Capítulo 10.
Las tres lunas.
Cerró los ojos y movió la cabeza. Fue entonces cuando Eda volvió en sí. Se puso la mano en el pecho. Se sentía extraña y sentía como si su corazón extrañaba a alguien pero esa sensación no era de ella. Miró hacia el jardín y vio al youkai con el que se sentía a gusto y que la protegía sin saber por qué. Jaken estaba hablándole mientras que el daiyoukai miraba hacia el cielo. Todavía no había recuperado su aspecto youkai. Eso hizo que Eda se sintiera mal consigo misma. Todavía no entendía que había pasado. Lo único que recordaba era que se habían besado. ¿Había ocurrido por el beso que se habían dado?
-Amo, ¿por qué se ha convertido en humano? – Preguntó Jaken.
-No lo sé – respondió secamente.
-Seguro que es porque está pegado a esa humana y al grupo del estúpido Inuyasha.
El daiyoukai miró de reojo al pequeño. Su mirada desprendía odio y ganas de matarlo. El sapo verde tragó saliva mientras tenía los ojos abiertos. Era la primera vez que lo miraba de aquella manera.
-L-lo siento a-amo bonito pero desde que esa humana apareció… - comenzó a decir.
-Jaken, cállate. O te mato – le cortó fríamente
Volvió a tragar saliva, nervioso. Lo había amenazado varias veces pero nunca había utilizado aquel tono de voz que en ese momento había mostrado. Instintivamente miró hacia la casa y se quedó mirando a la joven de cabellos rubios y se fijó que le estaba mirando desde uno de los balcones de la casa. El viento meció los cabellos de ambos pero el contacto visual no desapareció en ningún momento. De pronto, Eda se giró hacia la habitación. Kagome había ido a ver como estaba su amiga. Cuando le iba a contestar, Eda se quedó quieta con la mirada perdida.
-Visión-
Sonaban tambores obon en medio de un bosque. Todos los animales estaban nerviosos y empezaron a dejar salir ruidos por sus bocas. Una niña los miraba desde detrás de un Torii rojo donde ponía Shidzen en lo alto. No entendía que era lo que les estaba pasando. Un canario de color naranja se posó en el hombro piando. A lo lejos, se comenzó a ver cuatro sombras no muy grandes. Eran más o menos de la misma estatura de esa niña. Salió de detrás del Torii mientras ladeaba la cabeza pero su mirada estaba llena de curiosidad y miedo.
-¿Quiénes sois? – Preguntó con voz inocente.
Las cuatro sombras dieron paso a cuatro niños muy parecidos entre sí pero cada uno levaba un color de cabello diferente, siendo uno de ellos rojo, otro azul, otro verde y otro blanco. Aun así, los rostros le era imposible ver. Cuando ellos estuvieron enfrente de esa niña, los niños pasaron por el Torii rojo, haciendo que ella se acercase al templo que había estado a su espalda hacía unos minutos atrás, y por el campo de energía que protegía aquel lugar. Se podía ver que aquella niña estaba asustada. De pronto, los recién llegados hincaron una rodilla en el suelo, pusieron un brazo sobre la pierna doblada y agacharon, simultáneamente, la cabeza.
-No tengáis miedo. No le haremos daño – dijo el niño de la cabellera roja.
-Hemos venido a veros – comentó el de azul.
-De ahora en adelante, no estáis sola pero… - comenzó a decir el de la cabellera verde, - … no podremos quedarnos con voz. Aun así, os daremos unos regalos pero no os lo quitéis nunca.
-¿Quiénes sois? – Volvió a preguntar la niña con las manos pegadas al pecho.
-Somos… - comenzó a decir el niño del cabello blanco.
-Fin de la visión-
Kagome movía a Eda con la mirada preocupada. De pronto, la ojiazul salió de ese trance y se puso una mano en la frente. Cada que escuchaba esos tambores, su mente hacia que tuviera las mismas imágenes. Le costaba entender porque le pasaba aquello. Era todo tan extraño… pero lo que no sabía Eda que esas imágenes no eran unas imágenes cualquiera sino que eran sus propios recuerdos antes de morir.
