Familia

Un zapatito diminuto

Nanoha tiene 24 años, y Fate 8


Nanoha: He ido a visitar a Liniht, es un domingo por la tarde del mes de diciembre y está nevando. He terminado de comprar los regalos de Navidad y ahora estoy sentada en la cocina tomando una taza de chocolate. Linith juega al solitario mientras hablamos; admiro su modo experto de barajar las cartas, de repente, se oye un ruido en el comedor y se una silla al suelo.

—Linith —le susurro—. Hay una pequeña niña debajo de la mesa del comedor.

—A si que es eso ¿Eres tú, Fate? —la llama.

Nadie contesta. Ella se levanta y se detiene en la entrada.

—Oye, nada de eso señorita. Haz el favor de ponerte la ropa.

Linith desaparece en el comedor se pueden escuchar cuchicheos, risitas y luego silencio. De repente una niña pequeña y desnuda se me queda mirando fijamente desde la puerta y del mismo modo repentino se desvanece. Linith regresa y se sienta a la mesa para finalizar la partida.

—Ya no ocurre con la misma frecuencia, ahora cuando aparece ya es adulta.

—Jamás la había visto ir hacia delante, viajar hacia el futuro, quiero decir. – le digo impresionada.

—Bueno, todavía no tienes tanto futuro con ella.

Me lleva un segundo comprender a lo que se refiere. Cuando me doy cuenta, me pregunto qué clase de futuro tendremos y entonces pienso en un futuro extenso en el que Fate chan viene visitarme desde el pasado. Me tomo el chocolate y contemplo el patio helado de Linith.

— ¿La extrañas? —le pregunto.

—Sí, la extraño; pero ahora ya es toda una mujer y cuando viene de pequeñita, es como un fantasma, ¿sabes?

Asiento. Linith termina la partida, recoge las cartas, me mira y sonríe.

—¿Cuándo piensan tener un bebé ustedes dos, eh?

Nyahaha… No lo sé — respondo nerviosa casi ahogándome con mi bebida, la verdad jamás había pensado en esa posibilidad, hasta ahora — Ni siquiera sé si podemos tener hijos.

—Bueno, nunca se sabe.

—Cierto. —Nunca se sabe.

Unas horas más tarde estoy en la cama con Fate chan. No ha parado de nevar y después de tanto darle vuelta a mi cabeza, Me giro hacia ella que se me queda mirando y le digo.

—Quiero tener un bebé.


Nanoha tiene 24 años, y Fate 32

Nanoha: Fate chan y yo llevábamos dos años de casadas y decidimos comprobar, sin hablar demasiado de ello, si podíamos tener un bebé. Sabía que ella no era muy optimista acerca del tema y yo no me preguntaba la razón, por temor a enterarme de que quizás Fate chan nos había visto en el futuro sin hijos y esa idea no quería ni planteármela. Además, tampoco quería pensar en la posibilidad de que los problemas de Fate chan con los viajes a través del tiempo puedan ser hereditarios. Estaba absolutamente obsesionada con la idea del bebé: un bebé que se pareciera bastante a Fate chan, con el pelo rubio y quizá con mis ojos azules y oliera a leche y talco, un bebé gordito, que riera por las cosas cotidianas, un diablillo, un bebé pequeñito a quien hacerle toda clases de monerías. Mi cuerpo deseaba un bebé. Deseaba alguien a quien poder amar y que permaneciera conmigo, que se quedara junto a mí y estuviera ahí siempre. Además, quería que Fate chan viviera en ese niño, para que cuando desapareciera, no se marchara definitivamente, sino que una parte de ella siguiera conmigo...

Fate: Estoy sentada, muy cómoda comiendo un bocadillo de atún y entregando una camiseta blanca y unos pantalones de niño que he robado. Saludo a mi pequeña yo que ha viajado del pasado y el pensar en mí misma de niña me hace recordar a Nanoha y nuestros esfuerzos por concebir. He donado mis óvulos para que Nanoha sea inseminada y pueda tener un niño con mis genes. Por un lado, quiero dar un hijo a Nanoha. Deseo un bebé normal, que haga lo que suelen hacer los bebés normales y corrientes. Quiero ver a mi madre con un nieto en brazos, ahora bien, sé sin saberlo, que todo esto es imposible. Sé que un hijo mío o una hija se convertirían, con toda seguridad, en el hereditario de mi enfermedad. Un bebé mágico y evanescente que se evaporaría como si se lo hubieran llevado las hadas. Soy una cobarde, una mujer más honesta que yo tomaría a Nanoha por los hombros y le diría: «Amor, todo esto es un error; aceptémoslo y sigamos adelante, seamos felices». Pero sé que ella jamás aceptaría esa decisión y siempre estaría triste. Por eso espero, en una lucha de esperanza, contra la razón.


