X. Qué era lo que faltaba.
«La ley es poderosa, pero más poderosa es la necesidad.»
Johann W. Goethe
Febrero de 2025.
Durante los días que siguieron al cumpleaños de Liam, Getty vio el Instituto muy transitado.
Al principio, no acertaba a saber cómo era posible, si el sitio era enorme y no estaba completamente ocupado. Sin embargo, resolvió su duda al ver el vaivén de Livia, Kit, el matrimonio Carstairs y hasta de Tiberius, pues el repentino estallido de actividad de todos ellos ocasionó la cancelación de algunas lecciones teóricas.
—No entiendo qué sucede —masculló en la sala de entrenamiento, al cabo de una semana.
A Beatriz se le había ocurrido el probar con ataques a larga distancia, lo que implicaba armas arrojadizas y otras como el arco. En ese momento, se veía a Rafael y Astrid muy cómodos usando el último, pero los demás habían llegado a la conclusión de que requería mucha habilidad.
—Yo tampoco —Liam se encogió de hombros para luego añadir—. ¿Los demás sabrán?
Getty observó a su alrededor. Rafael le comentaba algo a Astrid referente a las flechas; en tanto, Sigfrid y Brunhild practicaban el lanzamiento de cuchillos y Alphonse, cerca de ellos, pasaba algunos de sus shuriken de una mano a otra, como decidiendo con cuál hacer su práctica.
—Tal vez, pero quizá no nos dirán —la rubia hizo un mohín.
—¿Será malo?
—Si fuera malo, no se quedarían callados. A Tiberius no le gusta ocultar esas cosas. ¿Quieres que te ayude?
Liam asintió, sosteniendo el cuchillo arrojadizo como le habían enseñado. Getty se preguntó, no por primera vez, si le pasaría algo. Era algo quizá sin importancia, pero había notado que el niño se esmeraba más que antes en los entrenamientos y las lecciones. No quería incomodarlo al preguntarle qué ocurría, pero esperaba que su repentino ahínco no se debiera a algo malo.
—¡Muy bien! —Beatriz miraba hacia el otro extremo del ático.
Getty y Liam giraron la cabeza. Distinguieron en una diana un par de flechas muy cerca del centro, casi rodeando un cuchillo y un shuriken.
—Quisiera tener esa puntería —musitó Liam, soñador.
—Ya eres muy bueno —aseguró Getty—. Si practicas más, hasta podrías ganarle a Al.
—No estoy muy seguro, pero… Sí, lo quiero intentar.
Tras dar un par de palmadas de entusiasmo, Getty fue a ponerse en posición, delante de una diana libre, haciéndole señas a Liam para que se acercara y observara. El niño no tardó en obedecer. Sujetaba entre sus finos dedos un cuchillo, listo para usarlo. Ella le dio las indicaciones, sonriendo cuando Liam, tan sorprendido como orgulloso, logró que su arma diera a muy poca distancia del centro de la diana.
—¡Gracias, Getty! —dijo él, en voz un poco más alta de lo que acostumbraba.
—De nada. Me alegra poder ayudar. A mí también tuvieron que enseñarme cuando llegué.
—¿Quién te enseñó?
—Al y Kit. Después Rafael también.
—Rafael… No recuerdo haberlo visto lanzando cuchillos o algo parecido. Aunque… Hace mucho que no voy a Nueva York.
—¡Ah, debe ser por eso! Rafael me contó que no practicaba mucho con cuchillos ni armas como esas, pero que se animó a hacerlo más cuando conoció a Al.
—¿Por qué?
Getty se encogió de hombros. Ella también se lo preguntaba, pero cuando quiso saber más al respecto, Rafael solamente meneó la cabeza y aseguró que era una larga historia.
En ese momento se hizo el silencio en la sala, el cual seguramente habría durado un rato de no ser porque se oyó un estruendo a lo lejos, que parecía provenir de debajo de ellos.
—¿Qué está ocurriendo? —quiso saber Astrid, ceñuda.
Preocupada, Getty miró primero a Liam, que lucía un poco asustado, y luego a Alphonse, quien ya estaba a un paso de Rafael, con un shuriken en la mano izquierda.