-¿Te encuentras bien? – Le preguntó Kagome.
-Sí, sí lo estoy. Perdón es que…
-¿Otra vez has tenido imágenes extrañas? – Terminó diciendo la sacerdotisa.
-Esta vez parecía más un recuerdo que unas imágenes sin fundamento. Sé que… es raro pero, yo no recuerdo haber conocido a cuatro niños… y menos tan extraños como esos…
-¿Qué quieres decir? – Cuestionó sin entender.
-Uno de ellos tenía el cabello rojo, otro azul, otro blanco y otro verde…. Eran como el prisionero y el de la cueva – encogió un poco los hombros a la vez que ladeaba la cabeza hacia la derecha.
Kagome permaneció en silencio mirando a la joven de cabello rubio. Desde hacía algunos días, sin que Sesshomaru se enterase, buscaban algo para comprobar que era lo realmente pasaba con Eda. Pero no encontraban nada que estuviese fuera de lugar. Quizás era imaginaciones suyas pero Eda no desprendía ningún poder.
-No deberías darle tantas vueltas a esas imágenes que ves – le sonrió la muchacha morena.
-Tienes razón – le devolvió la sonrisa. - ¿Bajamos? Los demás están deseando que bajes.
-Claro, bajemos – dijo Kagome.
Ambas chicas bajaron mientras hablaban animadamente. La sacerdotisa miraba atenta a su amiga preguntándose cómo era posible que alguien sin ningún poder, pudiera utilizar el anillo y llevar puesto la tiara y no percatarse de que la llevaba puesta. Al terminar de bajar las escaleras, se encontraron con Sesshomaru y Jaken que entraban del jardín. Eda y el lord se miraron unos segundos, hasta que la joven apartó la vista. ¿Debía besarle de nuevo para que volviera a ser como antes? Esa idea hizo que se ruborizara. En el salón, se reunieron con los demás. El señor Kusanagi sonrió al ver a su hija menor. Las recién llegadas se sentaron en los huecos libres y se unieron a la conversación.
Por la tarde, Eda salió al jardín y caminó hasta llegar a las plantas que plantaba la antigua señora Kusanagi. Se puso de cuclillas y con la yema del dedo, acarició los pétalos de la flor. Cuando era pequeña, no podía entender por qué plantaba aquella flor pero ahora, ya lo entendía. Transmitía una paz… Cerró los ojos y se dejó envolver por la esencia de aquella planta. Por alguna extraña razón, cada vez que estaba cerca de esa planta, se sentía en paz y sentía que obtenía más energía. Era en esos momentos en los que le gustaba estar sola. Aquel sentimiento de añoranza al fin se había marchado y podía volver a sonreír y mantener tranquila. Se reincorporó y cerró los ojos cuando notó que una suave brisa comenzó a hacerse notar. En esos momentos, la mente de Eda divagaba por cualquier lugar haciendo que la joven se sumiera en un sueño con los ojos abiertos.
-Sengoku-
En lo alto de uno del Torii rojo del templo que ponía Shidzen, una flecha en llamas se clavó en él. Varias flechas atravesaron el arco de madera que separa lo profano y lo sagrado, también en llamas, e hicieron que aquel lugar se comenzase a quemar. Un hombre vestido de comandante y de aspecto extranjero se quedó mirando aquel con la mirada fría y seria. Ese lugar le trasmitía paz pero también una sensación extraña. Como ya estaba casi destruido, quizás por una pelea reciente, no servía de mucho que aquello siguiera en pie. Intuía que alguien venía a buscar algo que hay estado en ese lugar y, al no encontrarlo, decidieron destruir, con azufre, aquel lugar sagrado. Mientras que el comandante veía como el fuego consumía el templo, su mente regresó a ese lugar donde la había conocido. Aquella mujer, a la única, que había amado pero su amor era algo imposible para ellos.
-¡Señor! – Lo llamó uno de sus soldados. – No hemos encontrado nada en ese templo.
-¿Quién ha dado órdenes para que entréis? – Espetó el comandante.
-Teníamos que inspeccionar a ver si había algo de valor… - respondió el mismo hombre.
