Hola, ¿os acordáis de mí?

PD: El capítulo anterior tenía los signos de puntuación un poco pachuchos. Lo siento.


The ugly truth

Las autoridades sanitarias advierten que la Nochebuena puede atontar hasta al más fuerte.

La madrugada se había cerrado por completo. Seguía rascando el botón de la ventanilla fingiendo interés en la acción. Me había impuesto una regla: no podía mirar a la derecha. Si miraba me comerían los leones.

Danny me había ido a buscar con el coche a la puerta de mi casa, y en esos momentos me arrepentía por mi ocurrencia repentina. Llevaba el mismo traje gris que cuando había ido a trabajar y una cara de mala leche por la que me daba miedo siquiera saludarle. Me sentía un cobarde y me encontraba realmente mal por Joe, pero estaba demasiado asustado. Era uno de esos momentos de tu vida en los que sabes que has obrado de una forma totalmente mezquina, pero no piensas de forma racional, por lo que no puedes actuar con coherencia. Incluso había apagado el móvil por si a Joe se le ocurría llamarme.

—Espero que haya una buena razón para que me hagas llegar tarde a la fiesta de Nochebuena del Crimson Masquerade.

—No… La verdad es que no la hay.

Danny bufó a la vez que giraba en una esquina. Me atreví a girar la mirada tímidamente hacia su dirección, agachando la cabeza y torciendo los labios, pero estaba demasiado ocupado intentando no comerse una farola.

—Pues ya no pienso presentarme en la fiesta, que no te puedo llevar. No tienes edad para esas cosas.

Arqueé una ceja levantando los surcos nasolabiales, lanzándole una mirada incrédula.

—Err… Danny, tengo veintitrés años. Y lo sabes.

Danny se carcajeó de esa manera que tenía él para penetrar tus tímpanos y tocarte las narices malintencionadamente.

—Y una polla veintitrés años…

— ¡Estuviste en mi cumpleaños hace un mes! — exclamé resoplando enrabietado, inflando los mofletes un segundo y dándole un golpe con el puño cerrado. —Sabes perfectamente cuántos cumplo.

—Me da igual. Que no te voy a llevar a la fiesta y punto.

Me crucé de brazos mirando por la ventana enfurruñado. De todas formas a mí las fiestas no me gustaban nada, pero no le iba a dar la satisfacción de verme resignado con una de sus decisiones.

—¿Has cenado?—preguntó volviendo a girar. Entreabrí la boca para responderle que sí, pero el rugido quejumbroso de mi estómago me delató. Me mordí el labio inferior. Con los nervios casi no había cenado nada en casa de mis abuelos, y en aquel instante me arrepentía. Y lo deliciosas que eran las patatas al horno de mi querida abuelita…

El estómago volvió a rugirme.

—No, no demasiado.

Danny asintió con la cabeza y volvió a dar un giro. Condujo durante otros quince minutos. Una luz me cegó durante un segundo. Parpadeé molesto y enfoqué la vista, observando la gasolinera frente a la que se había detenido. El pecoso bostezó y salió del coche. Esperé pacientemente en el interior mientras me distraía curioseando su guantera. Unos discos pirateados, una guía de carretera y unos envoltorios de comida de vete-tú-a-saber-qué. Danny regresó ocho minutos más tarde con una bolsa que olía jodidamente a gloria y se alejó del lugar, aparcando en un páramo junto a unos árboles.

Cinco minutos después estábamos con los asientos del coche hasta atrás del todo, con los pies encima de la guantera y tomándonos nuestros sándwiches mientras la música de Danny nos acompañaba en nuestra cena.

—No sabía que te gustase The Who.—repuse realmente sorprendido al ritmo de Won't get fooled again. El pecoso se encogió de hombros dándole un sorbo a su cerveza.

—Me encantan desde siempre. Deberías escucharlos, aunque no sé si a los de la generación Pokémon esto os puede interesar demasiado.

Rodé los ojos.

—Que tengo veintitrés años.

—Que ya lo sé, pero siempre es divertido ver tus rabietas de niña pequeña.

Sentí una pequeña contracción en el estómago cuando Danny se giró para sonreírme mostrando todos sus enormes dientes. Maldita comida de sustancias dudosas…

—¿Algún día dejarás de llamarme niña?

—¿Por qué? Es gracioso.

—No, no lo es.

—Lo es para mí.

—Pues ya está, no lo digas más.

—¿Problemas en la cama con Joe?

