Autor: Yo, Crosseyra en su totalidad.
Summary: Aquella noche no podía ser más espeluznante, al percatarse de que una rosa de pétalos secos, de color café polvareda de toques amarillento y tallo adornado en un sinfín de puntiagudas y cortantes espinas yacía sobre su cama ¿Tan cerca estaba de su final? Solo quiso entregar mudo silencio a sus ojos escarlata, mientras aquella sonrisa demoníaca adornaba su níveo rostro con escalofriante dulzura.
Disclaimer: El mundo de Kuroshitsuji y sus personajes no me pertenecen, son de exclusiva propiedad de Yana Toboso, la historia que se desarrolla en este fic es de mi completa originalidad y propiedad. Queda estrictamente prohibido el plagio parcial o completo de esta historia.
Advertencia: Fanfic yaoi, es decir, hombre x hombre, si no apruebas y no te gusta ese tipo de pareja o género, no leas este fic.
Notas de autor: Bueno, he vuelto con la actualización. Este capítulo se basa más en descubrimientos, sentimientos, errores y despedidas prematuras. Solo espero que este capítulo sea de su agrado.
Este capítulo fue hecho con dedicación y contiene 5.749 palabras. Como lo había prometido, he aquí la parte en que Sebastián descubre sus sentimientos, pero, la verdad, en los próximos capítulos nada sera color rosa, esto que digo lo comprobarán al final de capítulo.
Sin nada más que decir...
Que disfruten el décimo capítulo de "Rosas Secas".
Rosas Secas
by
Crosseyra
Capítulo X: ¿El amor es capaz de vencer a la muerte?
Caminaban meramente en silencio por entre el pequeño y boscoso sendero, siendo rosados tenuemente por los primerizos rayos luminarios del astro solar, coloreando el cielo de un celeste cada vez más intenso, rasgando la oscuridad al tiempo que el sol se abría paso entre el paisaje. Las hojas se balanceaban sutiles por la pequeña brisa alzada, la tierra resonaba cantarina bajo sus pies, roseada por la humedad de la noche pasada, los árboles se estremecían ante la llegada del nuevo amanecer, reverenciando sus follajes al vaivén del viento. Todo parecía tan pacífico, tan natural, tan tranquilamente perfecto, demasiado "perfecto" para ser creíble como la gran tonificación de un día espectacular, lástima que las ideas que en ese día se desarrollarían no serían tan prometedoras.
El hombre rubio, quien encabezaba la caminata del grupo que se encontraba allí conformado también por la criada y el jardinero, daba pasos toscos y pesados, con un semblante extrañamente serio, ojos azules fijos proyectados en su destino, mueca desagradada y con el típico cigarrillo que desprendía ceniza, su expresión era tan inusual y desentonada con el ambiente presentado en el lugar que Maylene y Finnyan simplemente le seguían a paso silencioso, temiendo recibir un reproche si abrían la boca innecesariamente. Nunca habían visto a su amigo con aquel seño tan tosco y acre.
Por entre la espesa arboleda se pudo divisar el gran invernadero que presenciaba como pertenencia del Conde Phantomhive, alzándose imperiosos ante el bosque, contrastado por la luminosidad del crepúsculo. Bard dio un chasquido entre gustoso y malogrado, como si su lengua se hubiera trabado en un momento. La ama de llaves y el rubio de ocelos esmeralda intercambiaron miradas confusas, preguntándose o, más bien, afirmándose entre ambos que aquel lugar era su parada. La pregunta era ¿Por qué el invernadero? Sus miradas pasaron de ambos al Chef.
Siguieron caminando en silencio hasta llegar a la entrada del gran invernáculo. Bardoy abrió la puerta del gran lugar, pero no ingresó, esperó a un lado y señaló con la mirada a que el resto pasara, percibiéndose el movimiento de sus labios al masticar levemente la punta de su tabaco con impaciencia. Maylene entendió el mensaje y, de un empujón, se llevó consigo a Finnyan, quien se había distraído con una pequeña mariposa que revoloteaba cercana.
Caminaron hacia un lugar apartado, sus pasos resonaban crudos y sepulcrales sobre los azulejos incorporados en el sitio, como si estuvieran advirtiendo lo que se les vendría encima, perjudicial tanto para ellos como para el amo y señor de la mansión Phantomhive.
Bard se sentó en el suelo con sus piernas y brazos cruzados, aún mordisqueando su cigarrillo al observar insistente a la demás servidumbre. La criada se sentó de inmediato jalando consigo al jardinero. Un nuevo chasquido se hizo presente por parte del Chef, a la vez que un ronco suspiro se escapaba de sus labios al extraer su cigarrillo y apagarlo contra la cerámica. En ese momento Maylene y Finnyan se dieron cuenta de que algo andaba increíblemente mal.
El mayor de los tres aspiró profundo, para luego atisbar algo quedo al par expectante.
