En la fiesta de cumpleaños que Bulma realiza cada año todo es alegría. Bingo, comida, espectáculos, premios, un inmenso escenario. Videl los mira a todos, a los presentes y los ausentes. Roshi mira los senos de Marron, la hija de Krilin. Dieciocho lo golpea, lo manda a volar lejos. Todos ríen a carcajadas.
De un momento a otro, Videl no logra acompañar a los demás.
Es esa sensación, de nuevo.
Es esa mirada, otra vez.
Curiosa, abrumada por el contexto, mira rostro por rostro. Mira a Vegeta, Piccolo, Woolong, Tenshinhan. Se lo pregunta: ¿Dónde?
¡¿Dónde?!
Detrás de ella, una sombra se mueve. Videl voltea. ¿Acaso es…?
Se levanta, nerviosa. Camina por los alrededores, esquiva a Gohan y a Pan, que a sus dieciséis ya es casi una mujer. De pronto, es como si pudiera caminar con los ojos cerrados, como si fuera un metal y un imán la atrajera, la guiara.
La hiciera suya.
Llega a un pasillo dentro de la interminable mansión Brief; pasillo dorado por las luces tenues que lo iluminan, que hacen ver anticuado un sitio rebalsado en exceso por la tecnología. Allí hay una ventana que apunta al jardín externo; es un interminable pasillo que circunda los extremos de la mansión. Fuera, ya es de noche; sólo reina la luz dorada del pasillo y la luz plateada de la luna.
Como antes.
Ante la ventana, que tiene un vidrio corredizo abierto, lo ve. Trunks fuma un cigarro ante la ventana, observa la luna y la naturaleza del bellísimo jardín en un gesto de evidente fascinación. Ella frunce el ceño.
¿Por qué?
—Trunks…
Él pierde dominio de sí mismo; el cigarro cae al suelo. Lo levanta y lo lanza por la ventana. No la mira.
No debe.
—Videl…
Porque si la mira, caerá una vez más.
Así como ella lo hará.
Sólo que Trunks ignora lo último, que las cosas no son como él cree, que los sentires de la Videl de sus recuerdos no eran los que él creía.
No lo eran ni lo serán.
Porque él la amó y la ama.
Porque ella vio más que piel en él.
—Trunks, yo…
»Quisiera…
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
X
La cama era no el escenario; era una mera voyeur. Dos cuerpos de pieles perladas le daban la espalda, dos cuerpos que se convulsionaban de pie. Él la apresaba contra la pared, la espalda blanca pegada al pecho bronceado, y le llenaba de besos los hombros; ella jadeaba, entre la pared y su amante. Las caderas desnudas se movían hacia atrás y hacia adelante, desordenadas, unidos los sexos. Paulatinamente, la velocidad se incrementó, se intensificó: él hacía más hacia atrás la cadera y luego se hundía más en la mujer, lo hacía a desgarradora velocidad. Y ella pasaba de jadear a gemir y de gemir a gritar.
Él se congelará ante la pared. Permanecerá en silencio, meditabundo. Su interlocutora sabrá el porqué: él lo está recordando, se dirá; él está reviviendo la noche que, afirma, jamás olvidará.
Efectivamente, él, ante ella, rememorará. Ante la pared, similar el color, similar la iluminación, idéntica la noche en el exterior, sentirá un escalofrío. Qué calor.
Qué hermoso calor.
Y la voz, la de ella, en sus recuerdos, repitiendo su nombre.
Lo dijo una, dos, tres, mil veces, sus ojos cerrados y sus instintos más primitivos encendidos; «Trunks», repitió. En el parque, se había rendido; ahora, Videl estaba entregada a la química producida entre una piel y otra. ¡Basta de luchas internas, de pensar y repensar la situación! Basta de sufrir, de esa angustia fijada a su alma. Ya no podía luchar más ni tampoco reprimir a su instinto.
Necesitaba a ese adolescente.
Gritó; él gritó después, unos segundos más tarde. La habitación parecía girar en sentido vertical y horizontal; mareaba. La cama los abrazó, ambos cayeron exhaustos sobre ella al terminar el acto. Uno al lado del otro, se miraron.
Qué horror lo que acababa de suceder entre los dos.
