Amor
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Cabalgaron durante horas sin parar. Sin hablar. A veces, Isabella captaba luces parpadeantes de cabañas minúsculas y pequeña villas, en esos momentos pensaba en liberarse de los brazos de Edward y correr hacia su libertad. Pero el miedo y la confusión la mantenían paralizada. Miedo a las personas que podría encontrar. Confusión en cuanto al lugar en que se hallaba. Hacia donde se dirigían.
De vez en cuando, era como si fuesen las dos únicas personas vivas en el universo. Un universo donde no había nada mas allá de la oscuridad, iluminada por una u otra estrella.
Viajaban por el bosque, con las ramas de los árboles enganchándose en sus cabellos y sus ropas y criaturas nocturnas huyendo del camino a medida que pasaban. A cierta altura, sintiendo sus ojos feroces observándolos, Isabella gritó y Edward la estrechó con más fuerza contra sí.
— Es sólo un lobo — susurró en su oído — Tiene mas miedo él de ti que tu de él.
Edward no imaginaba cuan profundo era su temor. Respecto a su propia seguridad. En cuanto a la posibilidad de no volver nunca más a casa. Respecto a haber confiado en un hombre que de repente se le revelaba como un extraño.
Aún después de dejar atrás los ojos vigilantes de las criaturas de la noche, surgieron más aspectos atemorizantes. Voces. Risas. El olor al fuego de una hoguera, denunciando la presencia de personas en las proximidades. ¿Pero, qué tipo de gente sería, si dormían bajo las estrellas, sin techo, sin raíces? ¿Serían amigos o enemigos?
Como si tuviese la misma duda, Edward cambió de dirección el caballo. Siguieron una corriente de agua, hasta que Edward hizo que el caballo subiera un barranco para adentrarse nuevamente en el bosque.
Desde allí no se veía ni un pedazo del cielo, ni una estrella. Los árboles se unían formando una bóveda oscura e impenetrable. Los aromas, los sonidos, y el propio alma del bosque los rodeaban. Mas pacífico que amenazador, el ambiente le recordaba a un capullo caliente y acogedor.
El suelo se nivelaba en ese punto. El caballo proseguía a paso lento, laborioso, e Isabella ya no conseguía mantener los ojos abiertos. Superados el shock y el terror, el cansancio descendió sobre ella. Sus músculos se comenzaron a relajar. Con la cabeza apoyada en el hombro de Edward, ella se hundió en el sueño.
Fue la súbita ausencia de movimiento lo que despertó Isabella. Ella miró a su alrededor, desorientada. Por entre las ramas de los árboles, a luz del amanecer que ya se insinuaba, comenzando a pintar el cielo.
— ¿Dónde estamos? ¿Por qué paramos?
— No es seguro proseguir ahora. Vamos a pasar el día aquí.
— ¿Aquí? — Ella bajó la capucha y miró de nuevo a su alrededor — ¿En medio del bosque?
Edward desmontó y la ayudó a descender.
— Aquí, en el medio del bosque.
Atontada por el sueño, Isabella observó al irlandés conducir el caballo al arroyo para que el animal saciara su sed. Entonces, Edward lo amarró en medio de los árboles, oculto de la vista por el follaje.
De vuelta, Edward notó la palidez de Isabella, le tomó la mano y se abrió camino en un laberinto de árboles. En medio de la densa vegetación, bien escondida, había una cabaña de paja. Dentro, estaba demasiado oscuro para que Isabella pudiera distinguir algo.
Cuando Edward encendió un fuego, se reveló un interior rústico, pero acogedor, con una mesa y sillas toscas, además de una cama inmensa, cubierta con pieles de animales.
El guerrero revisó las alforjas y encontró hojas de te y galletas.
— Esto debe alcanzarnos hasta que pueda pescar algo para nuestra cena.
— ¿Cena? — A pesar del hambre, Isabella rechazó el alimento — ¿Estás pensando en mantenerme aquí?
Edward sorbió el te y partió una de las galletas.
— ¿Qué esperabas?
— Que tuviese la decencia de liberarme después del éxito de tu fuga.
— ¿Liberarte? ¿Aquí?
Ella se encogió de hombros, demasiado enojada y confundida para razonar.
— En cualquier lugar. Estoy segura que alguien en una de las villas por las que pasamos me ayudaría a llegar a mi casa sana y salva.
— Tal vez. Pero también podrían mirar a sus esposas e hijos, temblando de frío en la noche, y luego tu costosa capa y tu bello vestido, concluyendo que serías más útil muerta que viva.
