AVISO: la semana que viene no publicaré; me voy de vacaciones. Si todo sigue su curso, publico de nuevo el domingo 4 de septiembre.


Capítulo 9: La plebeya y el rey

No podía creer que Inuyasha le hubiera hecho algo semejante. No estaba enfadada, estaba furiosa. Lo que él hizo no tenía nombre por muy romántico y terriblemente dulce que hubiera resultado para su tierno corazón. Ella era una plebeya, su prometida oficial y el padre estaban presentes, todos los reyes estaban presentes, los soldados... ¿Acaso había perdido la cabeza?

Inuyasha no pensaba con claridad. La guerra debía de estar atrofiándole el cerebro como mínimo para que hubiera hecho semejante cosa. ¿No se daba cuenta de las consecuencias que podía ocasionar su decisión? Una guerra mínimo. Iban a acabar esa guerra para tener otra contra el reino de Elay. O, peor aún, podrían aprovechar su ausencia en Gales para atacar y vengarse por la ofensa pública. Esa princesa parecía muy rencorosa y estaba claro que el padre la consentía. Si su deseo era destruirlos, lo conseguiría.

No había contestado todavía a la proposición de matrimonio de Inuyasha; estaba demasiado enfadada como para hacerlo. De todas formas, tampoco tuvo ocasión de hablar. En el momento en que Inuyasha hizo la pregunta, todo el patio se quedó en silencio por el asombro. Los soldados de las primeras filas cuchichearon la propuesta para extenderla por toda la ciudadela. Juraría que hasta las aves dejaron de volar para mirarlos fijamente. Lamentablemente, esa quietud tan incómoda que la presionaba para que diera una respuesta terminó de prisa. Y lo lamentaba porque lo que vino después no fue nada agradable.

El reino de Elay puso el grito en el cielo. La princesa Kikio fue la primera en empezar a gritar toda clase de improperios contra ella y contra Inuyasha. El rey de Elay, padre de la princesa, no dejaba de gritar lo mucho que había sido deshonrado por el que iba a ser el marido de su adorable hija. Los soldados de Elay no paraban de comentar, pero, curiosamente, ninguno alzó la voz en su contra. Con el tiempo, habían llegado a apreciarla muchos de ellos y sabía que, aunque la decisión de Inuyasha les molestara, no la tomarían con ella. Tenían más honor que su princesa.

Se inició una discusión que terminó cuando Inuyasha tocó su cuerno. Cuando todos callaron, gritó pidiendo silencio y dejó muy claro que su decisión era irrevocable. Después, la tomó del brazo y ordenó que lo siguieran al comedor para tomar la cena. Él se comportaba con total tranquilidad, algo que le molestaba tanto a ella como al resto de los visitantes. ¿Cómo podía estar tan relajado?

Durante la cena, deseó que la tierra se la tragase. Inuyasha, como era costumbre, la sentó a su lado y sentó a Elay en la esquina más lejana de la mesa, remarcando claramente la separación. Tomaron una cena austera debido a que Inuyasha odiaba darse lujos que sus soldados no podían tener. Era muy gentil y honorable por su parte renunciar a sus banquetes reales para igualarse con sus súbditos. Aunque los otros reyes no parecían compartir su filosofía, callaron. Todos excepto la princesa de Elay, quien no cerró la boca y no dejó de quejarse de absolutamente todo.

Aunque lo peor de todo no fue eso. Podría haber sobrevivido si lo más remarcable de la cena fuera una princesita quejándose de la falta de lujo en los alimentos. No, lo que más le molestaba era la actitud de Inuyasha. Nunca había estado tan meloso en público; parecía todo planeado. No paraba de ofrecerle beber de su propia copa, pinchaba pedazos de carne y se los ofrecía, le pasaba un brazo sobre los hombros cariñosamente y besaba su cuello, jugueteaba con sus rizos cuando ella estaba intentando distraerse de todo aquello y, lo peor de todo, no le quitaba el ojo de encima. Nadie podía dejar de notar que el rey no dejaba de admirarla. Quería abofetearlo por estar haciéndole aquello.

