Bossard.
Una parte de mi había pensando que yo sería el último del clan en llegar a la casa pero para mi sorpresa no había sido exactamente así. Mis hermanos aun no habían arribado a Gascuña por lo que tendría por lo menos un día más para disfrutar de la tranquilidad del hogar.
Me sentía raro lejos de Paris, la corte y su particular ritmo de vida era algo que extrañaba. Quizás era aquella sensación de no saber que me estaba preparando el futuro. Un hombre como yo, que vivía regido por las normas siempre sabía exactamente que iba hacer cada día de la semana. En algunos casos mi calendario era fijo por un mes pero aquí en mi hogar aquella ansiedad de no saber ni siquiera cuando se daban las comidas alteraba un poco mis nervios.
Antes de que terminara tomando mi caballo y volviera a mi propio mundo decidí que lo mejor que podía hacer era poner un poco de orden.
-Es una hermosa mujer –
Me gire para ver la cara de mi sobrina y volví a mirar aquel cuadro.
Dibuje una pequeña sonrisa en mis labios admirándola.
Claro que era una hermosa mujer, era la mujer más hermosa que había conocido en mi vida. Aquellos ojos azules tan intensos como el color del mar de la costa azul hacían que mi corazón se acelerara. Tenía rasgos finos y elegantes, unos ojos que parecían dibujados por el mismo Leonardo Da Vinci y un lunar pequeño sobre su pómulo derecho debajo del ojo que me parecía algo muy sensual.
-Y elegante – agrego Megan acercándose a mí. –Seguro todas la imitan en la corte.
Elegante.
Ana de Austria era la mujer más elegante dentro de la corte. Solo conocía dos reinas pero yo estaba seguro que ella era perfecta.
Su altura y delineada figura le daban aquel aire de grandeza con la que solo los de alta cuna tenían. Su cuello fino parecía haber sido moldeado para usar joyas o tan bien pare ser besado, como así también eran sus labios.
No pude contener aquel suspiro que ella provocaba en mí cada vez que la veía.
El artista había hecho un buen trabajo, aquel cuadro era magnifico y por mi bien había decidido llevarlo a Gascuña bajo la excusa que era un regalo para mi madre. Quizás mi madre sospechaba en aquel entonces que no podía tener dicho retrato para mí o me hubiese distraído de mis propios deberes en Paris.
-Ella es la reina madre – conteste como si eso explicara absolutamente todo. – Si no estoy seguro de que ahora marque tendencia pero cuando era la reina regente, te puedo asegurar Megan que no había dama que no la imitara. – agregue mientras enderezaba el cuadro antes de bajarme de la chimenea.
La puerta se abrió y aunque estaba preparado para ver a mi hermana aun no me encontraba listo para conocer a sus acompañantes.
Parado entre el borde de la chimenea y la silla me quede mirando a mis invitados.
Sabia de ante mano que un gran señor de la casa no era quien hacia los trabajos de decoración ni tampoco estaba a medio vestir. Un gentilhombre, señor de sus tierras y patrón de varios empleados era aquel hombre que gozaba de una vida sumamente tranquila. Con eso quiero hacer referencia que lo más natural es que estuviese con un libro en las manos y una chaqueta sobre mis hombros.
-Como les decía, mi hermano es todo un forastero – hablo Jeanne con una sonrisa.
Si estaba intentando hacerme sentir mal, felicidades. Lo había logrado.
-Lo siento, creí que iban a venir a la hora del té – me disculpe saltando de la silla al suelo. Luego de limpiarme las manos en el pantalón hice una pequeña reverencia a modo de extender mis disculpas.- Soy C…
-D'artagnan, capitán de los mosqueteros y guardia personal de majestad – dijo el hombre de pelo entrecano y ojos penetrantes azules que estaba enfrente a mi mientras extendía su mano hacia mí. – Un placer. Soy Henri Bossard. – su voz era profundamente grave, con un acento marcado que le daba a sus palabras una perfecta pronunciación. Hablaba sin duda como todo un señor.
