Capítulo 9
Deidara miró a Itachi, expectante. Luego tiró de él para que lo besara. El sabor de su boca era pura dinamita para sus sentidos. Adoraba besarlo y sentir su cuerpo.
Itachi agachó la cabeza hasta atrapar uno de los pezones de Deidara y mordisquearlo. El dejó escapar un gemido e intentó desabrocharle la camisa torpemente, pero él le sujetó las manos con Firmeza.
—No, tú no —dijo con voz ronca—. Voy a volverte loco de placer. —Estás muy seguro de ti mismo —musitó el. —Así es.
Itachi volvió a cerrar sus labios sobre sus pezones, a juguetear con ellos, a presionarlos con sus dedos hasta que Deidara se removió y emitió ahogados grititos de placer.
Sonó el teléfono. Ambos se quedaron paralizados. Itachi sacó el móvil del teléfono, pero Deidara le asió por la camisa.
—No.
—Pero… —Itachi frunció el ceño.
—¿No has dicho que éramos un matrimonio normal? —preguntó el, acusador. Y antes de que Itachi pudiera adivinar qué iba a hacer, le quitó el teléfono y lo dejó sobre la mesilla. Luego, tomó a Itachi por el mentón y, mirándolo fijamente, susurró—: Bésame.
El deseo que brillaba en sus ojos hizo que Itachi olvidara la llamada.
—Debes aprender mi lengua: Filise me —tradujo al griego y esperó a que el lo repitiera. Sólo entonces la besó apasionadamente.
Deidara se quedó sin respiración cuando él deslizó la mano por la delicada y húmeda piel entre sus piernas, antes de besar su vientre.
—¡No! —susurró al darse cuenta de lo que iba a hacer. Itachi se limitó a reír y a acusarlo de mojigato.
Deidara no estaba preparado para la intensidad de sensaciones que se apoderó de el en cuanto él lo rozó con su lengua. Temiendo que los incontrolados gemidos que escapaban de su boca se oyeran desde fuera, se colocó la almohada sobre la cara y se asió a los barrotes de la cama por encima de su cabeza. Pronto la excitación alcanzó niveles desconocidos para el hasta que una dulce explosión estalló en su interior y lo consumió con tal fuerza que tardó varios segundos en recuperar la consciencia de la realidad.
Itachi se incorporó hasta ponerse a su nivel y le acarició la mejilla.
—Pequeño ruidoso mío —susurró—. Adoro que seas tan apasionado, y verte perder el control.
Con sus preciosos ojos azules muy abiertos por la intensidad que acababa de experimentar, Deidara vio que Itachi lo observaba con una dulce sonrisa y una cálida expresión que no había visto antes en él, y decidió que, si sus gritos y la fuerza con la que alcanzaba el éxtasis causaban aquella reacción en él, no tenía nada de qué arrepentirse.
Itachi se levantó de la cama y se quitó la ropa.
—Mañana pasaremos el día en la cama. No habrá vuelos, ni interrupciones…
Al bajarse los calzoncillos, Deidara contempló con admiración su poderoso miembro.
—Ni llamadas —intervino.
Al verlo mirarlo con excitado rubor, Itachi sonrió. —Mi esposo se está convirtiendo en una máquina sexual.
Echándose, lo abrazó y, sin apartar la mirada de sus ojos, tomó su mano y lo llevó hasta su sexo en erección. Desde ese momento, Deidara comenzó a aprender qué le gustaba y cómo proporcionarle placer, y le pareció tan excitante como recibirlo.
Las horas pasaron volando. A media tarde, Dridara salió del cuarto de baño y encontró a Itachi hablando por teléfono. Instintivamente, fue hacia él como si su estado natural fuera el de permanecer en contacto físico. En cuanto se dio cuenta, hizo ademán de rectificar, pero Itachi le pasó el brazo por los hombros para mantenerlo donde estaba.
—Vamos a cenar en la taberna. Deidara abrió los ojos y se ruborizó.
—Sé que es una tontería, pero me da vergüenza. Todos sabrán lo que hemos estado haciendo.
—Podríamos haber estado charlando —dijo Itachi, lanzando una mirada hacia la cama deshecha y las sábanas revueltas. Sonriendo, continuó—: Bueno, puede que no. Pero, ¿no es eso lo que hacen las parejas recién casadas?
