Y de nuevo con Bella… bueno y con Paul también. Y Bellamy ¿cómo podría olvidarme de Bellamy?

Disclaimer: Nada de lo que reconozcáis es mío.

Capítulo 10: Cayendo

Aparté la mirada de mi E-book, debía de darle mil gracias a Paul por el extraño aparato; había conseguido que no me hundiese en lo pensamientos negros que siempre tenía después de una tortura, y presté atención a los sonidos que podía escuchar fuera de mi celda. Me había parecido oír las pisadas de un par de botas militares.

—… serio, aún me duele donde me dio con el pie —oí la voz de un hombre.

— Al menos a ti no te mordió —el refunfuño apenas fue audible para mis orejas.

Mi primera reacción fue sorprenderme, no tenía del todo claro que esos dos pudiesen hablar, aunque si me ponía a pensarlo… ¿no había dicho algo uno de los dos el día anterior cuando me estaba intentado contener? La verdad es que en esos momentos no estaba para fijarme en detalles como esos.

Luego me entró el pánico, ¿qué hacía yo ahora con una mochila llena de objetos que seguro que ellos no habían visto muy a menudo? Decidí meterlo todo en la mochila y dejarlo en la esquina de al lado de la puerta, con suerte no se fijarían en ella y me ahorraría muchas preguntas.

Mis dos guardias (debería ponerles algún nombre) hicieron la rutina de siempre para abrir la puerta y me arrastraron de nuevo por los pasillos. Ni siquiera se dieron cuenta que no había tocado la bandeja de comida (¿quién iba a comer esa masa asquerosa cuando habían patatas?).

Ya ni me molesté en intentar entablar una conversación, sabía que no me dirían nada. Me limité a esforzarme para no tropezar y a angustiarme mentalmente intentando adivinar qué tortura me tenía preparada Bellamy hoy. ¿Sangre? ¿Lecciones de vigila-con-quien-te-metes? ¿Ver a Johanna torturada? ¿Oírle cantar?

Mis guardias me llevaron a la ancha sala de siempre, y al no ver a nadie más aparte de Bellamy allí dentro supe lo que me esperaba. Otra vez sangre.

Me gustaría poder decir que permanecí calmada desde el momento en que me metieron hasta que quedé inconsciente. Pero al oler la primera gota se me aceleró el corazón, la adrenalina recorrió mis venas y volvía a estar dando patadas, puñetazos, rodillazos, codazos y, en general, golpes con todo lo que pudiera mover.

Bueno, y también puede que aparte de todo eso estuviese insultando a Bellamy Clark de manera bastante colorida… y a su madre también. Estoy segura de que todos los presentes quedaron bastante sorprendidos ante tan extenso vocabulario (pero claro, habiendo tenido seis hermanos mayores, de entre ellos Luke, una está destinada a aprender ciertas palabras).

.

.

Cuando volví a despertar Paul estaba allí otra vez. Y también volvía a traer regalos. Era como una especie de Santa Claus pero en joven. Y vampiro.

— ¿Qué traes hoy? —le pregunté mirando con ansias la bolsa de plástico verde que llevaba en la mano.

— Oh, solo un par de cosas que he pensado que quizás te gustaría tener después de lo de hoy —sonrió.

Lo miré con sospecha y curiosidad.

Paul sacó una toalla mullida, de esas que hay en los hoteles. También algunos botes de jabón y una gran esponja. Cada día le tenía más cariño a ese hombre… vampiro.

— Si no me equivoco esa pequeña puerta de allí da a un baño —dijo.

Asentí, recordando lo aliviada que me había sentido al ver que había un váter de fácil acceso. Supongo que no les gustaba nada la alternativa a no-baño. A pesar de todo era un baño bastante simple, un váter, una pequeña bombilla y un extraño agujero con rejas junto a la pared que no había sabido adivinar qué era.

— Pero no hay ninguna ducha —le dije cuando entramos los dos y encendimos la luz (que como había comprobado ya tan solo se podía encender cinco minutos cada día, luego, por mucho que apretases el interruptor, no funcionaba).

— Oh, sí que la hay —dijo Paul muy seguro.

