¡Hola de nuevo a todos! Aquí estoy otro lunes más subiendo capítulo. He de avisar que este es tan laaaaaargo como la Biblia (me remito a la extension del capítulo 2 de este fic, tienen extension similar), el que avisa no es traidor, en este caso, traidora, jejeje. Quiero agradecer a todos los que leen mi escrito, gracias por estar ahí, al pie del cañon. Especial agradecimiento para serena tsukino chiba y Rinnu, quienes me dejaron comentarios que agradezco en el alma. Gracias por aportar vuestro granito de arena.
PD: si algo quedó cursi, no me lo tengan en cuenta.
Capítulo 10.: ¿Así va a ser mi vida?
Habían pasado ya tres semanas desde que cruzó el pozo abandonando contra su voluntad y deseo al que sería su compañero, su esposo hasta el día de su muerte. Al llegar al otro lado, la estaba esperando su familia. Su madre había tenido el presentimiento de que ella regresaría esa mañana y así había sido, pero al llegar y verla con el rostro desencajado, conteniendo las lágrimas y temblando, su madre lo supo. Algo no iba bien. Sin mediar palabra, su madre la había abrazado y durante horas ella, incapaz de controlarse, había roto a llorar llena de desesperación y dolor.
"– ¡No podré volver! ¡Le he perdido, mama! ¡Lo he perdido!" – gritaba desesperada llorando. Su madre entendió a medias sus palabras, sabía que se refería a sus viajes al pasado y a Inuyasha, pero no sabía por qué. Con dificultades y sin soltarse de los brazos de su madre, la habían conseguido llevar a su habitación, dónde no la dejaron sola ni un momento hasta que, rendida por el cansancio y el llanto, se quedó dormida.
Los primeros tres días fueron muy duros para todos, apenas salió de su habitación para ir al baño y poco más. Su hermano Sota pasaba con ella las tardes relatando como le iba en la escuela, en el club de deportes o con sus amigos. Cualquier cosa con tal de hacerla salir del estado en que se encontraba. Su madre dejó de insistir para que fuese a la escuela, más que nunca agradeció al abuelo que se inventase nuevas enfermedades para cubrir sus ausencias. Esta vez habría sido fácil decir la verdad; ella estaba en medio de una profunda depresión, la pena de la perdida la había sumido en la miseria de una existencia que ya no sentía como suya; esa vida, ese mundo aun siendo el suyo, lo veía ajeno, extraño. Sin él, no se sentía en casa, había perdido su hogar.
Al hacer una semana de su regreso, los estragos de su estado anímico y emocional habían hecho meya en su cuerpo. Se la veía mas pálida, demacrada, había perdido peso pues apenas si hacía una comida normal al día y aun así no se la terminaba. Como cosa extraña, la madre de Kagome había contactado con sus amigas de la escuela para que la visitaran con el pretexto de traerle los apuntes de todas las clases y asignaturas a las que había faltado tanto por estar en Sengoku como desde que volvió. Sus amigas se habían mostrado encantadas pues la echaban de menos y durante todo el curso no les habían permitido visitarla cada vez que tenía alguna enfermedad rara por resultar tremendamente contagiosas… La madre de Kagome las había advertido del estado físico y emocional de la joven pero cuando la vieron, quedaron paralizadas al ver el rostro triste e inexpresivo de Kagome así como su delgado cuerpo, parecía una marioneta inerte, sin vida. Todas ahogaron un pequeño grito al verla y corrieron a abrazar a su amiga que con una triste sonrisa las devolvió el gesto. No hablaron de lo que la afligía, únicamente se centraron en las clases y los apuntes, la cercanía de los exámenes y en el pesado de Hojo-kun que seguía preguntando por ella y su salud en la escuela.
Tras dos semanas, su madre había insistido en que reanudase la clases, a fin de cuentas debía enfrentarse en algunas semanas a los exámenes y eso le serviría de distracción. Poco a poco, iba comiendo algo más, no había recuperado el peso perdido pero por lo menos hacía desayuno y almuerzo con relativa normalidad. Su familia comenzaba a respirar algo más aliviada cada vez que la veía recoger sus, cada vez más vacíos, platos tras cada comida…
"– ¡Vamos, Kagome, te vendrá bien! –Le había dicho su madre varias veces– estar con gente de tu edad y las clases te harán bien, te distraerán." Ella no dejaba de repetirse eso mismo, sabía que no debía seguir así, hundida en su tristeza. Sólo conseguiría sentirse peor y enterrarse más en el oscuro y profundo agujero donde su tristeza la había metido, pero lo echaba tanto de menos… era como haber perdido una parte vital de su cuerpo y eso nadie podía entenderlo.
Su madre, su hermano y su abuelo estaban muy preocupados por ella y sabía que debía sobreponerse a la pérdida de su amor. Porque así es como lo sentía; sentía que su amor había muerto 500 años atrás y fríamente así era, si obviábamos el hecho de que el pozo existía para conectar ambos tiempos, pasado y presente, aunque ya nunca más funcionase. Había intentado sólo una vez acercarse al pozo pero su certeza de que nada sucediese y el dolor que sentía habían paralizado su cuerpo. El terror a que no sucediese nada era palpable.
Sus amigas habían conseguido arrastrarla ese fin de semana para ir al cine, aunque realmente no prestó mucha atención a la película. En cuanto las luces se apagaron y comenzaron a transcurrir las imágenes entró en estado catatónico. Por su mente pasaban escenas de todo lo vivido durante el tiempo que pasó en Sengoku… con sus amigos, sus aventuras y sobre todo con él, con Inuyasha. Sólo de pensar en él, sus ojos se inundaron de lágrimas que no pudo contener.
