Capítulo 8: Perséfone

Ella se veía exactamente como la imagen que había visto hace meses, excepto que su cabello era del color del trigo en vez de rubio fresa. No estaban lo suficientemente cerca de mí para ver las pecas, pero estaba segura de que estaban ahí, también. La memoria de Rachel acerca de ella era perfecta. Por supuesto que lo era. ¿Qué más había esperado?

—¿Entonces qué? —Tomé una respiración profunda para reducir la velocidad de mi pulso acelerado. El nudo en mi pecho hacía difícil respirar—. ¿Nos sentamos aquí y miramos fijamente, o vamos a decir hola?

Puck no contestó. Observó a Perséfone con amplios ojos sin parpadear, y no estaba segura de que estuviera respirando, tampoco. Lo pinché con mi dedo en el hombro, pero se encogió lejos de mi toque.

—¿Qué está pasando? —le dije a Ava. Ella, también, estaba mirando fijamente, pero tenía la misma mirada en su cara de cuando miraba a Finn, Xander o Theo.

—Casi olvidó cuán hermoso es Adonis —dijo—. Debimos haberlo hecho uno de nosotros.

Ella no habría tenido ningún argumento de mí, pero un sonido extraño escapó de Puck, casi como si estuviera gruñendo.

—¿Y tener que soportar a otro rubio narcisista alrededor? No, gracias. Ava abrió la boca para replicar, pero la corté.

—Todos ustedes son narcisistas. ¿Vamos o no?

Con una expresión herida, Puck rompió su mirada, pero ni él ni Ava hicieron un movimiento hacia la cabaña. Con un bufido, di un paso más allá del borde de los árboles y caminé por el prado, haciendo un punto al pisar alrededor de las flores. No tenía sentido arriesgar la ira de Perséfone antes de decir una palabra.

Perséfone debió haberme visto, porque se levantó, colocándose protectoramente enfrente del hombre. Aparentemente, Adonis. Era adecuado. Se veía como si hubiera salido de una película, con un cabello largo que colgaba hasta sus hombros y un abdomen que hubiera puesto a Rachel en vergüenza. Era difícil concentrarme en Perséfone con él parado ahí, y mi boca se secó mientras intentaba pensar en algo que decir. El deseo de no hacerme quedar como tonta enfrente de él me abrumó, e inmediatamente me sentí culpable por estar tan atraída a él. Si Perséfone era la mitad de superficial que Ava, por lo menos ahora entendía por qué había dejado a Rachel.

Toqué las flores en mi bolsillo. Ahora no era el momento de empezar a pensar como ella.

—¿Quién eres tú? —preguntó. Había un borde afilado en su voz que forzó mi atención de vuelta a ella, ¿pero qué podía hacer ella? ¿Atacarme con una hierba? Ya no era una diosa.

—Soy Quinn —dije, levantando mis manos mientras tomaba otro paso hacia adelante—. Quinn Fabray.

Su expresión no se suavizó. Si nuestra madre la había visitado, no había sido en los últimos veinte años o nunca le mencionó a Perséfone que tenía una hermana. Parecía justo. Tampoco me dijo nunca que yo tenía una hermana.

Escuché pasos detrás de mí mientras Ava y Puck se acercaron. Incluso si Perséfone no tenía idea de quien era yo, por la manera en que su boca cayó abierta, era obvio que los recordaba.

—¿Hermes? —dijo aturdida, y luego sus ojos se estrecharon cuando agregó—: Y Afrodita. Qué suerte la mía. ¿Qué está pasando?

Puck dio un paso a mi lado y puso su mano en mi hombro. Ava se quedó detrás de nosotros, y no la culpaba. Cualquier rencor que había entre las dos, Perséfone claramente tampoco lo había olvidado.

—Perséfone —dijo Puck con un rígido asentimiento—. Ha sido un largo tiempo.

—No lo suficientemente largo —dijo, y tomó la mano de Adonis, sus nudillos tornándose blancos por su agarre—. ¿Qué quieren?