Isabella se indignó.
— ¿Estás sugiriendo que me matarían por mi capa?
— Es posible. O por la peineta cara que llevas en tus cabellos. O el anillo en tu dedo. Esa gente pasa hambre, mi lady. Y, si descubriesen que tu padre es el poderoso lord Charlie Swan, consejero de la reina de Inglaterra, podrían cortarte el cuello sólo por eso.
— ¿Cómo puedes decir eso? Mi madre era Renée Doyle, de Dublín. Era una de ellos. Pertenecía a este lugar.
— No creo que eso fuese suficiente razón para un pobre granjero cuya plantación fue destruida por los soldados de la reina. O para aquel cuya mujer e hija fueron violadas por esos mismos soldados, mientras él cuidaba de su rebaño. Sólo tendrían en mente que tu padre es amigo del monarca que les chupa la sangre.
Perturbada con las imágenes suscitadas por las palabras del irlandés, y extremadamente fatigada, Isabella enterró su rostro en sus manos y comenzó a llorar.
— Entonces... ¿fue por eso que te volviste igual a los hombres que tanto desprecias? — preguntó, entre sollozos.
— ¿Es lo que piensas? ¿Que soy capaz de tomar a una mujer en contra de su voluntad? Puedes quedarte tranquila, mi lady. Tu virtud está a salvo conmigo. No soy como los carniceros ingleses, que violan y roban. Por otro lado, si tengo que matar algunos soldados inocentes junto con los culpables. En ese caso, soy, de hecho, como los hombres que desprecio. Pero alguien tiene que rebelarse y decir basta — Edward endureció su voz — Para mí, la gota que rebalsó la copa fue el asesinato de una muchacha que iba camino a su propio casamiento... Su voz flaqueó un poco — Y la masacre de toda su familia. Para otros, fue la madre, o el padre, o un hijo o una hija, violados, asesinados, simplemente por ser irlandeses.
— ¿Y eso justifica lo que hiciste anoche?
— ¿Anoche? — el guerrero bajó la taza de te y la miró a la luz del fuego — ¿A qué te refieres?
Isabella se enjuagó las lágrimas, pero continuaron cayendo.
— No me refiero tanto a mí. Merecía el castigo, después de haberme dejado embaucar. Nunca debí haber creído en un criminal. Acogerlo en mi casa... en mi corazón.
Cegada por las lágrimas, no vio la reacción de Edward ante su declaración. Él abrió los ojos y relajó los labios, en un esbozo de sonrisa.
— Pero Emily y Sam no merecían lo que pasó, Edward Masen. Tus hombres golpearon a un viejo y casi mataron de miedo a su esposa. Sin hablar de los caballos que robaron...
Isabella levantó el rostro. El irlandés sonreía. Sonreía. Para ella, fue suficiente. Se puso de pie. De un golpe, derribó la mesa, lanzando el te y las galletas por el aire.
— ¡Maldito, Edward Masen! ¿Cómo puedes reírte?
— Isabella. Hermosa Isabella. — Riendo, le tomó la mano y la llevó a sus labios. — Fue todo una farsa. Parte de nuestro plan.
— ¿Farsa? — Ella desprendió la mano, su mirada se estrechó — ¿Cómo?
— Sam participó del plan. Y Emily también. Usamos la sangre de una gallina.
— ¿Sangre de gallina? — Isabella recordó la apariencia del viejo cochero, con las ropas rasgadas, la cabeza sangrando profundamente — ¿Me estás diciendo que Sam no fue golpeado?
— ¿Por qué lastimaríamos a un leal hijo de Irlanda? El hombre arriesgó su vida dándonos refugio mientras curábamos nuestras heridas. Si no fuese por Sam y su amada Emily, mis hombres y yo hubiéramos muerto después de la batalla en el puerto.
A Isabella le llevó algún tiempo digerir la información. Entonces, con las manos en la cintura, miró al guerrero.
— Si es verdad, ¿por qué no me contaron sobre el plan?
— Sam y Emily no tenían la certeza de que su joven ama conseguiría mentir de un modo convincente. Sin conocimiento del plan, reaccionaste exactamente como lo habíamos previsto. Con horror, shock e indignación.
— Entonces... ¿ellos sabían todo? ¿Y tu y tus hombres, también?
Edward confirmó.
— ¿Y me dejaron sufrir y llorar toda la noche, sin decir una palabra?
— Perdón, mi lady. No había tiempo para explicar. En caso que te hayas olvidado, los soldados de James habían llegado antes que yo consiguiese escapar. Y, durante nuestra fuga, casi nos descubrieron varias veces. Yo tenía mucho en que pensar.
