Los personajes son de Stephenie Meyer. La trama es de Nina Coombs.


Love So Fearful

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Al día siguiente, cuando Bella bajó a desayunar, Edward ya se había ido. La señora Weber le dijo que había vuelto al rodeo. Según el ama de llaves, había salido muy temprano, después de mantener una conversación con Seth.

Bella asintió. No había falta pensar mucho para saber de qué habían hablado. Y cuando fue al establo para examinar a los caballos, supo que había estado en lo cierto. Habían devuelto a Diablo a la dehesa.

Vio que Seth la miraba, preguntándose, sin duda, cuál sería su reacción. Y, para tranquilizar al viejo, le dijo:

–Debería haber estado aquí uno o dos días más. Supongo que Edward dio la orden.

Seth asintió.

–buen disgusto le ha dado al muchacho. Nunca le había visto tan enfadado.

–Y todo por nada –replicó Bella fríamente–. Ese semental nunca me haría daño.

Seth meneó la cabeza.

–Me siento inclinado a creerla, después de las cosas que he visto, pero se olvida de algo importante, y es que Edward ha estado bajo los cascos de ese bicho. Y Diablo no bromeaba. Ya ha visto la cicatriz de Edward en la frente.

Bella hizo un gesto de asentimiento.

–Bueno, ¿no es natural entonces que le tema por usted?

Bella suspiró.

–Supongo que sí –le concedió–. Pero esto sigue siendo ridículo. Los hombres han tratado mal al semental, por lo que no es de extrañar que les odie. Pero yo le gusto. Me jugaría la vida a que no me hace nada.

–Eso es precisamente lo que hace cada vez que entra en esa casilla. Ningún jinete de rodeo se atrevería a hacerlo.

Bella levantó las manos, disgustada.

–Es inútil hablar con ustedes. ¡Se empeñan en no escuchar!

–¡Ah, qué genio! –exclamó Seth, mirándola con sus ojillos centellantes.

El enojo de Bella se disipó con tanta rapidez como había llegado.

–También soy irlandesa, ¿sabe? Y tengo mi genio.

–Eso no es nada nuevo para mí –replicó Seth.

Bella recogió sus arreos.

–Voy a dar una vuelta a caballo –le dijo–. Nos veremos luego.

Seth abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo, pero en seguida se contuvo. Bella abría apostado a que quiso advertirle que no se acercara a la dehesa occidental. Encaminó a Darling hacia el este, consiente de que le seguía la mirada de Seth. Pero finalmente se perdería de vista y entonces podría girar al oeste. Si Edward Masen creía que podría mantenerla alejada de Diablo de aquella manera, estaba listo.

El sol calentaba con fuerza cuando Bella llegó al arroyo, y deseó haber llevado consigo una cantimplora. El gran semental no estaba a la vista, pero ella dejó que Darling bebiera y luego la ató bajo la sombra de un árbol. Bella suspiró y se tendió bajo el ramaje de otro. Cada vez le resultaba más difícil descansar por la noche, daba vueltas y más vueltas hasta que la cama quedaba desecha sin que hubiera podido conciliar el sueño. Pero allí, en la pradera, lograba relajarse. Solo tenía que cerrar los ojos y esperar oír el galope de Diablo.

Se sumió en un profundo sueño, del que la despertó algo que le quitaba el Stetson de la cara. Sintió un roce suave en la mejilla, y al abrir los ojos encontró el morro de Diablo a pocos centímetros de su cara.

–Hola, compañero –le dijo Bella, y estiró una mano para acariciarle–. A Edward le daría un ataque si nos viera ahora.

El semental meneó la cola y dio la vuelta para tocarle los tejanos con el morro. Bella se echó a reír.

–Sabes dónde está el azúcar, ¿eh? –se arrodilló y se volvió para mirarle–. Pero primero quiero verte el pecho. Tranquilízate.

El gran caballo permaneció quieto mientras ella le examinaba. Los cortes parecían en franca curación, y el regreso a la dehesa no le perjudicaría. Pero aquello significaba que Bella se acercaría más allí, pues ahora necesitaba la compañía del gran caballo.

Cuando al fin se separó de él, se le había ocurrido otra idea. Si pudiera coger una brida del cuarto de los arreos sin que nadie la echara en falta, apostaría lo que fuera a que Diablo le dejaría montar y hasta cabalgar en él. Aquello, al menos, era algo en que pensar, algo para distraer su mente del encolerizado Edward.