Me pregunté si mi nuevo amigo se había vuelto loco. Pero Paul no parecía dar más signos de que se le hubiese ido la pinza aparte de colocarme encima del extraño agujero y apartarse de mí con dos grandes zancadas.

— Vale —dijo desde casi fuera de la pequeña y oscura habitación— ahora tira de la cadena que tienes en el techo.

Confundida, hice lo que me pidió (tuve que ponerme de puntillas para llegar a la cadena) y no pude evitar chillar cuando una cascada de agua helada me cayó encima, empapándome entera.

Fulminé a Paul con la mirada, a saber cuándo tardaría en secarme yo, y además con toda la ropa mojada. El vampiro me ignoró y me lanzó la esponja y un bote de jabón. Él debería de haber sabido que iban a caer al suelo.

— N-no v-v-voy a du-ducha-a-arme c-cont-tigo mi-mirand-do —espeté lo mejor que pude con los dientes castañeándome.

No pude ver cómo Paul rodaba los ojos pero sí lo oí murmurar algo sobre tozudez antes de dejarme los jabones al lado, la toalla encima del váter y una de esas lámparas de cámping para que pudiese seguir viendo cuando se me apagara la luz.

Me habría estado mucho más rato limpiándome a consciencia de no haber estado tan fría el agua. Una parte de mí sentía que nunca más llegaría a estar limpia del todo y siempre olería a sangre.

Paul me esperaba con abrigada ropa nueva (aunque me dijo que debía ponerme mi ropa blanca, bueno, más bien roja, cuando mis guardias me llevasen a las torturas) y una taza de café.

Empezamos a hablar sobre el nuevo vídeo musical, aunque en realidad Paul ya lo tenía todo pensado. Me pregunté cuántas veces habíamos tenido esa misma conversación, o si quizás ya había estado en el futuro donde ya habíamos hecho el vídeo y sabía exactamente qué hacer.

Preguntarme cosas como esa acababan haciendo que me doliese la cabeza.

.

.

— ¡Oh vamos, nadie se dará cuenta! —supliqué.

— ¿Nadie se fijará si de repente sale un león enorme en la pantalla? —preguntó Paul incrédulo.

— No estoy pidiendo que pongamos a Aslan, pero quizás a Lucy o Edmund…

— ¿Por qué? —dijo con voz tensa, como si estuviese conteniéndose para lanzárseme a morderme el cuello (y, claro, teniendo en cuenta que era un ser mitológico que chupaba sangre… era bastante probable).

— Hicieron la canción para Las Cróni…

—… cas de Narnia, el Príncipe Caspian —finalizó él rodando los ojos.

Sonreí— Es comprensible que los metamos en el video, aunque sea un pequeño momento. No es como si quedasen demasiado fuera de lugar…

— Son chicos que van vestidos como hace años —resopló Paul—. ¿A cuánta gente has visto tú aquí con armadura?

Hice un puchero— ¿Por favor?

— No —se negó.

Abrí mucho los ojos— ¿Porfii…?

Paul dudó, estaba cayendo— N-No.

Me mordí el labio y lo miré con toda la inocencia que pude— ¿Porfiplis?

Suspiró— Está bien.

*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*

Justo cuando pensaba que Bellamy Clark no iba a sorprenderme con más ideas nuevas y podía empezar a hacerme una idea de lo que me esperaba (sangre, golpes, sangre, Johanna, repetición; aunque más bien era una esperanza para que no se le ocurriesen más torturas crueles y, en su mayoría, psicológicamente dañinas, ya que ese era mi séptimo día de tortura según Paul) me desperté en la azotea de un rascacielos.

Empecé a preguntarme si metían algo en mi comida de vez en cuando. Desde mis primeros juegos que no dormía profundamente y aquí me encontraba despertándome en sitios desconocidos que tan solo podría haberme traído alguien. ¿Cómo no podría no haberme despertado ante el motor de un aerodeslizador de no haber estado drogada?

— ¿Qué? —le pregunté a mi torturador, que se estaba tomando tranquilamente una copa de vino, todavía algo grogui— ¿Me llevas a ver las preciosas vistas?