—¿Deberíamos ir a ver? —inquirió Brunhild
Sigfrid se colocó a la izquierda de su melliza con expresión pétrea.
—Deben ser los mestizos —soltó, sin preámbulo alguno.
—Momento, ¿de qué hablas? —quiso saber Rafael.
Getty frunció el ceño, confusa, sobre todo cuando Astrid y Brunhild pusieron caras de asombro, como si recordaran algo realmente increíble.
—¿Qué es, Sigfrid? —preguntó Alphonse, con voz muy seria.
—Será todo por hoy, muchachos.
Beatriz, sin que nadie se diera cuenta, había sacado su teléfono celular y miraba la pantalla con cierto aire preocupado. Enseguida, les dirigió una mirada de advertencia.
—Tengo que bajar, así que les recomiendo que atiendan alguno de sus deberes pendientes.
—¿Sabes lo que está ocurriendo, Beatriz? —Rafael la veía como si no la conociera—. Anda, dinos, ¡no nos dejes así!
—Sigfrid, pareces estar muy enterado, explícales tú.
A continuación, Beatriz dio media vuelta y abandonó la sala de entrenamiento a buen paso, aunque algo en sus movimientos le hizo pensar a Getty que estaba nerviosa.
—Bien, Sølvtorden, somos todo oídos —aseguró Rafael con sarcasmo.
El aludido, según Getty, no lucía muy contento. La rubia intentó intercambiar miradas con Liam, pero el niño estaba muy quieto, observando al alto e imponente Sigfrid como si fuera a darle una mala noticia a él en particular.
—La Clave ordenó un censo de… Bueno, se les llama «híbridos». Son, según sus palabras, subterráneos con dos o más sangres mezcladas. ¿Por qué creen que Tiberius ha estado tan ocupado en esta última semana?
—¿Es que acaso los subterráneos están viniendo a eso? —Rafael parecía asqueado—. Yo en su lugar, no lo haría.
—Vinieron porque se los pidió Tiberius —indicó Astrid, haciendo una mueca que parecía indicar, increíblemente, que pensaba igual que Rafael—. Estuvimos presentes cuando dos Centuriones entregaron una notificación. Llamamos aquí y pasamos el mensaje de Tiberius.
—¿Él ya sabía…? —comenzó a preguntar Alphonse, arqueando una ceja.
—No, no lo sabía —respondió Brunhild enseguida, con cierto apuro—. Pero enseguida pidió al mestizo que corriera la voz, que el censo lo vigilaría él en persona y que al final de la semana…
Como la joven se interrumpió, dudosa y mirando tanto a su hermano como a su parabatai, a Getty no le dio buena espina lo que seguía.
—¿Al final de la semana qué? —Quiso saber Rafael.
—Père los convocó, ¿no? —dijo Alphonse, muy serio—. A todos los mestizos.
—Sí, justo eso —confirmó Astrid, dedicándole una sonrisa radiante a Alphonse.
—¿Qué estás pensando, Al? —inquirió Rafael, suspicaz.
—En que père tal vez quiere que se ejerza presión a la Clave.
A las palabras de Alphonse, los tres aprendices asintieron.
—Lo que me preocupa es que el Escolamántico tenga localizados a esos subterráneos —Alphonse apuntó aquello como si estuviera retomado una conversación anterior—. De no ser así, no podrían entregar las notificaciones. Deben estar tramando algo, más si las empezaron a entregar sin informar a los directores de Institutos.
—Y en sitios públicos, a horas inadecuadas —añadió Sigfrid de golpe.
—¿A qué te refieres?
—La notificación que vimos que entregaban… Estábamos en un pub, el Queen's, casi a medianoche, y el mestizo es un empleado de allí. No tenemos idea de qué pretendían y el chico tenía toda la razón del mundo para desconfiar.
Alphonse asintió a eso, lo mismo que Rafael.
Getty apretó los labios, nerviosa ante algo que a todas luces se veía mal, mientras notaba que Liam lucía cada vez más asustado.
—¿Qué pasa? —Le preguntó en voz baja.
