Perdonen el retraso estoy en epoca de parciales (examenes de fin de corte) asiq eu no habia podido subir nada!
espero que les guste gracias por los rr los favoritos y las alertas, tambn a las lectoras fantasma se les agradece el tiempo que se toman en leer este fic!
besos Nessa
Capítulo 11
Frunciendo el ceño, Edward observó la expresión de la cara de Bella. Nadie diría que aquélla era la misma mujer que hacía pocas horas había estado gimiendo de placer en sus brazos. Se comportaba de forma precavida. Cautelosa. Le estaba dejando claro con el lenguaje de su cuerpo que no se acercara.
—Bueno, yo no sé tú… pero yo estoy agotado —dijo él, quitándose los zapatos y dirigiéndose al cuarto de baño.
Pero antes pudo observar la expresión de estupefacción que reflejó la cara de Bella, y se preguntó si ella le creía capaz de saltar sobre ella cuando estaba claro que no lo deseaba.
Mientras se duchaba estaba muy excitado. Al finalizar se puso unos calzoncillos de seda y regresó a la habitación.
Como había sospechado que pasaría, Bella estaba ya recostada a un lado de la cama, tapada hasta la barbilla con la sábana. Estaba fingiendo que estaba dormida, y él se quedó mirándola durante un rato.
—Sé que estás despierta, cara —dijo suavemente—. ¿Quieres que duerma en el diván?
Bella abrió los ojos y deseó no haberlo hecho ya que ver a Edward vestido sólo con aquellos calzoncillos le estaba trastocando el equilibrio. Nunca se había dado cuenta en realidad del magnífico físico que tenía él… Pero claro, nunca antes lo había visto casi desnudo…
Y, aunque sabía que era grosero quedarse mirando a la gente, no podía apartar su mirada del perfecto cuerpo de él, de sus anchos hombros, de sus poderosos muslos, de su perfectamente definido pecho.
Él esbozó una sonrisa que era casi cruel.
—Te he hecho una pregunta, bella.
Bella parpadeó, aturdida ante la proximidad de él y por la manera en que le latía el corazón.
—¿Lo… lo has hecho?
—Te he preguntado si preferías que duerma ahí —dijo él, mirando con bastante desdén al diván.
—No parece justo, ¿verdad? Quiero decir que parece muy incómodo —dijo, mirándolo a los ojos—. Quizá…
—¿Quizá qué? ¿Te vas a ofrecer tú a dormir en él? ¿Es eso, bella?
Ella, nerviosa, miró el gran espacio que restaba en la cama.
—Bueno, es una cama grande. Quizá…
Edward frunció el ceño, preguntándose si ella era tan ingenua.
—¿Eso crees? No hay cama lo suficientemente grande para un hombre y una mujer si ambos están tratando de negarse algo que ambos desean.
—¿Qué estás diciendo, Edward?
—Estoy diciendo que no te voy a tocar. Por lo menos no intencionadamente… no si eso es lo que has decidido que quieres. Pero si te me acercas en medio de la noche y entonces dices que fue porque estabas «dormida»… o si me abrazas y después dices que estabas teniendo una pesadilla… bueno, no te puedo garantizar que responda de la manera en la que lo haría un caballero.
—¿Qué estás diciendo, Edward? —preguntó ella de nuevo, estremeciéndose bajo las sábanas.
—Estoy diciendo que te voy a hacer el amor —dijo él, sintiendo su dura erección—. A no ser que me digas categóricamente que no quieres.
Se creó un tenso silencio. Ambos se quedaron mirando el uno al otro. Él no la amaba. Nunca la amaría. Ella era un miembro del personal de servicio, la madre de un hijo ilegítimo. La relación que había entre ambos, si se podía llamar así, era de necesidad. Sólo en aquel momento estaba amenazando con mezclarse con el deseo…
Edward le iba a romper el corazón. No dejaba de repetírselo una y otra vez… como si fuera un hechizo. Le iba a romper el corazón.
Pero los ojos de él, así como su duro cuerpo, ejercían una atracción más grande que cualquier hechizo, sin importar lo importante que éste fuera… y en todo en lo que podía pensar Bella era en que no iba a tener otra oportunidad como aquélla, que él no se lo propondría nunca más. Se preguntó si podría vivir el resto de su vida sabiendo que había estado tan cerca de haber cumplido sus sueños nostálgicos y que no había seguido adelante con ello.
