Disclaimer: Este fic es una adaptación de la Novela homónima de Elizabeth Rolls, con los personajes de la gran Stephenie Meyer.

Capítulo X:

A pesar de la decisión que había tomado, durante la siguiente semana Edward no encontró el momento de quedarse a solas con lady Tanya Anstey. Jacob Black y los Newton, parecían carecer de tacto. Jessica tenía una especial predilección por la compañía de lady Tanya y parecía ignorar todas las señales para que se esfumara. En las pocas ocasiones en que Edward conseguía deshacerse de Jessica, tía Esme aparecía y era imposible que se fuera.

Jacob Black y Michael, también demandaban su atención. Ambos tenían un gran interés en reducir la población de conejos y estaban empeñados en llevarlo de caza continuamente, con la consecuencia de que comían conejo muy a menudo.

Cuando llegó el martes, no había tenido ocasión de besar a lady Tanya ni de proponerle matrimonio.

Se vistió a toda prisa para la cena, para desesperación de Meredith, su ayudante de cámara. No porque el resultado no fuera a ser bueno, sino porque en opinión del sirviente, aquellas cosas debían hacerse con tranquilidad para evitar cualquier descuido.

El motivo para ignorar las protestas de Meredith era que, Edward, le había pedido a lady Tanya que se encontrara con él antes de la cena. Estaba empezando a pensar que alguien estaba en su contra. Al principio, cuando aquella idea se le había pasado por la cabeza la había rechazado de inmediato, pero, luego, las cosas habían empezado a encajar. Jacob y Jessica llevaban días siendo uña y carne y habían estado extremadamente atentos con su tía Esme. Michael se había dejado llevar por lo que fuera que su esposa estuviera planeando. Estaba muy orgulloso de la inteligencia de Jessica y rara vez le llevaba la contraria.

Sí, empezaba a verlo claro. Jessica y Jacob estaban orquestando todo aquel asunto, pero ¿por qué? La respuesta no tardó en llegarle. No querían que pidiera matrimonio a lady Tanya. Era evidente ahora, que se detenía a pensar en ello. ¿Acaso pensaban que no sabía lo que quería?

Así que cuando acompañó a Tanya a su habitación, para cambiarse para la cena, había aprovechado la ocasión.

—¿Podría pediros que os encontréis conmigo, quince minutos antes de la cena? Quisiera hablar con vos en privado.

Ella había inclinado la cabeza.

—No me queda otra opción que acceder, milord, dada nuestra situación. No creo que mi madre vea inconveniente alguno.

Aquello no le había gustado a Edward. No quería que lady Denali se enterara.

Enfadado, se había dado cuenta de que era, precisamente, eso lo que buscaba en una esposa: discreción y educación. Así que se había ido a su habitación para prepararse para la cena.

Al entrar en su habitación, lady Tanya se encontró con su doncella esperando. Miró el reloj y se dio cuenta de que tendría que darse prisa. Se dio un baño y se puso el vestido de seda que la doncella le tenía preparado. Como joyas, escogió un collar de perlas y unos pendientes a juego. Unos zapatos y un bolso de seda completaban su atuendo.

—Muchacha, te avisaré cuando vaya a meterme en la cama.

No le gustaba que la doncella la estuviera esperando por las noches. Una vez se había encontrado a una sirvienta durmiendo en su cama. Sin ni siquiera esperar la respuesta de la muchacha, se dirigió a toda prisa al dormitorio de su madre.

Lady Denali seguía en ropa interior y estaba hablando con su doncella.

—No quiero ese vestido, muchacha. ¡Te he dicho que el lila! ¿No ves que ese es malva? ¡Qué chica tan estúpida! —y girándose hacia su hija, cambió el tono de voz—. ¡Tanya! ¿Ya estás lista?

Su hija lanzó una mirada significativa a la doncella, que sujetaba dos vestidos de idéntico color con expresión de terror. Lady Denali enseguida lo entendió.

—Retírate, muchacha. Tengo que hablar con lady Tanya. ¡Espera en la sala!

La doncella se fue, preguntándose si podría encontrar otro empleo. No le importaba tener un sueldo más bajo, si su ama era más agradable.

—Cullen me ha pedido que baje antes —le explicó Tanya—. No tienes objeción, ¿verdad?

Lady Denali se quedó pensativa. No había duda, de que Cullen quería declararse a Tanya en privado. No era así como se hacía en su juventud, pero los tiempos cambiaban y había que adaptarse. No era ninguna sorpresa que quisiera verla a solas. Podía confiar en que Tanya mantuviera la compostura.