Liam tragó saliva y sabiendo que hablaba muy bajo cuando estaba nervioso, Getty se acercó a él para escuchar su titubeante respuesta.
—Mamá… ¿A mamá le entregarían una de esas notificaciones?
—¿A tu madre? ¿Por qué?
Getty no se dio cuenta de que alzó la voz hasta que los demás fijaron los ojos en ella.
—¿Qué? —Preguntó.
—Tessa Carstairs dijo ser la primera en la lista —soltó Astrid.
—¡Diablos! —Masculló Rafael, girándose para dirigirse a toda carrera hacia la puerta.
—¡Lightwood! ¿A dónde vas?
—¡Lightwood–Bane, Trueblood!
—¿Qué le pasa? —Se quejó la recién nombrada.
—¿Olvidaste lo que nos dijeron en la reunión, Astrid? —Espetó Brunhild, ceñuda—. Aquello sobre la señora Carstairs.
Getty miró a los jóvenes de Oslo con el ceño fruncido, para luego ver hacia la puerta, que casi se cerraba cuando Rafael volvió a asomarse.
—¿Van a venir o qué?
—No nos dejarán entrar al Santuario —indicó Astrid.
—Si no son vampiros, pueden pasar del Santuario —recordó Alphonse, adelantándose a todos y mirando a Rafael fijamente—. ¿Estás pensando en…?
—Sí, revisaremos primero desde ese punto. Lástima que no podamos confirmar si allí están todos, para evitarnos vueltas.
Para sorpresa de Getty, Liam dio un paso al frente, carraspeando. El resto posó los ojos en el niño con caras de pasmo.
—Yo… —comenzó Liam, apretando los labios por un segundo, sin animarse a continuar.
—No te preocupes —le dijo Alphonse, con clara intención de calmarlo—. Si no quieres ir…
Liam agitó la cabeza de un lado a otro y dio otro paso hacia adelante.
—Puedo… Puedo decirles dónde está el director —aseguró, procurando mirar a cualquier parte menos a alguna de las caras a su alrededor.
Getty sentía que a Liam le había costado horrores admitir eso, ¿sería tal vez por algo malo? Esperaba que no, porque no quería obligarlo a hacer algo desagradable solo por querer saber qué pasaba con los adultos.
—No tienes que hacerlo —indicó Alphonse, regresando sobre sus pasos para quedar a poca distancia de Liam, a quien miró con amabilidad—. Nos las arreglaremos.
—¡Sí quiero! —rebatió Liam en un murmullo—. Es que… Mi madre…
Getty no comprendió del todo, pero por lo visto Alphonse sí, porque asintió y, tras un breve titubeo, le tendió una mano.
—No es necesario que el niño haga nada, Alphonse. ¡Por el Ángel! ¿Por qué ustedes dos no me llamaron antes?
Getty dio un respingo, antes de voltear a su derecha.
Una rubia muy hermosa, de atuendo antiguo y porte un tanto altivo, la veía con apremio.
—¿Jessamine?
—¿Quién? —Dejó escapar Astrid.
—He leído sobre ella —aseguró Sigfrid, sonriendo tenuemente, como conteniendo su entusiasmo—. Fue la salvadora del Instituto de Londres durante la Guerra Oscura.
—Me alegra ser conocida de semejante forma, pero no es el momento de una lección de Historia. Tiberius y los otros están teniendo su reunión en la biblioteca, si eso querían saber.
—Agradecemos el favor que nos haces, Jessamine —dijo Alphonse entonces, dando un leve apretón a la mano de Liam—. ¿Por qué no te muestras a los demás, ya que estás aquí?
—No hay de qué, Alphonse. Respecto a tu pregunta, presiento que voy a necesitar la energía después. Así que en serio, espero que la próxima vez que requieran algo como esto, me llamen Georgette o tú. No tienen por qué dejar que ese pobre niño se desgaste más.
—¿Qué sabes respecto a Liam que nosotros no?