Se retiró en cuanto tuvo ocasión. Alegó tener dolor de cabeza y salió huyendo del comedor bajo la atenta mirada de cada rey y cada soldado. Solo volvió la vista durante un instante al salir por la puerta y, aún en la distancia, pudo ver con total nitidez la venenosa mirada de la ex prometida. Esa mujer iba a causarle muchos problemas, lo presentía.

En el dormitorio, se desnudó y se soltó el cabello. Su primer instinto fue el de coger su antiguo salto de cama negro, pero terminó tomando uno de los muchos que Inuyasha le había regalado. Era blanco e inocente, no como el hombre que se lo regaló. No sabía si le quedaba grande porque las mangas resbalaban por sus hombros y caían grácilmente hasta ajustarse en la parte superior de su brazo. De esa forma, sus hombros quedaban descubiertos de una forma muy sugerente. Unos lazos ataban el camisón por delante, justo en la unión entre sus pechos, y quedaba expuesta la circunferencia de sus senos y un buen pedazo de piel hasta casi su ombligo. Aquel camisón era terriblemente indecente.

Cogió el cepillo y tomó asiento frente a su tocador para peinarse la melena. En verdad le dolía la cabeza. Podía imaginar a Kikio maquinando para deshacerse de ella y la bilis se le subía por la garganta. Se había sentido tentada a buscar una visión, pero resistió la tentación. Estaba demasiado atada a esa mujer psicológicamente, y eso solo podría resultar en falsas visiones y malas interpretaciones. Pasaría lo que tenía que pasar sin su intervención divina.

Aún le estaba dando vueltas al asunto de las visiones cuando la puerta se abrió y entró Inuyasha. A través del espejo, pudo verlo actuar exactamente igual que todas las noches; eso solo contribuyó a aumentar su enfado. Aquella no era una noche como las demás. No podía haberla puesto contra la espada y la pared frente a todos los reyes y sus ejércitos y pretender que todo estaba normal. No le parecía nada justo que estuviera tomando esa actitud tan terriblemente fastidiosa cuando ella estaba con los nervios a flor de piel.

Apretó los dientes cuando lo vio quitarse las botas y frunció el ceño cuando él se levantó para quitarse el chaleco y la camisa. En el momento en que se desabrochó los pantalones, empezó a peinarse con más vigor.

— ¡Eh, cuidado!

Las palabras de Inuyasha le hicieron olvidarse por un momento de su enfado para percatarse de que se había peinado con tanta energía que se había arrancado algo de pelo. Dejó el peine sobre el tocador enfadada y casi saltó del sitio cuando las manos de Inuyasha la rodearon y se metieron por la abertura del camisón para acariciar su piel. Se quedó de piedra en ese momento sin saber qué hacer. ¿Con qué derecho se atrevía a reclamarla? Al sentir sus manos rozando la parte inferior de sus pechos, reaccionó. Se puso en pie de un salto y tomó la bata de terciopelo azul marino para cubrirse.

— ¿Qué te sucede? — tuvo la osadía de preguntarle — Estás un poco rara…

¿Rara? ¡Rara! Si seguía haciendo como que nada había pasado, iba a coger la silla del tocador y a rompérsela en la cabeza.

— Me voy a la cama.

Se dirigió hacia la cama y apartó las mantas con cuidado. Todavía le escocía allí donde la princesa había hecho fuerza para arrancarle la gargantilla.

— No me has contestado todavía.

Iba a quitarse la bata de nuevo cuando lo escuchó a su espalda. ¿Estaba hablando de lo que ella creía que estaba hablando?

— Esta tarde te hice una pregunta y aún espero tu respuesta.

Sí. Solo había una pregunta que ella no hubiera contestado a su rey.

— Lo que has hecho, ha sido de muy mal gusto…

Fue girada bruscamente sin previo aviso. Se encontró con un Inuyasha que no parecía tan sereno como segundos antes. Ya no veía su rostro apacible y su absoluta normalidad ante los sucesos. De repente, él lucía una mirada colérica, unos labios apretados, un ceño fruncido y unas manos temblorosas que intentaban no hacerle daño en su agarre. Había mantenido la calma y la serenidad frente a los otros para no perder la imagen de impenetrable fuerza, pero, en realidad, estaba muy estresado. ¿Cómo no se dio cuenta antes?

