Disclamer: La saga Crepúsculo, así como sus personajes, son propiedad de Stephenie Meyer. Esta historia me pertenece, todo lo escrito en ella es original y está inspirada en El Rey Pico de Tordo, obra de Jakob y Wilhelm Grimm.
CAPÍTULO 10
Bella esperó impacientemente a que todo el apartamento estuviera en absoluto silencio para levantarse de la cama y salir en busca de su arma. Con el corazón palpitando fuertemente aun recordaba el enfrentamiento con el tipo. No sabía la razón por la cual él había sido tan amable en llevarla a la habitación y darle la privacidad que necesitaba, luego del intento de paliza que ella le propició. Pero, ¿quién lo manda a ser un insensible bocón? Se lo buscó solito.
Puede ser que en su clase social estén acostumbrados en gritar a cuatro vientos la vida íntima de las mujeres, a comentarlas y juzgarlas, pero con ella ese cuento no iba a resultar. No era una retrógrada ni una cavernícola, como en muchas ocasiones le embromó Tanya. Era una mujer respetable, intachable (en todo lo que no tuviera que ver con los bufones amigos de Charlie y sus aspiraciones políticas) y no permitiría que un vagabundo venido a más pusiera en tela de juicio su vida privada.
¡Mil veces demonios! Se sentía asfixiada por las circunstancias, por lo ridículo e irreal de toda esa situación.
Se levantó de la cama y caminó desclasa, de puntillas, para evitar cualquier ruido que despertara al mequetrefe. Esperó unos segundos con el oído pegado a la puerta, mientras sus ojos miraban con detalle la luz siniestra que se filtraba por la ventana. Esa desolada habitación la aterrorizaba, pero prefería el terror a la vergüenza y la humillación de que su esposo le tocara un pelo.
Cerró los ojos con fuerza, respirando profundamente para calmar su alocado corazón, para decirle a la mente que todo eso estaba ocurriendo, para tener un poco de resignación.
Lentamente retiró el seguro de la puerta, haciendo una mueca de esfuerzo para que éste no hiciera ruido. Cuando escuchó un sonoro "clic", le provocó darle con un palo de hierro, por bulloso. Volvió a pegar el oído a la puerta, rezando para que Edward no se hubiera despertado. El sepulcral silencio le confirmó que estaba más del otro lado que de este. Esperó unos segundos más para girar la perilla. Al abrir la puerta se encontró con un espacio oscuro que no dejaba ver nada. Pronunció una maldición poco propia de una dama ante lo maquiavélicamente gracioso de esa situación. Miró hacia atrás, sobre su hombro, estaba segura que la insignificante luz de la lámpara sobre la mesa de noche no alcanzaba a iluminar ni a una hormiga, y si encendía la luz de la habitación estaba en riesgo de despertar a la roca durmiente…
Arriesgándose a quedarse ciega en el intento, o con un golpe SCI-FI de suerte que de la nada desarrollara una visión nocturna de última tecnología, ella se adentro en la oscuridad.
Solo caminó un par de pasos y decidió buscarlo a gatas, primero porque era más sencillo sentirlo con los dedos, y segundo porque no quería darse de narices contra la pared teniéndola tan cerca. Tanteó el piso con lentitud, primero al lado izquierdo y luego al lado derecho.
—Debes estar por aquí —susurró Bella, más bajo que el tono del viento —. ¡Maldita hojalata, aparece!
Pese a que sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, no podía distinguir entre el piso y el aire. Se dio por vencida luego de tantear tres veces la zona, sin obtener resultado alguno.
Contrariada, y con el cejo fruncido gateó hasta la puerta de la habitación y cerró. Una vez asegurada la puerta comenzó a dar vueltas de aquí para allá, sintiéndose como un león enjaulado… O quizás algo parecido, porque nunca había sido un león. Miró su muñeca izquierda para fijarse en la hora, pero al ver que no traía ningún reloj, todo por culpa de su padre, sintió que algo helado le bajó desde la cabeza hasta los pies. El rechazo, la humillación y la negación se mezclaron en ese momento y lograron que de sus ojos cayeran impotentes lágrimas. Era como para querer morirse.