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Bella sacó furtivamente la brida del cuarto de los arreos y la guardó en la bolsa de su silla de montar. La operación fue más fácil de lo que había pensado. Sólo tuvo que esperar a que Seth y los otros vaqueros estuvieran almorzando.

A la mañana siguiente, cuando Diablo se acercó en busca de azúcar, le hizo husmear la brida, y aquel día, antes de abandonar la dehesa, se la había colocado en la cabeza.

La tercera mañana amaneció clara y brillante. Bella se levantó llena de expectación. Aquel día se proponía montar a Diablo. Había pensado en las órdenes de Edward, pero no podía obedecerlas. Algo en su interior le gritaba que montara al gran caballo. De algún modo que no estaba claro para ella, el animal se había convertido en su conexión con Edward. Cuando estaba con el semental no sentía tanto la falta de Edward. Aquello no tenía lógica, dado que incluso su aproximación al caballo era contraria a los deseos expresos de Edward, pero aun así ella iba a verle. Sólo allí, en la dehesa occidental, al lado de Diablo, sentía alguna esperanza por el futuro. Allí no pensaba en los problemas a los que se enfrentaba, ni siquiera en el hecho de que desobedecía a Edward.

En la dehesa sólo trabajaban sus sentidos. Sentía el calor del sol en el rostro, el brillante pelaje del semental bajo sus dedos, el agua fría del arroyo que corría sobre sus pies desnudos. Olía la salvia acre, la tierra tostada por el sol, el limpio aroma de la piel de Diablo. Contemplaba la pradera, la extensión azul del cielo, la tierra ondulante, los chopos verdes. Saboreaba el viento, abría la boca y lo notaba en la lengua, bebía el agua tibia de su cantimplora, comía los dulces terrones de azúcar. Incluso sus oídos estaban más alerta, aunque aparte de los sonidos que ella y los caballos producían, no se oía en la pradera más que algún grito lejano de sabanero…

Pensó que aquel silencio debía de haber impresionado a los primeros colonizadores. ¿Cuántas esposas de pioneros lo habrían encontrado insoportable?

Bella se estiró en la cama y retiró las sábanas. Diablo la esperaba. Pero cuando llegó a la cocina, descubrió que debía posponer el gran día.

La señora Weber alzó la vista de la torta que estaba preparando y le dijo:

–Ha dicho Seth que deberías hacer el equipaje después del desayuno. Edward quiere que el piloto te lleve a Browning.

Bella sintió por un instante que el corazón se le detenía. Finalmente logró articular las palabras.

–¿A Browning? ¿Por qué?

–Le dijo a Seth que Dixie tiene algún problema en una pata. Ya sabes que en los últimos años Edward se ha dedicado a enlazar terneros. No tiene los huesos tan duros como antes. –el ama de llaves meneó la cabeza–. Cuánto deseo que deje de montar caballos salvajes. No tiene brazo ni pierna que no se haya fracturado. En cualquier caso –añadió, echando la masa de la torta en la sartén con un diestro movimiento–, Seth ha dicho que te prepararas.

–Desde luego.

Bella no sabía como reaccionar. Quería ver a Edward, aunque no fuese sensato. Pero probablemente todavía estaría furioso con ella. ¿Y qué ocurriría si…? Alejó en seguida aquel pensamiento. Edward era el jefe. Si él decía que volara a Browning, eso era lo que ella tenía que hacer.

Tomó a toda prisa el desayuno que la señora Weber puso ante ella y luego subió a su habitación e hizo la maleta. Pensó con tristeza que esta vez no sería necesario llevar el vestido de seda y los zapatos de tacón fino. En esta ocasión el viaje sería realmente de trabajo. Una vez preparada la maleta, la llevó abajo y luego fue en busca de su maletín con el instrumental medico. Lastima que Edward no hubiera sido más específico acerca del problema de Dixie, pues ahora no sabía con exactitud lo que debía llevarse.

Seth entró en el cuarto de los arreos en el mismo momento en que ella salía de su consultorio, con el maletín en la mano.

–Estoy dispuesta –le dijo en tono neutro.