"– Salgamos de aquí, Kagome." –le había susurrado Eri tomándola de la mano, haciéndole un gesto a sus amigas para que se quedaran. Ya fuera, habían ido al baño para que ella se refrescara; Kagome estaba muy agradecida de que a esas alturas no la hubiesen bombardeado a preguntas, pero todavía no estaba preparada para afrontarlo. "– La verdad es que te entiendo, Kagome –dijo Eri ante una desconcertada Kagome– la película es malísima, lamento haber escogido semejante bodrio, la próxima la escoges tú, ¿de acuerdo?". Ellas se miraron con complicidad; ¡cómo agradecía su comprensión a pesar de que durante mucho tiempo apenas se vieron! Al poco rato, se habían reunido con ellas Yuka y Ayumi a la salida del cine, no les apetecía dejar sola a Kagome y además la película era imposible de entender.
La siguiente vez que salieron decidieron ir a un Karaoke, sitio que mejoró el ánimo de Kagome; ir a aquel lugar y pegar esos gritos destripando las canciones de moda le vino francamente bien. Porque en cierto modo, es lo que le hacía más falta: gritar hasta quedar afónica, desgañitarse y destrozarse la voz para desprenderse de un poco del dolor que aprisionaba su corazón. Con la ayuda de sus amigas y el apoyo incondicional de su familia, consiguió sentirse humana de nuevo, pues esas dos primeras semanas fueron un infierno para ella. No podía evitar pensar en Inuyasha, en recordar sus hermosos ojos dorados fijos en ella cuando hacían el amor… en sus manos enlazadas con las de él… su calor. No es que sólo recordase a Inuyasha, también a sus amigos y todas las experiencias que vivieron juntos pero él… nada sería lo mismo sin él.
Y por las noches era peor, sus pesadillas eran tan vívidas y reales que se despertaba en medio de la noche empapada en sudor y gritando en ocasiones. Su madre le había dicho que si proseguían las pesadillas, la llevaría al médico a que la hiciesen un chequeo completo. Ella no quería y le había repetido a su madre que se le pasaría, que no se preocupase. Pero desde su regreso no había noche en que no las tuviese o que se pasase la noche llorando en sueños.
Le costó varios días hasta que su hija le contó todo lo que había pasado desde que habían conseguido derrotar a Naraku, y aun así no se lo había contado todo. No quería presionarla pero sabía que ella debía reaccionar y seguir adelante. Durante toda la conversación, Kagome había derramado amargas lágrimas mientras su madre sujetaba sus manos temblorosas entre las suyas. A pesar de todo, no se espantó cuando le dijo lo que había sucedido entre ella e Inuyasha y lo que hicieron la noche de su regreso. Cierto que esa unión no tenía ningún tipo de validez en su tiempo, pero ella no sería la que le negase esa pequeña felicidad a su hija.
Pasaron varias semanas más y aunque Kagome ya hacía una vida de estudiante lo más normal posible, seguía llorando por las noches en sueños. Ya eran contadas las noches en que se despertaba por alguna pesadilla, lo agradecía porque su madre había dejado de insistir tanto en que fuese a ver al médico. Lo último que quería es que le mandasen pastillas que le anulasen los sentidos y dejar de sentir. Al despertarse una mañana con las mejillas irritadas y la funda de su almohada húmeda por las lágrimas se sorprendió al recordar por primera vez lo que había soñado. Ella seguía llorando en esos momentos y por primera vez, sabía por qué.
En el sueño, se encontraba frente al Go-Shimboku, con el atuendo de sacerdotisa característico de la época antigua, el de Kikyo y Kaede. Todo el lugar estaba cubierto por una capa de niebla que le impedía ver el suelo y parte de lo que la rodeaba. Con torpes pasos se aproximaba al árbol sagrado esperando tropezarse con la pequeña cerca que en su tiempo rodeaba al árbol. Con cada paso que daba, la niebla se apartaba como si ella despidiese una fuerte corriente de aire y dejaba ver el terreno que pisaba y este no era piedra ni tierra, si no césped, un manto verde como en el Sengoku Jidai. Al llegar a pocos pasos del árbol, toda la niebla entorno a él había desaparecido dejando ver las raíces de su base, y en ellas, una figura. Era Inuyasha, que dormía encogido en posición fetal abrazando a Tessaiga y el arco del monte Azusa que a ella le perteneció. Se sorprendió al verlo en esa posición. Se le veía tan diferente, su rostro no denotaba ninguna de las expresiones que ella conociese en él cuando dormía. Tenía una expresión de sufrimiento, el dolor se había grabado en su rostro, lo mismo que en el de ella. En su pecho sintió una intensa punzada que comprimió su corazón. Parecía que él era el vivo reflejo de las emociones que ella diariamente sentía.
Ella quiso aproximarse pero algo se lo impedía. Sus piernas ahora estaban agarrotadas después de los pocos pasos que ella había podido dar hasta acercarse al Go-Shimboku. Sólo pudo arrodillarse a tan solo un par de metros de la imagen de su amado. Un cálido viento agitó su pelo hacia el árbol y entonces sucedió algo. Inuyasha susurró con una voz doliente y triste su nombre.
"– Kagome…" –sonaba débil, cargada de dolor y pena. Era como el último aliento de un moribundo en su lecho de muerte.
