Los ojos de Aberforth Dumbledore recordaban bastante a los de su hermano, pero de una manera diferente, como si analizaran y llegaran a una conclusión, pero no le interesara compartirla con nadie. Era una cuestión en la que Harry y Hermione estaban de acuerdo, sin siquiera haberlo comentado. Cuando lo saludaron, al entrar en Cabeza de Puerco, les dedicó apenas una inclinación de cabeza y una de esas miradas suyas, que a Hermione le transmitió algo, pero no sabía qué.
Ginny, práctica como era, no lo había notado o no le daba importancia, pero lo que sí notó, fue un pequeño cambio en su amiga, como si se hubiera interesado en algo nuevo de repente, o como si estuviera preparando una de esas complicadas pociones.
― ¿Pasa algo, Hermione? ―Preguntó Ginny, luego de que Aberforth fuera a tomar la orden y Hermione se le quedara viendo sin decir palabra.
―No lo sé, Ginny, es que siento que él sabe algo que yo no. Es como si Dumbledore, a Albus Dumbledore me refiero, me viera a través de los ojos de su hermano.
―A mí, me genera más o menos la misma sensación, Hermione, pero no es para tanto. ―Agregó Harry antes de darle un sorbo a su cerveza de mantequilla.
―Lo sé, Harry, pero hoy es diferente, no sé si sea la poción, pero siento que va a pasar algo.
―Si gustas, te puedo leer los restos de tu tarro de cerveza, amiga.
―Bromea si quieres, Ginny, pero me siento rara.
―Mi hermano acaba de confesar que sale con otras chicas, tal vez esa sea la razón.
Harry se atragantó un poco con la cerveza que estaba tomando. No quería que se tocara ese tema por ahora, pero Hermione apenas le dio importancia.
―Seguro es eso. ―Dijo Hermione, aunque después de salir de Las Tres Escobas, apenas se había acordado de Ron.
La conversación giró entonces alrededor de los entrenamientos de Quidditch de Ginny y de auror de Harry, y a todas las cosas que pasaban dentro de Hogwarts que Harry no podría ya presenciar porque ya no estaba y todas las cosas que pasaban afuera, a donde Hermione no tenía tanta prisa por conocer porque sentía, ahora lo sabía, que había algo dentro del colegio que estaba inconcluso para ella. Tal vez ese era un efecto extraño y desconocido del Félix felicis.
Los minutos pasaban y la ansiedad aumentaba, así que decidió dejar a sus amigos y salir a tomar aire afuera, no sin antes pasar a la barra para hablar con Aberforth.
―Hola, señor Dumbledore. ―Volvió a saludar al hombre.
― ¿Cómo le va, Señorita Granger?
―Bien, pero me preguntaba si usted sentía algo extraño en el ambiente hoy o éstos días o aquí y ahora.
―Señorita Granger, yo no soy mi hermano. Noto muchas cosas, pero jamás me entrometería en sus asuntos.
―Señor, Por favor. ―Suplicó Hermione.
―Es que no hay mucho que decir, Señorita Granger. Usted está bajo los efectos de un hechizo, uno que usted misma conjuró. ¿Cuál hechizo?, no sabría decirlo, usted debería saberlo.
Hermione no se encontraba bajo los efectos de ningún hechizo, sino de una poción y no se suponía que debiera sentirse como lo hacía. Cuando salió se sintió un poco mejor, pero decidió no caminar por la calle principal, para no encontrarse con nadie.
Cabeza de Puerco se encuentra en una calle secundaria, por lo que Hermione no se encontró con Ron y Luna que, en ese momento entraron en el pub e inmediatamente, les contaron a Harry y Ginny, el escándalo que se había armado en Las Tres Escobas desde que salieron.
Resulta que alguien, por no decir George, repartió sendos chocolates entre los comensales y todo se volvió felicidad en las Tres Escobas, hasta que, después de unos minutos, algo raro comenzó a suceder, algunas personas comenzaron a decir incoherencias, tal como Ron había hecho y peor, mucho peor, ya que parecía que estuvieran borrachos, aunque apenas hubieran tomado una copa. A pesar de ser borrachos muy felices, empezaron a lanzar hechizos y a quebrar vasos y botellas. Los que estaban felices, pero parecían sobrios, salieron al mismo tiempo que Ron y Luna, y sólo quedaron los ebrios y George, que parecía muy interesado en el extraño suceso.
Hermione estaba sentada en la acera a un par de calles de allí, sintiendo que estaba exactamente donde tenía que estar, por extraño que eso pareciera, cuando sintió una presencia a sus espaldas. Cuando se volvió no había nadie, aunque un instante después, vio como una silueta oscura aparecía a pocos metros de allí. Hermione inmediatamente tomó su varita y se puso en guardia, hasta que reconoció a su profesor Pociones, encorvado y sosteniéndose sobre la pared de la casa que había a sus espaldas.
― ¡Profesor!, ¿qué le pasa? ―preguntó la chica asustada, imaginándose lo peor.
―Nada, chica tonta. ―Contestó Snape―. Sólo ayúdeme.
―Claro, profesor. ¿Quiere que lo lleve a algún lado?
―A Hogwarts, por favor. ―Contestó forzándose a decir ése par de palabras, como si le costara mucho trabajo pronunciarlas.
Entonces, Hermione supo que Severus Snape estaba completamente ebrio.