-Larguémonos – tiró de las riendas de su caballo para dar media vuelta y continuar su camino por el bosque.
-Futuro-
Eda se encontraba tumbada boca arriba sobre su cama mirándose las manos pero, sobre todo, los dedos en donde tenía aquellos extraños anillos que esos dos hombres le habían regalado. En los días que llevaba en ese lugar, las imágenes extrañas habían aumentado. Se sentó sobre la cama y dejó escapar un pequeño suspiro. Sin darse cuenta, se tocó los labios con las yemas de los dedos. El tacto de los labios de Sesshomaru todavía perduraba y eso, sin saber por qué, le encantaba. Miró hacia el balcón al escuchar voces en el jardín. Se levantó de la cama y se quedó detrás de la cortina para ver que Sesshomaru e Inuyasha no paraban de discutir. Por suerte, el lord había vuelto ser un youkai. Eso provocó que ella sonriera feliz. Se alegró de que él volviera a ser como antes. Cogió la cortina con una mano sin dejar de mirar al youkai de cabellera plateada. Había algo que hacía que no pudiera apartara la vista de él. Era un sentimiento que no había tenido con otra persona. Sabía que no era lo mismo que sentía hacia su padre o sus hermanas o, incluso, hacia Wang. Cuando vio que comenzaban a desvainar sus espadas, corrió en dirección a la puerta de la habitación y salió de su cuarto para intentar detenerlos.
-¿Pensáis pelearos en la casa en Eda? – Inquirió Kagome con los brazos en la cintura y seria.
-No sería recomendable que hagáis eso. Aquí vive la familia de la señorita Eda y como le hagáis daño a alguien de su familia se enfadará y no podremos encontrar los objetos porque ella se negaría a volver con nosotros a la época antigua – expuso el monje.
-El caso es que deberíamos volver ya. Estamos perdiendo el tiempo en este lugar – expuso Inuyasha.
-Entonces volvamos – dijo una voz femenina. Era Eda respirando entrecortadamente.
-¿Tu familia…? – Comenzó a decir Sango.
-Lo entenderán. Además de que creo que mis hermanas se alegrarán si me marcho – le interrumpió la joven rubia con una leve sonrisa.
-Es la primera vez que veo que unas hermanas tratan así a la más pequeña – comentó Kagome. – Ni si quiera yo trataba así a mi hermano pequeño.
-Ya os conté que mi madre enfermó después de que yo naciera…. Creo que me echan la culpa por eso y porque mi padre siempre está pendiente de mí por si me pasa algo – respondió Eda cogiéndose las manos y encogió los hombros.
-Entonces, no hay más que hablar. Nos iremos mañana por la mañana – sentenció Inuyasha.
Los amigos del hanyou miraron de reojo a Eda. Ella seguía absorta en sus pensamientos desde hacía bastante rato. ¿Qué era lo que estaba pensando? Eda podía sentir que alguien la estaba buscando pero… ¿qué? No sabía si debía contar aquella sensación, así que prefirió callarse. Al percatarse de que la estaban mirando, salió de su mundo y luego sonrió. No quería preocuparlos por sus tonterías pero, aun así, Kagome notó que le pasaba algo.
Esa noche, antes de que Eda se marchase a su cuarto para descansar, el señor Kusanagi se la llevó al jardín. Quería hablar con ella sobre algo que quiso hablar cuando regresó de la época antigua la primera vez. Caminaron hasta donde se encontraban las plantas Yunuen. Vio como su padre se agachaba y tocaba de esas plantas con las yemas de los dedos.
-¿De verdad te vas a ir de nuevo? – Le preguntó su padre sin quitar la vista sobre la flor.
-Sí, papá – respondió Eda con las manos cogidas delante de su cuerpo.
-¿Me puedes decir si ves que no te va a pasar nada?
-No puedo, papá. Es extraño pero no puedo ver nada sobre mí… a no ser que salga con la persona con la que tengo la visión – el señor Kusanagi cerró los ojos. – Pero estaré bien. No debes preocuparte.
-Me preocupo, Eda. Eres mi hija y me preocupo.