Trunks estaba sonrojado; Videl, seria. Respiraron de una forma apacible, los cuerpos al fin relajados sobre el colchón. Como ya había sucedido en el pasado, se encontraron sin palabras. Trunks bajó la mirada entornando con amargura la boca. Ahora venía la culpa, el arrepentimiento, el rechazo. Frunció el ceño sabiendo que sería como ya había sido, que ella lo echaría y, esta vez, de forma definitiva.
Era la última vez, estaba seguro.
Sin embargo, no: Videl no hizo nada. Videl lo miró y nada más. Videl se contuvo de pedirle el abrazo que necesitaba para aplacar el dolor. Videl dijo lo que debía decir.
Videl advirtió:
—Entiendes que esta situación no es «normal», ¿verdad?
Trunks no levantó la mirada, al contrario: la bajó más. Al final, cerró los ojos con cierta exageración, como si acabara de recibir un baldazo de agua fría. Creyendo que ella volvería a echarlo, efectivamente lo había recibido.
—Sí, Videl —respondió, la voz ronca, en bajo volumen.
—Esto está mal —sentenció Videl, entonces.
—Lo sé.
Él se armó de valor; volvió a mirarla. El rojo aún adornaba su rostro juvenil. Videl leyó lo que pasaba en el interior de Trunks: él peleaba consigo mismo por la impresentable situación. Sabía que estaba mal y, sin embargo, no planeaba luchar. ¿Cómo hacerlo, si la amaba? Aunque Videl desconocía la magnitud de los sentimientos de Trunks, sí estaba segura de algo que no era un detalle menor: él estaba rendido a sus pies. Trunks moría por ella. Videl, sin dejar de mirarlo, se dijo que era esa fascinación adolescente, que era deseo, piel, sexualidad. Y no. Era amor.
—¿No piensas que soy una basura por hacerle esto a Gohan? —preguntó Videl sin dejar nunca de mirarlo, insistente en el meticuloso estudio dedicado a la bella mirada de Trunks.
Él negó con la cabeza.
—Pienso que debes luchar por tu libertad y no permitir que nadie elija tu vida por ti.
—Lo haces ver todo fácil, Trunks.
¿Y cómo no? Si era tan sólo un muchacho. Siendo el adolescente que era, Trunks no conocía la complejidad del mundo de los adultos. Era un muchacho…
—Malcriado, obstinado, inmaduro, caprichoso…
Era un muchacho como cualquier otro, rebalsado de deseos, hambriento, enérgico. Y amaba a Videl con el alma. Para él, si de Videl se trataba, todo era fácil, porque todo era necesario. Como todo era necesario, las cosas se hacían con el corazón, y bien sabe el mundo que cuando es el corazón el que actúa nada más que el sentir impera.
Y el sentir imperó.
La abrazó, él sobre ella en la cama. Frenó al sentir la tensión del cuerpo de Videl. Sin embargo, al segundo, se percató de que ella, que miraba hacia un lado, sonrojada y con el ceño fruncido, no oponía resistencia.
—Desde ese momento y como la segunda vez que lo hicimos, cuando se abrió la bata ante mí y me dejó caer sobre ella, nunca volvió a hablar. Ella no volvió a decirme nada, a pedirme algo, a conversar sobre algo que no fuera enfatizar el error que estábamos cometiendo.
»Cuando ella hacía silencio, yo sabía lo que quería: seguir.
»Me quería a mí…
»Se quería perder en lo que nos pasaba.
Sus labios acariciaron la mejilla de Videl, tímidos. Ella nada hizo por apartarlo. La culpa era extrema, por eso no hablaba; el deseo de la piel de Trunks era extremo también, por eso, simplemente, lo dejó, y él la besó lleno de dudas, y luego lo hizo infestado de amor. La besó en la mejilla con un deleite que ella ni a Gohan le había sentido.
Era hermoso.
Cuando los labios bajaron al cuello, la culpa tomó la palabra:
—Deberías irte —dijo Videl.
—Lo sé —respondió Trunks—, pero no quiero…
Bajando la mirada, ella frunció el ceño. La atención que Trunks le daba era un mimo a su maltrecho corazón. La hacía sentir especial. Dejándose llevar por tan aplastante sentir, lo admitió:
—En el fondo, deseaba hablar contigo.
—¿Por qué?