Uno.

Nanoha tiene 25 años

Nanoha: La primera vez que ocurre Fate chan no está en casa. Es la octava semana de embarazo, cae la tarde y mientras lavo los platos veo unas nubes de color magenta y naranja en el oeste. Fate chan desapareció hace dos horas, salió a regar el césped y al cabo de media hora me he dado cuenta de que el aspersor todavía no funcionaba. He salido al jardín para recoger su ropa, la he doblado y la he dejado sobre la cama.

He preparado unos macarrones con queso y un poco de ensalada, que luego me he comido. También me he tragado las vitaminas y un vaso enorme de leche descremada, tatareo mientras lavo los platos, imaginando que el pequeño ser que llevo en mi interior oye mi canto y mientras sigo en pie, noto un ligero dolor en mi vientre. Me siento en la sala de estar para leer pero vuelvo a notarlo, hago caso omiso del dolor, no pasa nada. Ya hace más de dos horas que Fate chan se ha marchado. Me preocupo durante un par de segundos, pero luego decido ignorar eso también. Empiezo a preocuparme mas por mi salud, el dolor aumenta e incluso noto la sensación pegajosa de la sangre entre las piernas. Me levanto y me dirijo al baño y veo un montón de sangre; oh, Dios mío. Tengo que llamar a Hayate:

—¿Qué ocurre?

—Estoy sangrando.

—¿Dónde está Fate?

—No lo sé…

—Ahora mismo voy, Nanoha, no te muevas.

Me pongo en movimiento con cuidado, busco el bolso. Quiero dejar una nota a Fate chan, pero no sé qué escribir. Al final, anoto: «He ido al hospital (espasmos). Hayate me ha llevado en su carro. N». Abro la puerta trasera para cuando regrese y dejo la nota junto al teléfono. Unos minutos después Hayate llega a la puerta principal. Subimos al carro, que conduce Signum, nadie dice nada. Todo me resulta distinto y real, siento como si necesitara recordar algo. Atravesamos puertas que se abren de manera automática como si nos esperaran y el dolor vuelve de nuevo. Hayate se dirige al hombre que está tras el mostrador de urgencias. No logro oír lo que dice, pero cuando él le pregunta: «¿Un aborto?», me doy cuenta de que eso es precisamente lo que me está ocurriendo, así es como se llama, eso era lo que intentaba recordar. Empiezo a llorar.

Los médicos han hecho todo lo posible, pero sucede de todos modos. Más tarde descubro que Fate chan llegó justo antes del final, pero no la dejaron entrar. He estado durmiendo y cuando me despierto, ya es de noche y Fate chan se encuentra a mi lado. Está pálida y ojerosa.

—¿dónde estabas? – le pregunto

Ella se inclina sobre mí y me abraza con cuidado. Noto que su rostro se ha humedecido, pero ¿son mías o suyas las lágrimas?


Dos.

Fate tiene 34 años, y Nanoha 26

Fate: Me despierto y huelo a hierro, es sangre. Hay sangre por todas partes y Nanoha está acurrucada en medio, como un gatito. La sacudo, y ella me dice:

—No.

—Por dios Nanoha despierta estás sangrando.

—Estaba soñando...

—Nanoha, por lo que más quieras...

Nanoha se levanta. Tiene las manos y el rostro cubiertos de sangre. Me enseña sus manos y veo que sobre ellas reposa un pequeño bulto y siento demasiado miedo.

—Ha muerto —me dice simplemente y se pone a llorar.

Nos sentamos juntas en el borde de la cama y la abrazo y ambas lloramos.

Nanoha: Shamal nos guía a través de un laberinto de pasillos, paredes de placas de insonorización hasta una sala de reuniones. En la estancia no hay ventanas, solo una alfombra azul y una mesa larga, negra y encerada, rodeada de sillas tapizadas y giratorias. Veo una pizarra con marcadores, un reloj sobre la puerta y una máquina de café con tazas y azúcar dispuesta al lado. Shamal y yo nos sentamos a la mesa, pero Fate chan empieza a dar vueltas por la habitación.

— definitivamente el bebe heredara tu misma condición genética Fate san, es por eso los motivos de los abortos consecutivos, el bebe esta asustado o Nanoha esta nerviosa así que el no se siente seguro y termina viajando fuera del útero de la madre y luego vuelve a él y para cuando regresa ya es demasiado tarde y Nanoha simplemente aborta el feto y no solo eso, si las hemorragias internas continúan como hasta ahora, esto podría ser perjudicial para la salud de Nanoha.