– Ustedes también se dieron cuenta del grito del joven amo ayer por la media noche ¿No? – preguntó, más bien afirmó el hombre rubio con sutileza, pero sin perder aquella pisca verosímil y tosca que caracterizaba a Bard, pero con una mirada azulina extrañamente seria y algo melancólica, como si lo que estuviera preguntando conllevara a una catástrofe que, si bien era casi prohibitiva de explicar, asumía las respuestas de lo inmoral.
Tanto ama de llaves como jardinero asintieron al instante.
– Así es, yo me di cuenta también del apresurado paso del Señor Sebastián al acudir a la habitación de Bocchan – acotó la criada con un poco de recelo en su tono de voz, aún sus sentidos instintivos y hormonas no aceptaban el hecho de que Michaelis no estaba interesada en ella más que como una compañera laboral, tal vez hasta como una amiga, pero con aquel mayordomo era casi imposible, prácticamente no compartía con la demás servidumbre a no ser que se presentaran inconvenientes o se acudiera a ellos en una situación urgente, fuera de eso, la compañía era nula.
Finnyan asintió frenético.
– Yo también advertí ambas cosas – comentó el oji-esmeralda con una sonrisa grabada en su rostro, inocentemente feliz y no teniendo la capacidad de captar el rumbo en el que el Chef quería que tomaran las cosas para, por fin, llegar al grano. Por otro lado el asunto a discutir no era nada agradable.
Bard les observó a ambos por el rabillo del ojo, para luego suspirar cruzándose de brazos nuevamente.
– Entonces también se dieron cuenta de que el Señor Sebastián, luego de eso, no regreso a su habitación ¿Verdad? – ante lo dicho por el rubio, Maylene encaró una ceja con duda, siendo perceptible sus sorpresa aún entre aquellos crispados anteojos ¿A qué trataba de llegar? Finnyan simplemente ladeo la cabeza desentendido y confuso, ya que, a diferencia de la sirviente de cabello rojizo granete, no había advertido del todo el significado de aquellas palabras.
La oji-granete observaba con cierta duda a Bardoy, quien le devolvía la mirada desafiante y buscando una respuesta a lo recientemente formulado ¿Qué esperaba que le respondiera? ¿Qué también se había dado cuenta y hasta había advertido un par de gemidos minuciosos y ligados al ronco suplicio? Jamás le respondería tal cosa, primero porque no había escuchado nada en el transcurso de toda la noche. Segundo porque era una locura.
Harta de la batalla de miradas, Maylene se incorporó atreviéndose a preguntar lo que Bard, en otras palabras, quería escuchar, más bien como una pregunta atacante que una de razonamiento.
– ¿Qué insinúas, Bard? – Maylene atacó. Bard encaró una ceja con molestia. Finnyan pasaba su mirada del Chef a la criada y de la criada al Chef. Todo era un revuelo de pensamientos indecorosos, miradas atacantes y a la defensiva, claro que no faltaba el pequeño y rubio jardinero que no había entendido el punto de la conversación aún.
El mayor dio un chasquido engorroso.
– No estoy insinuando nada, Maylene, solo quiero saber si la información es factible y no la creó alguna jugarreta mental o la falta de sueño – de cierta manera, podía ser correcto, tal vez estaba delirando en algún grado mínimo y Sebastián sí había emprendido camino de regreso a su recámara, o tal vez lo haya hecho en el tiempo en el cual él ya había vuelto a la cama después del estrepitoso grito del amo, no lo sabía con la certeza suficiente como para corroborar sus sospechas.
La ama de llaves frunció el seño ofendida, creía que solo era ella la de las imágenes mentales inapropiadas y viles para el estado mental.
– ¿Estás diciendo que el Señor Sebastián estuvo con Bocchan toda la noche? – preguntó Maylene al encogerse de hombros. Si era solo aquel asunto no tenía nada de malo. Quedarse con el pequeño Phantomhive toda la noche en su alcoba no significaba nada fuera de lo común, después de todo sabían perfectamente que Ciel era el tesoro de Michaelis, en muchos aspectos, por lo cual era casi imposible que le hiciera algún daño, prácticamente.
El rubio mayor, ante la respuesta de la criada, asintió casi al instante.
– Es lo que creo – comentó el oji-azul con sencillez.
Finnyan, en todo el tiempo transcurrido, soltó palabra.
– ¿Y eso que tiene de malo? El joven amo y el Señor Sebastián siempre han tenido una confianza bastante profundizada, no veo cuál es la razón para tanta seriedad en tus palabras, además de que Bocchan debió de haber tenido pesadillas nuevamente, el Señor Sebastián solo hacía su trabajo como el mayordomo que es – el chico se encogió de hombros luego de su explicación restándole importancia al asunto, después de todo así lo pensaba y creía que Sebastián era incapaz de algo inapropiado como lo había planteado Brad, indirectamente. Y sí, había captado el mensaje.
