La primera mentira que ella dijo desde que conoció a ese hombre —su vecino— fue que nunca se había enamorado
Pero vaya que sí, lo cual y a su gran pesar, Samejima ya había conocido el amor.
La chica solía asistir a una preparatoria cercana al departamento de sus padres —cuatro cuadras para ser exactos— dentro de un edificio enorme en Shibuya, Tokyo. En aquel edificio vivían alrededor de aproximadamente cuarenta personas, pero no entre todos ellos existía algún vínculo de amistad u otra relación. La familia Samejima tenía una estrecha amistad con la familia Maeno, relación que se pactó desde que ambos matrimonios nuevos se mudaron por coincidencia el uno al lado del otro en ese conjunto departamental. Para suerte de ambas esposas, igual estando embarazadas en sincronía, lo cual les ayudó a cultivar una cercanía más pragmática, sus hijos nacieron con dos meses de diferencia el uno del otro. El pequeño Towa Maeno nació el dieciocho de Julio y la pequeña Kyoko Samejima el veinte de Septiembre. Aquellos chicos jugaron juntos, se bañaron juntos, comían juntos, dormían juntos y crecieron juntos, eran considerados un dúo inseparable que atravesarían todo juntos. Y como en toda historia de amor, el diminuto mundo a su alrededor creyó que ellos terminarían casándose. Pero esos dos chicos sólo se veían como hermanos, hasta en aquel momento.
Quizás, alguno de esos adolescentes era un ser que veía esas contrariedades como placeres vitales, placeres que le imploraban ser satisfechos.
En la Primavera de su primer año de instituto ocurrió un cambio dentro de las percepciones de sí mismos, aquella campanada que marcaba el comienzo de algo nuevo simbró en el interior: el porvenir. Después de todo, la Primavera significaba un cambio...
Sus pies se desplazaban a cada paso encima del asfalto que se encontraba debajo de ellos y que revestía las calles poco transitadas, otorgándole el permiso y posibilidad de llevarla hacia el instituto. Sus útiles escolares no eran sus únicos acompañantes durante esos trayectos matutinos, jamás había asistido al colegio sola, ni tampoco imaginó que pudiese existir tal realidad. Towa siempre se encontraba ahí, a su lado, haciendo sonidos con la boca como tontos intentos de canciones tarareadas, caminando a su costado, sus manos rozando con las suyas, riéndose de ella cuando sus coletas resultaban algo desaliñadas o sonrojándose cuando ella decía algo para incomodarlo o burlarse de él. Samejima siempre pensó que Towa estaría ahí a pesar de todo porque eso fue lo que prometieron, lo que habían jurado desde pequeños, un pacto que ninguno soñó si quiera destrozar o hacerlo culminar. Eran amigos de la infancia, mejores amigos, tal vez hermanos, pero Towa no se conformaba con eso. Él quería abrazarla, tocar finalmente su mano y entrelazar sus dedos, en vez de tener el dorso de ambas acariciándose inocentemente entre ellas al andar y limitarse exclusivamente a contenerse y anhelar a la distancia, quería robarle muchos besos cuando ella menos se lo esperase y que ella le diera los buenos días con esos besos brevísimos que él creía que ella únicamente accedería a regalar; Towa sólo quería amarla con todo lo que podía aunque estuviera corto de experiencia y ella fuese su primer amor, y él fuese el suyo.
—Me gustas, Kyoko, desde hace mucho, mucho tiempo. Por favor, sal conmigo.
Tenía los ojos nublados, el brillo de sus ojos titilaba como estrellas en un oscuro firmamento, no le apetecía llorar ni motivos se encontraban para tal, pero su respiración disminuía, su corazón dolía, ardía y repiqueteaba. Samejima jamás idealizó que Towa se sintiera así por ella o que ella fuera capaz de hacer sentir a alguien de aquella forma tan foránea con respecto a lo que conocía y había experimentado, ni sus adorados mangas shoujos fueron de ayuda para percatarse. La chica no pensaba rechazarlo porque si no analizaba sus palabras con cautela, o medir la extensión de cada una, toda esa amistad construida se esfumaría; pero tampoco consideraba aceptarlo tan a la ligera cuando ningún sentimiento cercano al amor floreció en ella al escucharlo. Tomó una bocanada de oxígeno, relajó sus músculos mientras dejaba que todo el aire fluyera hacia sus respectivos lugares para cumplir con sus cargos, no tardó en partir los labios dispuesta a hablar.
