Disclaimer: todo lo que reconozcan es de J.K Rowling; el resto es mío.


Make You Feel Better.

Capítulo 9. Las cartas extranjeras.

La carta que Samuel Blishwick envió a su hijo decía así:

"Querido Sebastian:

Primero que nada, ¿cómo estás? Tu madre y yo esperamos que excelente y que estés llevando de manera responsable tus estudios. Estamos de visita en Grecia y todo sigue tan bien como siempre. Tu abuela me pidió que te dijera que espera que le lleves a pasear por Stonehenge cuando nos visite este verano.

Pero te escribo porque tengo que darte noticias excelentes que, confío, te alegrarán. ¿Recuerdas que nos constaste a tu madre y a mí que deseabas ser aventurero y arqueólogo para descubrir misterios y cosas así? Bueno, en contra de lo que quería tu madre, he estado hablando con un viejo amigo mío, Harrison Foster, que, como bien sabes, es un reconocido aventurero e investigador.

Harrison emprenderá en mayo una misión de exploración en Indonesia y se ha ofrecido a llevarte. Perderías el último mes de clase, pero confío plenamente en que recuperarás el tiempo perdido durante las vacaciones, porque su viaje no durará más de un mes.

Tu madre, claro, no quiere que emprendas el viaje. Dice que es una pérdida de tiempo, pero todos sabemos que está preocupada por ti. Quiero que sepas que, decidas lo que decidas, contarás con mi apoyo.

Ten en cuenta que Harrison necesita saber rápidamente si irás o no, así que espero que te decidas pronto.

Atentamente, tu padre."

Sebastian bajó la carta de su padre con una enorme expresión de alegría. ¡Iría a Indonesia con uno de sus ídolos!

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Meredith Johansen siempre iba a recordar que, el primero de septiembre de su primer año en Hogwarts, sus padres habían tenido que irse corriendo a una reunión en el Ministerio, dejándola sola en el andén. Era una niña pequeña, más menuda que la mayoría de las niñas de su edad, por lo que es comprensible su dificultad para subir el baúl al tren. Había sido entonces cuando había llegado él, sonriente y dinámico, preguntándole si necesitaba ayuda. Meredith no había podido apartar la mirada de encima de aquel muchacho, que era el más guapo que había visto. Luego, él se había volteado y, sonriéndole, se había presentado como Sebastian Blishwick y a su amigo, que Meredith no había visto gracias a su encandilamiento a causa de Sebastian, como Scorpius Malfoy. Ambos amigos se habían subido al tren y, antes de que Meredith pudiera agradecerle, una voz femenina les había espetado que se apuraran, de modo que ellos se fueron a toda prisa.

Luego del viaje, llegó al Gran Salón y lo vio sentado en la mesa de Slytherin. Sólo éso bastó para rogarle al Sombrero Seleccionador que la enviara a la casa de las serpientes y no a Hufflepuff, como el Sombrero quería. Desde entonces, empezó a escuchar a escondidas a Sebastian, siguiéndolo incluso. Así se enteró de que odiaba Cuidado de Criaturas Mágicas, que anhelaba ser uno de esos arqueólogos que viajaban por el mundo y que amaba el Quidditch.

En segundo año, Meredith se anotó en las pruebas de Quidditch. Se había pasado las vacaciones enteras entrenando y se sintió orgullosa, emocionada y feliz cuando Sebastian le palmeó el hombro, anunciando que ella iba a ser la buscadora oficial.

Por eso no era de extrañarse que supiera que el imperturbable y orgulloso Scorpius Malfoy había salvado a Rose Weasley de un intento de violación, que estuvo mucho tiempo preocupado por ella y, cuando se decidió por fin a ayudarla, tuvo pesadillas.

Meredith era de carácter práctico y a menudo pensaba que, si ella fuera Malfoy, se alejaría todo lo posible de aquella Weasley. Pensaba éso hasta que cayó en la cuenta de que, muy probablemente, él albergara sentimientos que iban más allá de la amistad hacia la Gryffindor. Se había entusiasmado tanto ante la posible historia de amor que se puso indudablemente del lado de Scorpius.

