Buenas tardes ;)
Aquí está el capítulo final de esta historia, por fin terminé mi loca trilogía X3 Gracias a todos por seguirla, por comentar y también por leer anónimamente ;D
Kitty: Muchas gracias por darme tus sugerencias, con las cuales he escrito un par fics. Espero que te haya gustado éste ;D
De momento es todo respecto al Lemon X3 (y si, si voy a terminar Noche de Bodas).
Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo sólo escribí la historia por gusto y diversión.
Capítulo 10: Libertad
La primera noche después de perder a la hembra humana, fue la más estresante para el señor del Oeste. Aún faltaban dos días para que terminara el estro Inugami y su bestia interna estaba incontrolable, dominándolo por completo. Había pasado horas rondando por todo el bosque, rugiendo y destrozando con tal frenesí, que provocó la huida de numerosas criaturas sobrenaturales y bastante fauna silvestre rumbo a otras tierras.
Pero cuando cayó la noche, regresó a su morada tomando nuevamente su apariencia humana. Se dirigió al gran salón y una vez ahí, devoró todas las viandas que le habían sido servidas. De igual forma bebió una y otra vez hasta hartarse. Su densa energía demoníaca asfixiaba completamente el lugar, por lo que absolutamente nadie podía acercarse.
Desde un pasillo, escondido a prudente distancia, Jaken se mantenía expectante.
–Esto no es bueno, mi amo bonito todavía no supera los síntomas del celo– pensó temeroso.
El sirviente sabía que su señor permanecería alterado por todo el tiempo restante, a menos que buscara a una demonesa para saciarse. Pero teniendo en cuenta todo el caos que provocó por horas, seguramente ya no habría más seres vivos en el Oeste que los que habitaban en la mansión.
–Bueno, no queda más que esperar– finalizó, al tiempo que se escabullía en silencio.
…
Más tarde.
Sesshomaru dormitaba recargado en el respaldo del oscuro diván, respirando pausadamente y con los ojos cerrados. Todavía se notaba la irritación en su rostro, pero lo que más le encolerizaba era el percibir la terrible ansiedad del deseo sexual que persistía dentro de él. La sensación calcinante le recorría el cuerpo y su virilidad punzaba de dolor al no poder liberarse completamente. El auto placer no es suficiente para un demonio cuando se encuentra en la época estral.
A pesar de estar en medio de un pesado sopor, la bestia blanca buscaba la manera de permitir que sus recuerdos le brindaran cierto alivio a su estrés. Imaginar a la humana, evocando imágenes, sonidos, aromas y sensaciones, incitaron la creación de una sensual fantasía.
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La perspectiva que tiene de la hembra es excitante, la recorre con avidez una y otra vez, deleitándose con el hipnótico movimiento de sus pechos al subir y bajar sobre él. Su embriagante aroma inunda sus sentidos, la fricción contra su piel provoca un delicioso erizamiento en su espalda y su gemido es cada vez más desquiciante para su oído.
Las caderas femeninas bailan al ritmo del placer, ciñendo su masculinidad y provocando el estremecimiento de todo su ser. Sus brazos se aferran a los hombros y sus uñas acarician con filo la blanca piel. Ella alza el rostro para mirarlo a los ojos, sus pupilas destilan lujuria, su mueca es delirante, sus jadeos enervantes y la oscilación de todo su cuerpo se vuelve hechizante.
Permanece semi recargada sobre su pecho, siente su respiración acariciarle el cuello y por breves instantes jadea, debido a su húmedo beso. La aprisiona por la cintura limitando su movilidad, al tiempo que los colmillos se clavan en su piel, deleitándose con el rojo sabor y provocando mayor exaltación.
Él embiste con fuerza, aumentado la profundidad de su unión y arrancando más quejidos de lascivia satisfacción. La contracción de sus lúbricos pliegues anuncia la proximidad de su culminación. Entonces se incrementa el ronroneo gutural al notar los espasmos que en su vientre crecen ya.
El clímax se hace presente, iniciando su expansión y creciendo sin control. Su virilidad pulsa en el mismo instante que su mente se pierde. Apresa a la hembra con fuerza, percibiendo la convulsión de su interior. Le araña costados y espalda, marcándola sin piedad. Muerde su carne una vez más, dejándose arrastrar al abismo final. El placer se derrama y su cuerpo se relaja.
Sin embargo, el onírico éxtasis es una efímera liberación y nada más.