—No tienes que dar tu respuesta en seguida... Sólo lo dije para que comenzaras a valorarme como un prospecto amoroso, un hombre ante tus ojos. Te he observado estos últimos años y sé que, al menos por ahora, me estimas como un amigo, pero estoy listo para modificar eso, tonta —Towa le arrebató la oportunidad. El pobre chico se expresaba como si estuviera avergonzado, porque lo estaba y tenía unas mejillas resplandecientes en el rostro como simples pétalos de cerezo fusionados con estrellas, habiendo reunido las suficientes agallas para confesarse a la mujer que amaba. Ahora solamente restaba que ella fuera la que empezara a girar y cambiar. Alzó la mano y se dispuso a revolver esa coleta con tres palmadas en su cabeza.
Samejima se encontró así misma con su rostro escociéndose. Mantuvo el silencio en el regreso a casa y en el resto del día.
El problema de una declaración era que, si uno no contemplaba a esa persona con esa mirada singular y similar al de una atracción, ahora se vería obligado a hacerlo por la curiosidad. Unas cuantas palabras, tan sencillas como complicadas de gesticular, están capacitadas para ocasionar un fenómeno tan devastador como una lluvia torrencial, o igual de encantador como las cálidas lluvias en verano, hacer que todo se detenga en un segundo o que todo se transforme en un segundo, recordando siempre que las palabras tienen el poder de cambiarnos, tanto como para arruinarnos o mejorarnos.
Desde aquel día Towa desechó toda consideración hacia su amistad, olvidó la estrecha lejanía que los apartaba e irrumpió con fiereza dentro de los pensamientos de la chica que amaba desmedidamente. Seguía acompañándola en el camino de vuelta, todos los días, comía con ella en el almuerzo en cada oportunidad que se le presentara y hacía lo imposible para que eso fuera a diario, utilizaba su tiempo libre para enviarle mensajes de textos a cada momento y hasta donde su celular le permitía, él quería apropiarse del lugar más inmenso que su corazón fuera capaz de brindarle; pudiera parecer irritante y para un extraño creer que el fracaso sería lo más sensato, pero Samejima era el tipo de chica en quien las acciones más extrañas y toscas funcionaban. Si ella se caía, él le curaba le herida y se la besaba. Si ella lloraba, él acudía a su consuelo y le secaba las lágrimas con tiernos besos. Si ella sufría, él estaría encantando de quitarle aquel suplicio y ser él quien cargue su dolor, arrebatárselo sin atreverse a compartir el peso para convertirlo en suyo. Si ella sólo lo quería, él estaría dispuesto a amarla el doble por ello.
Cinco meses fueron los que faltaron para que ambos comenzaran a salir, tres meses para que la pelinegra lo reconociese y cuatro para que lo admitiera en público. Justamente cinco meses para que fuera el turno de Kyoko Samejima de confesarse ante él con pocas palabras, típico de la muchacha. Cinco meses fueron lo necesario para enamorarse de esa manera lacerante y desgarradora, pero de alma apacible y lacrimosa. Todo lo que involucraba estar contagiado de ese martirio intrínseco.
Sus familias se alegraron, realizando una pequeña reunión entre ellas para celebrar a la nueva pareja, sus amigos no paraban de decir que ya iba siendo hora y que Samejima había sido igual de lenta como un caracol para tardar en percatarse de sus sentimientos hacia su amigo de la infancia, ahora su novio. Esa noche se despidieron el uno del otro nerviosos, las manos trémulas pero acompasadas en una escultura corpórea; Towa aprovechó el momento en que su chica se encontraba cabizbaja e inclinó la cabeza sigilosamente para pegar sus labios sobre los suyos y así, egoístamente, despojarla de su primer beso y no sentir culpa ni lamentos por hacerlo, porque el amor convierte en un egoísta y en un avaricioso hasta al ser más tierno e inocente, cuyas tinieblas obstaculizan la pureza celestial del amar.
Dos años y medio, y muchas primeras veces intercambiadas por ambas partes, fueron lo necesario para que este romance juvenil acabara y una nueva etapa iniciara en sus vidas. Al parecer, el primer amor no era el más duradero, sino que resultaba ser el más doloroso y cuyo dolor siempre estaría patente en el inhóspito recuerdo, acechando la inocencia inhibida de su presa cuando ésta pierda la noción y se despiste, devorándola con sátira y un sádico ósculo helado.
