CONTRA TODAS LAS REGLAS
(Crossover)
Summary: Edward Cullen es el capataz del rancho que Isabella Swan heredó siendo una adolescente. Bella escapó del rancho hace años, después de un apasionado encuentro con Edwad. Él ha estado obsesionado por los recuerdos de su breve romance y cuando Bella vuelve finalmente al rancho, después de la muerte de su marido, Edward está decidido a que sea suya y no va a aceptar un no como respuesta. Pero Bella sabe que esta vez las apuestas están más altas, y las dudas asaltan su corazón, corazón que, finalmente comprende, siempre ha sido de Edward .
Capitulo 10
Calor en el Rancho
Pasión es mi desvivir para no recibir tu muerte.
Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, Contra todas las Reglas es propiedad de Linda Howard. Sólo la adaptacion es mía.
Bella se despertó de repente sabiendo que no estaba sola. Rápidamente giró la cabeza y vio al hombre de pie, al lado de su cama, quitándose la camisa. Se le cortó la respiración y el pulso de su corazón se aceleró, notando su cuerpo caliente y excitado, haciendo que, de repente, el fino camisón que llevaba le pareciera repentinamente restrictivo. Jadeó; luchando por hablar cuando él se quitó la camisa y la echó a un lado. La pálida luz de la luna iluminaba claramente su torso delgado y musculoso, pero dejando oculta su cara en la oscuridad. Pero ella lo conocía, conocía la mirada, el olor y el calor de él. Las vivas imágenes de un caluroso día de verano y su oscura silueta recortada contra el cielo la inundaron, inundaron sus sentidos con un pánico raramente entremezclado con el deseo. Se había atrevido, después de todo.
-¿Qué estás haciendo? -pudo decir ahogadamente cuando él se quitó las botas y los calcetines, luego se desabrochó el cinturón.
-Desvistiéndome -explicó con voz áspera y baja, con voz de mando e inexorable. Y siguió explicando innecesariamente-. Esta noche duermo aquí.
Eso no era lo que ella había esperado. Se estaba preguntando si él no habría perdido el juicio pero Bella sintió como si el aire hubiera abandonado su cuerpo. Fue incapaz de protestar, de ordenarle que se marchara. Después de una larga pausa en la que pareció que estaba esperando alguna objeción de ella, y en vista de que no llegó, se rió ahogadamente.
-Mejor dicho, me quedo contigo esta noche, pero dudo que durmamos mucho.
Un rechazo automático se elevó hasta sus labios, pero permaneció en silencio; de alguna manera las palabras no venían, detenidas por la sangre caliente que se desbordaba por su cuerpo atónito, por los golpes salvajes de su corazón contra las costillas. Se enderezó con los ojos clavados sobre el cuerpo masculino bajo la luz plateada de la luna. Oyó el susurro sibilante de una cremallera deslizándose; luego él se quitó los vaqueros. Su cuerpo duro era más musculoso, más poderoso, su masculinidad una potente amenaza visible... ¿o era una promesa?
La pasión de Bella empezó latir enloquecedoramente y alzó una mano para negar, mientras le advirtió en un susurro.
-¡No te acerques a mí! ¡Gritaré!
Pero la poca convicción en sus palabras fue evidente incluso para sí misma. ¡Oh, Dios, lo deseaba tanto! Tal como él había dicho muchas veces, ya era una mujer y no temía su poder sexual, más bien deseaba pegarse a él y calentarse con su fuego.
Él lo sabía. Se sentó a su lado en la cama y le puso una mano dura y callosa en la mejilla. Incluso bajo la pálida luz de la luna Bella pudo sentir el calor de su mirada mientras vagaba su cuerpo.
-¿Y bien, Bella? -preguntó tan bajo que casi no lo oyó-. ¿Vas a gritar?
Tenía la boca demasiado seca para poder dar un discurso; tragó, pero sólo fue capaz de dejar salir una débil admisión.
-No.
Edward inspiró profundamente, llenando de aire sus pulmones y su mano sobre la cara de ella, tembló.
-Dios mío, cariño, si alguna vez has querido golpear a un hombre por lo que está pensando hacer, ahora es el momento -pudo murmurar apenas con la voz temblando por la fuerza de su deseo.
El temblor en sus palabras la dijeron lo afectado que estaba él por su proximidad y por la tranquila intimidad del dormitorio. Eso la tranquilizó, le dio valor para extender la mano y ponerla sobre su pecho, sintiendo los ásperos rizos de pelo bronce contra su palma y el suave calor de su piel donde acababa el vello, los brotes tensos y diminutos de sus pezones. El sonido que retumbó en la garganta de él podía haber sido un gruñido, pero sus sentidos intensificados lo reconocieron como lo que era, un áspero ronroneo de placer.
Se le acercó más buscando el delicioso aroma masculino.
-¿Vas a hacer todo lo que piensas? -preguntó con voz temblorosa.
Él también se acercaba, hociqueando con la boca la base de su garganta, donde el pulso latía frenéticamente, cuando dejó la boca allí el latido aumentó aún más.
-No podría -murmuró moviendo la boca sobre aquel delicioso punto-, sería mi muerte si intentara cumplir con estas particulares fantasías.
