El desgarramiento sucedió, y para cuando Isaac abandonó la casa de Nathán, Rebeca ya no estaba con él. El judío se marchó con entereza, sin una lágrima. El duelo había empezado el día anterior, pues aquella demostración de dolor, tan inhabitual por parte de la siempre serena Rebeca, solo podía significar una cosa: la despedida.

Rebeca y Bois-Guilbert partieron a España. El templario había fantaseado con llevar a su dama a esta tierra, por entonces uno de los pocos lugares en donde los judíos eran bien tratados. Le comunicó este proyecto a Ferdinand, a quien le pareció una excelente idea, porque además la reina Leonor, esposa del rey de Castilla Alfonso VIII, era hermana de Ricardo, y Ferdinand y Aldith no dejarían de peticionar ante el generoso rey normando para que éste, a su vez, hiciera gestiones en pos de que el famoso templario y la virtuosa hebrea encontraran allí el favor de la corte castellana. No debe extrañar que la simpatía hacia los recién llegados fuera inmediata porque, aunque por entonces el hecho aun no era conocido, Alfonso tenía amores prohibidos con Raquel, una hebrea de legendaria belleza.

Brian volvió a encontrarse con el mundo guerrero. El rey se hallaba en plena campaña de conquista de los territorios ocupados por los almohades, y sus fuerzas se nutrían de diversas órdenes militares: el Temple, Calatrava, Santiago. Bois-Guilbert volvió a tomar contacto con varios hermanos templarios conocidos suyos que servían en esas tierras, pero aunque el nuevo contexto se lo permitía, no reingresó formalmente en la Orden , porque consideraba que todo lo ocurrido había puesto un abismo entre la hermandad y él. Se adivinaba en el hombre cierto pesar por este alejamiento definitivo, y tanto en su fuero interno como en sus expresiones nunca renegó de aquella organización bajo cuya égida había dado pruebas inapelables de su valor como guerrero. Rebeca lo sabía y para animarlo, con cierto espíritu travieso, no dejaba nunca de dirigirse a él llamándolo "templario".

En todas las demás órdenes Bois-Guilbert prestaba servicios de adiestramiento, aunque también alguna vez, contrariando los deseos de su pacifista compañera, se vio comprometido a participar como conductor en el fragor del combate. Obedecía en realidad a sus naturales impulsos de hacerlo, algo que solo en sus momentos de mayor depresión había perdido.

Rebeca cobró rápidamente un gran prestigio en la Corte , donde se valoraban en particular sus conocimientos médicos y las damas la requerían a menudo por sus habilidades como obstetra. Pero era más bien difícil hallarla. Aunque se les había obsequiado una residencia casi palaciega, muy cerca de los lugares en donde se respiraban tanto los perfumes como los miasmas de la vida cortesana, pronto la pareja fue encontrando su verdadero ámbito en los campamentos militares, los pueblos y aldeas que delineaban los derroteros de los ejércitos. En las expediciones reales, que exigían destreza tanto en la conducción de los guerreros saludables como en la asistencia a los enfermos y heridos, la presencia de Brian y Rebeca era imponente. Transmitían liderazgo y magnetismo con sus maneras opuestas. El caballero parecía siempre algo huraño y dejaba adivinar reprimidas fuerzas a punto de desatarse y caer sobre quienes lo rodeaban, pero junto con este temor inspiraba respeto por sus conocimientos y su intrepidez, y este carácter explosivo hacía parecer más valiosos los pequeños pero frecuentes gestos amigables que mostraba. La veneración que inspiraba la judía era más franca e inmediata, lo que no impedía que tuviese que sufrir cada tanto actitudes de menosprecio más o menos solapadas. Ni en los momentos en que recibía mayor afecto dejaba de tener conciencia de su marginalidad. Pero los nuevos y más acogedores horizontes a los que había emigrado y la fidelidad, contención y custodia de un compañero que mostraba perfiles tan profundos y complejos como los suyos, mantenían en un segundo plano a esa segregación siempre acechante que provenía incluso de las personas que más se beneficiaban con la caridad de la judía.

Aparentemente Bois-Guilbert nunca volvió a escribir, a pesar de las especiales dotes que había mostrado para ello. Cuando un siglo más tarde el rey francés Felipe IV El Hermoso comenzó aquella campaña de desprestigio y saqueo de la Orden del Temple que acabaría con su desaparición, una de sus primeras disposiciones consistió en recolectar todos los documentos existentes que tendían a probar la naturaleza inmoral, corrupta y viciosa de esa organización. Si bien las circunstancias hicieron que las meras calumnias fueran suficientes para alcanzar tal propósito, no fue desdeñable el aporte de la abundante tinta vertida por causa de los admirados y envidiados templarios, cargada de verdad y de ponzoña por partes iguales. La larga mano del rey llegó hasta la vieja abadía en los territorios de Hauteville, donde el sicario regio recibió con satisfacción el bien conservado códice con la letra rígida del templario. La prolijidad y el esmero en el trazado de aquellos rasgos hacían juego con el equilibrado discurso al que daban vida, certero pero tan medido como la copa de vino que invariablemente se había hallado cerca del tintero mientras el hombre escribía. Su perfección hizo que muchos tomaran como una leyenda la anécdota de que el hombre que lo había escrito era alguien privado de razón, alguien que provocaba aprensión por su aspecto extraño y ensimismado, un ser de mirada y de voz marcados por el abatimiento y la desesperanza. Otros opinaron que la buena calidad del libro era perfectamente compatible con ese estado mental. En cualquier caso el manuscrito inconcluso quedó solo como una curiosidad para animar las discusiones entre los estudiosos, porque ni el apurado monarca ni sus colaboradores, que no pedían exquisitez sino contundencia, llegaron nunca a utilizarlo. Tal vez ni siquiera a leerlo.