— Y yo que creía que me había librado del sarcasmo —suspiró Bellamy pesarosamente.

Resistí el impulso de sacarle la lengua.

— Bueno… si no es para ver el bonito atardecer, ¿para qué estamos aquí? Sé que te gusta mucho el dramatismo y ponerle tensión antes de presentarme tu nueva tortura —dije—, pero la verdad es que aquí arriba hace frío.

Volvía a estar con tan solo la ropa interior y la camiseta rasgada y tenía toda la piel de gallina por las frías corrientes de aire que golpeaban el edificio. Me pregunté si quizás me habría ido mejor si hubiese conservado el mono en vez de haberlo desechado con tanta facilidad.

El edificio de metal no inspiraba demasiada confianza. Estaba a las afueras del Capitolio y era de un oscuro color gris. Habían trozos que estaban en ruinas y un gran agujero (quizás debía medir unos tres o cuatro metros de diámetro) ocupaba el centro del techo. Quizás antes había sido una torre de vigilancia que había quedado en desuso. Quizás lo habían construido de esa manera a propósito. Tan solo la mente perversa del Presidente sabía la respuesta.

— Verás, Isabella —Bellamy se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado.

— ¿Cómo ha llegado una butaca aquí arriba? —le interrumpí sin pensar.

— La han traído con el aerodeslizador —contestó.

— ¿Y para qué quieres una butaca? —le pregunté sin comprender.

Bellamy frunció el ceño— Es mi butaca de pensar, ¿vale? —espetó.

— Vale, vale —levanté las manos como para tranquilizarle.

Él bufó— Como iba diciendo —me miró mal por haberle interrumpido—, te hemos traído aquí para enseñarte una lección.

— ¿Otra más? —protesté— ¿No crees que con la de somos-más-y-más-fuertes-que-tú ya es suficiente?

— No —contestó él casi con petulancia—. Has cometido un gran error y has de aprender de él.

— Eso no se te ha ocurrido a ti, ¿verdad? —me burlé.

Se aclaró la garganta y no contestó, era obvio que no había sido idea suya esa frase— Luchar contra nosotros, contra tu propia familia que te nutre, te cuida y te protege, es un crimen. Pero además es inútil —era evidente que eso a él tampoco se le había ocurrido—. Somos una nación invencible, nuestras fuerzas superan a los rebeldes y nuestro armamento también. Luchar contra nosotros es tan inútil como intentar detener tu caída cuando estás cayendo sin control desde muy alto.

Miré por el borde de la azotea al suelo. El suelo estaba muy muy abajo. Tragué saliva y miré al agujero.

— ¿Cuántos metros dices que tiene esto?

Bellamy sonrió con suficiencia, aparentemente alegre de que lo hubiese pillado tan rápido— 412 —contestó alegremente.

Volví a mirar al suelo, aterrada— Eso es incluso más que el Empire State Building.

— ¿Qué? —casi me alegré de verle la cara de confusión.

— Y supongo que me tiraréis por ese agujero —comenté.

— Ajá —Bellamy parecía contento ¿quizás se iban a olvidar de rescatarme?

— Y ¿he de saltar yo o…? —intenté aparentar indiferencia.

Bellamy casi hasta parecía esperarse mi reacción— Tranquila —me guiñó un ojo y me estremecí—, lo tenemos todo controlado.

Y las manos de uno de mis guardias me enviaron al oscuro agujero antes de que pudiera reaccionar.

Perdí la noción de lo que era arriba, lo que era abajo, lo que era izquierda y lo que era derecha cuando empecé a dar volteretas a causa del impulso que uno de los guardias (debía ponerles nombre ya). La cabeza me daba vueltas, aunque no sabía si era por las volteretas o algo más. El frío aire me agitaba bruscamente la ropa y el pelo. Creo que grité, pero a causa del viento que causaba mi propia caída no lograba oír nada más que un rugido.

Al final conseguí estabilizarme y dejar de dar vueltas, pero seguía cayendo con velocidad. Veía mi reflejo en las oscuras y perfectas paredes metálicas, al parecer tan solo era el exterior que estaba en mal estado.