— ¿De mal gusto? — repitió — ¿Sabes lo que me estoy jugando Kagome? ¡Me juego mi reino por ti!

Ese era precisamente el problema.

— Yo no he pedido que lo hagas.

— ¡Esa respuesta no me sirve! — apretó el agarre — Lo mínimo que merezco es una respuesta…

— No. — sacudió la cabeza para aseverarlo.

— ¿No? — repitió sorprendido.

— ¡No!

El rey perdió el control por completo. La hizo retroceder hasta que sus rodillas se encontraron con el borde de la cama y se flexionaron para hacerle caer de espaldas. Entonces, tomó sus muñecas y las sujetó sobre su cabeza. Después, se puso a horcajadas sobre ella, impidiéndole cualquier ruta de escape por completo. Podía jurar no haberlo visto nunca tan enfadado. Inuyasha Taisho acababa de perder el control.

— ¡No puedes rechazarme! — apretó el agarre de sus muñecas — Todos esperan que aceptes, ya no hay vuelta atrás. Acabo de echar por la borda mi compromiso con Kikio…

— No debiste hacerlo. — repitió — Kikio es una princesa y se firmó un contrato matrimonial entre los dos. Tú eres el rey de Gales y tu deber es para con tu reino.

— Eso ya lo sé… — cerró los ojos como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por controlarse — Pero no puedo casarme con ella…

— ¿Por qué?

Inuyasha le soltó las muñecas y se sentó a un lado con el semblante de preocupación más profundo que le había visto nunca.

— ¿No lo entiendes? — parecía decepcionado — Te regalé las joyas de la familia…

— Inuyasha…

— ¡Yo te amo, maldita sea!

Sospechaba desde hacía algún tiempo que no era ella la única que albergaba sentimientos de amor en esa relación. Había decidido fríamente ignorarlos de todas las formas posibles. No obstante, se encontraba allí tumbada escuchando las palabras de amor que siempre había ansiado escuchar de labios de su rey. No debería estar sintiéndose de esa forma cuando sabía que ese amor los destruiría. Y no podía evitarlo. El corazón le dolía de tanto resistirse a confesar su amor por él y una oleada de agradable calor y ternura recorría todo su cuerpo. Quería corresponderle.

Todo aquello era una locura. Por más que la conmoviera, por más que le gritara su amor y por más que él buscara la forma de hacerlo posible, ella no debía casarse con el rey. Sería su amante durante el resto de sus días si era lo que deseaba, pero no era a ella a quien le correspondía sentarse en el trono. La sangre real de Kikio estaba corrompida, pero era sangre real. La suya era la de una plebeya. Nunca la aceptarían. El rechazo era más de lo que podía soportar.

— Eres rey. Un rey no sigue los dictados de su corazón, cumple con su deber.

— Olvidemos que soy rey por un momento… — sugirió — Si yo fuera cualquier otra persona y te pidiera matrimonio, ¿te casarías conmigo?

— Sí.

Para ella no había la menor duda en ese aspecto. Se casaría con Inuyasha y le daría hijos si él fuera otro hombre.

— No es justo…

No lo era en absoluto. Se sentó sobre el colchón y dudó en abrazarlo, pero terminó cediendo ante sus instintos. Se apoyó en su espalda, le pasó los brazos alrededor del cuello y lo abrazó cariñosamente.

— Claro que no es justo mi rey… — le dio un beso en el cuello — Los reyes deben procurar justicia, pero su vida nunca es justa.

— Kikio no sería una buena reina. Aunque no te cases conmigo, este compromiso está roto definitivamente. — aseguró — Nunca me casaré con esa mujer.

— Inuyasha…

— Ella no amará mi reino. Hoy mejor que nunca he visto lo pueril y egoísta que es. No puedo aceptarla…

Bien, comprendería que se mostrara selectivo en pos del bienestar de su reino.

— Cuando la guerra termine, buscaremos…

— No me casaré nunca, Kagome. — prometió — Tú eres mi única opción.