Edward, por su parte, volvió a acomodarse en el sofá. Tenía el sueño sumamente liviano por lo ocurrido con Bella horas antes, y se despertó cuando escuchó el seguro de la puerta al ser retirado por ella. Tal como había intuido, ella buscó el cuchillo en la oscuridad, afortunadamente lo escondió luego de dejarla sola en la habitación. Las cosas estaban tan tensas, tan mal, que quien corría el peligro de ser atacado era él y no ella.
Se dio golpes mentales en la cabeza, por tonto, por suponer que con una invitación ella iba a acceder a compartir el lecho, como una mujer enamorada. ¡Vaya iluso resultó ser! ¿En qué momento se le ocurrió semejante estupidez? Obviamente ella lo rechazaría de plano no solo por "ser pobre", sino por ese matrimonio indeseado. Ya no vivían en la época en la que una mujer hacía lo que se le ordenara, cumpliendo al pie de la letra con los actos conyugales contra su voluntad; mucho menos vivían en una cultura donde las mujeres eran esclavas de sus esposos.
Mallugado desde la cabeza hasta el pie, cerró los ojos, dispuesto a descansar por fin de ese martes de locos.
Quizás al día siguiente ella estuviera más calmada y podrían hablar… O quizás se despertara primero que él y lo asfixiara con una almohada. No, definitivamente no iba a tener un sueño muy apacible; además de que el sofá se quedaba corto para su altura.
Bella no pegó el ojo en toda la noche. El temor de ser atacada en cualquier momento le impidió conciliar el sueño. Lo peor del asunto es que en esa época del año el sol salía más tarde y eso ayudaba a aumentar sus horas de insomnio. No podía cerrar los ojos si que cualquier ruido la alterara, especialmente el de los autos que pasaban esporádicamente. Era increíble que a pesar de encontrarse cuatro pisos sobre el nivel de la calle, tuviera los sentidos tan agudos. Definitivamente la tensión, el temor, y el estrés la estaban convirtiendo en una mujer ultra sensorial.
Con el genio llevado de los demonios y un suspiro de exasperación, se levantó de la cama. Tomó el cepillo de dientes y salió de la habitación. Le dio una mirada al sofá. Edward ya no estaba allí, pero lo que había sacado de la habitación la noche anterior estaba perfectamente doblado y organizado encima de este. Seguramente ya habría salido a trabajar, o a rebuscarla, a falta de un trabajo fijo, sin bañarse, con la ropa arrugada y sin desayunar.
Al poner la mano en el pomo de la puerta del baño, esta fue abierta con ímpetu, impulsándola hacia adelante. Se dio de narices contra un pecho liso y mojado.
—Buenos días — la saludó Edward con cortesía.
—Días — se limitó a decir Bella, separándose con rapidez y frotándose la nariz.
Al reparar en que solo llevaba puesta una toalla amarilla amarrada a la cintura, se tapó los ojos, impactada.
—¡Cúbrete!
—Apenas estoy saliendo del baño, Isabella — le informó él —. Y me encuentro en la privacidad de mi casa. No me estoy exhibiendo ante el público.
—¡Te estás exhibiendo ante mí! — replicó ella, y olvidando por un momento su pudor, lo miró.
Edward entornó los ojos.
—No seas mojigata — la regañó. Caminó hasta la habitación y antes de cerrar la puerta para seguramente vestirse, le dijo —: En la playa puedes ver cosas menos agradables, como alguien en narizona.
Bella chilló con indignación y cerró la puerta del baño con un portazo.