Por tal motivo, cuando volvía de su clase de Herbología, no pudo evitar que la curiosidad la picara al ver a Sebastian, Scorpius y Zabini junto a Rose Weasley, Albus Potter y otra chica de Gryffindor cuyo nombre no sabía, pero que era la amiga más íntima de Weasley.

Haciendo oídos sordos a las advertencias de sus amigas, se dirigió discretamente al lugar donde el grupo estaba sentado, escondiéndose detrás de un árbol. Lo que escuchó la dejó helada.

– Entonces, ¿para qué nos has llamado? –preguntó Albus Potter.

Sebastian tenía la emoción, el entusiasmo y la alegría pintados en la cara. Estaba tan excitado que no dejaba de mover las manos, que sostenían una carta ya arrugada.

– ¡Me voy a Indonesia! –exclamó.

El infantil corazón de Meredith se rompió, mientras se imponía el silencio entre el grupo.

– ¿Como que vas a Indonesia? –dijo finalmente Thalia Zabini, saliendo de su asombro.

– En mayo, con un explorador y arqueólogo mágico llamado Harrison Foster –explicó, con una ancha sonrisa.

– ¿Indonesia? –repetía Thalia, sonriendo también, aunque se notaba que no podía creérselo.

– ¡Sí! –exclamó Sebastian, feliz–. Es lo que siempre quise.

– Vaya... –dijo Scorpius y su mejor amigo se volvió a verlo–. Vaya, es genial, Sebastian. Oportunidades como éstas no se presentan todos los días.

– Además, te saltearás un mes de clase –apostilló Albus, sentado a horcajadas sobre un banco–. Mejor imposible.

– Espero que nos compres regalos –bromeó Rose con una gran sonrisa, sentada junto a su primo.

Scorpius no pudo evitar sonreír. Por alguna razón desconcertante, todo lo que decía la joven Weasley le parecía una sorprendente muestra de ingenio y carisma. Diablos, se estaba convirtiendo en un estúpido con todas las letras.

– No tendré tiempo para comprar cosas –respondió Sebastian, entusiasmado como nunca en su vida–. Estaré todo el tiempo en la naturaleza, enfrentándome a peligrosas amenazas, poniendo en riesgo mi vida todos los días...

Aquéllo era lo último que Meredith quería escuchar. Con lágrimas en los ojos, dio media vuelta y salió corriendo en dirección al castillo.

Si hubiera sido un poco más cautelosa, hubiera evitado que Scorpius Malfoy, siempre atento a todo lo que pudiera pasar a su alrededor, se diera cuenta de que ella había estado espiándolos. Thalia, sentada a su lado, siguió con la mirada al punto donde observaba su amigo, viendo también a la niña correr. Ambos atisbaron que se pasaba una mano por los ojos, como si se secara las lágrimas.

– Meredith Johansen –informó en un susurro Thalia, que la había reconocido–. Buscadora en el equipo de Quidditch. Está enamorada de Sebastian desde siempre.

– Creo que nos estuvo escuchando –comentó Scorpius, también en voz baja.

– Ah, debe tener el corazón destrozado –dijo Thalia y, mirándolo de reojo, lanzó: –. Hay que ser realmente fuerte para alejarse de las personas a las que se aman, ¿no crees?

– Claro –coincidió Scorpius, con el rostro y la voz huecas–. Pero, por suerte, ése no es el caso de ellos.

– Pero sí es el tuyo –dijo Thalia, sin pensar.

Cayó en la cuenta de lo que había dicho una milésima de segundo después de haberlo pronunciado y, alarmada, se giró para mirar a Scorpius. La impenetrable frialdad en el rostro de Scorpius, así como su semblante indiferente, le congelaron la sangre en las venas y fueron peor que un golpe en el estómago. Se preguntó brevemente cómo haría para ocultar sus emociones tan fácil y rápidamente.

Y era una suerte que Thalia no supiera qué pasaba por la cabeza de Scorpius Malfoy, porque dentro de sí se debatía una dura batalla que lo estaba matando.

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Scorpius y Sebastian encontraron la "Guía de viaje para un mago pragmático" en la biblioteca y se lo llevaron a la Sala Común sin que la anciana Madame Pince se diera cuenta. Se sentaron en un sofá color verde oscuro y Sebastian no tardó mucho en comenzar a leer. Scorpius había adoptado una pose que pocas veces utilizaba, con los hombros hundidos, los brazos cruzados y el rostro insondable. Estaba completamente retraído en sí mismo.