La dejó helada. Inuyasha debía casarse más que ningún otro hombre, era un rey. El primer deber de un rey era procurar una estirpe bien educada en los valores de la justicia y la compasión que continuara con su legado. No podía decidir abolir esa parte porque ella lo rechazara. No podía… ¡La estaba atrapando otra vez! Inuyasha no se detendría hasta que ella aceptara tomarlo por esposo aunque eso conllevara terminar su linaje con su muerte.

— Soy plebeya, Inuyasha. — le recordó — No soy apta para ser reina.

— ¡Sí que lo eres! — se volvió bruscamente con la llama de la esperanza ardiendo en su mirada — No conozco a ninguna mujer mejor más educada que tú y más digna y honorable. Sé que serías una reina compasiva y caritativa que su pueblo amaría.

Pero no era tan sencillo.

— Los otros reinos…

— ¡Qué se fastidien! — apretó los puños — Estoy harto de tener que pedir permiso para todo. ¡Soy el rey!

Su dulce y apuesto rey. Siempre tan fuerte, tan gallardo y tan honorable que podría perdonarle cualquier cosa.

— Elay…

— No me importa Elay. Si tienen algún problema, los esperaré con mis tropas en las fronteras del reino y arreglaremos esta disputa. — tomó sus manos entre las grandes y cálidas de él — No dudes ni por un momento que mis hombres darían su vida por ti.

— No deseo más derramamientos de sangre… — se explicó — Ya ha muerto suficiente gente a cuenta de esta guerra. Ya es suficiente…

— Entonces, si mi reina no desea que haya guerra, juro que encontraré la forma de apaciguar a Elay.

¿Cómo podía seguir negándose? Era el mayor error que podían estar cometiendo por todas las razones que ya había recitado previamente y sabía que terminaría arrepintiéndose de su decisión si aceptaba, pero ella también estaba harta de hacer siempre lo correcto para satisfacer a aquellos que la rodeaban. Toda su vida había sido educada para tener contentos a todos excepto a sí misma. Desde que estaba junto a Inuyasha era verdaderamente feliz por primera vez, y eso era algo que nadie podría arrebatarle jamás.

¿Por qué conformarse con el recuerdo? Inuyasha le prometía años de feliz matrimonio, formar una familia y reinar con amor y sabiduría. Él juraba y perjuraba que la amarían, ¿por qué no creerlo? Lo único que realmente la preocupaba era la perspectiva de otra guerra. Sin embargo, su rey había jurado que evitaría la guerra por ella.

— Vuelve a preguntármelo. — le pidió.

Inuyasha corrió a buscar de nuevo el anillo de compromiso de su familia y se arrodilló ante la cama, ofreciéndoselo.

— ¿Quieres casarte conmigo, Kagome?

— Sí.

El anillo se ajustaba a la perfección a su dedo anular. Derramó algunas lágrimas al imaginarse casada con el hombre que había amado durante tantos años. Aquel era el momento más feliz y más perfecto de toda su vida. Emocionada e impaciente por empezar su nueva vida junto a él, se lanzó a sus brazos y lo besó.

Las muñecas le dolían y notaba los brazos entumecidos. Trataba de moverlos para poder frotarse las muñecas, pero no podía moverse apenas. Todos estaba muy oscuro a su alrededor, sin una sola vela o antorcha que le diera algo de luz. ¿Dónde estaba? No recordaba dónde se encontraba antes de llegar a ese sitio frío y oscuro y ni siquiera sabía por qué estaba allí.

Como estaba tumbada en posición fetal en el suelo, decidió intentar incorporarse, a ver qué sucedía. Reptó moviendo los hombros y las caderas y utilizó la pared de piedra para incorporarse lentamente hasta lograr sentarse erguida. Entonces, se percató de que tenía los brazos entumecidos porque la habían atado. ¡Claro que le escocían las muñecas! Debía tenerlas en carne viva como mínimo y sus tobillos parecían haber corrido la misma suerte. ¿Quién había sido el animal que la ató de esa forma?

Una puerta se abrió a su derecha y entró un ligero haz de luz que le mostró parte de la celda. Aún estaba en la ciudadela, esas eran las mazmorras. ¿Qué hacía ella en las mazmorras atada?