No sabría decir por cuanto tiempo estuve cayendo. En algún momento dejé de ver debido a que la poca luz que venía del techo era demasiado débil. Entonces fue cuando más me asusté, no sabía dónde estaba el suelo ni cuanto faltaba para el choque. Tan solo veía oscuridad y sentía el frío aire arañarme la piel.

Entonces sentí algo agarrarme de la cintura y, antes de que pudiera reaccionar y sacudirme como una loca, un pinchazo encima de la cadera y dejé de sentir.

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Me levanté con los familiares muros de mi celda recibiéndome y hasta suspiré con alivio. No se lo confesaría a Bellamy, pero la caída del edificio me había tenido verdaderamente asustada. El corazón seguía latiéndome a mil por hora, tenía todavía los gritos atascados en la garganta y las manos cerradas en un par de puños. Me pregunté por qué me había afectado más que las demás, incluso al día siguiente había llevado lo de la sangre con mejor entereza que esta.

Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos. Posé una mano encima de mi corazón y le pedí silenciosamente que se calmara. No hizo demasiado efecto. Volvía a sentir el viento, la sensación de caída, las vueltas… Se me contrajo el estómago y tuve que volver a apretar los puños.

— Te ha afectado tanto porque no podías hacer nada para evitarlo —la voz de Paul me hizo abrir los ojos, pegar un brinco y acelerarme aún más el corazón.

— ¿Quieres que el pobre salga volando? —le pregunté de malas maneras acariciando por encima de donde mi corazón latía desbocado.

Él simplemente sonrió con falsa inocencia. Refunfuñé sobre vampiros malvados y Paul rio.

— ¿A qué te refieres? —pregunté mirándole con los ojos entrecerrados.

— Con la caja de sangre puedes pelearte con el cristal, vale, quizás no hará mucho, pero es algo. Puedes pelear contra los hombres en las "lecciones" y ya vimos que pasó con lo de Johanna. Con esto no puedes hacer nada, simplemente caer y esperar que pase. Y por eso te afecta tanto.

Tenía sentido, aunque a pesar de eso no me veía con demasiadas ganas de volverlo a probar. Se habían ralentizado un poco mis latidos, pero seguían estando por encima de lo normal, y, por mucho que lo intentase, no parecía poder dejar de apretujar mi camiseta con la mano.

— ¿Qué me has traído hoy? —inquirí intentando apartar mi mente de los recuerdos de la caída.

El joven vampiro sonrió algo maníacamente. No sabía si alegrarme o asustarme. Me decidí por alegría cuando de vi sacar varios grandes botes de pintura, un par de rodillos y varios pinceles de diversos tamaños.

— Aunque vas a tener que cambiarte —me advirtió.

— ¿No crees que ya sospecharán al ver la pared verde? —me pregunté si lo decía en serio o estaba bromeando.

Paul frunció los labios— Es que verde y rojo no quedan demasiado bien.

Lo miré con los ojos muy abiertos y ambos nos echamos a reír cuando pude ver el brillo de diversión contendida en sus ojos topacios.

— Ten — me tendió un ancho pincel—, píntalo todo verde.

— ¿Pero no deberíamos decidir primero como pintamos el bosque? —pregunte.

Paul sacudió la cabeza— Primero pinta tú un rato, luego lo corregiremos.

No lograba entender las intenciones de Paul pero de todas formas cogí el pincel. Con cuidado hice una raya que contrastaba vivamente con el oscuro gris de las paredes. Y lo volví a hacer. Y otra vez. De pronto me sentía furiosa y cada estocada de pincel me hacía descargar un poco de esa furia.

Con movimientos bruscos pinté parte de la pared que había delante de mí. Me cayeron varias gotas encima pero no le di importancia. Puede que fuera soltando gritos e improperios mientas pintaba, puede que alguna vez intentara apuñalar la piedra con el pincel, puede que llorase en algún momento.

Ataqué la pared hasta que me dolieron los brazos. Acabé con pintura por todas partes (tanto yo, como toda la celda y hasta Paul) y casi medio cubo vacío, y eso que era uno de esos grandes. Pero me sentía mucho mejor.