—¿Qué?—pregunté con voz chillona, atragantándome con un trozo de pavo. Noté las mejillas más calientes que de lo normal. Danny se encogió de hombros, indiferente.

—Bueno, estabas en la puerta de tu casa, así que dudo mucho que estuvieses celebrando la Nochebuena con tu familia. Y no se me ocurre otra causa por la que te encontrases tan desesperado como para recurrir a mí, así que…

Bebí de mi cerveza para despejarme mi garganta y no tener que contestar inmediatamente a ello. Cuando apreté mi cerveza contra la rodilla, miré hacia otra parte, respondiendo:

—En realidad sí estaba con mi familia…

—Pero en ese momento no, ¿verdad?

Miré a Danny, que había apoyado su comida en las piernas y me observaba con las manos en la nuca y las cejas alzadas, expectante. Suspiré y cerré los ojos un instante, desviando la mirada avergonzado.

—Bueno, es que… No me juzgues, ¿vale?—apreté los labios y vislumbré a Danny echándose hacia delante en su asiento.—Joe y yo habíamos quedado después de cenar con nuestras familias en mi casa para… En fin… Eso… Ya sabes.

—No, no lo sé.

Miré mal a Danny. Le mataría por hacerme pasar aquel mal rato. La cara me ardía tanto que estaba deseando que quitase la calefacción de una maldita vez.

—Para acostarnos.

Me negaba a mirar a la cara a Danny aunque él se estuviera colocando de forma que me obligase a ello.

—¿Y qué es lo que ha pasado?

—No… No lo sé, me he asustado…

—Y si no estabas preparado, ¿por qué accediste?

—No lo sé…

—¿Y qué ha hecho él cuando se lo has dicho?

—Eh… No se lo he dicho.

—Pero entonces… ¿Le has dejado plantado?

—Sí, bueno…

—Te dije que hablases con él.

—Ya…

—¿Por qué no se lo has dicho?

—No lo sé…

—¿Pero cómo que no lo sabes?

—¡Que no lo sé!—exploté mirando a Danny. La voz se me quebró y el pecoso se alejó de mí, sobresaltado. Sentí un amargo sabor en la garganta.—No sé por qué acepté, no sé por qué no he tenido el valor para negárselo y no sé por qué estoy tan jodidamente asustado… ¡Ni siquiera sé si Joe me gusta! Solo sé que he hecho mal, que soy un capullo y que no debería haberle hecho esto, ¡ya lo sé! ¡Pero es que no tengo ni idea de lo que me está pasando y de lo que debo hacer! No sé nada, y yo… yo… soy un cobarde…

Me callé cuando sentí que la voz me fallaba y negué con la cabeza mientras esbozaba un mohín, mirando a través de la ventanilla. Los ojos se me empañaron de lágrimas. Cerré los ojos y me los tapé con una mano, agachando la mirada y aguantando los sollozos, lo cual provocaba que mis músculos se contrajesen varias veces.

Dios, era un llorica. Un llorica, un miedoso, un egoísta, un inútil, un estrecho, un miserable… Y lo peor es que, aunque lo supiese, no podía ni quería hacer nada por evitarlo.

Cuando ya estaba a punto de abrir la puerta del copiloto para salir huyendo sentí una mano estrechando mi hombro. Levanté temerosamente la mirada y me encontré con el semblante serio de Danny, que esbozó una pequeña sonrisa para infundirme ánimos. Contuve un gimoteo cuando Danny rodeó mi cuerpo en un abrazo mientras que con la otra mano pegaba mi cabeza en su regazo, acariciándome el pelo. Fue un acontecimiento tan chocante e insólito que abrí mucho los ojos e hipé, conteniendo la respiración. Me sentía incómodo y extrañamente aliviado.

—Vamos, tranquilo.—susurró acunándome levemente. Aunque no se me había pasado la sorpresa. En realidad, aumentaba por momentos.—Es normal que estés asustado, no debe ser fácil teniendo en cuenta tu falta de experiencia. Pero escucha; algún día tendrás que enfrentarte a ello. Y no me refiero a acostarte o no con Joe, sino a que vas a tener que hablar con alguien de esto, sobre todo con tu novio. Está claro que necesitas ayuda.—se separó de mí, secándome las lágrimas y apoyando sus manos sobre mis hombros.—Vamos a hacer una cosa: tú hoy te encuentras mal y no estás en condiciones de hablar con Joe. Además, estará muy cabreado y si hablas ahora con él no atenderá a razones. Deja que pase la noche y la Navidad con su familia para que se tranquilice, tú hoy te quedas tranquilito conmigo y mañana te vas a abrir los regalos a la casa del tío Manolo, ¿sí?