En ese momento, Bardoy frunció el seño, al parecer eran dos contra uno, un atacante y dos defensores del posible culpable, debía de revertir eso a como dé lugar.
– ¿Acaso no lo ven? Si hubieran sido solo por las pesadillas del Joven amo, en cuanto este halla recobrado el sueño nuevamente, Sebastián debería de haber regresado a su habitación como siempre, pero en cambio no salió de la recámara del joven Ciel en toda la noche, de hecho aún sigue allí, junto a Bocchan – su tono de voz fue verosímil, altanero y demandante, hastiado por la imprudencia de sus compañeros y la falta de "creatividad" que poseían como para no darse cuenta de tan evidente asunto.
La masculinidad de Ciel estaba en "peligro", la dignidad y reputación del Conde Phantomhive también ¿Cómo acabarían las cosas si el mundo se llegara a enterar de que el pequeño noble británico o el perro guardián de la Reina había sufrido de un abuso en sus propios aposentos? ¿Y siendo el culpable el honorable, implacable, perfecto y respetable mayordomo que todos conocía y que llevaba por nombre Sebastián Michaelis?
Maylene abrió los ojos desmesuradamente atónita ante las palabras del Chef, pero su mente no se guiaba por la posible violación, sino por "algo" más. Las imágenes mentales se le vinieron a la cabeza como un relámpago caóticamente erótico y un leve hilillo de sangre descendió desde sus fosas nasales hasta la comisura de su labio superior, todo le parecía tan… atrayente y "sensual" que el rubor en sus pómulos era notorio en demasía.
– ¿Crees que el Señor Sebastián y el Joven amo...? – tartamudeaba trémula la criada al verse envuelta en aquella seria de imágenes que le embargaban y activaban, de cierta forma, sus sentidos hormonales. Una descarga eléctrica la asaltó desde la parte baja de su espalda hasta su nuca, erizando sus rojizos cabellos y causándole sensaciones que, si bien no eran nuevas, las seguía degustando involuntariamente de la misma manera.
Ante la postura de la ama de llaves, Bard simplemente encaró una ceja, para luego chasquear y negar con la cabeza ante la respuesta de la oji-granete.
– No, creo que fue más un abuso – la voz del rubio escapó ronca y malgastada, malograda en demasía, lo cual provocó que las imágenes eróticas que pasaban por la impura mente de Maylene se volvieran ilusiones de un Ciel gritando auxilio y sin ser escuchado, siendo penetrado a la fuerza a la vez que la mirada perversa de Sebastián se regocijaba en el violento y sacrílego placer a manos sucias que escudriñaban en el cuerpo virgen de su amo.
Finnyan abrió los ojos de par en par, atónito.
– Te refieres a… ¿Pedofilia? – tartamudeo el rubio de ojos esmeralda, mientras tomaba su sombrero de paja entre sus enguantadas manos y lo estrujaba de nervios, malográndolo, despedazándolo trémulo y pavoroso ¿Sería eso posibles? ¿Sebastián Michaelis violando a un niño de apenas 13 años? Se le hacía completamente ilógico, pero aún así el corazón le latía desaforado y cierto resentimiento estaba naciendo en su corazón.
La palabra "Pedófilo" resonaba latente y petulante en el trío de cabezas reunidas en el invernáculo, dejando a cada uno de ellos más helado y paralizado que el otro, a excepción de Bard, que ya había pasado por la etapa de "negación" ante la idea.
Bardoy suspiró ronco.
– Tal vez hasta una violación, Finnyan – hizo una mueca de disgusto al soltar dichas palabras, mientras advertía como el semblante de Finny se volvía aún más aterrorizado, su pequeña mente inocente no daba para más con todo lo informado. Por otro lado, ante las palabras del rubio mayor, la criada estalló indignada.
– ¡¿Qué? ¡Imposible! El Señor Sebastián no sería capaz de tal cosa… – defendió Maylene a su compañero de trabajo, si bien no conocía mucho a Sebastián y no era de amistades con él, tenía perfectamente claro que dicho sujeto sería incapaz de ello, como bien lo había declarado la tarde anterior, Bocchan era su tesoro, nadie dañaría jamás a alguien que tanto aprecia, a menos a que fuera alguien desquiciado, pero sabía que Michaelis estaba en todos sus cabales.
Bard arqueó una ceja molesto, para luego alzar toscamente su tono de voz.
– ¡Dejen de nombrarle como "Señor"! ¡Ese tipo es un pedófilo! – vociferó moderadamente, aún cruzado de brazos y observando por el rabillo del ojo a la oji-granete, quien arrugaba el entrecejo con incordio.