-No deberías. Ellos me protegen si somos atacados, sobretodo Sesshomaru.
-Antes de que tu madre muriera, me dijo que esta planta… que podía sentir que esta planta eras tú, que por eso las había plantado. Si te soy sincero, nos costó encontrarla pero al final la encontramos – se levantó despacio y miró a su hija. – Me acuerdo una vez que te pusiste tan enferma que las flores comenzaron a marchitarse pero, un día, comenzaste a mejorar y las flores brillaban de un color extraño mientras mejorabas. Quise quitarlas pero tu madre dijo que si lo hacía, por alguna extraña razón, tú…
-¿Qué me quieres decir, papá? – Le interrumpió con los ojos húmedos. Hacía tiempo que su padre no le hablaba de su madre.
-Que gracias a estas flores, sabré si te pasa algo – le sonrió tierno. - ¿Tendrás cuidado, verdad Eda? ¿Me puedes prometer que lo tendrás? Ya perdí a tu madre, no quiero perderte a ti.
-Sí, papá. Tendré mucho cuidado – le prometió ella.
El señor Kusanagi se acercó a su hija y le abrazó con fuerza. Sesshomaru, que había salido para mirar la Luna, escuchó sin querer aquella conversación. Se sentí mal llevándosela con él pero necesitaba estar con ella, igual que la necesitaba Shigefumi y aunque ella se acordase de su pasado. Quería protegerla y evitar que ocurriera lo mismo que trescientos años atrás, cuando pensó que la había perdido para siempre.
-Quiero que te quedes con esto. Te hará recordar que debes volver a casa – le dijo el señor Kusanagi.
Shigefumi sacó un collar de plata con un colgante de tres lunas; creciente, menguante y luna nueva. La luna creciente era de un color azul mar, la luna menguante poseía un blanco nieve y la luna nueva intercalaba los colores verde naturaleza y rojo fuego. Eda se quedó mirando aquel objeto con los ojos un poco abiertos. Le encantaba pero esos colores le sonaban de haberlos visto con anterioridad. Su padre se puso detrás de ella y le puso el collar mientras que ella seguía mirando el collar como podía. Una vez puesto, se giró hacia su padre y lo abrazó apoyando a cabeza en el pecho de su padre.
-Es precioso, papá. Me encanta – le dijo ella. – Gracias.
-No me tienes que dar las gracias o al menos a mí. Es cierto que yo lo compré pero ha sido… como se llama…. Se…
-¿Sesshomaru? ¿Ha sido él quien lo ha elegido? – El señor Kusanagi asintió. Eda puso una mano sobre el colgante y una pequeña sonrisa salió de sus labios. – Siempre lo llevaré puesto, te lo prometo papá.
Nada más amanecer, todos salieron al jardín para poder volver a su época. Sólo faltaba que bajase Eda. Ella se estaba peinando enfrente del espejo del cuarto de baño. Respiró lentamente y hondo dejando el peine sobre el lavabo. Gracias al reflejo del espejo pudo ver el colgante que le había regalado su padre y Sesshomaru. Se pasó el peine por última vez por las puntas de su cabello liso y salió del cuarto de baño. Por las escaleras, se encontró con Miyako pero ésta giró la cara para no verla. Aun así, eso no hizo que Eda le hiriera, ya estaba acostumbrada a las indiferencias de su hermana. Ambas salieron al jardín en silencio y Eda se reunió con sus amigos. Levantó la mano y luego miró a su padre. Por primera vez desde que llegó, su familia vio que, en la frente de Eda, llevaba la tiara. Sus hermanas la miraron recelosa al ver los dos anillos en los dedos de su hermana y al ver la tiara.
-¿Has visto eso, Suzume? – Susurró Miyako a su hermana.
-Sí… - miró a su hermana. - ¿Estás pensando lo mismo que yo?
-Creo que sí. Podíamos habérsela quitado pero ya es demasiado tarde. Teníamos que habérsela quitado antes – dijo en el mismo tono con el que había comenzado la conversación.
-Tienes razón… - la miraron. – Pero se la podemos quitar la próxima vez que vengan.