–Muy bien. –la expresión de Seth era un tanto extraña, y Bella se preguntó si estaría pensando en aquella llamada a las dos de la madrugada en Billings–. La llevaré al aeródromo.

Bella asintió.

–¿Qué le dijo Edward sobre Dixie? –preguntó al viejo.

Seth se encogió de hombros.

–No dijo gran cosa. Solo que el animal parece tener algo en la pata derecha y quiere que le eche un vistazo.

–Pero sin duda debe haber por allí un veterinario.

Sabía que si Seth pensaba en Billings aquel no era el comentario más adecuado, pero aun así se sintió impulsada a decirlo.

Seth volvió a encogerse de hombros.

–Supongo que el jefe quiere recurrir a su propio veterinario. Después de todo, le paga a usted un salario.

–Pero al coste de un vuelo…

Los ojos de Seth se estrecharon, pero su expresión no cambió.

–Para eso pagó la avioneta. Y el piloto también recibe un salario.

–Sin embargo…

–Quiere que vaya usted –le dijo Seth, en un tono que no admitía discusión–. Y es el jefe.

–Sí –dijo Bella, con algo más que una pizca de sarcasmo en su voz–. Eso me han dicho.

Esta vez Bella no durmió en la avioneta, y contempló en paisaje que se extendía abajo. Incluso desde el aire la pradera parecía enorme, de proporciones gigantescas. Cuando el aparato empezó a trazar círculos antes de aterrizar en el pequeño aeródromo en las afueras de Browning, Bella sintió que el corazón se le subía a la garganta, pero no era por temor al suelo que parecía descender a su encuentro, sino porque sabía que allá abajo Edward Masen estaba esperándola, y ella no estaba segura de cual iba a ser su reacción.

La avioneta se deslizó lentamente por la pista hasta detenerse, y Bella, frotándose nerviosamente las manos en los tejanos, se asomó a la ventanilla. Vio un coche alquilado al lado de la pista, y junto al vehículo una figura alta. Aunque no podía ver el rostro bajo el Stetson, el cosquilleo que Bella sintió en su piel le dijo que aquel hombre era Edward Masen.

Poco después, Edward abrió la puerta de la avioneta y tendió una mano para ayudar a Bella a bajar. Ella le dio la mano, llena de excitación, sabiendo que el contacto engendraría en su cuerpo un inimaginable deseo febril.

–Hola, Bella –le dijo con voz grave, casi acariciante–. ¿Cómo estas?

–Muy bien, gracias –replicó ella, sintiéndose un poco tonta ante aquella formalidad.

Confiaba en que su expresión no revelase hasta que punto había anhelado ver a Edward. Pensó que parecía cansado, y cuando se agachó para recoger la maleta, vio que cojeaba ligeramente.

–Te has hecho daño –le dijo, incapaz de eliminar la inquietud de su voz.

Él se encogió de hombros.

–Es una vieja lesión que despierta tarde en tarde. Probablemente va a llover.

Bella sentía deseos de preguntar más, pero se contuvo. A Edward no le agradaría que le arrullara como una gallina clueca.

–¿Cuál parece ser el problema de Dixie? –le preguntó, mientras él la ayudaba a subir al coche y colocaba la maleta en el asiento trasero.

–No puedo decirlo exactamente. –su expresión no cambió–. Parece que tiene mucho cuidado con la pata delantera derecha, y no quiere correr ningún riesgo. Pagué una buena suma por ella, ya sabes. Los buenos caballos para practicar el lazo no son baratos.

Bella asintió.

–He traído mi maletín.

–Muy bien. Pensé que lo mejor sería que fuéramos directamente a la arena para que le eches un vistazo en seguida.

–Perfectamente.

Bella se sentía como si hubiera dos mujeres en ella. Una estaba sentada, hablando cortésmente acerca de un caballo, mientras que la otra luchaba para controlar las sensaciones de su cuerpo. Cogió el maletín con ambas manos. Anhelaba tocar a Edward, aunque solo fuera una breve caricia. Pero, naturalmente, no podía hacerlo. Aquel era estrictamente un viaje de trabajo, y debía esforzarse para que siguiera así.

–¿Cómo está el semental? –le preguntó sin dejar entrever una segunda intención, sólo para seguir conversando.