—No, querida. Puedes hacerlo. Pero mi obligación corno madre es aconsejarte. Quizá intente besarte. No lo rechaces. Te lo digo, para que no dejes que tu educación te gobierne. Nada sería más natural ya que te resultará muy desagradable, como a mí, pero no te asustes. ¡Eso estaría muy mal! Una dama nunca se asusta de sus deberes y no querrás que Cullen piense, que no estás dispuesta a cumplirlos.

—Por supuesto que no, mamá —convino lady Tanya.

Después de unos cuantos consejos más, en los que quedó claro por qué lord Denali había buscado la compañía de otras mujeres, lady Tanya Anstey bajó la escalera hasta el salón.

Edward había llegado antes que ella y se encontró con su mirada, al verla entrar en la habitación. No le habría sorprendido que lady Denali hubiera aparecido con su hija, pero para su alivio, iba sola. Al observarla, se dijo que era muy guapa, que tenía una figura muy bonita y unos ojos azules impresionantes.

—Por fin, Tanya —dijo forzando una sonrisa y tuteándola por vez primera.

Ella abrió los ojos como platos, pero recordó que era normal que un caballero se dirigiera a su pretendida con familiaridad, al menos en privado. El modo en el que McCarty se dirigía a su esposa, por su nombre de pila delante de sus amigos, no le parecía adecuado.

—Buenas noches, Cullen —respondió a su saludo.

Él le ofreció su mano y, con toda la dignidad de una aristócrata dirigiéndose a la guillotina, puso su mano sobre la de él y le dejó que la atrajera a sus brazos. La sensación no le resultó desagradable, pensó. Había tomado su barbilla con una mano y enseguida su boca se unió a la de ella, mientras que con la otra la atraía hacia él. Obedientemente accedió y se sorprendió rodeándolo con un brazo. ¡Seguro que no esperaba que lo abrazara!

La falta de respuesta de Tanya le pareció desconcertante, pensó Edward mientras movía los labios sobre los de ella. Cualquier cosa era mejor que aquella fría sumisión. Al menos, sería algo en lo que esforzarse.

Para empeorar las cosas, su cuerpo no parecía estar poniendo ningún entusiasmo por aquella mujer, a la que estaba intentando dar placer.

Decidido a intentarlo con más interés, deslizó la mano al frente y acarició uno de sus pechos. Aquello sí que produjo una reacción. Lady Tanya abrió la boca y Edward le metió la lengua y acarició su paladar.

Por desgracia, lady Tanya había abierto la boca sólo para pedir a Cullen que apartara las manos. Aquella invasión de su cuerpo le repugnaba. Sus ojos azules se abrieron asustados y no pudo evitar un estremecimiento de repulsa. Tuvo que controlarse, para no apartarse de él. De todas formas, él ya la estaba soltando cuando la puerta se abrió y apareció lady Esme.

Lady Esme maldijo para sus adentros, al verlos solos junto a la chimenea.

Espero no llegar demasiado tarde. Debía de haber imaginado, que quedaría en verse a solas con ella. Gracias a Dios, que Jessica me avisó de que Tanya había bajado.

Parecía haber interrumpido algo. Aquella muchacha aparecía totalmente descompuesta.

—Buenas noches, tía Esme —dijo Edward aturdido.

No estaba seguro de si se sentía furioso o aliviado por su aparición. Además de besarla, pretendía pedirle su mano, pero la llegada de su tía había echado por tierra sus planes.

—Cullen, Tanya —dijo y cruzó la habitación hasta su butaca, donde se sentó—. Siento no haber bajado antes que vos, Tanya. Espero que Cullen os haya hecho compañía.

Su mirada despierta, reparó en cómo lady Tanya se sobresaltó al responder.

—Sí, gracias. No os sintáis mal, lady Esme. He sido yo la que ha bajado antes.

—¿Dónde está vuestra madre? —continuó la anciana—. No es adecuado para una joven como vos, estar a solas con un granuja como Cullen. ¿No habéis oído hablar de su reputación?

La expresión de repugnancia de Tanya, fue un bálsamo para lady Esme. Estaba segura de que Cullen había besado a la muchacha y a ella no le había gustado lo más mínimo. Eso echaría para atrás a Cullen, si no lo hacía antes otra cosa. A él le gustaban las mujeres ardientes y no soportaría la idea de compartir su cama con una arpía, a la que le diera miedo.