—No me corresponde decirlo. Si de verdad te preocupa, espera a que él mismo te lo diga, o pregúntales a Tessa y a Jem. Ahora, si me disculpan…
Tras aquel diálogo tan raro, Getty vio cómo el fantasma de Jessamine Lovelace dejaba de ser visible para ella y para Alphonse.
¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta que Jessamine confiaba en su amigo? ¡Ella no se mostraba a casi nadie, aunque tuviera el don!
—¿Qué fue todo eso? —quiso saber Brunhild.
—Jessamine dice que père y los demás están en una reunión en la biblioteca —al hablar, Alphonse miró a Rafael, arqueando una ceja.
—Andando, entonces —sentenció Rafael—. Probemos.
Éste, Alphonse y Liam se encaminaron fuera de la sala de entrenamiento.
Getty y los aprendices no tardaron en imitarlos.
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A simple vista, Getty no comprendió qué pretendían Alphonse y Rafael al pedirles descender por una estrecha escalera, casi en un extremo del pasillo fuera de la sala de entrenamiento. Quiso preguntar a dónde iban, hasta que creyó reconocer el tramo donde Rafael se detuvo, una curva en la que apenas cabían los dos chicos, de pie uno junto al otro, en el mismo escalón.
—¿Todavía recuerdas cómo, Al? —preguntó Rafael, mientras dibujaba una runa en una puertecilla, la cual se abrió lentamente y levantando una nube de polvo del otro lado.
—Sí, claro. Aunque primero habrá que comprobar si han movido las cosas.
—¿Qué quieren hacer, ustedes dos? —quiso saber Astrid, cruzándose de brazos.
—Estar enterados —contestó Rafael, empujando levemente la puertecilla—. Entren con cuidado, aquí rara vez viene alguien.
El interior de aquella diminuta estancia estaba atestado de cajas y estantes, en los cuales se veían muchísimas armas, todas deslucidas y que no se habían tocado en años. La única luz, opaca y más gris que las nubes de lluvia, se colaba por una ventana de arco, cayendo justo en un hueco en el suelo, en el cual había inconfundibles huellas de manos y pies.
—¿Qué es aquí, de todas formas? —inquirió Brunhild, moviéndose entre dos torres de cajas.
—¿No se nota? Un trastero —soltó Rafael, sonriendo de lado, antes de atravesar el hueco con huellas y mover un baúl hacia la ventana.
—Pues es el trastero más raro que he visto —aseguró Astrid, arrugando la nariz.
Tras levantar más polvo al mover unas cajas, Alphonse sacó algo del bolsillo con la mano derecha, la cual alzó enseguida. Al segundo siguiente, su piedra de luz mágica iluminaba un poco el lugar, coincidiendo con un estornudo de Sigfrid y el sonido de la puerta al cerrarse.
—Alguien, por favor, encienda su luz mágica.
Astrid se apresuró a atender la petición de Alphonse, quien al ver eso, apagó su piedra y se la guardó, para sacar la estela y sentarse en el suelo.
—Tendremos que tomar una buena ducha cuando salgamos de aquí —aseguró Brunhild, antes de ocupar un sitio frente a Alphonse.
Poco a poco, los demás imitaron a la joven noruega, formando un círculo alrededor del hueco en el suelo. Alphonse respiró profundo antes de apoyar la estela en una de las maderas del suelo y comenzar a trazar cuidadosamente una runa de buen tamaño.
Getty observó de reojo a los extranjeros, quienes tardaron un poco en mostrar señas de haber reconocido la Marca de Alphonse. Ella misma, de no haber recordado un par de veces que sus amigos la invitaron a entrar a ese trastero cuando se preparaban para ser parabatai, también estaría sorprendida.
—¿Quién te enseñó esa runa? —quiso saber Astrid, asombrada.
—A mí me la enseñó tío Jace —respondió Rafael, causando una mueca de fastidio en Astrid—. Cuando pasé mi primer año aquí, se la enseñé a Al.
—¿Hablas en serio? ¿Jace Herondale enseña esa clase de cosas en Nueva York?
—No sé si a otros se las enseñe, pero a mí sí. Decía que nunca sabías cuándo necesitarías fisgonear sin que nadie se enterara.
—Si la runa la saben ambos, ¿por qué la hace Alphonse?