"– Inuyasha… mi amor." –gimoteó entre lágrimas cubriendo su boca. Entonces algo maravilloso ocurrió; Inuyasha abrió sus ojos cansados y alzó la vista hacia donde ella se encontraba arrodillada. Una triste y cansada sonrisa apareció en su rostro mientras estiraba una de sus manos hacía ella. Kagome alargó también una de sus manos con la esperanza de alcanzarlo pero justo en el momento en que iban a rozarse, ella despertó. Parecía tan real, estaba segura de haber sentido la calidez de su piel casi en el momento en que despertó. ¡Maldita mente que conseguía hacer tan reales sus sueños! Si esto era lo que soñaba por las noches, con razón le estaba costando recuperarse ante su separación.
Desconocía hasta qué punto el haberse unido con Inuyasha al hacerse compañeros les había afectado, pero una cosa tenía medianamente clara, su conexión con él era más intensa que nunca. La única noche que no había tenido pesadillas ni se había despertado llorando fue una en la que tras darse un baño por insistencia de su madre, al secarse el pelo se quedó estática observando los cambios que su cuerpo había experimentado desde que regresó. Su piel no estaba tan tersa y suave como antes, lucía mucho más pálida y sin calidez aparente. Desnuda frente al espejo recorría su cuerpo buscando rastros de la joven alegre, vital y enamorada que hasta unas semanas antes había sido. Tomó un frasco de crema para el cuerpo y comenzó a extenderlo por su cuerpo; tenía que reaccionar, comenzaría intentando verse como era antes y cuidarse un poco. Si podía recuperar su apariencia anterior, no sería tan alarmante para todos el verla triste.
Cuando estaba por terminar, deslizó un poco de crema por su cuello, justo donde Inuyasha la proclamase como suya y sin esperarlo, varias descargas recorrieron su cuerpo haciendo que sus piernas flaquearan haciéndola caer al suelo y automáticamente su corazón y su respiración se acelerasen. Sintió como se producía humedad entre sus piernas y notaba presión en su seno. Un sonoro gemido sin control salió de su boca. Tardó unos segundos en reponerse ante esa reacción de su cuerpo. '¿Qué ha pasado?' meditaba sorprendida mientras trataba de ponerse en pie con dificultades. '¿Ha sido como… cuando Inuyasha me…?' pensó pero detuvo sus reflexión, eso no podía ser. No, era imposible; por un instante había jurado tener en su interior a Inuyasha, como si algo físico la hubiese penetrado en realidad. Un golpe de nudillos en su puerta la sacó de su trance.
"– Kagome, hija, ¿estás bien? –preguntaba su madre al otro lado de la puerta– He oído un ruido, ¿pasa algo?" –Kagome inventó rápidamente una excusa.
"– Me tropecé con el taburete y me caí al suelo, sólo me hice un poco de daño –mintió ella– no te preocupes, estoy bien." Tras unos silenciosos segundos escuchó unos pasos alejarse mientras su madre le decía: "– Está bien, ten cuidado."
Esa noche, antes de acostarse volvió a acariciar su marca y las mismas sensaciones se repitieron cada una de las veces que lo hizo. Ella sintió exactamente lo mismo que cuando Inuyasha la poseyó esa última vez. Podía sentir como su cuerpo se inflamaba de la misma forma que cuando su querido Hanyô la acariciaba y recorría con sus manos su cuerpo. La humedad entre sus piernas era tal que se escurría por su piel mojando su pijama y sabanas. Con su mano trató de acallar los gemidos incontrolados que con un único roce en su marca estaba provocándole deliciosos espasmos de placer que la recorrían completamente dejándola totalmente excitada y perdida en el placer que sentía. Esa noche no sufrió, no lloró, sólo sintió. Pero se dijo a si misma que aquello no debía volver a pasar, si lo repetía por muy placentero que fuese y por bien que durmiese, no conseguiría seguir con su vida, no quería olvidarle, si no superar su perdida. Debía recuperarse sin recurrir a su marca, esa siempre estaría allí para recordarle a su compañero, a su amante, a su esposo.
Un mes más tarde, Kagome salía de su escuela tras comprobar con sus amigas los resultados de sus exámenes finales. Había conseguido aprobar la Preparatoria[1] y sólo le restaba hacer el examen de acceso para la Universidad de Tokio, pero no sabía qué carrera escoger. Por un lado estaba feliz pues ya podría dejar de estudiar tantas horas y dejar de sentir ese agobio cuando se reunía con sus amigas para estudiar en la Biblioteca o en alguna de sus casas. Se daba perfecta cuenta de las carencias que ella tenía con respecto a cualquiera de ellas, por todo lo que había faltado, pero había estado a la altura.
Iban por la calle caminando, un par de pasos por delante iban Eri y Ayumi que iban hablando animadamente, Yuka iba a su lado en silencio.
"– ¡Aaah! ¡Que tranquilidad haber aprobado los exámenes! –decía Eri desperezándose– Ahora podremos relajarnos un poco hasta el examen de acceso a la Universidad." Sus amigas habían decidido ya qué estudiar y acudían juntas a una academia donde se preparaban. Pero Kagome quien no tenía nada claro su futuro, aún no había hecho nada a este respecto.
"– Sólo espero que mi cuerpo se normalice pronto –comentó Ayumi– el mes pasado debido a los nervios sólo tuve el periodo un día. El medicó me dijo que era por el estrés, que tan pronto me relajase todo volvería a su cauce."