En un momento en el que Sebastian había levantado la cabeza por un breve instante, sus ojos tropezaron con la figura de su mejor amigo y no volvió a bajar la vista hacia el libro. En lugar de eso, se concentró en examinarlo, sin molestarse mucho en disimular. Recordó aquella lejana cena en la que Scorpius había adoptado la misma expresión, luego de haber rescatado a Rose del intento de violación. Y otra ocasión, aún más lejana, cuando Lucius Malfoy murió.

Antes de abrir la boca, tuvo tiempo para pensar que le gustaría tener allí a Maria para que lo ayudara. Aquellas conversaciones no se le daban bien a Sebastian.

– Oye... ¿te encuentras bien? –preguntó, dubitativo. Se dijo que no sabía consolar a la gente.

Scorpius volvió al mundo real con un sobresalto.

– S-sí, estoy bien. Pensaba en... el futuro

Técnicamente, no era mentira. Pensaba en cómo repercutirían las palabras de Thalia en su vida. Porque, sencillamente, hay veces en las que unas simples palabras calan mucho más que cualquier otra cosa.

Sebastian le regaló una mirada desconfiada. El libro estaba completamente olvidado.

– Oh, vamos, puedes decirme qué mierda te sucede –cruzó los brazos–. Te vi hablando hoy con Thalia. Te dijo algo, no sé qué, pero pusiste una expresión... –sacudió la cabeza, como si incluso él se sintiera perturbado.

– No me sucede nada –insistió tenazmente Scorpius–. Estoy de maravilla. Perfectamente. Sin problemas.

El joven Blishwick hizo un ruido extraño, medio de risa irónica medio de bufido sarcástico.

– Quizá logres engañar a Albus e incluso a Rose con esa expresión tuya de que lo tienes todo controlado. Creo que hasta te puedes convencer a ti mismo de que todo está bien –comenzó–. Pero, ¿sabes algo?, te conozco desde que tenemos once años. Tiempo de sobra para que te entienda completamente. Y a mí no me engañas, Scorpius. Sé que algo te pasa. Thalia sabe que algo te pasa. Incluso Maria nota, a través de simples cartas, que algo te ocurre.

– ¿Maria? –se sorprendió Scorpius. Los ojos marrones verdosos de su prima flotaron en su mente y la mirada que ella le dirigía imaginariamente era la misma con la que lo había mirado cuando, en la heladería de Fortean Fortescue, él le contó sobre Rose.

– Me ha escrito. Dice que te nota extraño y quiere que te interrogue –informó, restándole importancia al hecho con un vago ademán.

Aquéllo no pareció gustarle a Scorpius, que frunció el ceño.

– Y parece que le has hecho caso –contestó con un matiz de sarcasmo.

– Lo hubiera hecho aunque Maria no me lo pidiera. Está preocupada por ti. Y yo también –admitió–. Scorpius, somos tus amigos. Si tienes un problema querremos ayudarte. Y queremos que nos digas qué te sucede.

Pero Scorpius sacudió la cabeza.

– En serio, estoy bien. Ustedes alucinan –negó obstinadamente.

Pero aquél era un juego que se podía jugar de a dos.

– Tú siempre pensando que puedes solucionar tus problemas tú solo... –dijo Sebastian, con una sonrisa que encerraba una extraña mezcla de tristeza y diversión. Meditó algo un instante–. Estás así porque tu plan ha fallado, ¿no?

– Mi plan ha salido perfectamente –replicó el rubio fríamente–. Rose ha superado el intento de violación, ¿no? O, por lo menos, ya no se atormenta día y noche por ello.

– En ese sentido, sí ha salido bien –reconoció el muchacho de cabello negro–. Pero te has encariñado con ella.

El otro se encogió de hombros en un fingido gesto de indiferencia.

– Supongo que es lógico –dijo–. Es mi amiga ahora.

La sonrisa socarrona de Sebastian era digna de Thalia.