Towa se fue a la Universidad de Hokkaido. Samejima optó por la Universidad de Tokyo. Él siguió adelante con su vida. Ella lloró por tardar tanto en olvidarle.
—No quiero terminar contigo al entrar a la Universidad —Él utilizó una voz áspera y firme para saciar los deseos de estrecharla entre sus brazos—. Podemos permanecer juntos, tener una relación a distancia y nos podemos ver todos los fines de semana. Prometo tomar un tren en cualquier momento que me sea posible para venir a verte —Sus palabras fueron perdiendo fuerza cuando su novia comenzó a derramar minúsculas gotas cristalinas por sus orbes oscuros, pareciese un río, pero Towa vislumbró que no era eso, sino que algo más, y peor. Tantos años le llevó obtener lo que tenían ahora, y en una milésima de segundo lo perdió todo. Quizás, ese dicho que no todo lo bueno es duradero era cierto, y quería hacer lo imposible para demostrar su falsedad—. Tengo una vida planeada contigo y carece de significado alguno si no se le aplica el "contigo". Ayer, en el Hanami, me percaté de que ese es lo único que quiero de todo lo que me pudieran ofrecer: quiero estar siempre, siempre con Kyoko. Es el primer sueño de mi alma, remotamente de ser el último.
—No. Esas cosas idiotas no funcionan, así que deja de imaginar que tú y yo podemos seguir juntos mientras tengamos distancia —No sopesó la magnitud de lo que espetaba—. Hemos estado toda nuestra vida juntos y estar separados nos llevará al infierno, directo a la infelicidad por no estar acostumbrados —Escupió esa sarta de frases que en su cabeza iban amotinándose como un torbellino atrapado en un frasco. Samejima jamás había sido de hablar mucho, o de expresarse demasiado, y mucho menos el tipo de mujer que dijera todo lo que pensara. Estaba molesta, enojada, locamente cabreada con él, pero sobretodo con su persona. ¿Cómo podía ser ese estúpido tan egoísta? Era lo que retumbaba en sus sienes. ¿Por qué ella era más egoísta y no le dejaba cumplir su sueño de ir a la Universidad para la que aplicaba y seguir con ella al mismo tiempo? Desgraciadamente en la vida no todos los sueños se pueden cumplir y nos tenemos que conformar con lo que se adquiere, se quiera o no, se sufra o no. Samejima confiaba en su juicio de que distanciarse era lo mejor.
Esa noche terminaron.
Una semana después Towa Maeno se marchó, y entre ese lapso, sus pláticas se redujeron a unos cuantos intercambios de oraciones cortas. Siempre supuso que lo había liberado de una condena de latigazos de oro.
Tres años después se volvieron a reencontrar.
—Oi, Kyoko. ¿Qué tal la Universidad? —Se encontraban en el balcón que estaba afuera de ambos departamentos, él tenía una lata con café helado y la mujer una botella de té verde.
Era de noche, un invierno, precisamente una Navidad, y una parte de sus cuerpos se reposaban en las varillas metálicas que evitaban que ellos cayeran contra la nieve. Años atrás estuvieron en la misma situación, sólo que, a diferencia, el muchacho tenía su mentón apoyado en la cabeza de Samejima mientras que la estrechaba, utilizando la vieja excusa de que ella mencionó sentir un poco de frío. Samejima sabía que Towa era un tonto, pero los tontos enamoran con sus actos torpes porque resultan jodidamente adorables. Esta vez era lo contrario: mantenían cierta lejanía apabullante y seca.
—Lo usual. Me falta un año para finalizar.
—Ya veo, ya veo. Me alegra —Sonrió irradiando esa aura tibia de ternura. Samejima se detestó porque su corazón comenzó a latir después de tanto, además de que esa rústica sonrisa mantenía un efecto sobre ella. Se sonrojó —. Por cierto, lamento no haber venido las últimas dos Navidades pasadas... Mis amigos eran esas personas que organizaban grandes fiestas entre sus amigos y no me permitieron faltar. Ya sabes, me amenazaron... —Su tono de voz suave era como agujazos en sus tímpanos —. Y no creo lograrlo para la próxima.
Antes de darle un trago más a su té, giró la cabeza desconcertada.
—¿Por qué?
Le dio un sorbo a su bebida.
—Estoy pensando proponerle matrimonio a mi novia cuando nos veamos en Año Nuevo.