A la hora de preparar el desayuno no la tuvo muy fácil. Jamás había preparado uno completo. Recordó su intento de freír unos huevos un par de años atrás y de cómo estuvo a punto de incendiar la cocina de su casa. Por lo menos en aquel entonces había un extintor a mano, y en caso de que la cosa se hubiera ido a mayores, el seguro pagaría los arreglos del siniestro. Pero en ese pequeño cuchitril, con una cocina del tamaño de una alcancía, y en la pobreza en la que estaba, seguramente un incendio no solo los dejaría en la ruina completa, sino que causaría un caos completo en el edificio. No era una estúpida desalmada para poner en riesgo la vida de los demás y las pocas baratijas que tenía para sobrevivir…
Sobrevivir, esa era la clave de todo.
Cuando Edward salió de la habitación ya vestido y despeinado, le sirvió.
—Gracias — dijo él en tono inseguro, mirando sin mucha convicción el plato con huevos revueltos y trozos de pan.
—No me hago responsable de intoxicaciones ni envenenamientos.
—No te preocupes — replicó él, tomando un tenedor y pinchando los huevos —. Se te agradece la atención.
Bella puso los ojos en blanco y se dispuso a comer. Después de un par de masticadas, ambos pusieron cara de asco sincronizadamente, aunque por razones distintas. Edward había masticado un pedazo de cáscara de huevo, mientras que el huevo de Bella estaba completamente salado.
Él, con mucho disimulo, votó la cáscara en una servilleta de papel, y hurgó detenidamente su comida para no encontrarse con otra dura y sonora sorpresa. Bella se comió su porción por puro orgullo.
—Hoy trataré de regresar un poco más temprano — le informó Edward mientras lavaba los platos —. Si vas a salir, las copias de las llaves están sobre la mesa de la sala.
Bella ni siquiera se dignó a mirar para confirmar lo que dijo.
—¿Y a dónde saldría?
—No sé — contestó él encogiéndose de hombros —. Quizás a conocer la zona… es muy segura. La escuela secundaria queda al otro lado del edificio… Puedes verla desde la ventana de la habitación. Puedes ir hasta Fairfax Dr. y recorrerla con paciencia, ingresar a unos negocios para preguntar si necesitan trabajadores. Debes ocuparte en algo, no solo para que estés activa, también para que me ayudes en los gastos de la casa.
—¡En tus sueños! — replicó Bella —. ¿Y de qué gastos me estás hablando? No tienes grandes lujos o comodidades en esta casa, la renta no debe ser costosa, y en tu nevera no hay todo tipo de carnes, vegetales y especies con los que alguien pueda preparar una comida decente.
—¿Ese alguien serías tú, Bella? — le preguntó él, encarándola.
—Que buen chiste. ¿Me rió o espero el otro?
—Los gastos de los que te hablo, además de la renta y la comida, es mantener en buen estado el lugar que habitamos, arreglarlo para que sea más hogareño…
—Nos hubiéramos ahorrado todo este asunto si te hubieras casado con una decoradora de interiores — lo interrumpió ella.
—Y algo adicional… Necesitas dinero para comprar ropa, porque yo no te le voy a dar.
—No esperaba que lo hicieras — contestó ella con acidez —. Basta con darle una mirada a tus gustos y tu estilo para darme cuenta que no los comparto.
—Tienes razón — admitió Edward tranquilamente, caminando hasta la puerta —. También nos diferenciamos en que lo que llevo lo compro con mi dinero, no puedo decir lo mismo en tu caso.
—RIDÍCULO — gritó Bella cuando ya había cerrado la puerta.
Edward, por supuesto, escuchó el colérico grito. Buen Dios, si todas sus mañanas iban a ser así, con desayuno a la fuerza y discusiones absurdas, debía armarse de mucha paciencia de inmediato.
Llegó a la oficina diez minutos antes de que arribara su familia, y el grupo de estudiantes de leyes que realizaban sus pasantías en el bufete. En su baño se cambió, colocándose un traje Hugo Boss color gris, y dobló las prendas de segunda con las que había salido de la casa. Las guardó bajo llave en un gabinete de su baño, listo para comenzar el día.