-Ten mucho cuidado Eda y vuelve pronto o al menos, cuando nazca el bebé – le dijo su padre.
-Claro, papá – aseguró ella con una sonrisa.
-No se preocupe, señor Kusanagi. Eda está en buenas manos – aseguró Kagome. – La protegeremos muy bien. Aparte, es nuestra amiga y no queremos que le pase nada malo.
-Eso es cierto – aseguró Sango.
-¡Vámonos ya! – Se quejó Inuyasha. – Todavía nos queda mucho para encontrar el siguiente objeto.
Terminaron de despedirse de la familia de la joven del cabello rubio y caminaron hacia el bosque. Por el camino, el anillo que le dio Seiryu no paraba de brillar y cuando llegaron a la mitad del bosque, una esfera de color azul los rodeó a todos.
-Sengoku-
Despertó cuando sentía que se estaba moviendo. Al abrir los ojos, vio que Sesshomaru la tenía entre sus brazos y su cabeza estaba apoyada sobre la armadura del taiyoukai. Se sentía un poco cansada pero conforme avanzaba los minutos, iba recuperando las fuerzas. Al pararse para comer algo, había algo extraño en el ambiente. Eda se sentía algo inquieta, como si algo estuviera llamando pero no digo nada al respecto. La flor de Loto que tenía Sesshomaru bajo la armadura, comenzó a brillar. Eso significaba que alguno de los objetos andaba cerca. La flor salió de la armadura y se quedó flotando enfrente de la joven de ojos azules. Ella levantó la mano y tocó la flor con las yemas de los dedos. Acto seguido, desapareció. Sesshomaru se levantó de un salto, al igual que Inuyasha, preocupado por la extraña y repentina desaparición de Eda.
-¿Qué ha pasado? – Preguntó extrañado Miroku.
-¿Dónde ha ido? – Pensó el lord mirando hacia ambos lados.
El ruido de los matorrales moviéndose hizo que el grupo mirasen hacia ese lugar. Se pusieron en alerta por si atacaban pero, en vez de eso, salió un conejo blanco que los miró mientras ladeaba su pequeña cabecita. Todos lo miraron con cara de extrañados ya que no se esperaban ver un conejo en aquel lugar. Al ver que todos los observaban, el conejo se marchó de aquel lugar yéndose por el lado izquierdo de por donde había venido. Instintivamente, Sesshomaru siguió al animal. Parecía que el pequeño animalillo quería que lo siguieran. Llegaron a una gran cueva donde se podía notar un gran poder espiritual procedente de ese lugar. Cuando se fijaron mejor, vieron a Eda dentro de esa cueva pero parecía que ella no se había percatado de su presencia.
-¡Eda! ¡Eda! – Gritó Kagome llamándola. – Parece que no me escucha.
-Esto no me da buena espina – expuso Sango cuando sintió un escalofrío por el cuerpo.
-¿Por qué, Sango? – Le preguntó Kagome.
-Ha desaparecido de pronto y ahora no nos escucha. Seguro que hay algo que impide que no escuche. Aunque no siento ningún poder alrededor – habló la exterminadora de demonios.
-Eso es porque el dragón que protege esta cueva hace eso posible – se escuchó detrás de ellos. Al girarse, vieron que se trataba de Seiryu, el hombre que sacaron de aquel calabozo. – Cuanto tiempo sin veros.
-Tú eres… - comenzó a decir Inuyasha.
-¡Seiryu! – Terminaron por decir los demás.
-Además, en esta cueva reina el agua. Cuando pasas la entrada, dejas de escuchar todo lo del exterior y eso lo que le ha pasado a vuestra amiga. Mientras esté dentro, no escuchará nada de lo que pase fuera – les explicó el guardián.
-¿Qué quieres decir? – Preguntó Sesshomaru fríamente.
-Toda la cueva está hermética, es como si estuviera dentro del agua – cerró los ojos y comenzó a brillar. – Tened cuidado – y desapareció.