Ahora sí, sus aurículas comenzaron a sangrar y únicamente sintió como su corazón campaneó alrededor de su cuerpo devorando todo ese llanto que quiso silenciar y que jamás se permitió expulsar.
Duele.
Arde.
Repiquetea.
La editora de mangas shoujos de cierta editorial, Kyoko Samejima, sostenía entre sus manos un ejemplar de Grandes Esperanzas de Charles Dickens que le fue obsequiado en Navidad por un respectivo maestro algo singular.
Philip Pirrip (Pip para acortar), el protagonista del libro, era un niño huérfano cuya vida se había reducido a permanecer junto a su hermana mayor y al marido de la misma, sentenciado a continuar con el negocio familiar: ser aprendiz en la herrería Gargery. Ciertos eventos sucedieron y la suerte del muchacho se vio afectada, involucrándose con gente noble, tal como Miss Havisham y la hermosa Estella, y recibiendo la fortuna de un misterioso benefactor.
La chica leía el libro, hubo instantes donde lo encontró súbitamente tedioso y pesado al principio —a parte de su gran extensión—, pero conforme fue adentrándose más a la historia y analizando las personalidades de los personajes, sus dificultades y complejidades, los altibajos de sus acciones, encontró cierta fascinación por el comportamiento altanero y cruel de la jovencita Estella. Por un segundo se le cruzó la posibilidad de parecerse a esa mujer, sin embargo, ¿Era eso posible? Ambas despreciaron a los hombres que recién entraron a su vida sin anticiparlo, sacando falsas suposiciones sobre ellos, aunque al final terminaron aceptándolos por arriba de su orgullo.
Y ambas terminaron enamoradas; las dos reacias a aceptarlo.
Samejima recién había comprendido porque le obsequiaron ese libro en particular. Quizás ese hombre no lo sabía, ni tampoco tenía la mínima idea, pero acertó con su elección. La obra la ejemplificaba a ella en diminutos rasgos de cada personaje, transformando el libro en su mera persona y principalmente en Estella.
Ese idiota sabelotodo...
Finales de Marzo
—¿Nunca has roto el rollo de sushi y te lo has comido de esa forma inusual? No es por nada, pero yo lo como de esa manera cuando estoy solo... ¿No te importa que lo haga ahora? Ya que Samejima-san es muy conservadora y estamos en un lugar público...—Preguntó muy animado el profesor de Historia al partir los palillos desechables y tomar con ellos un sushi completo, teniendo un su barbilla reposada en su palma izquierda. El calor primaveral buscaba su lugar a través de los finos tejidos de una camisa azul a cuadros. Tan pronto como ingirió toda esa rodaja en un jalón, provocó que los palillos chocaran entre sí y emitieran un sonido astilloso, siendo una demostración de que el sushi estaba realmente delicioso. Su acompañante lo examinaba con esa mirada indescifrable y neutra; empero el hombre no tenía ni la menor idea de que ella estaba pensando en él, cual forma peculiar para hacerlo con discreción. Los pensamientos de la mujer se concentraban en aquella repentina invitación a cenar en pleno día laboral ¿Y él había sido igual de impulsivo y libertino cuando salía con otras mujeres? Una punzada camuflada asestó en su pecho, procurándole la más severas de las inseguridades.
La verdad era que él se sentía solo y cuando ella estaba a su lado su corazón tintineaba melodías infrasónicas, aspirando la llegada de alguien que pudiese interpretarlas y entenderlas, no obstante, era indiferente a la definición de esa alteración instintiva. Y por eso la invitó: le hacía sentir felicidad al menos cuando estaban juntos.
Grandes muros de bambú estaban incrustados en el suelo y se extendían hacia la determinada altura límite que tapizaban el entorno del local, las mesas no eran del mismo material —no por completo— pero habían unas cuantas placas de madera bordeando la parte de encima, el aroma del aceite, de los mariscos, del arroz y de las verduras y hierbas buscaban su lugar para infiltrarse dentro del olfato, y el vapor que iba destilándose de las ollas y sartenes provocaban que los clientes cercanos a ellos se empaparan de gotas de sudor en la frente. El ambiente, por más petulante y que al salir de la tienda el cuerpo se sintiera grasiento, el sabor de los platillos era incomparable al de otros puestos. Lo más humilde de toda la morada era el retrato de una mujer joven en el anaquel más grande, dejando la conclusión de que su construcción fue exclusivamente para esa función nostálgica.