Solté una risotada nerviosa por su último comentario mientras me separaba de él, agachando la cabeza y limpiándome el último resto de lágrimas de la cara. Sorbí por la nariz, con la voz algo congestionada y balbuceante.

—Joder, Da-Danny... Cuando quieres ya no pareces tan ca-capullo, ¿eh?

El pecoso puso mala cara y bufó rodando los ojos. Me reí, alegre y victorioso, pues era la primera vez que yo conseguía sacarle de sus casillas a él y no al contrario.

—La virgen, vaya concepto os habéis cogido de mí... Termínate eso, anda.

Asentí con la cabeza, sonriente. Estuve mucho más risueño y aliviado durante el rato que estuvimos en el coche, hablando sobre trivialidades e intentando adivinar cuál sería la siguiente canción que emitiesen por la radio.

A la media hora bostecé y Danny dio por concluída la noche. Me preguntó sí quería alquilar alguna película, pero me negué. También me preguntó si necesitaba que comprase algo en especial y le dije que no. O que si necesitaba algo en especial. Volví a negarme. Salimos del coche cuando llegamos a su casa y me quedé mirando su espalda mientras él sacaba las llaves de su bolsillo. Apreté los labios.

—¿Por qué te portas tan bien conmigo?—pregunté mientras Danny metía la llave en la cerradura del portal. Se encogió de hombros sin girarse.

—Sé tratar con mujeres. Es la regla de oro.

Arrugué la nariz y negué con la cabeza, clamando por paciencia.

—No, en serio. Me refiero a que... ¿Por qué ahora y no antes? Si fueses así todo el tiempo no pensaría todo el mundo que eres un idiota cuando en realidad no lo eres... Bueno, al menos una pequeña parte del tiempo.

Me hizo pasar al portal, volviendo a encogerse de hombros. Suspiré ante su pasotismo, pero me quedé mirándole con mala cara tan solo para que me contestase. Funcionó, pues en cuanto pulsó el botón del tercer piso chasqueó la lengua e hizo unos aspavientos con la mano, esbozando una mueca de desagrado.

—Mira que eres pesado...—me dijo clavándome sus ojos.—Escucha, no sé qué te habrás pensado que soy, pero en serio, las personas somos mucho más simples de lo que crees. Me porto bien contigo porque eres mi amigo y estás mal, y ya está. No soy Santa Teresa de Jesús que se ha disfrazado de mí porque se aburría en su nube haciendo ganchillo.

Me relamí los labios fijando la vista en sus rodillas cuando el pitido del ascensor nos anunció nuestra llegada, avergonzado.

—Vale... Pero yo no te he dicho nada de eso. Solo te he dicho que si te portases mejor...

—Chico, entiendo que tu modo de pensar es distinto, pero el cariño no se puede ir regalando por ahí. Tienes que tener claro quién se lo merece y quién no. Si no puedes terminar realmente mal.

Salimos del ascensor y Danny se acercó a la puerta más cercana. Mantuve los ojos entrecerrados mientras la abría. El pecoso se giró cuando empujó la puerta, dejándome pasar.

—Ah, y siento lo de «chico». Sé lo mucho que te molesta que te cambie de género.

Le propiné un puñetazo en el hombro cuando pasé a su lado. Danny se rió, quitándose el abrigo y dejándolo colgado en el perchero. Lo imité, contemplando mi alrededor. Para ser alguien que ganaba tanto dinero tenía una casita algo modesta. Estaba casi toda pintada con colores claros y en el pasillo habían tirado algunos juguetes. Arqueé una ceja, mirando al castaño.

—Vaya... Me imaginaba algo más de tu estilo. Ya sabes, orgías de sangre y fotos de tías en bolas por todos lados.

—Ja. Qué. Gracioso. Bambi. Vivo con mi hermana y su hija, no sé qué esperabas.

—Ah, es verdad.— repuse, aunque no lo recordaba para nada. Esperé a que Danny me indicase el camino hasta su salón. Me gustó, era como de diseño. Las paredes estaban pintadas con una tonalidad verde muy suave y los muebles eran color calabaza. Realmente no parecía que esa casa fuese suya. ¿Su hermana sería la decoradora? En realidad me hizo mucha gracia imaginarme que era ella la que llevaba los pantalones en la casa.

