida, pero eso no encajaba con lo que él sabía de su carácter. Además, le inquietaban los fugaces brillos de pánico que se reflejaban en sus ojos cuando se mencionaba a su cuñado.

—¿Va todo bien? —le preguntó él.

—Sí, claro.

Enfilaron la calle principal y pasaron por la ventana del Big Sky Sentinel, que estaba oscuro.

Unos metros después, las puertas batientes del Silver Star dejaban salir la luz y la alegre música del piano. Reconoció la versión que Curly Jack hacía de Golden Sippers. Cruzaron la calle y Edward señaló hacia la manzana siguiente.

—Quiero ver al médico un momento.

Ella lo acompañó hacia la casita cuadrada. Edward se paró al llegar al bordillo para dominar las imágenes que lo abrumaban cada vez que iba allí. Había estado ya la noche que le pegaron un tiro. Había comprobado cómo había cambiado ese sitio a lo largo de los años, pero todavía no se le habían borrado los recuerdos del trauma. Cada vez que veía esa casa, cada vez que pensaba en su infancia, rememoraba aquella noche.

Hola chicas!

Disculpen el retraso.. y ya que me tarde tanto para subir cap hoy subire hasta el 12 :P

Espero que los disfuten.

Las quiero!