Tres.

Fate tiene 35 años, y Nanoha 27

Fate : Nos hemos acostado, Nanoha está hecha un ovillo, de espaldas a mí y yo me he acurrucado contra ella. Son casi las dos de la mañana y acabamos de apagar la luz tras una larga discusión sobre nuestra descendencia. Ahora me encuentro en la cama, apretada contra Nanoha, la sostengo fuertemente en un intento descifrar si estamos juntas en esto o de algún modo me ha dejado atrás.

—Nanoha —digo bajito.

—¿Hummm?

—Adoptemos.

Llevo pensando en ello desde hace semanas, meses y me parece una vía de escape brillante: tendremos un bebé que gozará de buena salud y Nanoha también y todos seremos felices. Es la mejor salida.

—Pero eso sería hacer trampa —objeta ella—. Yo quería un bebe que fuera nuestro, que fuera tuyo.

Nanoha se incorpora y se vuelve hacia mí y yo la imito.

—Sería un bebé de verdad, y nuestro además. – le digo

—Estoy harta de esto. Fingimos continuamente.

—¿De qué estás hablando?

—¡Fingimos ser gente normal, que vive una vida normal! Yo finjo que no me importa el hecho de que siempre estés desapareciendo a Dios sabe dónde. Tú haces ver que todo va bien, incluso cuando estás a punto de morir y Shamal no sabe qué demonios hacer. Yo finjo que no me importa que nuestros bebés mueran... — Está llorando de nuevo y el pelo le cubre el rostro.

Estoy cansada de llorar, Cansada de ver a Nanoha llorar. Me siento indefensa ante sus lágrimas, no puedo hacer nada para cambiar las cosas.

—Nanoha... —Levanto el brazo para tocarla, para consolarla, para consolarme, pero ella me rechaza así que me levanto de la cama, no puedo soportarlo, agarro la ropa y me visto en el baño. Tomo las llaves del bolso de Nanoha y me pongo unos zapatos. Nanoha aparece en el recibidor.

—¿Adonde vas?

—No lo sé.

—Fate chan...

Salgo de casa dando un portazo, es bueno estar fuera. Me subo al carro, mi primera idea es dormir allí, pero cuando ya me he sentado al volante, decido ir a alguna parte. La playa: iré hasta la playa, sé que no es buena idea. Estoy cansada y triste sería una locura conducir... pero realmente es lo que quiero hacer. Las calles están vacías, Arranco y al cabo de un minuto, veo el rostro de Nanoha en la ventana delantera. Que se preocupe. Por una vez no me importa.

Es demasiado tarde, comienza a amanecer cuando entro por la puerta y veo a Nanoha dormida en el sillón

—Nanoha. – me acerco a ella y la tomo en brazos.

—Fate chan- susurra ella en sueños —Lo siento. – se ve cansada, ha estado llorando yo también quiero llorar

—Yo también. Lo siento.


Cuatro

Fate tiene 39 años, y Nanoha 28

Fate: Voy caminando por la calle, todo parece normal, yo debería estar en el trabajo, en dos años en el futuro, pero... qué le vamos a hacer, alguien más tendrá que sustituirme. Voy paseando sin rumbo fijo cuando de pronto, veo a Nanoha al otro lado de la calle. Está frente a una tienda contemplando ropa de bebé. Mientras la observo, ella inclina la frente contra el cristal del aparador y se queda quieta, abatida. Cruzo la calle y me detengo al llegar junto a ella quien me mira sorprendida.

—Ah, eres tú —me dice, y se vuelve—. Creía que estabas en el cine con Signum.

Nanoha parece estar a la defensiva, como si se sintiera culpable, como si la hubiera atrapado haciendo algo ilícito.

—Probablemente ahí estoy. Se supone que en realidad ahora yo tendría que estar trabajando. Nanoha sonríe. Parece cansada, trato de recordar y me doy cuenta de que nuestro cuarto aborto fue hace tres semanas. Titubeo y entonces la rodeo con mis brazos. Para mi alivio se relaja y apoya la cabeza en mi hombro.

—¿Cómo estás?

—Fatal —me responde bajito—. Cansada.

Me acuerdo. Estuvo en cama durante semanas.

—Fate chan, voy a abandonar —me dice observándome—. Voy a dejarlo pasar. No sucederá, de todos modos.

¿Hay algo que me impida darle lo que necesita? No se me ocurre ni una sola razón para no contárselo. Permanezco en pie, devanándome los sesos por hallar cualquier motivo que impida que lo sepa. Lo único que me viene a la mente es su seguridad, que ahora estoy a punto de forjarle.