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El demonio plateado abre los ojos de golpe, su respiración es agitada y su mal humor no hace más que empeorar. Su lado bestial sólo provoca que se mantenga punzante su ansiedad. Una lenta mirada hacia su bajo vientre lo hace bufar y a regañadientes se incorpora para salir del lugar. Sus pasos se pierden en el pasillo y momentos después, el sonido de agua corriendo es lo único que se puede escuchar.
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Presente.
Ya había amanecido, pero Diana no tenía ganas de levantarse para nada. No pudo recuperar el sueño completamente, por lo que la noche se le hizo demasiado larga y sólo pudo dormir un poco en la madrugada. De cualquier manera, no tenía una justificación convincente para explicar su ausencia, así que se tomaría un día más para pensar en algo y averiguar en qué fecha estaba, dado que perdió totalmente la noción del tiempo.
Más tarde.
– ¡No puedo creerlo, esto es odioso! – dijo enojada, al tiempo que revisaba su espalda y caderas con ayuda de un espejo.
Había terminado de ducharse y ahora revisaba los zarpazos dejados por Sesshomaru, estaban sanando demasiado lento. El malestar físico seguía disminuyendo paulatinamente, pero le preocupaban las cicatrices que le quedarían. Sin la sangre sobrenatural interviniendo en su metabolismo, su recuperación se ralentizaba y no había nada que pudiera hacer al respecto. Sin embargo, cualquier secuela era mejor que seguir vinculada con el señor del Oeste.
Poco después, estaba frente a su computadora poniéndose al tanto de todo. Por ratos tenía que ir corriendo al baño para vomitar. No había podido comer absolutamente nada, dado que un insistente calambre se removía en su estómago. El efecto de las frutas toxicas seguía muy presente, así como la sensación de calentura en todo el cuerpo. Fue hasta el atardecer cuando por fin pudo consumir algo de alimento y bebida.
Durante la noche su sueño fue más tranquilo y sin sobresaltos, la incomodidad física ya era notablemente menor.
…
Al día siguiente.
Diana mantenía la mirada intermitente entre la cara de su jefe y la gran ventana detrás de él. Por fin estaba de regreso en la oficina y en éste momento terminaba de explicar su extraña ausencia. Unas cuantas mentiras sobre la salud de un familiar y un inesperado resfriado fueron suficientes para casi convencerlo.
–Diana, eres buena empleada, pero esas ausencias no pueden perdonarse así nada más, aunque tengas una justificación– dijo el hombre.
–Lo sé señor– contestó ella, pensando que tal vez le harían un enorme descuento salarial o la despedirían definitivamente.
–Bien, entonces te propongo un trato, dado que el área de recursos humanos ya está buscando tú reemplazo. –
La joven pasó saliva nerviosamente, era de esperarse semejante consecuencia, debido a que sus ausencias ya habían ocurrido con anterioridad. Todo por culpa de su inverosímil aventura.
–Puedes seguir laborando con nosotros, si estás dispuesta a cambiar de lugar de residencia– explicó, mientras le pasaba una carpeta con algunos documentos y terminaba de anunciar el destino de trabajo. –Fuera del país, en una de nuestras nuevas filiales. –
Ella abrió los ojos en grande, desconcertada y al mismo tiempo aliviada. De alguna manera, esa era una inesperada oportunidad que no debía desaprovechar. Extraña coincidencia quizás, pero antes de siquiera contestar, ya estaba haciendo un gesto de confirmación.
…
Una semana después.
–Bien, eso fue lo último– dijo con un suspiro, terminando de cerrar y acomodar una caja de cartón.
La mujer había pasado los últimos días preparando su mudanza. Definitivamente no tenía intenciones de permanecer en esa ciudad y tampoco deseaba quedarse más tiempo en las tierras del sol naciente. Los últimos cuatro años habían sido suficientes y después de su experiencia, lo mejor era irse a un sitio más lejano, quizás a un continente. Cualquiera hubiera pensado que era algo loco y precipitado, dado que no conocían sus motivos.
No obstante, ella pensaba que después de alejarse, ya no tendría que volver a preocuparse. Es decir, la cueva de la Luna había sido sellada y ningún ser vivo tiene la verdadera inmortalidad como para esperar el paso del tiempo. Existe la longevidad, que es una larga duración de la vida, pero eso no quería decir que las criaturas sobrenaturales, que caminaron hace siglos, aún sigan rondando en el presente. Al menos eso creía Diana, basándose en los pregonares del folclor local.
Ya estaba atardeciendo cuando se asomó al balcón para ver el ocaso. De pronto sintió un ligero nerviosismo al mirar la silueta de la luna menguante en el cielo. Era imposible olvidarse de ciertas memorias que mantenían muy presente el recuerdo de Sesshomaru. No podría relegar semejantes sucesos y menos cuando su subconsciente la traicionaba con húmedos sueños de vez en cuando.