—Gracias, tía Esme —dijo Edward, con frialdad—. Quizá deberíamos dejar mi reputación al margen.

Aquello estaba yendo demasiado lejos. ¿Qué pretendía la vieja? Cualquiera diría que estaba intentando asustar a Tanya.

Satisfecha con la expresión que se leía en el rostro de Tanya, lady Esme continuó al ver que nadie más decía nada.

—Bueno, vamos a ver. ¿Quién más va a venir esta noche? A ver que piense… Los McCarty, sir Riley Biers,… ¿Quién más? Ah, sí, el vicario y su esposa, y había alguien más… ¡Ah! Aquí está la señora Newton. ¡Dios mío! ¿A eso lo llama un vestido?

Lady Esme se puso los anteojos, para ver mejor el vestido de seda rosa que llevaba Jessica Newton. Era casi transparente y apenas la abrigaría del fresco de la habitación.

—Bueno, puedo garantizar que mantendrá caliente a Newton, ¿no es verdad, Cullen? —añadió la anciana.

Lord Cullen se olvidó completamente de su acompañante, para responder a su tía.

—Por supuesto.

Vio un movimiento a su lado. Lady Tanya había dado un paso atrás, para separarse de él. La miró y se sorprendió, al ver su expresión de desagrado.

Frunció el ceño. El vestido de Jessica era extravagante, pero Michael y ella eran sus amigos y estaba claro como el agua, que a Tanya no le gustaban. Eso era otra cosa que le preocupaba, que no le agradaran sus amigos.

¡Era demasiado tarde para pensar en eso!.

El saludo de Jessica interrumpió sus pensamientos.

—Hola, Cullen. ¿Por qué no mantienes tu casa más caldeada?

—Así lo hacemos. ¿Quieres que te busque más ropa? Te prestaría mi chaqueta, pero tía Esme me acusaría de no vestir adecuadamente.

Lady Esme rió.

—No te preocupes, Cullen, os aseguro que enseguida entraré en calor.

Aquello era repugnante, pensó lady Tanya. Aquella mujer era una desvergonzada. Parecía estar tratando de atrapar a Cullen. Aunque si eso hacía que no se tomara ciertas libertades con ella, más allá de las necesarias para concebir un heredero, estaba dispuesta a mirar a otro lado.

—Mi memoria no es tan buena como solía serlo, señora Newton. No recuerdo quién más va a acompañarnos esta noche.

—Creo que los McCarty, ¿no fue eso lo que me dijisteis? —respondió Jessica—. Y el terrateniente, sir Riley no sé qué. ¿Has dicho algo, Cullen? —preguntó, al oír un sonido de desagrado de su anfitrión—. A ver que piense… Ah, sí, también esa encantadora muchacha que se cayó del caballo la semana pasada —dijo sonriendo a Edward—. La señorita Swan, ¿no es así?

Edward paseó la mirada de su tía a Jessica.

—¿Isabella va a venir esta noche, tía Esme?

Escuchó a Tanya ahogar una exclamación y la respuesta de lady Esme, se perdió entre las voces de los caballeros, que llegaban junto a lady Denali.

—¡Vaya vestido bonito! —dijo Michael Newton, al ver a su esposa—. Me gusta.

Lord Sam y Jacob Black dirigieron una mirada reprobadora a Jessica, que los ignoró esbozando una sonrisa a su marido.

—Querido Michael, siempre dices las palabras adecuadas. Cullen me ha dado a entender que fuera a cambiarme de ropa.

Michael Newton sonrió.

—Deja de preocuparte de mi esposa, viejo amigo. Ya tendrás tiempo de decirle a tu esposa lo que tiene que hacer, cuando te cases —dijo y enseguida se dio cuenta de que había dicho algo que no era apropiado, así que mirando a su alrededor, añadió—. ¿No ha llegado nadie más?

En aquel momento, la puerta se abrió.

—Sir Riley Biers. El reverendo Henshaw y su esposa —anunció el mayordomo.

Edward miró a Biers con desagrado y saludó al vicario y a su esposa. No había podido vetar la inclusión de sir Riley en la cena, porque eso habría supuesto tener que contarle a su tía por qué no le caía bien aquel hombre. Cualquier otro caballero habría declinado la invitación, pensó disgustado.