No mucho. Sólo que dejes a tu perfecto novio y el más allá detrás, para ayudarnos a los tres y encontrar al ser más poderoso del universo. Posiblemente liberarlo también, si no le importaba demasiado. Tragué y abrí mi boca para responder, pero Puck se adelantó.

—Cronos despertó. Perséfone palideció.

—¿Cómo?

—Hera —dijo Puck, y Perséfone frunció el ceño—. Es una larga historia. Necesitamos tu ayuda.

Perséfone nos miró cautelosamente, y su mirada se mantuvo en mí durante más tiempo que en los demás.

—¿Cómo podría ayudarles? Ya no soy una diosa. Puck suspiró.

—¿Podemos pasar?

Se tensó, y mientras Adonis la abrazó protectoramente, la envidia serpenteó a través de mí. ¿Cómo se sentiría estar en su lugar y tener esos brazos alrededor de mí?

No, yo tenía a Rachel. Quizás las cosas no estaban yendo muy bien, pero ella era mi esposa. La amaba. ¿Y quién más tenía la habilidad de mejorar mi humor simplemente al entrar en la habitación? No necesitaba a Adonis.

Pero una parte de mí lo quería muy, muy gravemente.

—Está bien —dijo él, acariciando el hueco de su cuello—. Nadie puede herirme ahora.

No tenía idea si eso era verdad, si Cronos podía atacar a la muerte como nos había atacado a nosotros, pero no importaba. Mientras Cronos mantuviera nuestro trato hasta el final, no lo volveríamos a ver hasta que estuviéramos listos. No era un sistema muy fiable de las circunstancias, pero era mejor que nada.

—¿Quién es ella? —dijo Perséfone, asintiendo hacia mí.

Puck me dio una mirada de advertencia, pero di un paso adelante antes de que él pudiera responder.

—Rachel iba a dejarse desvanecer por tu culpa —dije con más mordacidad de lo que pretendía. No podía gobernar el Inframundo sola, así que me casé con ella.

Perséfone me miró como si pudiera ver justo a través de mí. Era desconcertante, pero mantuve mi cabeza en alto y le devolví la mirada, negándome a dejar que llegara a mí. Que ella estuviera bajo mi piel ya era suficiente.

Después de un largo momento, se giró hacia la puerta de la cabaña y asintió rígidamente para que la siguiéramos. Los tres nos arrastramos detrás de ella, Ava muy a regañadientes, y Puck me dio otra mirada. Ignoré esa, también.

El interior de su cabaña, de una sola habitación, era más acogedor de lo que había esperado. Cientos de diferentes tipos de flores colgaban del techo, ordenados por familia y color, e inmediatamente me sentí en casa. Mientras respiraba la esencia celestial, la tensión en el aire pareció desvanecerse. Mi madre había hecho exquisitos ramos para cada ocasión en Nueva York, y para el momento en que tenía diez años, los hombres de negocios pagaban cantidades exorbitantes por uno de sus arreglos. Sin embargo, antes de que tuviera la edad suficiente para tener grandes intereses, ella se enfermó, y después de su segunda ronda de quimioterapia, tuvo que vender el negocio. Al parecer el cáncer no se había interpuesto en el camino de la enseñanza de Perséfone.

Perséfone nos hizo un gesto de que tomáramos asiento en una de las dos sillas en la mesa, pero Puck fue el único que aceptó su invitación. Me paré a su lado, haciendo un punto en girarme, así no podría ver a Adonis, ni a Ava permanecer cerca de la puerta.

—¿Cuánto tiempo has estado gobernando el Inframundo? —dijo Perséfone. Estaba parada en el centro de la habitación, su boca en una firme línea mientras me observaba. Era inquietante, pero al menos nos dejó entrar.

—No lo hago —dije—. Rachel y yo nos casamos hace seis meses. Me fui para el verano, y Cronos empezó a atacar el día en que regresé aquí abajo. No hubo tiempo para terminar la ceremonia.