—no te detengas, Nanoha.

—¿Qué?

—Sigue así. En mi presente, tenemos un bebé.

Nanoha cierra los ojos y suspira.

—Gracias.

No sé si me lo dice a mí o a Dios y tampoco me importa.

—Gracias —vuelve a decir, mirándome, hablándome y yo me siento como si fuera alguna versión de un ángel.

Me inclino sobre ella y la beso; noto la determinación, la alegría naciendo en ella.

—¿Lo sabías? —me pregunta.

—No.

Parece decepcionada.

—No solo no lo sabía, sino que hice todo lo posible para impedir que volvieras a quedar embarazada.

—Fantástico —ríe Nanoha—. Es decir, que pase lo que pase, solo tengo que quedarme calladita y dejar que todo siga su curso, ¿no?

—Sí.

Me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. Hay que dejar que todo siga su curso.


Cinco.
Nanoha tiene 29 años, y Fate 37

Fate: Nanoha está muy rara desde hace una semana, la noto distraída, como si algo que solo ella pudiera oír hubiera captado su atención, como si intentara decodificar mentalmente transmisiones vía satélite. Cuando le pregunto qué le pasa, se limita a sonreír y encogerse de hombros. Es tan poco típico de Nanoha que me alarmo y desisto de inmediato.

Una noche en que regreso a casa del trabajo siento solo con mirarla que algo horrible ha sucedido. Su expresión es de temor y súplica. Se acerca a mí y se detiene, sin decir nada. Pienso que alguien debe de haber muerto. ¿Quién ha fallecido? ¿Mi madre? ¿Linith? ¿Momoko?

—Di algo —le pido—. ¿Qué ha ocurrido?

—Estoy embarazada.

—¿Cómo es posible...? — se lo pedí, le rogué a Nanoha que no lo hiciera, era demasiado peligroso. — Sabes que, no me lo digas ya lo recuerdo.

Para mí esa noche transcurrió hace años, pero para Nanoha tan solo hace unas semanas. Teníamos muy poco tiempo de casadas y me sorprendí al ver a Nanoha tan triste, estaba frente aun consultorio medico y ella no sabia si debía entrar o no, no sabia de que se trataba a si que le inste a entrar asegurándole que si ella creía que era lo mejor para nosotras yo no me molestaría por nada. Me disculpo a mi misma por haber echo algo tan entupido sin consultarlo antes. Nanoha está esperando a que diga algo a si que me obligo a sonreír.

—¡Sorpresa! – le comento, ella parece aliviada de que no este molesta.

—Sí. —esta algo lagrimosa y La tomo entre mis brazos y ella me abraza con fuerza.

—¿Asustada? —murmuro.

—Sí.

—Antes no tenías miedo.

—Antes estaba loca. Ahora ya sé...

—Lo que es.

—Lo que puede ocurrir.

Permanecemos en la misma posición, pensando en lo que podría suceder. Titubeo.

—Podríamos...—dejo.

—No. No puedo. Quizá todo vaya bien, si es el estrés lo que hace que el bebe se desplace, entonces lo único que tendremos que hacer es tener el periodo de Gestación mas relajado posible ¿no?

Nanoha sonríe y me doy cuenta de que lo desea, que en realidad espera que el cinco sea nuestro número de la suerte. Siento un nudo en la garganta quiero vomitar y tengo que volverme.

Nanoha: La radio despertador suena a las 7.46 y escucho con tristeza que ha habido un accidente aéreo en algún lugar y que ochenta y seis personas han muerto. El espacio de Fate chan en la cama está vacío. Cierro los ojos y siento como si estuviera surcando mares embravecidos, Suspiro y salto de la cama y me dirijo al baño. Al cabo de diez minutos Fate chan se acerca y acaricia mi espalda preocupada y me pregunta si me encuentro bien, todavía estoy vomitando.

—Fantástica. Mejor que nunca. – le digo

—¿debería preocuparme? Antes jamás vomitabas.

—Shamal dice que es buena señal; se supone que tengo que vomitar. Los vómitos tienen que ver con el hecho de que mi cuerpo reconoce al bebé como parte de mí misma, en lugar de considerarlo un cuerpo extraño.

—Quizá sería buena idea que hoy fuera al banco de sangre a hacer una donación para ti.

Fate chan y yo somos del tipo O. Asiento y luego vomito. Somos ávidas donantes de sangre; ella ha necesitado transfusiones dos veces y yo tres, en una de ellas hizo falta bastante cantidad. Me siento durante un minuto y luego me levanto tambaleándome. Fate chan me ayuda a mantener el equilibrio, me seco los labios y me lavo los dientes. Fate ha bajado a hacer el desayuno y de repente siento un deseo irrefrenable de comer.

