Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 9

Junio pasó más deprisa de lo que nadie esperaba. Mientras Isabella se vestía para el ensayo de la cena, tuvo que admitir que se había divertido mucho en su despedida de soltera, y el sitio que habían escogido para la boda y la recepción era precioso, sobre las colinas, con vistas a las montañas de Santa Cruz.

La casa había pertenecido a un magnate de la tecnología que se había arruinado. La empresa que la compró, la había convertido en un centro de conferencias, y era muy popular entre los negocios de la zona para celebrar fiestas. Edward se había ofrecido para hacerse cargo de la luna de miel, y guardaba los detalles en secreto.

Mirándose en el espejo, admiró el destelleante vestido que Mia había diseñado para ella. Ajustado como una segunda piel en la parte superior, se acampanaba ligeramente en la cintura y caía hasta por debajo de las rodillas. Tenía una abertura a un lado, para que Isabella pudiera moverse con facilidad, y el tejido tenía un tacto muy lujoso contra su piel. Su amiga iba llegar muy lejos cuando se mudara a Nueva York, e Isabella se alegraba de poder ir a verla durante sus viajes a la oficina de la costa este.

Un silbido llamó su atención, y se dio la vuelta para ver a su futuro marido vestido con su típico Armani.

—Estás tan guapa que te podría comer— le dijo, y la besó. —Pero te falta algo— añadió, entregándole una caja. Ella la abrió y se quedó sin aliento. Una gargantilla de diamantes reposaba sobre un fondo de terciopelo. Sacándola, Edward se la colocó alrededor del cuello. —Te queda muy bien, kotyonok. Quizás quieras ponértela más tarde. Y nada más—, añadió, besando su cuello.

Tocando la joya, Isabella se miró en el espejo.

—Es perfecta— susurró, demasiado emocionada para decir más.

—Tú eres perfecta, mi amor— le respondió él, abrazándola. —¿Está usted lista, señorita? Su carruaje la espera.

Cuando llegaron a Belmont Chateau, Isabella se detuvo para contemplar las increíbles vistas. Deslizando su mano alrededor de la cintura de Edward, se apoyó contra su hombro.

—Esta vista es casi tan bonita como la nuestra— le dijo.

Dándose la vuelta, siguieron el paseo de pizarra alineado de árboles adornados con luces centelleantes, hasta llegar a la parte de atrás, donde se iban a casar. Ya habían hablado con el párroco, y habían repasado la lista de invitados. Los ventanales franceses estaban abiertos de par en par, invitándoles a entrar. Isabella sonrió. Todo era perfecto, pensó, mirando a su alrededor.

Las chicas se habían encargado de todos los detalles y ella no podía estar más contenta. De camino al bar, se alegraron de ver a todos sus familiares y amigos. Isabella miró a Edward cuando éste le apretó la cadera.

—¿Todo bien?

Asintiendo con la cabeza, Edward no estaba seguro de poder hablar. La besó en la frente.

—Ojalá Elizabeth hubiera podido estar aquí. Le hubiera encantado— dijo finalmente, intentando contener las lágrimas.

Isabella le tomó de la mano.

—Tu hermana murió muy joven— le dijo, sin saber qué más añadir.

En ese momento, se escucharon unas voces en el vestíbulo. Todo el mundo se dio la vuelta para ver entrar a una mujer de unos sesenta años seguida de un hombre de edad parecida y de dos guardias de seguridad. Edward tragó saliva al reconocerlos. Soltando a Isabella, dio un paso adelante, y uno de los guardias se puso a su lado.

—Lo siento, señor— le dijo, casi sin aliento. —Han entrado por el jardín.

—No pasa nada— respondió Edward. —Yo me encargo; vete, pero quédate por aquí cerca.

—Sí, señor.

Volviéndose hacia la pareja, apretó los puños por detrás de la espalda, antes de dejarlos caer a los lados.

—Madre. Padre. ¿Qué hacéis en San José?

Adelantándose, su madre le envolvió en un fuerte abrazo.

—Mi mal'chik se casa, ¿no has pensado que nos gustaría asistir? —preguntó, sollozando entre sus brazos.

Liberándose de su abrazo, Edward agarró a su madre por los hombros y la apartó.

—No vinisteis a mi primera boda, por lo que no esperaba que vinieseis a ésta. Y dejé de ser tu niño el día que me echasteis de casa— espetó, mirando a ambos. —Os lo voy a preguntar una vez más, ¿qué hacéis aquí?