De pronto, vieron como Eda comenzaba a adentrarse dentro de la cueva hasta que, la oscuridad de la misma, dejaron de verla. Sesshomaru sacó a Bakusaiga y lanzó un ataque hacia la cueva. Fue en ese entonces cuando vieron que un campo energía rodeaba el lugar. Sin más, el campo comenzó a brillar y tomó forma de un dragón típico. Su cuerpo era alargado y acaba cubierto de espesas escamas blindadas. Junto con su cuerpo intimidante, su aura no desprendía gran poder pero sus ojos color rojo y arrogante parecía que no le hacía gracia que ellos estuvieran ahí. Su cuerpo tenía un color azul oscuro. Ese dragón se interpuso entre la entrada a la cueva y ellos.
-Amo Sesshomaru. ¿Ese dragón es el del lago? ¿Al que le arrancaste un brazo? – Comentó Jaken.
-No, no es él – respondió daiyoukai mirando al dragón fijamente.
-¿Qué es eso? – Comentó Kagome poniéndose una mano a la altura del pecho.
-Creo que debemos destruir a este dragón para poder pasar – opinó Miroku.
Mientras tanto, Eda caminaba por la oscura cueva siguiendo a la flor de Loto que brillaba delante de ella y la guiaba por la cueva. No se percataba que estaba sola en la mitad de una cueva y de lo que estaba pasando fuera. Llegó a una gran sala donde sólo había un altar de mármol. Encima de ese altar, había una pequeña esfera que contenía un brazalete de metal con cuentas de zafiro con forma de pequeñas hojas. Ese brazalete era bastante ancho, más de lo que ella estaba acostumbrada a ver. Se acercó un poco, alargó el brazo pero cuando iba a tocar la esfera, escuchó que alguien decía a su lado:
-Yo de ti no lo tocaría.
-¿Por qué no? – Preguntó ella sin quitar la vista de ese brazalete.
-Porque cuando lo toques, el brazalete absorberá toda tu energía – respondió Seiryu. – Debisteis haber encontrado primero el velo. Al menos, con el velo podrías mantenerte de pie.
-Aun así… ya que estamos en este lugar, nos llevaremos el brazalete.
-¿A pesar de que tendrás sueño todo el rato?
-Sí, a pesar de eso – dijo pareciendo serena pero en realidad no quería ser una carga para sus amigos.
Eda, titubeante, puso una mano debajo de la esfera y cuando su mano tocó la esfera, ésta emitió una luz cejadora inundó el lugar. Segundos después, Eda cayó hacia atrás pero alguien la detuvo poniéndose detrás de ella y puso sus manos en los hombros de la joven. La cogió entre los brazos mientras que el brazo izquierdo se había quedado hacia abajo dejando ver el brazalete puesto en su muñeca. Luego caminó hacia la salida de la cueva. No paraba de sonreír y más cuando vio el collar que ella llevaba puesto. "¿Podrá aguantar? ¿Tendrá suficiente energía para portar la pulsera sin el velo?" Pensó Seiryu sin dejar de mirarla.
Inuyasha y sus amigos continuaban peleando contra aquel dragón que parecía que no le afectaba los ataques. El dragón seguía tapando la entrada de la cueva pero de pronto, comenzó a apartarse. Cuando Sesshomaru vio que ella venía en los brazos del guardián, sintió mucha rabia y más cuando vio que iba durmiendo. El daiyoukai apretó la vista pero acabó acercándose, mientras guardaba a Bakusaiga, para poder cogerla él. Seiryu le dio a él a una dormida Eda sin dejar de sonreír. Ella apoyó la cabeza en el pecho del youkai.
-¿Qué le ha pasado? – Preguntó Shippo en el hombro de la joven sacerdotisa.
-Se ha quedado dormida. Despertará dentro de un par de horas – contestó el guardián. – Os aconsejo que busquéis el velo. El brazalete le quitará mucha energía… hasta el punto de matarla.
-¿Pero cómo sabremos que el próximo objeto que encontremos es el velo? – Interrogó Sango. – La posibilidad de que sea el velo el próximo objeto…
-No os preocupéis, os transportaré hasta el lugar donde se encuentra – le cortó Seiryu.