—¡Avena! —grito desde arriba.

—¡De acuerdo! – responde Fate

Fate: Nos encontramos en consulta médica para realizar una ecografía. Nanoha y yo estamos ansiosas y un poco reticentes por someternos a esta prueba. Nos hemos negado a realizar una amniocentesis, porque estamos seguras de que perderemos al bebé si lo pinchamos con una larga aguja. Nanoha está en la decimoctava semana de gestación. A mitad de camino; vivimos aguantando la respiración, temerosos de exhalar por miedo a expulsar el bebé demasiado pronto.

Nos sentamos en la sala de espera con otras parejas que esperan y madres con cochecitos y niños pequeños que corren por ahí golpeándose contra los objetos. La consulta de la doctora siempre me deprime, porque hemos pasado mucho tiempo en este lugar, angustiados y recibiendo malas noticias. Sin embargo hoy es distinto. Hoy todo saldrá bien.

Una enfermera pronuncia nuestros nombres y entramos en una sala de consulta. Nanoha se sube a la camilla para que le extiendan una gelatina y le hagan una ecografía. La doctora mira el monitor y yo tomo a Nanoha de la mano.

Sobre la pantalla aparece un mapamundi del tiempo o bien una galaxia, un torbellino de estrellas. Quizá sea un bebé.

—. Se está chupando el pulgar. Es muy bonita y muy grande.

Nanoha y yo suspiramos.


Nanoha tiene 30 años, y Fate 38

Nanoha: El bebé tiene que llegar dentro de dos semanas y todavía no hemos decidido su nombre. De hecho, apenas lo hemos hablado; hemos evitado el tema por pura superstición, como si encontrar un nombre para el bebé pudiera llamar la atención de las furias y provocar que vinieran a atormentarlo. Al final, Fate chan trae a casa un libro titulado Diccionario de nombres propios.

Solo son las ocho y media y me he echado de costado, porque mi vientre es una península, Fate chan también yace en la misma posición, frente a mí, con la cabeza apoyada en el brazo y el libro sobre la cama, entre las dos nos miramos y sonreímos nerviosas.

—¿Alguna idea? —pregunta, hojeando el libro.

—Jane.

—¿Jane? —exclama, haciendo una mueca de disgusto.

—Siempre llamaba Jane a todas mis muñecas y animales de peluche. A todos ellos sin excepción.

—Significa «regalo de Dios» —aclara levantando los ojos.

—suena hermoso.

—Pongámosle algo más original. ¿Qué te parece Irette? ¿Y Jodotha? —propone pasando página—. Este es bueno: Loololuluah. Significa «perla» en árabe.

—Y Perla, ¿qué tal? —Me imagino al bebé como una bolita blanca, suave y brillante.

Fate chan recorre con el dedo las columnas.

—Veamos: «(latín) Una probable variante de perula, en referencia a la forma más valiosa de este producto de una enfermedad».

—Asco... ¿Qué pretenden con este libro? —Se lo arrebato y busco páginas al azar.

—¿Filomele?

—Me gusta, pero ¿qué me dices de los horripilantes diminutivos? ¿Filo? ¿Mele?

—«Pyrene: (griego) Pelirroja.»

—¿Y si no lo es? —Fate chan toma el libro y acaricia mi pelo. —¿Isolda? ¿Zoe? Me gusta Zoe, Zoe tiene posibilidades.

—¿Qué significa?

—Vida.

—Vida, Vivio, si eso, Vivio, Suena perfecto, que te parece.

—Vivio chan. Suena bien.

Suspiro y me vuelvo de espaldas. La bebé se mueve, quizás a ella también le agrada.

—Vivio


Fate tiene 38 años, y Nanoha 40

Fate: Me encuentro en la una sala del Instituto de Arte de Midchilda, en el futuro. No voy precisamente bien vestida; lo mejor que he podido conseguir es un largo abrigo negro y unos pantalones de la taquilla de uno de los vigilantes. Es cierto que he logrado hacerme con unos zapatos, que siempre es lo más difícil de encontrar. Pero ahora estoy pensando como robar una cartera para poder comprarme una camisa en la tienda del museo, comeré, veré la exposición y luego saldré del edificio. No tengo ni idea de en qué momento me encuentro. Me siento emocionada y la vez molesta, ya que en mi presente Nanoha está a punto de tener a Vivio en cualquier momento y lo que mas deseo en el mundo es estar ahí. En estos momentos estoy de pie y en silencio en una sala oscura, llena de pajareras de Joseph Cornell iluminadas, contemplo un grupo escolar que sigue a un guía y se sientan cuando la maestra se lo indica.