– Creo que el término "amistad" les queda corto a ustedes –Scorpius lo miró mal, pero Sebastian no le hizo caso–. Mira, no me lo digas si no quieres, pero sé lo que te pasa, o creo saberlo, y se lo diré a Maria –resolvió–. Y debes saber que te apoyaré decidas lo que decidas.

El rubio frunció el ceño.

– ¿Se supone que debo elegir algo? –preguntó, haciéndose el desentendido.

– No lo sé, ¿tú qué crees, Scorpius? –devolvió Sebastian.

– Creo que esta conversación es estúpida –dijo, con voz ligera.

El joven Blishwick sonrió de forma vaga y, dando la conversación por terminada, volvió a su libro.

Cuando, dos días más tarde, la lechuza de Maria, Atenea, le entregó una carta de su prima en mitad del desayuno, Scorpius no se sorprendió demasiado y la leyó sin ganas. Básicamente, decía que ya se imaginaba que su estúpido plan haría que el tiro le saliera por la culata. Al menos, le deseaba suerte.

Por algún extraño motivo, tuvo ganas de estar allí, en Francia, junto a Maria, lejos de todo. Lejos de las decisiones difíciles, lejos de Sebastian, de Thalia, de Albus. De Rose, su principal problema. A pesar de lo mucho que la quería, su mente práctica la había señalado a ella como responsable de toda su confusión.

Movido por un impulso frenético, se puso en pie y, sin hacer caso a sus amigos, salió del Gran Salón. Rose trató de seguirlo, pero Sebastian se lo impidió. Ella miró con preocupación el punto por el que Scorpius había cruzado las puertas.

El joven Malfoy caminaba a toda prisa hacia su Sala Común, estrujando la carta en las manos. Cuando estuvo sentado en un sofá, solitario, se puso a escribir una extensa carta, en la que plasmaba todas sus dudas, sus miedos, sus anhelos. Maria iba a saber entenderlo y, tal vez, aconsejarlo. No quería perder a su familia, pero tampoco a Rose. Y era consciente de que no podía tenerlos a ambos.

La imagen de su hermana le causó tanto dolor que tuvo que dejar de escribir. Pensó también en sus padres, en su abuela, en Maria, en sus tíos, pero, sobre todo, en Lyra. ¿Cómo podría vivir sin su querida hermanita? ¿Cómo podía pensar siquiera en abandonarla, sabiendo lo mucho que ella lo quería y necesitaba, que ambos hermanos estaban unidos desde el primer contacto?

Por un instante, su determinación flaqueó. Tiró a los Weasley por la borda y se le ocurrió que, si su vida había sido buena hasta ahora, ¿por qué cambiarla? ¿Por una chica a la que quería de una forma vehemente y extraña? ¿Por un sentimiento que ni él entendía? ¿Abandonar a su hermana, a su familia entera, por eso?

Pensó en Sirius Black. Él había huido de su familia por cuenta propia. Los odiaba, a ellos y a sus asquerosos y medievales ideales. No le habría costado mucho cortar por lo sano e irse a la casa de su mejor amigo. Pero Black tenía un hermano menor, ¿no le habría dolido separarse de él?

Quizá sí, quizá no. Nunca lograría saberlo.

Sólo sabía que él no era tan capaz de darle la espalda a su familia... No, él no les daría la espalda. Ellos lo rechazarían a él por querer ser amigo de los Weasley-Potter. ¿Es que acaso los hijos no son lo suficientemente importantes como para sobreponerse a las viejas enemistades? Aunque sabía que en su padre había más motivos para oponerse a aquella amistad. Estaba el pasado y la guerra, y no le extrañaba que asociara aquellos días oscuros con los Weasley y Harry Potter.

Pero él no era de esa generación. Su generación era amplia de mente, pocos pensaban ya en términos de "sangre sucia", "sangre limpia", "traidores a la sangre" o "mestizo". ¿Por qué debía sufrir él por las relaciones que su padre tenía con la familia de sus nuevos amigos, con los padres de Rose? No tenía sentido.

La carta estaba casi terminada y, antes de firmar, agregó un último párrafo:

"Me he dado cuenta que no vale la pena hacerse mala sangre porque papá odia a la familia Weasley. Sé lo que dirá cuando sepa que soy amigo de ellos, sé perfectamente que me rechazará como hijo. Sólo lo lamento porque los quiero y los extrañaré, especialmente a Lyra. Pero no renunciaré a mis amigos".