—Le sale mejor —Rafael se encogió de hombros, como si lo recién dicho fuera un detalle sin importancia, antes de chistar y señalar el suelo—. Ahora pongan atención.
Astrid parecía querer seguir discutiendo, pero paró cuando Alphonse se enderezó, habiendo acabado la runa. Un instante después, el suelo emitió un leve destello antes de dar la impresión de aclararse poco a poco, hasta que dejó ver la biblioteca como si de pronto, se hubiera hecho un agujero en ese punto.
—No importa cuántas veces lo vea, es genial —musitó Getty, sin poder contenerse.
Rafael la miró con una amplia sonrisa, en tanto Liam asentía a sus palabras. Alphonse, por su parte, frunció el ceño, agachándose un poco antes de apretar los labios con fuerza.
—¡Merde!
Todos, hasta Rafael, se sorprendieron al escuchar algo así en voz de Alphonse, quien siempre era de lo más correcto, pero a Getty le bastó echar un vistazo a la escena debajo de ellos para comprenderlo.
Una de las largas mesas de la biblioteca estaba ocupada parcialmente por la gente reunida allí. A una de las cabeceras se sentaba Tiberius, mirando al frente con la espalda muy recta, pero en el regazo, fuera de la vista de sus acompañantes, sus manos se abrían y cerraban sin cesar, demostrando así su nerviosismo. A la derecha de Tiberius se sentaban Livia, Beatriz y Julie Beauvale; las tres apoyaban las manos entrelazadas en la mesa, aunque sus ceños fruncidos eran evidencia de que no se hallaban de buen humor. A la izquierda de Tiberius, Kit estaba cruzado de brazos y con expresión de querer sacar uno de sus cuchillos, lo cual era seña suficiente de que algo andaba terriblemente mal.
Al otro lado de la mesa, la cabecera opuesta la ocupaba un hombre de cabello oscuro y porte severo, casi apático, quien tenía a derecha e izquierda a unos cuantos vestidos de negro que, de no ser por los broches de Centuriones, pasarían por cazadores de sombras normales.
—¿Nos dejarás hacer nuestro trabajo de una vez, Tiberius, o debo enviar a uno de mis acompañantes de vuelta con un mensaje?
—¿Por qué me parece conocido ese tipo? —espetó Astrid, ceñuda.
—¡Por el Ángel! —exclamó Brunhild—. ¡Se parece mucho a Barb!
—Es Gilbert Longford —informó Alphonse, después de lo cual apretó los labios de nuevo.
—No te contengas, Al, suéltalo todo —animó Rafael en tono bromista, aunque según Getty, su cara delataba que hablaba en serio.
Alphonse no contestó, solo se llevó un dedo a los labios y señaló el trozo de suelo delante de él. Los demás comprendieron y atendieron la escena que se desarrollaba debajo de ellos.
Fue en ese momento que Getty se fijó en que había más gente en la biblioteca, de pie, tras Tiberius. Era un grupo compacto y variopinto, saltando a la vista su origen subterráneo.
Y justo a cada lado de Tiberius, franqueándolo cual guardia de honor, estaban los Carstairs.
—Papá y mamá… —musitó Liam.
Getty miró al niño a su izquierda, notándolo preocupado. No era para menos, si es que a la señora Carstairs le tocaba algo malo de todo ese asunto.
—Si tuvieras la amabilidad de explicar el motivo de tu presencia y la de tus compañeros, Gilbert, con mucho gusto te apoyaremos en lo que podamos —dijo Livia, conteniendo a medias su sarcasmo—. No sé si sepas, pero hemos estado ocupados supervisando el cumplimiento de un mandato de la Clave, así que tenemos las manos llenas.
—Pensé que tenían aprendices a quiénes delegar el trabajo sucio.
—¡Trabajo sucio! —exclamó Astrid por lo bajo, indignada.
Brunhild puso cara de pasmo, en tanto Sigfrid mostraba una mueca fiera, como si quisiera lanzarle a Gilbert Longford algo punzocortante, lo que fuera.