¡Inuyasha! gritó.

Un hombre fornido cubrió por completo el espacio de la puerta. Ese no era su Inuyasha. Se encogió cuando lo vio acercarse y agachó la cabeza como si creyera que de esa forma él no la vería. El hombre agarró su melena y tiró de ella, retorciéndole el cabello en las manos, para levantarla del suelo hasta ponerla en pie.

Grita cuanto quieras, ya nadie podrá salvarte.

No conocía esa voz, no le sonaba de nada. El hombre se inclinó y la levantó sobre su hombro como si fuera un saco. ¿A dónde la llevaba? ¿Quién era él?

Se despertó y se sentó en la cama sin dejar de gritar. Notaba la cara húmeda por sus propias lágrimas y la oscuridad de la habitación no contribuía a que se sintiera mejor. ¿Por qué estaba todo tan oscuro como en su sueño? ¿Era un sueño o la realidad? Se sentía muy confusa y perdida de repente. Todo estaba frío, tan frío… ¿Dónde estaba? ¿Quién era ella?

— Kagome, ¿qué sucede?

Sintió las manos de Inuyasha frotando sus brazos y reclinándola contra su pecho para abrazarla. Ya recordaba. Ella era Kagome, la profetisa. Estaba con Inuyasha, el rey de Gales, en la cama descansando por esa noche. Inuyasha y ella iban a casarse, darían la noticia por la mañana y ella era la mujer más feliz de la tierra. Entonces, ¿por qué tuvo esa pesadilla? O no era una pesadilla. Siempre sabía que se encontraba ante una visión, pero, en esa ocasión, creyó que estaba en la realidad. Tal vez fuera porque ella era el epicentro. Nunca había sido la protagonista de sus visiones; era algo totalmente nuevo que no deseaba volver a sentir.

— ¿Has tenido una visión?

Asintió con la cabeza sin estar muy segura de que él pudiera percibir su gesto en la penumbra.

— Puedes contármelo… — besó su hombro desnudo — cuando estés lista…

Ya estaba lista. Si no lo decía pronto, no sería capaz de decirlo más tarde.

— Alguien quería hacerme daño… — musitó en un sollozo — estaba atada y encerrada en las mazmorras… yo no…

No pudo continuar. Inuyasha la tomó entre sus brazos y la meció mientras le repetía una y otra vez que eso no sucedería, que él no lo permitiría. Juró que doblaría la guardia que la vigilaba y que nadie podría hacerle daño. Eso en parte la calmó, pero no logró hacerle olvidar. Conocía sus visiones mejor que nadie. Si algo tenía claro, era que siempre se cumplían.

Inuyasha anunció a la mañana siguiente su inminente unión matrimonial. Aunque los reyes estuvieran disgustados con ello, los soldados parecían muy contentos con la noticia. Había recibido tantas felicitaciones y abrazos sinceros por su parte que perdió la cuenta cuando iba por el número setenta y tres. Proporcionalmente, si hacían la cuenta, era aceptada por la gran mayoría. Solo algunos soldados de Elay se mostraban algo reticentes. Incluso el general de Elay se acercó para felicitarla aunque no creyera que Inuyasha fuera lo bastante bueno para ella. Si supiera hasta qué punto se equivocaba…

Para su desgracia, los reyes decidieron quedarse unos días para estudiar las zonas reconquistadas y planear los avances. Al principio, estaban muy tensos con ella en las reuniones, pero, después de conocer sus visiones y ver cómo algunas pequeñas incursiones predichas por ella se realizaban exitosamente, muchos empezaron a dirigirse a ella como si ya fuera la reina. El rey de Elay era el más disgustado, por supuesto; aun así, no podía ocultar su asombro.