Mirando desesperada a su alrededor, la madre vio a Isabella, que se había acercado a Edward.

—Ah, tú debes ser la novia— le dijo, extendiendo su mano hacia ella. Edward levantó el brazo e impidió que la tocara, y continuó mirando a sus padres.

Sin saber qué hacer, Isabella asintió con la cabeza: —Sí, Sra. Cullen, me llamo Isabella.

—¿Sra. Cullen? Mi apellido es Samovitch. ¿No te lo ha dicho Edward? —cuestionó, observando a su hijo de reojo.

Mirando a Edward, Isabella se encogió de hombros.

—Cullen es mi tío. —explicó. —Dado que mis padres no quisieron saber nada de mí, y que él prácticamente me crió hasta que fui adulto, me cambié el apellido por el suyo.

Su madre lanzó un bufido, Edward se volvió hacia ella, e iniciaron una acalorada discusión en ruso, mientras su padre permanecía callado, un paso por detrás de ella. Sin saber muy bien qué hacer, Isabella observaba el intercambio de palabras.

—Parece que tenemos otros dos invitados para la cena— dijo una voz con un tono demasiado jovial. La tía de Isabella, Victoria, apareció a su lado y enganchó a los padres de Edward por el brazo. —Venga, vamos a encontrarles un sitio para que se sienten— les dijo mientras se los llevaba casi a la fuerza. —Quizás deberíamos empezar por el bar— añadió, y la pareja se dejó llevar de buena gana.

—Mala idea— murmuró Edward, observando cómo se alejaban sus padres.

Volviéndose hacia Isabella, no tenía ni idea en cuanto a qué hacer. Todo estaba saliendo tan bien... Debería haber sabido que algo iba a ir mal, pero no se imaginaba que podría tratarse de sus padres. Miró a Isabella con impotencia.

—No los he visto en más de veinte años. No sé qué hacen aquí— explicó, y ella le abrazó.

—Bueno, parece que mi tía se ha ofrecido como voluntaria para mantener la paz— respondió Isabella, observando cómo su tía instalaba a la pareja lo más lejos posible de su mesa. —Vamos a pasarlo lo mejor que podamos, y después averiguas qué quieren.

Asintiendo con la cabeza, Edward sonrió débilmente y se volvió para atender a los invitados. Rodeando la sala, ambos dieron las gracias a todos por asistir, antes de sentarse a la mesa. Sam, que estaba sentado a su izquierda, se inclinó hacia él.

—¿Sabes qué hacen aquí?

Sosteniendo su copa, Edward observó cómo escanciaban la bebida y se atiborraban de comida.

—No tengo ni la más remota idea— contestó. —Les solía enviar dinero por medio de mi tío Eleazar, pero desde que murió, no he podido hacerlo de forma anónima.

—¿Y por qué no se lo das directamente a ellos?

—No— suspiró, y continuó: —No los he vuelto a ver desde que me enviaron a vivir con mi tío. Ni cuando me gradué en la escuela secundaria, el primero de la familia. Ni en la universidad. Ni en ningún momento de los últimos veinte años.

Tras acabar su copa de un trago, la dejó en la bandeja que sostenía un camarero y cogió otra.

—En mi cumpleaños, solía llegar a casa de la escuela y preguntarle a mi tío si habían llamado, pero siempre me decía que no, que estaban muy ocupados. Sé que estaban en contacto, pero, que yo sepa, no preguntaron ni una vez por mí.

Isabella le apretó cariñosamente la pierna.

—Lo siento mucho, Edward. No lo sabía. Si es demasiado para ti, podemos hacer que los echen— ofreció Isabella.

—No, Isabella. Es nuestra noche. Me niego a permitir que mis padres estropeen aún más la velada montando un numerito. Dejémoslo así.

Asintiendo con la cabeza, ella se inclinó para besarle, y un tintineo de copas se dejó oír por toda la sala. Levantando la vista, miró con los ojos entrecerrados a sus amigas en la mesa de al lado.

—¿No se supone que eso es para la BODA? —preguntó.

Jane se encogió de hombros y sonrió.

—Pues yo creo que debería ser ahora.

—Y yo también. Cualquier excusa es buena para besar a mi futura esposa— respondió Edward, y besó a Isabella.