Son niños de unos diez años aproximadamente y por el uniforme debe ser una escuela católica, todos prestan atención y son educados, pero no se muestran interesados lo cual es muy triste. Cornell es perfecto para los niños. La guía parece tomarlos por más jóvenes de lo que son y les habla como si fueran pequeños. Hay una niña en la última fila que parece más interesada que el resto. No puedo verle la cara. Tiene el pelo largo y rubio. Cada vez que la guía formula una pregunta, la niña levanta la mano, pero la mujer nunca le concede la palabra y puedo notar que se está hartando.

—¿Por qué creen que el señor Cornell ideó estas pajareras? —pregunta la guía que observa a espera que le respondan, pero sin embargo ignora a la niña de atrás, que mueve la mano como si fuera presa del baile de San Vito. Un niño sentado delante interviene con timidez; dice que al artista debieron de gustarle mucho los pájaros. Eso es demasiado para la muchachita, que se levanta con la mano todavía alzada hasta que la guía se ve obligada a pedirle su opinión.

—Creo que construyó las pajareras porque se sentía solo. No tenía a nadie a quien amar, y construyó las pajareras para que pudieran amarlo, de ese modo la gente sabría de su existencia y también porque los pájaros son libres y las pajareras son escondites para que las aves se sientan seguras y él quería sentirse libre y a salvo. Las pajareras son para él, para que él pueda ser un pájaro.

Tras su discurso la niña se sienta. Su respuesta me ha dejado asombrado. Ante mí tengo a una niña de diez años capaz de entender a Joseph Cornell. Ni la guía, ni la clase saben exactamente que quiso decir, pero la profesora, que sin duda alguna está acostumbrada a ella le dice:

—Gracias, Vivio chan. Es un comentario muy perspicaz.

La niña se vuelve y sonríe agradecida a la profesora y entonces le veo la cara y me doy cuenta de que estoy mirando a mi hija. Doy unos pasos para verla mejor, para admirarla y ella se percata de mi presencia y se le ilumina el rostro. Sale disparada de su sitio y antes de que me dé cuenta la tengo en brazos, estoy abrazándola con todas mis fuerzas, arrodillada ante ella y apretándola contra mi pecho, mientras ella no para de llamarme «Fate mamá».

Todos nos observan con la boca abierta. La profesora corre hacia nosotros.

—Vivio chan, ¿qué significa esto? Haga el favor de decirme quién es usted, señorita.

—Soy Fate Testarosa, la madre de Vivio.

—¡Ella es mi mamá!

La maestra prácticamente se retuerce las manos.

—Mire... la madre de Vivio, es la señorita Takamachi y según tengo entendido su pareja está muerta.

Me quedo sin habla, por un momento no puedo respirar y siento frío el ambiente, a si que esa es la razón por la cual no volví a ver a Nanoha después de sus 18 años, Vivio digna hija de Nanoha toma control perfecto de la situación.

—Está muerta, pero su muerte no es continua.

—Es algo difícil de explicar... —empiezo a contarle una vez recuperada del impacto.

—Es una PCD —informa Vivio—, igual que yo.

La explicación parece satisfacer plenamente a la profesora, aunque para mí no signifique nada. La joven está algo pálida bajo el maquillaje, pero su mirada es compasiva. Vivio me estrecha la mano con fuerza. Di algo, quiere decir con su gesto.

—Ah, señora...

—Cooper.

—Señora Cooper, ¿habrá alguna posibilidad de que Vivio y yo pudiéramos apartarnos del grupo unos minutos para hablar? No nos vemos demasiado...

—Bueno... La verdad es que yo... Es una visita de la clase y el grupo... No puedo permitirle que separe a la niña del grupo y la verdad es que no sé a ciencia cierta si usted es la señorita Testarossa.

—Llamemos a mamá —propone Vivio, quien corre hacia su mochila y saca de su interior un teléfono celular. Presiona una tecla y oigo que el teléfono está marcando.

—¿Nanoha Mamá? Estoy en el Instituto de Arte... No, estoy bien. Oye, Fate mamá, ¡está aquí! Dile a la señora Cooper que se trata de ella, ¿quieres? Sí, adiós.

Vivio me tiende el teléfono. Titubeo, pero recobro la compostura.

—¿Nanoha? —Oigo que se ha quedado sin aliento— ¿Me oyes, Nanoha?

—¡Fate chan! ¡Dios mío, no puedo creerlo! ¡Ven a casa!

—Lo intentaré...

—¿De qué época vienes?

—Justo antes de que naciera Vivio—le explico, sonriendo a mi hija, quien se recuesta contra mí, tomándome de la mano.