La princesa Kikio era un caso aparte. Podría haberse marchado, su padre le dio la oportunidad de huir de la humillación, pero decidió quedarse un poco más. Ella y sus damas de la corte la habían apodado "la ramera del rey". Fuera a donde fuera, las oía susurrar esas crueles palabras y solo podía mantener los hombros erguidos y la cabeza bien alta para pasar frente a ellas. No les demostraría lo mucho que la estaban hiriendo aunque le costara la vida evitarlo. Una también tenía su orgullo. Realmente, lo que más le fastidiaba de la estancia de Kikio allí era que intentaba "reconquistar" a su ex prometido. Decía reconquistar entre comillas porque él nunca fue suyo, nunca lo tuvo. ¿Cómo podía ser tan descarada? No tenía derecho a reclamar a un hombre al que había engañado. ¡No tenía vergüenza! ¿Tendría alguna facultad esa princesita caprichosa? Inuyasha también se estaba hartando de ser educado con ella y temía que algún día terminara haciendo o diciendo algo que pudiera provocar una auténtica guerra entre los dos reinos. El rey de Elay estaba tranquilo y querían mantenerlo así.

Los extraños síntomas que había estado experimentando en los últimos días se convirtieron en su nueva y mayor preocupación. Tenía náuseas, mareos, cansancio excesivo y dolores musculares. Había empezado a sospechar que estaba embarazada; por eso, hizo llamar a uno de los médicos del ejército bajo la más estricta confidencialidad. Tuvo que pedirle a sus guardias, casi suplicarles, que le guardaran el secreto hasta que el médico diera su diagnóstico. Juró y perjuró que ella misma acudiría junto al rey para explicarle en persona lo sucedido.

Sango, Yuka y Eri la acompañaron durante la inspección. Eso no hizo más que provocar problemas. En el valle, no nacían niños, no había embarazaos y ninguna de ellas conocía el método para saber si una mujer estaba embarazada. Cuando le mandó alzarse las faldas, Sango estuvo a punto de castrarlo. Se lanzó sobre él en un perfecto salto y lo amenazó con el puñal peligrosamente cerca de la entrepierna. Tuvo que pedir que la sujetaran mientras la examinaba.

— No hay duda, mi señora. — volvió a colocarle las faldas — Está en cinta.

Durante los primeros minutos, le costó asimilar la confirmación de sus sospechas. En cuanto fue consciente verdaderamente de lo que eso significaba, se puso a brincar y a entonar encantada por la noticia. Sus amigas la acompañaran hasta que se percató de que el niño estaba dentro de ella. Se detuvo y se llevó las manos al vientre preocupada de haberle hecho daño.

— No se preocupe, mi señora. — le sonrió el médico — Hace falta mucho más que eso para un aborto. Están muy bien protegidos. Eso sí, le recomiendo que no monte a caballo.

Asintió con la cabeza y le pidió que fuera su médico. El hombre se sonrojó y se arrodilló ante ella agradecido por concederle el honor de revisar su embarazo y traer al mundo al heredero del trono de Gales. En cuanto se marchó, salió corriendo del dormitorio para buscar a Inuyasha. Escuchó a su espalda las voces de los guardianes que le pedían que no corriera de esa forma sola, pero no se detuvo. Necesitaba ver a Inuyasha y darle la noticia antes de que se corriera la voz.

Su rey estaba en el comedor conversando con algunos generales sobre la incursión que iban a realizar esa noche. Dejó de correr al verlo tan ocupado, pero él ya la había visto y era más que evidente que algo importante sucedía. Se disculpó con los generales y se acercó a ella.

— ¿Sucede algo?

— ¡Ven!

Tomó su mano y tiró de él hacia el corredor. Sus guardianes ya la habían alcanzado y estaban ahí. Frunció el ceño y tiró de Inuyasha para alejarse un poco más. Lo primero que hizo fue colocar la mano del hombre sobre su vientre cubierto por el vestido verde esmeralda a juego con su gargantilla que había escogido.

— Vamos a tener un hijo.

Al igual que ella, Inuyasha necesitó unos segundos para asimilar las buenas nuevas. Después, empezó a reírse como un loco, la cogió en brazos y dio vueltas con ella por todo el corredor.

— No podrías haberme dado mejor noticia.

La volvió a dejar en el suelo y la besó.

— Debemos casarnos cuantos antes. — añadió entonces — No quiero que nadie dude sobre mis razones para casarme contigo.