Perséfone hizo un sonido suave en la parte posterior de su garganta, y sus ojos se estrecharon.

—¿Por qué la llamas Rachel?

Parpadeé. Esa era la última pregunta que había esperado.

—Por la misma razón por la que tú la llamas Hades, supongo. Es como ella me dijo que lo llamara.

—Los nombres griegos ya no estaban de moda —dijo Puck—. Y Zeus decidió que era mejor mantener un perfil bajo después de que Roma cayó, así que nos tuvimos que adaptar. Soy llamado Puck ahora. Afrodita es Ava. Sin embargo, Hera fue inflexible en mantener su nombre griego. Aunque ella se fue con Brittany, por su Musa favorita. No resalta tanto como lo hacían los nuestros.

Perséfone estaba en silencio. Adonis se deslizó a su lado y enlazó un brazo alrededor de su cintura, pero ella no se movió. No podía mirarla muy bien sin ser grosera, así que apreté los dientes y traté de evitar decir algo impulsivo o totalmente inapropiado.

—Parece que el mundo siguió su curso sin mí —dijo con una inhalación un poco arrogante.

—No deberías actuar tan sorprendida —dijo Puck. Estiró las piernas y se quitó las botas con la punta de los pies. Perséfone arrugó la nariz, pero no dijo nada—. Han pasado cien años. No lo reconocerías si fueras allá arriba.

Por un momento me pareció ver un destello de arrepentimiento pasar por su rostro, y mi estómago se retorció desagradablemente. ¿Había decidido que no amaba a Adonis tanto como había pensado que lo hacía? ¿Estaba Ava en lo cierto acerca de la lealtad de Perséfone y había madurado cansándose de ella, queriendo seguir adelante? No podía ver cómo, al menos que Adonis no fuera nada más que una cara bonita. Una muy bonita, pero aun así.

No tuve mucho tiempo de pensar sobre eso. Perséfone se giró de nuevo hacia mí, con sus glaciales ojos azules.

—Entonces, te eligió a ti de millones de personas en el mundo…

—Billones —dijo Puck—. Ha sido un tiempo. Perséfone frunció el ceño.

—El punto es el mismo. ¿Por qué tú?

Parte de mí quería evitar el tema tanto como fuera posible, pero ella estaba obligada a hacer preguntas, y si yo era honesta con ella, había una posibilidad de que estuviera dispuesta a ayudar. Si realmente estaba aburrida con Adonis, tal vez tendríamos suerte y saltaría la oportunidad de ir a un lugar nuevo. De cualquier manera, mentirle o guardar información no iba a ayudar a mi causa.

—No fui la primera —dije—. Once chicas fueron puestas a prueba antes que yo durante el siglo pasado. Brittany las mató antes de que tuvieran una oportunidad, y…

—Hera jamás haría eso —interrumpió Perséfone—. Quizás si fuera Zeus, pero…

—Ella está enamorada de Rachel —dije—. Después de que te fuiste, pensó que tenía una oportunidad, pero él no quería estar con ella, así que mató a su competencia.

Perséfone resopló.

—Tú sobreviviste. Debes ser algo especial. Apuesto a que Rachel sólo susurra sobre ti.

Quizás fue la manera en que dijo su nombre o el sarcasmo que goteaba su voz, pero algo dentro de mí se rompió. Esto era imposible. No iba a estar todo el día a sus alrededor explicándole todo a ella cuando no estaba escuchando. Nunca entendería por qué Rachel la quería tanto, y si ella no podía mostrarme algo de cortesía básica, no me iba a molestar, tampoco.

—Sólo está conmigo porque soy tu hermana —dije acaloradamente—. Judy… Demeter, es mi madre. Ella decidió tenerme en un último esfuerzo para salvar a Rachel porque se sentía tan condenadamente culpable por lo que le hiciste a ella, y no quería ser responsable de su desvanecimiento. Se casó conmigo porque no podía tenerte, y yo era la siguiente mejor cosa. Gracias por traerlo a colación.