Afortunadamente, la dueña los condujo a una sala privada con un balcón con vistas al mar. La comida era exquisita y Itachi, una vez se decidió a apagar el teléfono, resultó ser un acompañante excepcional. Pero había algo que seguía perturbando a Deidara.
—Sólo quiero que respondas a una pregunta sobre el perfume de esta mañana —dijo precipitadamente—. No me mires así, no puedo evitar la curiosidad. ¿Lo usa una de tus empleadas?
Itachi suspiró con impaciencia. —Es el de mi madre.
Lo inesperado de la respuesta desconcertó a Deidara, que se enfadó consigo mismo por no haber contado con la posibilidad de que Itachi hubiera ido a visitar a su familia.
—Mikoto es muy afectuosa —explicó Itachi.
—¿No ha sentido curiosidad por conocerme? —la pregunta escapó de labios de Deidara sin que le diera tiempo a reprimirla. La tensión que apreció en el gesto de Itachi le confirmó su falta de tacto.
—No ha querido perturbar nuestra luna de miel —dijo Itachi.
Deidara tuvo la convicción de que mentía y pensó que lo hacía por pena. Era evidente que Mikoto, la que fue la mejor amiga de su madre durante un tiempo, no quería conocer a la esposo de su hijo. ¿Se debería esa aversión a su origen familiar? Si sólo se basaba en el hecho de que hubieran celebrado una ceremonia secreta, quizá algunas semanas bastarían para hacerle cambiar de opinión. La alternativa: una suegra que lo odiaba era una noción demasiado angustiosa para Deidara como para poder contemplarla. Y ese pensamiento le hizo recordar otro asunto que necesitaba aclaración.
—He destrozado tu coche —dijo.
—No me extraña, conduces como si llevaras un coche de carreras — dijo Itachi sin inmutarse.
Deidara se puso a la defensiva. —Eso no es verdad.
Itachi posó su mano sobre la de el.
—Te he visto salir del garaje. Pero lo peor es que hayas seguido conduciendo después del accidente.
—Ni siquiera me has preguntado cómo se produjo —dijo el con gesto digno.
—Estoy ansioso por saberlo.
—Has de saber que salvé la vida a tres cabras. Itachi arqueó las cejas y sus ojos brillaron con sorna.
—¡Qué valiente! Lo malo es que podías haber resultado herido, y eso no habría tenido ninguna gracia, jará mu.
La salida de la taberna se vio retrasada por los numerosos paisanos que acudían a saludar a Itachi y a desearles buena suerte. Era evidente que Itachi era apreciado. Presentó a Deidara con naturalidad. Su acostumbrada formalidad se había borrado y parecía completamente relajado entre aquella gente, lo que confirmó a Deidara que, tras la fría fachada que proyectaba y que lo había convertido en una leyenda en el mundo de los negocios, se ocultaba un hombre complejo y de múltiples facetas.
—¿Lo peor que me pasó siendo adolescente? —Itachi se asombró de ser capaz de mantener el gesto imperturbable.
—Me encanta hablar contigo —dijo Deidara, dedicándole una espléndida sonrisa. Había descubierto que hacía falta paciencia y tiempo para conseguir que Itachi hablara de sí mismo. Daba la sensación de haber encerrado sus recuerdos de infancia y haber tirado la llave de su memoria.
—Lo peor… —repitió él mientras pensaba que no tenía ningún recuerdo que quisiera compartir con el—. ¿Por qué no me cuentas tú primero?
Durante aquellas dos semanas en Nadeshiko, había descubierto que a Deidara le encantaba hablar… mucho. Hasta entonces, siempre había considerado la charla de los donceles y de mujeres como un murmullo de fondo que sólo requería algún monosílabo ocasional. Deidara era el primero que había cuestionado su actitud cuando, con expresión triste, le había acusado de no estar interesado en el.
Como aprendía rápido, sabía que si no respondía o no escuchaba, Deidara se encerraba en su caparazón y adoptando una actitud que se le hacía insoportable. No se enfurruñaba ni se enrabietaba, era mucho peor. Sentirse desilusionado lo apagaba, lo privaba de su exuberancia natural y a él le hacía sentirse como si acabara de dar patadas a un cachorro. Por contraste, si le prestaba atención, Deidara se iluminaba y daba muestras de poder convertirse en la esposo ideal, atento, sexy, divertido.