– ¡No digas tontería Bard! ¡Si hubiera sido un abuso, Bocchan hubiera acudido por nuestra ayuda mediante gritos! ¡No puedes acusar a alguien sin pruebas de una fechoría de tal magnitud! – gritó la de rojizos cabellos procurando sonar lo más firme y palpable posible, iba defender su criterio sobre Sebastián hasta que le mostraran pruebas contundentes que demostraran dichas acusaciones, si no era el caso, seguiría firme en su defensa.
Finnyan permanecía estático, aún carcomiéndose los dedos al verse notoria y latente la palabra "Pedofilia" en su mente ¿Sería posible? No tenía ni la menor idea de qué pensar, todo le daba vueltas en la cabeza tratando de buscar una respuesta, pero nada aparecía más que el pavor de saberse si fuera el caso de ser cierto.
Mientras tanto, Bard y Maylene mantenían una riña en una decisión que podría orillarle a acciones mal fundamentadas, el Chef creía firmemente en sus suposiciones en base a lo que había visto la noche anterior, la criada defendía al acusado aferrándose al hecho de que el rubio no había mostrado pruebas lo suficientemente justificativas como para respaldar su criterio, sin mencionar que tenía claro que Sebastián jamás haría algo tan perturbador y tortuoso. Lástima que cambiaría de opinión si estuviera consciente de la verdadera naturaleza de aquel mayordomo.
El oji-azul gruñó con impaciencia.
– ¿Entonces cómo explicas que el "Señor" Sebastián no haya vuelto a su habitación? ¡¿Eh? Por favor, solo piénsenlo por un minuto – dijo sarcásticamente y enfatizando en la palabra "Señor", ya que, a estas alturas, el Chef ya había perdido todo respeto que, alguna vez, habría tenido por Sebastián, lo malo es que aquello no era bien justificado y no sabía en lo absoluto que estaba equivocado.
El oji-esmeralda carraspeó ligeramente tomando la atención de ambos combatientes, se recuperó de su espasmo e inhaló profundamente logrando relajar su tenso y rígido cuerpo, para luego exhalar con lentitud. Se incorporó dispuesto a impartir su opinión hacia sus compañeros en base a lo que, lejanamente, había oído de ambos.
– Si hubiera sido así, hubiéramos escuchado los… gemidos del Joven Ciel – el rubio menor se levantó de los fríos y crudos azulejos con una determinación nunca antes vista por sus compañeros, dispersándose con leves pasos hacia la salida del gran y majestuoso invernadero, para luego girar levemente su rostro y observar por el rabillo de su verdoso ojo – Si lo que dice Bard es cierto, solo hay una forma de comprobarlo – y dicho esto, sin más demora, salió en una dirección determinada, sabiendo muy bien su destino.
Bard y Maylene se miraron entre ambos con incertidumbre y confusión, a la vez curiosos por la repentina actitud adoptada por el menor del trío. Con solo un par de gesticulaciones faciales, Chef y ama de llaves decidieron dejar su discusión por el momento y seguir el camino marcado por el paso del jardinero, tal vez descubrirían algo que les sería de gran ayuda si confiaban de Finny, pero jamás se enterarían de lo que realmente pasaba en aquellas cuatro paredes, más bien malinterpretarían todo.
Finnyan sabía dónde buscar, es una pena que el resentimiento haya sido posado ya en su corazón, después de todo, lo que verían en su destino les formarían ideas erróneas.
Aún era temprano, ese mayordomo aún no aparecía ¿Dónde podría estar? Ah, claro…
En la alcoba de Ciel…
Era molesto, realmente molesto y desazonador. Sentía que su rostro ardía por quién sabe qué cosa, sus ocelos permanecían cerrados a la fuerza, quería seguir experimentando. Su ceño fruncido y tosco no estaba en armonía con sus perfectas y "angelicales" facciones, una mueca se formó naciente de sus finos belfos, disgustada, engorrosa. Frotó sus ojos con una de sus manos hecha puño y separó la comisura de sus rojizos ojos con sus pestañas y párpados, y, como la misericordiosa respuesta de una gran incertidumbre, allí estaba el provocador de tan desalentador despierto… el sol.
Los mínimos rayos que se colaban por entre el gran visillo de seda azul marino que ocultaba el gran ventanal pactaban firmemente con el hemisferio derecho de su rostro, he ahí la razón de su calor y molestia. Levantó la cabeza jadeante y bufando al soltar un bostezo involuntario, a la vez que estiraba su cuerpo adormecido para despertarlo por completo, dejando que alguno de sus huesos emitiera un pequeño sonido "natural".
Parpadeó aún somnoliento y algo lerdo al tener la intención de reconocer en qué lugar estaba. ¿Sería su recámara? Una fina puerta, una mesita de noche con un par de libros sobre el mismo, grandes y elegantes cortinajes de color azul marino, sábanas de color blanco, suaves y tersas, una funda de color vino, un suelo alfombrado, un gran armario del más fino material. No, definitivamente aquella no era su habitación, aquel lugar era demasiado lujoso, su dormitorio era… simple, por no decir otra cosa.