Bella se estremeció con el deseo líquido que la inundó y envolvió sus brazos alrededor de los hombros masculinos que temblaban con una necesidad que no podía negarle, aunque no pudiera entenderlo. Ese era su error y ella lo sabía pero de momento la primitiva alegría que la inundaba merecía el precio que tendría que pagar cuando volviera a la cordura. Le permitió que la alargara en la cama y que la tomara entre sus brazos, su desnudez la abrasaba la carne a través de la frágil barrera de su camisón. Acercó la cabeza en muda invitación y Edward se rió quedamente, luego le dio lo que quería, su boca tomó la suya, abriéndole los labios para invadirla con su lengua.
Hubiera podido morir feliz en aquel momento de delirio por el placer de sus besos, pero pronto ya no hubo felicidad y los besos no bastaban. Se movió entre sus brazos con desasosiego, buscando más. Otra vez él lo supo; sintió el momento exacto en que ella estuvo lista para incrementar la intimidad. Su mano fue al escote del camisón y ella se inmovilizó de anticipación, apenas se atrevió a respirar cuando sintió sus dedos deslizándose por los botones. Los pechos empezaron a palpitarle y se arqueó buscando sus caricias. Él satisfizo su necesidad inmediatamente, la mano se deslizó dentro del escote y acarició los exuberantes y sensibles montículos, su palma áspera parecía deleitarse con la blandura de ella.
El gemido que surgió de él, era un sonido inarticulado de hambre. Sus manos tiraron del camisón y una ruda urgencia y se lo sacó por los hombros, dejando al descubierto sus pechos bajo la luz de la luna. La boca masculina abandonó la suya y se deslizó hacia abajo; luego la lengua se enroscó en un tenso pezón y lo llevó hacia la cálida humedad de su boca. Bella dio un estrangulado grito cuando el incontrolado fuego llegó a todos sus nervios; luego se arqueó hacia el cuerpo musculoso, con las manos apretadas en sus hombros.
Edward bajó las manos hasta sus tobillos y deslizó los dedos bajo la tela del camisón, luego hizo el viaje inverso, un viaje que llevaba la tela hacia arriba. No hubo protestas. Ella se estaba quemando, dolorida, lista para él. Levantó las caderas para ayudarlo y él amontonó la tela alrededor de la cintura, pero ahí fue hasta donde llegó. Con un sonido ronco, estremecedor, la cubrió, se parándole los muslos con la rodilla y Bella se quedó inmóvil, esperando.
-Mírame -exigió él con voz ronca.
Incapaz de hacer otra cosa le obedeció y clavó en él sus ojos. Su cara estaba tensa, con un hambre primitiva, un hambre a la que contestó todo su cuerpo, un hambre que durante tantos años había intentado vencer sin lograrlo. Su masculinidad sondeó la entrada húmeda que cedió cuando la penetró con facilidad, deslizó sus manos bajo el trasero para levantarla y que aceptara totalmente su posesivo empuje. Un eléctrico placer la estremeció dejándola mareada y gritó jadeando. Esto era lo más salvaje, lo más caliente que había sentido en su vida. Sus ojos empezaron a cerrarse y él la sacudió con insistencias, susurrando entre los dientes apretados.
-¡Mírame!
Impotente, lo hizo, su cuerpo acoplándose al de él cuando Edward empezó a moverse. Nada de lo que conociera la había preparado para esto, para el placer que surgió salvajemente sin previo aviso, y casi inmediatamente devastó su control, llevándola velozmente hacia el clímax.
La abrazó con fuerza contra su pecho hasta que quedó floja y sin fuerzas bajo él; después, con cuidado la hizo apoyarse sobre la almohada.
-Insaciable -dijo él muy bajo, arrastrando las palabras-. Sé exactamente como te sientes. Ha pasado demasiado tiempo y yo tampoco puedo contenerme.
Todavía aturdida por la fuerza de su éxtasis, se sintió totalmente abrumada por la pasión y su necesidad de él. Nada tenía sentido; nada importaba, excepto la fuerza de los movimientos del cuerpo masculino. Se adhirió a él con la frágil tenacidad de una delgada vid (NA: f. Planta cuyo fruto es la uva.)envolviendo a un robusto roble, él se meció en su abrazo sedoso hasta que también se rindió al placer y gritó con voz ronca.
Pasaron bastantes minutos antes de que él se moviera, apoyando su peso sobre los codos. La besó en la boca y en los ojos, besos como plumas a lo largo de los párpados hasta que estos se alzaron y sus ojos se encontraron; los de ellas suaves y vulnerables, los de él agudos y llenos de una satisfacción no disimulada.
-Hemos ido muy rápido -gruñó con voz baja y vibrante-. Pero aún tenemos mucho tiempo.
Y lo demostró haciéndola esta vez el amor con una paciencia y una ternura tan absorbente que fue aún más devastador que la locura de su lujuria. No había ningún modo en que ella pudiera resistirse a Edward, ningún modo que quisiera intentar. Esto también la hacía sentir que había regresado a casa, como tener algo de lo que había carecido, una satisfacción que había anhelado y que había tratado de negar. Mañana lo lamentaría, pero esta noche disfrutaría de la salvaje alegría de estar entre sus brazos.