—¿Quieres tomar algo?—me preguntó. Me quedé curioseando las fotos de su estantería unos segundos antes de contestarle. Cuando lo hice sonreí juntando mis manos.

—¿Me darías un vaso de leche con galletas?

Danny arqueó una ceja, pero no se opuso. Por el contrario, giró sobre sí mismo negando con la cabeza.

—Tú siempre viviendo al límite, ¿eh?—farfulló mientras caminaba por el pasillo.—Hasta mi hermana es mas varonil que tú.

Le dediqué un gesto obsceno que no pudo ver y me acerqué al sofá admirando la lámpara amarilla que colgaba encima de la mesita de café, frente a la televisión de plasma. Torcí los morros y decidí quitarme los zapatos, dejándolos asomando bajo el sofá y sentándome con los pies por encima. Esperé pacientemente a que Danny regresase toqueteando cada cojín y cada objeto que veía. Lo mejor de visitar una casa desconocida siempre era imaginarse la historia que había tras cada elemento.

Me pilló por sorpresa cuando Danny volvió a entrar en el salón y me vio dándole la vuelta a una figura de madera de una jirafa. Volví a dejarla en su sitio rápidamente, carraspeando. El pecoso arqueó una ceja y me hizo una seña con la cabeza para que le siguiese.

—Vamos, te voy a dar un pijama para que te cambies.

Asentí con la cabeza y me levanté del sofá para seguirlo. Me llevó hasta un cuarto al fondo del pasillo. Era la única habitación que parecía realmente de Danny. Las paredes eran negras excepto en la que reposaba la ancha cama de matrimonio, que era azul cobalto. Una de las paredes era enteramente armarios y espejos. Al final del todo había una puerta que esperaba que conectase con el cuarto de baño. Me sobresalté levemente cuando Danny me lanzó encima una maraña de ropa gris.

—Tu pijama. Me voy a cambiar.—dijo entrando en el servicio. Me lanzó una mirada desafiante antes de cerrar la puerta tras de sí.—Ah, y yo que tú no me pondría a curiosear demasiado. Nunca se sabe lo que te puedes encontrar en unos cajones.

Compuse una mueca de horror en cuanto echó el pestillo. Si fuese él no me preocuparía por ello; tampoco pensaba tocar más de dos segundos seguidos cualquier cosa que hubiese en aquella habitación...

Me quité la ropa dejándola doblada sobre la cama y me puse el pijama. Contemplé con horror en uno de los espejos de pared que todo me quedaba grande. Por mucho que lo intentase el pantalón siempre acababa deslizándose por mis muslos. Apreté los labios alzando la cabeza hacia el techo.

Vale. Vale. Pues muy bien. Ya de paso podía pasearme en pelota picada por la casa. Total, diferencia como que poca.

Me sentí incómodo cuando Danny salió del cuarto de baño y me miró extrañado. Típico: si ibas a una casa ajena siempre te iba a ocurrir algo vergonzoso que en condiciones normales nunca ocurriría. Claro, que yo pijamas de Danny en mi casa... pues no me dedicaba a coleccionarlos, la verdad.

—¿Qué pasa?

—Que tu pijama me queda como si fuese una carpa de circo. ¿En serio no tienes uno más estrecho?

Danny se encogió de hombros y negó con la cabeza. Lo miré mal. El pijama verde que llevaba en esos momentos lucía unas tallas menos que el mío. ¿Estaba tocándome las narices en serio?

—Si quieres te dejo alguno de mi hermana. O de mi sobrina. Desconozco tus gustos...

—Bah.

—¿Pero qué más da? Tengo calefacción en casa y la camisa es lo bastante larga como para taparte lo justo y necesario, así que si estás incómodo quítate el pantalón. Ni que fuese a ver algo nuevo... Pues anda que no han pasado mujeres por esta habitación.

Entrecerré los ojos. Joder, era asqueroso. Idiota. Boca chancla. Cara flauta. Isósceles.

Era tan odioso que no sabía cuántos insultos más iba a poder inventarme solo para él.

—Déjalo. No sé si llamar a los Cazafantasmas o pirarme de aquí.

Y entonces Danny se rió, aunque ese verbo se quedaba bastante lejos de la realidad. Él lo que hacía era emitir un estruendo al aire, casi como un trueno. Era tan estrepitoso que te remachaba los tímpanos, perdurando en tus oídos casi como un eco irritante.