"– ¿En serio, Ayumi? –exclamó Yuka adelantándose– a mí me pasó lo contrario; estuve manchando más días de los normales. Es más, cuando creí que ya podía respirar tranquila, a los dos días ¡me volvió a venir!". Sus amigas escuchaban atentas a Ayumi, mientras ella silenciosa se había detenido a su lado. '¡Qué suerte tengo!' pensaba Kagome 'a mí no me toca hasta…' Y se quedó paralizada, poco a poco en su rostro empalideció y su semblante impasible se tornó aterrado.
"– Mi periodo… no…" –comenzó a murmurar Kagome. Mientras sus amigas se habían girado a verla y asustadas por el pánico que vieron en su rostro, la rodearon.
"– Kagome, ¿qué pasa? ¿A ti también te ha venido irregular? –preguntaba Eri intranquila– no te agobies, es normal, hemos estado sometidas a mucha presión." Ella las miró con miedo latente en su mirada, negando con intensidad.
"– Mi periodo… debía de… hace… –consiguió mascullar con dificultad– no… me ha venido en dos meses." Sus amigas la miraron perturbadas por sus palabras. Sin mediar palabra la abrazaron en silencio mientras las lágrimas descendían por sus mejillas.
"– Kagome, es posible que tú… –susurró Yuka preocupada– quiero decir,… ¿has estado con…?". Kagome levantó su mirada mientras inconscientemente su mano se posó sobre su vientre. Le aterraba esa posibilidad pero era posible, todas las veces que hizo el amor con Inuyasha, él había terminado en su interior y ella no estaba tomando nada para evitar un embarazo. ¡Que descuidada había sido! Separada para siempre del hombre que amaba y ahora ¿podía ella estar embarazada?
"– Sí,… es posible, yo… no tuve cuidado… y…" –murmuró temblando Kagome bajando nuevamente la mirada. Sus amigas se miraron entre sí y sin decir más, la arrastraron por la calle hasta dar con una farmacia. Compraron dos pruebas de embarazo diferentes y la acompañaron a su casa. Ella insistió en que no hacía falta que se quedaran con ella, sabía que sus familias les habían organizado algo especial y debían volver a casa. En la base de las escaleras del Templo se despidieron, dándole ánimo y le pidieron que en cuanto se hiciese las pruebas se comunicase con ellas, fuesen las noticias que fuesen.
Cuando llegó frente a su casa, respiró hondo justo antes de entrar, todavía no sabía cómo se enfrentaría a su familia si resultaba correcta su suposición.
"– ¡Tadaima[2]!" –dijo tristemente en voz baja, nadie respondió. Mientras se descalzaba y se ponía sus zapatillas, había sacado de la bolsa ambas pruebas de embarazo, las observaba temerosa. En ese momento deseaba más que nada que fuese errónea su hipótesis y únicamente se tratase de un retraso ocasionado por los nervios y el estrés desde su regreso, pero sabía que por su irresponsabilidad e inconsciencia era bastante probable que realmente ella… estuviese esperando un hijo de Inuyasha. De pronto, su madre apareció por el pasillo.
"– ¡Oh, Kagome! Me pareció oírte llegar. –dijo cariñosa acercándose a ella– ¡O-kaeri nasai[3]!". Cuando estuvo frente a ella, vio el rostro de preocupación que tenía y bajó su mirada a sus manos viendo las dos cajas que ella sostenía. Volvió a mirar a los ojos a su hija y vio cómo su rostro estaba nuevamente bañado en lágrimas. No dijo nada, lo comprendió todo. Abrazó contra su cuerpo a su hija que rompió a llorar con más fuerza. Ella imaginaba lo que pasaba por la mente de Kagome; si realmente se habían confesado sus sentimientos ella y el muchacho, y se había entregado mutuamente cabía esa posibilidad.
"– Tranquila, Kagome –dijo consoladora mientras la guiaba a su habitación– suceda lo que suceda, no estás sola en esto. Además, puedes tomarte un año sabático antes de ir a la Universidad." Las palabras de su madre la tranquilizaron hasta cierto punto, ahora sólo restaba salir de dudas. "– Te esperaré aquí, –dijo su madre al llegar a su habitación– ve al baño si quieres."
Kagome asintió y una vez llegó al baño, sacó ambas pruebas de sus cajas, leyó con detenimiento las instrucciones y realizó las pruebas. Con ambas en la mano, regresó a su habitación donde su madre la esperaba sentada en la cama. Allí, esperaron los eternos 5 minutos hasta que armada de valor se decidió a mirar y… doble positivo… estaba embarazada.
Al día siguiente de realizar las pruebas de embarazo en casa, Kagome fue con su madre y el abuelo al médico de la familia para que, tras unos minuciosos exámenes, verificase que estaba embarazada de 8 semanas. Si sus cálculos eran precisos, la concepción habría tenido lugar entre unos días después de iniciar su viaje y día que se convirtió en la compañera de Inuyasha. Inuyasha. Su sola mención le llenaba de lágrimas los ojos sabiendo que jamás conocería a su hijo o hija y sería madre soltera hasta el final. Era una situación descorazonadora pero así eran las cosas, ya no podía hacer nada para cambiar la situación.