—Porque te necesitaba mucho, Trunks…
El amor de él estalló. Juró que el amor, al explotar, se transformaba en plumas y caía sobre los dos. Quiso llorar, quiso apretarla, morderla, succionarla, poseerla como un monstruo. Tanta vehemencia animal era el símbolo del exacerbado sentir que ella le inspiraba. Conteniéndose, queriendo tratarla como a la reina que era para él, Trunks reanudó el camino de sus besos. Videl lo repitió:
—Esto es un error…
Trunks la besó en los labios e hizo lo que ella deseaba que le hiciera: silenciarla, anularla, reducirla. Trunks besó sus labios y ella, el fin, se pudo callar.
—Quería estar con ella, quería hacerle todo, quería que gritara sobre mí y que olvidara todo el dolor. Quería borrarle la memoria y que sólo me recordara a mí.
—¡Qué posesivo el niño! Menos mal que no eres así conmigo. Si lo fueras, te colocaría por desubicado.
—Eso fue exactamente lo que ella hizo conmigo al final. Pero en este punto de la historia aún faltaban semanas para el desenlace.
»Mi intensidad aún le fascinaba, lo hacía aunque no tenía forma de admitirlo; sé que así era.
»Todavía no se había hartado de mí.
En el silencio, Videl encerró la culpa. Nada deseaba ella más que ser besada, que experimentar el «no sé qué» la noche entera, hasta comprender qué era en realidad. Abrió sus brazos para recibirlo sobre sí, lo hizo apenas, con timidez y el miedo natural. No lo diría, no pediría lo que la enloquecía no tener. Quería besos infinitos por el resto de la vida.
Para siempre, con la exageración propia de un adolescente.
Aferrándose a ella, Trunks tragó saliva sin dejar de mirarla un minuto. La luz dorada la embellecía, si es que eso era posible.
—Quiero besarte hasta morir.
Ninguna respuesta.
Él lo hizo, sin embargo. Empezó el beso más extasiado de la historia del universo, de la vida, de lo que fuera. ¡Qué absurda exageración! Videl sintió que su cuerpo caía en picada hacia la nada misma. Levitaba su cuerpo en el éter, sin pasado, sin futuro; se sostenía en la existencia por estar en contacto con el «no sé qué». Trunks la dejó sin aliento al besarla con semejante ímpetu, deleitado, empecinado en darle el mejor beso de todos.
Y ella sentía que se lo estaban dando.
Ella se sintió inconsciente por causa de la asfixia, al tiempo que él hundía más la lengua y abría más los labios. Cuando Videl sintió el urgido ingreso en su cuerpo, en su intimidad, se percató de que él se movía en ella despacio, fuerte, en disfrute total. ¡Disfrutaba! Y en su disfrute intentaba provocar lo mismo en ella. Videl lo abrazó, tembló, pidió más besos sin decir ni una palabra. Él la besó y se apuró tanto con la boca como con el sexo. Gimió sin dejar de besarla y ella lo imitó. Cuando gritaron el placer en la boca del otro ella entendió qué era el «no sé qué».
Los adolescentes y los adultos besan distinto, se dijo; cuando eres adolescente, aprendes a besar y luego a todo lo demás. El beso es lo que más permitido tienes hacer, lo primero, porque el sexo es tabú, porque un beso no implica desnudez ni conexión. Cuando eres adolescente, besas con el alma porque es lo único que sabes y puedes y el mundo te permite hacer. Gohan dejó de besarme así hace años. Nuestros besos se reducen a castas uniones de medio segundo al despertar y al dormir. Gohan ya no me besa con pasión.
Trunks sí.
Trunks me besa como si no hubiera un mañana. No sé si lo hace bien, si es bueno al besar, pero me hace sentir deseada, añorada. Me hace sentir única y especial.
Viva.
Amada.
Al terminar, Trunks besó su boca nuevamente, sin más aire pero con la adicción por ella intacta. Videl se hundió en el colchón echando hacia atrás la cabeza. Disfrutó con culpa el beso más perfecto. Extrañaba demasiado la pasión; ese adolescente portaba todo lo que ella añoraba del pasado.
Desvió la boca cuando ya no pudo más. Trunks rio.
—Me encantas —le dijo, entregado a ella, acariciando con su desnudez la de ella, deslizando sus labios por toda la piel del rostro.
Ella suspiró. Esa fue su respuesta, una que Trunks entendió a la perfección. Videl nunca le iba a pedir algo; la voluntad de los sucesos estaba en manos de él.
—¿Puedo quedarme contigo? Me quedaré hasta el lunes.
Una mirada hacia un lado, otro suspiro; las manos de ella apretaron la cintura de él. La respuesta, otra vez, era implícita. Trunks se iba a quedar.