No iba a renunciar a Rose.

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James selló la carta con mimo y escribió el remitente con un cuidado pocas veces visto. Contempló la carta, satisfecho. Nunca era tan perfeccionista como cuando se trataban de aquellas cartas. Guardó cuidadosamente aquellos trozos de papel que parecía adorar en el bolsillo interior de su túnica y miró con desgano la pila de deberes que lo esperaban.

Estupendo, no iba a poder mandar la preciada carta ese día.

Frustrado, comenzó a hacer el primer ensayo, que era para Historia de la Magia. Estuvo a punto de quedarse dormido y eso le enfureció, porque así sólo se retrasaba más para entregar la carta a su lechuza. Así que se afanó con los deberes como pocas veces hacía.

¿Cómo era posible que le afectara tanto? Antes era un semi-casanova, despreocupado, que apenas se detenía a pensar en sentimientos más profundos que el placer de una noche con una chica con la que difícilmente hablaría después. Todo eso había cambiado y no había más que ver a James en esos momentos, haciendo los deberes a toda prisa para que la carta llegara lo más pronto posible a su destino.

Estaba tan concentrado en un complicado esquema en un libro de Transformaciones, que apenas se dio cuenta de que Fred se sentaba a su lado.

– Hola –saludó alegremente, repantigándose en el sofá–. ¿Y ese apuro? –se extrañó al ver la rapidez con la que resumía la información del libro.

– Tengo que entregar otra carta –contestó sin hacerle mucho caso.

Fred entendió, porque era el único que sabía del asunto y sólo porque lo había descubierto sin querer.

– Ah, debí imaginarlo –comentó, con una sonrisita.

Para molestarlo, le corrió el pergamino sobre el que ahora escribía y una irregular línea de tinta cruzó hacia arriba.

– Estoy apurado, por si no te has dado cuenta –le espetó James, irritado–. Quiero que la carta llegue lo antes posible y se tiene que mandar hoy.

Fred parecía divertido por la actuación de su primo.

– Si quieres, yo puedo enviarla por ti –se ofreció.

A James no pareció gustarle la idea de que su preciosa carta quedara en manos del descuidado Fred Weasley, que podría leerla sin sentir remordimientos más tarde.

– No, ni hablar –dijo tajantemente.

– Bueno, ¿tan importante es que ni siquiera confías en mí para dársela a tu lechuza? –inquirió, frunciendo el ceño.

– No es eso... –comenzó James, tratando de arreglar la situación, pero su primo ya se había levantado e ido.

Vale, puede que él fuera un poco sobreprotector con las cartas que le enviaba, pero Fred estaba muy susceptible.

Estaba a punto de volver a los esquemas de Transformaciones cuando vio entrar a Albus por el hueco del retrato. Se le ocurrió una idea y le hizo señas con una mano para que se acercara. Su hermano se puso a su altura y lo miró de forma interrogante.

– ¿Podrías darle esta carta a Eugene? –solicitó, extendiendo la carta tras una recelosa vacilación–. La lechuza sabrá a dónde llevarla.

Albus tomó la carta y la examinó con curiosidad. No estaba parcialmente sellada, como las que le enviaba a sus padres, sino completa y cuidadosamente lacrada. Levantó una ceja gratamente sorprendido al leer el remitente, escrito en una pulcra letra.

– Claro, no hay problema –contestó, sin hacer comentarios sobre el destinatario.

James lo observó marcharse. Sabía que Albus no leería la carta y sería discreto. Además, confiaba en su hermano lo suficiente como para hacerle partícipe de las cartas que enviaba. Después de todo, atrás habían quedado los continuos pinches y peleítas propias en los hermanos.

Albus recorrió el trayecto hacia la torre de las lechuzas con paso rápido pero calmado. Cuando llegó a su destino, saludó a su propia lechuza, que lo miró con ofendido reproche cuando llamó a Eugene. Le entregó la carta y la soltó en el cielo, sin indicarle una dirección porque, según James, sabía perfectamente a dónde dirigirse.

Acarició el cuello de su reacia lechuza, que le clavó sus indignados ojos ambarinos.