Ahora la realidad había cambiado radicalmente, ahora debía sobreponerse por encima de todo; cuidarse, una nueva vida crecía en su vientre y la protegería desde ese momento hasta el día de su muerte. Tras su visita al médico comenzó a preocuparse más por su salud y por su futuro. Aunque no había decidido qué hacer tras el año sabático que se tomaría desde el nacimiento de su hijo, quería ser útil en casa hasta que por su estado no fuese capaz. Consiguió un trabajo de medio tiempo en una tienda de alimentación cercana al templo, la pareja de ancianos le dio encantado el trabajo pues la conocían desde niña y le tenían gran cariño. El poco dinero que podían pagarle lo intentaría ahorrar para el momento del nacimiento de su hijo, a partir de ese momento las cosas serían más duras y cualquier ayuda a la economía familiar sería bien recibida. Los días pasaban relativamente tranquilos para ella desde que recibió la impactante noticia de su embarazo. Seguía triste, eso siempre, porque no estaría con aquel que le había hecho el maravilloso regalo que crecía en su vientre. Todas las veces que se quedaba sola, asaltaban su mente tristes pensamientos añorando el calor de Inuyasha, sus groserías, sus mejillas ruborizadas antes de besarlo, su doradas miradas, sus ¡Keh! orgullosos y hasta el sonoro golpe que hacía su cuerpo cuando ella le obsequiaba con un osuwari. Ahora tenía que sacar fuerzas de flaqueza para enfrentarse a un futuro sin él pero con su hijo en su seno.
"– No te preocupes, pequeño mío –susurró cariñosamente– conocerás quien fue tu padre, aunque sea únicamente por mis palabras." Decía una amorosa Kagome acariciando su vientre mientras una solitaria lágrima caía por su mejilla.
Un día que había ayudado a limpiar el almacén del Templo a su abuelo, recibió una agradable sorpresa. Habían encontrado un arco viejo y un carcaj de flechas. Al tomarlo, una conocida sensación la invadió ante los atónitos ojos de su abuelo que por un momento creyó ver a su nieta rodeada de un aura rosada de pureza. Y nada más alejado de la realidad, aunque su abuelo decidió que era efecto del polvo del lugar y de su avanzada edad, Kagome sabía que ese arco, ese avejentado arco rojo con refuerzo de cuero en la zona medía era el suyo… el arco del monte Azusa, que la reconocía como su legitima dueña. Desde ese día, decidió practicar para no perder sus habilidades como sacerdotisa. Estaba convencida de que era lo correcto, por ella misma y todos los que habían luchado para romper el sello que anulaba sus poderes espirituales, y también… por su hijo, pues sabía quién era su padre… un Hanyô, por lo que parte de su herencia genética prevalecería en él aunque no sabía en qué modo.
Su abuelo y su madre se sintieron más tranquilos cuando una tarde la vieron con ropas de sacerdotisa Shinto yendo a la parte trasera del Templo donde ella había instalado una vieja diana. Tras varios intentos en los que sus flechas se estrellaron en cualquier sitio de la diana menos en el blanco, consiguió darle cerca del centro a la diana. Se sentía extraña pero satisfecha.
"– ¡Muy bien, Kagome! –dijo su abuelo acercándose– has hecho un gran avance, no puedo esperar el momento en que seas capaz de purificar." Kagome lo miró sorprendida por sus palabras, ¿acaso su abuelo no sabía que ella ya era capaz de hacerlo?
"– Abuelo, yo ya soy capaz de purificar y sin necesidad de canalizar a través de una flecha." –dijo con prudencia. Él la miró con recelo unos instantes y después comenzó a reírse con ganas.
"– Sí, querida nieta, jajaja –reía mientras se aproximaba a ella– no has sido apenas entrenada como Sacerdotisa todavía, no sé cómo podrías." Kagome lo miró desconcertada y algo desafiante, su abuelo no la creía. Hasta cierto punto lo veía normal, ella había desarrollado su escaso entrenamiento como Sacerdotisa durante los años que pasó yendo y viniendo al pasado, pero su abuelo no sabía hasta qué punto ella tenía conciencia y control de su propio poder.
"– Abuelo, ¿quién crees que purificó la Shikon No Tama?" –dijo con confianza mientras sus propias palabras la hicieron caer en un breve estado de tristeza. Él la miró desconfiado alzando la ceja. Se dirigió al almacén y salió un minuto más tarde con un pequeño cofre cubierto con unos ofudas[4] que lo sellaban.
"– Si realmente eres capaz de purificar, rompe estos ofudas sagrados y purifica el objeto encerrado en él." –dijo con orgullo su abuelo acercándose y dejando el cofre a unos metros de ella. Kagome miró recelosa a su abuelo, quien no la creía. Ella no estaba segura al 100% de ser capaz de pues la anciana Kaede no había terminado de enseñarla.
"– Este cofre contiene un tesoro ancestral que perteneció a un poderoso demonio sobre el que no queda constancia. Ha estado en la familia Higurashi por cientos de años. –dijo misteriosamente su abuelo– Mi padre me lo legó antes de morir y su padre antes que a él. Ha estado en manos de la familia Higurashi sin que ninguno de sus miembros haya sido capaz de abrirlo." El abuelo hizo una pausa y la miró con cierto nivel de desconfianza. "– ¿Crees que serás capaz de hacerlo?".
Kagome miró con reservas a su abuelo, sabía bien que su auténtico poder había sido liberado unos meses antes; la Shikon No Tama la tenía por una digna rival, su poder era superior incluso al de Kikyo. Cerró los ojos tratando de concentrarse y liberar un poco de su poder para purificar ese sello.