Las palabras estaban afuera antes de que pudiera detenerlas, pero ya no había vuelta atrás. Además, era la verdad. Evadir el problema y actuar como si ella no tuviera nada que ver con que yo hubiera nacido, habría sido estúpido.

Fui concebida para ser otra encarnación suya, para ser la versión que ni siquiera ella podía ser, pero ahora que estaba de pie enfrente de Perséfone, sabía que nunca me acercaría. Ella era hermosa, grácil y ponía las flores de nuestro alrededor en vergüenza, pero al mismo tiempo, estaba dispuesta a herir a las personas que la amaban por el bien de su propia felicidad.

Yo no era Perséfone, y por primera vez desde que conocí a Rachel hace cerca de un año, finalmente me di cuenta que era algo bueno. Era la que podía desear a Adonis y decir que no.

El abrumador silencio llenó la cabaña. Perséfone me miró, sus ojos ardiendo con algo que no podía identificar, pero sabía que no era bueno. Ella no necesitaba decirme que me fuera. Me giré en mis talones y caminé hacia la puerta.

La brisa sopló a través de la pradera, y cuando tomé una respiración profunda, el olor de fresas me llenó, pero estaba demasiado lejos para importarme. La ira evaporó cualquier simpatía que había tenido por Perséfone, y no me importaba si ella era mi hermana. Nunca había tenido una hermana antes, y no había necesidad de cambiar eso ahora.

Oí la puerta abrirse de nuevo y pasos contra la tierra mientras alguien venía detrás de mí. Seguí avanzando.

—Quinn —dijo Ava—. Quinn, detente.

Estaba a mitad de camino de los árboles cuando agarró mi brazo. Me giré, dispuesta a hablar con ella, pero las palabras formaron un nudo en mi garganta.

—Tú sabes que eso no es cierto —dijo suavemente—. Rachel no se casó contigo porque eras la hermana de Perséfone.

Traté de hablar de nuevo pero todo lo que salió de mis labios fue un sollozo ahogado, y mis mejillas ardieron con humillación. Apenas había pasado cinco minutos con ella, y ya me había reducido a esto.

—Ella… ella es la única razón por la que tuve posibilidades en primer lugar — balbuceé yo—. Y el amor nunca fue parte del trato. Todo lo que tenía que hacer para casarme con ella era aceptar, y… y eso fue todo lo que hice.

Ava me abrazó, y escondí mi rostro en su hombro, tratando de no llorar más de lo que ya lo hacía. No obstante, ahora que la bomba había explotado, no podía parar. Todas las preocupaciones y la tensión que había contenido en mi interior desde que llegué al Inframundo se derramaron, y ola tras ola de sollozos me asaltaron, llevándose cada último vestigio de dignidad que me quedaba.

Yo no había pedido esto. No quería enfrentarme a mi hermana y a todas las dolorosas verdades que venían con ella. Incluso con el cáncer, yo había sido feliz en New York con mi madre, cuando no sabía que había sido su segunda hija, un remplazo para la que no había sido perfecta. Ahora, todas sus esperanzas y expectativas pesaban sobre mis hombros, y mi determinación flaqueaba.

No quería casarme por obligación moral o por un arreglo. Amaba a Rachel. Quizás no era el tipo de amor infinito, eterno sobre el que escribían los poetas y cantaban los músicos, pero ella me hizo fuerte, feliz, sabiendo que estaba en mi vida. Ella me había salvado, en más de un sentido. Y cuando estaba conmigo, todo se sentía bien. Se sentía real. Y con el tiempo podríamos llegar a ello si ella me diera una oportunidad. En vez de eso Rachel quería mantenerme a cierta distancia, y todo el tiempo sufría, sabiendo que no era lo suficientemente buena para que me amara. Sabiendo que no era Perséfone.

No era algo bueno cuando lo pensaba de esa manera.

Alguien se aclaró la garganta detrás de Ava, y levanté la vista, reconociendo el rostro borroso de Puck a través de mis lágrimas.