En la reunión matutina con su equipo de trabajo, organizaron tres casos que estaba a punto obtener resolución, mientras otros dos les estaba ocasionando más problemas y demoras de lo esperado.
—La oficina de migración ha perdido el registro de huellas del postulante — informaba Carmen, estudiante de último año de leyes de la Escuela de Servicios de Extranjería en la universidad de Georgetown —. Ya instauré un recurso de amparo para que agilicen el proceso. Lleva más de tres años la solicitud de residencia y no han emitido fallo.
—Te recomiendo que visites migración con frecuencia — le aconsejó Edward, revisando el expediente del caso —. Algunos funcionarios retrasan las solicitudes por capricho, especialmente aquellas que proceden de ciudadanos centroamericanos.
—Bien — susurró Carmen, y le pasó otro expediente —. La señora Riverton está teniendo inconvenientes con la solicitud de su ciudadanía. Servicios sociales argumenta que su matrimonio es de conveniencia y han retrasado la resolución de aprobación.
—El matrimonio Riverton tiene pruebas suficientes de convivencia. Si es necesario adicionaremos testigos para debilitar los alegatos de servicios sociales.
—La señora Riverton tiene un grupo nutrido de ellos — intervino Joseph, compañero de clases de Carmen —. Están dispuestos a testificar y aportar pruebas.
—Perfecto — dijo Edward, complacido con la eficiencia de los jóvenes estudiantes —. Cítenlos para mañana jueves a las once de la mañana. Necesitamos a la secretaria de mi padre, ella es la más rápida en redacción para toda la gente que tendremos que documentar. Carmen, arregla eso, por favor.
—De inmediato, Edward.
—Joseph, para las horas de la tarde acompañarás a Mila Jancovich a su entrevista en la oficina de migración. Saldrán de aquí a las dos y media, la cita es a las cuatro.
—Lo tendré todo listo.
—¡Dios Santo! Urgimos una buena reforma migratoria que facilite tanto papeleo y quite tanta burocracia — comentó Edward, resoplando.
—Al paso que vamos no se dará nunca — replicó Joseph, organizando los expedientes para retirarse.
—Carmen, necesito hacerte una pregunta, y espero que seas sumamente discreta al respecto — le dijo a Edward segundos después de dejar Joseph la oficina.
—¿Ocurre algo?
—¿Qué tantos alumnos de Georgetown conoces?
—No a todos — dijo con un dejo de sarcasmo —. ¿Necesitas información de alguien en especial?
—Alguien de la escuela de negocios.
—Tengo algunos conocidos allí… ¿por?
—Isabella Swan.
—¿Quién?
—No la conoces — afirmó Edward.
—En mi vida había escuchado ese nombre.
—En alguna de tus clases nocturnas, ¿podrías realizar unas averiguaciones en la oficina de Negocios Internacionales?
Bella salió del apartamento antes del medio día. Fue hasta la estación del metro subterráneo y doblando a la derecha caminó a paso lento, casi perezoso, por toda la Fairfax Dr. La calle no era tan espantosa como creía, era más bien una constante ebullición de actividad comercial, especialmente restaurantes de clase media y almacenes de ropa para damas, caballeros y animales. Se encontró con un par de salones de belleza, uno de ellos con un inmenso cartel en la entrada de promoción de manicura y pedicura 2 x 1. Ganas no le faltaron de aprovechar, como buena fan de este tipo de tratamientos, pero la falta de dinero y sobre todo, el desconocer si dicho salón contaba con las medidas sanitarias necesarias para realizarlo, le borraron el pensamiento del cerebro.
En varios de los restaurantes habían pequeños avisos de trabajo para meseros, lavador de platos, auxiliar de cocina y hasta cuida carros; pero prefirió ignorarlos, seguramente en algún almacén de ropa necesitaban una dependiente o una vendedora. Era más digno eso que recoger las sobras de los comensales.