– Lo siento, Ara –le dijo cariñosamente–. Pero era una carta de James.

El animal pareció entender, porque ululó levemente y dejó que la acariciara un rato.

Salió de aquella torre luego de la última caricia para la lechuza y caminó con tranquilidad hacia el vestíbulo, porque planeaba llevarse algo de las cocinas. Lamentó no haber llevado un abrigo, porque el tiempo estaba refrescando. En el vestíbulo se encontró con Mia Hewitt, que bajaba las escaleras.

Se detuvo a esperarla. Normalmente, el único contacto que tenían era durante los desayunos y poco más, especialmente porque para él era muy incómodo estar cerca de Mia sabiendo que ella estaba enamorado de él. Era una lástima que no le correspondiera, porque ella era, probablemente, la persona más bondadosa que conocía.

– Hola –saludó Mia con su suave voz.

Albus esbozó una sonrisa y casi tuvo que inclinar la cabeza para verla bien, porque le llevaba fácilmente una cabeza de altura.

– Hola –contestó, buscando desesperadamente algo de lo que hablar para que la situación fuera menos incómoda–. ¿Hiciste el trabajo para Defensa?

Ella pareció desconcertada ante la pregunta tan abrupta, pero asintió.

– Acabo de terminarlo e iba a buscar a Rose –dijo–. ¿Y tú lo has hecho?

– No, pensaba hacerlo hace un rato, pero tuve que enviar una carta a una amiga –contestó con despreocupación.

A Mia se le cayó el alma a los pies.

– ¿Una... una amiga? –preguntó con voz temblorosa, odiándose por ser tan débil, por sentir aquellos celos irracionales.

Albus hizo todo lo posible para no fruncir el ceño, pero no lo consiguió.

– Sí, una amiga. Pero la carta era de James, que estaba ocupado –contestó, sin saber por qué le explicaba eso a Mia. No le debía explicaciones, pero no quería que ella sufriera pensando otra cosa.

Ella sintió alivio, pero entonces se dio cuenta de que sus ojos se habían llenado estúpidamente de lágrimas y volteó la cabeza para mirar a otro lado. Qué estúpida... Albus podía hacer lo que quisiese, mandar las cartas que quisiese, y ella no tenía que interrogarlo. Desde el principio había sabido que él no sentía lo mismo por ella, que no la apreciaba más que como a una amiga, pero aun así se sintió celosa e increíblemente dolida ante la perspectiva de que mantuviera contacto con una chica que no fuera ella.

Pero no tuvo tiempo para pensar mucho en todo eso, porque llegaron Sebastian y Thalia, entre desconcertados y divertidos.

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A Sebastian no se le ocurrió nada para decir o hacer cuando contempló aquella escena, sólo atinó a quedarse boquiabierto. Thalia, que iba detrás de él revisando unas cosas dentro de su mochila, paró en seco al divisarlos.

Tenían las palabras atascadas en la garganta y los ojos como platos. Se miraron inmediatamente y ambos leyeron la incredulidad del otro (y la suya propia) en los ojos ajenos.

Entonces, Thalia no pudo evitar reír y tuvo que taparse la boca, porque no querían ser descubiertos. Sebastian fue contagiado rápidamente por su risa y se carcajeó, tratando de no hacer ruido. Ninguno estaba muy seguro de por qué reían, tal vez era producto de la sorpresa, no lo sabían.

Sabiendo que eran intrusos, giraron y tomaron otro sendero para volver al castillo, tratando de no pisar los dientes de león. Cuando llegaron al interior, casualmente se encontraron con un serio Albus y Mia, que tenía los ojos un poco cristalinos. No les costó imaginar el motivo de sus semblantes decaídos, pero tuvieron la delicadeza de cerrar el pico.

Albus carraspeó.

– ¿Qué tal el entrenamiento? –preguntó, tratando de utilizar su voz más normal, como si no pasara nada.

– Oh, genial. El bateador está mejorando mucho últimamente –contestó el joven Blishwick, empeñado en que ésa fuera una conversación normal.

No engañaban a nadie, pero todos les siguieron el juego.

– Sí, me sorprende que tenga brazos tan fuerte, siendo tan enclenque –comentó con indiferencia Thalia, mirándose las uñas, aunque observaba de reojo a Mia, que tenía los ojos clavados en el suelo.