—Tenemos aprendices, no recaderos —masculló Kit, mirando a Gilbert con aire ofendido.
—Debe ser difícil adaptarse a ello, supongo. Creo que son los primeros aprendices que recibe Londres desde que estás a cargo de este Instituto, ¿no, Tiberius?
—En realidad, tuvimos un par de aprendices cuando recién llegamos, solo que repartían su tiempo entre este Instituto y uno de Escocia. Les interesaba la leyenda mundana del lago Ness…
Aún desde su posición, Getty distinguió la mueca de desdén de Gilbert ante las palabras de Tiberius y sintió un deseo enorme de poder atacarlo con uno de sus charkhram.
—Leyendas mundanas… ¿Por qué perder su tiempo con ellas?
—Todas las leyendas son ciertas —indicó James Carstairs con firmeza, a la izquierda de Tiberius—. Cualquier cazador de sombras respetable sabe eso.
—Sí, claro… En fin, iré al grano: se me envió con esta delegación de Centuriones para recolectar los resultados del censo de híbridos.
Getty sintió algo muy parecido a las náuseas ante el tono que Gilbert empleó cuando pronunció la palabra «híbridos». Viendo de reojo a su alrededor, la rubia constató que no era la única en experimentar un malestar similar.
—Por favor, permítenos ver tu acreditación.
—¿Mi qué?
—El documento que acredita la función que acabas de describir, Gilbert. Es de suponer que, tratándose de un asunto tan serio, la Clave te otorgaría algo con qué probar lo que has dicho.
—¡Debes estar bromeando! ¡Mi palabra es más que suficiente!
—Lo lamento, pero tengo la responsabilidad de responder ante los subterráneos de Londres por la legalidad de este inusual mandato de la Clave, así que comprenderás que no puedo dejar pasar nada por alto, ni siquiera algo tan simple como una acreditación de funciones.
A Getty le dieron ganas de ir a abrazar a Tiberius. A su derecha, vio que Alphonse esbozaba una leve sonrisa de orgullo.
—¿Comprendes que, al negarte a darme los resultados del censo, te echas encima a la Clave y al Escolamántico?
—No me estoy negando a entregarte esa información. Solicité que compruebes tu función en este asunto. Eres tú el que entendió que no te daré la información; por lo tanto, deduzco que no cuentas con la acreditación solicitada y con eso sabes que no te daré la información. Así las cosas, alguno de los Centuriones debe ser el encargado de llevar el censo a la Clave, ¿o me equivoco?
—Brillante —musitó Astrid, fascinada.
—Tiberius, no quieras enredarme con tu palabrería, conmigo no funciona.
—Él no trata de enredarte —corrigió Kit, un tanto impaciente—. Solo está aclarando las cosas. Ustedes —miró a los Centuriones por turnos, con aspecto serio—, ¿quién es el líder?
Uno de los Centuriones, de cabello negro muy corto, se puso de pie. Por lo que alcanzaba a distinguir Getty, era muy alto y de aspecto fuerte; por otro lado, sus facciones eran orientales y se mostraban severas, como dando a entender que su dueño seguía escrupulosamente la Ley.
—¡Por el Ángel! —soltó Rafael, incrédulo—. ¡Es Xiaolang!
—¿Quién? —inquirió Sigfrid.
—Xiaolang Honglian, lo conocimos en París —respondió Alphonse enseguida, para luego volver a pedir a señas que guardaran silencio.
—Buenos días, Tiberius. Es un honor volver a verlo —saludó el Centurión, haciendo una leve inclinación de cabeza a modo de reconocimiento—. Mi grupo y yo estamos aquí para que nos haga entrega del resultado del censo ordenado por la Clave, así como para resolver cualquier duda que se tenga de este asunto. Si no he entendido mal, las personas que lo acompañan quieren precisamente eso, ¿no es así? Que respondamos a sus inquietudes.
Tiberius asintió con la cabeza. Detrás de él, algunos subterráneos se removieron con visible incomodidad, pero ninguno hizo ademán de retirarse.
—La primera de las preguntas es ¿por qué ha ordenado la Clave un censo como este?
