Hola queridos lectores y lectoras: He demorado un poco en actualizar porque he estado ocupada estudiando para exámenes finales. Tengo varios capítulos listos para ser exhibidos; sin embargo quiero tomarme un tiempo para subirlos, no quiero dejarlos en ascuas demasiadas semanas o así. Muchas gracias por leer, sigo invitándolos a comentar: no muerdo, es gratis y muy sencillo, respondo a todos los reviews sin importar si son largos o cortos... Ahora sí, a lo que vinimos :)

—Hoy a la misma hora, Heron —imité a Snape, caminando a toda velocidad hacia los vestidores de Hufflepuff.

Llovía como si el maldito mundo se fuese a inundar. Las gotas de agua me golpeaban el rostro furiosamente, haciéndome llevar los ojos cual asiática de pura cepa; el suelo estaba tan lleno de lodo que mis las suelas de mis zapatos pronto tendrían plataformas; y, para completar, tenía el culo más congelado que un mugroso pingüino.

El murciélago odioso me había tenido copiando instrucciones de la maldita poción despetrificadora hasta casi las ocho de la mañana. Al final mis ojos se cerraban solos, sentía como si tuviese un par de yunques pegados a los parpados, y mis dedos casi no son capaces de soltar la pluma de lo tiesos que estaban. Seguramente tendría callo en el dedo corazón, pero no quería comprobarlo todavía.

Entré a los vestidores con la cara roja por el esfuerzo de caminar tan aprisa, mojada hasta lo más profundo del alma, mirando a mis compañeros con ojos de vaca muerta: todos estaban llenos de lodo y césped hasta el pelo. Habían practicado sin mí, y por sus rostros, no les debió ir muy bien.

—¡Vaya! Pensé que no vendrías ya —dijo Perkins con la voz más fría que le había escuchado nunca.

—Lo siento —dije avergonzada —. Snape me castigó y no pude llegar a tiempo.

—¿De veras? No notamos tu ausencia cuando no pudimos practicar las maniobras que te correspondían —escupió con sorna, retorciéndose el cabello para deshacerse un poco del agua que destilaba de él.

—No fue mi culpa —comenzaba a molestarme la falta de solidaridad de la capitana —. Snape me tuvo toda la noche copiando los ingredientes de una poción.

—¿Snape hizo eso? —inquirió Arthur Rogers, el guardián.

Asentí con pesadumbre.

—Él nunca deja a nadie toda la noche castigado —dijo escéptica Julia Mathew, una de las cazadoras.

—Esta vez sí —reiteré. Lo único que me faltaría es que me tildaran de mentirosa.

—Wow. Se ha vuelto pesado el vejete —afirmó uno de los golpeadores con cara de horror.

—No está tan viejo, Joshua —lo contradijo Andrew Jones, el otro golpeador —¿Me pregunto por qué?

—No, si se ve bastante joven —dijo soñadora Astrid Stewart, apoyándose en el palo de su escoba.

—No estamos hablando de si Snape es joven o no —regañó Ana —. Estamos discutiendo que por culpa de Lena una práctica se fue a la basura.

Sentí un vacío en la boca del estomago con las palabras de Perkins; ella jamás me había culpado por algo. Tal vez el hecho de que esta fuese su última oportunidad de ganar la copa de quidditch la estaba volviendo odiosa. Apreté los dientes para evitar responderle de forma grosera.

—No estuvo tan mal —trató de calmarla Joshua.

—¿Ah, no? ¿Ah, no? —la vena de la sien de Ana se inflamó —¿Crees que no está mal? ¡No podremos practicar más antes del partido del próximo sábado! ¡Slytherin tiene apartado el campo toda la semana! ¡Incluso Gryffindor y Ravenclaw la están pasando mal por eso!

Joshua enrojeció al recibir toda la ira de la capitana. Retrocedió hasta dar con una banca y se sentó sin abrir más la boca.

—Ana, lo siento —dije mirándola a los ojos —. Lamento mucho no haber podido entrenar hoy…

La mirada que me dirigió fue suficiente para hogar mis palabras.

—Ya no importa, Heron —me dio la espalda y salió de los vestidores como un huracán.

Me quedé mirando estática la puerta por la que Perkins había salido. ¿Cómo actuar ante semejante escena de líder furiosa?, pensé abatida. Me quité un mechón húmedo de la cara y me mordí el labio. Debía tener cara de mono con retraso mental.

—Ya vale. No es culpa más que de Snape —Astrid me palmeó la espalda con afecto —Trataré de calmarla, no te apures.

La chica salió tras Ana, recogiéndose el cabello rizado en una coleta.

—Sí, Lena. Tú tranquila. Ya se le pasará —dijo animadamente Arthur, marchándose también.

Los demás me sonrieron alentadoramente antes de seguir los pasos de Arthur. Me quedé un rato en el vestidor sintiendo que estaba completamente jodida, para después salir rumbo al castillo de nuevo. Lo peor de todo era que no podía odiar a Snape por la situación.

Dormí todo lo que quedaba de la mañana y gran parte de la tarde, saltándome el desayuno y el almuerzo. Creo que ninguna de mis compañeras de habitación se atrevió a despertarme por temor a caer bajo una maldición cruciatus; y es que llegué tan enfurecida a la sala común de Hufflepuff que pocos no se dieron cuenta de mi rostro enrojecido y mis ojos brillantes. Pienso que bien pude haber aniquilado a alguien con solo mirarlo si hubiesen truncado mi camino a los dormitorios.

Cuando desperté ya eran alrededor de las cinco de la tarde. Estaba oscuro, el día seguramente había continuado opaco. Me levanté de la cama haciendo un enorme esfuerzo, simplemente mi cuerpo se negaba a abandonar las suaves mantas que hasta hacia unos minutos fueran mi refugio.