Sonrió enternecida por su comentario y lo recompensó con otro beso. Jamás había sido tan feliz como en las últimas semanas desde que se comprometieron. A pesar de todos los problemas que tuvieran que enfrentar, ella no dejaba de ser feliz, no podía dejarlo mientras tuviera a su rey junto a ella, recordándole que la amaba. Ni siquiera Kikio podría amargarle ese día tan maravilloso.

— Espero que sea varón… — musitó — Necesitarás un heredero.

— Me da igual su sexo. — le dio un beso en la frente — Solo quiero que crezca sano y feliz. — aseguró — Además, tendremos muchos hijos. — se jactó — Ya saldrá algún varón.

Ella también quería tener muchos hijos. Un hogar lleno de niños era un hogar feliz. No pudo evitar recordar a sus padres en ese momento. Por fin comprendió lo infelices que fueron ellos cuando ella partió para no volver nunca. En ese momento que iba a ser madre, comprendió el vínculo entre padres e hijos. No se imaginaba permitiendo que se llevaran a su hijo aunque fuera para salvar el mundo.

— No pareces feliz… — comentó Inuyasha.

— Es que… estaba pensando… — le costaba hablar de ello — Yo me fui de casa siendo muy niña para ir al templo de Jade. Solo me preguntaba qué fue de mis padres… no me imagino permitiendo que este bebé se aleje de mí…

Se llevó la mano al vientre como si quisiera protegerlo e Inuyasha puso su mano sobre la suya, brindándole también su protección.

— No permitiré que nadie nos lo quite nunca. — le prometió.

Rezaba porque tuviera razón. Por el momento, se prometió evitar tener visiones sobre el hijo que estaba gestando. Sabía que no podía evitar los sueños, pero, mientras no le diera nombre y no buscara verlo en el tiempo, podría evitar sus visiones. Temía ver algo terrible sobre su bebé.

— Prométeme una cosa. — se abrazó a él — No le daremos nombre hasta que nazca.

— Te lo prometo.

Se despidieron con otro beso. No se movió de allí hasta que lo vio integrarse de nuevo en la conversación con sus generales. Aunque intentaba disimular delante de los generales, se notaba que estaba pletórico por la noticia en sus gestos nerviosos. Sonrió al verlo así y regresó a su dormitorio. Al entrar, descubrió que Sango, Yuka y Eri ya se habían marchado. Se sintió disgustada consigo misma por haber salido corriendo sin despedirse de ellas. Más tarde, las buscaría para disculparse. En ese instante, le apetecía echarse una siesta.

Cerró la puerta a su espalda para tener algo de intimidad y caminó hacia su cama mientras se iba desabrochando el vestido cuando algo la golpeó en la cabeza y todo se tornó oscuro a su alrededor. Navegó en un mar de oscuridad durante algunos segundos hasta que una punzada de dolor en la cabeza la despertó. Se removió inquieta, gimió de dolor y tembló.

Las muñecas le dolían y notaba los brazos entumecidos. Trataba de moverlos para poder frotarse las muñecas, pero no podía moverse apenas. Todos estaba muy oscuro a su alrededor, sin una sola vela o antorcha que le diera algo de luz. ¿Dónde estaba? No recordaba dónde se encontraba antes de llegar a ese sitio frío y oscuro y ni siquiera sabía por qué estaba allí.

Como estaba tumbada en posición fetal en el suelo, decidió intentar incorporarse, a ver qué sucedía. Reptó moviendo los hombros y las caderas y utilizó la pared de piedra para incorporarse lentamente hasta lograr sentarse erguida. Entonces, se percató de que tenía los brazos entumecidos porque la habían atado. ¡Claro que le escocían las muñecas! Debía tenerlas en carne viva como mínimo y sus tobillos parecían haber corrido la misma suerte. ¿Quién había sido el animal que la ató de esa forma?