—Has lo que quieras.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Segura, segura? ¿Realmente segura? —Inquirió ciñendo su voz de timbres extraños y escasos de virilidad alguna. No paraba de sonreír como un infante en plena excursión escolar.
—Sí. Eres algo irritante, ¿Lo tenías en cuenta, Shishio-san? —Respondió tajante. Era verdad, no le importaba en realidad lo que gente desconocida pensase sobre ella o sobre ellos, sólo quería comer. Shishio sonrió y empezó a romper unos cuantos rollos, contemplando con diversión el contenido de cada uno porque desconocía, en su mayoría, los ingredientes, tenía el rostro muy parecido al de un niño fascinado en plena nevada. Primero se comió el arroz con el alga, y luego el relleno; no tardó en vaciar casi por completo su plato, ya que sólo le restaba un rollo entero; Samejima desplegaba sus propios palillos cuando se escuchó la madera crujir, entonces sus destinos partieron. Una mala metáfora para dos simplones pedazos de madera.
Alzó los ojos y se encontró con la mirada contraria, sus globos oculares se cruzaron como si estuvieran esperando a que alguno de el primer paso. Un nerviosismo fue surgiendo en su cuerpo que le impidió sentirse cómodo, tuvo la intención de cesarlo mediante decir algo involuntario para dispersar esa atmósfera pesada.
—¿No quiere mi último rollo, Samejima-san? Estoy seguro que usted lo va a disfrutar, le aseguro que es muy nutritivo y tiene un rico sabor. Incluso...-Movió los dedos indicándole que se acercase, pero la chica desconfió un poco porque el mayor se encontraba sonriendo, como un pícaro de las obras de Cervantes. De todos modos, acercó su oreja y él estuvo dispuesto a susurrar—. He escuchado que es bueno para bajar las tallas extras cuando se ha estado comiendo más de lo normal...
Samejima presionó los labios y frunció el ceño, quedando completamente rojiza por tal insinuación. Shishio comenzó a reírse con los ojos lagrimeándole por la inocente broma que le hizo, pero ahí se quedaba todo, él no era un tipo que le interesase lo físico, ya que para su opinión era lo de menos. No únicamente eso, Shishio pensaba que Samejima-san estaba increíblemente linda con su actual aspecto, aunque en otros días utilizaba la palabra "hermosa" para variar cuando la veía. Los adjetivos que para él la describían no bajaban de "linda", "hermosa" y "bonita", ósea que, escalaban hacia otros que expresen con mayor certeza lo que Samejima era para él. Vaya, era un buen amigo.
La chica arrugó la nariz algo ofendida por lo reciente como si estuvieran mancillando su reputación, el maestro se percató en el instante. Levantó la mano y la dejó caer delicadamente en la cabellera azabache de su vecina, y comenzó a palmearle la cabeza suavemente, cepillarle el cabello con caricias aminoradas para que ella se relajase y comprenda que sólo había sido un chiste infantil, sin fin de ultrajarla.
—Fue broma, fue broma, tranquila... Yo francamente no pienso eso sobre Samejima-san, en realidad creo que usted, tal cual como está ahora, es muy... —Se detuvo en el momento justo, estaba a punto de decir algo que ni en su más sano juicio gesticularía pero sus mejillas ruborizadas fueron un pago por su crimen inocente, así como la seriedad con las que sus palabras fueron emitidas e interpretadas. Samejima concentró su vista en el detallado rostro de Shishio al preguntarse porque se calló y finalizó el movimiento de su mano, atisbando que éste yacía en una totalidad carmesí y distinguiendo que ella no hacía más que emparejar su expresión, o superarla, sumada la despedida de su inexpresividad. Algo le hizo sentir diferente al identificar ese tono serio para referirse a ella, parpadeó para no flaquear; el hombre tragó saliva y deslizó su mano hasta el hombro derecho ajeno, olvidándose que estaban en un restaurante—. Samejima-san es preciosa tal y como es en este presente. Esos son mis únicos pensamientos y espero que no tenga inconveniente alguno al que haya opinado así sobre usted...
La chica no aguantó la risa un segundo más y estalló. Todo los demás clientes se les quedaron viendo de reojo, pero ella no paraba de reír y Shishio no comprendía el por qué. ¿Había dicho algo mal? ¿Fuera de lugar? ¿Gracioso? ¿O inapropiado? Pero tenerla riendo era algo inimaginable y relajante, demostraba que era igual de humana como todos. El pelinegro se encorvó al encontrarse muy avergonzado y sonrojado, puesto que ocultó la cara con unos cuantos mechones largos que le caían encima.