Ella nada haría por evitarlo.
—Videl… —Trunks besó un pecho, besó el vientre, besó por todas partes. Esa mujer era una droga y él estaba perdido en la cúspide de la adicción—. Te lo haría en cada habitación. ¿Puedo? ¿Puedo, Videl…? ¡Será divertido!
Ella estalló en risas.
—¡Qué cosas dices!
—Creo que estoy entrando en confianza.
Carcajadas. Videl se tapó la boca y se entregó a la más exagerada risa. Reír cura el alma, dicen. Reír junto a él, desnuda bajo él, por causa de lo que él le decía, la sanaba de manera especial. Al cesar, un calor se intensificó en su pecho. Apoyó una mano en la mejilla de Trunks y lo miró a los ojos un instante.
—Nunca olvidaré cómo me miró —dirá él al respecto once años después—. Fue…
Especial.
Así como ella se sentía especial en brazos de él, de repente a él le pasaba lo mismo, se sentía especial en brazos de ella. Conmovido por ese segundo de mirada penetrante que ella le había regalado, la besó una vez más; al hacerlo, rectificó el análisis de ella: cuando crecemos, dejamos de besar así. Porque los besos pierden su encanto, porque pasan a significar nada, porque ya no amamos al otro con ese ímpetu del primer enamoramiento. Un adolescente besa mejor que un adulto porque vive su vida en perpetua tragedia y hace todo lo que hace como si no hubiera un futuro.
Un adolescente besa mejor que un adulto porque aún vive la vida con intensidad.
Porque aún vive.
Se dejó besar y besar y besar, en silencio. Trunks se levantó de la cama minutos después. Se encerró en el baño y envió un mensaje de texto a su madre que decía algo así como mamá, me iré el fin de semana. Me voy por ahí con la moto. Estoy un poco harto de todo, como ya habrás notado, y necesito pensar. Estaré bien. Tengo dinero, tengo una casa-cápsula, tengo todo lo que necesito y no, no se trata de quien piensas. El lunes temprano vuelvo. Bye.
Cuando volvió al cuarto se olvidó del exterior. Aún no lo sabía, pero en el futuro, en noches nostálgicas, rememorará estar desnudo ante Videl en ese cuarto con un dolor casi insoportable. De pie ante la cama, con su sexo al descubierto así como el de ella lo estaba, le sonrió a la mujer-perdición. Ella, débilmente, le devolvió la sonrisa. Videl se sentía tan relajada que nada más parecía doler.
Ante el muchacho-anestesia, nada dolía.
Nada.
Al otro lado de la realidad, Gohan cerró el libro que no estaba leyendo, que fingía o intentaba o se esforzaba por leer. Cuando el alma late por causa del dolor, nada más interesa y a nada más se le da importancia. Pan dormía, sus padres lo ignoraban, pero la angustia era una espada y lo partía en dos desde el viaje de su mujer. Apretó el libro entre sus manos.
Lo destrozó.
No estaba enfadado con ella; el problema era él. Si bien las personas elogiaban a cada minuto su inteligencia superior, su esfuerzo, su evidente preparación, pocos sabían que, en lo fundamental, Gohan era un tanto despistado. ¿Herencia paterna? Pensarlo lo perturbó.
Miró el libro destrozado en su regazo y la culpa lo subyugó.
Desde la partida de Videl que no hacía más que pensar en los errores: me concentré demasiado en mí y la descuidé. ¡Fui egoísta! ¿Por qué la amo? ¡¿Por qué la amé siempre?! ¡Por ser tan valiente, tan decidida, tan plena, tan genuina, tan libre! Videl era un pájaro y yo lo enjaulé.
Maté con indiferencia a mi mujer.
Suspiró, se quitó los lentes, se rascó la nuca, lanzó fuera de su regazo los restos de libro.
La maté. Y cuando tuve la oportunidad de revivirla, cuando pude retenerla a mi lado y pedirle que no se fuera e instarla a solucionar nuestros problemas, la dejé ir. Tendría que haberla abrazado y no haberla soltado nunca más.
Pan ya le había dicho que mamá volvería el lunes. La niña andaba muy feliz desde que Videl se lo había confirmado. ¿Pero qué era la sensación de desolación que lo tomaba del alma y lo sacudía y lo torturaba? ¿Qué era ese puño ardiente de ki apretando su pecho?
