Capítulo 9
Mientras los dioses estaban ocupados en sus juegos, Hilda aceptó encantada una inesperada oferta del ariano. Mu no perdió tiempo en tomar el lugar de la bella doncella dionisíaca que se retiró mirandolos con una traviesa expresión en su rostro, como la de alguien que conocía un secreto que no pensaba revelar a nadie.
—Gracias, Mu... —susurró mientras retiraba algunos mechones de su suave cabello—, pero, por favor, dejemos las formalidades de lado por esta noche. Basta con que me llames Hilda.
Las cosas se habían puesto sumamente interesantes porque no sólo tenía al caballero de Aries continuando el trabajito que la chica había comenzado anteriormente y la compañía del bello rubio, también notaba, aunque no pudiera verlos claramente, como los demas invitados estaban subiendo el tono de "desmadre" de la fiesta iniciado por el dios del vino. Tras probar el delicioso vino corintio, comenzaron a dejarse llevar por el éxtasis que causaban los afrodisíacos.
Sonrió cuando al volverse vio la silueta de quien supuso sería un fauno o un sátiro acercarse al caballero de Escorpión y decirle algo. Milo murmuró unas palabras de disculpas y se fue a ver a la persona que había enviado a aquel mensajero.
Las sorpresas no se habían acabado para Hilda, quien en un principio pensó que Mime se había marchado de Asgard sin permiso, porque pronto se dio cuenta del error de esa suposición. A fin de cuentas, si varios caballeros y entidades de otras órdenes se encontraban aquí, no sería tan descabellado suponer el que los guerreros asgarianos hubieran recibido una invitación. Hilda vio a otro de ellos, un joven de aspecto sumamente apuesto que vino a saludarla.
Pensó divertida que mayor sorpresa debió ser la del chico al verla en tal guisa con dos de los caballeros atenienses y en particular con uno de ellos dándole un delicioso masaje. El protocolo en el palacio de Valhalla era muy tradicional e increíblemente estricto y en circunstancias normales, ni tan siquiera sus allegados la habrían visto comportarse de esa forma tan impúdica en público. Hilda normalmente se habría sentido azorada al verse sorprendida pero en esta ocasión no se inmutó, la atmósfera del lugar estaba demasiado subida de tono como para ir en plan decoroso y tenía entendido que los Guerreros Divinos no eran exactamente unos angelitos cuando se trataba de una conquista amorosa. Francamente, más sorprendente habría sido que algún invitado ignorara cual era el propósito del festival.
Acarició el rostro del caballero de Aries indicándole que parara por un momento y aprovechó para alisar un poquito su vestido.
—Gracias, Mu —le dijo mirándolo sugestivamente—. Es suficiente por ahora.
Hilda respondió al saludo de Syd y comentó acerca de la generosidad que Odín y Freya habían mostrado al no poner pegas en dejarles aceptar la invitación. La muchacha presentó formalmente al joven guerrero a los dos caballeros atenienses.
—Syd de Mizar, estos jóvenes son dos de los caballeros de oro de la diosa Atena. Este es Shaka de Virgo— la joven retiró la mano de su hombro pues solamente se trataba de un efímero gesto seguido de una mirada corta pero sugerente a sus bellos ojos azules y después su otra mano repitió el mismo gesto en el caballero de ojos verdes—y este es Mu de Aries.
Tomó la naranja que la doncella le había dado anteriormente, que habia dejado "abandonada" en la mesita y que aun no había probado.
—No dudo que vayas a pasarlo bien, Syd. Dionisio es un anfitrión excelente y generoso.
No tardó mucho en encontrar "entretenimiento" el guerrero divino pues se marchó casi tan pronto como había llegado, aunque no sin antes ofrecer un atrevida mirada y acariciar suavemente el cabello de la joven. Hilda no hizo gesto alguno de protesta. Syd era un chico muy bien parecido y alguien a quien en Asgard se consideraría como un excelente partido, de hecho, quizás incluso como un futuro consorte.
La osada interrupción del guerrero de Zeta no estropeó para nada el ambiente, de hecho, lo encendió más y de forma muy sutil. Sonrió un tanto maliciosamente al pensar lo guapísimo que se veía Syd con aquellas ropas tan ajustadas. Normalmente cuando estaba en su presencia el joven venía ataviado con la armadura del tigre negro.
Al dejarla sola de nuevo con los dos caballeros atenienses puso aquellas ideas a un recóndito lugar de su cerebro, pues lo que de verdad le interesaba era en continuar el juego que se llevaba entre manos con los dos caballeros de oro.
Sentía una enorme curiosidad acerca de ellos y sobre cuan lejos sería capaz de dejarse llevar por el ambiente tan cargado de sensualidad de la velada.