-M. Bossard – él hombre apretó mi mano con fuerza mientras sus ojos verdes hielo me congelaban, aquel contacto con él me hacía recordar a la primera vez que había visto al cardenal Richelieu. Tal vez era por la similitud en altura que daba tanta superioridad sobre mí. Sus pómulos hundidos no ayudaban a que sintiera mucha empatía por él.
-Ella es mi hija – volvió hablar cuando soltó mi mano y la llevo hacia la persona que estaba a su lado. – Anne Charlotte Bossard.
Gire mi cabeza para poder ver quien iba a ser mi futura esposa.
Tuve que tragar saliva, el destino no solo jugaba conmigo al ponerle el nombre del amor de mi vida a aquella criatura. No, parecía que la vida aún tenía más sorpresas para mí.
Tomé aquella blanca mano que fue presentada ante mí para dejar un beso en el dorso.
-Enchanté Anne Charlotte – susurre aun observándola.
Ojos azules y pelo de un castaño oscuro que si no fuera porque la luz entraba por la ventana podría haber dicho que era negro. Tal vez ambas tenían similitudes pero madame Bossard era un poco más alta, bueno ella era tan alta como yo a decir verdad. Su figura aunque era delgada se veía de huesos un poco más anchos Y sus rasgos eran distintos, podía sonar un tanto estúpido pero ambas eran de distintos países por lo que tenían rasgos distintos.
-El placer es todo mío M. D'artagnan, todos hemos escuchado grandes hazañas que ha hecho. Aquí en Gascuña es un héroe.- me contesto ella con una sonrisa.
Su sonrisa era bonita. Muchos años en la corte me habían asegurado una cosa en mi vida, la curva más bonita que una mujer puede tener es la que se forma cuando se sonríe.
-Oh yo no s…- estaba negar aquellas frases que me idolatraban cuando Jeanne tomo de mi brazo y me miro sonriente.
-Aquí y en París.- mi hermana se giró levantado su mano hacia el retrato - Justamente este cuadro que ustedes ven aquí ha sido un regalo de la misma reina madre por una de esas misiones que lo han condecorado a mi hermano.
Me mordí el bigote intentando poner mi mejor sonrisa. Cualquier que lo hubiese visto de afuera hubiese podido pensar que yo me sentía un tanto inhibido por tanta atención pero la realidad era que me estaba conteniendo para no mandarme a cambiar.
Por un solo momento me estaba olvidando de porque estaba allí. Pero no, Jeanne había vuelto abrir aquella herida que sangraba sin que pudiese hacer algo para contener la sangre.
Culpabilidad. Así estaba sintiendo que iba a vivir años que me quedaban de mi vida.
-Seguramente lo deben extrañar mucho en Paris – M. Bossard me miró con una sonrisa casi triunfante. Parecía como si él mismo me hubiese sacado de la corte para tener allí. En parte podía ser así.
Jeanne me miró como esperando que yo hablara pero no sabía que contestar. Si afirmaba aquello iba a quedar como un total fanfarrón aunque eso realmente fuera la verdad. Mis amigos me estaban extrañando, mi hijo me estaba extrañando y estaba más que seguro que ella me estaba extrañando.
La puerta se abrió y todos giramos la cabeza para ver a la doncella que entraba en la sala.
-El almuerzo está listo – anuncio haciendo una pequeña reverencia
-Por favor que agreguen dos puestos más a la mesa Juliette – ordeno mi hermana en tono amable pero con voz de mando.
-Si madame – contestó la joven antes de marcharse.
Jeanne hizo un gesto con una de sus manos para que nuestros invitados la siguieran hasta el comedor. Yo por mi parte y sin decir nada a nadie decidí que antes de sentarme a la mesa debía de ponerme algo arriba de la camisa.
Lamentablemente no estaba en la corte pero debía seguir ciertas reglas protocolares.
Luego de unos cinco minutos o tal vez un poco más volví a reunirme con los Bossard y mi hermana en la mesa.
Arrugue mis cejas al darme cuenta que mi nana no estaba allí. Luego preguntaría el porqué de dicha ausencia.
