Capítulo X

Debí sentarme más lejos de ella, tenerla tan cerca, me hacía más difícil concentrarme en la fotografías que había traído. Intentaba mantenerme tranquilo, pero desde que había escuchado su 'Hola' en el comunicador, el corazón no había dejado de latirme a un ritmo anormal.

Volví a buscar concentración. Las fotos estaban innegablemente bien, con ese toque de luz exacto que hacía que la persona retratada se destacara sin opacar el paisaje. Debía reconocer que Isabelle era una artista, por muy torpe que pareciera en todo lo demás.

Mientras iba pasando las fotos, no pude evitar detenerme en mi propia mirada. Sabía exactamente qué ocupaba mi mente en el momento de ser fotografiado.

Ella.

El modo en que me daba las indicaciones, el movimiento desorganizado de su cabello, sus ojos enfocados en lo importante, su boca ligeramente abierta. Como ahora, que la había mirado al sentirme observado y ella continuaba mirándome intensamente, como si deseara retener cada detalle de mi rostro en su memoria.

¿Cómo podía una simple mujer, encandilarme de este modo?

No podía olvidar las palabras de Tom. Había dicho que le gustaba, y creo que más de lo que le había gustado una chica antes. ¿Podía entonces apoderarme de lo que él deseaba?

No, no era correcto, aunque en mi corazón me parecía tan injusto. Sabía que si le demostraba a Tom, mínimamente, mi interés por Isabelle, me dejaría el camino libre, pero yo no podría seguir adelante sabiendo que quizás él, habría encontrado ese gran amor, que debía encontrar, en ella.

Pero Isabelle me lo ponía tan difícil, con aquella atracción desequilibrada que despertaba en mí, nublando mi razón, mi lógica, algo que era tan propio de mi personalidad, pero que estando frente a ella, se evaporaba. Como si el calor abrupto que despertaba en mi sangre, consumiera toda sensatez.

Se movió hacía mí, y yo la esperé, como la presa seducida por el cazador. Sus labios tocaron los míos sin vacilación, con la certeza de que los recibiría, y en un acto irreflexivo de pasión me apreté contra ellos, deseando adentrarme en ella, abrirla plenamente para mí. Creo que en ese momento no me percaté, del potente episodio de frenesí que estaba protagonizando, pero supe por la presión de sus uñas contra mi muslo, que Isabelle lo compartía.

La liberé un segundo, y jadee de puro deseo, mareado y confuso. Si no me conociera, juraría que no habría, citas, flores o cenas románticas, entre nosotros antes de la pasión. Porque ahora mismo ardía por someterla. Volví a tomar sus labios con una caricia ligeramente despiadada, que descargaba apenas mi apetito. Y para mi mayor desesperación, ella la respondió.

¿Qué pasaría si ahora me pusiera de pie y me la llevara a mí habitación? ¿Me seguiría?

Sabía que el tenor de mis pensamientos, estaba respondiendo únicamente al ritmo impetuoso que había tomado mi sangre, palpitando dentro de mis venas, llevándose toda mi moderación.

Pero en ese momento escuché el motor del coche de Tom. Y no hubo más tiempo a cavilaciones. Me separé de Isabelle de inmediato.

- Es Tom – hablé con dificultad

Me miró, en sus ojos podía ver la confusión, como si no fuese capaz de volver a ese sitio escondido y oscuro al que nuestra pasión nos había arrastrado.

El cierre de seguridad del coche dio dos pitidos.

- Es Tom… - dijo entonces, como si lo comprendiera finalmente.

- Sí, lo es… - me puse de pie rápidamente, alejándome hasta el cajón en el que estaba mi blog de notas, para dejar ahí las fotografías.

La puerta se abrió y miré a mi espalda, Tom estaba de pie ahí, y lo primero que miro, y no lo culpaba, fue a Isabelle.

- ¿Isabelle? – habló sorprendido.

- … Hola… - casi susurró ella.

Ambos estábamos alterados, y Tom entonces me miró a mí.

Le he hecho travesuras en mi vida a mi hermano, pero nunca me había sentido tan miserable como hoy.

- ¿Todo bien?... – me preguntó.

Y yo apenas podía respirar.

- Sí… bien… - quise parecer tranquilo y seguro.

Pero mi mayor temor, era la capacidad que tenía Tom, de adivinar lo que me sucedía.

Y entonces habló Isabelle, con tanta calma y jovialidad, como si saliera en mi rescate. O al menos así sentí yo su intervención.

- Te estaba esperando – se puso en pie y le sonrió a mi hermano, que inmediatamente desvió la atención que tenía puesta en mí, para depositarle en ella.

- ¿Hace mucho? – le preguntó Tom, avanzando hasta ella, saludándola con un beso en los labios.

Yo desvié la mirada de inmediato, mordiéndome el labio con frustración.

- No, sólo un momento – respondió ella.

- ¡Te han quitado el yeso! – exclamó Tom con alegría.

En ese momento supe que no tenía nada más que hacer ahí.

- Bueno… yo… - ambos me miraron, Isabelle parecía querer decir algo – estás en buenas manos Isabelle.