Sin que nadie se diera cuenta, Tessa Carstairs había dado un pequeño paso adelante, irguiéndose cual alta era, para que sus palabras tuvieran mayor impacto. Getty observó a Liam morderse el labio inferior, claramente nervioso.
—Buenos días, señora —saludó Xiaolang, arrugando levemente la frente, extrañado—. ¿Con quién tengo el gusto de…?
—Buenos días. Soy Theresa Carstairs, de soltera Gray, hija de nefilim y demonio.
El silencio que inundó la biblioteca era frío y pesado. Getty enseguida se percató de que la mayoría de los Centuriones mostraban su escepticismo ante tal frase; por otro lado, Xiaolang Honglian se mantuvo sereno y Gilbert Longford no pudo ocultar un gesto de repulsión.
—La Clave sabe que existo, claro —continuó la señora Carstairs, sin alterar su tono de voz, firme y honesto—. He vivido más que muchos de los aquí presentes. De hecho, Gilbert Longford, tú y algunos de los mejores cazadores de sombras actuales no existirían sin mí.
—¿Qué blasfemia está insinuando, bruja?
La señora Carstairs sonrió un poco, con aire de seguridad y tristeza. Era increíble que demostrara ambas cosas al mismo tiempo, pero Getty no tuvo dudas de que eso era.
—Si no sabes la historia de nuestra familia, no tienes derecho a reclamar —apuntó Julie Beauvale, en voz un poco más baja de lo que habían hablado los demás, pero su semblante demostraba que estaba muy segura de lo que decía.
—Y tú no tienes derecho a interferir, Julie. No tienes idea de cómo está la Clave ahora.
—Eso no es cierto. Me han estado contando cómo ha sido la política de la Clave, desde que me secuestraron hasta el día de hoy. Pudiste hacerlo tú, que pareces estar tan enterado, pero debiste estar demasiado ocupado para visitar a tu prima, ¿verdad?
Gilbert le dedicó una mirada helada que Getty, con orgullo, notó que no le hizo el menor efecto a su madre.
—¿Alguien te cree esa historia, Julie? Eso de que te secuestraron por trece años. Tengo la impresión de que te fuiste más que gustosa tras ese caballero hada…
—¡Cómo te atreves! —Beatriz saltó enseguida de su asiento, apretando los puños.
—Los gustos de Julie nunca fueron buenos. Igual que los de Barbara…
—¡Será maldito…! —soltaron en un siseo Brunhild y Sigfrid.
Getty y los demás en el trastero casi se perdieron lo siguiente que dijo Gilbert, con un tono de odio imposible de pasar por alto.
—… O los del enfermo de Edward.
—¿De qué demonios habla? —masculló Rafael, indignado.
A Getty le habría extrañado esa reacción de su amigo si él, durante su breve estancia en Nueva York a principios del año, no le hubiera contado algunas cosas sobre la familia adoptiva de su novia, Perenelle Fordbleu.
—Edward era mejor cazador de sombras de lo que siempre has creído —espetó Julie, poniéndose de pie lentamente. Beatriz, al notar el movimiento, se apresuró a tenderle una mano a su parabatai—. Lo odiabas, Gilbert, todavía lo odias, y nunca he entendido por qué, quitando tu intolerancia absurda. Era tu hermano, tu hermano menor, y me consta que él habría hecho cualquier cosa por ti. No quiero volver a oír que lo insultas o no seré la única que te lo haga pagar.
—Tú no estás a mi altura, Julie.
—Ahora mismo, quizá no. Pero Barbara estará encantada de arrancarte la mano derecha esta vez y tu propio hijo no volverá a dirigirte la palabra.
—¡No metas a Günther en esto!
—Tú empezaste, nombrando a nuestros familiares de manera tan desagradable.
Gilbert, frunciendo el ceño y con la boca torcida en una mueca de odio, pareció entender que no ganaría nada prolongando aquella discusión, por lo que no replicó. Julie, por su parte, respiró hondo y volvió a sentarse, auxiliada por una Beatriz que enseguida se sentó también.
—Alguien recuérdeme hacerle un bonito corte con Misericordia a ese tipo —espetó Rafael.