-Justo M. Bossard nos estaba contando sobre la última vez que viajo a Paris.
-¿Usted conoce Paris? – pregunte impulsado por mi curiosidad mientras tomaba mi lugar en la cabecera de la mesa.
-Si – me respondió él dejando los cubiertos sobre la mesa – Fue hace unos años para el entierro del cardenal Mazarino.
Alce mi ceja sin poder evitarlo. No podía negar no sentir aquel malestar mezclado con asombro cuando escuchaba el nombre de aquel hombre de Dios. Si el dolor en la boca del estómago que me agarraba no se podía disimular.
-¿Usted conocía al cardenal? – pregunté con una sonrisa torcida que fingía felicidad y sobreactuaba mi asombro
-Sí, no éramos íntimos amigos pero teníamos una buena relación. – hizo una pausa en la que mis ojos se desviaron levemente hacia mi hermana. - Lamente mucho su perdida.
-Fue una gran pérdida para mucha gente dentro del palacio – agregue mientras enterraba el cuchillo en la carne. No era que toda la corte lo hubiese lamentado, Luis si tal vez habían sentido algo de tristeza por la muerte de su ministro pero mi hijo tenía un carácter especial. Realmente mi "mucha gente" solo hacía referencia a una sola persona. A ella. – Pero dejo grandes enseñanzas a su majestad que hoy en día esa aplicando para hacer de Francia un mejor país para su pueblo. – para mi suerte aquel italiano no se había acercado a Phillippe por lo que estaba seguro que gracias a Dios mi hijo no iba a seguir no iba a seguir los consejos de aquel truhan.
-Y todo el mundo ha brindado por aquello M. D'artagnan – agrego el hombre con mucha tenacidad.
-Como debe ser.- conteste moviendo mi vaso para hacer que el me respondiera tomando de su copa al igual que yo.
Jeanne me miró y noto que estaba un poco tenso a pesar de que lo intentaba disimular debajo con aquella sonrisa marcada en mi rostro.
Solo me había bastado con tocar aquel hombre para darme cuenta que no me iba a llevar bien. Algo en su mirada me alertaba que no era tan honorable como decían en el pueblo, ni mucho menos era el hombre con el que mi padre había trabado una amistad. Si a M. Bossard lo había unido una amistad con Mazarino eso solo podía decir una sola cosa, tenía que tener cuidado con él.
-¿Alguien ha escuchado lo que están preparando en el pueblo para la noche de reyes? Dicen que el padre…. – escuche como mi hermana había acaparado la atención para ayudar a que el clima dentro de la sala no fuera tan tenso. Ella había entendido muy bien que necesitaba distender la conversación antes de que sucedieran dos cosas: que me hubiese parado e ido o que nuestros invitados se hubiesen retirado del almuerzo.
Con mi silencio agradecí aquel gesto de mi hermana y me preocupe de lo que quedaba del almuerzo solamente limitarme a comer. Cada tanto alzaba la vista para ver a la mujer que estaba en diagonal a mí. No sé qué estaba pensando de mí y no preocupa aquello, realmente temía que fuera simpatizante de Mazarino. No quería sumar una cuarta coincidencia entre ella y Ana de Austria. Otra vez la política dentro de mis relaciones no iba a entrar.
-¿Y usted qué cree M. D'artagnan? –
Saque mi vista de la ventana para posar mis ojos en ella. Su voz agradable, no era una voz aguda pero tampoco grave.
-Que hay que arreglar esa ventana antes de que se le caiga a alguien en la cabeza – conteste con una sonrisa de costado haciendo que todo el mundo se riera – lo siento, yo no estaba escuchando.
- ¿Le aburría la conversación? –sus ojos azules ahora estaban sobre mí y negué con la cabeza.
