HOLA! Acá estoy de vuelta. Tardé bastante más porque no sabía muy bien cómo seguir; el último capítulo era una especie de experiencia emocional y no sabía qué hacer. Este capítulo creo que tiene la mayor cantidad de diálogo que escribí hasta ahora. Está muy difícil, porque yo tengo una serie de ideas y los malditos personajes hacen lo que quieren. Esperen a ver lo que hace Manoel el próximo capítulo….
Definitivamente, no era una buena idea. Mientras miraba el vaso de malteada que tenía entre en las manos y que no iba a beber, maldije a mi hermano por enésima vez. Éste retornó a mi lado después de pasar inútilmente por le sanitario, con una sonrisa despreocupada y los ojos brillantes.
Bueno, ahora deben estar por llegar…-me susurró.- Pórtate bien…-
No sé por qué tengo que hacer esta estupidez.-repetí, una frase que había enunciado unas veinticinco veces desde que Manoel me explicó su "plan".
Estaba loco. No le haría caso de no ser porque el 74 de sus ideas alocadas terminan teniendo algo de razón; si no fuera por este simple hecho no lo seguiría ni a la esquina. Cuando me dijo su idea, su excitación era la de un niño de cinco años que descubrió un juguete nuevo. Literalmente rebotaba sobre sus talones y era obvio que su idea le parecía brillante. Cuando le dije que no me convencía empezó a hacer pucheros. Eso me irritó y le dije que por lo menos consultara a los Cullen. Él se quedó mirándome con una expresión pícara que me hubiera gustado borrarle de un guantazo, y me levantó una ceja.
Te dejo dos minutos sola con Edward Cullen y de repente son nuestros mejores amigos.-
Ante semejante declaración me callé la boca. Así que pusimos su maldita idea en funcionamiento.
Manoel había quedado muy impresionado al enterarse de la existencia de hombres lobo. Le había preguntado discretamente a Carlisle todo cuanto sabía de aquellos seres y lo relativo al tratado.
Estaba fascinado. No se había detenido a pensar que eran probablemente los únicos seres capaces de matar a un vampiro en el mundo. Lo que él estaba pensando, realmente, era que era imposible que hubiera tantos seres mitológicos en un área tan pequeña. Y pensó que seguramente, los hombres lobo, que pertenecían a una antigua tribu, deberían tener algún tipo de chamán, o una curandera, o bruja.
En cuanto esta "brillante" idea cruzó su cerebro, Manoel descartó la posibilidad de atravesar los límites impuestos a los vampiros. Pero, como de casualidad, escuchó al dueño de Strawberry Fields decir que los hijos de un amigo suyo de la reservación de La Push iban a pasar por allí para festejar el cumpleaños de uno de ellos.
Manoel escuchó la conversación atentamente y averiguó la fecha y el horario, y dedujo que los jóvenes que venían debían tener como quince años.
Para hacer corta una historia larga, terminé sentada en la barra violeta de Strawberry Fields con una malteada fosforescente en la mano; mientras mi hermano me saludaba paternalmente yo gruñía obscenidades en voz baja.
¿Te quedas aquí, entonces?- preguntó Manoel, en voz lo suficientemente alta para que el posadero nos mirara.
Sí. Vuelvo a casa en un rato.
Bueno, nos vemos.- dijo saludándome con un beso en la mejilla. Se volvió al posadero.- Hasta luego.
Hasta luego.- respondió el posadero, mientras miraba a Manoel alejarse.- Simpático. ¿Es pariente tuyo?
Sí. Es mi hermano mayor.
Ah, se nota. Son muy parecidos.- afirmó el posadero, que según el cartelito que tenía abrochado en la camisa se llamaba Barry. - ¿Hace mucho que están aquí? En Port Angeles.
No, hace poco más de una semana, creo.
Ah, y ¿piensan quedarse?- preguntó, interesado.
No sabemos… puede ser que sí. Depende de lo que decida mi hermano.
Ahá. ¡Muchachos!- saludó, repentinamente, mirando a alguien que estaba detrás de mí.