-¿Por qué nos vas a ayudar? – Dijo cruzándose de brazos Inuyasha.
-Porque ella me ayudó a salir de la prisión en la que llevaba mucho tiempo metido. Es mi manera de darle las gracias – miró hacia el rostro dormido de la muchacha rubia. – Si no la hubiera vuelto a ver, creo que no me hubiera atrevido a salir de ahí.
-¿Es que la habías visto anteriormente? – Habló Kagome.
-Sí. Cuando éramos pequeños, en el Templo Shidzen. Ahí fue cuando le prometimos lealtad, cuando la conocimos y le prometimos que la protegeríamos con nuestras propias vidas pero… - contó con algo de añoranza en las palabras.
-¿Pero? – Repitieron todos.
-…Tuvimos que alejarnos de ella para que él no la encontrase y crear un campo de energía para protegerla y mantenerla a salvo de todos aquellos que querían hacerle daño – dijo para sí sin percatarse que aquel grupo podían oírle, aunque los únicos que lo escucharon fueron Inuyasha y Sesshomaru.
-¿Por eso…? – Comenzó a decir Inuyasha.
-Los objetos que necesitáis encontrar son una muestra de lealtad y con ellos protegemos a nuestra princesa – dijo Seiryu. – Ahora, os llevaré al lugar donde se encuentra el velo. Por favor, conseguirlo pronto. El brazalete absorbe mucha energía del que la posee.
El anillo que Eda tenía en la mano izquierda comenzó a brillar y se dieron cuenta que no era Eda quien lo hacía brillar. Antes de desaparecer, vieron que el dragón escupía una luz azulada hacia el cielo para luego dirigirse hacia el collar. Esa luz entró dentro del collar e instantes después, el dragón volvió a escupir la misma luz azulada. Lo repitió varias veces hasta que el collar brillaba por sí solo. Eso les extrañó a todos pero parecía que la energía volvía al cuerpo de Eda, aun así no despertó.
-Con esto, podrá aguantar cuatro días sin el velo pero recordad, tened cuidado. Ahora ella está en un punto muy delicado. Lo más seguro que esté despierta pero no tendrá la energía suficiente como estar de pie o caminando – habló Seiryu al cabo de un rato. – Lo malo va a ser para acceder al lugar donde está el velo. Es más porque sólo ella puede pasar por el campo de energía que los guardianes tenemos en los lugares donde se encuentran los objetos.
-La primera vez entró Sesshomaru – comentó Shippo.
-Esta vez sería diferente. Creo que la otra vez fue por deseo de ella pero, como los objetos se auto colocan solos, no creo que podáis cogerlas ninguno de vosotros.
-Pobre. Parece que tan débil que cuesta creer que necesite un velo para poder… - comenzó a decir Miroku.
-Es hora de que os vayáis. Estáis perdiendo el tiempo aquí – le interrumpió el guardián y anillo brilló aún más. – Nos volveremos a ver. Tened cuidado - dijo e hizo que el grupo desapareciera de aquel lugar.
Caminaban por el bosque cuando ella abrió los ojos. Era cierto que se sentía débil y cansada pero sonrió débilmente al ver que era llevaba en los brazos de Sesshomaru. No tardó ni un minuto cuando cerró de nuevo los ojos. Había pasado ya tres días desde que habían comenzado la búsqueda del velo y tres desde que habían llegado a ese lugar. El grupo seguía avanzando por el bosque hasta que la noche comenzó a caer. Decidieron quedarse en la mitad de esa espesura. El lord apoyó a Eda en el lomo de Ah-Un y la dejó descansar. Mientras que ellas se encargaban de hacer algo de cena, Sesshomaru fue a buscar algo de fruta para cuando Eda se despertase.
-Parece mentira – habló de pronto Miroku.
-¿El qué? – Preguntaron las dos chicas a la vez.
-Miradla. ¿Cómo alguien puede… querer hacer daño a alguien que tiene esa cara de ángel? – Dijo el monje pervertido.