—¿Está todo bien? —dijo, sonando como si no quisiera estar ahí. No lo culpé. Yo tampoco quería estar ahí.

Sacudí la cabeza y sorbí mis lágrimas, limpiando mi rostro con la manga de mi suéter.

—Lo siento. Yo solo… no puedo, no si ella va a ser así. Ya es bastante malo necesitarla y pedirle ayuda. No puedo aguantarla actuando así, también.

—No te has mirado tu misma —dijo Perséfone detrás de Puck, y yo me tensé. Ava se posicionó entre nosotras, y podría haber jurado que oí sus bufidos.

Puck alzó los brazos, como si esperara que nos lanzáramos una encima de la otra.

—Basta. Ambas. Las tres. Ninguno de nosotros quiere hacer esto, pero no importa lo que queramos, porque si no lo hacemos, Cronos y Brittany ganarán.

Miré las flores silvestres bajo mis pies. Accidentalmente había pisado una con el tacón de mi zapato, y levanté mi pierna con cuidado, como si siendo gentil ahora pudiera devolverle la vida. No fue hasta que la decepción me golpeó que me di cuenta que estaba buscando una de las flores de Rachel. Así que ella podría estar conmigo en todas partes, pero no aquí. No con Perséfone.

Perséfone apartó la mano de Puck a un lado antes de acercarse.

—Lo siento —dijo, su voz haciendo eco a través de la pradera—. No por lo que dije, sino por lo que estás pasando. Puck lo explicó.

Por supuesto que lo había hecho. Mi pecho se apretó mientras otra ola de sollozos avanzaba, y apreté mi mandíbula en un intento de mantenerla a raya.

—Está bien. No era tu intención que esto sucediera.

Ava se paró a mi lado y tomó mi mano, y eso fue todo lo que necesité para sentirme aún más idiota de lo que ya me sentía. Cronos podría matarnos a todos, y yo aquí sufriendo un colapso por algo en lo que nadie podría ayudarme.

—Estoy segura de que tampoco era la intención de Madre hacerte sentir de esa manera —dijo Perséfone—. Todo lo que ella hizo arreglando mi matrimonio con Hades, fue por mí y mis intereses. No fue su culpa cuando no funcionó.

No, no lo fue, pero parecía estúpido estar de acuerdo con ella en voz alta.

Sin embargo, Puck tenía razón. Peleando como ahora y dejando que los celos se entrometieran en el camino, no solucionaría nada. No importaba como me sentía acerca de Perséfone, incluso como se sentía ella conmigo. Lo importante era hacer algo con Cronos y rescatar a los demás.

Me tomó hasta la última gota de fuerza de voluntad tragarme mi orgullo.

—Por favor, necesitamos tu ayuda —dije—. Sé que no has tenido nada que ver con esto por mucho tiempo, pero Mamá, Rachel y… y Walter y todo el mundo, el resto de los seis originales, han sido secuestrados por Cronos y Brittany. Ella está tratando de averiguar la manera de abrir la puerta que mantiene a Cronos adentro y…

—¿Y qué? —dijo Perséfone, y me dio un poco de satisfacción al ver que todo color abandonaba su rostro. Removida del consejo o no, al menos ella parecía seguir preocupándose por ellos—. ¿Cómo podría posiblemente ayudar?

—Tú sabes dónde está la puerta —dijo Puck.

Perséfone alargó la mano detrás de ella, y Adonis estuvo ahí en un instante, como si hubiera aparecido de la nada.

—¿Quieren que los llevé hasta allí? —dijo ella con incredulidad—. Hay una razón por la que no pueden encontrarla, Puck. Hay una razón por la que nadie más que Hades y yo sabíamos dónde estaba. Ni siquiera se suponía que yo lo supiera. Ella solo me lo dijo en caso de que algo le pasara.

—Algo le ha pasado —dije—. Y si no llegamos ahí antes que Cronos decida que tenerlos secuestrados no funciona, él podría matarlos o peor.