– Eso es bueno –asintió Albus, distraído.

Los Slytherin esbozaron una sonrisa afectada. Era obvio que el joven Potter estaba todavía con la cabeza en lo que quiera que acabara de pasar, porque, de lo contrario, jamás diría que era bueno que el equipo rival tuviera jugadores competentes.

– ¿Han visto a Rose? –preguntó de pronto Mia, que quería alejarse de allí lo más pronto posible. Levantó la vista con timidez para mirar a Sebastian, probablemente porque le parecía más tranquilo que la mordaz Thalia.

Blishwick y Zabini se miraron brevemente y compartieron una sonrisa.

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Era increíble lo fácil que le parecía todo ahora. Más sencillo, más tranquilo, más luminoso, más despejado. Curiosamente, asociaba todas aquellas cosas con el color naranja, aunque no tenía idea del por qué.

Sin embargo, seguía sintiéndose mal porque, muy probablemente, iba a perder al resto de su familia. Pero no iba a flaquear, no otra vez. Tomar una decisión le había costado y no pensaba volver a retractarse, aunque ambas partes merecían la pena.

No se sentía ni dichoso ni triste; sólo aliviado, lo suficiente como para sentir cierta paz. Pensó que, después de todo, no estaba perdiendo tanto. Su padre quizá terminaría perdonándolo y, al fin y al cabo, ¿las familias siempre se deben a cuestiones de sangre? ¿Acaso las familias verdaderas no se forjan, también, a través de los lazos afectivos? Él compartía todas aquellas características con su familia, pero, si ésta le daba la espalda, ¿por qué no construirse su propia familia? Tenía buenos amigos y, además, dudaba que Maria dejara de verlo.

– ¿Estás bien, Scorpius? –la voz de Rose lo sorprendió y lo devolvió a la realidad suavemente.

Estaba recostado bajo un cerezo junto al lago, disfrutando de la calidez del sol. Había estado con los ojos cerrados mientras meditaba, pero los abrió cuando ella lo llamó.

Y la vio allí, tan preciosa como siempre le había parecido, mirándolo con preocupada atención.

Se incorporó hasta quedar sentado y, como si volvieran a aquellos días en los que él la tranquilizaba, le sonrió. Rose pareció aliviarse y se sentó junto a él. Ambos miraron el lago iluminado por el sol. Era una imagen apacible y Scorpius se sintió tan a gusto que, por un momento, pensó que hasta el sol parecía haberle sonreído, como si le estuviera diciendo que había hecho la elección correcta.

Pensar que junto a él estaba la muchacha por la que estaba dispuesto a abandonarlo todo provocó que se diera cuenta. Que aceptara, por fin, todo aquello que se había negado a ver, ya sea por miedo, por comodidad o por respeto a su padre. Aunque siempre lo supo (tal vez lo supo desde siempre, desde el primer abrazo), reconocer la verdad fue impactante.

Rose lo miró durante unos instantes, preguntándose qué habría sucedido para que Scorpius tuviera aquel semblante de tranquila meditación, en lugar de aquella expresión turbada y arrolladora que había presentado en el Gran Salón.

– ¿Qué te sucedió hoy mientras comíamos, Scorpius? –preguntó en voz baja, como si temiera que su calma fuera frágil y no quisiera romperla.

Él la miró. Esbozaba una pequeña pero verdadera sonrisa.

– Problemas familiares –respondió él, sin entrar en detalles–. No te preocupes, no era nada grave.

Ella tenía el ceño ligeramente fruncido.

– ¿Quieres hablar de ello? –inquirió.

– No, no vale la pena –aseguró Scorpius con una calma interior desconcertante–. Ya está resuelto.

– Bueno, mejor así –repuso Rose. Hubo unos momentos de silencio, hasta que ella dijo suavemente–. ¿Crees que nuestros padres se opongan mucho a nuestra... amistad?

Oh, Merlín, aquella última palabra les había sonado tan inadecuada e insuficiente. Hacía poco que Rose se había rendido a aquel sentimiento impetuoso y avasallador, y sabía perfectamente lo que quería en esos momentos.