—Quizá sea mejor que me acerque yo.

—Ganaríamos tiempo. Escucha, ¿puedes decirle a su maestra que soy quien digo ser?

—Claro... ¿dónde estarás?

—En la entrada. Ven lo más rápido que puedas, Nanoha. Esto no durará mucho.

—Te quiero.

—Te quiero, Nanoha. —Dudo, y entonces tiendo el teléfono a la señora Cooper, quien mantiene una breve conversación con Nanoha, hasta que esta última de algún modo la convence para que me permita llevarme a Vivio hasta la entrada del museo, donde nos encontraremos con ella.

Le doy las gracias a la señora Cooper, que ha resultado ser alguien que sabe solventar con tacto situaciones francamente delicadas y Vivio chan y yo nos vamos de la mano, bajamos la escalera de caracol y mi mente funciona veloz. ¿Qué pregunto primero?

—Gracias por los vídeos —me dice Vivio—. Nanoha mamá me los regaló por mi cumpleaños.

¿Qué vídeos?

—ya se abrir las mas viejas estoy trabajando con las modernas.

Cerraduras. Está aprendiendo a abrir cerraduras.

—Fantástico, Sigue así estoy orgullosa de ti. Escucha, Vivio.

—Dime, Fate mamá.

—¿Qué es una PCD?

—Una persona cronodesplazada.

Nos sentamos en un banco que hay delante de la entrada. Vivio se sienta frente a mí, con las manos en el regazo. Tiene el mismo aspecto que yo tenía a los diez años, excepto por mis ojos que son de un color rojizo pero los de ella son de color rojo y verde, heterocromía. Me cuesta mucho creer lo que estoy viendo en mi tiempo, Vivio aun no ha nacido y ahora la tengo frente a mí.

—¿Sabes? Es la primera vez que te veo.

Sonríe.

— pues entonces Encantada de conocerte mamá

Es la niña más dueña de sí misma que haya conocido jamás. La examino con atención: tiene la actitud de Nanoha en toda su extensión me siento tan orgullosa.

—¿Nos vemos a menudo?

—No mucho —responde tras pensarlo unos segundos—. Hace un año, más o menos. Te vi varias veces cuando tenía ocho años.

—¿Qué edad tenías cuando fallecí? —le pregunto sin aliento.

—Cinco años.

Santo Dios. No podré superarlo.

—¡Lo siento! Fate mama Oh, no tendría que haberlo dicho, ¿verdad? —Vivio está angustiada y yo la abrazo, la atraigo hacia mí.

—No pasa nada. He sido yo quien te lo ha preguntado —Suspiro hondo—. ¿Cómo está Nanoha?

— Triste.

Sus comentarios me hieren y me doy cuenta de que no quiero saber nada más.

—¿Qué me cuentas de ti? ¿Qué tal te va en la escuela? ¿Qué estás aprendiendo?

Vivio sonríe.

—En la escuela no aprendo lo que se dice gran cosa, pero estoy leyendo muchos libros sobre instrumentos antiguos y sobre Egipto; Nanoha mamá y yo estamos leyendo El señor de los anillos y también estoy aprendiendo un tango de Astor Piazzolla.

¿A los diez años? Caray.

—¿Con el violín? ¿Quién es tu profesor?

—La abuela.

Durante unos instantes pienso que se refiere a mi abuela y entonces me doy cuenta de que habla de mi madre. Esto es fantástico. Si mi madre dedica su tiempo a Vivio, debe de ser muy buena.

—¿Eres buena? —Vaya pregunta más grosera.

—Sí, soy buenísima.

Gracias a Dios.

—Yo nunca fui buena en música.

—Eso es lo que dice la abuela —dice riendo—. Pero a ti te gusta la música.

—Me encanta la música. Solo que no puedo tocarla.

—¡Oí cantar al abuelo Isuzu! ¡Fue algo precioso!

—¿En qué disco?

—Lo vi de verdad. En la Ópera Lírica. Estaba cantando Aida.

Cierto ¡Es una PCD, igual que yo! Dios pobre Nanoha

—Así que viajas a través del tiempo.

—Claro. —Vivio sonríe feliz—. Nanoha mamá siempre dice que tú y yo somos exactamente iguales y la doctora Shamal dice que soy un prodigio.

—Y eso, ¿por qué?

—Porque a veces puedo ir a donde quiero. —Vivio parece satisfecha de sí misma; la envidio tanto.

—Y si lo deseas, ¿puedes quedarte el tiempo que quieras?

—Bueno, eso no —confiesa con aire apenado— pero me gusta. Quiero decir que a veces no es de lo más conveniente, diría yo, pero... es interesante, ¿sabes?