Perséfone sacudió la cabeza, y Adonis envolvió sus brazos alrededor de ella de nuevo, hundiendo el rostro en su cabello.

—¿Han venido hasta aquí para que preguntarme si podría llevarlos a una misión suicida? —dijo ella—. No pueden enfrentarse a Cronos. Los matará.

Crucé una mirada con Puck, y él me dio un pequeño asentimiento.

—Ya nos hemos enfrentado a él —dije—. Yo creo… creo que nos dejará en paz, por lo menos hasta que lleguemos allá.

—¿Hasta que lleguemos allá? —dijo Perséfone, con un toque de pánico en su voz—. ¿A qué te refieres con hasta que lleguemos allá?

—Él es lo bastante listo como para dejar escapar una parte de sí mismo, y puede atacar desde dentro del Tártaro —dijo Puck—. Atacó el palacio antes de que Quinn fuera coronada, y fue ahí cuando los hermanos lo siguieron.

—Él vino por nosotros en nuestro camino hasta aquí —añadí—. Pero hice un trato con él, y creo que no nos atacará.

Sus ojos se estrecharon, pero al menos ella no preguntó qué clase de trato.

—Quieren decir que vinieron aquí sabiendo que un maldito Titán con una deuda que saldar, podría fácilmente seguirlos, ¿y esas no fueron las primeras palabras que salieron de sus bocas? ¿Lo guiaron directamente hacia nosotros?

—Él no nos ha atacado desde que Quinn hizo su trato con él —dijo Puck—. Están a salvo.

Perséfone se deslizó de los brazos de Adonis y comenzó a caminar de un lado a otro.

—Han hecho esto apropósito, ¿cierto? Si voy con ustedes él podría destruirme. Si no voy, él sabe dónde estoy ahora, y sabe que soy la única, aparte de Rachel, que sabe dónde encontrar el Tártaro, así que él podría deshacerse de mí de todos modos.

—¿Por qué Cronos haría eso? —dije bruscamente, mi irritación aumentando. Esto era demasiado importante como para que ella actuara como si fuera la única persona en el universo—. Él quiere abrir la puerta y Brittany no tiene idea de cómo hacerlo. No tiene oportunidad a menos que vayamos allá. Siempre y cuando estés con nosotros, estás a salvo.

Perséfone frunció el ceño, miró a Adonis, quien no había dicho ni una palabra. Él asintió con la cabeza alentadoramente, y el ceño fruncido de ella se hizo más profundo.

—¿Me juras que él no tiene razones para perseguirnos?

—Quinn está diciendo la verdad —dijo Puck—. Si Cronos no nos quisiera ahí, nos habría matado a todos hace mucho tiempo.

Perséfone pareció considerarlo, y finalmente caminó de nuevo hacia la pequeña casa.

—Bien —dijo ella, y Adonis fue tras ella—. Pero les juro, que si algo me sucede a mí o a Adonis, voy a…

No tuvimos chance de averiguar qué haría. Ella cerró la puerta principal, a centímetros de la nariz de Adonis, pero él no protestó. No es de extrañar que Perséfone amara tanto este lugar con él ahí. Adonis la aguantaba.

—Así que, ¿espera que vayamos tras ella? —dijo Ava acaloradamente—. Porque si ese es el caso, entonces podemos buscar la puerta por nuestra cuenta. No voy a arrastrarme ante nadie y menos ella.

—Dijo que vendría —dijo Puck—. Paciencia.

Efectivamente, unos pocos minutos después Perséfone salió de la casa. Se detuvo el tiempo suficiente para darle un profundo beso a Adonis, y yo me volteé para darles un poco de privacidad. Deseaba demasiado poder besar a Rachel así algún día, o mejor aún, que ella me besara así y saber que lo sentía. Pero mientras más nos acercábamos a Cronos, el tiempo reducía las posibilidades de que eso llegara a suceder.