– No lo sé, quizá –respondió él, mirando de pronto al frente y con voz fría. No le había gustado nada que ella lo catalogara como su amigo.

– Pues yo pienso que sí –dijo Rose, hablando a toda prisa. Necesitaba llenar aquel silencio aplastante y gélido–. Es decir, ¿cómo no iban a hacerlo? Se odian, se han insultado... Sería ilógico que estuvieran contentos, ¿no te parece? –rió nerviosamente, mientras Scorpius la miraba sorprendido. Ambos sabían que ella estaba actuando de manera irreflexiva–. Sin embargo, no dejaremos que eso nos afecte, ¿no? No tendría sentido, sería imposible que...

La voz de Rose desfalleció en la última parte, dejando a Scorpius en un estado de ansiedad al que no estaba habituado.

– ¿Qué sería imposible, Rose? –preguntó con voz sedosa.

La joven Weasley tragó en seco.

– Creo que sería imposible para mí no estar cerca de ti –completó con voz ahogada.

Una declaración. De pronto, Scorpius sintió que todo iba muy rápido, incluso el vaivén de las perezosas olas en el lago; apenas unas horas atrás se había decidido y hacía unos minutos que se había abierto a sus sentimientos.

– Yo tampoco podría –dijo él, sin embargo.

Rose, repentinamente, se giró a mirarlo. Sus ojos celestes brillaban como dos estrellas incandescentes.

No estaban muy seguros de cómo pasó, quién se acercó primero, quién tocó primero al otro. Fue un movimiento rápido y espontáneo, nacido de dos deseos ardientes como un furioso incendio incontrolable. Simplemente, antes de que quisieran darse cuenta, se estaban besando.

Se besaron como si, de pronto, no existiera nada aparte de ellos y la agitada fricción de sus bocas ansiosas. El intento de violación, las resistencias, el proceso de superación, las viejas rivalidades familiares, las diferentes personalidades, la indecisión, el miedo a un sentimiento tan grande y tan devorador desaparecieron. Todo. Y sólo quedaron ellos, besándose, rindiéndose en los brazos del otro por completo, entregándose mutuamente, sintiendo aquella cosa abrasadora y loca que la gente llama amor.

Se separaron sólo para tomar aire y, mientras jadeaban, se dieron cuenta en la posición que habían quedado: ambos sentados entre los dientes de león, ella rodeándole la cadera a Scorpius con sus piernas y las manos alrededor del cuello, mientras el joven Malfoy la ceñía por la espalda.

No intercambiaron palabras, porque bastó una mirada repleta de significado. Volvieron a unir sus labios en otro tórrido beso.

Y, mientras se besaban, dos lechuzas cruzaron el cielo en dirección al extranjero.


Bueno, espero que el capítulo haya compensado la espera.

Bueno... ¡finalmente se han besado! ¿Qué les pareció la escena? ¿Qué creen que sucederá? Por otro lado, ¿el cap les gustó? Ojalá que sí, porque me he dejado los dedos en este capítulo. Han pasado cosas imprescindibles, y no me refiero sólo a lo obvio, sino también al viaje de Sebastian.

Me gustaría comentar más, pero, en realidad, sólo quiero decirles una cosa. Lamentablemente estoy pasando por una mala época. Hubo una pelea familiar (básicamente, yo versus la familia entera) y estoy decaída. Sacar el capítulo adelante, sobre todo la escena final, me ha costado lo inimaginable. Como si fuera poco, en Argentina está empezando el frío y yo odio el frío. Comprenderán que no estoy de ánimos para escribir, por lo que no creo posible tener el próximo capítulo listo para el viernes. Además, me voy a otra ciudad por Semana Santa...

En fin, si les cuento esto es porque soy consciente de que el cap puede haber quedado mal y quiero que sepan que es porque estoy peleada con mi familia entera. Merecen una explicación, después de todo, por ser tan buenos lectores llenos de paciencia y cariño.

Nombraría a todos los que comentaron el cap anterior, pero, sencillamente, no tengo ganas. No es flojera, es que estoy desanimada. Pero sepan que les agradezco a todos por leer, comentar o agregar a favoritos y alertas.

No hay nada más para decir, sólo que espero poder actualizar pronto.

Un beso, Keiian.