Pasó su enguantada mano por entre sus alborotados cabellos negro azabache, para luego exaltarse al sentir un pequeño bulto hecho ovillo aferrado a su torso. Levantó un poco la funda junto con las sábanas con algo de duda impregnada en su expresión… y lo vió. Acurrucado, hecho una bolita, abrazado a su torso con posesión y ternura, apoyando su pequeña cabecilla grisácea sobre su pecho, respirando parsimoniosamente y con lentitud, párpados cerrados y labios entre abierto, pómulos ligeramente sonrosados.
¿Qué significaba todo esto?
La sorpresa le carcomía, calando hasta lo más recóndito de su endemoniado ser ¿Acaso él había…? No, imposible, no recordaba en lo absoluto haber hecho algo tan "impúdico" como aquello junto con su amo, le quería demasiado como para hacerle algún mal, pero ¿Entonces? ¿Cómo pudo haber terminado en la cama del joven Conde sin más?
Fue allí cuando cayó en la cuenta de un pequeñísimo detalle, se había afirmado mentalmente que lo quería. QUERÍA a Ciel Phantomhive. Realmente se estaba volviendo loco, desjuiciadamente loco, más aún si no encontraba respuesta coherente a la situación actual. Luego se le vino otra idea a la mente, no recordaba nada, estaba somnoliento, al parecer se encontraba en paños menores y los párpados aún le pesaban, sin mencionar que su cuerpo estaba inusualmente relajado, en otras palabras, había estado durmiendo.
¿Él, durmiendo nuevamente, después de tantos años? No se lo podía creer. Los demonios lograban conciliar el sueño en ocasiones extremas, ya sea por demasiado "cansancio" y falta de energías por no haber consumido un alma un mucho tiempo, o simplemente porque se sentían protegidos y a gusto con alguien en especial.
"Alguien en especial", aquello resonó en su cabeza con desesperación.
"Protegidos y a gusto", no podría haberse sentido "a gusto" y, sobre todo "protegido" de esa manera ¿O No? En ese momento recordó todo lo de la noche pasada, el grito, las pesadillas, el leve rastro de lágrimas, el encuentro entre las sábanas del Joven amo, las tersas caricias otorgadas por él mismo hacia el menor, el ósculo en la frente, todo, absolutamente todo.
En ese momento advirtió que algo había cambiado en su interior, pero ¿Qué? No se lo explicaba. El vuelco en su corazón al volver a atisbar a ese pequeño pre-adolescente de tan solo trece años le sorprendió ¿Estaba sintiendo? Ternura, amabilidad, cariño, amor, santo y puro amor. Su órgano sanguíneo bombeaba a mil por hora, casi como una taquicardia soportable, era como esa vez en que su amo le había dado de beber el "té especial" de Tanaka, pero en este caso, no era un malestar, sino que se sentía… bien.
Observar aquella pálida tés de mejillas sonrosadas, labios finamente cincelados y entre abiertos dejando circular un mínimo de oxígeno, pecho que se movía al vaivén de su inhalación y exhalación, semblante sereno, ojos ocultos bajo una fina capa de piel, pestañas largas y tupidas, cabello alborotado y brilloso, sedoso, limpio. ¿Por qué, en los años en que había servido a ese pequeño británico, nunca había contemplado tal preciosura y belleza en magnificencia en aquel pequeño cuerpecillo? ¿En qué estaba pensando en aquellos momentos cuando tenía la posibilidad de verlo dormitar tan amenamente en los trises en que debía quedarse a acompañarlo hasta que conciliara el sueño? ¿Cómo había podido pasar por ignoto algo como esto?
Por inercia, el mayor acarició suavemente la mejilla izquierda de su acompañante, precisando como aquella pequeña efigie se retorcía ligeramente en su lugar, esbozando una leve sonrisa y acomodando su grisácea y alborotada cabecilla en el pecho de Michaelis, teniendo aún más cerca a este. Claro, sin ser consciente del todo de ello.
No supo cómo ni por qué pasó, pero solo sabía que ahora Phantomhive se encontraba entre sus brazos, escondiendo su rostro en el cuello del menor, aspirando aquel aroma tan peculiar que siempre tuvo presente en su día a día, pero nunca tuvo la idea de disfrutarlo a pleno. Se sentía tan diferente en aquel momento, no se consideraba un mayordomo, ni tampoco un demonio, ni mucho menos alguien "superior", solo se consideraba como una persona que amaba.
Lo cierto era que lo amaba, cuánto lo amaba…
Había tardado en darse cuenta, pero la sinceridad con la que le miraba, el amor que desprendía de sus ojos, aquellas manos trémulas que lo único que querían era acariciarlo, transmitirle cariño, ternura, esos labios que anhelaban la unión de los contrarios ¿Cómo no enloquecer por alguien como él? Tan diferente, tan especial, tan… Ciel Phantomhive.