Me volví por menos de una milésima de segundo. Eran alrededor de seis chicos de no más de catorce o quince años. Todos compartían el pelo negro sedoso y una hermosa piel cobriza, y un ligero que me resultó familiar. Los miré bien, sabiendo que éstos eran los chicos que buscaba.
Entonces me di cuenta de algo. Yo conocía a esta gente. Hacía unos días había estado vagando por las calles de Port Angeles y me habían ofrecido acercarme en un viejo monovolumen. Los tres chicos de la hamburguesería eran gente de La Push.
Miré fijamente la malteada, mientras los jóvenes se acercaban alegremente, conversando con el posadero, quien evidentemente los conocía a todos desde hacía largo tiempo, y revoloteando alrededor de uno llamado Paul que cumplía años ese día.
Se sentaron en una mesita, y uno de los que me había llevado a casa, el más bajo, exclamó:
Eu, hola, Sunday, ¿Sunday Keatter, era?- preguntó, saludando sonriente con la mano.
Keats.- corrigió el que tenía al lado, y que reconocí como Jacob, el chico amable que manejaba.
¡Hola, Sunday Keats!- saludó riendo de nuevo el otro.
Hola.- respondí yo.- ¿Cómo están?
Bien. Estamos festejando el cumpleaños de Paul.- dijo de nuevo el más conversador, señalando al que yo supuse que era Paul, mientras los otros se reían discretamente de su descaro.
Qh, que bien. Felicitaciones, Paul.- respondí yo.
¿Quieres venir a festejar con nosotros?- ofreció de nuevo el chico, que ahora recordaba se llamaba Quil. Yo ya sabía qué tenía que hacer y esto hacía todo mucho más fácil.
Bueno.- acepté. Me acerqué y me presentaron a todos los chicos; me hicieron un espacio entre Jacob y Quil, el chico tímido. Estuvieron conversando entre ellos, pude ver que Quil y Jacob estaban orgullosos de su osadía y los otros estaban bastante admirados. Después de un rato, Quil se distrajo contando chistes, y pronto los muchachos, que estaban bastante cohibidos por mi presencia, comenzaron a hablar entre ellos. Jacob, sin embargo, seguía mirándome con una sonrisa tímida. Yo no tenía la más pálida idea de cómo sacar el tema de la bruja, que era lo que tenía que hacer. - ¿Qué hicieron el otro día después de dejarme a mí?
Volvimos a casa.- respondió Jacob. Me volvió a mirar con expresión pensativa, como el otro día, cuando nos conocimos.- Era tarde, y teníamos escuela al otro día.
Ah.- musité. Estaba hablando en voz bastante baja, y dirigiéndome a él solamente, mientras me acomodaba el pelo detrás de la oreja.- ¿Cuántos años tienes?
Quince.- dijo Jacob, ensanchando el pecho orgullosamente.- ¿Y tú?
¿Cuántos aparento?
Umm. ¿Quince?
Me tragué una risita, divertida. Mi cara había quedado congelada en los albores de mis quince primaveras, por decirlo de una manera cursi. Todavía tenía una cara de inocente terrible; si me dedicara a alimentarme como los de mi especie me hubiera sido muy útil para atraer presas.
Sí.- mentí, sonriendo al ver la expresión de Jacob. Era un crío dulce, con una expresión tranquila y alegre que hacía que uno se sintiera a gusto inmediatamente a su lado.
¿En dónde vivías antes de venir aquí?- preguntó. Uups.
En Maine.
Wow. La otra punta del país.- comentó.
Sí.
¿Y van a quedarse por aquí?
Puede ser. No sabemos bien que vamos a hacer.- respondí.- ¿Y tú hace cuanto vives aquí, en Port Angeles?
No, yo vivo en La Reservación de La Push, en la costa…- dijo tímidamente Jacob.
Ah, oí decir que es un lugar fantástico. Me contaron toda clase de cosas.
¿Ah, sí? ¿Cómo qué?- preguntó Jacob bastante sorprendido.
Nada, que los bosques y la playa son muy bonitos. Seguramente tú podrás contarme algo más.
Bueno, en realidad no hay mucho para hacer, supongo.- repuso, un poco avergonzado.- Si no te gusta acampar.
A mí me gusta acampar.-respondí. En ese momento recordé que cuando era humana hubiera sido imposible que dijera algo como eso. Pero ahora era cierto, después de todo yo era un predador.