— Mucho en que pensar... — Isabella dio media vuelta, para esconder sus lágrimas de alivio — Oh, Edward, si hubiese imaginado... No sabes cuanto te odié, cuanto me odié por haber confiado en ti.
Ella sintió una manos fuertes en sus hombros, al mismo tiempo que Edward la apretaba contra sí. Con el rostro enterrado en sus cabellos, murmuró:
— Espero que consigas perdonarme, Isabella. No se trataba sólo de huir. Yo tenía que asegurarme que la reputación de todos los que me ayudaron saliese ilesa de toda esta situación, ¿entiendes? Si yo no convencía a James de que tu casa había sido usada sin tu conocimiento o deseo, todos sufrirían. Sam y Emily tendrían una muerte segura. El buen nombre de tu padre quedaría arruinado, sus propiedades serían confiscadas por la corona de Inglaterra. Por eso, tuve que traerte conmigo a la fuerza. Para que James nunca dudase de ti. De nosotros.
Isabella volvió a llorar. Y esta vez no consiguió parar.
— Oh, Edward... — Volviéndose, se abandonó en los brazos del guerrero, empapándole la túnica con lágrimas — Nada de eso jamás se me pasó por la cabeza. Que bueno que conseguiste pensar tan rápido. Estoy eternamente en deuda contigo.
— No, mi lady. Pagué poco a cambio de todo lo que hiciste por mí. — Él enjuagó las lágrimas con sus dedos pulgares — Ahora, sécate tus lindos ojos y descansa en la cama mientras levanto la mesa y preparo más te y galletas.
Isabella se acurrucó debajo de las pieles suaves y observó a Edward moviéndose por la cabaña minúscula, arreglando el lío que ella había causado en un arranque de furia. Un peso terrible le había sido quitado de sus hombros. Y el bárbaro malvado y perverso volvía a ser el héroe noble en el que ella siempre había creído.
Movió los dedos de los pies y estiró los músculos tensos y doloridos. Edward había garantizado su seguridad y la de sus queridos criados y había salvado su reputación, así como la de su padre. Él se había preocupado por su seguridad aún cuando ella lo había maldecido por eso. Ahora, al menos por algún tiempo, estaría segura, protegida y caliente.
Cielos, era demasiado bueno para ser verdad.
En el sopor de la euforia, una vez más se sumergió en el sueño.
Edward se quitó las botas, amontonó varias pieles contra la cabecera de la cama, formando una almohada, y se acomodó al lado de Isabella adormecida. Con la jarra de cerveza junto a sus labios, susurró una plegaria de agradecimiento por el alma caritativa que había dejado tantas provisiones en la cabaña. Si al menos pudiesen contar con ese alivio en el resto de la odisea... Era un deseo improbable, bien lo sabía. No le importaba por él. En los últimos dos años, había aprendido a vencer las adversidades. Pero ahora tenía que pensar en Isabella.
Contemplándola, alternó una sonrisa con su preocupación. Ella dormía tan tranquilamente. Como un ángel venido del cielo. Y era un ángel. Uno que no se merecía nada de aquello. Odiaba pensar en los peligros a los que la había expuesto.
Nunca le desearía esta vida. No la había elegido, sin embargo, no había como volver atrás las cosas. Ella pasaría noches interminables en la silla de montar, huyendo de cada fantasma y sombra que se cruzara en su camino. De día, tendría que esconderse como una ladrona.
Se acordó del coraje y la dignidad al creer que había sido secuestrada. Debía haber sido una pesadilla para ella ver a sus criados lastimados, su propia vida dada la vuelta de un minuto para el otro. Pero ella no se había desmayado, ni se había desesperado.
Manteniendo la compostura, había demostrado un espíritu inquebrantable y un temperamento maduro. No era extraño que ya la quisiese tanto.
Amor.
La idea lo acertó como un rayo, dejándolo atontado y perplejo. No había planeado amarla. Apenas había aceptado el refugio que ella le había ofrecido. Y de buen grado habría aceptado cualquier otra cosa que ella le hubiera dado... Pero eso había sido antes. Antes que el deseo se hubiera transformado en otra emoción más profunda.
Amor.
Sabía lo que era el amor. Colocar en primero lugar la vida y el bienestar de otra persona. Que alguien te importara tanto que ningún sacrificio era demasiado grande, ningún precio era demasiado alto. Saber, en lo profundo del corazón, que preferiría morir antes que verla lastimada.
Amor.