—Así que dime que no quieres y pongamos fin a esto —dijo él crudamente.
Se creó un breve silencio.
—No puedo hacer eso —dijo ella finalmente.
Pero él necesitaba estar seguro. No quería que a la mañana siguiente ella le recriminara lo que habían hecho.
—Dilo —le ordenó él con voz ronca.
Bella se preguntó si él se sentiría victorioso si ella le suplicaba. Tragó saliva.
—Te deseo.
Las ansias que había estado sintiendo él se intensificaron, pero fue la sinceridad que reflejaba la voz de ella lo que más le conmovió…
Se quedó mirándola, admirando su hermoso cabello y sus bellos ojos azules.
Se acercó y apartó las sábanas. Ella se quedó allí, temblando, vestida con un camisón de satén. Él agarró el cinturón…
—¿Te quitas esto?
—No —dijo ella, negando con la cabeza y diciéndose a sí misma que todo aquello era demasiado técnico.
—¿No?
Repentinamente, Bella sintió que no le importaba la imagen que fuera a dar… ya que si aquélla era la noche con la que tanto había soñado no iba a ser vergonzosa y le iba a transmitir a él sus deseos…
—Primero bésame —susurró—. Por favor, simplemente bésame.
—¿Qué te bese? —dijo él, que inesperadamente sonrió—. ¿Eso es todo?
Se echó sobre ella, despacio, como si se estuviera moviendo a cámara lenta, y pareció una eternidad hasta que sus labios se tocaron. Cuando lo hicieron, para Bella fue como todos los libros decían que debía ser. Una suave explosión, el despertar de un deseo tan intenso que gimió, rindiéndose, y lo abrazó por el cuello, acercándolo aún más a ella. Sintió cómo el pecho de él presionaba sus pechos.
A Edward le impresionó el repentino fervor de ella, le excitó la contradicción que representaba ella… era reservada pero extremadamente apasionada… y la besó con una pasión igual a la que estaba recibiendo, abrazándola y entrelazando las piernas de ambos. Sólo sus calzoncillos y el camisón de ella separaban la desnudez de sus cuerpos y, por primera vez, él se deleitó en esas sensuales barreras.
Lujuriosamente, acarició el cuerpo de Bella a través de la seda de su camisón, oyéndola gemir de placer.
Ella le tocó a él de una manera en la que nunca antes había tocado a un hombre… con una cierta deliciosa libertad e inhibición. Se deleitó al tocarle la piel, la decadente sensación de un duro músculo bajo una suave piel. Le acarició el estómago y las duras curvas que le cubrían las costillas.
Edward se estremeció… ya que aquello parecía casi demasiadoíntimo. Aquella mujer era Bella.La dulce y responsable Bella, que, según parecía, ¡se había convertido en una dínamo en la cama!
Gimió al quitarle el camisón. Lo apartó y admiró el desnudo cuerpo de ella, viendo cómo instintivamente fue a cubrirse los pechos. Pero se lo impidió.
—No, mia bella —dijo—. No seas vergonzosa… la vergüenza no tiene cabida entre un hombre y una mujer. Deja que te vea. Sí. Deja que te vea. Eres preciosa, ¿lo sabías? Muy, muy hermosa.
Tenía la piel muy blanca y los pechos grandes, con pezones rosados y… oh, muy tentadores. Bajó la cabeza y comenzó a mordisquear uno de sus pezones, emitiendo un pequeño gemido. Oyó cómo ella gemía a su vez y sintió cómo se retorcía de placer en su boca.
Entonces fue algo parecido a interpretar un viejo y familiar baile… pero de una manera completamente distinta, como si alguien le acabara de enseñar unos movimientos nuevos. Se preguntó si era porque la conocía que se sentía tan extraño…tan particular. O si sería porque ella lo conocía a él. Por primera vez no se podía esconder tras la imagen que quería presentar a las mujeres con las que se había acostado… Bella le conocía demasiado bien. Le había visto enfadado y triste… incluso vulnerable. Le había visto en todos los estados de ánimo.
Sintió una puñalada de algo y se preguntó si era ira… ya que, de alguna manera, ella lo estaba viendo desnudo en todos los sentidos de la palabra. Le iba a ver perder el control cuando sintiera un orgasmo… en ese momento en el que un hombre es tan débil como sólo lo será en el momento de su muerte.