Lo extraño era que me gustaba. Sí. Era tranquilizante, como la valeriana en vena. Además, esa risa te provocaba la sensación de pensar que no importaba si estaba ocurriendo algo desagradable porque todo iba a ir bien.

Definitivamente, me gustaba la risa de valeriana de Danny.

—Que es broma, Bambi... ¿No ves que siempre lo digo de coña?

Entreabrí los labios y miré hacia otra parte, desencajando levemente la mandíbula y suspirando profundamente mientras me sacaba de dos patadas los pantalones, estirándome la camisa para que me tapase más. Danny metió su ropa en un cesto y después cogió mis pantalones, guardándolos en el armario.

—Voy a ver si tu leche está caliente o se ha evaporado ya del todo. Tú vete a ver los dibujos animados o algo en la tele.

Arrugué la nariz y le hice una mueca burlona a sus espaldas mientras le seguía por el pasillo, caminando sobre mis calcetines con andares sueltos y desgarbados solo por no sentirme tan nenaza como él pensaba.

—Yo no veo los dibujos animados, pero al menos sé que a estas horas de la madrugada no ponen dibujos, idiota.— y mientras me bifurcaba hacia el salón, añadí en un susurro:—Solo Bob Esponja en Nickelodeon los viernes...

Carraspeé sentándome en la misma posición que antes en el sofá y pecatándome de varias mantas de colores dobladas en un extremo del mismo. Cómo se notaba que el piso era mayormente femenino. Cogí la de color marrón y me la eché por encima, encendiendo la televisión con el mando. Nada. A aquellas horas y siendo Nochebuena solo ponían galas aburridas en la tele y reposiciones de programas.

Danny volvió al minuto siguiente portando un vaso con leche y galletas y un cerveza en la mano. Contuve las ganas de aplaudir.

—Te tomas esto y a la cama, que hay sueño.—dijo dándome el plato y tirándose a mi lado, apoyando los pies encima de la mesita.

—¿Dónde voy a dormir?

—En mi cama.

—¿Pero entonces dónde vas a dormir tú?

—Pues en mi cama.

—¿Qué?

Danny bebió unos tragos de su cerveza despreocupadamente mientras miraba la tele y después desvió la vista hacia mí, arqueando una ceja.

—¿Qué? Ya he dormido en este sofá cuando he llegado a las tantas, esas noches en las que no sabía ni dónde cojones estaban mis pies, y me he despertado hecho mierda. Mi cama es lo suficientemente grande como para dormir sin rozarnos siquiera.

—Ya, pero... no sé...—me revolví incómodo, pero lo dejé pasar. Me relamí los labios mirando el vaso y cogí una de las galletas para mojarla en la leche. No era lo mismo que el chocolate, pero...

Mi gozo se lo tragó un pozo cuando vi un pelo sobresaliendo del vaso. Lo cogí con un exagerado gesto de asco en la cara y lo blandí frente al rostro de Danny.

—¿Qué hace este pelo en mi leche? ¡Te estás quedando calvo!—sentencié como si le hubiera dictaminado una cadena perpetua. El pecoso se quedó mirando el pelo y después me compuso una cara rara, casi burlona.

—Te diré qué estaba haciendo ahí; estaba contaminando mi semen. Y ahora bébetelo todo rápido, señorito-don-usted. Mañana tengo que estar despierto temprano para recoger a mi hermana y su hija y voy a llegar con tal cara de zombie que se van a creer que me he pasado toda la noche de fiesta en fiesta y de tetona en tetona. Cruda realidad...

Esbocé un mohín lanzando lejos el pelo y mirándolo con gesto altanero.

—Ah, ¿sí? Pues que sepas que yo soy más divertido que esas tetonas fantasmas. Seguro que te lo pasas mejor conmigo que con ellas.

Danny me sonrió, pero no dijo nada. Se limitó a seguir viendo el programa sobre coches explotando y ancianas que eran salvadas en el último momento.

Eran casi las tres y media de la mañana cuando decidimos irnos a dormir. Danny apagó la calefacción y dejó que fuese el primero que entrase en su cuarto de baño. Y para ser el servicio de un enfermo ninfómano estaba demasiado limpio...

Me coloqué en el lado izquierdo de la cama tapado con las mantas hasta la nariz y me quedé en un extremo a punto de caerme al suelo cuando Danny tiró de la cadena y se acercó a la cama. Emitió un bostezo apocalíptico y apagó la luz de la mesilla, colocándose las manos en la nuca.

—Buenas noches, Bambi.

—Buenas noches.