Nunca la tendría que haber dejado ir, se dijo; siendo como es ella, no me lo perdonará.
Videl no soportó nunca la indiferencia. Ella es de armas tomar.
Y yo me resigné.
No, no me lo va a perdonar.
Apagó el velador e intentó dormir. Él no lo sabía y quizá jamás lo haría, o sí, o quién sabe del otro lado y no de este, pero en Satán City, su mujer, a quien evidentemente conocía muy bien, no le perdonaba eso, lo que él sabía que no le perdonaría.
La resignación.
Y mientras Gohan detectaba cada culpa que tenía en la situación que aún quería creer salvable, ella se contorsionaba de placer. Ella no pensaba en él, porque ante Trunks no tenía forma de hacerlo. Videl no pensaba en Gohan porque estaba encolerizada con él.
Porque estaba en plena adicción a Trunks.
Luego del nuevo —inevitable— sexo, cayeron. Ella se levantó de la cama y se fue para la ducha sin decir palabra alguna, como toda la noche lo llevaba haciendo. Trunks rio por causa del ruido del grifo que lograba captar desde el cuarto; ella no le iba a decir que no. Se levantó y, desnudo siempre de aquí en más, abrió la puerta del baño. Detrás de la mampara la vio y la amó y la poseyó con los ojos. Sin poder contenerse, la acompañó bajo el agua. Cuando ella se percató de la compañía, nada hizo por terminarla. Sin emitir palabra, él la abrazó, la besó y la perdió nuevamente en la adicción. Ella, paralizada, todo se dejó.
Besándola una vez más, él supo que jamás volvería a ser tan feliz.
Al otro día, el domingo por la mañana, él tuvo la fortuna de despertar primero. Ella lo abrazaba por detrás, tal vez por accidente, tal vez por casualidad, tal vez soñando con Gohan. Sentía la respiración de Videl en su nuca y los latidos de su corazón en el centro de la espalda. Era un sueño. Cuando ella despertó, pudo besarla hasta cansarse, pudo ser su amante, su novio, su amor. Tuvo sexo con ella y también le hizo el amor; ella gozó lo uno y lo otro, tanto la potencia del hombre que acto a acto dejaba atrás al muchacho así como al enamorado que moría por expresar sus sentimientos. Se tocaron, se conocieron, aprendieron del otro y dieron y recibieron placer sin cesar, hasta el cansancio. En un punto de la tarde, horas después de un sencillo almuerzo, la lluvia acechó la ciudad. Bajo Videl, Trunks lo pidió:
—G-grita…
Y ella gritó. Por la noche también. Lo hizo cuando la lluvia se detuvo y cuando retornó cerca de la medianoche, por causa del sexo de él, de los dedos de él, de la boca de él. Exhausta, abrazada al adolescente que no paraba de besarla, que no se hartaba de expresarle todo cuanto sentía por ella, Videl sintió culpa de nuevo. Él percibió en su pecho el temblor que se apoderó de ella. La meció, la apretó amorosamente contra él.
—No quiero que esto termine…
—Va a terminar, Trunks.
—Ya sé. Pero si se pudiera… estar así para siempre…, yo quisiera estarlo.
Desnudo y pegado a ella. Atado a ella. Para siempre, para siempre, para siempre.
Fatalidad.
—Te quisiera hacer muy, muy feliz…
—No podrías —dijo Videl, sin tapujos, aún mecida por él—. Eres muy joven, Trunks. No lo entenderás, no ahora. Pero no es tu culpa…
»La culpa es toda mía.
—No soy una víctima y tú no me estás obligando a nada.
—Pero tienes diecinueve años…
Desesperada, ella besó el pecho de él. Trunks la apasionaba. Quería creerle a su fatalidad adolescente, mentirse a sí misma y decirse que había un lugar para Trunks en la maqueta de su nueva vida. No quería soltarlo, porque él la abrazaba y le daba esos besos sofocantes que tan adictivos le resultaban. Porque él la hacía sentir rebosante de energía de nuevo, como antes.
Porque…
… ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué beso su cuerpo?
Como si hubiera recordado algo impostergable y sin dar ninguna explicación, Videl se puso de pie y se marchó. Trunks no dudó en seguirla. Dando pasos cortos y silenciosos, apenas perceptible su respiración, encontró a Videl al final del pasillo, en medio de la sala, ante un enorme espejo de marco de madera que colgaba de la pared y la mostraba de pies a cabeza.
—¿Videl?