—No lo harás —contradijo Alphonse, para sorpresa de todos… al menos hasta que lo oyeron añadir—. Si no quieres problemas con la Clave, dejarás que su propia familia se encargue.
—Ah, entonces ¿puedo hacerle algo yo? —Getty no dejó pasar la oportunidad de comentar eso, sonriendo con malicia al preguntar—. Rafael, ¿me prestas a Misericordia?
—Por tan noble cometido, amiga mía, mi espada está a tu servicio.
—¿Cómo puede ese estúpido ser hermano de Barbara? —dejó escapar Astrid, en apariencia asqueada—. Ella es maravillosa y él…
—Barb ya nos había dicho que hacía años que no veía a su hermano Gilbert —comentó Sigfrid, muy serio—. Ahora nos queda claro el por qué.
—Y el otro hermano de Barb, Edward… —Brunhild tragó saliva, dándose valor para seguir—. Ella nos ha hablado de él. Lo adoraba. Sabemos que… Sabemos cómo murió y lo respetamos por eso. Yo lo respeto mucho por eso, porque sé lo que es tener y amar a un parabatai —Astrid le dedicó una sonrisa temblorosa al oírla—. Si por mí fuera, ese tal Gilbert ya no estaría respirando.
—Aclarados los puntos importantes, deberé pedirte que te retires, Gilbert.
El grupo del trastero dejó de lado sus impresiones sobre Gilbert Longford, atendiendo de nuevo la reunión por debajo de ellos.
—Si no tienes modo de probar que tienes autoridad en el censo ordenado por la Clave, no hay razón para que permanezcas en esta reunión —explicó Tiberius con sencillez, como si fuera lo más obvio del mundo—. Xiaolang, creo que estarás de acuerdo conmigo.
—Sí, Tiberius.
El Centurión se ganó una mala mirada de Gilbert, pero no pareció afectarle. Al contrario: Getty creyó notar en los rasgos asiáticos de Xiaolang, al menos por unos segundos, que estaba satisfecho por el curso de los acontecimientos.
—¡No pueden echarme así nada más!
—Nadie te está echando —Kit sonrió de lado y agregó—. Todo lo que se te dice, lo entiendes mal. Empezaré a creer que no estás bien de la cabeza.
—¡Nadie pidió tu opinión, maldito…!
—Yo que tú, no terminaría esa frase —apuntó Livia, peligrosamente serena, mostrando de forma despreocupada un sable en su mano derecha, el cual usó para señalar a Gilbert. Alrededor de Livia, varios dieron un respingo, ya que no habían notado en qué momento ella empuñó su arma o más aún, de dónde la había sacado—. Hemos tolerado suficientes groserías de tu parte, en vez de estar tratando el tema central de esta reunión, uno sumamente importante. Haz lo que se te ha pedido y déjanos trabajar, por favor.
Gilbert, visiblemente indignado, volteó de nuevo hacia Xiaolang, pero como éste no dio muestras de decir algo en su defensa, se vio obligado a abandonar la biblioteca, cerrando tras de sí de un portazo. Unos segundos después, Livia suspiró y bajó su sable, viendo a los Centuriones mientras hacía un ademán de disculpa.
—¿Deberíamos dejar que ese imbécil ande por allí sin vigilancia?
La observación de Astrid hizo que los demás la miraran con cierta sorpresa.
—¿Qué? ¿Acaso no es un imbécil? Y lo digo sin intención de ofender a la sangre Longford.
—No, en realidad… —Rafael carraspeó, intentando con ello no reírse—, creemos que lo que dices tiene sentido. Pero ¿quién va a perderse el final de la reunión por seguir a ese amargado?
Rafael tenía razón, claro. Getty, por lo menos, no quería salir del trastero, por muy polvoriento que estuviera, si eso significaba ya no escuchar la reunión sin que la vieran.
Sin que la vieran…
Sonriendo, levantó la vista de golpe y llamó con voz cantarina.
—¡Jessamine! ¿Puedes venir? Queremos pedirte un favor.
Getty supo que su idea era buena cuando Alphonse le asintió con la cabeza.