En aquel momento, con un traje de baño morado de lunares, Deidara estaba echado en la cubierta de su yate, y suspiró al ver que Itachi había evitado responder.
—Cuando fui a vivir con mi abuela, me mandó a un colegio mixto muy exclusivo —contó con tristeza—. Como no encajaba, no era muy popular. Me gustaba un chico y casi me vuelvo loco de alegría el día que me pidió que saliéramos; pero me dejó después de la primera cita porque no quise tener relaciones.
Recordando su propia adolescencia, Itachi comentó: —Los chicos a esa edad son pura hormona.
—Lo sé. Desgraciadamente, Hidan era un mentiroso —continuó Deidara—, y le dijo a todo el mundo que nos habíamos acostado. Así que las chicas y algunos donceles me acusaron de facilon y mosca muerta.
—Eres muy hermoso, yineka mu —dijo Itachi, sentándose a su lado con el bañador todavía mojado—. Seguro que te tenían envidia.
—Los insultos se hicieron insoportables. Por eso ni siquiera acabé el colegio.
—Seguro que la experiencia te fortaleció. —Sí —dijo Deidara.
Itachi lo abrazó y, alzándolo, lo sentó a horcajadas sobre sí. El le entrelazó los brazos alrededor del cuello y le besó el hombro, el cuello y la mejilla. Itachi sonrió. Deidara era muy afectuoso. Le afianzó las piernas alrededor de su cintura y, sujetándolo por el trasero, se incorporó para llevarlo al interior.
—¿Hablamos primero? —musitó Deidara.
Itachi dejó escapar un gemido al tiempo que le hacía sentir la fuerza de su erección a través del bañador.
Aun respondiendo automáticamente con un estremecimiento, Deidara alzó la cabeza.
—¿Por qué no me cuentas nada de ti? —insistió. Itachi perdió la paciencia.
—Puede que prefiera evitártelo. ¿De verdad quieres conocer mi peor recuerdo? —repitió con aspereza—: Ver la fotografía de mi padre en el periódico cuando lo apuñalaron en la cárcel. ¡Era narcotraficante!
Deidara se quedó paralizado. ¿Fugaku Uchiha, narcotraficante?
—Eres ls única persona a la que se lo he contado —siguió Itachi, sacudiendo la cabeza—. Mikoto quiere creer que no recuerdo a mis padres biológicos, y yo prefiero mantener el engaño.
Deidara guardó silencio hasta que entraron en el salón.
—¿Quieres decir que Mikoto y Fugaku te adoptaron? —preguntó entonces.
—Cuando tenía cinco años. Mi madre era prima lejana de Fugaku, una drogadicta repudiada por la familia. Cuando murió de sobredosis, mi padre intentó usarme para chantajear a la familia, pero no accedieron y quedé a merced de sus palizas.
Deidara lo miraba horrorizado.
—Te juro que de haberlo sabido no habría insistido —dijo con los ojos inundados por las lágrimas al comprender finalmente por qué Itachi no quería hablar del pasado.
Desconcertado y a la vez emocionado por su compasiva respuesta, Itachi lo dejó sobre la mesa del comedor.
—Por eso no suelo hablar de ello. —No sabía que fueras adoptado.
Al descubrir el trato que recibía, Mikoto había peleado con los servicios sociales hasta conseguir adoptarlo. Con ello le había salvado la vida, pues para entonces su padre le había rotos todos los huesos del cuerpo. Algunos de los daños que había sufrido necesitaron cirugía.
—Mucha gente intentó convencerla para que cambiara de idea — Itachi sonrió con tristeza—. Pero ella no cejó en su empeño y Fugaku tuvo que acceder.
—Gracias a Dios —musitó Deidara, espantado—. Mi madre nunca me trató mal y, si alguno de sus novios le pegaba, lo echaba de casa. Al menos intentó ser una buena madre.
Itachi lo observó, preguntándose cómo podía haber estado convencido de que era un cazafortunas. Cuando le compraba una joya, se lo agradecía, la lucía para darle satisfacción y luego la guardaba. Nunca había conocido un doncel como el. Le retaba y expresaba sus opiniones sin complejos. No había nada de artificial en el rubio.