Su abuelo se dio la vuelta para meterse en casa junto con su madre, que permanecía alejada de ellos desde un primer momento; caminaba seguro pensando que su nieta le había querido gastar una broma pero se detuvo en seco al sentir una gran energía a sus espaldas. Sé giró tan rápido como pudo y vio como la silueta de su nieta era rodeada por una cálida luz blanca y rosada mientras se agachaba sobre el cofre que él había dejado instantes antes frente a ella. Sus ojos se abrieron de la sorpresa, su nieta desprendía una poderosa aura de pureza y cuando la vio tocar el cofre, éste vibró con violencia y los ofudas saltaron desintegrándose de la tapa, abriendo con un gran estruendo el pequeño cofre. Kagome metió su mano en el cofre y extrajo el contenido, mientras este era purificado al tacto, como lo fue la Shikon No Tama, por ella. Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Su abuelo alarmado se aproximó a paso rápido a ella, que ya dejaba de emitir aquella luz y se acercaba a donde él estaba. Su madre que estaba algo más alejada también se acercó.
"– Kagome…" –susurró su abuelo. Ella con una sonrisa triste y con lágrimas descendiendo por su rostro, mostró a su abuelo lo que había extraído del cofre. Era un pequeño y envejecido medallón de oro… con forma de corazón… una cinta de cuero ocupaba el lugar de la cadena; ese medallón, cientos de años atrás, había sido puesto por una joven sacerdotisa en el cuello de un poderoso Hanyô. Ese era el medallón que ella le había regalado a Inuyasha poco antes de enfrentarse a Kaguya.
Con cuidado abrió el medallón; en el lugar dónde debía estar su foto había un pequeño mechón de cabello plateado,… cabello de Inuyasha, seguramente aquello era para lo que habían erigido una barrera sagrada entorno al aura demoniaca que emitía el cabello; eso evitaba se abriese en cofre accidentalmente. En el espacio opuesto se veía muy borrosa y gastada la foto de Inuyasha, ya había perdido todo su color y apenas se distinguían correctamente sus facciones a excepción de sus dorados ojos que eran la única parte de la foto que mantenía algo de color. Kagome trataba de contener el llanto, no esperaba encontrarse aquello. Su madre y el abuelo la abrazaron con fuerza para darle consuelo. Parecía que todo lo que la unía o que le recordaba a la época de Sengoku Jidai estaba volviendo a ella.
Tras esa experiencia, su abuelo dejó de dudar de su poder como Sacerdotisa y también desistió de mostrarle viejas reliquias de la familia por si volvía a darse una situación similar. La ayudó cada día en sus entrenamientos; ella recuperó con sorprendente rapidez su destreza con el arco mejorando sin lugar a dudas su puntería hasta niveles insospechados, Sota bromeaba a menudo sobre si debía participar en las competiciones de tiro con Arco de su escuela como antigua alumna aunque no hubiese estado apuntada a ningún club debido a sus reiteradas ausencias; perfeccionó su capacidad de concentración hasta tal punto que fue capaz de crear en ella y de desplazar sobre otros, regios campos de fuerza a cierta distancia mientras realizaba otras tareas, incluso mantenerlos en pie mientras estaba alejada del Templo.
Por fin se cumplieron sus primeros tres meses de embarazo, aunque un rastro de melancolía seguía presente en su rostro y ella sabía que nunca la abandonaría, ya hacía una vida relativamente normal. Sus pesadillas se habían reducido hasta casi ser un mero recuerdo y ya conseguía dormir con normalidad todas las noches. Había sufrido las típicas nauseas durante unos días pero milagrosamente no habían supuesto un problema, parece ser que el vínculo que estableció con Inuyasha mediante la sangre intercambiada en su unión, la había hecho más resistente a esos malestares puramente humanos.
En alguna ocasión había sentido la necesidad de tocar su marca pero no por dejarse llevar por las maravillosas sensaciones que la recorrían, si no por tener presente a su querido Inuyasha. Acariciaba la piel que rodeaba a su marca sin llegar a tocarla y sentía inundarla algo similar al calor que irradiaba el cuerpo de Inuyasha cuando la abrazaba; eso era suficiente para confortarla y darle nuevas fuerzas cuando se sentía más triste de lo normal, sobre todo unas noches antes cuando no había luna… en la noche tenebrosa.
Esa mañana se dirigió con su madre a la clínica para realizarle la primera ecografía a su hijo. Por fin podría ver si algunas de las características más obvias del padre se manifestarían en su hijo. Tenía cierto miedo porque aunque lo adoraría fuese como fuese, un niño con orejas caninas o garras no sería fácilmente aceptado en su sociedad. Tendría que idear algo para mantener eso bajo control si se daba el caso. A lo mejor algo similar al collar de subyugación que Kikyo creó para Inuyasha y que ella usaba con la sola mención de una palabra, pero con efecto mientras lo llevase puesto para mantener a raya la parte de demonio que sin duda tendría. Pero eso ya lo pensaría más adelante, ahora no era el momento. Quería saber cómo crecía su hijo dentro de ella, si estaba sano…
"– ¿Tú qué quieres que sea, hija? –preguntó su madre mientras la enfermera le extendía un gel sobre el vientre– A mí me encantaría que fuese una niña, tan linda como tú; así podría usar todos los kimonos que tenías tú de pequeña." Kagome miraba a su madre que rezumaba ilusión ante la ecografía que le iban a hacer. "– Aunque si fuese un chico también estaría feliz, tendría un buen ejemplo en su tío Sota, seguro que sería muy guapo como… su padre." –dijo Naomi mirando a su hija un momento por si sus palabras la habían entristecido. Una leve sombra estaba presente siempre en su rostro, pero nada más.