Bueno, puede ser que te guste pasar un día por allí.- respondió esperanzado- no es un lugar tan interesante. Supongo que debía ser mucho más interesante donde vivías tú.
No sé, es bastante parecido a mi antigua casa.- repuse.- El clima es bastante parecido, aunque allí no llovía tanto. Se supone que ésta es la localidad más lluviosa de Estados Unidos. Y hay más zonas de bosques aquí, pero es bastante parecido…- de repente estaba hablando más de la cuenta.-
¿En qué parte de Maine vivías?
En Skowhegan.
No creo haberlo oído nombrar.
No es una ciudad muy grande. –comenté. Toda esta conversación me había puesto nostálgica. Estaba recordando mi vieja casa y me estaba alejando del tema.
¿Extrañas tu casa?- preguntó Jacob. Me sorprendí un poco, no sabía que se notara tanto.
Sí. Mejor cuéntame algo interesante. No sé, algo sobre la historia del lugar
¿La historia del lugar? – preguntó escéptico Jacob.
Sí. Soy una especie de fanática de la historia. Siempre fue una de mis materias favoritas en la escuela. – a esto Jacob levantó una ceja, y yo me reí. – No sé, cuéntame algo.
Mmm. Mira, lo más interesante que conozco son las leyendas de los Quileutes.- y listo, con esa simple frase me estaba sirviendo en bandeja la información que tanto necesitaba. Sentí una inmensa oleada de cariño hacia este chico.
Ah, eso me interesa.- dije, mirándolo fijamente. Se quedó aturdido durante un momento.
Puedo contártelas.- respondió. – Te pareces a alguien que conocía.
¿Sí?- me asusté mucho. Sabía lo que iba a decirme y me estaba preparando para responderle con cara de poker.- ¿a quién?
No, a nadie. Es imposible- musitó. Se quedó pensativo.- ¿Quieres oír las leyendas?- inquirió esperanzadamente.
Claro.
Bueno, la leyenda dice que los quileutes descienden de un grupo de guerreros que podían tomar una forma espiritual. Estos guerreros espíritus, más tarde, comenzaron a convertirse en lobos a voluntad. Descendemos de los lobos, y éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe matarlos. Bueno, existen muchas leyendas. Dicen hubo un gran diluvio, como el del arca de Noé, y que los quileutes ataron sus canoas a lo alto de los árboles más grandes de las montañas para sobrevivir.
¿Cómo es esto de la forma espiritual?
Eran guerreros que se transformaban en espíritus.
¿Y eso para qué les servía?
Bueno, para asustar a los enemigos. Además, así se comunicaban con los animales y manejaban el viento y las cosas de la naturaleza. Sus espíritus se alejaban para hacer cosas y sus cuerpos se quedaban en casa.-explicó. Esto me resultó fascinante.
¿Y se quedaban en casa? ¿Podían seguir en casa trabajando y haciendo cosas y su espíritu se iba a hacer otras cosas?
No… sus cuerpos se quedaban quietos, creo, porque los ancianos de la tribu siempre dicen que sus esposas se quedaban cuidándolos mientras ellos viajaban. Pero ellos sólo usaban la magia en tiempos de necesidad.
¿Por qué?
Porque las historias cuentan que era muy aterrador entrar en el mundo de los espíritus, liberarse del propio cuerpo.
¿Y ahora no hay más guerreros espíritus?- pregunté, curiosa.
Son sólo leyendas.- respondió, con una expresión de desánimo y vergüenza.- Supersticiones de viejos.
Entonces los ancianos sí creen en ellas.- retruqué.
Creerás que somos unos salvajes.
No. No hay mucha diferencia entre creer en esto y creer en el cielo, y todo eso.- dije, y me salió más amargo de lo que esperaba. – Pero, dime, ¿los ancianos no se pueden convertir en espíritus? –Jacob se me quedó mirando asombrado.
No.-respondió, y me miró como si se preguntara si le estaba tomando el pelo.
Uh. Qué lástima. Hubiera sido mucho más emocionante. – le respondí, y no podía imaginarse hasta qué punto era sincera la decepción en mi voz.