Con el amor, venía la responsabilidad. De algún modo, tenía que informar al padre de Isabella que ella se encontraba a salvo. A esas alturas, ya debía saber que su hija había sido secuestrada por Corazón Negro Masen. Tenía que actuar rápidamente para aliviar a lord Charlie Swan del terror.
Edward bebió el resto de la cerveza y posó la jarra al lado. Relajado, se acomodó bajo las pieles al lado de Isabella, con cuidado de no tocarla. Pues, si la tocaba, nada lo detendría. La quería tan desesperadamente, la amaba tan completamente que ni un regimiento de soldados ingleses conseguiría apartarlo de ella, una vez desencadenada la pasión. Sin embargo, no tenía derecho a declarar su pasión. No mientras su cuestión pendiente con Felix no se resolviese. Como hombre honrado, debería devolver a Isabella a su padre en el mismo estado en que la había encontrado. Casta. Sana y salva. Con su virtud intacta.
Tendría que cambiar sus planes debido a ella. No podía arrastrarla por el país mientras buscaba a Felix. Una mujer como Isabella precisaba refugio seguro.
La respuesta pronto surgió. Iba a llevarla a su casa. A Ballinarin. Aunque hubiese planeado no volver a su hogar antes de completar su venganza, tendría que romper ese juramento. La seguridad y la paz de Isabella venían en primer lugar.
Adormeciéndose se imaginó como reaccionaría su familia ante la idea de dar refugio a la hija de lord Charlie Swan.
El sol ya estaba alto en el cielo cuando Isabella se despertó. Ella miró a su alrededor y no vio a Edward, sino las pieles a su lado que todavía conservaban marcas de su cuerpo musculoso. Recostándose, asimiló la idea de que habían compartido la misma cama. Una sensación extraña... e inquietante.
La puerta de la cabaña se abrió y el objeto de sus pensamientos entró con un pescado.
— Ah, despertaste. Buenos días, mi lady. ¿Cómo pasaste la noche?
— Confortable, como si estuviese en mi propia cama. — Isabella le dio un sonrisa tímida y seductora. — En realidad, hasta mas cómoda, sabiendo que estabas aquí conmigo, para protegerme...
Edward notó el rubor en su rostro angelical y se odió por los pensamientos que había tenido.
— Si quieres lavarte, tienes agua fresca y toallas.
Con eso, se concentró en limpiar los pescados, determinado a no pensar en nada más.
Isabella salió de la cama y fue hasta la fuente. En el espejo roto, pudo verse, con cabellos desordenados y sueltos sobre los hombros, el rostro sucio, el vestido arrugado y rasgado por los arbustos. No era, de forma alguna, una apariencia deseable. Mas ahora, que estaba a solas con Edward.
Con agua y jabón, remedió los peores daños y entonces desenredó los cabellos con los dedos. Inclinándose hacia adelante, formó con ellos una gruesa trenza.
Al otro lado de la sala, Edward intentaba no mirarla. Pero había algo tan íntimo en observarla lavándose el rostro y arreglando sus cabellos. Eran quehaceres comunes, sólo que a él le despertaba lujuria. Tenía que aferrarse al borde de la mesa para no atravesar el cuarto y tomar Isabella en sus brazos.
Ella lanzó la trenza hacia atrás, alisó las faldas y se volvió. Viéndolo en agonía, corrió a su encuentro.
¿Qué pasa, Edward? ¿Cuál es el problema?
Él sacudió la cabeza, intentando quitarle la preocupación.
— Nada. No fue nada.
— Estás mintiendo — Isabella posó su mano en su brazo — Oíste algo. Viste algo. Algo que te asustó. Lo sé.
Edward apartó el brazo como si su contacto lo quemase.
— Voy a... buscar agua al arroyo.
Tenía la esperanza de que el aire fresco le aclararía las ideas.
— Tienes agua en el jarro — Isabella fue a buscarlo — ¿Dónde quieres que la vuelque?
— En esa olla — Él se rehusaba a mirarla — Vamos a hacer te.
Inmóvil, la observó apartarse. Entonces, aliviado con la distancia entre ambos, acabó de limpiar los pescados y los puso en una fuente. Antes que los llevase al fuego, Isabella la tomó. El roce de sus manos lo hizo arder de deseo.
— Puedes dejar que yo cocine, Edward.
Él la observó mientras les daba la vuelta a los pescados cuando comenzaron a dorarse. Intentó mantener una conversación impersonal.
¿Cocinas tan bien como Emily?
Ella se rió.
— ¿Quién crees que me enseñó?