-Además de que no tiene ningún poder – agregó el hanyou con los brazos cruzados y sentado en el suelo con las piernas cruzadas. – No me está gustando en donde nos hemos metido. Esto no nos concierne…
-Lo estamos haciendo porque Eda necesita nuestra ayuda. Por muy fuerte que sea Sesshomaru, estoy segura que él solo no puedo protegerla. Además, es nuestra amiga – comentó Kagome.
Un pájaro de un hermoso pelaje y con un canto majestuoso, sobrevolaba las copas de los árboles de donde ellos se encontraban. Esta ave compartía los principios Divinos con un pelaje esplendoroso de color dorado y carmesí comenzó a descender hasta que descansó sus patas sobre la tierra y agachaba la cabeza a una dormida Eda. De pronto, el Phenix comenzó a separarse del suelo, moviendo sus alas de arriba abajo y con las garras cogió a Eda de los hombros, después de eso, batió las alas más deprisa impidiendo que ellos le diesen tiempo a impedir que aquella ave se la llevara. Se miraron entre sí, preocupados de cómo reaccionaría Sesshomaru al saber que un pájaro se había llevado a Eda.
-¿Qué le diremos a Sesshomaru? – Preguntó temerosa Kagome.
-¿Qué tenéis que decirme? – Dijo una voz detrás de ellos. Al girarse, vieron que se trataba de Sesshomaru que llevaba una cesta de manzanas. - ¿Dónde está?
-Bueno… eso es lo que debemos decirte… - comenzó a decir Kagome jugando con sus dedos.
El sonido de los arbustos moviéndose hizo que todos mirasen hacia ese lugar. Se quedaron en sus posiciones esperando a ver que era. Sus ojos se abrieron sorprendidos cuando vieron que se trataba del ciervo dorado que habían visto cerca del templo Shidzen. El ciervo sonreía sarcásticamente, como si supiera algo que ellos no.
-¿Dónde está Eda? – Inquirió Kagome.
-Dinos dónde está o… - comenzó a decir Inuyasha.
-¿O qué? ¿Qué piensas hacer contra el guardián principal? – Le interrumpió Suzaku. – Si me atacáis y me herís, podréis hacer daño a vuestra amiga – insinuó.
-¿Qué quieres decir? – Cuestionó el lord con la mirada endurecida.
-No quiero decir nada, sólo os estoy advirtiendo. Si me atacáis y me hacéis el más mínimo rasguño, ella lo sufrirá.
-¿Estás diciendo que si alguno de los guardianes sois atacados y heridos, Eda también será herida? – Dijo Kagome preocupada.
Sin más, el ciervo comenzó a brillar y a tomar forma humana. Al disiparse el brillo, apareció un hombre de rasgos finos y con el cabello sumamente largo, liso y rojo, sujetado por la punta por una especie de brazalete, con una corana de complicado diseño que, en el lado izquierdo justo encima de la oreja la cual tenía una vara metálica traspasándole el cartílago, tenía una jema enorme de color rojo anaranjado, muy guapo y vestía ropas extrañas. Sus ojos eran de color rojo fuego. Ellos lo miraban sorprendidos. Era igual que el hombre llamado Seiryu y el que se hacía llamar Byakko.
-Si queréis saber la respuesta, deberéis ganarme – propuso Suzaku. - ¿Quién quiere empezar?
-¡Suzaku! ¡Basta! – Se escuchó una voz. Al girar la cabeza hacia el lado izquierdo, vieron a Seiryu al lado de un árbol.
-Hermano – se limitó a decir.
-Déjale que sigan buscando el velo. El brazalete le está consumiendo las energías y nuestro deber es protegerla, no dejar que muera porque quieras pelear contra alguien – le regañó el guardián del agua.
Un gran temblor azotó el suelo haciendo que perdieran el equilibrio. Intentaron ponerse de pie pero el temblor volvió a hacer acto de presencia. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Suzaku cerró los ojos para intentar descubrirlo pero abrió los ojos preocupado. Miró a su hermano y luego a los que iba con Eda.
-El volcán está en erupción – rebeló.
-Pero si lleva mucho tiempo inactivo – comentó Seiryu.
-Vuestra amiga está en peligro. Hay que sacarla del volcán sino morirá – les anunció al grupo.