— Gracias —le dije a mi amigo vampiro.

— Lo necesitabas —contestó él algo incómodo.

Después de mi descarga emocional nos pusimos a pintar en serio. Bueno, más bien Paul pintaba y a mí me mandaba trabajos fáciles y que no podía fastidiar ni aunque lo intentara.

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Me estaba mordiendo la lengua mientras pintaba con concentración flores amarillas («son solo puntilladas, Bella, solo puntilladas» me decía). Le eché un vistazo a Paul, nunca había visto a un vampiro tan concentrado. Me mordí el interior de la mejilla para que no se me escapara la risa.

Se me ocurrió una idea maligna. Lo más silenciosamente que pude me estiré hasta llegar al pincel de tamaño mediano que había junto al cubo de pintura azul claro. Lo mojé bien mojado y lo deslicé por la espalda del vampiro, que soltó un grito para nada masculino.

— ¿Con que esas tenemos? —sus ojos brillaban.

Asentí con la cabeza mientras me aferraba a mi pincel con fuerza, sabía que no podía hacer nada contra un vampiro con super-velocidad, pero el grito que había pegado seguía persiguiéndome la mente haciéndome sonreír.

Antes de que pudiera reaccionar sentí frío en el brazo y cuando me giré a mirar vi que lo tenía de color verde oscuro. Le lancé una mirada de advertencia, pero se me derritió el corazón al ver la alegría casi infantil que adornaba sus rasgos.

Solté una risita— ¡Esto es… Espartaaa! —grité antes de atacar.

El pálido demonio de ojos dorados y yo nos enfrentamos en una encarnizada batalla que duró un día entero. Nuestras manos brillaban rojas con la sangre que habíamos logrado hacer a nuestros enemigos y en nuestros ojos brillaba la locura de aquellos que han luch… vale, no. Estuvimos cinco minutos hasta que no pude más de tanto reírme y a traición le tiré el cubo de pintura azul por la cabeza. Los dos acabamos de diferentes colores (aunque Paul más azul que nada) y el suelo, parte de las paredes y el techo también habían sufrido nuestra batalla.

Después de eso Paul me envió a un rincón sin tocar nada mientras él acababa de pintar. Como era de esperar me quedé dormida a los diez minutos y Paul me tuvo que levantar para que viese su maravillosa obra (aunque claro, como había decidido levantarme tirándome lo que quedaba del cubo de pintura amarilla, al principio mucho no pude ver).

Pero cuando pude mirar las paredes se me llenaron los ojos de lágrimas. Paul había pintado la habitación entera (suelo y techos incluidos, aunque había una gran mancha amarilla que tenía que solucionar) como si estuviésemos en un prado, un prado que yo conocía muy bien.

Paul me había pintado el prado de Edward.

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En verdad iba a pintar un bosque, os lo aseguro. Pero me puse a buscar imágenes de pinturas de bosques, y me salió una con un prado y… Además, Paul no dejaría de insistirle a Bella que le dejase llevarla a casa con tanta facilidad, esta es una manera a la vez cruel y dulce de hacerle ver lo que se está perdiendo (vale, vale, esto se me acaba de ocurrir ahora pero… shhhh!)

Bueno, y la canción, para los que no la hayáis deducido es The Call de Regina Spektor, aunque os lo iba a decir en algún otro capítulo, estoy segura.

PititaMasenSwan: Pero lo sabrá, Bella o Maya le harán darse cuenta de la verdad (porque Paylor va más perdida incluso que él). Jajaja, me alegro tanto de haberlos juntado... y eso que al principio quería ponerle con Johanna, pero nop, PAYKE RULES! Ahora Paylor ha de ir al rescate para cubrirle ella las espaldas a Luke. Jajaja, la verdad es que no deberías confiar en mi palabra, mientras estoy escribiendo puede darme algo y ¡ZAS! Adiós Luke (aunque es muy muy poco probable, me gusta demasiado Payke como para hacer eso).

Besos, CF98.

PD: ¿Por qué de repente me ha venido a la mente Bella cayéndose por el agujero y cantando a grito pelado I'M FREE, FREE FAAAAAALLING?