Parecía tan cómoda preparando esa comida simple en una cabaña modesta. Lo incitaba a tomarla en los brazos y a besarla hasta que ambos se quedasen sin aliento.
— ¿Y tu madre?
— Ella siempre tuvo una salud frágil. Pasaba días, semanas, sin salir de la cama. Prácticamente, fue Emily quien me crió. Era ella quien cuidaba de mis heridas y quien me ponía a dormir. Fue ella quien me enseñó a cocinar y a coser.
Sintiendo cuan solitaria había sido, Edward pensó en su propia familia, ruidosa y afectuosa.
— Cuando supe que iba a morir, mi madre le imploró a mi padre que la trajese a Irlanda. Quería morir en la casa de su familia, rodeada por los que la amaban.
Edward casi llegó a tocar los cabellos de Isabella, pero retrocedió. La idea de pasar los dedos entre las mechas, de enterrar su rostro en esa cortina de seda, lo hacía jadear.
— Sé cómo se sintió ella. Yo también querría ser enterrado en Ballinarin.
Isabella se volvió del fuego y comenzó a disponer los pescados en una bandeja. Cortó un pedacito, y lo llevó a los labios de él y dándole una sonrisa radiante.
— Ahora, me vas a decir si Emily ha sido una buena profesora o no. Atontado ante el contacto de sus dedos delicados con sus labios, Edward no distinguiría el gusto del pescado del de cenizas. La sangre que latía en sus sienes perturbaba sus sentidos. Consiguió tragar el pescado y pensar en una forma de huir.
— Casi me quemé... Tengo que cortar leña para el fuego.
Confundida con esa reacción, Isabella borró su sonrisa.
— Pero tenemos mucha leña al lado de la chimenea.
— No es suficiente — Bruscamente, la sujetó por los hombros y la hizo a un lado, tomando el rumbo de la puerta.
— Edward, el pescado se va a enfriar...
— una pena.
Él no la miraba. No podía. Abriendo la puerta, salió ahogado, inspiró profundamente el aire fresco. A veces, un hombre tenía que hacer lo que era necesario para pensar con la cabeza y no con su entrepierna.
Boquiabierta, Isabella vio a Edward salir de la cabaña casi corriendo. Entonces, triste, tomó un pedazo de pescado y lo probó, imaginando que lo había estropeado. Pero estaba bueno. Delicioso. Ni Emily lo habría hecho mejor.
Se sentó en el borde de la cama, pensativa. Si Edward no se había escapado por el pescado, había sido por algo que ella habría dicho. Pero por más que intentaba recordar la conversación, no descubrió lo que podría haberlo espantado como si lo persiguiera una legión de demonios. Había intentado, de todas formas, demostrarle cuanto apreciaba estar allí con él. Estaba más que feliz. Exultante. En esa cabaña pequeña, no tenían que esconderse de los criados. Ni atender visitantes indeseados. Estaban solos.
Completamente solos. Y libres para hacer lo que quisiesen.
¡Oh, quería tanto agradar a Edward! ¿No le había dado su sonrisa más cautivante? ¿Él no había notado la invitación en su mirada? Tendría que ser ciego para no darse cuenta de la invitación a que avanzase. En vez de acercarse, él había huido como si ella fuese la peste. ¿Por qué? Edward se había mostrado tan osado en su casa, en Dublín... ¿Qué había cambiado?
Todavía sentada, reflexionando sobre cada palabra y cada actitud que había tomado, de repente se acordó de lo que él le habría dicho la noche anterior. Su virtud está segura conmigo, mi lady.
Se Cubrió la boca con la mano. Oh, cielos. Él actuaba así por ella... ¡por su virtud! Para conservarla casta y virgen. Pero... ¿por eso se había perdido la cena? ¿Por eso, había ido a cortar leña fuera, en vez de quedarse en la cabaña caliente?
Se levantó y comenzó a caminar en círculos. Tendría que tragarse el orgullo e informar a Edward sobre cómo se sentía.
Si al menos Emily le hubiese hablado de las relaciones entre hombres y mujeres tan abiertamente como le había enseñado a cocinar y coser...
Camino a la puerta, rogó para que Edward Masen no le dificultase todavía más la tarea que tenía por delante.
Bueno pues la virtud de Bella, me parece que la va ha poner en peligro ella misma...jajajaja. quien puede culparla¿? yo no. jejejejejej... en el prox. cap... mis niñas... mis disculpas, ayer por la tarde la conex. a internet, me falló y hasta esta mañana no he podido conectarme... muakis.