-Oh no, es que la verdad no fui hecho para opinar sobre gustos de fiesta y ese tipo de cosa. En la corte su majestad cuenta con consejeros y gente que sabe sobre eso. Yo solo puedo diferencia entre espadas y mosquetes nada más – sonreí de costado. En parte aquella era una verdad aunque también estaba mintiendo. No era un experto en fiestas como podría ser Porthos, saberme los detalles como Aramis o ser todo un señor como Athos pero había aprendido entre fiesta y fiesta que estaba de moda y que no, las damas de compañía siempre eran buenas para dar ese tipo de consejos.
-Pero has vivido mucho tiempo allí tío ¿Realmente no sabes nada?
-Podrían ver si consiguen fuegos artificiales para el cierre. Es un espectáculo que todo el mundo debería ver. – Hice una pausa – Cuando esta todo completamente oscuro y el cielo es iluminado por aquellas estrellas falsas por unos cuantos minutos es algo exquisito. Es el momento en el que todo el Louvre para de trabajar solo para vivir aquel momento.
Se hizo un pequeño silencio en el que sentía las miradas sobre mí.
-Entonces buscaremos algún experto en fuegos artificiales para la fiesta, gracias por la sugerencia M. D'artagnan.
-Me parece fantástico. Lo haría yo pero solo se prender el fuego para los cañones. – agregue antes de tomar de la copa de vino.
-Charles – comenzó hablando mi hermana – a madame Bossard le gustaría dar una vuelta por la caballeriza. Ha nacido un potrillo y tú eres un experto en caballos.
Me encogí de hombres y asentí con la cabeza. ¿A caso podía hacer yo otra cosa? ¿Podía negarme?
-A ella le encantan los caballos.- agrego mi hermana intentando que aquello me ayudara a cambiar un poco la cara.
Me pare de la silla volviendo a asentir con la cabeza. Si esperaba que yo sonriera y me comportara como un mozalbete deseoso por el momento a solas con su hermosa prometida pues estaba totalmente equivocada. Yo no estaba esperando aquel momento sino todo lo contrario. Si bien ella me parecía atractiva no quería quedarme a solar porque no sabía de qué debía o podía hablar.
-Por supuesto – camine hasta la puerta de salida y la abrí, luego hice un ademan con la mano- Si gusta seguirme.
La mujer se levantó de la mesa, me dedico una sonrisa y sin más paso por delante mío para tomar el camino hacia los establos.
Ambos entendíamos la situación. Ella tenía quince años menos que yo pero contaba con un matrimonió anterior del cual no había tenido hijos. Quizás porque el hombre era mucho mayor que yo o tal vez porque habían estado casados tan solo por un par de meses, Fuera como fuera ella entendía mucho mejor que yo como era este asunto. El compromiso aun no era oficial pero pronto lo sería.
Llegamos por fin aquel lugar luego de un trayecto en un profundo silencio. Sin duda mi matrimonio sería muy rico en palabras.
Me apoye sobre la puerta de madera mientras veía como se acercaba al corral del pequeño animal.
Ella estiro su mano para tocar el hocico del caballo. El pequeño aún estaba aprendiendo a ponerse de pie. Si nos costaba a nosotros caminar en dos derecho pobre de él que tenía que controlar cuatro.
-¿Siempre es así de hablador señor? – ella hizo un movimiento con la cabeza haciendo que sus bucles volaran hasta detrás de su hombro
-Si – conteste sin quererlo de manera seca manteniendo la distancia entre los dos.
-Yo pensaba que por lo que he podido escuchar de usted era todo lo contrario.- aún mantenía su vista en mí pero no por ello dejaba de acariciar al animal.
-Lamento decepcionarla madame – volví hablar en tono profundo y pausado – pero no debe hacerlo demasiado caso a los rumores que llegan desde Paris. No siempre lo que dicen es verdad.
-¿Tampoco es usted un héroe?
Sonreí de costado y negué con la cabeza, ahora lejos de mi hermana podría aclarar aquel punto. ¿Cómo podía considerarme yo un héroe cuando gran parte de las batallas que había luchado estaba motivado por el amor que tenía por Ana de Austria? Siempre pensaba en volver solo para poder verla.
-He hecho el trabajo que todo soldado debe hacer cuando sirve a su país.- conteste con simpleza.