Ella volteó hacia él al escucharlo. Pareció ignorarlo al retornar la vista al espejo. Observándose a sí misma y sin hacer caso del entorno, Videl recordó la imagen de la mujer de cuarenta, cincuenta años. Ante esa mujer avejentada que no era otra que ella, Videl se había preguntado qué había sido de su esencia, la de la joven valiente y decidida, de ese carácter especial. ¿Qué había pasado con ella? Ahora, ante la explícita figura de su desnudez, vio su edad, ni más, ni menos. Tenía veintisiete años y su piel, roja, hinchada, húmeda, curvilínea, tenía la misma edad.
Parpadeó. Estaba en shock.
Se lo juró: seré libre, una mujer independiente. No necesito que Gohan me mantenga ni tengo por qué permanecer al lado de un hombre que no amo y que no pensó en los dos, en cómo alimentar desde nuestra relación la intensidad que tan bien me conocía. Me iré de Paoz porque no quiero volver a vivir allí jamás, porque ¡no soporto tanta tranquilidad! Gohan le había contado una vez que el señor Piccolo había tenido la oportunidad de vivir en Namekusei, pero que él se había apartado de ello. ¿Por qué?, preguntó un joven Gohan; porque no soportaría tener una vida aburrida y sin emociones, respondió el maestro de su marido. Estaba de acuerdo con él: Paoz era una vida tranquila y sin emociones, y ella era una mujer con sangre en las venas.
Ella necesitaba vivir.
Suspiró ante el espejo, volteó hacia Trunks, que la miraba tan embelesado que parecía estar teniendo una apasionada fantasía en ese mismo momento. Efectivamente, Trunks estaba fantaseando, aunque no con un sexo femenino y un sexo masculino en el fulgor del placer; fantaseaba con el cuarto, con la luz dorada, con el cuerpo de Videl en sus brazos, dormido. Fantaseaba con la desnudez de los dos, con la respiración apacible de ella contra la piel de él, erizada por la eternidad al tener tal ser en los brazos. Trunks, que empezaba a enamorarse en exceso de Videl, que cada vez hundía más el sentimiento prohibido en su corazón, fantaseaba con la posesión: no quería dejarla ir.
Nunca.
—Videl…
—¿Qué?
—Te ves bien.
—¿Bien?
—Te ves mejor. Ya no pareces tan…
Ella rio con una peculiar mezcla de impotencia, nostalgia e ironía. Era como si Trunks le hubiera leído los pensamientos. No necesitaba oír el final de la oración.
«Ya no pareces tan apagada. Estás encendida».
—Gracias, Trunks.
Y de repente, se sintió lista.
Ahora podría volver a Paoz, pues se sentía fortalecida. Trunks no entendió por qué ella le dio las gracias; ella lo hizo porque sentía que gracias a él, claro que desafortunadamente, había aprendido mucho de sí misma. Se había reencontrado consigo misma, con sus emociones e intensidad.
Gracias al grito y la liberación de su alma.
Pero ahora que él ya la había ayudado, ¿qué pasaba con lo que sucedía entre ellos?
Trunks la miró a los ojos; ella devolvió la mirada. Los ojos celestes brillaban de emoción. Él no logró detener el ímpetu que lo acechó: corrió hacia ella y la abrazó fuertemente. Videl no pudo esquivar el espejo: ella de frente, él de espaldas. Era la primera vez que se veía junto a él de tan íntima manera. Estaba abrazando a un hombre que no era su marido, en medio de la sala, iluminados los dos por tenues luces doradas, entregados al otro, la blancura de ella pegada al tono bronceado de él. Vio la desnudez de Trunks de espaldas, la cicatriz en la base de la espalda que evidenciaba la herencia saiyajin, los glúteos, los muslos, los hombros; vio sus manos blancas interrumpiendo la piel de su amante y el deseo crepitar en su propia mirada.
Qué belleza.
Sí, era verdad: volvía a ser la Videl que tanto deseaba renacer como un fénix. Tener a Trunks en sus brazos en tan sincero estado era la resurrección. Y cuando abandonara el espejo y retornara a Paoz, sentiría su piel resquebrajar. Lejos del muchacho con quien tan insoportable química tenía no era más que una sombra de sí misma. Nada bueno, nada esperanzador tenía ese sentir. Depender de otro para ser feliz es no entender qué significa la felicidad. Eso se dijo.