De repente, se percató de que todo aquello le estaba resultando extrañamente familiar. ¿No había vivido eso antes? ¡Su visión! Tuvo esa visión la noche que se prometieron Inuyasha y ella, y quedó tan aterrada que pasó el resto de la noche despierta, entre los brazos de Inuyasha. Él dobló por ese motivo la guardia y le juró que no permitiría que la visión se cumpliera. Se equivocó, algo que ella ya sabía. Sin embargo, había llegado a olvidar su visión y a creer que realmente no se cumpliría. ¿Cómo pudo ser tan estúpida? En lugar de ponerse a tomar medidas para su vestido de novia y a escoger joyas y flores, debió encontrar la forma de enfrentarse a su visión, tal y como Inuyasha hacía con su ejército.

Una puerta se abrió a su derecha y entró un ligero haz de luz que le mostró parte de la celda. Aún estaba en la ciudadela, esas eran las mazmorras. ¿Qué hacía ella en las mazmorras atada? Alguien la había llevado hasta allí desde su dormitorio; la idea le resultaba realmente alarmante. Era imposible que sus guardias no se hubieran percatado de eso. ¿Cómo la sacaron del dormitorio?

— ¡Inuyasha! — gritó.

Debía ser tonta. Estaba cumpliendo paso a paso cada instante de la visión que tuvo. Después de tantos años teniendo visiones y de tanto predicar que un pequeño cambio en los hechos podría hacer desaparecer el final fatal, ella acababa ahí. ¡Estúpida! — se insultó a sí misma — Consejos doy para mí no tengo, ¿no? Como ya se encontraba ahí, ¿qué podía hacer para cambiar su futuro en adelante? Recordaba lo que sucedía a continuación, y, aunque no era nada agradable, presentía que, si se resistía, lo sería aún menos. Decidió dejar que siguiera el curso de su visión.

Un hombre fornido cubrió por completo el espacio de la puerta. El mismo hombre fornido de la visión. Se encogió cuando lo vio acercarse y agachó la cabeza, tal y como hacía en la visión, en un claro signo de querer pasar desapercibida. El hombre agarró su melena y tiró de ella, retorciéndole el cabello en sus manos, para levantarla del suelo hasta ponerla en pie.

— Grita cuanto quieras, ya nadie podrá salvarte.

Seguía sin conocer esa voz, no le sonaba de nada. El hombre se inclinó y la levantó sobre su hombro como si fuera un saco. ¿A dónde la llevaba? ¿Quién era él?

La llevó a través de los pasillos de las mazmorras. Todas las celdas estaban vacías. Los demonios también se cebaron con los presos y sabía que varios soldados vomitaron ahí abajo limpiando ese sitio por los horrores que presenciaron. Tras el horror, las mazmorras estaban limpias, cerradas con llave y preparadas. Aquel lugar era tan frío y deprimente… Pensó en gritar, pero presentía que solo conseguiría quedarse afónica. Las mazmorras estaban diseñadas para que no se pudiera escuchar a los presos lamentarse.

Notó aire fresco a su espalda. Unos pasos más adelante, se encontraba saliendo del palacio. Parecía una salida secreta. Eso también explicaba cómo la habían sacado del dormitorio de Inuyasha. Y pensar que todo el tiempo, tanto ella como el rey, estuvieron al alcance de su mano.

La soltaron de repente y cayó de forma muy poco elegante en el suelo. Le alivió saber que, al menos, seguía vestida con su ropa. Nadie la había tocado.

— ¡Me encanta verte así!

¿Debería sorprenderle escuchar la voz de Kikio? Volvió la cabeza hacia la voz. Allí la vio cubierta con un abrigo de piel y con su tiara en la cabeza. Le encantaba pasearse con su tiara como si estuviera todavía en su palacio. Recordó en ese instante la visión que tuvo tiempo atrás sobre ella y su amante y giró la cabeza hacia el hombre que la cargó. ¡Era él! Ese era el hombre de su visión.

— Permíteme que os presente.

Una Kikio muy sonriente se puso entre los dos para hacer los honores. Ella no podía apartar la mirada del hombre de ojos color rubí.

— Esta es la profetisa, una plebeya.

El hombre no hizo ni una mueca burlona por su comentario. Siguió contemplándola, como si viera más allá de ella. Había algo muy extraño en él y, entonces, lo supo. No era humano. Un escalofrío le recorrió la espalda. Deseó equivocarse con todas sus fuerzas.

— Este es Naraku, rey de los demonios.

Continuará…