La sangre de demonio ya había desaparecido por completo y la marca violeta en su hombro derecho, así como las demás mordidas, ahora eran solamente rayas sobre su piel. En cuanto a las demás cicatrices, éstas disminuyeron hasta quedar como líneas levemente visibles. Realmente ya no le importaba el efecto físico de lo vivido. Sin embargo, el aspecto emocional, era imposible dejarlo completamente atrás y quizás tendría que pasar bastante tiempo antes de volver a tener apetito carnal por alguien de nuevo.
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Tres meses después.
Diana ya se había adaptado al cambio y ahora se sentía más tranquila en su nuevo lugar de trabajo. Únicamente tuvo un poco de dificultad al principio para adaptarse al horario y hacer nuevas amistades, pero poco a poco lo fue sobrellevando. Cierto sábado a medio día, paseaba por una plaza comercial buscando un restaurante para comer.
Inesperadamente, cuando caminaba junto a un aparador, mirándolo distraídamente, chocó contra alguien.
–Perdón, fue mi culpa, no estaba viendo y…– trató ella de disculparse.
–No hay problema, no ha pasado nada– contestó un hombre de llamativo porte.
La mujer se quedó por un segundo sin palabras, ese sujeto se le hacía extrañamente familiar, en algún lado lo había visto antes. Era pelirrojo, con ojos grises y de rasgos marcadamente atractivos. Su mente trató de buscar el recuerdo correcto, mientras el individuo ya se alejaba, no sin antes dedicarle una curiosa sonrisa.
– ¿Quién eres y porque te me haces conocido? – pensó desconcertada.
Decidió no darle importancia, sólo era otra persona en ese gran lugar, por donde transitaban cientos más. Rato después, comía tranquilamente en un local que tenía vista panorámica hacia la entrada de la plaza. En ese momento vio de nuevo al hombre de pelo rojizo que caminaba hacia la salida. Él pareció sentir su mirada porque volteó a mirarla directo a los ojos, mientras volvía a sonreírle.
Diana sintió nervios, porque en ese instante lo recordó, era el Inugami que había entrado al territorio del Oeste y se había atravesado en su primer y único intento de escape. Pero no podía ser él, porque no tenía aspecto sobrenatural a pesar de su llamativa presencia. Probablemente su imaginación le estaba jugando una broma muy pesada.
Él la miró por un par de segundos más, después se dio media vuelta y se alejó, perdiéndose en medio de la gente.
–No empieces a especular cosas que no son, Diana– se dijo a sí misma en voz baja.
…
Los Inugami siempre se quedan en sus tierras y más si tienen poder y jerarquía. No tienen necesidad de alejarse de sus dominios y tampoco tienen privilegios para hacerlo, dada su responsabilidad de reinado sobre un territorio cardinal. En cuanto a los que pertenecen a castas menores, ellos si tienen la libertad de ir y venir a donde quieran, buscando un mejor lugar para asentarse.
No obstante, han pasado siglos desde que los youkai y otras muchas criaturas sobrenaturales perdieron dominio y poder, sucumbiendo ante el crecimiento y presencia de la especie humana. Ahora ya no existen tantos como antes. Los que quedan, viven ocultos en tierras lejanas y aisladas. Otros más, caminan entre los hombres, con un elaborado camuflaje, arriesgándose, adaptándose y divirtiéndose al mismo tiempo.
Diana a veces los ha visto. Los reconoce no por su aspecto disfrazado, sino por el tenue pulsar de la marca en su hombro. No le tomó demasiado tiempo darse cuenta de que ésta reaccionaba con las criaturas sobrenaturales. Ella sabe que no son una amenaza para su seguridad y más cuando los ve alejarse inmediatamente al notar la línea violácea, la cual no es visible, pero saben que está ahí.
A pesar de que el veneno eliminó la sangre de Sesshomaru, no pudo borrar la cicatriz ni su extraño efecto de señal identificativa para otros demonios. Pero curiosamente, al Inugami pelirrojo parece no importarle, porque ahora se lo ha encontrado en más de una ocasión. Siempre sonriéndole pícaramente, como esperando una oportunidad para acercársele e iniciar una conversación.
Pero eso, ya es otra historia.
=FIN=
Bien, sólo espero que Diana no me guarde rencor por todo lo que la hice pasar jaja XD
De nuevo gracias por leer mis locuras.