"– Sí, mama, si es un niño espero que sea tan guapo como su padre. A mí me gustaría, pero –dijo conteniendo un poco sus palabras– si es una niña la voy a adorar igual. Sólo espero que su carácter sea como el de su abuela. Pero no adelantemos acontecimientos, es demasiado pronto para saber que será. Me conformo con que esté sano." Terminó diciendo con dulzura mirando a su madre.
"– ¡Todavía no me lo creo! ¡Voy a ser abuela!" –casi gritó ella cuando Kagome la tomó de la mano.
Mientras habían tenido esta conversación, la enfermera había terminado de preparar el ecógrafo y la doctora de Kagome había entrado a la sala. La doctora había leído brevemente el historial.
"– ¿Quieren que esperemos un poco más al p… –comenzó a decir, pero paró al ver como Naomi negaba apresuradamente con la cabeza con rostro alarmado–…a alguien más?" – Kagome negó con tranquilidad.
"– No, no se preocupe. Sólo seremos nosotras. –e hizo una pausa para respirar hondo– El padre… no está ya…" –dijo con tristeza. Técnicamente era verdad, pero sus palabras eran ciertamente ambiguas y para cualquier persona significaban algo totalmente diferente.
"– ¡Oh, discúlpeme! Lo lamento." –dijo con pesadumbre mientras iniciaba las pasadas del ecógrafo sobre el vientre de Kagome. Su madre y ella se miraron con ilusión, y después centraron su atención sobre la pantalla.
A los pocos segundos, comenzó a ver y a escuchar un murmullo acelerado que parecía más el sonido de un galope apresurado que un corazón. Kagome y su madre se miraron esperanzadas.
"– Bueno, aquí tiene el fuerte latido de su hijo; –dijo la doctora– es normal, el tamaño es bueno y parece que todo está correctamente." De pronto, la doctora arrugó su frente con extrañeza y comenzó a dar pequeñas pasadas por una parte que ya había explorado.
"– ¿Ocurre algo?" –pregunto alarmada Kagome apretando la mano de su madre. Tras unos silenciosos instantes, el rostro de la doctora se relajó recuperando la sonrisa.
"– No se preocupe, si no fuese porque no es posible… –dijo subiendo levemente sus gafas– habría jurado que estas dos pequeñas marcas de aquí tenían forma de orejitas de animal. Pero no se preocupen, es normal que algunos tejidos creen confusión al principio, estos aparatos no son tan exactos en esta fase del embarazo. En la eco de las veinte semanas podremos ver perfectamente a su hijo así como verificar el sexo del mismo." Ambas mujeres la miraron con asombro tratando de disimular con una risa nerviosa la noticia que sin darse cuenta les había dado a conocer. Su hijo tendría las caninas orejas de Inuyasha.
La doctora apuntó algunos datos más pero no dejó de desplazar el ecógrafo. Su rostro volvió a ponerse serio nuevamente. Las mujeres Higurashi la miraban preocupadas, ¿qué nuevos signos acerca de la naturaleza del bebe había encontrado? El silencio de la doctora las ponía cada vez más nerviosas. La doctora las miró y sonrió para el alivio de ambas.
"– Me parece que va a tener mucho trabajo como madre primeriza –dijo la doctora ensanchando su sonrisa antes dos asustadas mujeres, ¿es que acaso tenía cuatro piernas su hijo?– ¡Gemelos o mellizos! Escondido tras su hijo hay otro algo más pequeño. Teniendo en cuenta mi experiencia podría decirle que serán un niño y una niña pero hasta dentro de unas semanas más no podremos garantizarlo. ¡Enhorabuena, tendrá mellizos!".
Kagome rompió a llorar de la emoción. ¡Dos!, nada más y nada menos, tendría dos pequeños. Ahora eran lágrimas de alegría las que surcaban sus mejillas. Su madre la abrazaba con emoción mientras compartían ese momento tan especial.
Su madre estaba muy emocionada ante la perspectiva, el ser abuela ya la hacía inmensamente feliz pero por partida doble al saber que habría dos bebes en casa.
"– Tendremos que organizarnos bien para disponerlo todo para la llegada de los bebes, –decía soñadora la madre de Kagome– tendremos que tener un par de cada cosa: dos cunas, cochecito doble, dos cambiadores,…".
"– ¡Mama! –exclamó Kagome. Naomi se giró a mirar a su hija– Hay tiempo, no tienes por qué pensar ahora en eso." Su madre sólo sonrió y rodeo sus hombros con un brazo mientras subían las escaleras del templo. Ahora tendrían que darle la noticia Sota y al abuelo. Cuando llegaron arriba, vieron como el abuelo estaba apostado frente al Go-Shimboku con el semblante serio.
"– Abuelo, ven dentro –dijo Kagome conteniendo la emoción– tenemos noticias que darte." El viejo no respondió, parecía como si estuviese en trance observando a cierta distancia el árbol sagrado. Madre e hija se miraron y encogiendo los hombros entraron a la casa. Sota no llegaría de clase hasta un par de horas más tarde así que decidieron esperar a que estuviesen ambos en casa para darles la noticia. Kagome subió a su habitación y se cambió de ropa para ir a entrenar, no sin olvidar proteger a sus hijos. Entre las cosas que había encontrado en el almacén había encontrado una protección abdominal que podía adaptar fácilmente para proteger su levemente crecido abdomen.
Mientras ella se cambiaba, su madre había salido al patio dónde su padre seguía concentrado observando el árbol. Cuando llegó a su lado, observó cómo mantenía apretados sus puños con tanta fuerza que los tenía blancos de la tensión.