Él la besó y ella observó el movimiento de la cabeza de Trunks, la inclinación del cuello, el deslizar de las manos por su cuerpo, el tiritar sincero de los dos. Era la imagen más adorable que hubiera contemplado alguna vez.
Era todo cuanto había necesitado experimentar.
—Esa noche fue mágica, así como la anterior —relatará él en el futuro—. Fuimos al cuarto y lo hicimos una y otra vez. ¡Nunca más volví a vivir algo así! No podíamos parar. Te juro que me sentía muy culpable: cuando se lo hacía y la miraba y la notaba al borde del estallido, cuando sabía que ella estaba a punto de llegar y gritar, salía de mí mismo…
Clavó las manos a cada lado del rostro de Videl y las rodillas entre las piernas. La vista se le tornó borrosa: veía los ojos de ella, entrecerrados, y la boca deliciosamente entreabierta. Ella gemía y él la acompañaba en todo, pero de pronto perdió la concentración: los movimientos se tornaron frenéticos, la escena perdió todo su sentido. Vio insinuaciones, esbozos de ella, hasta el grito, las lágrimas y el torrente eléctrico que lo hizo derrumbarse sobre los pechos.
Sobredosis.
—Perdía la cordura. Deseaba gritarle cuánto la amaba y temblaba de miedo y la abrazaba con todas mis fuerzas. No quería que se fuera, Mai. No la quería perder nunca. Quería que fuera mi mujer…
Su interlocutora, al escucharlo, no se equivocará: la ama. En el fondo, la sigue amando. Lo delata el temblor que ahora me muestra, la emoción en sus ojos, ese tragar saliva tan común en él cuando está nervioso. No la ha olvidado, efectivamente.
Lo que no entiendo, sin embargo, es por qué nunca luchó por ella.
Exhausto, al borde del sueño en plena madrugada de lunes, la notó dormida. Le besó la comisura de los labios y al hacerlo sintió que se moría. ¿Y si ella se va? ¿Y si ella al final sí vuelve con Gohan? ¡¿Cómo lo voy a soportar?! ¡Será tan horrible! ¡Será insoportable!
—No quiero… —susurró—. No quiero, nunca…
La asió hacia él, la tomó en sus brazos y se meció con ella interminables minutos. Besó su frente hasta conciliar el sueño. Estaba desconsolado.
—Al otro día, la despedida fue veloz. Nos levantamos, nos bañamos, nos vestimos y ella tomó su maleta. Estaba lista para irse y yo también. Técnicamente, lo estaba; emocionalmente, no. Tal vez, ella tampoco estaba lista.
»Hay cosas, muchas, que no sé, que sólo las puedo suponer.
Hay muchas cosas, pensará, que sólo las puedo imaginar.
Al despertar, ella no abrió los ojos. Se quedó quieta en su lugar, sin saber qué pasaría al mirar al mundo una vez más. No mostró evidencia alguna de estar consciente; no quería. Quería fingir dormir y que todo lo que había hecho se borrara, desapareciera.
Y no.
Sintió una caricia en su mejilla. Increíblemente, no se sobresaltó: él ya la había acostumbrado a sus manos, a la electricidad que producía con sus toques. Pero algo era distinto: la ternura que expresaba la caricia.
Juró que sus párpados se hacían transparentes, que incluso con los ojos cerrados era capaz de mirar a Trunks. Él sonreía y su rostro denotaba el más profundo amor.
Amor.
—Hubiera querido que esa caricia durara para siempre —dirá él.
Y su interlocutora fruncirá el ceño.
La amas aún, chiquillo, piensa; la amas tanto que incluso olvidas con quién estás hablando.
La amas tanto que terminas por olvidarte del universo.
Amor.
Amor de Trunks por ella.
Abrió los ojos cuando él dejó de acariciarla. Media hora después se marchó. Eran las siete de la mañana. A las diez, Videl apoyó su bolso en el suelo, ante la puerta de su hogar, en Paoz. Abrió la puerta y Pan apareció de la nada. Videl se agachó y la abrazó.
—¡Mamita, te extrañé! ¡Mira! ¡Las corté del jardín para ti!
Pan le dio un ramo de jazmines atado con un listón rojo. Videl sujetó el ramo y hundió a su hija en su cuerpo para sentirla parte de ella una vez más. Observó los jazmines.
Un mal presentimiento la estremeció.