-¿Y el regalo que nos mostró su hermana?
Negué con la cabeza y me separe de la puerta de madera para avanzar hacia la mujer con los brazos detrás de mi espalda.
-El cuadro – levante una ceja y sonreí – Su majestad fue muy amable al dármelo pero simplemente fue por cumplir con mi deber.
Ella dejo de acariciar al potrillo y se giró para poder verme más de frente. Sus ojos eran intensos. Tenía una mirada bastante interesante.
-¿Qué fue entonces aquello hizo si se puede saber?
Me apoye en la baranda del corral y levante mi dedo índice antes de cruzarme de brazos.
-Una noche tuve que llevar a su majestad, los príncipes y al cardenal del Louvre a Saint German. Al decirlo así parece que es algo sumamente normal pero en la época de la fronda cuando medio mundo quería la cabeza de Mazarino realmente era una misión complicada.- recordé en tono de melancolía pero sin borrar la sonrisa de mi rostro. Me había robado el carruaje de alguien más y me había dado el lujo de hacer gritar al mismo cardenal por su muerte.
-Pero usted lo logro.
-Sí, no podía permitir que algo le sucediera a la reina o a los príncipes.
-O al cardenal.
Me volví a sonreír y negué con la cabeza pero me limite a no emitir ninguna palabra.
-No se preocupe no pienso igual que mi padre. Él aún sigue pensando que la amistad con el difunto cardenal le ayudara de algo. Aun no se ha dado cuenta que el rey es Luis XIV.
-Y es un buen rey, lo está intentando – agregue orgulloso. Yo sabía que mi hijo hacia lo posible para ser el mejor gobernante que Francia podía tener.
-¿Extrañas la corte no? Hablas del rey con mucho afecto y devoción.
Hice una pausa al darme cuenta que me había delatado más de lo que me hubiese gustado pero termine moviendo la cabeza.
-Lo he visto crecer y es mi rey.- suspire – en cuanto a la corte. Unos días de tranquilidad no están de más.
Se hizo un pequeño silencio en el que solo nos miramos. Ella al igual que su padre esta intentando leer en mí más de lo que mis palabras decían pero a diferencia de él, ella no me inhibía.
-Supongo que iras al festejo por el día de los reyes.
-Supongo que debería ir – hice una pausa en la que pensé con cuidado que debía hacer y decir – Yo…Madame Bossard.
-Puedes decirme Anne- me animo ella a utilizar su nombre aunque yo no usaría ese nombre para ella. No cuando me recordaba a alguien más.
-Prefiero llamarla Charlotte si no le molesta, me parece más bonito – mentí con lo último pero era necesario solo para que mi mente se quedara más tranquila. Luego espere a que me digiera algo pero ella solo me dedico una sonrisa por lo que me acerque un poco más. – Ambos somos adultos y sabemos que es lo que está en juego. – Me mordí el labio superior tirando de mi bigote antes de seguir – Solo espero que podamos llevarnos bien y ser amigos.-dije estirando mi mano – Seamos prometidos o no.
Ella tomo mi mano tal cual lo hacen los hombres y apretó mi mano.
-Me parece algo razonable M. D'artagnan – contesto ella – Ya no somos unos niños y ambos sabemos cómo son estas cosas.
-Puedes llamarme Charles – agregue girando su mano para depositar un beso en ella justo en el momento en el que se podía escuchar la voz de su padre que la llamaba. – Despídame de su padre. Aun no estoy preparado para tener…un suegro.- hice una pequeña reverencia y me aleje de ella para dejarla pasar.
- Yo le hare llegar su saludo Charles – volvió a sonreír – nos vemos pronto ami Charles.
Volví a mover la cabeza y la vi marcharse. Si aún estaba la posibilidad de no casarme lo intentaría pero si no podía darle la vuelta a aquel asunto por lo menos podría decir que mi esposa sería una esposa linda e inteligente. Por lo menos no me habían emparejado con alguien que podría ser mí…nieta o hija.
De todas maneras me preguntaba qué era lo que estaba sucediendo en Paris.