En la madrugada del día siguiente, Deidara despertó con una punzada en el vientre que le recordó que su ciclo seguía su curso normal. No estaba en gravidez. Pero lo que debía resultarle un alivio le causó una profunda desilusión. Aunque Itachi había dejado clara su aversión a la idea de ser padre, se dio cuenta de que no podría llegar a ser plenamente feliz en un matrimonio sin hijos. Al instante, una vocecita interior le recordó que él no permanecería a su lado el tiempo suficiente como para que eso tuviera importancia.
Salió del cuarto de baño de puntillas para no despertar a Itachi, que tenía el sueño ligero. Los primeros rayos de amanecer se filtraban por las cortinas e iluminaban su glorioso cuerpo, desnudo excepto por la sábana que se enredaba en su cintura. Era la perfección hecha hombre y Deidara tuvo que cerrar los puños para no acariciarlo. Sólo se permitiría mirarlo con tanto detenimiento cuando dormía.
Había descubierto que lo amaba la tarde que, en la taberna, no había sido lo bastante fuerte como para exigirle que se marchara. Pero no tenía la intención de perder el control sobre sus emociones tal y como había hecho su madre respecto a Fugaku Uchiha. Y para evitar un futuro desolador, tenía que ser realista y no esperar demasiado de Itachi.
Cuánto faltaba para ese futuro era una pregunta que prefería no hacerse. Lo importante era crear un presente sin complicaciones. Descubrir su pasado le había servido para comprender por qué era tan distante y no confiaba en la gente. Sólo confiaba en sí mismo.
Aquellas dos últimas semanas habían sido las más felices en la vida de Deidara, pues adoraba estar con él y cada minuto que pasaban juntos. Uno de sus favoritos fue la tarde en la que se disculpó por haberla acusado a el y a Gaara de haber filtrado la noticia de la boda, cuando se descubrió que había sido uno de sus empleados.
En muchos aspectos, su actitud hacia Deidara había cambiado radicalmente. Era demasiado inteligente y sutil como para permitir que creyera que sólo le interesaba sexualmente, y hasta había relegado el trabajo a un segundo lugar durante el tiempo que pasaban juntos. Sólo se dedicaba a su trabajo mientras el dormía. En definitiva, estaba comportándose como un verdadero recién casado.
Casi cada día salían a navegar. Itachi adoraba el mar y tenía una energía increíble, y a Deidara le había sorprendido descubrir cuánto disfrutaba de las actividades deportivas que él le proponía. Estaba aprendiendo a hacer esquí acuático y a bucear, y Itachi había disfrutado al tener a su lado a un doncel muy activo y no meramente decorativo. Para Deidara, el mero hecho de estar con Itachi ya era emocionante.
Pero no podía pensar que se tratara de una relación duradera. Por el momento, sólo había algo claro: Itachi lo quería en su cama y estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, pero no tardaría en aburrirse de el.
—No sueles estar despierto tan temprano —susurró él, adormilado. Deidara se sobresaltó. Itachi se reclinó sobre las almohadas y frunció el ceño. ¿Qué pasa?
—Nada. De hecho, tengo buenas noticias —Deidara le dedicó una forzada sonrisa—: No estoy embarazado.
El rostro de Itachi se endureció. —¿Cómo lo sabes?
—Es obvio. ¿No te sientes aliviado? —comentó Deidara en tono animado al tiempo que se preguntaba por qué Itachi no había reaccionado como esperaba.
Mientras tanto, él se preguntaba precisamente lo contrario. Encontraba la actitud de Deidara inapropiada. No le gustaba que estuviera tan contento de no haber concebido un hijo suyo.
—Si me hubieras dicho que estabas embarazado, me habría alegrado. Deidara lo observó con incredulidad.
—No te creo. Sólo hace un par de semanas dijiste que no querías consecuencias.
—¿Y para ti es motivo de celebración? —dijo Itachi, malhumorado.
—¿Te molesta? —Deidara no entendía por qué Itachi estaba tan enfadado y le pareció injusto.
—Desde luego, ¡no me gusta tu actitud! —exclamó él, ofendido.
—¡Pero si me dejaste bien claro que no querías ser padre! ¿Qué mujer o doncel querría quedarse embarazado de un hombre así? —protestó Deidara con los ojos llenos de lágrimas.
Cerró la puerta del cuarto de baño tras de sí con tanta fuerza que hasta Itachi se sobresaltó.