Pero no sir Riley, que entró en la habitación con porte arrogante, convencido de que era bienvenido. Había llegado a la conclusión de que, Cullen, estaba convencido de que la señorita Isabella aceptaría carte blanche. Para entonces, ya habría descubierto su equivocación. La falta de voluntad de la señorita Swan para aceptar su proposición, debía deberse a sus expectativas de recibir una oferta mejor por parte de Cullen. No parecía darse cuenta de que un hombre de la posición de Cullen, no le propondría matrimonio a una chica de pueblo. Incluso, aunque no estuviera comprometido con la hija de un conde. Por suerte, aquella joven tenía suerte de que estuviera dispuesto a pedirle matrimonio.

Así que saludó a su anfitrión con cordialidad, como si no hubiera probado su gancho izquierdo.

—Ah, Cullen. Nos vemos en mejores circunstancias. Confío en que nuestro pequeño malentendido haya quedado olvidado.

Edward esbozó una sonrisa gélida.

—Me temo que cualquier malentendido fue por vuestra parte, sir Riley.

Antes de poder decir nada más, la puerta se abrió al llegar los últimos invitados.

—El conde y la condesa de McCarty. La señorita Swan.

Edward se acercó a saludarlos. Apenas podía quitar los ojos de Isabella. Llevaba un vestido de seda ámbar, ajustado a su esbelto cuerpo, que resaltaba su piel. Estaba pasado de moda con el corpiño y la cintura alta y, comparando las joyas que llevaban las otras mujeres, su collar de marfil era una baratija. Pero se mostraba digna, como si fuera vestida como una princesa.

El saludo a Emmett McCarty y a su esposa fue breve y el conde le guiñó un ojo. Resignado, Edward se preguntó qué le habrían contado. Tratando de mantener el control, se giró hacia la mujer que iba con ellos. Deseaba rodearla con sus brazos, a la vez que quería tenerla lejos.

Isabella se sintió aterrorizada. Nunca en su vida había estado en una habitación como aquélla. Su tamaño y elegancia la sobrecogieron. Deseó no haber ido. Allí estaba lady Tanya, tan estirada como siempre y una mujer madura a su lado que debía de ser su madre.

Enseguida volvió su atención a Cullen, que la estaba saludando.

—Qué agradable sorpresa, señorita Swan.

El verla allí, cuando estaba a punto de pedirle matrimonio a Tanya, era demoledor. Su corazón latía con fuerza en su pecho y sus propósitos se vinieron abajo.

—¿Una sorpresa? —repitió contrariada, con el ceño fruncido—. ¿No me habéis invitado?

Por un momento, se preguntó si habría leído mal la carta de lady Esme.

—Tía Esme no me contó que vendríais hasta hace un rato —dijo, algo contrariado.

Isabella sintió que se ruborizaba.

—Os pido disculpas, milord. Pensé que sabíais…

¡Dios mío, cree que no la quiero aquí!, pensó Cullen.

No podía hacer nada para tranquilizarla, ni siquiera aunque no hubieran tenido público. Porque en parte era verdad. Si lo hubiera sabido antes, le habría pedido a su tía que no la hubiera invitado.

—Una agradable sorpresa —repitió—. Pasad y saludad a mi tía. También os presentaré a lady Denali.

Isabella saludó a lady Esme con afecto sincero. La anciana acarició su mejilla.

—Bonito color. Ese vestido os sienta bien y, al menos, tiene tela suficiente para manteneros cálida. Veo que sabéis más que las demás. Carmen, os presento a la señorita Isabella Swan. Isabella, ella es lady Denali.

Lady Denali se mostró distante. Se había enterado de la caída por Tanya y estaba segura, de que la muchacha había fingido el accidente. Le había dicho lo mismo a Tanya. Ahora que conocía a la señorita Swan, entendía por qué su hija le había dicho que era de clase baja. Aquella nariz, aquellas pecas y el vestido… ¡Era arcaico! Nadie con cierto interés por la moda, se habría puesto aquel modelo. Además, se comportaba como si fuera uno más de ellos. Incluso se había atrevido a ir con los McCarty, ¡como si perteneciera al mismo rango social! Decidida a enseñarle a aquella cualquiera, el abismo que había entre la aristocracia y ella, le ofreció su mano lánguida.

—¿Cómo estáis? —dijo y se dio la vuelta sin esperar la respuesta.

Lady Tanya se rió para sus adentros. Aquello era mejor que una obra de teatro. Edward parecía molesto. Lady Tanya se acercó a Isabella.