"– Padre, ¿qué sucede?" –preguntó alarmada tocando en el hombro al anciano sacerdote.
"– Algo no está bien… algo está… cambiando… –murmuró brevemente el viejo sin dejar de mirar al Go-Shimboku.
De pronto un gran estruendo resonó en todo el templo, un fuerte viento comenzó a azotar las ramas del gran árbol sagrado haciendo que muchas de sus hojas creasen una agresiva lluvia sobre las cabezas de los cabeza de familia de los Higurashi.
"– ¡KAGOME! –Escuchó gritar Kagome, que descendía rápidamente por las escaleras de su casa al haber sentido el primer estruendo– ¡Kagome, corre, ven! –gritaban su madre y su abuelo. Al salir al patio se quedó congelada en el umbral. El Go-Shimboku desprendía una gran cantidad de energía, mezcla demoníaca con sagrada, el tronco y las ramas vibraban con tanta intensidad que parecía que el árbol fuese a quebrarse en cualquier momento. Con cautela se aproximó a donde su familia permanecía, cerca de los pies del árbol. La virulencia del viento comenzaba a remitir a medida que ella se aproximaba al tronco y cuando se hubo situado a la par con su madre y abuelo, se transformó en suaves espirales de aire que arrastraban las hojas que inicialmente se habían arrancado del árbol.
"– ¿Qué es esto? –exclamó sorprendida Kagome– ¿qué ha sucedido, abuelo? ¿Sabes algo?" Preguntaba una confusa Kagome. Su abuelo sólo la miró unos instantes para volver nuevamente la mirada al árbol.
"– Esto sólo ha sucedido una vez antes que ahora… –comentó visiblemente afectado el anciano–… significa que algo ha sucedido en el pasado que afecta al presente." Kagome lo miró aterrada. '¿Algo en el pasado?'
"– ¡Abuelo! ¿Qué…? –comenzó a preguntar Kagome pero se vio interrumpida súbitamente por su madre que la sujetó por la mano y señalaba al Go-Shimboku. Los tres permanecían paralizados observando al árbol.
De la nada y sin previo aviso, una de las espirales de aire que rodeaban el árbol se tornó más agresiva y comenzó estrecharse sobre el tronco del mismo, alrededor a la tan conocida cicatriz que la flecha de Kikyo había dejado al sellar hace más de 550 años a Inuyasha. Una intensa luz cargada de energía espiritual apareció justo sobre la hendidura de la flecha formando un resplandor que les cegó unos instantes.
A medida que se fue disipando un poco, los tres pudieron observar cómo se creaba del resplandor una vieja flecha, clavada en el mismo sitio del que Kagome sacase la flecha selladora de Inuyasha 500 años antes. Los Higurashi miraban sorprendidos y asustados tan estremecedor espectáculo. La luz residual que quedaba en la flecha descendió extendiéndose unos centímetros dando forma a lo que parecía una tela desgastada enganchada en la hendidura de la flecha. Era un tejido desgarrado de forma irregular, de color rojo sangre; a pesar de verse antiguo conservaba perfectamente el tono. Era el inconfundible color del Hitoe de Rata de Fuego de Inuyasha.
Kagome cayó al suelo al observar la escena final mientras el viento comenzaba a apaciguarse. "–… no…" –sollozó negando con voz apenas perceptible que ni su madre ni su abuelo escucharon. Ardientes lágrimas de desesperación rodaban por sus mejillas al comprender que era lo que estaba viendo. Una profunda desesperación la recorrió.
"– ¡No…! –volvió a sollozar con algo más de voz; esta vez su madre y abuelo lo escucharon, girándose hasta donde ella estaba. Se acercaron a ella sujetándola para ponerla en pie.
"– Kagome, hija, ¿qué sucede? –preguntó angustiada su madre mirándola y comprobando que nuevamente la desesperación reinaba en el rostro de Kagome. Una que se había quedado grabada en su memoria. La misma que vio en su hija el día que regresó hace meses del Sengoku y ya no ser capaz de volver. La desesperación ante la pérdida del amor de su vida.
"– ¿¡QUÉ HICISTE, INUYASHA!? ¡NOOOOO!" –gritó desesperada Kagome instantes antes de caer inconsciente en los brazos de su madre y su abuelo.
"– ¡Kagome! ¡Kagome! Despierta, hija, ¿qué tienes? – gritaba alarmada Naomi agitando el cuerpo desmayado de su hija entre sus brazos. Entre ambos llevaron a su habitación a Kagome. No se dieron cuenta hasta el día siguiente que al mismo tiempo que esa escena había sucedido, a los pies del Go-Shimboku una pequeña placa de piedra había aparecido, en ella una inscripción en japonés antiguo 'Mitad hombre y mitad bestia fue sellado de nuevo ante la pérdida de su mismo corazón. El tiempo separó lo que el amor unió.'
[1]Preparatoria: Es la Escuela Media Superior en Japón. Comprende 3 años, desde los 15-16 años hasta los 17-18. En este caso, he decidido indicar esto por la edad de Kagome al final del manga, no del anime.
[2] Tadaima: En japonés significa 'Ya regresé'. Se dice al regresar a tu casa.
[3] O-kaeri nasai: En japonés significa 'Bienvenido'. Respuesta tipo a Tadaima.
[4]Ofudas: son pequeños trozos de papel que las figuras sagradas usan para protegerse del mal. Miroku los usa en combinación con su Shakujou en combate. Se utilizaron para sellar a Inuyasha en una habitación mientras se curaba y para cegar a un demonio.