Cuando ya había caminado unas quince calles, se detuvo en un bonito y pacífico parque. Al sentarse bajo un árbol a descansar, cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de tranquilizar sus pensamientos pesimistas, tratando de cambiar el estado de ánimo nefasto, debido a la falta de sueño, que tenía. Llegó un momento en que la relajación fue tan grande que se quedó dormida, sólo se dio cuenta cuando un hocico peludo le olisqueaba la mejilla.
Chilló asustada, para encontrarse con un hermoso pastor ovejero inglés, probablemente cachorro, no era muy alto.
—Lo siento — dijo una voz alegre, parecida a la de una niña traviesa.
—No te preocupes — replicó Bella, levantándose.
Al quedar frente a la chica, se encontró con una mujer pequeña, mucho más que ella aunque podría afirmar que igual de joven. El cabello lo llevaba corto y en puntas, de un color negro azabache que juraría era producto de un tinte, quizás de esos japoneses naturales. Los ojos de un castaño intenso y la piel tan blanca como una tiza. El rostro, aunque bonito, asemejaba el de un duendecillo. Iba bien vestida, o por lo menos tenía muy buen gusto para combinar la ropa, especialmente cuando la época de frío estaba iniciando, aunque claramente no era ropa de diseñador.
—Es un poco travieso por lo que es tan pequeño — explicó la chica.
—¿Cómo se llama?
—No recuerdo… Creo que era Lothus o Linux… Algo así.
—¿No es tuyo?
—No, es de mi primo, yo lo saco unos minutos para que no se estrese mientras está solo, luego me voy al trabajo, dependiendo del turno que deba supervisar. Por cierto, soy Alice. Alice Brandon — dijo, extendiéndole la mano con entusiasmo.
—Isabella Swan — contestó Bella, estrechándola suavemente.
—Te habías quedado dormida.
—Pasé una mala noche.
—Algo común en nuestra vida moderna.
El perro comenzó a saltar de aquí para allá, correteando y frenando en seco. Luego, se puso a dar vueltas, persiguiendo su cola.
—Es lindo ver que no le cortaron la cola — comentó Bella.
—Emmett es un amante de los animales. Es miembro de PETA (1). Eres nueva en el sector, ¿verdad?
—No precisamente de aquí — se limitó a decir Bella.
—No tienes la apariencia de ser de la clase media, la trabajadora — analizó Alice.
—Ahora lo soy, o quizás menos.
—¿Necesitas ayuda?
—No.
—Creo que la necesitarás pronto — analizó Alice —. Si necesitas alguien con quien hablar o si quieres tomar un café, llámame.
Rebuscó en su chaqueta y le dio una tarjeta.
—¿Trabajas en limpieza?
—Soy supervisora de grupos de limpieza para oficinas o negocios. En ocasiones nos encargamos de limpiar grandes mansiones, incluso edificios para inauguraciones y eventos especiales.
—Yo… No tengo número telefónico.
Alice la miró unos segundos con la boca abierta.
—¿Tan mal estás?
—Tan poco tengo… ahora.
—No seas pesimista, ya llegará tu hora para estar mejor.
El perro, como sea que se llame, se le montó a Alice con una facilidad asombrosa.
—Bueno, cosito y yo ya nos vamos. Yo vivo en aquel edificio — señaló el que estaba frente al parque —, apartamento 321. Si no estoy me dejas una notica por debajo de la puerta.
Bella se limitó a asentir.
—Presiento que seremos muy buenas amigas. No me falles.
Alice se fue con el perro en brazos mientras Bella la observaba. ¿Serían paradojas de la vida que precisamente uno de los trabajos que le recomendara Edward estuviera vinculado con la chica? ¿O era una agradable coincidencia encontrarse con alguien que era optimista respecto a la vida?
FIN DEL CAPÍTULO
©Queda prohibida la distribución parcial o total de esta historia sin autorización.
(1)PETA: (People for the Ethical Treatment of Animals) es una organización por los derechos de los animales. Con base en los Estados Unidos, y con dos millones de miembros y partidarios, PETA es el mayor grupo por los derechos de los animales en el mundo.