—Shishio-san. ¿Usted no entendió mi broma? —Calmándose ya, le tocó el dorso de la mano con su dedo índice sin importarle algo trivial como el contacto físico, profiriendo tal cuestión con la voz algo agitada todavía y valorando a Shishio a modo de alguien relativamente cercano, y cómo no hacerlo después de pasar tanto tiempo a su lado.
—¿Eh? —El incrédulo espetó chillonamente, salvo que no del mismo agudo con que lo haría una mujer.
—Era una broma como venganza. Usted debe mejorar las suyas para que sean más creíbles y no las terminen usando en su contra. Desde el principio noté que era forzado —Argumentó para darle entender sus términos. Alejó su dedo y plantó ambas manos en el borde de la mesa.
—Ya veo, no sabía que Samejima-san era de esas chicas con un sentido del humor peculiar. Me agrada la idea de estar conociéndola más.
—Todos tenemos uno, sólo varía la forma de demostrarlo con las otras personas y en si queremos que ellos conozcan una cara más humana de nosotros.
El mesero retiró los platos sin comida y los palillos desechables, los vasos permanecieron porque aún contenían un poco de su respectivo líquido. Ya era tarde y sólo quedaban ellos, tres parejas más y una familia en el recinto. Pagaron la cuenta y se marcharon.
En el camino a casa siempre tenían que atravesar un parque de juegos con toboganes, columpios, cajas de arena, para llegar a sus departamentos y constantemente sentían pereza al hacerlo porque no era una pequeñez, sino que algo mucho más grande que abarcaba un par de cuadras. A Shishio se le ocurrió detenerse antes en una tienda de autoservicio a comprar algo de medicina para su alergia —ya que últimamente ha estado tosiendo más de lo normal como si su pecho chillara— y una caja nueva con cigarrillos. Al final, después de que Shishio insistió en que era viernes y no era lo suficientemente tarde para un par de adultos estar en la calle, la chica accedió a permanecer con ese hombre desordenado en los juegos sólo por unos minutos mientras él se dedicaba a fumar un cigarrillo.
—En la tienda encontré un anuncio sobre un evento al cual quiero asistir. Habrá un festival en unos días, ¿Quieres ir conmigo? —Shishio apagó el cigarro con la arena del suelo, luego lanzó la colilla hacia un cesto de basura en donde cayó al interior. Samejima no pensó que anotaría ya que se encontraba a cinco metros de distancia de los columpios donde estaban sentados, supuso que el mayor practicó baloncesto en el instituto y el talento innato jamás lo perdería, como un toque natural.
—Tengo días libres esta semana, así que no hay problema —La chica resopló viendo como la arena se entrometía entre los espacios de sus metatarsos y se volvía una con su piel; solía detestar las sandalias por su incapacidad de proteger sus pies—.¿Cuál festival es?
Satsuki se puso de pie y sacudió sus ropas con sus manos, ladeó el rostro para responder a su interrogante. Sus labios se partieron y se transformaron en una media luna pálida, igual de bella que la espuma del mar al chocar en la costa cuando el agua se mecía.
—Un festival para ver los cerezos brotar.
Kyoko Samejima tragó saliva al instante en que sus oídos tradujeron el mensaje recién captado. Hubiera deseado que sus tímpanos hubiesen estallado, pero sangraron como en aquella ocasión lejana.
Después de tantos años regresaría al lugar donde por última vez se sintió amada y feliz.
Rimbombantes rayos solares que nublan los cielos insípidos,
ráfagas de aire oscilando por las copas de las arboledas más verdes y silvestres,
el calor sofocante vistiendo los cuerpos con sus dulces cariños,
plantas dando a luz a sus creaciones, viendo deleitosas el nacimiento de sus hijos.
Primavera, viaje emprendedor hacia el horizonte venidero,
y desconocido.
El sabor de su boca, el delirio que aplaca,
que me hace añorarlo
y luego arrepentirme.
¿No es aquella suposición una mentira desdeñosa de un temeroso?
Rechazos filosos de mis brazos colgar
en el nido blanco de su cuello;
dueña de noches circulares mortificando
mi existencia.
Primavera, viaje emprendedor hacia el cimiento terrenal,
nuestra raíz.
||N: Espero que sea un fic de su agrado, de ahora en adelante sólo quedan 7 capítulos :)