Sí, sí lo sé.

—Ven a verme, si puedes elegir la época que quieras.

—Lo he intentado. Una vez te vi en la calle; ibas con una mujer de cabello morado; pero me pareció que quizá estarías muy ocupada.

Vivio se ruboriza y de repente, es como si viera Nanoha desde sus ojos durante una fracción de segundo.

—Era Nakajima Ginga. Salí con ella antes de conocer a tu madre. —Me pregunto qué debíamos de estar haciendo, Ginga y yo, por aquel entonces, para que Vivio se haya quedado tan desconcertada; siento una punzada de remordimiento por el hecho de haberle causado tan mala impresión a mi encantadora hija—. Hablando de tu mamá, deberíamos ir a la puerta principal a esperarla.

Un zumbido agudo se ha instalado en mis oídos, solo espero que Nanoha llegue antes de que me haya ido. Nos levantamos y nos apresuramos hacia la escalinata delantera. Estamos a finales de otoño y Vivio no lleva abrigo, así que nos envolvemos con el mío. Me apoyo en una pared de cara al sur y Vivio se recuesta contra mí, con solo su carita saliendo a la altura de mi pecho. Estoy ebria del amor sobrecogedor que siento por esta niña, que me abraza fuertemente como si me perteneciera, como si jamás fueran a separarnos, como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo. «Deja que me quede», imploro a mi cuerpo, a Dios, al Padre Tiempo, a Papá Noel, a cualquiera que pueda estar escuchando. Deja que vea a Nanoha y regresaré en paz.

—Ahí viene Nanoha mamá —dice Vivio.

Un coche blanco, desconocido para mí, se dirige veloz hacia nosotros. Se detiene en el cruce y Nanoha salta fuera del automóvil, dejándolo donde está e interrumpiendo el tráfico.

—¡Fate chan!

Intento correr a su encuentro, pero tropiezo y caigo en la escalinata y levanto los brazos hacia ella. Vivio se acerca y grita algo, Nanoha está solo a unos metros de mí y yo solo puedo mirarla. Me parece verla tan lejos que le digo lo más claramente posible: «Te amo» y desaparezco. Maldita sea. ¡Maldita sea!

7.20 Pm Nanoha tiene 30 años, y Fate 38

Nanoha: Estoy echada en el patio rodeada de libros y revistas y con un vaso a medio beber de limonada, colocado a la altura de mi codo, en el que ya se han diluido los cubitos de hielo. Empieza a refrescar un poco. Quince aviones han sobrevolado el cielo. Fate chan se marchó ayer a las ocho de la mañana y empiezo a sentir miedo. ¿Qué sucederá si me pongo de parto y ella no está aquí? ¿Qué pasará si tengo el bebé y todavía no ha vuelto? ¿Y si está herida? ¿Y si está muerta? ¿Qué ocurrirá si muero yo? ya no soporto ese pensamiento ni un solo minuto más. Por lo general, me gusta zambullirme en un torbellino de actividades cuando me preocupo por Fate chan. Oh, Dios mío. Haz que regrese. Ahora.

Sin embargo nada sucede. Las luciérnagas dan comienzo a sus festividades nocturnas, pero no hay ni rastro de Fate chan. Me está entrando hambre. Voy a morir de inanición porque Fate chan no está en casa para preparar la cena. Vivio se mueve en mi vientre y me propongo levantarme e ir a la cocina para prepararme algo de comer. Sin embargo, decido hacer lo que siempre hago cuando Fate chan no está. Me levanto, despacio y entro en la casa para tomar mi bolso y salgo por la puerta delantera y la cierro con llave.

Ya de vuelta a casa, rebusco en mi bolso para encontrar las llaves, pero no fue necesario porque Fate chan abre la puerta de par en par abrazándome.

—Nanoha, Gracias a Dios. Nanoha

Nos besamos. Estoy tan aliviada de verla que tardo unos minutos en darme cuenta de que ella también está tremendamente contenta de verme.

—¿Dónde estabas? —pregunta.

—en un restaurante comiendo ¿Y tú?

—No me dejaste ninguna nota, llegué a casa y no estabas y pensé que habrías ido al hospital. Los llamé, pero me dijeron que no...

Me echo a reír, no puedo parar. Fate chan esta desconcertada se ve tan tierna:

—Ahora ya sabes lo que se siente.

—mou… Lo siento —responde sonriendo— pero es que... No sabía dónde estabas y sentí pánico. Pensé que me perdería lo de Vivio.

—No me has contado dónde estabas tú.

Fate chan sonríe.

—No vas a creer lo que voy a contarte.