Sentencié, esperando a que ella comprendiera lo que intentaba decirle. Quería que entendiera que no iba a dar ni un solo paso más contra mi hermano, y si tenía que callarme para siempre lo que había pasado entre ella y yo, lo haría.

- Gracias… - me respondió ella.

Y ya no esperé más. Me sentía tan mezquino, porque a pesar de saber que era lo correcto, no podía dejar de sentir la fuerza del beso, que sólo minutos antes, nos diéramos Isabelle y yo. Lo único que quería ahora mismo era encerrarme por tres días y no ver a nadie.

Me lancé sobre la cama y cerré los ojos. No quería pensar en nada que tuviera relación con Isabelle, pero las fotos que me había entregado volvieron a mis recuerdos, lo mucho que me habían gustado, y la sensibilidad que demostraba al poder captar imágenes tan hermosas. De ese recuerdo, mi mente me llevó a la forma de sus labios al sonreír, y luego al calor que emanaba de ellos al besarlos. Y en ese punto el calor se había trasladado a zonas muy intimas de mi cuerpo.

Gruñí de pura frustración. Tomé un almohadón y me cubría la boca para gritar contra él. Sólo cuando descargué, ligeramente, esa tensión, me quedé mirando el blanco techo de mi habitación y pensé en lo injusto que era, que ahora Isabelle estuviese con Tom, tan tranquila, mientras yo me moría de la irritación.

Creo que no había pensado hasta ese momento, en la posibilidad de que ella estuviese jugando con nosotros. Me quedé pensando un instante en ello, pero luego sacudí la cabeza eliminando la idea. Sus ojos, que parecían mirarme como un hermoso mar de fuego gélido, no podían engañar de ese modo.

Me di la vuelta en la cama, quizás me vendría bien dormir un rato. Pero no dejaba de verla a ella en todo momento.

¿Sería consciente Isabelle, de todo lo que provocaba en mí?

.

Finalmente había logrado dormir. Cuando miré por la ventana, estaba oscuro, miré la hora en mi reloj, y pasaban de las once de la noche. Había dormido más de tres horas. Salí de la habitación, pensando que me encontraría con Tom, pero no era así. La casa estaba completamente solitaria, a excepción de la presencia de mis mascotas.

Apolo fue el primero en salir a mi encuentro.

- Tienes hambre ¿eh?... – le dije, mientras le acariciaba la cabeza.

Él respondió buscando mi mano con su hocico, para lamerla.

¿Tenía que conformarme, sólo, con el cariño que podían darme estos animales?

¿Por qué tenía que sentir esta atracción tan fuerte por Isabelle, si no podía acercarme a ella?

Suspiré y me fui hasta la cocina para poner comida en los platos de mis cuatro mascotas.

- Ya están servidos muchachos – dije, cuando terminé.

Pero ellos ya habían comenzado a comer.

Recordé las fotos que estaban en el cajón, y me fui hasta él para recogerlas. El sobre estaba en la misma posición en que lo había dejado. Esa era una de mis facultades, solía recordar exactamente el lugar y la forma en que había dejado las cosas, eso, con lo que me interesaba claro.

Comencé a revisarlas nuevamente, y aunque intentaba pensar de forma objetiva, y centrarme en el trabajo que tenía en mis manos, lo único que lograba vislumbrar, era el rostro de Isabelle, saliendo de detrás de la cámara, para comprobar mi posición.

En ese momento sonó mi móvil, y casi tiro las fotografías al suelo, por el susto.

Resoplé y avancé hasta la mesa en la que se encontraba. Era Tom.

- ¿Si? – respondí.

- Hermanito… has despertado… - me dijo, con cierto tono alegre, que en parte me hacía sentir bien, pero por otro lado me provocaba un profundo desazón.

- Sí… hace un momento… - aclaré.

Tuve deseos de preguntarle qué hacía, pero algo me decía que su respuesta no me iba a gustar.

- Bueno… te llamaba para que sepas que esta noche no llegaré a dormir – sus palabras me atenazaron el estómago, dejándome prácticamente sin aliento.

Era algo casi común en Tom, pasar alguna que otra noche fuera de casa, pero esta vez había un factor que marcaba la diferencia.

- ¿Bill?... – preguntó.

Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para responderle.

- Sí, ya te escuché – sabía que mi voz sonaba cortante.

- Vaya, no te sientan bien las siestas largas – bromeo.

- ¡Déjame en paz! – le grité, sin que mediara un motivo que él pudiera comprender.

- ¡Después no te quejes si no te aviso! – me gritó él.

Yo gruñí y corté la llamada. Apreté el teléfono, notando como me temblaba la mano. Comencé a respirar cada vez más agitado, ¿cómo era posible que Isabelle me besara esta misma tarde, y ahora se fuera con Tom? Apreté más aún el teléfono, hasta que la mano comenzó a dolerme ¿no se daba cuenta ella que para mí no era un juego?

- ¡Ahhhh!...- grité arrojando el teléfono todo lo lejos que me fue posible.