—Vamos —dijo Perséfone, y caminó por el prado, colgándose una bolsa de lona al hombro—. Es un largo camino, pero conozco un atajo.

Puck hizo un gesto para que ella fuera a la cabeza del camino y los tres la seguimos. Ava todavía enfadada, seguía refunfuñando acerca del asunto, y le ofrecí mi mano. Ninguno de nosotros dijo una palabra, y con suerte, nos quedaríamos así todo el camino hasta cruzar la puerta.

Habíamos estado caminando por menos de quince minutos cuando las peleas comenzaron.

Comenzó lo suficientemente inocente. Puck, quien parecía extrañamente encerrado en sí mismo, pero determinado a ser cortés, le preguntó a Perséfone acerca de cómo iban ella y Adonis, y por un momento ella realmente sonrió.

—Estamos bien —dijo ella—. Muy bien. Uno pensaría que con el tiempo que ha pasado, se volvería monótono, pero supongo que esa es la belleza del lugar. Todo es tan alegre, y aún no nos hemos aburrido uno del otro.

Ava resopló.

—Es un milagro —murmuró en voz baja. Le di a su mano un apretón de advertencia.

—Si tienes algo que decir, solo dilo —dijo Perséfone—. Todos sabemos que estás celosa porque Adonis me eligió a mí sobre ti, pero…

Ava dejó salir una risa ahogada.

—¿Él te eligió a ti sobre mí? ¿Es una broma? —Ella sacudió su cabeza con incredulidad—. Papi me hizo entregártelo.

Suspiré. Era como lo que había sucedido en la Mansión Edén estuviera pasando de nuevo, excepto que esta vez Ava había ido por el novio de Perséfone en lugar del hermano de Santana. El resultado sería el mismo sin embargo; horas tras horas de pelea, desaire, y yo terminaría atrapada en el medio. Por lo menos esta vez Puck estaba aquí para ayudar.

Discutieron acerca de eso por una hora, más o menos, al final solté la mano de Ava y me envolví en el abrazo de Puck. Él no podía bloquear sus vociferaciones e insultos, pero el peso de su brazo sobre mis hombros me ayudaba a recordar que había algo más importante sucediendo ahora mismo, que a cuál diosa había amado más Adonis.

—¿Es por esto que pensabas que Ava no debería venir? —dije suavemente, y Puck asintió con la cabeza.

—Deberías haber visto cuando Perséfone vino al consejo a pedir permiso para convertirse en mortal por él —susurró—. Fue un baño de sangre. Ava se rehusó a dar su consentimiento a Perséfone incluso cuando el resto de nosotros estuvo de acuerdo, así que al final Walter invalidó su decisión. Él nunca había hecho eso antes, y no lo ha hecho desde entonces.

Incluso Brittany, por mucho que me odiaba, había accedido a concederme la inmortalidad. Apoyé la oreja contra su hombro para ahogar la discusión. Funcionó ligeramente, pero la voz estridente de Ava me arrastró de nuevo al caos.

—¿Qué crees, Puck? —dijo ella sarcásticamente—. ¿Quién es mejor amante, yo o Perséfone?

Mis ojos se abrieron y me aparté de Puck, dejando caer su brazo al costado. Él se volvió colorado, metió las manos en sus bolsillos y luego…

Él dolor explotó en mi cabeza y grité, cayendo de rodillas. El bosque desapareció y me sumergí en la oscuridad.

A pesar de mi pánico, sabía qué esperar. Todavía estaba consciente, y cuando abrí mis ojos, no estaba en el Edén de Perséfone. En vez de eso estaba de vuelta en la caverna de Cronos, y Brittany estaba de pie enfrentándome, una vez más mirando a través de mí.

—Voy a matarla —gruñó ella—. Voy a cortar su cuerpo en pedacitos y te obligaré a mirar.

Sorprendida, me di la vuelta para ver a quién le estaba hablando ella, y cuando vi un par de ojos del color de la tierra mirándome fijamente, mi sangre se congeló.

Rachel estaba despierta.