Le había visto crecer, le había visto convertirse en lo que ahora es, había estado presente en aquel momento en que su corazón se hacía más negro y, en ese entonces, lo único que quería era devorar su alma, ahora solo quería verlo sonreír con inocencia, regalarle una palabra sincera, una mirada confiada, un beso lleno de sentimientos.
Se sorprendió a sí mismo el que estuviera aceptando el tema tan abiertamente, pero lo cierto era es que todo aquello lo sabía desde mucho antes. Sus dudas se desvanecieron reemplazándose por sentimientos, la pregunta era ¿Serían sus sentimientos compartidos con Phantomhive? No lo sabía, y la incertidumbre le mataba por completo.
Se dio cuenta que el sol ya estaba en su esplendor ¿Tan tarde era? Debía preparar todo para la llegada de los Middleford, por lo cual, contra su voluntad, se separó de ese pequeño Conde sin antes depositar una pequeño ósculo en su frente. Independientemente de su nueva situación sentimental, debía seguir siendo el perfecto mayordomo de la Mansión Phantomhive.
Recordó la sesión de fotos "PRIVADA" con Sutcliff, un pesado suspiro se escapó de sus labios. Comenzó a arreglarse para volver a sus labores, aún quedaba mucho trabajo por hacer y no quería decepcionar a su señor, por lo cual, por ahora, debería abandonar la alcoba de Ciel.
Lo cierto era que había visto una oportunidad en la que otros nunca lo harían, había encontrado la oportunidad de amar en circunstancias en las que otros… jamás las verían.
Lo amaba, definitivamente lo amaba…
El traquetear del gran carruaje blanco resonaba tajante en los finos oídos de una joven inglesa hija de nobles, al tiempo de que esta apoyaba su mejilla sobre su refinada mano de pálida tés, observando con melancolía la arboleda que se alzaba a orillas del entierrado y polvoriento camino. Ya estaba por llegar a su destino.
Era un día soleado, despejado, una leve brisa balanceaba el espeso follaje de los majestuosos árboles a su alrededor, percibiendo un par de pajarillos cruzar frente a su visión. Era un día hermoso, pero aquellos ánimos de cada quien dentro de aquella carroza desprendía no eran los mejores, más aún con lo que se avecinaba.
La mansión Phantomhive estaba cerca, las cosas pronto tomarían otro rumbo a cuesta de la voluntad de la menor de los Middleford.
– ¿Elizabeth? – la voz de su madre la hizo girarse levemente, pactando sus miradas esmeraldas al instante y con firmeza. El rostro de la menor detonaba tristeza, la de su madre comprensión. En esos momentos no quería hablar, quería que las palabras entre ambas fueran presas del silencio y las miradas fueran desviadas hacia el olvido. En esos momentos, la muchacha se sentía hundida en el suplicio.
No respondió, simplemente desvió la mirada nuevamente a observar hacia las afueras del carruaje, si mirar en realidad. Por desgracia no notó el ceño fruncido de la marquesa.
– Elizabeth Essel Cordilia Middleford, mírame cuando te hablo –ordenó su madre con el tono de voz más frívolo que alguna vez pudo articular en sus palabras. El pecho de la menor se oprimió al verse reflejada Frances en el vidriado de la ventana en la cual ella se miraba, deprimida. Giró su cabeza lerdamente y atisbó a la mayor.
– ¿Qué sucede, madre? – su voz apagada no concordaba con su habitual personalidad, su semblante entristecido delataba la noticia en hechos y no se alegraba para nada de ello. Dirigió su mirada hacia su hermano, Edward, quien se mantenía bufando al otro extremo del aterciopelado asiento con sus ojos claramente hinchados de tantas lágrimas derramadas. Suspiró con pésame.
La marquesa le observó firme.
– Estás consciente de lo que deberás de decirle a Ciel ¿No? – no cambió su tono de voz, el pecho de Elizabeth volvió a oprimirse con dolor, ejerciendo una opresión mayor y aún más desoladora ¿Cuándo había sido la última vez que había derramado silenciosas lágrimas de aquella manera? ¿Muriéndose por dentro? No lo recordaba.
Dio un suspiro pesado de nueva cuenta, para luego asentir desganada.
– ¿Por qué no solo le digo la verdad? Tiene derecho a saberlo – dicho esto, pasó su mirada de su madre a su hermano y de su hermano a su madre. Y, por aluna razón, comenzó a recordar su infancia ¿Todo acabaría de aquella manera? Al parecer sí, en su condición actual no tenía muchas oportunidades y, desde ahora, no quería pensar en ello. El corazón le dolía con fuerza.