Lo siguiente fue el sonido del cristal de un jarrón al quebrarse, y los ladridos de mis perros que se habían alterado.

Las fotografías aún seguían en mi mano, y tuve deseos de romperlas todas. Pero eran lo único, completamente mío, que tenía de Isabelle.

Alcé la mirada, cuando escuché la melodía de mi teléfono sonar desde el rincón de la sala en el que lo había arrojado. Pensé en no responder, quizás sería nuevamente el idiota de Tom, restregándome, aunque no lo supiera, mi mala suerte en el amor.

Pero el teléfono no dejaba de sonar, y si se trataba de Tom, sabía que no dejaría de hacerlo hasta que respondiera. Caminé hasta el teléfono. Quizás debería probar a sumergirlo en agua, para que dejara de sonar de una vez.

Lo recogí, y la pantalla estaba apagada. Vaya, después de todo no era a prueba de golpes.

- ¡Sí! – respondí con la voz cargada de enfado aún.

Hubo un extraño silencio que me agitó el corazón. Abrí la boca buscando aire, pero no quise emitir ni una sola palabra.

Pero entonces su voz sonó, suave y dubitativa, cargada de algo parecido al temor.

- Bill…

"No es lo que dices, es cómo lo dices. No es lo que haces, es cómo lo haces"

Cerré los ojos cuando escuché mi nombre pronunciado por esos labios que me mantenían, como un hambriento frente a la mesa de un banquete.

- Isabelle… - fue todo lo que logré decir.

Y en ese momento comprendí. Si Isabelle me estaba llamando a mí, ¿con quién pasaría la noche Tom?

A no ser, claro, que ella me estuviese llamando a escondidas de él.

- ¿Dónde estás? – le pregunté entonces.

Noté su incertidumbre.

- En mi casa… - respondió lentamente.

- ¿Sola?... – seguí preguntando.

Ella volvió a tomarse un segundo antes de responder.

- No… - cerré los ojos, lo sabía – con mis padres… - terminó la frase.

Abrí los ojos, sin saber si sentirme feliz o no.

- Oh… - fue todo lo que respondí, después de las preguntas tan específicas que había hecho.

Isabelle se quedó en silencio. Y yo me sentí responsable por ello.

- ¿Pasa algo? – le pregunté con cautela.

- Bueno… me preguntaba si… - habló, pero se quedó nuevamente en silencio, como si no lograra terminar la frase.

- ¿Si qué?... – pregunté.

El corazón me latía con tanta fuerza.

Hay momentos en la vida, que no sabes cómo, pero presientes las cosas, a veces una alegría, otras una tragedia, pero no logras definir el sentimiento como positivo o fatalista, hasta que te enteras de lo que era.

- Bueno… - suspiró – Dios, como cuesta esto…

Me sorprendía la capacidad que tenía Isabelle, para olvidarse de mí, y hablar sola.

- Lo siento… - dijo de inmediato – verás, es que hoy te llevé las fotos y se nos quedó algo pendiente, y bueno… creo que deberíamos hablarlo…

Cerré los ojos. Las fotos, claro, no se las había pagado.

- Sí, sí tienes razón… - me apresuré a decir – se nos ha quedado algo pendiente…

- Ajá… no sé… - seguía dudando - ¿te importaría pasarte por mi casa?

La expectativa de volver a verla, me resultaba una idea poderosamente seductora.

- ¿Por la mañana? – le pregunté esperando que no se me notara demasiado la ansiedad.

- Por la mañana no… tengo universidad – me aclaró – por la tarde estará bien… si puedes… y si quieres… porque puedes no querer, que lo entenderé, después de todo no tendrías por que querer ¿verdad?... siempre puedes no venir…

Ahí estaba nuevamente, con todas aquellas palabras que iban saliendo disparadas de su boca, lo que me llevó a comprender, que se sentía tan inquieta como yo, y de alguna manera aquello me hizo sentir bien.

- Isabelle… - hablé con voz suave, pero resuelta. Ella se quedó en silencio – ahí estaré, mañana por la tarde.

- Gracias… - susurró.

Corté la llamada y di un largo suspiro luego. No estaba seguro de nada ahora mismo, lo único claro, es que volvería a ver a Isabelle, mañana. Y me costaba muchísimo entender la fuerte influencia que tenía sobre mí, y el modo casi enfermizo en que su voz, con sólo decir mi nombre, había tocado directamente mi alma.

Continuará…

Ainsss… no les digo, estos personajes hacen de las suyas.

Tom, ese anda a lo suyo. Bill no entiende como Isabelle le ha cautivado de esta manera, e Isabelle, pues la pobre creo que no se cree lo que le está pasando.

Espero que el capítulo les haya gustado, hemos percibido el beso desde la perspectiva de Bill, que es una mucho más intensa, al menos a mi modo de ver los hombres reaccionan mucho más fuerte a los estímulos físicos que las mujeres, nosotras necesitamos un poco más de tiempo. Y ahora ¿qué querrá Isabelle?...

Besitos y espero sus mensajes, muchas gracias por leer y por comentar.

Siempre en amor.

Anyara