Y Edward se deleitó en ese repentino enfado, ya que significaba que podía hacer lo que mejor se le daba… darle placer a una mujer. Sabía perfectamente cómo atraer y cómo tentar a la mujer, cuándo avanzar y cuándo retirarse un poco. Conocía todas las partes del cuerpo donde ella sería más sensible.
Le dio placer con su mano y luego comenzó a hacerlo con su boca, era un artista en ello. Con una especie de adusta satisfacción oyó el primero de los profundos gemidos de ella incluso antes de haberla penetrado.
Pero aun así prosiguió con su propia satisfacción.
Tras disfrutar de aquel orgasmo, Bella se quedó allí tumbada, aturdida, sintiendo cómo sus sentidos explotaban… pero sintió que él estaba tenso. Y no sabía por qué. Había pasado de ser el hombre que obviamente la deseaba, que la deseaba con tantas ansias, a repentinamente cambiar de actitud y estar casi refrenándose.
Mirándolo, le acarició los labios con sus dedos, para a continuación hacerlo con la boca, forzándolo a que la besara profunda y apasionadamente, incitándole a que se dejara llevar, a relajarse. Sintió cómo él suspiraba y cómo la tensión abandonaba su cuerpo… oyó cómo exclamó algo en italiano, algo que ella no entendió.
Edward se colocó sobre ella, levantó la cabeza y se quedó mirándola durante largo rato. Entonces le tomó la cara con las manos, como si estuviera enmarcando una fotografía.
—Bells —dijo antes de penetrarla.
Fue como nada de lo que ella había experimentado antes. Jamás.
Fue… estupendo. Completo. Como si la parte vital de un puzzle acabase de ser encontrada. Se preguntó si Edward no había dicho eso mismo con anterioridad. Pero claro, él se había referido al aspecto físico, mientras que para Bella era algo emocional. Más que emocional. Lo miró a los ojos justo antes de que unas grandes olas de placer se apoderaran de su cuerpo…
—¡Edward! —sollozó.
Entonces sintió cómo él se ponía tenso y comenzaba a estremecerse.
Parecía que el orgasmo de él no tenía fin… le estaba dejando roto de puro placer… Una vez pasó, se acurrucó en ella, besándole la cabeza casi indulgentemente… como si ella hubiese hecho algo especial.
Fue sólo cuando algo desconocido le despertó durante la noche que Edward entró en razón. Se apartó de ella silenciosamente, aguantando la respiración para ver si ella se había despertado. Pero no lo había hecho. Se puso unos pantalones vaqueros, una camiseta y salió de la suite. Tratando de hacer el menor ruido posible, salió a la azotea de la casa.
Admiró uno de aquellos panoramas inolvidables que hacían que la gente se regocijara con el simple hecho de estar vivo y poder verlo… Las estrellas estaban siendo borradas del cielo por la rosácea bruma del amanecer.
Se quedó mirando el exótico horizonte que tenía delante, donde las esbeltas torres de los minaretes se levantaban con un brillo majestuoso en contraste con el creciente tono dorado del sol.
Bueno… Lo había hecho. Se había acostado con Bella y, probablemente, había practicado el sexo más fantástico de toda su vida. Había obtenido lo que había querido… como siempre hacía.
Pero se preguntó qué iba a pasar a continuación.
Se apoyó en la balaustrada, apenas notando lo fresco que estaba el aire matutino ni lo frío que estaba el mármol bajo sus desnudos pies.
En aquel momento, por primera vez en su vida, no estaba seguro de qué hacer. Se preguntó si se había equivocado al perseguir algo que sabía que ambos habían estado deseando, si debía haber empleado su experiencia y detener aquello antes de que hubiese llegado a aquel nivel. Pero lo más inquietante de todo era cómo iba a soportar Bella lo que había ocurrido.
Agitando la cabeza con incredulidad y levemente aturdido, suspiró. ¿No era la mayor ironía posible que una mujer que era el potencial de la amante perfecta fuera la única mujer con la que sería imposible tener una relación?
Pero sólo con pensar en el suave y perfumado cuerpo de ella la deseaba de nuevo. Se sentía… insaciablede ella. Pero se planteó si era porque sabía que aquella aventura no podía durar mucho…
Se humedeció los labios y se acercó a las escaleras de la azotea.
Las decisiones podían esperar. Todo esperaría. Y, mientras tanto, la iba a hacer suya de nuevo… de la manera más satisfactoria posible.