—Alguien que me mate… —gimoteé recordando que esa noche probablemente sería como la anterior. Solo esperaba no tener que utilizar mi mano nuevamente.

Me di un largo baño con agua tan caliente que podía haber pelado un hipogrifo, quedando sonrosada y con la sensación de tener un poco de fiebre. Creo que fue un error haberlo hecho, el sueño no se me había quitado todavía y si seguía bostezando no duraría ni una hora despierta durante el castigo. Me senté al borde de la cama, cubierta con mi bata de baño, con el cabello envuelto en una toalla dándome aspecto de Marge Simpson y bostezando como si me fuese a tragar la cama. No supe a qué horas volví a dormirme, solo sé que cuando abrí nuevamente los ojos, estaba completamente oscuro y llevaba varias horas de retraso para mi "cita" con Snape.

Me vestí a la velocidad de la luz y bajé a las mazmorras tan rápido como mis piernas me permitieron. Me pareció extraño no tener hambre, pero era mejor así; de haber pasado por las cocinas, probablemente no me habría movido de allí hasta reventar de comida. Toqué con algo de temor, asombrándome al no recibir un gruñido como respuesta. Snape en persona me abrió la puerta, con una sonrisa en sus delgados labios.

—B-buenas noches, profesor —tartamudeé, pensando que esa noche moriría. Él no sonreía a menos que tuviese algo especialmente cruel para decirme.

—Buenas noches, Lena —sonrió —. Pasa y siéntate —se hizo a un lado para dejarme entrar.

Abrí mucho los ojos. ¿Lena? ¿Me había llamado Lena? Miré hacia atrás, para confirmar que ese era el pasillo donde estaba la oficina de mi amargado profesor. Sentía como si estuviese en la dimensión desconocida; pero sin duda ese era el despacho de Snape, y estaba en el pasillo acostumbrado.

—Eh… —balbuceé.

—¿Sí?

—Na…da—negué con la cabeza y seguí, sentándome en la misma silla que el día anterior.

—Estaba esperándote desde hace mucho —dijo Snape tras de mí.

Tragué con dificultad al sentir su presencia cerca.

—L-lo lamento, señor —dije —. Me quede dormida.

—Ya veo… —sonó pensativo —. No importa. Puedo esperarte cuanto quieras.

Mis cejas se elevaron en mi frente ante el comentario. No me pareció que hubiese sarcasmo en él, y eso era algo completamente insólito. ¿Estaría perdiendo sus capacidades?

—Hace mucho que quiero hablarte de algo… —Continuó el profesor.

—¿D-de qué? —mi voz salió un poco aguda.

Sentí como sus manos se posaron en mis hombros, estremeciéndome por completo. Me va a ahorcar, pensé asustada, creyendo que pronto las deslizaría hasta mi garganta. Esperé unos segundos muerta de pánico, sin embargo, él no hizo ademanes de querer matarme.

—He estado… sintiendo cosas… cosas que no he sentido nunca, Lena —susurró cerca de mi oído.

Mi corazón comenzó a bombear a mil por hora.

—¿Co-cosas? —genial. Ahora estaba tartamudeando más que antes.

—Sí —su aliento golpeó mi oído, logrando que mi piel se pusiese como de gallina —. Muchas cosas… demasiadas cosas.

Volví a tragar con dificultad, sintiendo que el corazón escaparía de mi pecho en cualquier momento. Snape sentía cosas… ¿Qué cosas sentía Snape?... sonreí levemente ante la oración que pareció salida de algún libro de inglés.

—¿Quieres saber qué siento? —su voz era seductora. Jamás me lo había parecido tanto como esa noche.

—S-sí… —asentí aferrando la tela de mi túnica con las manos.

Mi silla giró bruscamente, impulsada por sus fuertes manos. Me miró a los ojos con sus profundos túneles negros, estremeciendo hasta la última célula de mi pequeño y flacuchento organismo.

—Estas cosas —susurró antes de acercar su rostro al mío y unir nuestros labios.

Me quedé sin aire y mis ojos se abrieron desmesuradamente cuando sus manos vagaron por mi cintura, obligándome a levantar de un tirón. Me envolvió con sus brazos en un fuerte apretón, casi levantándome del suelo. Mi mente estaba absolutamente aturdida y solo atinaba a pensar en que Snape me estaba besando y yo no hacía nada para evitarlo. Tras unas milésimas de segundo, caí en la cuenta de que deseaba ese beso más que nada en el mundo y que si me quedaba con los ojos abiertos y los brazos caídos a ambos lados de mi cuerpo, arruinaría el momento tan perfecto que Snape se había encargado de crear. Cerré los ojos y envolví mis brazos alrededor de su cuello, dejándome llevar por la increíble sensación de sus labios sobre los míos...

—Lena…

Continué aferrándome a Snape como si la vida del planeta dependiera de ello…

—Lena…

Algún imbécil quería interrumpir mi momento perfecto…

—¡LENA!

El grito fue suficiente para hacerme separar de Snape y abrir los ojos…

—¿Qué haces? ¿No piensas comer nada hoy?

No estaba en el despacho de Snape. Continuaba en mi habitación, abrazando mi asquerosamente babeada almohada. Collette me miraba asustada desde los pies de mi cama. Suspiré abatida, aceptando a regañadientes que todo había sido un sueño.

—Voy… —gemí, restregándome los ojos con fuerza. Odiaba a Collette por arruinar el mejor sueño de mi existencia.

—Oye… —dijo Collette dubitativa —¿Querías comerte la almohada? O eso parecía, al menos…

—Oh, cállate —refunfuñé, sintiéndome un tanto avergonzada, pensando que era una suerte no haberme soñado haciendo algo más con él… habría sido mucho más incomodo para Collette.