—¿Cómo está vuestra espalda, señorita Swan? —preguntó con interés fingido—. Confío en que los servicios de Cullen no sean necesarios esta noche —dijo y sonrió al ver que Isabella se ruborizaba—. No me extraña que os resulte mejor caballo el que Cullen os ha prestado, que esa piltrafa vuestra.

¡Aquello era demasiado! Isabella hizo acopio de fuerzas, antes de responder.

—Está bien educado. Y ya que mencionáis el incidente, espero que os quedarais satisfecha al abrir paso para vuestra montura —dijo, mirando desafiante a lady Tanya.

Perpleja, lady Tanya se quedó mirándola. Justo en aquel momento, apareció Jane acompañada por su institutriz. Isabella adivinó que tramaba algo. Su mirada era demasiado alicaída y se mostraba muy inocente. Saludó a su tío y a su tía abuela, antes de reparara en los invitados.

Al verla, una sonrisa de alegría se dibujó en sus labios.

—¡Tía Bella! No sabía que ibais a venir. ¿Cómo está vuestra espalda?

—Mucho mejor, gracias —dijo Isabella y le guiñó un ojo—. Alec te manda recuerdos.

¿Qué estaría tramando aquella chiquilla?

Jane se acercó a lady Tanya y habló en tono alto y claro.

—Oh, lady Tanya. Creo que esto es vuestro —dijo, ofreciéndole el alfiler de un sombrero—. Vi cómo se os caía el otro día y se me olvidaba devolvéroslo.

—¡Por Dios, jovencita! —exclamó lady Tanya, impaciente—. Dádselo a una de mis criadas —dijo y, al ver que Jane seguía sujetando el alfiler, añadió—. No sé por qué estáis tan segura de que es mío.

—Claro que sí —dijo Jane, sonriendo mientras su víctima palidecía—. Vi cómo se os caía.

Isabella sonrió a la niña, comprendiendo lo que estaba pasando. Alec tenía razón. Con razón Megs se había desbocado. La habían pinchado con aquella cosa. Aquellos dos, habían declarado la guerra a lady Tanya delante de todo el mundo. Porque Isabella, no tenía ninguna duda de que aquello era una declaración de guerra. No podía estar más claro. Jane Masen acababa de arrojar el guante a los pies de Tanya Anstey.

Tanya tomó el alfiler y lo guardó en su bolso, forzando una sonrisa.

—Supongo que tengo que daros las gracias.

—Oh, no —dijo Jane—. No es necesario que me lo agradezcáis. Buenas noches —dijo y sonrió con afecto a Isabella—. Por favor, decidle a Alec que tenía razón acerca de las sirvientas y que se hará como él quería.

Isabella accedió a trasmitir el mensaje, con rostro serio. Jane se fue a saludar al capitán Black.

—No conozco a ninguna niña tan brillante como Jane —dijo Isabella a Tanya, que parecía incómoda—. Es encantadora, ¿no os parece?

—Estaría mejor en un buen colegio, en vez de andar por ahí con compañías indeseables.

Lady Tanya estaba nerviosa porque, al menos, dos personas supieran lo que había hecho y su comentario no resultó muy acertado.

—A mí no me parece que Alec sea una compañía indeseable —dijo una voz grave tras ellas—. Es una descortesía hacia la señorita Swan decir eso.

Tanya se giró consternada. Cullen la estaba mirando, con un brillo peligroso en los ojos.

—Me refería a que una niña debería estar con otras niñas.

—Entiendo. Aquí llega Bainbridge para anunciar la cena. Señorita Swan, Jacob Black os acompañará. Para mí será un placer llevar del brazo a lady McCarty. Tengo entendido que os han traído. Si hubiera sabido que tía Esme os había invitado, os habría enviado un carruaje. De todas formas, me alegro de que no hayáis venido sola —dijo Edward, tratando de mostrarse alegre e ignorando la tristeza que llenaba su corazón.

El brillo de sus ojos, reconfortó a Isabella y le sonrió aliviada.

—En cuanto le dije a lady McCarty que me sería imposible asistir, si tenía que venir en la calesa, se ofreció a recogerme.

La miró, consciente de su deseo de tomarla entre sus brazos.

—Aquí viene Black —dijo—. Tengo que hablar con vos sobre los asuntos de Alec.

Se giró hacia su acompañante pensando que, a pesar del indudable encanto de la esposa de Emmett, aquella iba a ser la peor noche de su vida.

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Podríamos matar a Ed... Queda poco!