Delante de ellas, Gohan la observaba fijamente. Videl levantó la mirada y, al mirar a los ojos a su marido, lloró. Con gesto desolador, hizo la cara hacia un lado, apretó a Pan más y más.
La caricia, la de Trunks, ardió en su mejilla.
Y Gohan, llorando en silencio ante la mujer a la que más amaba en la vida, supo que la había perdido para siempre.
Era tarde.
—Y yo no lo podía permitir —dirá Trunks once años después.
Y dará la espalda a Mai.
Y esquivará la mirada de Mai.
Y llorará como Videl ante Gohan. La caricia final ardiéndole como siempre lo hará.
~Continuará
Nota final X
¿Puedo pedir perdón? Perdón, de verdad. Tardé demasiado en actualizar y me siento terrible por ello. Mil disculpas. Había dicho que tenía el capítulo casi terminado y así era, pero se me refrescaron algunas ideas y decidí cambiar un poco el planteo, narrar desde otro lugar las cosas. ¡Perdón!
Estuve estresada. Lo sigo estando, pero lo voy llevando mejor. Creo. XD Desde el último update hasta ahora pasé algunas tormentas personales que me sacaron el tiempo y la inspiración para seguir. Fueron semanas dolorosas. Pero acá estoy, enamorada de Química y dispuesta a darle fin antes de fin de año. ¡Espero poder! Falta muy poco para terminar, tres capis y el epílogo. ¡Voy a esforzarme! Mil gracias por estar del otro lado, de corazón. Prometo dejar de molestarlos pronto. ¡Agradecida con todos Uds. por el respeto y la paciencia! ¡GRACIAS!
Hace poco vi una de las pelis que, siendo fan de Kate Winslet como lo soy, me debía ver: Little Children. En esta peli, Kate y un hombre le son infieles a sus parejas al sumirse en una intensa relación el uno con el otro. Algo de todo el planteo me recordó a este humilde fic, y ver la película me acomodó bastante las ideas. Recomiendo mucho la peli.
La infidelidad es un tema muy ajeno a mí. No es por dármelas de algo (?), pero lo digo con sinceridad. Quizá, este fic peque de desconocimiento, por lo cual les pido disculpas, pero nada. Así lo imaginé, así imagino cómo debe ser: culpa, errores, silencios y placer. Creo que una infidelidad como esta no se puede explicar con palabras: cuando un cuerpo nos despierta a tal punto la piel, hablar y pensar y analizar es en vano. Te lanzás hacia el otro ser y te olvidás del mundo por un rato, nada más. Eso sí lo viví.
Otra cosa que me ayudó fue volver a ver, luego de años, mi josei favorito: Nana. Siempre pienso que, en cuanto a narración, sacando a los escritores que me gustan, Ai Yazawa siempre fue una gran influencia. La última escena me la imaginé con el principio del ending y todo (?). XD Jajaja… Tarareen «I'm hereeee waiting for youuuu», se los recomiendo. XD
Quiero dedicarle este capítulo a alguien que jamás va a leer esta dedicatoria: Marcos, mi novio. Dentro de poco cumplimos siete años juntos y es preciso agradecerle por ser mi musa y hacerme tan feliz. Marcos es una especie de co-autor de Química. La idea me la dio él, el análisis lo hice junto a él y la inspiración para plasmar el sentir de Trunks a los diecinueve años me lo dio él. Hay un poco de él en este Trunks que escribo, de él y de mí misma. Disfruto con el alma escribir mientras él toca la guitarra a mi lado, cuando le cuento qué estoy plasmando y él me da su opinión sincera. Gracias por ser mi otra mitad, Marki. Te amo con todo mi ser.
Y voy a obligarte a ver esta nota final. XD
Gracias a Dev, Fiorella, Tourquoise Moon, Skipper1, Maggie, Chocolatmint y LDGV por sus enriquecedores reviews, así como a quienes han agregado la historia a favoritos recientemente. ¡Gracias! Gracias por leer, mil gracias.
Por si a alguien le interesa, aprovecharé un párrafo de esta nota final para mencionar los dos one shots que subí esta última semana. ¡La inspiración vino así como de repente! XD Me desbordé. XD Me refiero a Desahogo (Trunks x Marron) y El porqué, un fic tributo a Dragon Ball en su 30 aniversario. Si les llama la atención, son libres de pasarse. Gracias desde ya. =)
Y eso, creo que no me olvidé de nada. Besos miles, nos leemos. n.n
Dragon Ball © Akira Toriyama