Edward, quien se había mantenido observando con desinterés hacia las afueras de la gran carroza blanca, se giró sobre sí levemente y mirar con ternura a su pequeña hermanita. No trató de esconder su tristeza, pero quería mostrarle a Elizabeth el hermano mayor fuerte y protector que era siempre, hasta el final…
– ¿Para qué, Lizzy? Después de todo sabemos lo que va a suceder – comentó el rubio mayor al acariciar con parsimonia y dulzura el cabello perfectamente arreglado y adornado de la menor de los Middleford, sintiendo como su voz se quebraba con cada palabra. Había tratado por todos los medios posibles encontrar una solución, pero ya sabiendo la verdad, solo le restó el aprovechar al máximo lo que quedaba junto con ella.
Frances asintió aún firme ante las palabras de su hijo mayor, para luego quebrarse de igual forma como lo había hecho el día en que todo se vió a la luz, la noticia más desastrosa que alguna vez pudieron haber soportado como familia.
– Tu hermano tiene razón, no será fácil para nadie, sabes que he llorado todos estos días luego de la noticia que nos ha dado el médico, tu padre está destrozado. No se ha atrevido a venir porque teme derrumbarse frente a Ciel y no queremos que ello suceda – una traviesa lágrima se desbordó de los hermosos ocelos verde esmeralda de la marquesa, aún el solo pensar en ese hecho le partía el corazón en dos. Había visto llorar a su marido un sinfín de veces y ella le acompañaba en su suplicio. Aún por las noches las lágrimas corrían desesperadas ¿Cuánto más podría soportar?
Elizabeth suspiró desganada nuevamente.
– También le mentiste con lo de la carta ¿No? No le has comunicado las verdaderas razones – recalcó la menor sin observar directamente a su madre al percatarse de aquella lágrima, no quería verle llorar por aquello, no quería observar aquella lágrima hundida en el agobio ¿Qué había hecho mal para que su familia recibiera tal castigo? No se lo explicaba.
La esposa del Marqués Alexis León Middleford apretó sus puños con fuerza, al bajar la mirada con desgano y limpiar el rastro húmedo que había quedado a través de su mejilla.
– No podíamos, por ahora no puede saberlo –.
La rubia menor frunció el ceño en una combinación de ira y melancolía al apretar sus dientes en un arranque de frustración.
– No quiero el tener que decírselo en una camilla de hospital y con el último aliento que me quedara, quiero decírselo ahora… Ciel no se merece el que le oculte algo así – estaba perdiendo la paciencia ¿Cómo no decírselo? Él mejor que nadie tenía derecho a saberlo luego de sus familiares más cercanos, era su primo ¿Cómo mentirle? Ya lo había hecho en una oportunidad, no volvería a hacerlo nuevamente.
Edward volvió a acariciarle el cabello ahora con una deprimente sonrisa.
– Lizzy, por favor… – trató de razonar con la menor, pero sus palabras fueron arrebatadas de sus labios al ver cómo esa pequeña e inocente niña sacaba voz con toda la frustración que había resguardado y oprimido en su interior. Elizabeth ya no podía más.
– ¡Me estoy muriendo! ¡¿Entienden? ¡Estoy muriendo a causa de una maldita enfermedad que no tiene cura! ¿¡Cómo pueden pedirme que no hable en una situación como esta? – lágrimas comenzaron a brotar del trío presente al verse recordada la cruda realidad mediante aquellas palabras fatigadas de la oji-esmeralda. Primero fue Elizabeth, luego Edward y, para terminar, la marquesa, Frances. La familia Middleford estaba de luto.
Observaron con desolación a la joven que escondía su rostro entre sus pálidas y finas manos, derramando cada lágrima con dolor y desesperación. No aguantaron por mucho, ya que ambos abrazaron a la menor con protección, brindándole su apoyo, su calor, su amor eterno que siempre permanecería en cada corazón de la familia ¿Cómo poder sobrevivir de esa manera? ¿Aferrándose a la mentira con desesperación? ¿Quién podría salvar a la pequeña Middleford de aquel final tan morboso y desolador? Nadie, ya que aquella enfermedad que le carcomía por dentro y la mataba a cada segundos no tenía cura alguna.
Leucemia, en otras palabras…
Cáncer a la sangre…
Los sollozos eran reconfortantes en su medida, dejar salir de aquella manera todo el agobio y el sufrimiento reprimido en el corazón de la familiar era simple y "bueno" para el dolor ¿Quién diría que las cosas acabaran de esta manera? ¿Cómo darle la noticia sin ser extremadamente hiriente? ¿Cómo poder morir en paz sabiendo el daño emocional que has dejado atrás? No encontraba respuesta, la duda le carcomía.
La cierto es que Elizabeth jamás le tuvo ningún tipo de pavor a la muerte, a lo que sí le temía era al daño que provocaría este, y tal vez dichas heridas jamás podrían sanarse completamente.