Deidara tenía razón. Ni él mismo sabía qué le pasaba, pero lo cierto era que al saber que no estaba encinta se había sentido desilusionado.
En cierto sentido, había llegado a aceptar la posibilidad de que Deidara llevara a su hijo en su vientre. Parecía lógico, teniendo en cuenta que ambos eran jóvenes y estaban en plena forma. Los últimos acontecimientos habían modificado su actitud ante la paternidad.
Aunque su padre biológico fuera violento, él no tenía por qué repetir ese error cuando había demostrado que era un adulto capaz de controlar su ira. Estaba seguro de que, si lo intentaba, sería un buen padre. Al menos sabía lo que no se debía hacer con un hijo, y eso era muy importante. Además, la vida era cambiante y él sabía adaptarse. Hizo girar los hombros y notó la tensión diluirse. Sólo entonces se dio cuenta de que cabía la posibilidad de que a Deidara no le alegrara que hubiera cambiado de actitud.
Deidara paseaba por la playa cuando vio aproximarse a Itachi y se quedó inmóvil. Verle actuar de una manera tan irracional lo había desconcertado y le había creado una inseguridad que a su vez lo había enfurecido.
Itachi percibió su obvia inquietud y se enfadó consigo mismo. Por la razón que fuera, y aunque no quería analizarla, lo cierto era que se sentía responsable de cuidar de el y que no estaba haciéndolo suficientemente bien. Deteniéndose ante el, dijo:
—Me había hecho a la idea de que podías estar embarazado.
Deidara se cruzó de brazos. No le parecía justo que Itachi hubiera llegado a esa conclusión sin contárselo. Además, le enfadaba pensar que estaba diciendo lo que pensaba que quería oír y no lo qué verdaderamente sentía.
—¿Y cuándo se ha producido ese acontecimiento? Itachi lo miró fijamente.
—No lo sé —se encogió de hombros—. Te lo prometo.
Deidara le dio unos segundos para que se explicara. Al ver que el silencio se prolongaba, dijo con un suspiro de frustración:
—¡A veces siento que tengo que sacarte con sacacorchos las palabras de la boca!
El rostro de Itachi se ensombreció.
—Puede que… —dijo, balbuceante—. Temía parecerme a mi padre y no saber criar un hijo.
Deidara estaba tan perplejo ante aquella admisión, que no supo qué decir.
—Pero no me lo había planteado hasta casarme contigo —continuó él —. Ahora me siento capaz de aceptar el reto —Itachi resopló antes de continuar—. Aunque no sé lo que tú piensas porque no te lo he preguntado.
Deidara curvó los hombros y se concentró en sus pies. Seguía demasiado desconcertado como para hablar.
—Yo…
—Me gustaría tener un hijo contigo —concluyo el.
Deidara alzó lentamente la cabeza y descubrió a Itachi mirándolo fijamente. Le costaba asimilar que él, el estereotipo del soltero de oro, quisiera comprometerse con el hasta el punto de formar una familia. Por primera vez se planteó la posibilidad de que su matrimonio tuviera un verdadero futuro y que su marido sintiera por el algo más que una pasajera curiosidad.
—Yo también —dijo torpemente, sintiendo la emoción aferrarse a su garganta.
Itachi frunció el ceño.
—Pero estabas encantado de no estar embarazado…
—Porque creía que tú no querías un bebé. Itachi entornó los párpados. —Se ve que no debo creer todo lo que dices, jará mu —dijo con ojos chispeantes. —Lo mismo digo.
Itachi lo estrechó en sus brazos y se amoldó a su cuerpo como una segunda piel.
—El próximo mes voy a organizar una fiesta en Londres para presentarte a todos mis amigos.
—¿En Londres? —dijo con entusiasmo—. Así podré ir a Uzushiogakure y trabajar en el jardín.
—¿Lo echas de menos? Deidara asintió titubeante. —Esto es maravilloso, pero…
—Sientes nostalgia —Itachi no necesitaba una bola de cristal para llegar a esa conclusión.
Llevaba semanas oyéndole hablar por teléfono con su loro y con el jardinero que había contratado para que atendiera su jardín durante su ausencia. Daba la sensación de que tenía una relación personal con cada una de las plantas que cultivaba. Aunque lo hubiera alejado de Uzushiogakure, su corazón y su alma seguían allí.
—Puede que un poquito —dijo Deidara.
Continuara…