–Espero que esté bien. –Bella recurrió a la respuesta que ya tenía preparada–. Creo que le hiciste volver a la dehesa un poco pronto. Pero, en fin, tú eres el jefe.

Edward le dirigió una mirada especulativa, pero ella logró mantener sus facciones inexpresivas. No iba a admitir que había estado con el semental. Lo había decidido así y no se dejaría coger en ninguna trampa que le tendiera Edward.

–Sobrevivirá. Ese bruto es lo bastante duro.

Bella se limitó a asentir con la cabeza, pero no pudo reprimir una sonrisa interior. Edward no tenía idea de cómo el 'bruto' la había seguido como si fuera un perro grande, pastando a un lado mientras ella dormía… Aquello sí que le habría hecho gritar fuera de sí.

Las calles alrededor de la arena empezaban a llenarse de coches repletos de gente ansiosa de ver el rodeo. Bella era consiente de la excitación que iba en aumento. Aunque había visto rodeos por la televisión nunca había asistido a una representación al natural.

Estaba tan ocupada mirando a su alrededor, que no supo cómo Edward llegó a los establos. Pero pronto detuvo el automóvil y la ayudó a descender. Cogió su maletín con una mano y su propia mano con la otra, y la dirigió en pos de él a través de la muchedumbre.

Minutos después se hallaban ante la casilla donde estaba la yegua. Al ver a Bella, el animal asomó la cabeza por encima de la casilla y saludó con un relincho.

Edward dirigió a Bella una mirada de extrañeza.

–No me digas que te recuerda –exclamó.

–No te digo nada –replicó Bella pausadamente–. Hola, chica. ¿Qué tal estás? –frotó su cuello sedoso–. Déjame entrar para que te eche un vistazo.

Acompasando sus acciones con sus palabras, penetró en la casilla. Intentó apartar de su mente la presencia de Edward, mientras sus dedos recorrían con suavidad la pata del animal. No pudo detectar ninguna hinchazón, dislocación ni lesión de algún tendón. Alzó la pezuña e inspeccionó el casco. A veces era posible pasar por alto algo muy simple, pero no había ningún cuerpo extraño alojado en el casco.

Bella se enderezó.

–No veo nada. ¿Resbalaba o se tambaleaba?

–No, solo noté que tenía mucho cuidado con esa pata, como si temiera hacerse daño.

Bella frunció el ceño.

–Lo siento, pero no veo absolutamente nada.

–Te mostraré tu habitación –dijo Edward–. Está cerca. Puedes instalarte y luego contemplar el espectáculo. ¿Has visto alguna vez un rodeo?

–No, solo por televisión.

Bella evitó su mirada. No estaba segura de que quisiera presenciar la actuación de Edward.

–Entonces te gustará –dijo él, y con una mano en la parte inferior de su espalda, la guió hasta el coche, de dónde sacó la maleta–. El hotel está a un par de manzanas. Con un tráfico así, será mejor que vayamos andando.

Bella asintió. Procuró no mirar a Edward, ni pensar en él montado en un potro salvaje o tendido en la arena y pisoteado por un caballo, mientras ella estaba en las gradas, incapaz de acercarse a él.

Edward la llevó directamente hasta la puerta de su habitación y le entregó la llave. Luego sacó un boleto del bolsillo. Era una localidad para el rodeo.

–Invitación de la casa –le dijo, sonriente.

Bella no podía hacer nada más que aceptarlo.

–Gracias.

Casi como si percibiera su renuencia, él añadió:

–Te buscaré. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

Bella bajó la vista. Ahora Edward estaba muy cerca de ella. Notaba su olor masculino y el deseo crecía en lo más profundo de su ser. Casi se inclinaba hacia él, tan intensa era la necesidad que sentía. Por un instante pensó que la tomaría en sus brazos, pero no lo hizo. Y ella siguió en pie, envuelta en aquellas sensaciones, hasta que Edward le dijo: "Entonces, nos veremos más tarde". Y se alejó.


Lamento la demora! Bueno, como podrán ver no hay muchas cosas interesantes... creo que el que sigue está algo intenso xDD

Gracias a TOOODAS esas lindas personitas que dejan sus comentarios, añaden a favoritos la historia, etc, etc... Oh! y por allí ya me habían preguntado que cuántos capis eran: aproximadamente son 16 caps... así que pronto resolveremos las dudas que tengan! ;)