Frances besó la humedecida mejillas de su hija a causa de las lágrimas que aún brotaban, para luego acunarla entre sus brazos y comenzar a acariciarle con dulzura, aun dejando que de los ojos propios se desbordaran lágrimas de compungido dolor.
– Mi amor, nos duele tanto, tanto… Estamos destrozados, desamparados, no sabemos qué hacer… Solo no queríamos preocupar a Ciel, no sabes cuánto sufrirá con esto – su voz se quebrantaba, la imagen de la firme, dura, frívola y fuerte marquesa se desmoronaba con cada segundo que pasaba, ahora solo se veía como una madre que intentaba proteger a su hija evadiendo lo imposible, a sabiendas de que, tarde o temprano, debía de soltar la mano de su pequeño retoño y, al final, dejar que se marchase.
La oji-esmeralda sollozó con impotencia.
– P-Pero… es mi prometido, mi primo… mi familia, también debe saberlo – tartamudeaba debido a las contracciones que en su pecho se ejercía a causa de su llanto, su garganta se veía vacilante, las palabras tardaban en salir ¿Qué iba a ser de ella? Sus sueños de ser la esposa de un Conde, la esposa de Phantomhive, la mujer de su primo se habían visto derrumbados, más no era aquello lo que le preocupaba, más bien era la herida que nuevamente se abriría con una muerte más en el corazón de Ciel.
Su hermano se sentó a su lado y comenzó a acariciar sus cabellos con tersa delicadeza, con el fin de que la pequeña dejara de sollozar tan abruptamente, pero, siendo sinceros, no le culpaba.
– Fuiste muy valiente en la fiesta de tu cumpleaños al poder sobrellevar esa pena y sonreír, hermanita, no le dijiste nada a Ciel en ese entonces, pero creo que tienes razón, tiene derecho a saberlo… – fueron palabras tan sinceras que abarcó mucho más allá de los celos y el dolor, llegaron a ser sensatas y serenas, después de todo, su hermana tenía la mayor razón de todas y, si ese era uno de sus deseos, debería de cumplirlos.
– No sé qué hacer, la enfermedad ha avanzado rápido ¿Estaré aquí para la próxima semana? – preguntó trémula la muchacha, vacilante, temblorosa, la voz casi no le salía, sentía miedo del daño, del dolor, del sufrimiento. Ahora ella jamás podría cumplir su meta de ser alguien apta para proteger a la persona más importante en su vida.
"Ciel… lo siento tanto…"
A la marquesa no le salía la voz, la pregunta le había descolocado de cierta manera, pero pudo advertir que ya estaban cerca de su destino, por lo cual optó, muy a su pesar, ser de sinceridad con su hija.
– No lo sé, mi amor, no lo sé – respondió con dolor perceptible en su voz, Edward y Elizabeth apretaron los ojos con fuerza, a la vez que una traicionera lágrima se asomaba en ambos hermanos.
– Los amo, los amo demasiado – dicho esto por la muchachita, la rubia mayor comenzó a tararear una leve canción de la infancia de la oji-esmeralda, con el fin de calmarla, siendo ayudada por su hijo mayor.
De lo que nadie se había dado cuenta es que, no muy a lo lejos, en el camino, una pequeña rosa se iba marchitando con cada segundo que pasaba, un pétalo ya había caído y aquella hermosa flor iba muriendo con cada paso que el tiempo daba. La muerte se aproximaba a sus vidas.
"Te amé, te amo y siempre te amaré… Ciel Phantomhive".
El afecto rompe barreras y obstáculos, el cariño resguardado siempre persistirá en sus corazones, el amor es inmortal, pero ¿Será capaz de vencer a la muerte?
Fin décimo capítulo.
Un abrazo muy grande a quienes siguen leyendo este fic, se les agradece un montón.
Bien, Bard tuvo sus sospechas al momento de oír el grito de Ciel y el que Sebastián haya acudido y no haya vuelto en toda la noche y, como bien se planteó, sus suposiciones son erróneas, la pregunta es ¿Habrá convencido certeramente a Maylene y Finnyan? Y si es así ¿Se confabularán contra el mayordomo? También en este capítulo se vio la reflexión de Michaelis sobre sus recientemente descubiertos sentimientos, que ternura ¿No? Y por último, se dio a conocer al público el verdadero estado de salud de la menor de los Middleford, lo cual también se mencionó que esto estaba antes de la fiesta de cumpleaños de Elizabeth en los primeros capítulos. Como se dijo anteriormente, la familia Middleford está de luto.
Ahora mi parte favorita:
Agradecimientos a: Breyito-Black-Lupin, kikyoyami8 y a marishyon por sus comentarios, les estoy eternamente agradecida a todas y espero que el capítulo haya sido de su agrado.
Agradecimientos igualmente a quienes siguen este fic sin dejar comentario, de igual forma es importante para mí.
Bueno, nos vemos en el próximo capítulo.
Atte. Ino.