Sin embargo sabía perfectamente que Danny añadiría algo más, y es que él necesitaba hablar casi tanto como respirar, así que no me acomodé demasiado.

No me equivoqué.

—¿Y qué le piensas decir mañana a Joe?

Zas. Con lo feliz que era yo...

Encima el móvil seguía apagado.

—No lo sé... Para empezar supongo que le pediré perdón.

—Interesante. Cuéntame otra.

Continué, ignorándole.

—Y no me queda otra que hablar con él sobre esto, pero me da miedo.

Me moví hasta quedarme de lado, con mi cabeza apoyada en mi brazo flexionado.

—Danny, te juro que Joe es una persona increíble... Por eso no quiero perderlo. Por mucho que sea diferente a mí en ese ámbito. En lo demás somos perfectamente compatibles, ¿sabes?

Sentí que Danny se movía en su sitio.

—Mira, imagínate que seguís como estáis y no le dices nada por miedo a que te deje. ¿Y después qué? ¿Y si te ofrece algo que a ti no te guste nada en realidad? ¿Qué tal si os hacéis pareja estable y te propone un intercambio? Te conozco, eres tan sumiso que serías capaz de decirle a todo que sí.

—Pero Danny.—le interrumpí, de pronto sintiéndome muy mal.—No quiero sonar... en fin, desesperado, pero tengo veintitrés años. Tardé dieciocho años en dar mi primer beso y casi veinte en salir del armario, y aún ni siquiera lo he hecho frente a mi familia. Siempre he vivido con miedo a arriesgarme... Y ahora que lo he hecho no me quiero quedar solo, ¿sabes?

Silencio. Apreté los labios y torcí los morros. ¿Danny se había quedado dormido? No era algo que pudiese extrañarme, pero en parte me dolió un poco. Era bastante más difícil abrirse con Danny que con cualquier otra persona.

Suspiré débilmente y volví a revolverme para darle la espalda al pecoso, cerrando los ojos y acomodando mi cabeza en la almohada calentita y blandita. Oh, sí. Si iba al cielo quería que mi nube fuese la mitad de apetecible que aquello...

—No suelo decir esto muy a menudo y muchísimo menos a chicos. No es mi estilo, ni creo en las relaciones amorosas. Ni siquiera he logrado ver una película de amor entera sin dormirme en mitad de la película o sin desear tirar el DVD por la ventana y dejarlo todos en manos de la santísima gravedad. Así que no quiero que me recuerdes esta conversación cualquier otro día porque la negaré por completo.

Despegué un poco la cabeza de la almohada para escuchar mejor. Danny chasqueó con la lengua.

—Personalmente creo que eres una persona estupenda de las que consigue que todo el mundo le quiera con solo sonreír, y que pienses que vas a quedarte sin nadie porque Joe pudiese rechazarte por ser lo que eres me parece una soberana tontería. ¿Sabes? Realmente creo que eres demasiado especial como para andar yéndote con el primero que te muestre un poco de afecto, porque de verdad que me da la sensación de que te mereces a alguien que te hiciese feliz. Muy, muy feliz. Así que déjate de gilipolleces de «nadie me quiere, nunca conoceré al hombre de mi vida» porque estoy seguro de que cualquier persona se quedaría encandilado contigo, pusieses lo que te pusieses o hicieses lo que hicieses. Y ahora déjame dormir, me cansa decir tantas mariconadas en un día sin repostar.

Y acto seguido volvió a moverse en la cama hasta girarse por completo, aclarándose la voz.

Y yo sentí que la nube del cielo había bajado directamente para posarse allí.

Apreté los labios sintiéndome muy estúpido porque no era capaz de borrarme la sonrisa de la cara. Ni de moverme. Unos cosquilleos bastante desagradables en el estómago me impedían pensar con claridad. Vaya estupidez.

Y yo era incapaz de dejar de recrearme en las palabras de Danny, rememorándolas una y otra vez en mi mente, reproduciéndolas a distintos volúmenes y velocidades, repitiendo lo que más me gustó y deletreando cada una de las expresiones que más me habían llegado.

¿Por qué Danny estaba tan solo? Era genial... Sí, un idiota, pero genial. Se merecía tener muchos amigos. Y rolletes. Y novias.

A mí desde luego no me hubiera importado salir con él en otra vida...

¿Por qué sentía como si millones de cristalitos de colores explotasen en mi interior y me arañasen las entrañas?

Maldita sea, ¿qué era lo que estaba sintiendo?